No
era agradable sentirme fuera de control. La excitación estaba llegando al
paroxismo y fuera que realmente el miembro hubiera crecido tanto como imaginaba
en mi delirio o simplemente que mi cuerpo ya no me perteneciera, hubiera pasado
a ser propiedad de los potingues de Lily, el caso es que no acertaba con el
agujero. Era una situación que nunca me había ocurrido. Me sentía raro, como si
una metamorfosis kafkiana me hubiera transformado en un auténtico pura sangre,
un semental con los ojos inyectados en sangre ante la visión del real culo de
una yegua, relinchando como loco y echando espuma por el bofe. Lo único que me
faltaba era dar coces y no creo que me faltara mucho. Necesitaba explotar
dentro de la cueva de Venus o acabaría dándome cabezazos contra las paredes.
Quien
no haya presenciado el apareamiento de un semental de pura sangre y una yegua o
el de un toro de raza y una vaca de primera, no puede saber de qué estoy
hablando. Miré aquel trozo de carne, hinchado, entre mis piernas y llegué a
asustarme. No, no es una broma. Se había alargado hasta el límite que puede dar
de sí un músculo, la piel estaba tirante, enrojecida, las venas azules
sobresalían por todas partes, a punto de reventar. El glande aparecía hinchado,
amoratado, tumefacto, a punto de reventar; con el pequeño agujerito tan
agrandado como si me hubieran metido por él un trozo de cañería. Lo que más me
preocupaba eran las venas, recorrían todo el miembro hasta las pelotas y
estaban tan marcadas que en plena noche alguien las hubiera confundido con autopistas
iluminadas con bombillas azules. Toda la sangre de mi cuerpo parecía haberse
acumulado allí y puede que fuera cierto porque sentía la cabeza completamente
vacía y un dolor indescriptible en mis partes que no anhelaban otra cosa que la
cama de una jugosa vagina.
Venus
parecía estar pasando por algo parecido, solo que en femenino, porque a la
vista de que mi polla rebotaba una y otra vez contra sus muslos suaves,
blancos, sudorosos, brillantes, como recién engrasados, o contra su triángulo
púbico, como si de una diana peluda se tratara, tomó cartas en el asunto. Cogió
con sus dos manos aquel enorme trozo de carne que tenía vida propia y no paró
hasta encasquetárselo en su gran agujero que rezumaba jugos, líquidos y
hormonas, como de una lúbrica fuente. La agudizada sensibilidad de mi miembro
notó al pasar un bulto muy extraño. Solo después de pensar en ello unos
segundos comprendí que debía tratarse del clítoris de la hembra, que se había
hinchado como una babosa. Al rozarlo en la penetración Venus comenzó a chillar
al ritmo del bolero de Ravel, primero como cogiendo carrerilla y luego
lanzándose a una vertiginosa aceleración hasta llegar al paroxismo. Yo en
cambio dejé de quejarme, porque mi angustiado littel Johnny se calmó mucho al
aposentarse dentro de la gran vagina venusina.
Resulta
curioso que el lugar, donde más a gusto se encuentra descansando la parte más
preciada de nuestro body, nos dure habitualmente el tiempo de un suspiro. Es
como si un gnomito ansioso entrara en el soñado palacio de cristal y en lugar
de quedarse allí de por vida, saliera de estampida como perseguido por fuerzas
siniestras. Por primera vez en mi vida de amante, y no sería la última, podía
permitirme el lujo de permanecer en el palacio de cristal el tiempo que
quisiera, porque nada sería capaz de desinflar a su huesped. Era una sensación
muy agradable dejar al gran gusano reposando en la cueva, sintiendo la oleada
de jugos rezumando de las paredes, intentando devorar su corpachón. ¡Uff!,
desde luego era muy agradable. Me dejé caer hacia delante sobre la parte
ventral del cuerpo de Venus, muy suavemente para no hacerla daño, hasta que mi
pecho rozó sus pechos. Entonces no pude resistirme a la tentación de lamer sus
pezones.
