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EL SALUDO
DE UN TERRAQUEO Hipo fue abducido en el tiempo que duró su parpadeo de
asombro. De pronto se encontró en el centro del salón-biblioteca de la
nave-platillo volante de Almina que había sido despojada de todo su
mobiliario. La diosa literalmente había tirado la casa por la ventana.
Recordemos que la nave era monoplaza y que debido al volumen del terráqueo
que era considerable por emplear una palabra gentil y considerada, la
necesidad de conseguir espacio a cualquier precio se hizo angustiosa. Almina la bella apareció en el dintel con un traje de cuero
fosforescente y una capucha de mujer pantera. Saludó a Hipo con un beso en la
frente que insufló en las meninges del terráqueo gran parte de la sabiduría
divina y todos los conocimientos que poseía Almina sobre el rodaje de
cortometrajes, que eran muchos, muchísimos. Lo que Hipo hiciera o deshiciera
de ahora en adelante era de su única y exclusiva responsabilidad. Como primer abducido de la historia Hipo no sentía miedo
sino encantadora sorpresa y reverente admiración por la diosa. Buscó un lugar
donde sentarse y como no lo encontrara se acuclilló hasta conseguir que su
trasero rozara la superficie plateada de la nave. Cuando estuvo en reposo
abrió su gran boca para expresarle a la diosa su interés porque rodara con su
cámara mágica la esencia matizada de la especie humana, todo ello según un
plan de trabajo que trazó rápidamente en una libreta con uno de la media docena
de bolígrafos BIC que siempre llevaba en el bolsillo de su enorme camisa. Deberíamos rodar, le dijo a Almina, escenas sobre el
Anthropos politikón, el homo lúdicus, el villanus aviesus e incluso muy bien
se podrían rodar unos metros en la pasarela Cibeles, lugar emblemático de la
moda según las revistas del corazón que leía Hipo a escondidas. Aunque la
diosa no sabía mucho de estas cosas lo cierto es que intuyó por un momento
que a Hipo se le había visto el plumero. Hete aquí que fue la primera vez y
no sería la última en que Almina se planteó muy seriamente si no se habría
equivocado al escoger aquel terráqueo como compañero de viaje. ¡Menuda joya
estaba hecho!. Para no tener que pensárselo dos veces decide despegar el
platillo en vertical, hacia arriba, propulsado por una energía desconocida
que no vamos a desvelar por miedo a la Cia. Necesita actividad, mucha
actividad, porque la vagancia es causa de todos los males humanos y divinos.
Hipo pregunta por la cinemateca de la nave y moviéndose por la superficie a
duras penas consigue apoltronarse al tiempo que Almina pone en movimiento un
cortometraje de su almacén, precisamente el titulado "Confidencias de un
Dios". A Hipo le encanta. Piensa que debería comentar algunos detalles
con la diosa pero no le da tiempo a pensar más porque la nave sufre una
espectacular sacudida en su dificultosa ascensión vertical. Ni siquiera la
potencia divina que impulsa a la nave de Almina puede fácilmente con el peso
hipiano. Dura y humillante experiencia para nuestro terráqueo. |
TALLER HUMORÍSTICO "Hotel Monasterio de los disparates"
A cargo de Slictik, escritor autodidacta y coordinador en Internet durante más de cinco años de un taller de creación de personajes humorísticos: “El hotel de los disparates”.
miércoles, 15 de julio de 2026
A DE ANA-CECILIA III
lunes, 6 de julio de 2026
OBRA COMPLETA DE SLICTIK XIV
A DE ANA-CECILIA II

LA DIRECTORA DE CORTOMETRAJES
En la isla del paraíso, centro del universo, los dioses están alegres, beben grandes copas de ambrosía, se les escapa la risa por todos los poros de su divinidad y se abrazan y besan como celebrando algo importante.
Y así es porque Almina, la bella les acaba de comunicar que ya no aguanta más la vida de hastío e inoperancia que se dan los inmortales, como si esta cualidad divina, la inoperancia, tuviera relación alguna con otra muy humana, la vagancia. Anuncia que sus vacaciones serán largas y muy productivas ya que su vida laboral ha consistido en el «dolce far niente» y demás cuchufletas de los dioses. No verán su divinidad en mucho tiempo, lo que sin duda hará que sus ojos se licuen, no en vano la llaman Almina, la bella.
Los dioses se carcajean de su sorprendente decisión y la animan a preparar rápidamente su equipaje. Así lo hace Almina, que no soporta el imperturbable pasotismo de los inmortales. Una vez cerrado el baúl, regalo de Pandora, se presenta al dios Cinematógrafo, dios protector del celuloide y de las artes plásticas, quien le pone en sus manos una diminuta cámara digital, poseedora de una magia especialísima que puede registrar los sentimientos humanos, los pensamientos ocultos y hasta los entornos más inaccesibles a la mirada de los dioses. Con ella podrá enfocar desde los ángulos más insólitos, realizar los travellings más sorprendentes y los zooms más impactantes. Con ella será capaz de registrar los diversos universos existentes fuera de la isla del paraíso que se convertirán en pequeñas obras maestras en la biblioteca de los dioses.
Aquí el dios Cinematógrafo guiñó el ojo a Almina y llamó a Hermes, para que se hiciera cargo del voluminoso equipaje. Una vez en la nave ésta salió disparada a la busca de nuevos mundos. Tiene la forma de un platillo volante, es monoplaza pero muy cómoda y sus motores, cuyo secreto solo los dioses conocen, permite alcanzar velocidades casi instantáneas.
Almina ordenó a la computadora de a bordo que eligiera un mundo al azar y cuando tras un merecido descanso fue despertada por la voz sumisa de Alondra -así llamaba la diosa a la inteligencia artificial que controlaba su nave- pudo ver allá abajo, a través de los amplios ventanales de su dormitorio, un planeta de un color azul-deshilachado, salpicado de grandes manchas de un color verde-charca. Cuando pidió informes Alondra resumió su base de datos sobre los humanos diciendo que eran unos seres, presuntamente inteligentes que se caracterizaban por su desenfrenada y estúpida actividad, cercana al surrealismo divino.
Algo muy adecuado, pensó Almina, para mis vacaciones y desde luego tanta actividad me permitirá aprender el manejo de mi cámara enfocando aquí y allá hasta alcanzar la maestría. La diosa se vistió con esmero y poniéndose a los mandos de su nave dio tantas pasadas por la órbita terrestre que luego, ya humanizada y terrestrificada, se quedaría de una pieza al saber que su vertiginosa actividad en órbita terrestre había dado lugar a la primera oleada de avistamientos de ovnis que ocuparían las primeras páginas de los diarios durante varios meses.
Pero fue un humano muy especial el primero en avistar un platillo volante u ovni. Almina se llevó una gran sorpresa al posarse en la cúpula de una montaña y contemplar la oronda figura de un humano que se afanaba en prender una hoguera para calentarse una fabada de lata. No pueden ser tan voluminosos los humanos, pensó Almina y se dispuso a preparar su cámara para rodar una escena tan pintoresca. Imaginaba que el humano saldría disparado montaña abajo al ver a una extraterrestre en su nave achaparrada, pero Hipo, ese dijo que era su nombre tras los primeros saludos, saludó con la mano muy jovial y trotó hacia la nave con la intención de invitar a la extraterrestre a la magra cena que estaba preparando.
