Yo acabé antes de
reírme que ella, se me contrajeron los músculos de la cara por el dolor que
sentía bajo el hielo. Venus continuó riéndose un buen rato. Las carcajadas se
fueron atenuando hasta casi desaparecer. Entonces se acercó, tumbándose en la
cama a mi lado. Puso su mano derecha sobre la bolsa de hielo y notó que los
cubitos casi se habían desecho. Tuvo la amabilidad de acercarse a la cocina y
volver a llenar la bolsa con el preciado tesoro. Al colocar el remedio sobre
mis males los acarició como al descuido y yo gemí sin inhibiciones. Me preguntó
si me dolía. Respondí que mucho, muuucho.
-¿Qué puedo hacer
por ti?.
Entonces, así
como estaba, con la bandera a pleno asta, cubierta por la escarcha, se me
ocurrió preguntárle cómo había alcanzado aquel título honorífico.
-¿Cuál?. Ja,ja. A
mí no me nombrarán nunca marquesa. ¿Te refieres a Venus de fuego?
Con el astil de
la bandera saludando el alba, resultaba de lo más ridículo interrogar a una
mujer sobre las razones por las que había adquirido el llamativo apodo de Venus
y de fuego, nada menos. Ella captó lo divertido de la situación, me besó y
mirándome todo el rato ( a las mujeres no les gusta nada mirar a las paredes
cuando te cuentan una historia, lo que suele ser habitual en los hombres)
inició su historia con la misma tranquilidad que si se la contara a su marido.
Nada como el sexo para dar confianza.
"Verás,
Johnny, no soy tan tonta como algunos creen. He oido comentarios que me hacen
pensar que muchos me consideran fria, una máquina registradora, que solo se
calienta al tacto del dinero. No voy a negar que me gusta el dinero y mucho.
Eso no es un delito. En la vida la mayoría de las cosas que necesitas para
sobrevivir, la comida, la casa, no se obtienen de otra forma. Y los grandes
placeres de la vida no están precisamente al alcance de los pobres. ¿Qué tiene
de extraño que me guste el dinero? Dicen que la salud y el amor no se
consiguen con plata. Los pobres suelen estar más enfermos que los ricos y en
cuanto al amor, muchos me han confesado su amor cuando tenían la polla
caliente, pero en cuanto se les ha desinflado, el amor ha volado como un pajarito.
El amor dura lo que dura la pasión y ésta no aguanta mucho.
"Lo demás es
costumbre o interés. En cuanto a que soy fria, pudiera ser que tantos años de
mete-saca me hayan hecho una profesional desinteresada en los trabajitos que me
hacen en el sótano. Puedo asegurarte cariño que me gusta el mete-saca, aunque necesito
que me guste el hombre y que el momento sea el que yo elija. Los potingues de
Lily me vuelven loca y si es con un macho cariñoso como tú no puedo
resistirme.Habitualmente veo esto como un negocio, disimulo y engordo mi cuenta
del banco. No siempre fue así...
Me contó que
procedía de una ciudad de provincias, hipócrita y puritana, como todas. Ella
era una chica de formas rotundas y ya de muy jovencita notaba el fuego que
prendía en los machos. Por desgracia la consideraban tonta, un tanto lerda. No
todos reciben un cerebro que les sirva para algo más que para llenar el hueco
de la cabeza. Ella se sentía muy frustrada porque no aceptaban su compañía si
no era para meterla mano y las mujeres la consideraban una idiota
calienta-braguetas. En el instituto -donde repitió el primer curso tres años-
los chicos la seguían a todas horas diciendo guarradas, obscenidades e
intentando tocarla el culo o las tetas al menor descuido. No era agradable ser
considerada un objeto y además tonto. Pronto decubriría que el juego podía
llegar a ser divertido y placentero, si aprovechaba su chance.
Escogió al
guaperas y en lugar discreto le permitió un concienzudo magreo. Cuando el niño
guapo estuvo caliente intentó meter la picha en el agujero elegido por la
naturaleza para apgar las calenturas, pero ella no era tan tonta como parecía.
Sabía que de una tontería así muy bien podría nacer un niño y eso eran ya
palabras mayores. Ante la grosera insistencia del adonis utilizó su mano, como
bombera en ciernes, y apagó el fuego que consumía al guayabito, que dejó de
hacer promesas de amor eterno en cuanto vació sus huevos.
