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A cargo de Slictik, escritor autodidacta y coordinador en Internet durante más de cinco años de un taller de creación de personajes humorísticos: “El hotel de los disparates”.
¿Sabes Johnny? Me gustaría que me hicieras la
pasarela, a ver si me caliento un poco... ¡Muévete un poco por la habitación! Así...así...eso
es. Actúa como si estuvieras cachondo y no pudieras resistir más el encanto de
tu cliente, en este caso, muá. A ver, a ver, la incitas para que te
toque. Ahora enséñame el culo. Eso es. Tienes un culito delicioso, muy prieto.
Me gusta. Ahora acércate, deja que te toque la polla. ¡Lo haces muy
bien! De primera, como a mí me gustan. ¿Sabes querido? A los buenos clientes
les hago una mamada. No me gusta y menos que escupan esa viscosidad asquerosa,
que huele a pescado, en la boca, pero si dejan una buena propina, ¿por qué no?
Por dinero se hace de todo. ¿No crees, Johnny?
Yo no lo creía. Nunca haría lo que no me gustara, ni
por dinero ni por nada. Soy muy mío para estas cosas. Empezaba a darme cuenta
de por dónde iban los tiros y no me gustaba nada. O se disfruta con el sexo o
mejor dejarlo.
-Mira, cariño, tu no me vas a dar propina, pero te
voy a hacer una mamada gratis. Por Lily, que me ha pedido que te lo enseñe todo
y yo por Lily hago cosas que no haría por nadie. Y porque me gusta tu polla. Es
ideal. ¿Sabes?
Era pija hasta decir basta y me estaba repateando su
patética actuación. Pero cuando se metió al pequeño Johnny en la boca éste se
olvidó de todo. Sabía hacer una buena mamada. Tenía la técnica adecuada y
parecía que hasta ganas. Iba a retirarse cuando hundí su cabeza entre mis
piernas. Quería correrme en su boca, pero ella forcejeaba por librarse, así que
la dejé a su aire.
-No debes hacer eso, cariño. A los clientes no les
gusta que les fuerces. Que les lleves con suavidad sí, pero si les impones algo
que no les gusta, te quedas sin cliente. Hay que tener clase. ¿Sabes que me estoy poniendo cachonda? Ja,ja.
Me estaba ciscando en su clase. La tomé en brazos
con gran dificultad y la arrojé sobre la cama. Me gustó hurgar en su sexo y
poner mi boca en sus pezones.
-Ji,ji. Me haces cosquillas. Debes aprender cómo se
trabajan los pechos. Cada una tiene sus gustos y no a todas nos hacen gracia
las mismas cosas. A mí me gusta que me pasen la lengua con suavidad.
Así...así... ¡Uff! Cariño. Me está gustando mucho, mucho, sigue, sigue. ¡Agg!
Menos mal que al menos tenía los pechos sensibles.
Con el tiempo comprendí que mi especialidad más preciada iba a ser el magreo
concienzudo de los pechos. Las vuelve
loquitas.
-Basta, basta, cariño. ¡Cómo eres! ¿Sabes?. Creo que
no lo voy a pasar tan mal. No me gusta que Lily nos obligue a hacer de
maestras. Se aprende en el tajo. ¿No crees? Je,je. Además, que no paga las
clases. Claro que a Mí me recompensa con una semana de vacaciones. Me voy a la
playita a coger moreno. Allí me resulta fácil hacerme con un ligue y aprovecho
para sacar tajada. Hay que sacar tajada de todo. ¿No crees, Johnny? Y yo ligo
mucho. ¿Sabes, cariño? Claro que con este cuerpo que me tocó en la rifa...Te voy
a contar uno de mis secretos, me gusta que me pasen la polla por todo el
cuerpo. Así, ¡qué bien!... No me gustan los besos, eso está bien para las
queridas, para las mantenidas, pero en nuestro caso más vale no intimar
demasiado. ¡Mira! Te voy a dejar que me beses. Un besito abre el apetito. ¡Pero
no te pases! Es fácil enamorarse si besas mucho. Y luego si te enamoras te
sacan la pasta y te hacen sufrir. Por eso no me gusta. Claro que por una buena
propina les dejo que me besen. Lo primero que les digo es que nada de besos.
