miércoles, 8 de abril de 2026

VENUS DE FUEGO V


 

 


No era agradable sentirme fuera de control. La excitación estaba llegando al paroxismo y fuera que realmente el miembro hubiera crecido tanto como imaginaba en mi delirio o simplemente que mi cuerpo ya no me perteneciera, hubiera pasado a ser propiedad de los potingues de Lily, el caso es que no acertaba con el agujero. Era una situación que nunca me había ocurrido. Me sentía raro, como si una metamorfosis kafkiana me hubiera transformado en un auténtico pura sangre, un semental con los ojos inyectados en sangre ante la visión del real culo de una yegua, relinchando como loco y echando espuma por el bofe. Lo único que me faltaba era dar coces y no creo que me faltara mucho. Necesitaba explotar dentro de la cueva de Venus o acabaría dándome cabezazos contra las paredes.

 

Quien no haya presenciado el apareamiento de un semental de pura sangre y una yegua o el de un toro de raza y una vaca de primera, no puede saber de qué estoy hablando. Miré aquel trozo de carne, hinchado, entre mis piernas y llegué a asustarme. No, no es una broma. Se había alargado hasta el límite que puede dar de sí un músculo, la piel estaba tirante, enrojecida, las venas azules sobresalían por todas partes, a punto de reventar. El glande aparecía hinchado, amoratado, tumefacto, a punto de reventar; con el pequeño agujerito tan agrandado como si me hubieran metido por él un trozo de cañería. Lo que más me preocupaba eran las venas, recorrían todo el miembro hasta las pelotas y estaban tan marcadas que en plena noche alguien las hubiera confundido con autopistas iluminadas con bombillas azules. Toda la sangre de mi cuerpo parecía haberse acumulado allí y puede que fuera cierto porque sentía la cabeza completamente vacía y un dolor indescriptible en mis partes que no anhelaban otra cosa que la cama de una jugosa vagina.

 

Venus parecía estar pasando por algo parecido, solo que en femenino, porque a la vista de que mi polla rebotaba una y otra vez contra sus muslos suaves, blancos, sudorosos, brillantes, como recién engrasados, o contra su triángulo púbico, como si de una diana peluda se tratara, tomó cartas en el asunto. Cogió con sus dos manos aquel enorme trozo de carne que tenía vida propia y no paró hasta encasquetárselo en su gran agujero que rezumaba jugos, líquidos y hormonas, como de una lúbrica fuente. La agudizada sensibilidad de mi miembro notó al pasar un bulto muy extraño. Solo después de pensar en ello unos segundos comprendí que debía tratarse del clítoris de la hembra, que se había hinchado como una babosa. Al rozarlo en la penetración Venus comenzó a chillar al ritmo del bolero de Ravel, primero como cogiendo carrerilla y luego lanzándose a una vertiginosa aceleración hasta llegar al paroxismo. Yo en cambio dejé de quejarme, porque mi angustiado littel Johnny se calmó mucho al aposentarse dentro de la gran vagina venusina.

 

Resulta curioso que el lugar, donde más a gusto se encuentra descansando la parte más preciada de nuestro body, nos dure habitualmente el tiempo de un suspiro. Es como si un gnomito ansioso entrara en el soñado palacio de cristal y en lugar de quedarse allí de por vida, saliera de estampida como perseguido por fuerzas siniestras. Por primera vez en mi vida de amante, y no sería la última, podía permitirme el lujo de permanecer en el palacio de cristal el tiempo que quisiera, porque nada sería capaz de desinflar a su huesped. Era una sensación muy agradable dejar al gran gusano reposando en la cueva, sintiendo la oleada de jugos rezumando de las paredes, intentando devorar su corpachón. ¡Uff!, desde luego era muy agradable. Me dejé caer hacia delante sobre la parte ventral del cuerpo de Venus, muy suavemente para no hacerla daño, hasta que mi pecho rozó sus pechos. Entonces no pude resistirme a la tentación de lamer sus pezones.

