miércoles, 18 de febrero de 2026

VENUS DE FUEGO IV

 


Oí cómo se reía, con tantas ganas, que imaginé al enano que me la estaba estirando, haciendo cosquillas allí donde más fácil es que se rían al hacerlas. Se calmó para explicarme, con cierta sorna, que era el hombre a quien habían hecho más rápido efecto las pociones. Resultaba increíble porque las instrucciones recomendaban proceder al untamiento al menos veinte minutos antes del coito. Algunos tardaban hasta una hora en notar los efectos y éstos no eran tan espectaculares como Lily hacía creer. Otros se desinflaban demasiado rápido para su gusto. Pero en mi caso todo hacía pensar que los potingues y Johnny estaban hechos el uno para el otro.

Al parecer Lily vendía el producto, a cambio de grandes sumas, a clientes de absoluta confianza, que juraban no irse de la lengua o se atendrían a las consecuencias, graves, muy graves. No a todos les producía el mismo efecto, pero bastaba con un caso como el mío para que el rumor se extendiese como la pólvora, creando grandes problemas a la proveedora.  Ni con todos sus matones en pie de guerra lograría evitar que algún lanzado acabara intentando asaltar su casa. Como es lógico en estos casos, el rumor se había extendido sotto voce, aunque nadie lo había creído. Sin pruebas no se creen los milagros.

Acabada la explicación me pidió que fuese yo ahora quien la pringase siguiendo sus instrucciones. El necesaire estaba dividido en dos compartimentos. Los ungüentos eran diferentes para cada sexo como es natural. Me pidió que buscara un tarrito de cristal con la tapa azul y cuando lo encontré me dijo que untara todos los dedos de mi mano derecha en la crema. Tenía que extenderla por sus labios y por el vestíbulo, sin profundizar mucho porque las paredes vaginales sufrían picores debido a un elemento químico del producto. Tenía que dar gran cantidad de crema en el clítoris que se hincharía haciéndose extremadamente sensible.

Una vez acabada la faena tuve que untar la mano izquierda en otro potingue, rosa esta vez, y haciendo de espeleólogo penetrar por su amplia cueva hasta donde pudiera llegar. Se acabaron mucho antes mis dedos que el hall de aquel vestíbulo imponente. La crema del clítoris debió empezar a hacer efecto porque Venus comenzó a moverse como si un ejército de hormigas la estuvieran haciendo cosquillas por todo su cuerpo. Para rematar la divertida faena tuve que rociar, con un aerosol, sus pechos, a pequeños toques. Pero aún quedaba el definitivo. Con una pasta gelatinosa de color fresa unté suavemente sus pezones que se dispararon como balas hacia mi pecho. La excitación producida por este potingue era tal que algunas mujeres no la soportaban y acababan chillando como locas, perdiendo incluso el sentido.

También ella se tomó sus dos pildoritas y viendo mi excitación y notando la suya no pudo menos de hilvanar una cita histórica sobre la marcha. Esta noche vamos a ser como César y Clepatra, me dijo, mirándome la polla que no dejaba de engordar como una morcilla embutida de sangre. Más bien como Venus y Tanhauser, pensé para mis adentros. Las maniobras anteriores me habían excitado tanto que comencé a observar preocupado cómo mi polla no dejaba de engordar, como un pollo alimentado con maíz transgénico. Me dolía mucho, al tiempo que me estaba volviendo loco de excitación. Para calmar el dolor volví a penetrarla como un semental loco que no encontrara el agujero porque las dimensiones de su cipote le impidieran apuntar bien. 

Eso era lo que me rondaba por la mollera viendo a mi Venus particular afanarse en untar cada centímetro de piel del pequeño Johnny, sin excluir el glande, que sacó a pasear desde su capullo de piel protectora. La sensación de frescor, justo ahí, en la puntita, me hizo temer que al frio seguiría el calor y a este el incendio de la lujuria.  Con un spray de diminuto tamaño roció mis testículos o huevos en lenguaje vulgar y coloquial, pero muy expresivo. Terminó untándome de papilla amarillenta todo el pubis y buena parte de los muslos. De principio no noté nada, pero apenas un minuto más tarde, mientras me afanaba en rociar con sumo cuidado su venusberg, un terrible sofoco me pilló por sorpresa. Noté mis mejillas ardiendo y un fuego irrefrenable se extendió por mi bajo vientre como si me hubieran aplicado un gran mechero, justo ahí abajo.