Ella
tenía los ojos muy abiertos, fijos ante sí, aunque no creo que fuera capaz de
verme y por la boca semicerrada no dejaba de ulular el canto de sirena, presta
a devorar hombres fornidos. A la primera lamida del pezón izquierdo sus ojos se
desorbitaron aún más y la boca dejó escapar un gritó que horadó mis tímpanos.
Di gracias a mi fortuna por haberme llevado a plne sierra madrileña, lejos de
la apelotonada urbe donde las hormiguitas se refugian en casitas de papel.
Porque de no ser así ya tendríamos a la policía, a los bomberos, al Samur y a
un montón de curiosos aporreando la puerta.
A la segunda lamida sus ojos se dilataron hasta casi salirse de sus
órbitas, si eso era posible, quedando clavados en alguna parte de mi rostro que
no pude situar con exactitud. Esta vez
el grito no me pilló de sorpresa y eso me libró de un fatal desmayo. Fue como un S.O.S., sin inhibiciones, solo
que en lugar de SOS, decía MAS...MAS...
Me
negué a hacer caso de su orden, por si las moscas hacían un nido de avispas en
su boca. Me dejé caer del todo sobre ella y busqué su boca, mordiendo con ansia
sus labios con intención de tapar cualquier sonida que pudiera ser emitido
entre sus dientes, como el siseo de una serpiente de cascabel. Encontré sus labios tan jugosos y absorventes
como si le los hubiera untado de un potingue, rojo mermelada. Que yo recuerde
entre los potingues de Lily no existía nada para aquellos labios. Sorbí y sorbí
hasta recibir un furioso mordisco que a punto estuvo de arrancarme el labio
inferios.
A
estas alturas del coito necesitaba explotar a cualquier precio. Estaba tan
excitado y enfurecido por la imposibilidad de llegar al orgasmo que cogí a
Venus por las caderas y levantándome de la cama como pude me puse a pasear con
ella por la habitación. El espectáculo hubiera sido un éxito de ventas si a
Lily se le hubiera ocurrido grabarlo. Aquella mujer no era precisamente una
modelo anoréxica. Todo en ella era rotundo y lo rotundo tiene su peso, no son
globitos hinchados, precisamente. Creo que fue el deseo delirante que sentía el
que me permitió actuar como un levantador de pesas a quien hubieran gastado la
broma de ponerle pesas de goma en lugar de hierro. Daba un paso hacia delante y
con las manos en sus caderas la subía hacia arriba y luego dejaba que fuera el
peso de su cuerpo el que me clavara más a ella. Como esto no fuera suficiente
la tumbé sobre el amplio y mullido sofá y montado sobre ella comencé a galopar
como un poseso. Así estuve largo rato aguantando que ella chillara y llegara a
un orgasmo y luego a otro, enlazados como un eslabón a otro.
Yo
en cambio me agoté sin lograr mi objetivo. Estaba sudoroso, gruesas gotas de
sudor caían de mi frente sobre el rostro de Venus que se agitaba de un lado a
otro como si fuera incapaz de parar el tiovivo. Con tanto ajetreo y la gran
hinchazón de su clítoris el placer recibido debía de haber sido algo
apoteósico. Sus caderas continuaban moviéndose contra las mías que habían
adoptado la postura de descanso. Por fín ella dejó de moverse y de chillar.
Suspiró, jadeó buscando una respiración tranquila, sus ojos se cerraron y al
abrirse de nuevo se clavaron en mi bajo vientre que no lograba despegarse del
suyo. Mi polla parecía un tornillo enroscado en su tuerca. Intenté desasirme
sin éxito. Ella ayudó a retenerme entre sus muslos. Aproveché lo forzado de la
situación para fijarme en su cuerpo, especialmente en la tupida pelambrera
rubia de su bajo vientre. Me hipnotizaba.