 

Ella tenía los ojos muy abiertos, fijos ante sí, aunque no creo que fuera capaz de verme y por la boca semicerrada no dejaba de ulular el canto de sirena, presta a devorar hombres fornidos. A la primera lamida del pezón izquierdo sus ojos se desorbitaron aún más y la boca dejó escapar un gritó que horadó mis tímpanos. Di gracias a mi fortuna por haberme llevado a plne sierra madrileña, lejos de la apelotonada urbe donde las hormiguitas se refugian en casitas de papel. Porque de no ser así ya tendríamos a la policía, a los bomberos, al Samur y a un montón de curiosos aporreando la puerta.  A la segunda lamida sus ojos se dilataron hasta casi salirse de sus órbitas, si eso era posible, quedando clavados en alguna parte de mi rostro que no pude situar con exactitud.  Esta vez el grito no me pilló de sorpresa y eso me libró de un fatal desmayo.  Fue como un S.O.S., sin inhibiciones, solo que en lugar de SOS, decía MAS...MAS...

 

Me negué a hacer caso de su orden, por si las moscas hacían un nido de avispas en su boca. Me dejé caer del todo sobre ella y busqué su boca, mordiendo con ansia sus labios con intención de tapar cualquier sonida que pudiera ser emitido entre sus dientes, como el siseo de una serpiente de cascabel.  Encontré sus labios tan jugosos y absorventes como si le los hubiera untado de un potingue, rojo mermelada. Que yo recuerde entre los potingues de Lily no existía nada para aquellos labios. Sorbí y sorbí hasta recibir un furioso mordisco que a punto estuvo de arrancarme el labio inferios.

 

A estas alturas del coito necesitaba explotar a cualquier precio. Estaba tan excitado y enfurecido por la imposibilidad de llegar al orgasmo que cogí a Venus por las caderas y levantándome de la cama como pude me puse a pasear con ella por la habitación. El espectáculo hubiera sido un éxito de ventas si a Lily se le hubiera ocurrido grabarlo. Aquella mujer no era precisamente una modelo anoréxica. Todo en ella era rotundo y lo rotundo tiene su peso, no son globitos hinchados, precisamente. Creo que fue el deseo delirante que sentía el que me permitió actuar como un levantador de pesas a quien hubieran gastado la broma de ponerle pesas de goma en lugar de hierro. Daba un paso hacia delante y con las manos en sus caderas la subía hacia arriba y luego dejaba que fuera el peso de su cuerpo el que me clavara más a ella. Como esto no fuera suficiente la tumbé sobre el amplio y mullido sofá y montado sobre ella comencé a galopar como un poseso. Así estuve largo rato aguantando que ella chillara y llegara a un orgasmo y luego a otro, enlazados como un eslabón a otro.

 

Yo en cambio me agoté sin lograr mi objetivo. Estaba sudoroso, gruesas gotas de sudor caían de mi frente sobre el rostro de Venus que se agitaba de un lado a otro como si fuera incapaz de parar el tiovivo. Con tanto ajetreo y la gran hinchazón de su clítoris el placer recibido debía de haber sido algo apoteósico. Sus caderas continuaban moviéndose contra las mías que habían adoptado la postura de descanso. Por fín ella dejó de moverse y de chillar. Suspiró, jadeó buscando una respiración tranquila, sus ojos se cerraron y al abrirse de nuevo se clavaron en mi bajo vientre que no lograba despegarse del suyo. Mi polla parecía un tornillo enroscado en su tuerca. Intenté desasirme sin éxito. Ella ayudó a retenerme entre sus muslos. Aproveché lo forzado de la situación para fijarme en su cuerpo, especialmente en la tupida pelambrera rubia de su bajo vientre. Me hipnotizaba.  Ella a su vez continuó con la vista clavada en mi húmeda pelambrera. Su cuerpo daba la impresión de algo pleno, rotundo, bien alimentado, joven, lascivo, brillante. Sus grandes pechos se agitaban al compás de su respiración, ahora tranquila, aumentando mi estado hipnótico. Sus anchas caderas permitían la existencia de un gran valle que terminaba en el hinchado monte de Venus donde mi miembro continuaba clavado y bien clavado.