Enseguida se ponen a regatear. ¿Cuánto por dejarte besar? Si regateo bien a
algunos les saco un pastón. ¡Ya lo creo! ¡Soy muy lista! Je,je. Eso es algo que tienes que aprender, cómo
sacar propinas y cómo regatear. Sino te toman el pelo. ¿Sabes?
Parecía una camarera desglosando la cuenta. Me
estaba poniendo de los nervios y no es habitual que una mujer me ponga de los
nervios. Me dejó besarla, lo que aproveché para meterle la lengua hasta la
tráquea. Me regodeé en el beso a tornillo. Me estaba poniendo muy cachondo. El
cuerpo de Venus me volvía loco. Si lograba encender el fuego me esperaba una
noche antológica.
-¡Uy, cómo besas, cariño! No voy a tener mucho que
enseñarte. Ja,ja. Ahora déjame a mí. Ya verás como siempre se aprende algo
nuevo.
A pesar de su reticencia al beso, ¡cómo besaba la
condenada! Me dio un repaso de lengua que me puso a cien. Quise desasirme para
montarla, pero ella no me dejó. Le había cogido el gustillo y siguió... y
siguió...
HUMOR ERÓTICO
CIEN MUJERES EN LA VIDA DE UN GIGOLÓ
VENUS DE FUEGO
Hay mujeres cuyo sexo tiene tal parecido con una
caja registradora que hasta suena la típica musiquilla cuando metes bola. Y hay
hombres que han metido su pajarito en la caja fuerte, sin musiquilla, y ahí lo
dejan muerto de risa hasta que alguien acierta con la combinación. De todo hay
en la viña del señor. Venus de fuego era una de esas mujeres de espléndido
escaparate que han descubierto la fórmula exacta para transformar su sexo en
una máquina registradora, capaz de marcar cada polvo con un clic y su
cuenta corriente con un cero detrás de otro. Algo así como subo un orgasmo y
pongo varios ceros a la cifra siguiente.
Iba a decir curiosamente, pero debo cambiar la
expresión por precisamente por eso era una mujer de bandera. Una mujer con
menos cuerpo que ella no habría podido hacerlo. Rubia, alta, cuerpo diez,
pechos que llamarían la atención de un eunuco, caderas tan rotundas que una de
sus sacudidas podría electrificarte y encenderte como una bombilla de mil
watios. Piernas largas y formadas en uno de esos moldes perfectos que la
naturaleza esconde en lugar secreto para distribuir un cuerpo por millón, al
menos. Rostro de rasgos suaves, boca grande, labios gruesos y lascivos, ojos fríos, calculadores. En resumen, yo
particularmente la describiría como una máquina de sexo. Tan solo con verla te empalmabas. En cambio
ella apenas disfrutaba.
Poseía toda la técnica de una hetaira nacida para el
sexo, pero era fría, muy fría, un témpano a su lado se encogería de frío.
Tenías la sensación de estar metiendo la polla en un frigorífico con piernas y
tetas. Claro que eso lo supe después. Lily no quiso estar presente en mi
primera lección. Eso me puso sobreaviso, pero no me esperaba precisamente un
robot sexual.
Que yo sepa ninguna otra madame obligaba a los
nuevos a recibir lecciones de sus pupilas. Claro que Lily era la madame más
extraña y seductora de la historia de la prostitución. Puede parecerles raro
que sus pupilas aceptaran dar lecciones al nuevo semental, pero creo que les
parecerá menos raro si les digo que Lily pagaba espléndidamente, tenía
exquisito cuidado con respetar los días de descanso y las vacaciones cuando uno
se encontraba un poco bajo de forma. Te cuidaba como una mamá cálida y amorosa
y no permitía que los matones se acercaran a menos de cinco leguas. Con una
madame así uno aceptaba dar lecciones gratis y aún se sentía agradecido.