Almina se lo pensó dos veces pero se dijo que necesitaba un productor, traductor, mánager de localizaciones, script y lo que se terciara. ¿Y quién mejor que un humano para superar las aduanas, fronteras, idiomas y trabas que opondrían los humanos a la actividad registradora de sus debilidades que iba a emprender con muy buen pie?. Oprimió el botón que encendía y apagaba las luces de la nave, produciendo al mismo tiempo sonidos de belleza divina, y se dispuso a establecer contacto con el terráqueo que jadeaba montaña arriba como un hipopótamo fuera del líquido elemento.
sábado, 20 de junio de 2026
VENUS DE FUEGO VIII
Así fue. El dolor
se inició cuando ella me estaba extendiendo el bálsamo por los testículos. Fue
como el pinchazo de una gran aguja que se extendió por todo el pene y luego
pasó a instalarse en los testículos. Me dolía el bajo vientre y no era un dolor
para reírse. Ella terminó su tarea y sacando de su maletita de viaje un pañal
especial me lo puso con gran esfuerzo. Allí quedó Johnny transformado en un
bebé grande, con un pañal sobre su culito y la sensación de que Venus me había
gastado una mala pasada. Para calmar el dolor la pedí una copa doble y que me
encendiera un cigarrillo. Se sentó a mi lado y me acarició la cabeza.
¡Pobre Johnny! Como venganza sugería que
podía contarme las experiencias más duras de su vida. Se sonrió y no tuvo
empacho alguno en comenzar a narrarme su vida de puta de carretera. Yo la
escuchaba con los dientes apretados por el dolor. Pero pronto el bálsamo
comenzó a hacer efecto. La escuché interesado hasta que sin transición me quedé
dormido. Soñé que caminaba con la polla enhiesta por las calles y que todas las
mujeres me hacían pasar a sus dormitorios donde me encadenaban hasta conseguir
la satisfacción debida. Me explicaba que los dioses me habían castigado por
buscar el placer carnal por encima del espiritual. Yo no podía creer que los
dioses fueran tan injustos. Pero continué mi largo periplo, caminando por las
calles, desnudo, con el miembro erecto apuntando como una pistola. Los
caballeros se reían, me daban palmaditas en la espalda y me preguntaban si
tendría bastante con aquel castigo o tendrían que llevarme de ciudada en
ciudad, de país en país y de continente en continente hasta que la picha se me
cayera a pedazos. Noté cólera en sus voces y rabia y deseo de venganza.
Las damas se
acercaban, se sonreían, me cogían de la polla y tiraban de mí hasta sus casas.
Notaba el dolor en todo el cuerpo y pedía a gritos, suplicaba que me dejaran
descansar un momento, solo un momento. Ellas no se inmutaban. Me tendían en sus
lechos. Se desnudaban con gestos obscenos. Bailaban la danza del vientre para
mi y ponían sus coños frente a mis ojos, aplastaban bien mi nariz para que
pudiera oler aquel coctel de marisco. Me agradaba el olor y me sentía culpable
por ello. Me enseñaban sus cuerpos con lubricidad, sacaban sus lenguas como si
me fueran a hacer la gran mamada y yo me sentía culpable de abandonar mi
petición de clemencia a los dioses para disfrutar de aquellos espléndidos
cuerpos y notar el deseo en mi vientre. Era consciente de que mientras los
deseara no sería perdonado pero no podía dejar de desearlos, no quería.
Me despertó el
aroma de un guiso. Venus estaba en la cocina. Me acerqué con mi pañal en
ristre. Ella me dijo que no era buena cocinera. Necesitaba que yo echara una
mano. Lo hice encantado. Almorzamos con apetito voraz. Un plato de spaguetti a
la boloñesa y unos gigantescos chuletones. Todo ello regado con un exquisito
vino tinto. Fue una comida muy agradable y en la sobremesa nos contamos algunos
de nuestros mutuos secretos. Tal vez me decida a contárselos en otro momento.
Fue un día largo.
Venus no podía dejar de pensar en el placer que había sentido a lo largo de la
noche. Deseaba que al menos intentara montarla otra vez, pero yo me excusé. Mis
bajos estaban en ruinas y no quería que aquel dolor, aquellas punzadas, volvieran
de nuevo. No obstante no pude librarme de trabajar su cuerpo con mi boca y con
mis manos. Besé y acaricié sus pechos y pezones hasta llevarla al orgasmo.
Introduje mis dedos por delante y por detrás hasta conseguir que ella se
sintiera feliz. Quiso darse más potingues pero no la dejé. Tan solo un poco de
crema en el clítoris para que mi índice no la hiciera daño. Al llegar la noche
caímos totalmente agotados, pero yo no pude librarme de aquella maldita
pesadilla. Todas las mujeres del mundo, gordas, flacas, jóvenes, viejas me
arrastraban por la polla a sus cuartos y de allí no me dejaban salir hasta
satisfacerlas.
Estuvimos en la
casa de la sierra otros dos días. Acepté volver a practicar sexo con Venus con
la condición de dejar los potingues a un lado. Esta vez con calma y de forma
natural disfrutamos lo justo y charlamos por los codos. Una vez pasado el
efecto de los afrodisiacos y de los orgamos encontré a Venus menos deliciosa.
Su cuerpo continuaba siendo espléndido pero su labia me crispaba. Dejó de
hablar de sexo y comenzó a hacerlo de dinero. Tenía grandes planes para el
futuro. Iba a ser millonaria y yo podría acompañarla en un crucero por el
mundo. No quise hacer la pregunta pero me salió de dentro. Quise saber si
después de lo que había disfrutado podía plantearse el sexo como un negocio. Me
dijo que nunca olvidaría aquellos días pero que el sexo como todo, tiene sus
ciclos. Cuando uno de aquellos viejos verdes la montara el sexo no sería otra
cosa que el clic de la caja registradora. Anotaría un ingreso y si estaba de
humor pensaría un poco en mi mientras el otro intentaba besarla. No, no, amigo,
esto requiere un plus a convenir.
Me sentí un poco
asqueado. Pero al fin y al cabo no creo que el placer que yo busco en la mujer
sea más elevado que el que ella busca en el dinero. ¿O sí? Puede que tal vez a
mi me guste más la comunicación con la mujer, el placer compartido, las historias
que nos contamos mutuamente. Puede que lo mio sea un poco mejor que lo de
Venus. Tan solo un poco. Si yo amara de verdad sería monógamo. Encontraría la
mujer de mi vida y con ella lo compartiría todo. ¿O tal vez eso es también un
engaño? ¿Existe el verdadero amor o solo es la pasión del momento que se
extingue con el tiempo?
Volví a ver a
Venus de fuego en más ocasiones. Una vez pasado el aprendizaje con ella
quedábamos a veces para tomarnos un cafelito y charlar. Experiencias como la
que nosotros habíamos vivido unen aunque no se quiera. En alguna ocasión accedi
a volver a repetir aquella orgía de fuego, placer y dolor. Yo también había
quedado un poco tocado. Claro que hablé con Lily de lo sucedido. Ella me
explicó que los hombres sensibles como yo no podían permitirse el lujo de
embadurnarse de potingues hasta el cuello. Lo justo, solo lo justo, Johnny, me
dijo ella riéndose. Y me enseñó a encontrar el punto justo en unas cuantas
orgías con ella. Fueron especiales, muy especiales. Sin dolor, con calma, con
mucha conversación y mucho cariño. En ellas Lily me contó cosas muy íntimas que
solo se las contaría a su diario, del que entonces no sabía de su existencia.