El miembro se estiró cuan largo nunca imaginé que fuera y engordó como una morcilla repleta de sangre fresca. Noté un dolor extraño por lo muy unido que iba al placer. Un ansia atroz, de meter el hierro candente en cualquier agujero que encontrara a mano, me asaltó por sorpresa y creo que hasta hubiera probado con las orejas de mi diosa de haberlas tenido a mano. Me libró del impulso un fuerte empujón de Venus que a punto estuvo de lanzarme fuera de la cama, como una pelota de baseball aporreada fuera del campo. Se quejó de mi descuido. Nada de spray en el interior de la vagina. Al parecer las paredes vaginales eran muy delicadas a un componente específico del compuesto químico. Cada producto de la farmacia particular de Lily tenía su zona particular de aplicación y sus efectos musicales específicos con el fin de alcanzar un tutti orquestal de mucho cuidado.

Me pidió que tuviera más cuidado y que terminara de una vez de aplicarle una cremita en los pezones porque se estaba poniendo tan cachonda que dudaba pudiera aguantar ni los preliminares más someros. De pronto la leona se revolvió rugiendo y todos los frascos de potingues cayeron del lecho de cualquier manera. Tenía los ojos desorbitados mientras contemplaba mi pene hendiendo el aire como un ariete buscando la puerta del castillo. Se abalanzó sobre mí, me hundió en el lecho con una llave maestra y trató, sin conseguirlo, de que su venusberg se apoderara de aquel dragoncito que ya echaba fuego por la punta. Con sus caderas, hacia atrás y hacia delante, forcejeó como si le fuera en ello la vida y como no lograra que el miembro se introdujera en la gruta, hurgó en ella con su mano derecha y con la izquierda cogió mi polla y a trancas y barrancas se la introdujo en lo que no era pequeña mansión precisamente.

Los dos parecíamos dos antorchas echando llamas a diestro y siniestro y a las que siguieran rociando sin compasión con un líquido inflamable. Mis dudas sobre los afrodisiacos terminaron en aquel momento. Me juré revisar mis dogmas particulares sobre el deseo en la mente y la imaginación al poder. Con aquellos productos de Lily por fin la humanidad alcanzaría la vieja meta de hacer el amor y no la guerra. Bastaría con untar el pene de los grandes guerreros mundiales con aquella cremita con que Venus me había rociado para que se olvidaran de otras guerras que no fueran las más íntimas. El calor se había hecho insoportable, el pene continuaba estirándose, o al menos así me lo parecía a mí, y el deseo se había hecho tan intenso que ya no podía pensar en otra cosa que no fuera poseer aquel cuerpo a cualquier precio y cuanto antes. Venus estaba por la misma canción y no era capaz de detener el movimiento de sus caderas que habían alcanzado un ritmo enloquecido.

El gran problema del deseo sexual es que no puede ser mantenido indefinidamente, en un crescendo sin límites. De ser así nadie que probara el sexo pensaría luego en otra cosa. Aquellos potingues de Lily eran infernales. Me sentía arder por dentro y el deseo era tan animal que no pude aceptar ser pasivo por más tiempo. No sé cómo lo hice pero nos dimos la voltereta sin despegarnos. Ella quedó debajo, jadeando y chillándome que no parara. Yo me abalancé buscando en sus entrañas el agua fresca que calmara aquel ardor. Intuí las muchas razones que había tenido Lily para no ser la primera en probar conmigo aquella farmacopea. Puede que no me hubiera dejado salir de su casa. Me hubiera atado con correas como a su perrito doméstico. Abrazado a Venus como si fuera mi enemigo en un asalto de lucha grecorromana la hundía una y otra vez mi polla en su venusberg buscando la explosión que no llegaba nunca.

 

miércoles, 4 de febrero de 2026

VENUS DE FUEGO III

 


-¡Uy, Johnny! ¡Cómo lo vamos a pasar! Ya lo estoy viendo. Ahora acaríciame todo el cuerpo con la polla.  Tuve que explicarle que me iba en cualquier momento.

-Pues bueno. Eres muy caliente, ya lo veo. Mira, he traído los potingues de Lily. Te voy a dar un poco de pomada en la puntita. ¡Ya verás cómo aguantas sin desincharte! ...Yo también me voy a dar algo porque me está apeteciendo mucho y quiero disfrutar. Un capricho de vez en cuando viene muy bien.

Se levantó de la cama y echó mano a su necesaire. De él sacó un montón de frascos, tarritos y sprays. Era la primera vez que iba a probar los fantásticos afrodisiacos de Lily. No suelen gustarme las cosas artificiales, ni en la comida, ni en la vida corriente, ni en el sexo. Tengo la manía de pensar que la naturaleza es más sabia, que nuestras raquíticas mentes. Claro que pensando así no tendríamos televisión, ni coches, ni casi nada de lo que hace tan regalada la vida del hombre moderno. Pero me pregunto qué beneficios tan insustituibles han aportado estas cosas a nuestras vidas. No se puede negar que ahora tenemos una estimulación tan feroz que las adicciones crecen como hongos, pero, aunque se me llame carca, sigo pensando que donde esté lo natural que se quite todo. Mi filosofía del sexo es bastante sencilla y uno de mis principios fundamentales es que el deseo está en la mente, aunque las gónadas ayudan bastante. De ahí mi reparo en servirme de potingues. Uno acaba dándose una pomadita en el pene y termina por no empalmarse sino es con el placebo del tarrito de marras.