Ella a su vez continuó con la vista clavada en mi húmeda pelambrera. Su
cuerpo daba la impresión de algo pleno, rotundo, bien alimentado, joven,
lascivo, brillante. Sus grandes pechos se agitaban al compás de su respiración,
ahora tranquila, aumentando mi estado hipnótico. Sus anchas caderas permitían
la existencia de un gran valle que terminaba en el hinchado monte de Venus
donde mi miembro continuaba clavado y bien clavado.
Era
hermosa, era deseable, era mi posesión más preciada. ¿Pueden creerme si les
digo que ya no la veía como una muñequita hinchable, sin seso, sin
sentimientos, con muy poco que ofrecer a un hombre exquisito como yo?. Ahora
era para mí una diosa y la amaba como a tal. Me estaba enamorando de ella, era
dulce y era todo lo que deseaba en una mujer. Algo así solo puede producirlo el
deseo sexual. Ni siquiera la hipnosis hubiera logrado algo parecido. La amaba y
deseaba demostrárselo poseyendo cada célula de su cuerpo, que mi polla, como un
cetro, tomara posesión de cada habitación de aquel palacio. Volvió a
exasperarme el deseo. Continué galopando, pero inutilmente porque los potingues
que habían hinchado aquel trozo de carne no dejaban de hacer el efecto deseado.
La agarré por las nalgas y de nuevo me puse a pasear con ella por la
habitación. Necesitaba hacer que aquel trozo de carne volviera a su estado
normal o me volvería loco. La coloqué sobre una pared y allí la penetré hasta
el fondo una y otra vez. Era inutil. Caminé de nuevo haciendo que su cuerpo
subiera y bajara sobre mis caderas. Noté su piel ardiendo, echando auténtico
fuego. Sus nalgas me quemaban las manos. Yo notaba mi bajo vientre sudoroso,
echando fuego. Tropecé con algo y ambos caimos sobre la alfombra. Ella debajo y
yo sin haberme despegado. Abrí sus muslos y sujetándola por las nalgas la
penetré una y otra vez hasta el fondo.
Y
entonces se produjo la explosión... pero no la mía, sino otra vez fue ella la
que alcanzó el éxtasis. Chilló, gritó, pataleó, se convulsionó, se incorporó
sobre sus cuartos traseros y sus uñas se clavaron en mi espalda. Sus manos se
deslizaron por mi espina dorsal dejando un gran reguero de sangre. Me atrajo
hacia ella y con un portentoso movimiento de caderas me hizo rodar por el
suelo. Venus quedó montada sobre mi, su boca abierta jadeaba como tras un
maratón y sus dientes blancos, blanquísimos, afilados se lanzaron sobre mi. Me
mordió una oreja, me mordió la boca, me mordió el pecho y yo grité como un
loco. Empujé con todas mis fuerzas y logré desasirme de ella. Mi polla salió de
su cueva como golpada con un martillo y quedó colgando en el aire, empapada
pero tiesa como un ariete. Me dolía hasta la excitación que continuaba
sintiendo. Necesitaba calmarla. Salí corriendo hacia el aseo y allí me puse
bajo la ducha. Di a tope el agua fria y enfoqué la alcachofa sobre mi bajo
vientre. Apenas noté un ligero alivio. Entonces pensé en algo que sí tendría
efecto. Corrí sin toalla y empapando el suelo desde el aseo hasta la cocina y
allí saqué de la nevera todos los cubitos de hielo que encontré. Los puse
dentro de una bolsa de plástico que apliqué a lo largo de mi dolorido pene.
Noté un alivio instantáneo, pero el miembro no decreció ni un milímetro. Como
pude me arrastré a la cama y allí me tumbe con la bolsa de hielo entre mis
piernas. Venus me miraba con los ojos muy abiertos y no pudo contener más
tiempo la risa. Explotó en una cascada de carcajadas que al pronto me puso de
un humor de perros. Al cabo de unos segundos comprendí lo ridículo de la
situación y yo mismo me puse a reír histéricamente al tiempo que apretaba aún
más el hielo contra mis doloridos huevos.
Continuará.

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