Así fue. El dolor
se inició cuando ella me estaba extendiendo el bálsamo por los testículos. Fue
como el pinchazo de una gran aguja que se extendió por todo el pene y luego
pasó a instalarse en los testículos. Me dolía el bajo vientre y no era un dolor
para reírse. Ella terminó su tarea y sacando de su maletita de viaje un pañal
especial me lo puso con gran esfuerzo. Allí quedó Johnny transformado en un
bebé grande, con un pañal sobre su culito y la sensación de que Venus me había
gastado una mala pasada. Para calmar el dolor la pedí una copa doble y que me
encendiera un cigarrillo. Se sentó a mi lado y me acarició la cabeza.
¡Pobre Johnny! Como venganza sugería que
podía contarme las experiencias más duras de su vida. Se sonrió y no tuvo
empacho alguno en comenzar a narrarme su vida de puta de carretera. Yo la
escuchaba con los dientes apretados por el dolor. Pero pronto el bálsamo
comenzó a hacer efecto. La escuché interesado hasta que sin transición me quedé
dormido. Soñé que caminaba con la polla enhiesta por las calles y que todas las
mujeres me hacían pasar a sus dormitorios donde me encadenaban hasta conseguir
la satisfacción debida. Me explicaba que los dioses me habían castigado por
buscar el placer carnal por encima del espiritual. Yo no podía creer que los
dioses fueran tan injustos. Pero continué mi largo periplo, caminando por las
calles, desnudo, con el miembro erecto apuntando como una pistola. Los
caballeros se reían, me daban palmaditas en la espalda y me preguntaban si
tendría bastante con aquel castigo o tendrían que llevarme de ciudada en
ciudad, de país en país y de continente en continente hasta que la picha se me
cayera a pedazos. Noté cólera en sus voces y rabia y deseo de venganza.
Las damas se
acercaban, se sonreían, me cogían de la polla y tiraban de mí hasta sus casas.
Notaba el dolor en todo el cuerpo y pedía a gritos, suplicaba que me dejaran
descansar un momento, solo un momento. Ellas no se inmutaban. Me tendían en sus
lechos. Se desnudaban con gestos obscenos. Bailaban la danza del vientre para
mi y ponían sus coños frente a mis ojos, aplastaban bien mi nariz para que
pudiera oler aquel coctel de marisco. Me agradaba el olor y me sentía culpable
por ello. Me enseñaban sus cuerpos con lubricidad, sacaban sus lenguas como si
me fueran a hacer la gran mamada y yo me sentía culpable de abandonar mi
petición de clemencia a los dioses para disfrutar de aquellos espléndidos
cuerpos y notar el deseo en mi vientre. Era consciente de que mientras los
deseara no sería perdonado pero no podía dejar de desearlos, no quería.
Me despertó el
aroma de un guiso. Venus estaba en la cocina. Me acerqué con mi pañal en
ristre. Ella me dijo que no era buena cocinera. Necesitaba que yo echara una
mano. Lo hice encantado. Almorzamos con apetito voraz. Un plato de spaguetti a
la boloñesa y unos gigantescos chuletones. Todo ello regado con un exquisito
vino tinto. Fue una comida muy agradable y en la sobremesa nos contamos algunos
de nuestros mutuos secretos. Tal vez me decida a contárselos en otro momento.
Fue un día largo.
Venus no podía dejar de pensar en el placer que había sentido a lo largo de la
noche. Deseaba que al menos intentara montarla otra vez, pero yo me excusé. Mis
bajos estaban en ruinas y no quería que aquel dolor, aquellas punzadas, volvieran
de nuevo. No obstante no pude librarme de trabajar su cuerpo con mi boca y con
mis manos. Besé y acaricié sus pechos y pezones hasta llevarla al orgasmo.
Introduje mis dedos por delante y por detrás hasta conseguir que ella se
sintiera feliz. Quiso darse más potingues pero no la dejé. Tan solo un poco de
crema en el clítoris para que mi índice no la hiciera daño. Al llegar la noche
caímos totalmente agotados, pero yo no pude librarme de aquella maldita
pesadilla. Todas las mujeres del mundo, gordas, flacas, jóvenes, viejas me
arrastraban por la polla a sus cuartos y de allí no me dejaban salir hasta
satisfacerlas.
Estuvimos en la
casa de la sierra otros dos días. Acepté volver a practicar sexo con Venus con
la condición de dejar los potingues a un lado. Esta vez con calma y de forma
natural disfrutamos lo justo y charlamos por los codos. Una vez pasado el
efecto de los afrodisiacos y de los orgamos encontré a Venus menos deliciosa.