 

Era hermosa, era deseable, era mi posesión más preciada. ¿Pueden creerme si les digo que ya no la veía como una muñequita hinchable, sin seso, sin sentimientos, con muy poco que ofrecer a un hombre exquisito como yo?. Ahora era para mí una diosa y la amaba como a tal. Me estaba enamorando de ella, era dulce y era todo lo que deseaba en una mujer. Algo así solo puede producirlo el deseo sexual. Ni siquiera la hipnosis hubiera logrado algo parecido. La amaba y deseaba demostrárselo poseyendo cada célula de su cuerpo, que mi polla, como un cetro, tomara posesión de cada habitación de aquel palacio. Volvió a exasperarme el deseo. Continué galopando, pero inutilmente porque los potingues que habían hinchado aquel trozo de carne no dejaban de hacer el efecto deseado. La agarré por las nalgas y de nuevo me puse a pasear con ella por la habitación. Necesitaba hacer que aquel trozo de carne volviera a su estado normal o me volvería loco. La coloqué sobre una pared y allí la penetré hasta el fondo una y otra vez. Era inutil. Caminé de nuevo haciendo que su cuerpo subiera y bajara sobre mis caderas. Noté su piel ardiendo, echando auténtico fuego. Sus nalgas me quemaban las manos. Yo notaba mi bajo vientre sudoroso, echando fuego. Tropecé con algo y ambos caimos sobre la alfombra. Ella debajo y yo sin haberme despegado. Abrí sus muslos y sujetándola por las nalgas la penetré una y otra vez hasta el fondo.

 

Y entonces se produjo la explosión... pero no la mía, sino otra vez fue ella la que alcanzó el éxtasis. Chilló, gritó, pataleó, se convulsionó, se incorporó sobre sus cuartos traseros y sus uñas se clavaron en mi espalda. Sus manos se deslizaron por mi espina dorsal dejando un gran reguero de sangre. Me atrajo hacia ella y con un portentoso movimiento de caderas me hizo rodar por el suelo. Venus quedó montada sobre mi, su boca abierta jadeaba como tras un maratón y sus dientes blancos, blanquísimos, afilados se lanzaron sobre mi. Me mordió una oreja, me mordió la boca, me mordió el pecho y yo grité como un loco. Empujé con todas mis fuerzas y logré desasirme de ella. Mi polla salió de su cueva como golpada con un martillo y quedó colgando en el aire, empapada pero tiesa como un ariete. Me dolía hasta la excitación que continuaba sintiendo. Necesitaba calmarla. Salí corriendo hacia el aseo y allí me puse bajo la ducha. Di a tope el agua fria y enfoqué la alcachofa sobre mi bajo vientre. Apenas noté un ligero alivio. Entonces pensé en algo que sí tendría efecto. Corrí sin toalla y empapando el suelo desde el aseo hasta la cocina y allí saqué de la nevera todos los cubitos de hielo que encontré. Los puse dentro de una bolsa de plástico que apliqué a lo largo de mi dolorido pene. Noté un alivio instantáneo, pero el miembro no decreció ni un milímetro. Como pude me arrastré a la cama y allí me tumbe con la bolsa de hielo entre mis piernas. Venus me miraba con los ojos muy abiertos y no pudo contener más tiempo la risa. Explotó en una cascada de carcajadas que al pronto me puso de un humor de perros. Al cabo de unos segundos comprendí lo ridículo de la situación y yo mismo me puse a reír histéricamente al tiempo que apretaba aún más el hielo contra mis doloridos huevos.

 

 Continuará.

DIARIO DE UN GIGOLÓ LIBRO V





 DIARIO DE UN GIGOLÓ: LIBRO V eBook : GARCIA CIMADEVILLA, CESAR : Amazon.es: Tienda Kindle

viernes, 6 de marzo de 2026

QUIJOTADAS SOBRE EL DÍA DE LA MUJER

 


QUIJOTADAS SOBRE EL DÍA DE LA MUJER

Adivina, adivinanza. ¿Quién soy yo, sino soy Sancho Panza?

¿Cuál es el día que celebra más de la mitad de la población mundial?

¿Qué día se recuerda que la esclavitud sigue vigente en estos tiempos modernos?

¿Qué día tal vez el hermafroditismo no sería una mala idea si la vida fuera justa?

El día de la mujer, por supuesto. Mientras las mujeres tienen un día los hombres tienen el resto del año. A esto llaman igualdad. Si la vida fuera justa habría una alternancia, las mujeres tendrían hijos un año y el año siguiente los tendrían los hombres. O la vida nos haría hermafroditas, todos tendrían así sus ventajas y desventajas y no que las mujeres tuvieran siempre desventaja.