No pudo callar
aquella aventura- los hombres son así, boca grande y picha pequeña. Y le faltó
tiempo para anunciar el nacimiento de una guarra de primera. Con esto logró que
los otros llevaran a la práctica sus fantasías guarras mientras que él tenía
que perseguir a la moza mucho tiempo para alcanzar sus objetivos. Por mamón,
lengua suelta y picha-floja.Me dijo Venus entre risas.
Aproveché lo
expansivo del momento para preguntar su verdadero nombre. Manoli, Manoli
Rodriguez Perez. Contestó sin rubor al tiempo que me sonsacaba el nombre
bautismal, que no les voy a decir por mucho que insistan. Entre ser tonta vox populi -esto lo digo yo que
Venus no sabe latín- o ser guarrona y puta no va mucho a efectos teóricos, pero
sí prácticos. Con lo de tonta no ganaba nada y en cambio con lo de puta sacaba
un placer que nunca pensó nos pudiera dar la puta vida. Además de algún
regalito de vez en cuando.
Pasó a mayores
con cuidado y descubrió que las pichas del contorno llegaban más lejos de boca
que con el cigarro en el agujero. Para alcanzar un orgasmo tenía que estar muy
caliente, tanto como para entrar en ignición en la cuenta atrás de los diez
segundos. La mayoría eran eyaculadores precoces, ejaculatio precox, calentorros sin control o futuros impotentes
porque si a los quince no se te levanta a los cincuenta ya puedes buscarte una
grua.
Todos se
aprovechaban de ella y ella de todos. Solo que a Venus la llamaban puta y ellos
eran los listillos de turno. La discriminación de la mujer tiene mucha
historia, pero muy poca lógica. Tuvo que hacérselo con un profesor para
descubrir que la penetración puede durar más de dos segundos y ser
extremadamente satisfactoria (¡ofgg!, eso lo dijo ella). El profesor, un marido
caliente y adúltero por principio, se arriesgó a que lo enchironaran
amparándose en que donde entran cien entra uno más y a ver quién es el guapo
que pilla mi picha en caso de tener que encontra una para tapar deslices. Se lo
hacían en su coche o en casa, cuando la familia estaba de visita a los
abuelitos. El siempre encontraba una buena disculpa para quedarse en casita con
Manoli, futura Venus, dándole al mete-saca. Podía llegar a correrse hasta tres
y cuatro veces en una noche. Los ojos de Venus estaban arrobados al contar esto
y fijos en mi polla enhiesta con mirada golosa.
A punto estuvo de darme una mamada pero miró su relojito de pulsera y se
contuvo, ya habría tiempo.
El profesor la
forzó tanto a hacerlo en periodos arriesgados que Manoli quedó embarazada. El
muy cabrón ni usaba preservativos, ni me dejaba utilizar las pilules de su
mujer. Se dará cuenta, me decía el muy cabrón. Vine a Madrid para abortar y
para pagarme la intervención tuve que prostituirme. Me cogió un chulo por banda
y me explotó con el cuento de mi virgo. Me entregaba a viejos verdes,
decrépitos asquerosos, que tragaban con todo con tal de tener a una jovencita.
Me enseñó algunos trucos para engañar a aquellos pardillos. Incluso alguno
repitió dos veces y no dijo nada sobre mi virginidad. ¡So guarros!. Me veían
tan joven que no podían imaginarse que en mi chochito ya hubieran entrado más
pollas que reclutas por la puerta del cuartel. Entonces iba a cumplir los
dieciocho años y ya tenía más mundo que Don Juan Tenorio.
Me hice mala y
puta. Aprendí todos los trucos de la profesión y en cuanto pude dejé al chulo.
Lily me encontró en un puticlub de carretera. Sí, no te asombres. Por aquel
tiempo empezaba su negocio y buscaba lo mejorcito para los viciosillos con
pasta larga. En aquel club de carretera me embestían una media de cuatro o
cinco pollas de camionero por día. No disfrutaba apenas y terminaba molida.
Lily no tuvo que esforzarse mucho. Buen sueldo, buenos clientes y un largo
periodo de aprendizaje, que para mí serían como unas vacaciones, las primeras
en mi vida. Dije sí y Lily arregló las cosas con el dueño del puticlub.