Lily me dijo que mi primera lección la recibiría de
Venus de fuego. Ella no estaría presente (siempre lo estaba porque le
encantaban los menage a trois) porque tenía una cita muy, muy importante. Todos
sabíamos que ella retrasaría cualquier cita por un buen menage a trois. Yo me
toqué la oreja quedándome pensativo y pensando si el fuego de Venus produciría
quemaduras sádicas o algo por el estilo. Nos adjudicó la casa número tres, un
chalecito en la sierra. Tal vez pensando que en caso de necesidad podría correr
al bosque cercano y prenderle fuego para calentarla. Desde luego es un poco exagerado lo que estoy
diciendo porque Venus sabía calentar, cuando le apetecía hacerlo, naturalmente.
Llegamos por separado, no quiso acompañarme y
tuvimos que utilizar dos de las limusinas que Lily pone a disposición de los
buenos clientes. Hubo que utilizar dos chóferes que la requebraron a la
llegada, mientras nos presentábamos, a pesar de que ambos la conocían
sobradamente. Venus arrebata el aliento de los machos en piropos un poco antes
de arrebatarles la cartera. A ella le
encantan estas cosas, como por ejemplo que los hombres vayan con la lengua
fuera tras su culo redondito y prietito. Tuvo el detalle de darles tan magra
propina que me sentí avergonzado y les solté un billete grande a cada uno. La
avaricia es una de las características de Venus de fuego, es rácana como nunca
imaginé que se pudiera ser.
Le gusta que abran las puertas delante de ella, que
la dejen pasar, que la sirvan una copita, que admiran su belleza sin par
mientras se despoja del vestido como una diosa a la puerta del Olimpo. Todo eso
hice alt tiempo que intentaba encontrar una frase para romper el hielo.
Antes de encontrar la dichosa frasecita ella ya
estaba en el dormitorio. Se había bebido la copa, servida generosamente por un
servidor, de un solo trago. Se tragó los cubitos de hielo sin inmutarse. En
paños menores me pedía que hiciera un streptease para calentarla.
-A las mujeres también nos gustan los cuerpos de los
hombres, no vayas a creer. Un buen estiptise nos ayuda a ponernos cachondas,
ja,ja.
Su risa era destemplada, lo mismo que su voz, que
poco tenía de dulzura, aparte de su timbre, muy femenino, eso sí. No se molestó
en poner música, tuve que desnudarme con los contoneos y al ritmo que ella
indicaba. Debo confesar que su gusto musical era detestable. Ante mi queja de
ser incapaz de moverme sin música, puso en el equipo una de sus cintas
favortias. La melodía era chabacana y la letra mejor dejarla.
Ya desnudo hice un rápido movimiento de caderas y
tapé mi polla con las manos. Al destaparla estaba erecta y se movía al compás
de la cargante musiquita, como si se hubiera contagiado de su ritmo chabacano.
-Creo Johnny que me va a gustar tu polla. Tiene el
tamaño ideal, ni muy grande, ni muy chica. Sabes cariño. Me molestan las pollas
grandes, son un incordio. No es que mi coño sea pequeño, pero...
Se despojó de las braguitas con el remilgo de una
colegiala y me enseñó el triángulo venusino. Con dos dedos se separó los labios
y pude ver que la entrada era muy holgada, eso sí.
-Ves. Aquí podría coger la mayor polla del mundo.
Pero los hombres sois todos unos brutos, no sabéis hacerlo con delicadeza. Las
pollas pequeñasn tampoco me gustan, hay que ayudarlas a entrar y luego se salen
en lo mejor. Nunca sabes qué hacer para que el pajarito esté a gusto...
ja,ja... Un incordio, como te digo.