 

SI YO FUERA MUJER

Si yo fuera mujer…me pesaría tanto la historia, donde los hombres lo han organizado todo a su manera, sobre todo las guerras, que suprimiría la asignatura de historia en todos los colegios.

Si yo fuera mujer…sería genetista, para cambiar el ADN, donde cupieran todas las letras y un algoritmo tan justo como con mala leche obligaría a toda la especie humana a pasar por las desventajas al menos un día al año, o tal vez todo el año, según el humor que tuviera ese día.

Si yo fuera mujer…cambiaría los cuerpos de cada género y pediría ayuda a los extraterrestres para formar una nueva especie.

Si yo fuera mujer…haría un cóctel de hormonas para conseguir que los machos solo tuvieran libido cuando a la hembra le apeteciera.

Si yo fuera mujer…rezaría para que dios fuera diosa y el universo tan diferente que necesitaría ayuda para imaginarlo.

 

SI LA MUJER FUERA UN PÁJARO

Sería una águila real, siempre en lo alto, volando entre las nubes y los aguiluchos no tendrían alas y caminarían mirando al cielo.

SI LA MUJER FUERA UN BARCO

Sería una lancha motora, con motor cuántico, para ir siempre varias velocidades por encima de los barcos piratas.

SI LA MUJER FUERA UN PAISAJE

Sería una puesta de sol sobre un hermoso planeta, solo volvería al alba si fuera a encontrar bondad, caso contrario la noche sería eterna.

 

SI LA MUJER FUERA UN ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA

Sería un rayo láser, tan fino y sutil como poderoso para agujerear el odio y hacer que el amor asomara la cabecita por los agujeros.

 

SI LA MUJER FUERA UNA PLANTA

Sería una hiedra trepadora, para superar todos los obstáculos que le pusieran los machos en el camino.

 

SI LA MUJER FUERA UN FENÓMENO METEREOLÓGICO

Sería una lluvia persistente, para hacer brotar la hierba en los desiertos y musgo en las piedras.

 

SI LA MUJER FUERA UN PEZ

Sería un delfín, siguiendo a la flota de guerra, para entretenerles con juegos y que se olvidaran de los misiles.

 

AFORISMOS

Nos han engañado, la vida no es mujer. Si lo fuera no habría creado a los hombres.

El día en el que las mujeres y los hombres sean iguales, las flores y las malas hierbas estarán separadas.

Si yo fuera mujer tendría cuidado con la Inteligencia artificial, la han creado los hombres.

 

SI LA MUJER FUERA POETA

Cada verso sería una simiente para que un día crezca un largo poema de amor.

 

SI LA MUJER FUERA LA REVOLUCIÓN

No inventaría la guillotina para cortar cabezas, sino el orgasmatrón, para que todos los soldados de todas las guerras habidas y por haber sufrieran un orgasmo tras otro cada vez que fueran a tocar el botón que dispara el misil o el gatillo que expulsa la bala.

 

SI LA MUJER FUERA UNA ESTRELLA

Guiñaría el ojo a todos los agujeros negros que pueblan el universo anunciando el apocalipsis.

 

SI LA MUJER FUERA UNA ENFERMEDAD

Sería un COVID que obligara a todo el mundo a estrujarse y darse besos.

 

SI LA MUJER FUERA MÚSICA

Sería la música de las esferas. No importa el tamaño, el color, la distancia, la galaxia, el universo. Su música sería armoniosa siempre y en todas partes.

 

 

miércoles, 18 de febrero de 2026

VENUS DE FUEGO IV

 


Oí cómo se reía, con tantas ganas, que imaginé al enano que me la estaba estirando, haciendo cosquillas allí donde más fácil es que se rían al hacerlas. Se calmó para explicarme, con cierta sorna, que era el hombre a quien habían hecho más rápido efecto las pociones. Resultaba increíble porque las instrucciones recomendaban proceder al untamiento al menos veinte minutos antes del coito. Algunos tardaban hasta una hora en notar los efectos y éstos no eran tan espectaculares como Lily hacía creer. Otros se desinflaban demasiado rápido para su gusto. Pero en mi caso todo hacía pensar que los potingues y Johnny estaban hechos el uno para el otro.