Me acosté con
ella. Ya sabes que le gusta casi todo. No quedó satisfecha, porque a mí lo que
me van son las pollas y si pueden ser grandes mejor. Durante casi un año me
enseñó modales, a vestir, a comer como una dama, a no emplear un lenguaje
basto, a no moverme como una puta. Fue agradable. Me llevó a los sitios más
chic y al extranjero. Viendo cómo se las ponía a los hombres me permitió
acostarme con algunos escogidos. Después
del periodo de abstinencia y de media docena de bollos con Lily, no fueron más,
yo estaba incandescente. No es extraño que a uno se le ocurriera llamarme Venus
de fuego. Luego se lo dijo a Lily y con ese remoquete me quedé. Miró su
relojito de oro y sin más preámbulos se sentó sobre el objeto de mis
preocupaciones. Se lo embutió con mucho cuidado y así, sentadita ella y muy
cómoda, comenzó a bajar y subir, sin prisas. Esta vez no le urgía. Pero a mí
si. Pasado el tiempo de la prudencia mi deseo de poseerla era ya insufrible. La
descabalgué y como pude la monté. El ritmo del coito era sincopado. De vez en
cuando tenía que detenerme para calmar el dolor. Iba a trancas y barrancas,
dando bruscas sacudidas acuciado por el deseo y pausando el mete-saca porque
aquel maldito trozo de carne tumefacto no explotaba ni a la de tres.
Venus llegó otra
vez, ahora con menos aspavientos, con un placer calmoso y unos gemidos de gata
ronroneante. Yo seguía y seguía, disfrutando hasta el paroxismo de aquel cuerpo
sólido, rotundo, de piel suave y blanca como la leche (aún no había cogido sus
vacaciones playeras anuales) pero rabioso ya por explotar. El orgasmo tiene un
claro sentido, culminar cuando el coito ya está resuelto. Si continuas subiendo
el placer como el ritmo en el bolero de Ravel, te puedes encontrar con que eso
del coito infinito puede resultar más doloroso que placentero. Me dolía el
pene, me dolían los huevos, me dolía el bajo vientre. Todo mi cuerpo era dolor
mezclado con un placer inmenso, terrible. Me aferré a ella y me dejé llevar por
una aceleración tal que todo mi cuerpo temblaba como una vara verde. Sudaba a
chorros. La cama chirriaba a punto de venirse abajo. Venus se había agarrado a
mi como una lapa y subía y bajaba conmigo. Chillaba y pedía más. Me mordió el
hombro, me clavó las uñas en el culo, y nuestros bajos vientres parecían estar
pegados levitando sobre el lecho. No pude sufrirlo más, la penetraba con tal
fuerza que hasta sentí miedo de que se rompiera. Y entonces exploté, noté que
el miembro tumefacto se estiraba hasta el infinito y por su centro millones de
espermatozoides se lanzaron al galope buscando atravesar los primeros el
agujerito. Fue terrible el viaje hasta llegar a la puerta. El dolor me hizo
chillar a grito pelado y en cuanto la primera andanada de espermatozoides pisó
la cueva, rezumante de humedad y de jugos de todas las especies, de Venus el
placer me abrió en dos. Grité, un largo gemido de placer salió de mi boca y se
quedó flotando en el aire. Se unió Venus que llevaba llegando un largo rato y
juntos nos pusimos a chillar como dos energúmenos. Nuestros cuerpos, empapados
en sudor, se abatieron sobre el lecho que se vino al suelo con un estrépito
increible. Allí quedamos, uno sobre el otro, respirando como si nos fuera en
ello la vida y de vez en cuando chillando para sacar fuera lo que nos quemaba dentro.
El miembro no dejaba de dar sacudidas dentro de la vagina, espasmódicamente iba
arrojando andanadas contra las cálidas paredes de carne. No creo que tuviera
tantos espermatozoides que echar, pero el trozo de carne seguía moviéndose
buscando llegar al final de aquel tunel. Me dolía tanto movimiento y deseé que
se calmara pero no era posible, tenía vida propia, como la cola de una
lagartija recién cortada. El placer no se calmaba. Me estreché con tanta fuerza
contra el cuerpo de Venus que ésta gritó y no de placer precisamente. Allí
permanecimos, dos cuerpos desnudos sobre una cama rota, enredados en un
estrecho abrazo, como dos serpientes. Las piernas de Venus haciendo una llave
sobre mi espalda. Mis manos en su culo y
mi boca respirando como podía al lado de la oreja izquierda de aquella
espléndida mujer. ¡Ahhh!. ¡Ahhh!. Nuestros gemidos no se encontraban, como en
una fuga sin fin. Y entonces me dije que el sexo era el mayor placer que pudo
inventar la vida para aferrarnos por los huevos y no soltarnos.


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