Venus disfrutó
mucho conmigo en aquellas orgías que acordamos repetir una vez al año, el día
del aniversario. Tengo muchas más cosas que contar de ella, pero tal vez deba
hacerlo en otra ocasión. Lo que sí les adelanto, y me alegro por ella, porque
de alguna manera se lo merecía, es que logró atrapar a un millonario. Un
viejecito decrépito se quedó prendado de sus carnes en una playa de la Costa
Azul, donde había ido a pasar las vacaciones. Lo engatusó con su cuerpo y con
los potingues de Lily que se había llevado sin su permiso. Consiguió que no se
muriera la primera noche y al día siguiente él la llevó a la vicaría, sin
pensárselo dos veces. El viejecito le duró unos cuantos años, no imagino cómo.
Tal vez le engatusara con los potingues pero no permitiera que los usara mas
que una vez al año. Solo por esperar ese momento el viejecito puso todo a su
nombre, desheredando a un pariente lejano, y cuando murió Venus se convirtió en
la madurita de moda.
Salía en las revistas, estaba en todos los
saraos y cuando su dinero no fue bastante para impedir que saltara el escándalo
de su anterior vida de prostituta, se retiró por el foro con gran dignidad.
Ahora, según me dice en su última postal, se siente un poco cansada de la vida.
Ha perdido su lozanía y así la vida no la compensa, a pesar de su dinero. Tiene
una hermosa mansión en algún lugar oculto que no voy a desvelar para que la
prensa rosa la deje en paz. Me acaba de invitar al aniversario. Una costumbre
que no hemos perdido nunca, ni siquiera en sus años de casada ejemplar. Iré, no
tengo dudas. Yo también estoy jubilado aunque no tan viejo como ella. Me dedico
a mis negocios y llevo una vida tranquila, dedicado a la cultura y alguna mujer
hermosa pasa de vez en cuando por mi lecho. Luego de mi aventura con la
escritora dejé de pensar en la posibilidad de casarme. Lo hubiera hecho con
ella -me ayuda a escribir estas memorias- pero sus hijos fueron un obstáculo
demasiado serio para que nuestra relación saliera adelante. Somos grandes
amigos y hacemos el amor cuando nos apetece, leemos juntos, vamos al cine o a
la ópera y disfrutamos de la vida. En cuanto a Marta no la he vuelto a ver. Fue
la gran tragedia de mi vida, pero eso es mejor que lo lean en mi diario.
¡Venus, Venus de
fuego!El sexo, la pasión y unos potingues de Lily unieron nuestras vidas. Fue
agradable y tú fuiste una buena mujer a pesar de tu desmedida afición por el
dinero. Otros tienen otras pasiones más mezquinas.
FIN
viernes, 5 de junio de 2026
Monólogo: La Robotina
Hola a todos, soy vuestro amigo César y os voy a hacer un monólogo humorístico muy cortito porque hay que comer. Antes os voy a decir que si os sabeís o sentís curiosidad por mi uniforme, es el uniforme del club de los dinosaurios; que fundé hace doce años, bueno, un poco menos. Ya en otra ocasión si tenéis tiempo y os apetece ya os hablaré de él, perohoy toca hablar de la Robotina. Antes de comenzar permitir que dedique este monólogo a mi querida amiga Ana, vamos a comenzar.
Hace algún tiempo, no sé cuánto, yo estaba en un cuerno perdido aquí en la Rioja, en el quinto pino, y estaba en una casa de alquiler, con un jardín cuidando de los gatos y aquellatarde, precisamente aquella tarde, estaba viendo un documental del famoso periodista Iñaki Gabilondo, ¿le conocéis no? Estaba entrevistando a un ingeniero informático japonés experto en robótica y a su lado tenía una preciosidad, una chica japonesa ¡maravillosa! Cómodescribirla: el óvalo perfecto, los ojos claros, la piel blanca fina, todas las proporciones perfectas y yo me quedé pasmado cuando a lo largo de la entrevista dijo el informático “Te presento a una robot en la que estoy trabajando" Yo a las mujeres robot las llamo Robotinas yo me quedé asombrado, no puede ser, es la mujer más maravillosa del mundo, una voz súper agradable, dulce, un físico impresionante y era una robot.
Cuando terminó el documental, a mi se me encendió la bombilla en la cabeza, y me dije: Si en el internet profundo o internet oscuro, como lo llamen, se puede conseguir todo, incluso he oído en los medios que alguno ha pedido un sicario para matar a su peor enemigo, digo, malo será que no encuentre una Robotina, entonces me senté delante del ordenador. En el buscador escribí: Robotina doméstica precios, le di al intro y me salió un catálogo largo, largo, y la primera era precisamente esta Robotina, aquí el que no corre, vuela.
Ya la habían clonado y la habían sacado a la venta, entonces digo: bueno la compro me cueste lo queme cueste, y ¿qué me costó? Un ojo de la cara, el izquierdo, lo veis en su estado natural,pero no, es artificial y al cabo de unos días, no sé cuántos, apareció por el pueblo una empresa de transporte y los empleados venían quejándose, “este pueblo está en el quinto pino, este pueblo está en el quinto pino, y esta caja como pesa, esta caja como pesa”. Tuve que darles una propina, cuando les di la propina me entraron la caja a la cocina donde estaba y lo primero que hice cuando se marcharon fue salir corriendo corriendo, busqué la caja de herramientas, el destornillador, el martillo, los alicates y quité todas las tablas, todo yquiero ver a mi Robotina, no os asustéis, la Robotina no venía desnuda, venía con un Kimono japonés precioso que la tapaba hasta las sandalias, entonces me fijé en que venía ahí junto al ombligo había un escrito, era el manual de instrucciones, era muy sencillito, estaba en español y decía: para activar la robot toque el botón del ombligo; el segundo dato era importante, haga el favor de cambiarle el nombre al Español porque aunque el nombrejaponés es maravilloso pues no va a ser capaz de recordarlo, entonces yo abrí un poco el kimono, toqué con el dedo el ombligo, era un botón, se activó la Robotina, abrió los ojos yme miró dulcemente y yo le dije: Robotina, te vas a llamar Ana.Anita para los amigos, ella abrió la boca y me dijo: César, Cesarito para los amigos, ¿que quieres de mi? Y yo le dije hombre eres una Robotina que me ha costado un ojo de la cara, por lo menos tendrás que hacerme las tareas de la casa y alguna cosa, miré hacia el fregadero que estaba lleno de cacharros, luego miré a la Robotina y ella me sonrió y le dije:
Oye, creo haber leído en el catálogo que tú estabas programada para prestaciones sexuales, se enfadó muchísimo y me dijo: ¿tú crees que los robotines somos automáticos, que somos maquinas?, no, somos igual de humanos que vosotros, vale, que vosotros tenéis el ombligo para dentro como un agujerito y nosotros lo tenemos para afuera como un botón.
Fue en aquel momento cuando descubrí la diferencia que hay entre los robots y los humanos. Vosotros pensaréis que mi obsesión por los ombligos es un poco patológica, bueno sí y no, porque a mi lo que me obsesiona es que los robots están entre nosotros, están disimulados entre nosotros y la única manera de descubrirlos es viéndoles el ombligo, entonces, claro hay que esperar al verano, a la ola de calor y entonces vamos a la piscina y vamos mirando ombligos, uno tras otro, el que tenga el ombligo para afuera es robot, y el que lo tenga para adentro pues es un humano más.