Su cuerpo continuaba siendo espléndido pero su labia me crispaba. Dejó de
hablar de sexo y comenzó a hacerlo de dinero. Tenía grandes planes para el
futuro. Iba a ser millonaria y yo podría acompañarla en un crucero por el
mundo. No quise hacer la pregunta pero me salió de dentro. Quise saber si
después de lo que había disfrutado podía plantearse el sexo como un negocio. Me
dijo que nunca olvidaría aquellos días pero que el sexo como todo, tiene sus
ciclos. Cuando uno de aquellos viejos verdes la montara el sexo no sería otra
cosa que el clic de la caja registradora. Anotaría un ingreso y si estaba de
humor pensaría un poco en mi mientras el otro intentaba besarla. No, no, amigo,
esto requiere un plus a convenir.
Me sentí un poco
asqueado. Pero al fin y al cabo no creo que el placer que yo busco en la mujer
sea más elevado que el que ella busca en el dinero. ¿O sí? Puede que tal vez a
mi me guste más la comunicación con la mujer, el placer compartido, las historias
que nos contamos mutuamente. Puede que lo mio sea un poco mejor que lo de
Venus. Tan solo un poco. Si yo amara de verdad sería monógamo. Encontraría la
mujer de mi vida y con ella lo compartiría todo. ¿O tal vez eso es también un
engaño? ¿Existe el verdadero amor o solo es la pasión del momento que se
extingue con el tiempo?
Volví a ver a
Venus de fuego en más ocasiones. Una vez pasado el aprendizaje con ella
quedábamos a veces para tomarnos un cafelito y charlar. Experiencias como la
que nosotros habíamos vivido unen aunque no se quiera. En alguna ocasión accedi
a volver a repetir aquella orgía de fuego, placer y dolor. Yo también había
quedado un poco tocado. Claro que hablé con Lily de lo sucedido. Ella me
explicó que los hombres sensibles como yo no podían permitirse el lujo de
embadurnarse de potingues hasta el cuello. Lo justo, solo lo justo, Johnny, me
dijo ella riéndose. Y me enseñó a encontrar el punto justo en unas cuantas
orgías con ella. Fueron especiales, muy especiales. Sin dolor, con calma, con
mucha conversación y mucho cariño. En ellas Lily me contó cosas muy íntimas que
solo se las contaría a su diario, del que entonces no sabía de su existencia.
Venus disfrutó
mucho conmigo en aquellas orgías que acordamos repetir una vez al año, el día
del aniversario. Tengo muchas más cosas que contar de ella, pero tal vez deba
hacerlo en otra ocasión. Lo que sí les adelanto, y me alegro por ella, porque
de alguna manera se lo merecía, es que logró atrapar a un millonario. Un
viejecito decrépito se quedó prendado de sus carnes en una playa de la Costa
Azul, donde había ido a pasar las vacaciones. Lo engatusó con su cuerpo y con
los potingues de Lily que se había llevado sin su permiso. Consiguió que no se
muriera la primera noche y al día siguiente él la llevó a la vicaría, sin
pensárselo dos veces. El viejecito le duró unos cuantos años, no imagino cómo.
Tal vez le engatusara con los potingues pero no permitiera que los usara mas
que una vez al año. Solo por esperar ese momento el viejecito puso todo a su
nombre, desheredando a un pariente lejano, y cuando murió Venus se convirtió en
la madurita de moda.
Salía en las revistas, estaba en todos los
saraos y cuando su dinero no fue bastante para impedir que saltara el escándalo
de su anterior vida de prostituta, se retiró por el foro con gran dignidad.
Ahora, según me dice en su última postal, se siente un poco cansada de la vida.
Ha perdido su lozanía y así la vida no la compensa, a pesar de su dinero. Tiene
una hermosa mansión en algún lugar oculto que no voy a desvelar para que la
prensa rosa la deje en paz. Me acaba de invitar al aniversario. Una costumbre
que no hemos perdido nunca, ni siquiera en sus años de casada ejemplar. Iré, no
tengo dudas. Yo también estoy jubilado aunque no tan viejo como ella. Me dedico
a mis negocios y llevo una vida tranquila, dedicado a la cultura y alguna mujer
hermosa pasa de vez en cuando por mi lecho. Luego de mi aventura con la
escritora dejé de pensar en la posibilidad de casarme. Lo hubiera hecho con
ella -me ayuda a escribir estas memorias- pero sus hijos fueron un obstáculo
demasiado serio para que nuestra relación saliera adelante. Somos grandes
amigos y hacemos el amor cuando nos apetece, leemos juntos, vamos al cine o a
la ópera y disfrutamos de la vida. En cuanto a Marta no la he vuelto a ver. Fue
la gran tragedia de mi vida, pero eso es mejor que lo lean en mi diario.
¡Venus, Venus de
fuego!El sexo, la pasión y unos potingues de Lily unieron nuestras vidas. Fue
agradable y tú fuiste una buena mujer a pesar de tu desmedida afición por el
dinero. Otros tienen otras pasiones más mezquinas.
FIN




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