La educación sentimental de Lily a lo más que había
llegado era a hacer de ella una pija sin clase. No me sorprendió. Ni siquiera
una maestra como Lily podría conseguir hacer de ella algo más que eso: una pija
con cuerpo de Venus.
Lo estaba admirando sin tapujos. Ella se acababa de
desprender del sujetador, que colocó con excesiva delicadeza sobre un sillón,
por lo que pude apreciar se trataba de una prenda de primera, muy cara y
llamativa. Era roja haciendo conjunto con sus braguitas y con su apodo
llameante. Tenía que hacer honor a él en todo lo que se pusiera encima o se
quitara, en sus gestos, en sus palabras. Tenía que ser puro fuego
continuamenta. Y eso es imposible a no ser que seas bombero y vayas metido en
un traje incombustible. Su vestido también era rojo y desde luego su cuerpo
podría serlo si se la calentaba lo suficiente. Eso estaba claro. Todo podía ser
muy bien rojo fuego, todo, menos su alma mezquina.
Continuará.
. ¿Qué platos son tus preferidos? Y me detallaba platos con arroz y
garbanzos hasta hacerme la boca agua, metafóricamente hablando.
Así me fui divirtiendo todo lo que quise hasta que decidí
ponerme serio e interrogar al gordito sobre su vida, lo que él creía su muerte
y sus planes de futuro. Se desmoronó y se echó a llorar como alma en pena. Su
vida pasada había sido una mierda, su vida futura lo sería igualmente y, a
pesar que su muerte, esta vez fue agradable (ni se enteró de que estaba
muerto) no quería volver a reencarnarse ni atado de pies y manos. Prefería
transformarse en un Buda imperturbable y olvidarse de sufrir más penas
para siempre. Deseaba conocer más detalles. Pero el gordito necesitaba
urgentemente la biografía del Buda para calmarse. Decidí dejarme de
circunloquios. Ya tendría tiempo de volver a charlar y le llevé en línea recta
al estante correspondiente, alargué la mano y le tendí el libro en cuyo lomo, luminoso,
podía leerse: “Biografía de un buda… por él mismo”.
Le indiqué una mesa donde podría apoyar el libro mientras su
orondo trasero se encajaba en una silla. Abrió el libro por la primera página y
pude leer sobre su hombro.
“A pesar de no recordar mis anteriores reencarnaciones estaba
saturado de la condición humana. Estaba dispuesto a probar la condición divina,
incluso la animal, mediante una transmigración en fiera o incluso en colibrí.
Pero otra vez humano, no, por todos los santos, dioses y demonios. Me sentía
tan amargado, tan desesperado, que mis pensamientos oscilaban entre un suicidio
rápido y convertirme en asesino en serie. Fue entonces cuando una luz me
deslumbró, como a Saulo en el camino de Damasco, y caí en el asfalto.
Transfigurado en un hombre nuevo. Al volver en mi descubrí que la luz no era
divina sino la de una farola que alejaba la noche del escaparate de una
librería en cuyo centro el título de un toro enorme había llamado la atención
de mi mirada. El libro se titulaba Budismo tibetano y era un mamotreto digno de
un erudito con cien años por delante para leerlo página a página. Yo
había decidido comprarlo el día siguiente, costase lo que costase, y a
través de su lectura alcanzar la liberación. Esa idea fue la que me
arrojó al asfalto de donde me levanté tambaleándome como un borracho. Decidí
emborracharme aquella noche para olvidar la experiencia. Pero no lo conseguí,
al despertarme al día siguiente, con una horrible resaca, abjure
definitivamente de la condición humana. En cuanto pude levantarme me duché con
agua fría y salí de estampida hacia la librería donde había visto mi salvación,
temeroso de que alguien pudiera arrebatarme lo que suponía era un ejemplar
único. Nadie había preguntado por él. Allí seguía en el centro del
escaparate ahuyentando lectores. Pregunté el precio al librero. Para mi
sorpresa era tan bajo como un libro de bolsillo y eso que para llevármelo
necesito su ayuda y un taxi a la puerta. El librero me explicó que llevaba años
deseando desprenderse de aquel monstruo que ahuyentaba más clientes que los
precios pero no podía hacerlo porque su mujer la escaparatista de la brillante
idea, le había prohibido deshacerse de él sino era en venta comprobable en
factura y dirección del cliente. El tuvo que poner el 90% del precio pero todo
lo daba por bien gastado con tal de deshacerse de aquel peso muerto en su
negocio.