Bien, debo deciros que yo lo que quería obtener, relaciones sexuales con la robotina, eran maravillosos, pero ella me dijo: No no, nosotros, yo completamente soy humana y quiero un cortejo, quiero una solución, quiero tener amor ¿?; entonces yo le dije: Vale, haré un poema, te cortejaré, etc, etc. para cortar un poco, porque ya hay que comer, os daré un final a esta historia que tiene muchos episodios, uno de ellos ya os lo contaré en otro momento, pero ahora, ¿Qué pasó? La Robotina me pidió que la pagara, por su trabajo, es decir, fregar los cacharros, me pidió que hiciéramos un convenio, que le dijera de alta en la seguridad social y al cabo de un tiempo, no mucho, desapareció, yo bajé un día y había desaparecido.
Entonces lo mismo que me pasó con mi gatito Zapi, no la he vuelto a ver, si ahora entrara por la puerta, yo iría, me tiraría al suelo y le diría: pídeme lo que quieras que yo te lo concedo, pero no va a entrar porque estos acontecimientos maravillosos de la vida solo ocurren una vez, y ahora me permitireis que termine con una pretina que ya conocéis todos;
y colorín colorado, este cuento japonés se ha terminado, muchas gracias!
viernes, 15 de mayo de 2026
VENUS DE FUGO VII
No
sé el tiempo que tardamos en calmarnos. Venus debería sentirse aplastada bajo
el peso de mi cuerpo, pero no se quejaba. Me agarraba cada vez con más fuerza y
gemía suavemente. Acercó su boca a mi oreja, la mordisqueó ligeramente y como
si le costase un esfuerzo terrible, como si aquel susurro saliera de sus
entrañas y no de su boca, me dijo: Te quiero, Johnny. Apenas fue un silbido en
mi oreja, pero comprendí que había logrado más de aquella mujer que todas las
pollas anónimas que habían aposentado su deseo por unos segundos en aquel
vientre. Unas lágrimas furtivas salieron de mis ojos, como con prisa y se
deslizaron por las mejillas hasta mi boca. Noté el sabor salado en mi lengua
cuando las recogí. Acerqué mis labios a su oreja y con voz clara, sin titubeos,
dije: Te quiero Manoli, eres hermosa y eres buena. ¡Ojalá encuentres un día el
hombre que te mereces!.
Y
entonces ella se echó a llorar a lágrima viva. Sollozaba como un volcán a punto
de explotar. Lloraba sin inhibiciones, sin miedo a nadie y a nada. Lloraba por
su vida, por su muerte, por el amor y por el odio, por mi y por ella, por todo
aquello que nunca conseguiríamos. Intenté calmarla y al no lograrle tapé su
boca con mis labios en un largo e intenso beso, ardiente, puro fuego. Así
permanecimos con el alba entrando por las rendijas de la persiana.
Cuando
nos calmamos decidimos ir juntos a la ducha. No podíamos separarnos, al menos
no ahora. Allí, bajo el agua caliente, reímos y lloramos como dos niños. Nos
besamos y abrazamos. Pegamos nuestros vientres y dejamos que el agua escurriera
por nuestras espaldas. Nos secamos juntos, como pudimos y regresamos a la
habitación también juntos, como dos siameses pegados por el vientre. Ambos
necesitábamos algo reconfortante. Nos servimos un trago tan juntos que los
vasos chocaban a cada movimiento. Echamos un largo trago y otro fuego nos
recorrió por dentro. Regresamos a la cama hundida. Nos reímos. Busqué sobre la
mesita un cigarrillo y lo prendí. Aquel humo me supo a fuego. Ella me pidió
que encendiera uno para ella. No fumaba
pero le apetecía.
Fumamos
en silencio, mirándonos a los ojos y mirando nuestros cuerpos. Mi pene aún
conservaba algo de la brutal estimulación sufrida. Ella lo acarició con
delicadeza y entonces revivió poco a poco. Terminamos los cigarrillos y la
copa. Nos besamos y ella bajó con su boca por mi pecho hasta la pelambrera de
mi pubis. Con la punta de su lengua fue cicatrizando cada herida de aquel trozo
de carne de triste aspecto. Lo cogió con la mano y estiró la piel hacia abajo.
El glande quedó al aire, color púrpura. Lo acarició con la punta de su lengua y
yo comencé a sentir otra vez aquel dolor y aquel placer. Me tumbé hacia atrás y
dejé que ella me reviviera.
Fue
una experiencia digna de un dios del Olimpo. Venus tenía una especial maestría
para saber el ritmo y la intensidad necesarias para hacer revivir al muerto. Lo
introdujo en su boca y lo absorbió hasta su garganta. Luego suavemente fue
bajando y subiendo con él en la boca. No se le escapaba. La boca bajaba hasta
los testículos y todo el miembro quedaba en su garganta, clavado muy hondo.
Comencé a gemir y a retorcerme. Ella no paraba, aumentando su ritmo. Al cabo de
unos minutos noté el terrible dolor del pene en su plenitud. Estaba otra vez
vivo y los restos de la pócima de Lily parecían revivir con él. Dejé que que
Venus continuara hasta que ya no pude más.
Me
retiré levantándome como si tuviera muelles en las piernas y la monté. Mi polla
penetró otra vez en su vagina con increíble facilidad. Estaba lubricada, estaba
otra vez en forma. Ella me hizo un gesto. Me estaba pidiendo que cogiera otra
vez su necesaire y se lo alargara. Negué con la cabeza. Dije: No. Y repetí: No.
Ella se echó a reir. No es para ti. Comprendo que no quieras pasarte el resto
del día con la bolsa de hielo en los huevos. Quiero que me lo hagas por detrás
y necesito una crema, sino me desgarrarías. No estoy acostumbrada y tal como
tienes esa polla podría romper un ladrillo.
Le
pasé lo que me pedía y ella hurgó un rato. Sacó otro tarrito y me dijo que le
untara el ano sin miedo. Cogí con el índice de mi mano derecha un buen pedazo
de crema, casi sólida, y busqué su agujero. Ella se había puesto boca abajo,
las rodillas flexionadas. Tenía un culo hermoso, prieto, agradable a la vista y
al tacto. Con las palmas de las manos lo abrí todo lo que pude y metí mi
índice. Primero extendí la crema por fuera y luego, siguiendo sus
instrucciones, cogí más y metí el dedo a fondo. Ella se encabritó un poco. Me
haces daño. Vete con más cuidado. Continué untándola como para tomar el sol,
suavemente. Sentía placer en que mi dedo entrara y saliera, en bajar por el
canalillo sobre el agujero. Cuando hube terminado ella me pidió que nos
pusiéramos de costado. La penetré por delante y me pidió que la acariciara
suavemente con el dedo por detrás. Lo hice y noté que el agujero se abría más y
más. Parecía estar excitándose al mismo ritmo que su clítoris que aún notaba
hinchado. Con ritmo la penetraba por delante y mi dedo seguía el mismo ritmo
por detrás. Era agradable y así podría haber pasado horas. Pero ella me pidió
que pasara a la parte trasera.