Venus -¡hay que ver cómo cambian los tiempos! - me ordenó tumbarme boca arriba y se puso a untarme como si estuviéramos tomando el sol en el Caribe. Que debe calentar cosa fina. De ahí las pieles negras de los nativos y las cremas protectoras de los turistas blancos. Me regodeé pensando en el pene de Tanhauser empapado en crema por las suaves manos de Venus en la gruta de la Venusberg o Monte de Venus en castellano (así iba a titular Wagner su ópera hasta que unos amigos le hicieron ver lo guarra que era la expresión) antes de principiar la orgía en la que Tanhauser se olvidará de su amada, la mística Isabel. Nada más sencillo que hacerse adicto al sexo, lo único que necesitas es disfrutar las suficientes veces con bastante intensidad. Lo que le pasó, ni más ni menos, que a Tanhauser. Allí en la Venusberg con la diosa Venus a su disposición y un montón de chicas guapas, las sirvientas de la diosa, no es extraño que el héroe se olvidara hasta del nombre de su madre, no digamos de la adorable Elisabeth.

Mi Venus extendió un poco de pomada por todo el miembro, que saludaba muy erecto, masajeándolo a gusto y gana. Roció el glande con un pequeño aerosol. Me lo dejó tan frio como la punta escondida del iceberg, en contacto con el agua helada del polo, y no conforme con ello abrió una cajita metálica y se untó el índice con una extraña gelatina amarillenta. Con ella acarició mis testículos (no me gusta llamarlos huevos, me imagino unos huevos fritos y se me pone la piel de gallina), el bajo vientre hasta el ombligo y los pezones. Comencé a sentir tal calor por las zonas masajeadas que me puse a chillar como una señorita histérica, con perdón de las señoritas y de los histéricos, que cada uno hace lo que puede.

Ella me explicó que el frio del glande impediría que afluyera la sangre, manteniéndolo en un estado de suave hibernación que bloquearía el corrimiento de esperma hacia lugares más fértiles que las pequeñas pelotas donde crece. En cuanto a la gelatina amarilla tenía como función atraer sangre hacia esas zonas que de algún modo participan también en las correrías. De esta manera se acrecía el deseo hasta límites inenarrables y al mismo tiempo el glande se estaba quietecito como un témpano. Lo que no impedía que pudiera perforar un túnel tras otro como una taladradora loca.

No es que la explicación fuera muy científica que digamos, incluso pensé que se la acababa de inventar sobre la marcha, pero sí era real aquel volcán que sentía entre mis muslos, a punto de erupcionar lanzando su magma incandescente hacia todo lo que estuviera a su alrededor, en un radio de una legua (un todo con curvas, naturalmente). Cuando creí que la magia había finalizado sacó un par de pastillitas de otro frasco. Eran de color rosa y me obligó a tragarlas ayudado de un botellín de agua que también sacó del necesaire, que cada vez parecía hacerse más grande. Miré hacia abajo porque por un momento creí que un enano me estaba estirando el pene con unas tenazas. El deseo era ya hasta molesto. Mirar el bajo vientre de Venus me mareaba. No podía pensar en otra cosa que apoderarme de ese castillo a arietazo limpio en la puerta. Intenté controlarme, pero no pude, me lancé hacia su triángulo dispuesto a desaparecer en las Bermudas. Yo era una línea recta a punto de extenderse hacia el infinito y ella un triángulo maldito que haría invisible mi línea. La penetré sin contemplaciones y ya dentro de su cueva me fui calmando poco a poco, sin sacarla, porque al menos allí el dolor del estiramiento se notaba menos.

DIARIO DE UN GIGOLÓ IV

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sábado, 17 de enero de 2026

VENUS DE FUEGO II

 


¿Sabes Johnny? Me gustaría que me hicieras la pasarela, a ver si me caliento un poco... ¡Muévete un poco por la habitación! Así...así...eso es. Actúa como si estuvieras cachondo y no pudieras resistir más el encanto de tu cliente, en este caso, muá. A ver, a ver, la incitas para que te toque. Ahora enséñame el culo. Eso es. Tienes un culito delicioso, muy prieto. Me gusta. Ahora acércate, deja que te toque la polla. ¡Lo haces muy bien! De primera, como a mí me gustan. ¿Sabes querido? A los buenos clientes les hago una mamada. No me gusta y menos que escupan esa viscosidad asquerosa, que huele a pescado, en la boca, pero si dejan una buena propina, ¿por qué no? Por dinero se hace de todo. ¿No crees, Johnny?