Al parecer Lily vendía el producto, a cambio de grandes sumas, a clientes de absoluta confianza, que juraban no irse de la lengua o se atendrían a las consecuencias, graves, muy graves. No a todos les producía el mismo efecto, pero bastaba con un caso como el mío para que el rumor se extendiese como la pólvora, creando grandes problemas a la proveedora.  Ni con todos sus matones en pie de guerra lograría evitar que algún lanzado acabara intentando asaltar su casa. Como es lógico en estos casos, el rumor se había extendido sotto voce, aunque nadie lo había creído. Sin pruebas no se creen los milagros.

Acabada la explicación me pidió que fuese yo ahora quien la pringase siguiendo sus instrucciones. El necesaire estaba dividido en dos compartimentos. Los ungüentos eran diferentes para cada sexo como es natural. Me pidió que buscara un tarrito de cristal con la tapa azul y cuando lo encontré me dijo que untara todos los dedos de mi mano derecha en la crema. Tenía que extenderla por sus labios y por el vestíbulo, sin profundizar mucho porque las paredes vaginales sufrían picores debido a un elemento químico del producto. Tenía que dar gran cantidad de crema en el clítoris que se hincharía haciéndose extremadamente sensible.

Una vez acabada la faena tuve que untar la mano izquierda en otro potingue, rosa esta vez, y haciendo de espeleólogo penetrar por su amplia cueva hasta donde pudiera llegar. Se acabaron mucho antes mis dedos que el hall de aquel vestíbulo imponente. La crema del clítoris debió empezar a hacer efecto porque Venus comenzó a moverse como si un ejército de hormigas la estuvieran haciendo cosquillas por todo su cuerpo. Para rematar la divertida faena tuve que rociar, con un aerosol, sus pechos, a pequeños toques. Pero aún quedaba el definitivo. Con una pasta gelatinosa de color fresa unté suavemente sus pezones que se dispararon como balas hacia mi pecho. La excitación producida por este potingue era tal que algunas mujeres no la soportaban y acababan chillando como locas, perdiendo incluso el sentido.

También ella se tomó sus dos pildoritas y viendo mi excitación y notando la suya no pudo menos de hilvanar una cita histórica sobre la marcha. Esta noche vamos a ser como César y Clepatra, me dijo, mirándome la polla que no dejaba de engordar como una morcilla embutida de sangre. Más bien como Venus y Tanhauser, pensé para mis adentros. Las maniobras anteriores me habían excitado tanto que comencé a observar preocupado cómo mi polla no dejaba de engordar, como un pollo alimentado con maíz transgénico. Me dolía mucho, al tiempo que me estaba volviendo loco de excitación. Para calmar el dolor volví a penetrarla como un semental loco que no encontrara el agujero porque las dimensiones de su cipote le impidieran apuntar bien. 

Eso era lo que me rondaba por la mollera viendo a mi Venus particular afanarse en untar cada centímetro de piel del pequeño Johnny, sin excluir el glande, que sacó a pasear desde su capullo de piel protectora. La sensación de frescor, justo ahí, en la puntita, me hizo temer que al frio seguiría el calor y a este el incendio de la lujuria.  Con un spray de diminuto tamaño roció mis testículos o huevos en lenguaje vulgar y coloquial, pero muy expresivo. Terminó untándome de papilla amarillenta todo el pubis y buena parte de los muslos. De principio no noté nada, pero apenas un minuto más tarde, mientras me afanaba en rociar con sumo cuidado su venusberg, un terrible sofoco me pilló por sorpresa. Noté mis mejillas ardiendo y un fuego irrefrenable se extendió por mi bajo vientre como si me hubieran aplicado un gran mechero, justo ahí abajo.

El miembro se estiró cuan largo nunca imaginé que fuera y engordó como una morcilla repleta de sangre fresca. Noté un dolor extraño por lo muy unido que iba al placer. Un ansia atroz, de meter el hierro candente en cualquier agujero que encontrara a mano, me asaltó por sorpresa y creo que hasta hubiera probado con las orejas de mi diosa de haberlas tenido a mano. Me libró del impulso un fuerte empujón de Venus que a punto estuvo de lanzarme fuera de la cama, como una pelota de baseball aporreada fuera del campo. Se quejó de mi descuido. Nada de spray en el interior de la vagina. Al parecer las paredes vaginales eran muy delicadas a un componente específico del compuesto químico. Cada producto de la farmacia particular de Lily tenía su zona particular de aplicación y sus efectos musicales específicos con el fin de alcanzar un tutti orquestal de mucho cuidado.