Como
la cama estaba en el suelo resultaba un tanto complicado. Ambos de mutuo
acuerdo nos levantamos. Venus se apoyó en un extremo del sofá y yo me situé
detrás de ella. La polla estaba otra vez reventando, aún se estiraba una micra
más cada segundo. Me acerqué a ella. Coloqué el pene entre sus piernas y me
incliné. Mi pecho en su espalda. Acaricié sus pechos con gran placer. Se los
estrujaba cada vez con más deseo pero no parecía hacerle daño. Creo que sus
potingues estaban aún más vivos que los mios. Con los dedos jugueteé con sus
pezones y ella comenzó a gemir con ganas. Mientras mi mano izquierda seguía en
su pecho, la derecha bajó a su sexo y jugueteó con él, con su pelo, con sus
labios, con su clítoris. Comenzó a mover el culo con ganas y a gemir. Introduje
el dedo en su sexo y fui penetrándola con él poco a poco. Gimió y me pidió que
la penetrara por detrás. Me ayudé con la mano izquierda que dejó la suavidad de
su pecho.
La
punta rozó su ano y poco a poco fue penetrando en el agujero. Le costaba
hacerlo porque aún no había adquirido plena elasticidad. Yo seguia con mi dedo
y al mismo tiempo con las caderas iniciaba el ritmo de la penetración. Me
retiraba un poco y luego introducía la punta en el agujero. Poco a poco su sexo
se fue inundando de jugo, sus gemidos se hicieron más constantes y atrevidos.
En el juego del mete saca el ano se iba ampliando más y más. Llegó un momento
en que pude introducir entero mi pene. Ella gritó y yo también. Allí nos
quedamos un tiempo. Me incliné sobre su espalda y la besé. El dedo seguía
entrando y saliendo suavemente de su sexo. Sentía tanto placer como si aquel
dedo se hubiera transformado en un segundo pene. Ella me indicó con rápidos movimientos
de su culo que quería más marcha. Fui entrando y saliendo con mucha calma, el
ano parecía haberse agrandado tanto como su sexo. Era muy agradable. Me
encantaba la penetración anal. Más novedosa y llena de alicientes. Venus movía
su culo a mi ritmo. El dedo continuaba entrando y saliendo hasta que no pude
atenderle más y quedó allí, agarrado entre unos labios ansiosos. Ahora estaba
muy ocupado intentando seguir el ritmo que me imponía el culo de ella. Parecía
estar a punto de llegar otra vez al orgasmo. Yo también necesitaba hacerlo
pronto o el dolor se haría imposible otra vez.
Saqué
el dedo, puse mis manos en sus pechos y con furia comencé a penetrarla. El ano
se había hecho tan grande que no tenía miedo de desgarrarla. Ella había dejado
de gemir y sollozaba de placer. Bajé las manos de los pechos a las caderas y
apoyándome con fuerza comencé una galopada hacia el orgasmo. Lo noté venir de
lejos, menos doloroso, más suave pero igualmente delicioso. El sofá se movía
hacia delante y nosotros con él. Sentí que llegaba y aceleré más el ritmo.
Llegué y grité de placer. Ella me dijo que continuará. Mientras el pene iba
descargando su mercancía no dejaba de jugar al mete-saca. Un poco de viscosidad
seminal se deslizó de su ano bajando por el muslo derecho. Venus ayudó con un
movimiento ya desesperado y explotó en una agitación de culo, de pechos que se
bamboleaban en el aire y de grititos cada vez más acelerados. Chillaba como una
ratita y no podía parar el movimiento espasmódico de su culo. Tardamos algunos
segundos en controlar los espasmos de nuestros cuerpos. Luego me incliné sobre
ella y dejé que mi pecho reposara sobre su espalda y mi cabeza entre su pelo.
Esta
vez cada uno se duchó por separado y ella me alargó una especie de suavizante
para mis partes. Salí de la ducha bastante entero. Acudí al sofá donde ella se
había echado y me hice un hueco cerca de su culo. Me advirtió que Lily la había
aconsejado no abusar de los potingues conmigo, creía que era muy sensible. Se
disculpó por no creerla. Lily no tenía confianza en que yo me controlara, me
dijo Venus. Me dio un bálsamo especial. Ahora te lo extenderé por todo el bajo
vientre y luego te pondré un pañal. Sí no te rías, ya verás como dentro de un
rato comienza a dolerte con ganas.
Continuará.
.
miércoles, 29 de abril de 2026
VENUS DE FUEGO VI
Yo acabé antes de
reírme que ella, se me contrajeron los músculos de la cara por el dolor que
sentía bajo el hielo. Venus continuó riéndose un buen rato. Las carcajadas se
fueron atenuando hasta casi desaparecer. Entonces se acercó, tumbándose en la
cama a mi lado. Puso su mano derecha sobre la bolsa de hielo y notó que los
cubitos casi se habían desecho. Tuvo la amabilidad de acercarse a la cocina y
volver a llenar la bolsa con el preciado tesoro. Al colocar el remedio sobre
mis males los acarició como al descuido y yo gemí sin inhibiciones. Me preguntó
si me dolía. Respondí que mucho, muuucho.
-¿Qué puedo hacer
por ti?.
Entonces, así
como estaba, con la bandera a pleno asta, cubierta por la escarcha, se me
ocurrió preguntárle cómo había alcanzado aquel título honorífico.
-¿Cuál?. Ja,ja. A
mí no me nombrarán nunca marquesa. ¿Te refieres a Venus de fuego?
Con el astil de
la bandera saludando el alba, resultaba de lo más ridículo interrogar a una
mujer sobre las razones por las que había adquirido el llamativo apodo de Venus
y de fuego, nada menos. Ella captó lo divertido de la situación, me besó y
mirándome todo el rato ( a las mujeres no les gusta nada mirar a las paredes
cuando te cuentan una historia, lo que suele ser habitual en los hombres)
inició su historia con la misma tranquilidad que si se la contara a su marido.
Nada como el sexo para dar confianza.
"Verás,
Johnny, no soy tan tonta como algunos creen. He oido comentarios que me hacen
pensar que muchos me consideran fria, una máquina registradora, que solo se
calienta al tacto del dinero. No voy a negar que me gusta el dinero y mucho.
Eso no es un delito. En la vida la mayoría de las cosas que necesitas para
sobrevivir, la comida, la casa, no se obtienen de otra forma. Y los grandes
placeres de la vida no están precisamente al alcance de los pobres. ¿Qué tiene
de extraño que me guste el dinero? Dicen que la salud y el amor no se
consiguen con plata. Los pobres suelen estar más enfermos que los ricos y en
cuanto al amor, muchos me han confesado su amor cuando tenían la polla
caliente, pero en cuanto se les ha desinflado, el amor ha volado como un pajarito.
El amor dura lo que dura la pasión y ésta no aguanta mucho.
"Lo demás es
costumbre o interés. En cuanto a que soy fria, pudiera ser que tantos años de
mete-saca me hayan hecho una profesional desinteresada en los trabajitos que me
hacen en el sótano. Puedo asegurarte cariño que me gusta el mete-saca, aunque necesito
que me guste el hombre y que el momento sea el que yo elija. Los potingues de
Lily me vuelven loca y si es con un macho cariñoso como tú no puedo
resistirme.Habitualmente veo esto como un negocio, disimulo y engordo mi cuenta
del banco. No siempre fue así...