No importa la razón por la que uno hace o deja de hacer algo,
lo que importaría son las consecuencias de las propias decisiones.
"Se
masturbaba al levantarse, luego se rozaba en la misa, iba al servicio después
del desayuno y allí permanecía un buen rato hasta que sonaba el timbre para
empezar las clases. Si veía, por casualidad, a una chica de la lavandería,
colgando ropa en los tendederos que habían instalado para este menester cerca
de la huerta, se arrastraba como un soldadito en el frente, para evitar ser
visto por los curas y castigado duramente, y trataba a toda costa de ver las
braguitas de la joven. Algo no muy difícil puesto que con el ajetreo de doblar
la cintura para coger las prendas de ropa del balde, luego estirarse hasta
alcanzar la cuerda y colocar las piezas de ropa, más de una vez le quedaban los
muslos al aire.
"Zoilín
tenía una imaginación tan calenturienta que se iba antes de llegar a quitarle,
en su fantasía, las braguitas a la chica. Esto le obligó a llevar dos y tres
calzoncillos bajo los pantaloncitos cortos, con el fin de que no traspasara al
exterior el líquido pecaminoso. Uno de los secretos que más le costó babear
sobre los pechos de Ani fue precisamente éste, que llevaba pañales
habitualmente. Tan pronto soltó este secreto comenzó a gemir como una monjita
en Semana Santa. Me puso hasta los pezones de lágrimas y babas. Tuve que
consolarlo como pude o se me hubiera muerto de vergüenza entre los pechos.
Aquí
interrumpo o hago un pequeño paréntesis en la narración que Anabel nos hace por
mi boca, para hacer un apunte de erudición sexológica. Cuando escuché esta
historia de sus labios lo primero que pensé fue que ella me tomaba el pelo,
exagerando un simple caso de eyaculación precoz. O bien Zoilín era un
avispadillo que se estaba quedando con ella contándole historias propias de un
Decamerón moderno o bien su patología no estaba recogida en los libros de medicina.
No sería hasta años más tarde, viendo en la televisión por cable un
sorprendente documental, cuando comprendí que tal vez su caso no fuera tan
sorprendente. En aquel documental se narraba la triste historia de al menos una
cincuentena de mujeres que padecían un misterioso síndrome del que no recuerdo
ahora el nombre. Eran multiorgásmicas hasta tal punto que se pasaban el día
sufriendo orgasmo tras orgasmo. ¡Quién lo pillara!, pensaremos todos los
machos. Pero aquella era una auténtica enfermedad, una patología que convertía
la vida de aquellas mujeres en un verdadero infierno.
Cada una de
ellas lo llevaba a su manera. Casi todas necesitaban masturbarse constantemente
o hacer el amor. Solo así se les pasaba el terrible agobio. Otras no podían
sufrir que el marido las tocara ni un pelo y dormían solas, con su marido en la
cama de alguno de los hijos. Creyéndose unas auténticas monstruosidades o estar
poseídas por Satanás, ninguna de ellas se atrevía a comentar su problema con
nadie, ni con sus parejas. Una de las protagonistas del documental manifestaba
su alivio cuando en una página de Internet descubrió que no estaba sola en este
infierno multiorgásmico. Al menos otras cincuenta comentaban sus casos en dicha
página. El tratamiento no era precisamente fácil. Los profesionales de la
medicina no entendían de dónde surgía aquella patología y dejaban en manos de
la medicina naturista o alternativa la solución al problema.