Me pidió que tuviera más cuidado y que terminara de una vez de aplicarle una cremita en los pezones porque se estaba poniendo tan cachonda que dudaba pudiera aguantar ni los preliminares más someros. De pronto la leona se revolvió rugiendo y todos los frascos de potingues cayeron del lecho de cualquier manera. Tenía los ojos desorbitados mientras contemplaba mi pene hendiendo el aire como un ariete buscando la puerta del castillo. Se abalanzó sobre mí, me hundió en el lecho con una llave maestra y trató, sin conseguirlo, de que su venusberg se apoderara de aquel dragoncito que ya echaba fuego por la punta. Con sus caderas, hacia atrás y hacia delante, forcejeó como si le fuera en ello la vida y como no lograra que el miembro se introdujera en la gruta, hurgó en ella con su mano derecha y con la izquierda cogió mi polla y a trancas y barrancas se la introdujo en lo que no era pequeña mansión precisamente.

Los dos parecíamos dos antorchas echando llamas a diestro y siniestro y a las que siguieran rociando sin compasión con un líquido inflamable. Mis dudas sobre los afrodisiacos terminaron en aquel momento. Me juré revisar mis dogmas particulares sobre el deseo en la mente y la imaginación al poder. Con aquellos productos de Lily por fin la humanidad alcanzaría la vieja meta de hacer el amor y no la guerra. Bastaría con untar el pene de los grandes guerreros mundiales con aquella cremita con que Venus me había rociado para que se olvidaran de otras guerras que no fueran las más íntimas. El calor se había hecho insoportable, el pene continuaba estirándose, o al menos así me lo parecía a mí, y el deseo se había hecho tan intenso que ya no podía pensar en otra cosa que no fuera poseer aquel cuerpo a cualquier precio y cuanto antes. Venus estaba por la misma canción y no era capaz de detener el movimiento de sus caderas que habían alcanzado un ritmo enloquecido.

El gran problema del deseo sexual es que no puede ser mantenido indefinidamente, en un crescendo sin límites. De ser así nadie que probara el sexo pensaría luego en otra cosa. Aquellos potingues de Lily eran infernales. Me sentía arder por dentro y el deseo era tan animal que no pude aceptar ser pasivo por más tiempo. No sé cómo lo hice pero nos dimos la voltereta sin despegarnos. Ella quedó debajo, jadeando y chillándome que no parara. Yo me abalancé buscando en sus entrañas el agua fresca que calmara aquel ardor. Intuí las muchas razones que había tenido Lily para no ser la primera en probar conmigo aquella farmacopea. Puede que no me hubiera dejado salir de su casa. Me hubiera atado con correas como a su perrito doméstico. Abrazado a Venus como si fuera mi enemigo en un asalto de lucha grecorromana la hundía una y otra vez mi polla en su venusberg buscando la explosión que no llegaba nunca.

 

miércoles, 4 de febrero de 2026

VENUS DE FUEGO III

 


-¡Uy, Johnny! ¡Cómo lo vamos a pasar! Ya lo estoy viendo. Ahora acaríciame todo el cuerpo con la polla.  Tuve que explicarle que me iba en cualquier momento.

-Pues bueno. Eres muy caliente, ya lo veo. Mira, he traído los potingues de Lily. Te voy a dar un poco de pomada en la puntita. ¡Ya verás cómo aguantas sin desincharte! ...Yo también me voy a dar algo porque me está apeteciendo mucho y quiero disfrutar. Un capricho de vez en cuando viene muy bien.

Se levantó de la cama y echó mano a su necesaire. De él sacó un montón de frascos, tarritos y sprays. Era la primera vez que iba a probar los fantásticos afrodisiacos de Lily. No suelen gustarme las cosas artificiales, ni en la comida, ni en la vida corriente, ni en el sexo. Tengo la manía de pensar que la naturaleza es más sabia, que nuestras raquíticas mentes. Claro que pensando así no tendríamos televisión, ni coches, ni casi nada de lo que hace tan regalada la vida del hombre moderno. Pero me pregunto qué beneficios tan insustituibles han aportado estas cosas a nuestras vidas. No se puede negar que ahora tenemos una estimulación tan feroz que las adicciones crecen como hongos, pero, aunque se me llame carca, sigo pensando que donde esté lo natural que se quite todo. Mi filosofía del sexo es bastante sencilla y uno de mis principios fundamentales es que el deseo está en la mente, aunque las gónadas ayudan bastante. De ahí mi reparo en servirme de potingues. Uno acaba dándose una pomadita en el pene y termina por no empalmarse sino es con el placebo del tarrito de marras.