Me contó que
procedía de una ciudad de provincias, hipócrita y puritana, como todas. Ella
era una chica de formas rotundas y ya de muy jovencita notaba el fuego que
prendía en los machos. Por desgracia la consideraban tonta, un tanto lerda. No
todos reciben un cerebro que les sirva para algo más que para llenar el hueco
de la cabeza. Ella se sentía muy frustrada porque no aceptaban su compañía si
no era para meterla mano y las mujeres la consideraban una idiota
calienta-braguetas. En el instituto -donde repitió el primer curso tres años-
los chicos la seguían a todas horas diciendo guarradas, obscenidades e
intentando tocarla el culo o las tetas al menor descuido. No era agradable ser
considerada un objeto y además tonto. Pronto decubriría que el juego podía
llegar a ser divertido y placentero, si aprovechaba su chance.
Escogió al
guaperas y en lugar discreto le permitió un concienzudo magreo. Cuando el niño
guapo estuvo caliente intentó meter la picha en el agujero elegido por la
naturaleza para apgar las calenturas, pero ella no era tan tonta como parecía.
Sabía que de una tontería así muy bien podría nacer un niño y eso eran ya
palabras mayores. Ante la grosera insistencia del adonis utilizó su mano, como
bombera en ciernes, y apagó el fuego que consumía al guayabito, que dejó de
hacer promesas de amor eterno en cuanto vació sus huevos.
No pudo callar
aquella aventura- los hombres son así, boca grande y picha pequeña. Y le faltó
tiempo para anunciar el nacimiento de una guarra de primera. Con esto logró que
los otros llevaran a la práctica sus fantasías guarras mientras que él tenía
que perseguir a la moza mucho tiempo para alcanzar sus objetivos. Por mamón,
lengua suelta y picha-floja.Me dijo Venus entre risas.
Aproveché lo
expansivo del momento para preguntar su verdadero nombre. Manoli, Manoli
Rodriguez Perez. Contestó sin rubor al tiempo que me sonsacaba el nombre
bautismal, que no les voy a decir por mucho que insistan. Entre ser tonta vox populi -esto lo digo yo que
Venus no sabe latín- o ser guarrona y puta no va mucho a efectos teóricos, pero
sí prácticos. Con lo de tonta no ganaba nada y en cambio con lo de puta sacaba
un placer que nunca pensó nos pudiera dar la puta vida. Además de algún
regalito de vez en cuando.
Pasó a mayores
con cuidado y descubrió que las pichas del contorno llegaban más lejos de boca
que con el cigarro en el agujero. Para alcanzar un orgasmo tenía que estar muy
caliente, tanto como para entrar en ignición en la cuenta atrás de los diez
segundos. La mayoría eran eyaculadores precoces, ejaculatio precox, calentorros sin control o futuros impotentes
porque si a los quince no se te levanta a los cincuenta ya puedes buscarte una
grua.
Todos se
aprovechaban de ella y ella de todos. Solo que a Venus la llamaban puta y ellos
eran los listillos de turno. La discriminación de la mujer tiene mucha
historia, pero muy poca lógica. Tuvo que hacérselo con un profesor para
descubrir que la penetración puede durar más de dos segundos y ser
extremadamente satisfactoria (¡ofgg!, eso lo dijo ella). El profesor, un marido
caliente y adúltero por principio, se arriesgó a que lo enchironaran
amparándose en que donde entran cien entra uno más y a ver quién es el guapo
que pilla mi picha en caso de tener que encontra una para tapar deslices. Se lo
hacían en su coche o en casa, cuando la familia estaba de visita a los
abuelitos. El siempre encontraba una buena disculpa para quedarse en casita con
Manoli, futura Venus, dándole al mete-saca. Podía llegar a correrse hasta tres
y cuatro veces en una noche. Los ojos de Venus estaban arrobados al contar esto
y fijos en mi polla enhiesta con mirada golosa.
A punto estuvo de darme una mamada pero miró su relojito de pulsera y se
contuvo, ya habría tiempo.
El profesor la
forzó tanto a hacerlo en periodos arriesgados que Manoli quedó embarazada. El
muy cabrón ni usaba preservativos, ni me dejaba utilizar las pilules de su
mujer. Se dará cuenta, me decía el muy cabrón. Vine a Madrid para abortar y
para pagarme la intervención tuve que prostituirme. Me cogió un chulo por banda
y me explotó con el cuento de mi virgo. Me entregaba a viejos verdes,
decrépitos asquerosos, que tragaban con todo con tal de tener a una jovencita.
Me enseñó algunos trucos para engañar a aquellos pardillos. Incluso alguno
repitió dos veces y no dijo nada sobre mi virginidad. ¡So guarros!. Me veían
tan joven que no podían imaginarse que en mi chochito ya hubieran entrado más
pollas que reclutas por la puerta del cuartel. Entonces iba a cumplir los
dieciocho años y ya tenía más mundo que Don Juan Tenorio.
Me hice mala y
puta. Aprendí todos los trucos de la profesión y en cuanto pude dejé al chulo.
Lily me encontró en un puticlub de carretera. Sí, no te asombres. Por aquel
tiempo empezaba su negocio y buscaba lo mejorcito para los viciosillos con
pasta larga. En aquel club de carretera me embestían una media de cuatro o
cinco pollas de camionero por día. No disfrutaba apenas y terminaba molida.
Lily no tuvo que esforzarse mucho. Buen sueldo, buenos clientes y un largo
periodo de aprendizaje, que para mí serían como unas vacaciones, las primeras
en mi vida. Dije sí y Lily arregló las cosas con el dueño del puticlub.
Me acosté con
ella. Ya sabes que le gusta casi todo. No quedó satisfecha, porque a mí lo que
me van son las pollas y si pueden ser grandes mejor. Durante casi un año me
enseñó modales, a vestir, a comer como una dama, a no emplear un lenguaje
basto, a no moverme como una puta. Fue agradable. Me llevó a los sitios más
chic y al extranjero. Viendo cómo se las ponía a los hombres me permitió
acostarme con algunos escogidos. Después
del periodo de abstinencia y de media docena de bollos con Lily, no fueron más,
yo estaba incandescente. No es extraño que a uno se le ocurriera llamarme Venus
de fuego. Luego se lo dijo a Lily y con ese remoquete me quedé. Miró su
relojito de oro y sin más preámbulos se sentó sobre el objeto de mis
preocupaciones. Se lo embutió con mucho cuidado y así, sentadita ella y muy
cómoda, comenzó a bajar y subir, sin prisas. Esta vez no le urgía. Pero a mí
si. Pasado el tiempo de la prudencia mi deseo de poseerla era ya insufrible. La
descabalgué y como pude la monté. El ritmo del coito era sincopado. De vez en
cuando tenía que detenerme para calmar el dolor. Iba a trancas y barrancas,
dando bruscas sacudidas acuciado por el deseo y pausando el mete-saca porque
aquel maldito trozo de carne tumefacto no explotaba ni a la de tres.