Yo no lo creía. Nunca haría lo que no me gustara, ni por dinero ni por nada. Soy muy mío para estas cosas. Empezaba a darme cuenta de por dónde iban los tiros y no me gustaba nada. O se disfruta con el sexo o mejor dejarlo.

-Mira, cariño, tu no me vas a dar propina, pero te voy a hacer una mamada gratis. Por Lily, que me ha pedido que te lo enseñe todo y yo por Lily hago cosas que no haría por nadie. Y porque me gusta tu polla. Es ideal. ¿Sabes?

Era pija hasta decir basta y me estaba repateando su patética actuación. Pero cuando se metió al pequeño Johnny en la boca éste se olvidó de todo. Sabía hacer una buena mamada. Tenía la técnica adecuada y parecía que hasta ganas. Iba a retirarse cuando hundí su cabeza entre mis piernas. Quería correrme en su boca, pero ella forcejeaba por librarse, así que la dejé a su aire.

-No debes hacer eso, cariño. A los clientes no les gusta que les fuerces. Que les lleves con suavidad sí, pero si les impones algo que no les gusta, te quedas sin cliente. Hay que tener clase.  ¿Sabes que me estoy poniendo cachonda? Ja,ja.

Me estaba ciscando en su clase. La tomé en brazos con gran dificultad y la arrojé sobre la cama. Me gustó hurgar en su sexo y poner mi boca en sus pezones.

-Ji,ji. Me haces cosquillas. Debes aprender cómo se trabajan los pechos. Cada una tiene sus gustos y no a todas nos hacen gracia las mismas cosas. A mí me gusta que me pasen la lengua con suavidad. Así...así... ¡Uff! Cariño. Me está gustando mucho, mucho, sigue, sigue. ¡Agg!

Menos mal que al menos tenía los pechos sensibles. Con el tiempo comprendí que mi especialidad más preciada iba a ser el magreo concienzudo de los pechos.  Las vuelve loquitas.

-Basta, basta, cariño. ¡Cómo eres! ¿Sabes?. Creo que no lo voy a pasar tan mal. No me gusta que Lily nos obligue a hacer de maestras. Se aprende en el tajo. ¿No crees? Je,je. Además, que no paga las clases. Claro que a Mí me recompensa con una semana de vacaciones. Me voy a la playita a coger moreno. Allí me resulta fácil hacerme con un ligue y aprovecho para sacar tajada. Hay que sacar tajada de todo. ¿No crees, Johnny? Y yo ligo mucho. ¿Sabes, cariño? Claro que con este cuerpo que me tocó en la rifa...Te voy a contar uno de mis secretos, me gusta que me pasen la polla por todo el cuerpo. Así, ¡qué bien!... No me gustan los besos, eso está bien para las queridas, para las mantenidas, pero en nuestro caso más vale no intimar demasiado. ¡Mira! Te voy a dejar que me beses. Un besito abre el apetito. ¡Pero no te pases! Es fácil enamorarse si besas mucho. Y luego si te enamoras te sacan la pasta y te hacen sufrir. Por eso no me gusta. Claro que por una buena propina les dejo que me besen. Lo primero que les digo es que nada de besos. Enseguida se ponen a regatear. ¿Cuánto por dejarte besar? Si regateo bien a algunos les saco un pastón. ¡Ya lo creo! ¡Soy muy lista! Je,je.  Eso es algo que tienes que aprender, cómo sacar propinas y cómo regatear. Sino te toman el pelo. ¿Sabes?

Parecía una camarera desglosando la cuenta. Me estaba poniendo de los nervios y no es habitual que una mujer me ponga de los nervios. Me dejó besarla, lo que aproveché para meterle la lengua hasta la tráquea. Me regodeé en el beso a tornillo. Me estaba poniendo muy cachondo. El cuerpo de Venus me volvía loco. Si lograba encender el fuego me esperaba una noche antológica.

-¡Uy, cómo besas, cariño! No voy a tener mucho que enseñarte. Ja,ja. Ahora déjame a mí. Ya verás como siempre se aprende algo nuevo.

A pesar de su reticencia al beso, ¡cómo besaba la condenada! Me dio un repaso de lengua que me puso a cien. Quise desasirme para montarla, pero ella no me dejó. Le había cogido el gustillo y siguió... y siguió...