Venus -¡hay que ver cómo cambian los tiempos! - me ordenó tumbarme boca arriba y se puso a untarme como si estuviéramos tomando el sol en el Caribe. Que debe calentar cosa fina. De ahí las pieles negras de los nativos y las cremas protectoras de los turistas blancos. Me regodeé pensando en el pene de Tanhauser empapado en crema por las suaves manos de Venus en la gruta de la Venusberg o Monte de Venus en castellano (así iba a titular Wagner su ópera hasta que unos amigos le hicieron ver lo guarra que era la expresión) antes de principiar la orgía en la que Tanhauser se olvidará de su amada, la mística Isabel. Nada más sencillo que hacerse adicto al sexo, lo único que necesitas es disfrutar las suficientes veces con bastante intensidad. Lo que le pasó, ni más ni menos, que a Tanhauser. Allí en la Venusberg con la diosa Venus a su disposición y un montón de chicas guapas, las sirvientas de la diosa, no es extraño que el héroe se olvidara hasta del nombre de su madre, no digamos de la adorable Elisabeth.

Mi Venus extendió un poco de pomada por todo el miembro, que saludaba muy erecto, masajeándolo a gusto y gana. Roció el glande con un pequeño aerosol. Me lo dejó tan frio como la punta escondida del iceberg, en contacto con el agua helada del polo, y no conforme con ello abrió una cajita metálica y se untó el índice con una extraña gelatina amarillenta. Con ella acarició mis testículos (no me gusta llamarlos huevos, me imagino unos huevos fritos y se me pone la piel de gallina), el bajo vientre hasta el ombligo y los pezones. Comencé a sentir tal calor por las zonas masajeadas que me puse a chillar como una señorita histérica, con perdón de las señoritas y de los histéricos, que cada uno hace lo que puede.

Ella me explicó que el frio del glande impediría que afluyera la sangre, manteniéndolo en un estado de suave hibernación que bloquearía el corrimiento de esperma hacia lugares más fértiles que las pequeñas pelotas donde crece. En cuanto a la gelatina amarilla tenía como función atraer sangre hacia esas zonas que de algún modo participan también en las correrías. De esta manera se acrecía el deseo hasta límites inenarrables y al mismo tiempo el glande se estaba quietecito como un témpano. Lo que no impedía que pudiera perforar un túnel tras otro como una taladradora loca.

No es que la explicación fuera muy científica que digamos, incluso pensé que se la acababa de inventar sobre la marcha, pero sí era real aquel volcán que sentía entre mis muslos, a punto de erupcionar lanzando su magma incandescente hacia todo lo que estuviera a su alrededor, en un radio de una legua (un todo con curvas, naturalmente). Cuando creí que la magia había finalizado sacó un par de pastillitas de otro frasco. Eran de color rosa y me obligó a tragarlas ayudado de un botellín de agua que también sacó del necesaire, que cada vez parecía hacerse más grande. Miré hacia abajo porque por un momento creí que un enano me estaba estirando el pene con unas tenazas. El deseo era ya hasta molesto. Mirar el bajo vientre de Venus me mareaba. No podía pensar en otra cosa que apoderarme de ese castillo a arietazo limpio en la puerta. Intenté controlarme, pero no pude, me lancé hacia su triángulo dispuesto a desaparecer en las Bermudas. Yo era una línea recta a punto de extenderse hacia el infinito y ella un triángulo maldito que haría invisible mi línea. La penetré sin contemplaciones y ya dentro de su cueva me fui calmando poco a poco, sin sacarla, porque al menos allí el dolor del estiramiento se notaba menos.

DIARIO DE UN GIGOLÓ IV

 DIARIO DE UN GIGOLÓ: LIBRO IV eBook : GARCIA CIMADEVILLA, CESAR: Amazon.es: Tienda Kindle