Venus llegó otra
vez, ahora con menos aspavientos, con un placer calmoso y unos gemidos de gata
ronroneante. Yo seguía y seguía, disfrutando hasta el paroxismo de aquel cuerpo
sólido, rotundo, de piel suave y blanca como la leche (aún no había cogido sus
vacaciones playeras anuales) pero rabioso ya por explotar. El orgasmo tiene un
claro sentido, culminar cuando el coito ya está resuelto. Si continuas subiendo
el placer como el ritmo en el bolero de Ravel, te puedes encontrar con que eso
del coito infinito puede resultar más doloroso que placentero. Me dolía el
pene, me dolían los huevos, me dolía el bajo vientre. Todo mi cuerpo era dolor
mezclado con un placer inmenso, terrible. Me aferré a ella y me dejé llevar por
una aceleración tal que todo mi cuerpo temblaba como una vara verde. Sudaba a
chorros. La cama chirriaba a punto de venirse abajo. Venus se había agarrado a
mi como una lapa y subía y bajaba conmigo. Chillaba y pedía más. Me mordió el
hombro, me clavó las uñas en el culo, y nuestros bajos vientres parecían estar
pegados levitando sobre el lecho. No pude sufrirlo más, la penetraba con tal
fuerza que hasta sentí miedo de que se rompiera. Y entonces exploté, noté que
el miembro tumefacto se estiraba hasta el infinito y por su centro millones de
espermatozoides se lanzaron al galope buscando atravesar los primeros el
agujerito. Fue terrible el viaje hasta llegar a la puerta. El dolor me hizo
chillar a grito pelado y en cuanto la primera andanada de espermatozoides pisó
la cueva, rezumante de humedad y de jugos de todas las especies, de Venus el
placer me abrió en dos. Grité, un largo gemido de placer salió de mi boca y se
quedó flotando en el aire. Se unió Venus que llevaba llegando un largo rato y
juntos nos pusimos a chillar como dos energúmenos. Nuestros cuerpos, empapados
en sudor, se abatieron sobre el lecho que se vino al suelo con un estrépito
increible. Allí quedamos, uno sobre el otro, respirando como si nos fuera en
ello la vida y de vez en cuando chillando para sacar fuera lo que nos quemaba dentro.
El miembro no dejaba de dar sacudidas dentro de la vagina, espasmódicamente iba
arrojando andanadas contra las cálidas paredes de carne. No creo que tuviera
tantos espermatozoides que echar, pero el trozo de carne seguía moviéndose
buscando llegar al final de aquel tunel. Me dolía tanto movimiento y deseé que
se calmara pero no era posible, tenía vida propia, como la cola de una
lagartija recién cortada. El placer no se calmaba. Me estreché con tanta fuerza
contra el cuerpo de Venus que ésta gritó y no de placer precisamente. Allí
permanecimos, dos cuerpos desnudos sobre una cama rota, enredados en un
estrecho abrazo, como dos serpientes. Las piernas de Venus haciendo una llave
sobre mi espalda. Mis manos en su culo y
mi boca respirando como podía al lado de la oreja izquierda de aquella
espléndida mujer. ¡Ahhh!. ¡Ahhh!. Nuestros gemidos no se encontraban, como en
una fuga sin fin. Y entonces me dije que el sexo era el mayor placer que pudo
inventar la vida para aferrarnos por los huevos y no soltarnos.
miércoles, 8 de abril de 2026
VENUS DE FUEGO V
No
era agradable sentirme fuera de control. La excitación estaba llegando al
paroxismo y fuera que realmente el miembro hubiera crecido tanto como imaginaba
en mi delirio o simplemente que mi cuerpo ya no me perteneciera, hubiera pasado
a ser propiedad de los potingues de Lily, el caso es que no acertaba con el
agujero. Era una situación que nunca me había ocurrido. Me sentía raro, como si
una metamorfosis kafkiana me hubiera transformado en un auténtico pura sangre,
un semental con los ojos inyectados en sangre ante la visión del real culo de
una yegua, relinchando como loco y echando espuma por el bofe. Lo único que me
faltaba era dar coces y no creo que me faltara mucho. Necesitaba explotar
dentro de la cueva de Venus o acabaría dándome cabezazos contra las paredes.
Quien
no haya presenciado el apareamiento de un semental de pura sangre y una yegua o
el de un toro de raza y una vaca de primera, no puede saber de qué estoy
hablando. Miré aquel trozo de carne, hinchado, entre mis piernas y llegué a
asustarme. No, no es una broma. Se había alargado hasta el límite que puede dar
de sí un músculo, la piel estaba tirante, enrojecida, las venas azules
sobresalían por todas partes, a punto de reventar. El glande aparecía hinchado,
amoratado, tumefacto, a punto de reventar; con el pequeño agujerito tan
agrandado como si me hubieran metido por él un trozo de cañería. Lo que más me
preocupaba eran las venas, recorrían todo el miembro hasta las pelotas y
estaban tan marcadas que en plena noche alguien las hubiera confundido con autopistas
iluminadas con bombillas azules. Toda la sangre de mi cuerpo parecía haberse
acumulado allí y puede que fuera cierto porque sentía la cabeza completamente
vacía y un dolor indescriptible en mis partes que no anhelaban otra cosa que la
cama de una jugosa vagina.
Venus
parecía estar pasando por algo parecido, solo que en femenino, porque a la
vista de que mi polla rebotaba una y otra vez contra sus muslos suaves,
blancos, sudorosos, brillantes, como recién engrasados, o contra su triángulo
púbico, como si de una diana peluda se tratara, tomó cartas en el asunto. Cogió
con sus dos manos aquel enorme trozo de carne que tenía vida propia y no paró
hasta encasquetárselo en su gran agujero que rezumaba jugos, líquidos y
hormonas, como de una lúbrica fuente. La agudizada sensibilidad de mi miembro
notó al pasar un bulto muy extraño. Solo después de pensar en ello unos
segundos comprendí que debía tratarse del clítoris de la hembra, que se había
hinchado como una babosa. Al rozarlo en la penetración Venus comenzó a chillar
al ritmo del bolero de Ravel, primero como cogiendo carrerilla y luego
lanzándose a una vertiginosa aceleración hasta llegar al paroxismo. Yo en
cambio dejé de quejarme, porque mi angustiado littel Johnny se calmó mucho al
aposentarse dentro de la gran vagina venusina.
Resulta
curioso que el lugar, donde más a gusto se encuentra descansando la parte más
preciada de nuestro body, nos dure habitualmente el tiempo de un suspiro. Es
como si un gnomito ansioso entrara en el soñado palacio de cristal y en lugar
de quedarse allí de por vida, saliera de estampida como perseguido por fuerzas
siniestras. Por primera vez en mi vida de amante, y no sería la última, podía
permitirme el lujo de permanecer en el palacio de cristal el tiempo que
quisiera, porque nada sería capaz de desinflar a su huesped. Era una sensación
muy agradable dejar al gran gusano reposando en la cueva, sintiendo la oleada
de jugos rezumando de las paredes, intentando devorar su corpachón. ¡Uff!,
desde luego era muy agradable. Me dejé caer hacia delante sobre la parte
ventral del cuerpo de Venus, muy suavemente para no hacerla daño, hasta que mi
pecho rozó sus pechos. Entonces no pude resistirme a la tentación de lamer sus
pezones.
Ella
tenía los ojos muy abiertos, fijos ante sí, aunque no creo que fuera capaz de
verme y por la boca semicerrada no dejaba de ulular el canto de sirena, presta
a devorar hombres fornidos. A la primera lamida del pezón izquierdo sus ojos se
desorbitaron aún más y la boca dejó escapar un gritó que horadó mis tímpanos.
Di gracias a mi fortuna por haberme llevado a plne sierra madrileña, lejos de
la apelotonada urbe donde las hormiguitas se refugian en casitas de papel.