Algunas
encontraron un cierto alivio en terapias alternativas y cuando lograron pasarse
algunos días sin el agobio del orgasmo perpetuo manifestaron la felicidad que
suponía no estar siempre pendientes de satisfacer una necesidad tan perentoria
que no admitía dilación. El problema subsistió y otro enigma de la medicina
moderna quedó en el aire. No eran ninfómanas, sencillamente algo les sucedía a
sus cuerpos que provocaban orgasmo tras orgasmo, en una sucesión de placer que
al prolongarse en el tiempo se transformaba en algo odioso.
Nuestro
protagonista debió de padecer algo parecido. Sus constantes eyaculaciones y
orgasmos debieron amargar su vida de la misma forma que les sucedía a estas
mujeres. Creyéndose un monstruo no es extraño que no hablara de ello con nadie
y cuando encontró en Anabel la confidente ideal no sorprende que se hiciera un
adorador suyo y tuviera un papel tan importante para salvar a Lily de sus
secuestradores. Lo hizo en atención al cariño y comprensión recibido de Ani y
logró facilitarnos a todos una salida, aunque en ello se le fuera la vida.
Nadie es más agradecido que quien creyéndose un monstruo encuentra una persona
comprensiva que sabe tratarlo con humanidad. Su agradecimiento será eterno.
Pero esta es otra historia que ya llegará en su momento. Ahora sigamos con la
historia de Anabel.
"Zoilín
es pequeñito, poquita cosa, casi un enano, muy delgadito y con cabeza alargada
y pepinuda. Tendrías que haberlo visto, Johnny, desnudo y encogido como un
fetillo, arrimadito a mi costado y con las narices soltando mocos, donde se
había refugiado tras sollozar como un bebé sobre el canalillo de mis pechos.
Sentí su deseo de regresar al vientre materno y desaparecer de la vida. Debió
de darse cuenta de lo mucho que estaba mostrando sus sentimientos porque se
volvió hacia el otro lado de la cama y dándome el culo se encogió y allí se
quedó durante varias horas, como muerto, sin mover un músculo.
"Daba
pena, Johnny, cariño. A mi se me deshizo algo muy dentro y solté el trapo.
Luego me quedé dormida. Cuando desperté Zoilín no dejaba de dar vueltas por la
habitación, desnudo, como un leoncillo enjaulado. De pronto se puso a gritar y
blasfemar, maldiciendo de lo alto por haberle hecho un monstruito del que huían
todas las mujeres. La naturaleza le había dado un pequeño flautín que apenas
servía para dar una nota y en cambio le puso para alimentarlo unas inmensas
pelotas que se pasaban las horas
frabricando espermatozoides que salían disparados en cuanto veían una
mujer. Se pasaba los días y las noches salido como un mono, masturbándose o
dejando que su pollita se estirara y soltara la carga en el momento más
inoportuno.
"Era un
castigo infernal. Si al menos hubiera salido guapo del vientre materno. Gritaba
con su voz de pito. Entonces me pasaría las horas follando con las mujeres más
hermosas y no como ahora, yéndome en el pañal, que no me llega el sueldo para
tanto dodotis. Por fin se calmó. Regresó al lecho y hundió de nuevo su pepino
entre mis pechos. Ya más calmado yo le pasaba la mano por el cogote, al tiempo
que pensaba en ti, Johnny. Pensaba que si la naturaleza te hubiera dado las
pelotas de aquel hombrecillo serías el enemigo público número uno. Y encima no
irías a la cárcel, porque las mujeres se arrojarían sobre tus pelotas como una
pantera hambrienta sobre un corderillo.