-¡Uy, Johnny! ¡Cómo lo vamos a pasar! Ya lo estoy
viendo. Ahora acaríciame todo el cuerpo con la polla. Tuve que explicarle que me iba en cualquier
momento.
-Pues bueno. Eres muy caliente, ya lo veo. Mira, he
traído los potingues de Lily. Te voy a dar un poco de pomada en la puntita. ¡Ya
verás cómo aguantas sin desincharte! ...Yo también me voy a dar algo porque me
está apeteciendo mucho y quiero disfrutar. Un capricho de vez en cuando viene
muy bien.
Se levantó de la cama y echó mano a su necesaire.
De él sacó un montón de frascos, tarritos y sprays. Era la primera vez
que iba a probar los fantásticos afrodisiacos de Lily. No suelen gustarme las
cosas artificiales, ni en la comida, ni en la vida corriente, ni en el sexo.
Tengo la manía de pensar que la naturaleza es más sabia, que nuestras
raquíticas mentes. Claro que pensando así no tendríamos televisión, ni coches,
ni casi nada de lo que hace tan regalada la vida del hombre moderno. Pero me
pregunto qué beneficios tan insustituibles han aportado estas cosas a nuestras
vidas. No se puede negar que ahora tenemos una estimulación tan feroz que las
adicciones crecen como hongos, pero, aunque se me llame carca, sigo pensando
que donde esté lo natural que se quite todo. Mi filosofía del sexo es bastante
sencilla y uno de mis principios fundamentales es que el deseo está en la
mente, aunque las gónadas ayudan bastante. De ahí mi reparo en servirme de
potingues. Uno acaba dándose una pomadita en el pene y termina por no
empalmarse sino es con el placebo del tarrito de marras.
Venus -¡hay que ver cómo cambian los tiempos! - me
ordenó tumbarme boca arriba y se puso a untarme como si estuviéramos tomando el
sol en el Caribe. Que debe calentar cosa fina. De ahí las pieles negras de los
nativos y las cremas protectoras de los turistas blancos. Me regodeé pensando
en el pene de Tanhauser empapado en crema por las suaves manos de Venus
en la gruta de la Venusberg o Monte de Venus en castellano (así iba a
titular Wagner su ópera hasta que unos amigos le hicieron ver lo guarra que era
la expresión) antes de principiar la orgía en la que Tanhauser se
olvidará de su amada, la mística Isabel. Nada más sencillo que hacerse adicto
al sexo, lo único que necesitas es disfrutar las suficientes veces con bastante
intensidad. Lo que le pasó, ni más ni menos, que a Tanhauser. Allí en la
Venusberg con la diosa Venus a su disposición y un montón de chicas guapas,
las sirvientas de la diosa, no es extraño que el héroe se olvidara hasta del
nombre de su madre, no digamos de la adorable Elisabeth.
Mi Venus extendió un poco de pomada por todo el
miembro, que saludaba muy erecto, masajeándolo a gusto y gana. Roció el glande
con un pequeño aerosol. Me lo dejó tan frio como la punta escondida del
iceberg, en contacto con el agua helada del polo, y no conforme con ello abrió
una cajita metálica y se untó el índice con una extraña gelatina amarillenta.
Con ella acarició mis testículos (no me gusta llamarlos huevos, me imagino unos
huevos fritos y se me pone la piel de gallina), el bajo vientre hasta el ombligo
y los pezones. Comencé a sentir tal calor por las zonas masajeadas que me puse
a chillar como una señorita histérica, con perdón de las señoritas y de los
histéricos, que cada uno hace lo que puede.
Ella me explicó que el frio del glande impediría que
afluyera la sangre, manteniéndolo en un estado de suave hibernación que
bloquearía el corrimiento de esperma hacia lugares más fértiles que las
pequeñas pelotas donde crece. En cuanto a la gelatina amarilla tenía como
función atraer sangre hacia esas zonas que de algún modo participan también en
las correrías. De esta manera se acrecía el deseo hasta límites inenarrables y
al mismo tiempo el glande se estaba quietecito como un témpano. Lo que no impedía
que pudiera perforar un túnel tras otro como una taladradora loca.
No es que la explicación fuera muy científica que
digamos, incluso pensé que se la acababa de inventar sobre la marcha, pero sí
era real aquel volcán que sentía entre mis muslos, a punto de erupcionar
lanzando su magma incandescente hacia todo lo que estuviera a su alrededor, en
un radio de una legua (un todo con curvas, naturalmente). Cuando creí que la
magia había finalizado sacó un par de pastillitas de otro frasco. Eran de color
rosa y me obligó a tragarlas ayudado de un botellín de agua que también sacó
del necesaire, que cada vez parecía hacerse más grande. Miré hacia abajo
porque por un momento creí que un enano me estaba estirando el pene con unas
tenazas. El deseo era ya hasta molesto. Mirar el bajo vientre de Venus me
mareaba. No podía pensar en otra cosa que apoderarme de ese castillo a
arietazo limpio en la puerta. Intenté controlarme, pero no pude, me lancé
hacia su triángulo dispuesto a desaparecer en las Bermudas. Yo era una línea
recta a punto de extenderse hacia el infinito y ella un triángulo maldito que
haría invisible mi línea. La penetré sin contemplaciones y ya dentro de su
cueva me fui calmando poco a poco, sin sacarla, porque al menos allí el dolor
del estiramiento se notaba menos.