Porque de no ser así ya tendríamos a la policía, a los bomberos, al Samur y a
un montón de curiosos aporreando la puerta.
A la segunda lamida sus ojos se dilataron hasta casi salirse de sus
órbitas, si eso era posible, quedando clavados en alguna parte de mi rostro que
no pude situar con exactitud. Esta vez
el grito no me pilló de sorpresa y eso me libró de un fatal desmayo. Fue como un S.O.S., sin inhibiciones, solo
que en lugar de SOS, decía MAS...MAS...
Me
negué a hacer caso de su orden, por si las moscas hacían un nido de avispas en
su boca. Me dejé caer del todo sobre ella y busqué su boca, mordiendo con ansia
sus labios con intención de tapar cualquier sonida que pudiera ser emitido
entre sus dientes, como el siseo de una serpiente de cascabel. Encontré sus labios tan jugosos y absorventes
como si le los hubiera untado de un potingue, rojo mermelada. Que yo recuerde
entre los potingues de Lily no existía nada para aquellos labios. Sorbí y sorbí
hasta recibir un furioso mordisco que a punto estuvo de arrancarme el labio
inferios.
A
estas alturas del coito necesitaba explotar a cualquier precio. Estaba tan
excitado y enfurecido por la imposibilidad de llegar al orgasmo que cogí a
Venus por las caderas y levantándome de la cama como pude me puse a pasear con
ella por la habitación. El espectáculo hubiera sido un éxito de ventas si a
Lily se le hubiera ocurrido grabarlo. Aquella mujer no era precisamente una
modelo anoréxica. Todo en ella era rotundo y lo rotundo tiene su peso, no son
globitos hinchados, precisamente. Creo que fue el deseo delirante que sentía el
que me permitió actuar como un levantador de pesas a quien hubieran gastado la
broma de ponerle pesas de goma en lugar de hierro. Daba un paso hacia delante y
con las manos en sus caderas la subía hacia arriba y luego dejaba que fuera el
peso de su cuerpo el que me clavara más a ella. Como esto no fuera suficiente
la tumbé sobre el amplio y mullido sofá y montado sobre ella comencé a galopar
como un poseso. Así estuve largo rato aguantando que ella chillara y llegara a
un orgasmo y luego a otro, enlazados como un eslabón a otro.
Yo
en cambio me agoté sin lograr mi objetivo. Estaba sudoroso, gruesas gotas de
sudor caían de mi frente sobre el rostro de Venus que se agitaba de un lado a
otro como si fuera incapaz de parar el tiovivo. Con tanto ajetreo y la gran
hinchazón de su clítoris el placer recibido debía de haber sido algo
apoteósico. Sus caderas continuaban moviéndose contra las mías que habían
adoptado la postura de descanso. Por fín ella dejó de moverse y de chillar.
Suspiró, jadeó buscando una respiración tranquila, sus ojos se cerraron y al
abrirse de nuevo se clavaron en mi bajo vientre que no lograba despegarse del
suyo. Mi polla parecía un tornillo enroscado en su tuerca. Intenté desasirme
sin éxito. Ella ayudó a retenerme entre sus muslos. Aproveché lo forzado de la
situación para fijarme en su cuerpo, especialmente en la tupida pelambrera
rubia de su bajo vientre. Me hipnotizaba.
Ella a su vez continuó con la vista clavada en mi húmeda pelambrera. Su
cuerpo daba la impresión de algo pleno, rotundo, bien alimentado, joven,
lascivo, brillante. Sus grandes pechos se agitaban al compás de su respiración,
ahora tranquila, aumentando mi estado hipnótico. Sus anchas caderas permitían
la existencia de un gran valle que terminaba en el hinchado monte de Venus
donde mi miembro continuaba clavado y bien clavado.
Era
hermosa, era deseable, era mi posesión más preciada. ¿Pueden creerme si les
digo que ya no la veía como una muñequita hinchable, sin seso, sin
sentimientos, con muy poco que ofrecer a un hombre exquisito como yo?. Ahora
era para mí una diosa y la amaba como a tal. Me estaba enamorando de ella, era
dulce y era todo lo que deseaba en una mujer. Algo así solo puede producirlo el
deseo sexual. Ni siquiera la hipnosis hubiera logrado algo parecido. La amaba y
deseaba demostrárselo poseyendo cada célula de su cuerpo, que mi polla, como un
cetro, tomara posesión de cada habitación de aquel palacio. Volvió a
exasperarme el deseo. Continué galopando, pero inutilmente porque los potingues
que habían hinchado aquel trozo de carne no dejaban de hacer el efecto deseado.
La agarré por las nalgas y de nuevo me puse a pasear con ella por la
habitación. Necesitaba hacer que aquel trozo de carne volviera a su estado
normal o me volvería loco. La coloqué sobre una pared y allí la penetré hasta
el fondo una y otra vez. Era inutil. Caminé de nuevo haciendo que su cuerpo
subiera y bajara sobre mis caderas. Noté su piel ardiendo, echando auténtico
fuego. Sus nalgas me quemaban las manos. Yo notaba mi bajo vientre sudoroso,
echando fuego. Tropecé con algo y ambos caimos sobre la alfombra. Ella debajo y
yo sin haberme despegado. Abrí sus muslos y sujetándola por las nalgas la
penetré una y otra vez hasta el fondo.
Y
entonces se produjo la explosión... pero no la mía, sino otra vez fue ella la
que alcanzó el éxtasis. Chilló, gritó, pataleó, se convulsionó, se incorporó
sobre sus cuartos traseros y sus uñas se clavaron en mi espalda. Sus manos se
deslizaron por mi espina dorsal dejando un gran reguero de sangre. Me atrajo
hacia ella y con un portentoso movimiento de caderas me hizo rodar por el
suelo. Venus quedó montada sobre mi, su boca abierta jadeaba como tras un
maratón y sus dientes blancos, blanquísimos, afilados se lanzaron sobre mi. Me
mordió una oreja, me mordió la boca, me mordió el pecho y yo grité como un
loco. Empujé con todas mis fuerzas y logré desasirme de ella. Mi polla salió de
su cueva como golpada con un martillo y quedó colgando en el aire, empapada
pero tiesa como un ariete. Me dolía hasta la excitación que continuaba
sintiendo. Necesitaba calmarla. Salí corriendo hacia el aseo y allí me puse
bajo la ducha. Di a tope el agua fria y enfoqué la alcachofa sobre mi bajo
vientre. Apenas noté un ligero alivio. Entonces pensé en algo que sí tendría
efecto. Corrí sin toalla y empapando el suelo desde el aseo hasta la cocina y
allí saqué de la nevera todos los cubitos de hielo que encontré. Los puse
dentro de una bolsa de plástico que apliqué a lo largo de mi dolorido pene.
Noté un alivio instantáneo, pero el miembro no decreció ni un milímetro. Como
pude me arrastré a la cama y allí me tumbe con la bolsa de hielo entre mis
piernas. Venus me miraba con los ojos muy abiertos y no pudo contener más
tiempo la risa. Explotó en una cascada de carcajadas que al pronto me puso de
un humor de perros. Al cabo de unos segundos comprendí lo ridículo de la
situación y yo mismo me puse a reír histéricamente al tiempo que apretaba aún
más el hielo contra mis doloridos huevos.
Continuará.
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