NOTA. Esto es una prueba. En el caso de que salga bien tendrán más videos de mis personajes humorísticos.
A cargo de Slictik, escritor autodidacta y coordinador en Internet durante más de cinco años de un taller de creación de personajes humorísticos: “El hotel de los disparates”.
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domingo, 16 de febrero de 2025
viernes, 17 de noviembre de 2017
ALFREDO, EL MONTAÑERO III
ALFREDO, EL
MONTAÑERO III
UN MONTAÑERO SOLITARIO
Hay muchas versiones respecto a
las excursiones montañeras en solitario de mi papá. Mi mamá dice que no hay
quien le aguante, por eso tiene que ir solo a todas partes, incluida la
montaña. Pero es una versión interesada, sesgada, de la que solo aprovecharé
los flecos, porque el resto forma parte de esa bronca perpetua que los
matrimonios suelen emprender desde muy pronto, tan pronto como acaba la pasión,
un año, a veces menos. Los tiernos infantes nos acostumbramos a ellas como
quien oye llover. Sus amigos, pocos y mal avenidos, dicen que es tan cabezón
que no les deja tomar decisión alguna, ni siquiera la tortilla que hay que
llevar, siempre la suya. Alguno se ha atrevido a decir, sin estar él presente,
claro, pero que yo escuché escondido tras la barbacoa, cuando papi salió
corriendo al servicio –la maldita próstata como él dice- en una de las pocas
barbacoas festivas que hemos celebrado en el jardín de nuestra modesta casa,
que en una remota ocasión se atrevió a acompañarle a una excursión sencilla por
un parque natural con montañitas asequibles y mapas perfectamente trazados,
pero que aún así se perdieron, por cabezonería de papi, claro y estuvieron
varios días dando vueltas y más vueltas a un hipotético trazado que mi
progenitor había recorrido tantas veces que se lo sabía de memoria. El supuesto
amigo, porque esas cosas los amigos las dicen a la cara, cuchicheó, aunque yo
lo pude escuchar perfectamente, que al final tuvo que tomar la decisión de
abandonarlo a su suerte y seguir la senda marcada y remarcada en rojo en el
mapa. Se marchó con las bendiciones de papi, quien le obligó a jurar y perjurar
que no se lo diría a nadie… Y no se lo dijo, aunque se supo que él había
regresado tres días antes de que lo hiciera el gran montañero.
Mi historia como montañero, a la
sombra del gran hombre, es muy sencilla, pero no tan fácil de contar. Cuentan
las crónicas –mi memoria no es tan fina- que con tres, tal vez cuatro años,
quiso llevarme por primera vez a conocer la montaña y ver si me gustaba. Según
su versión fui yo, quien no dejaba de decirle a papi que me llevara con él en
cuanto le veía preparar su logística de Anibal a la conquista de Italia, solo
le faltaban los elefantes. Según la versión de mi mami fue el idiota de papi
quien insistió en llevarme, incluso contra mi voluntad, porque estaba ya harto
de sus excursiones en solitario y quería prepararme como su ayudante, su
sherpa, para las grandes aventuras que estaba preparando, siempre estaba
preparando alguna, como decía mami con retintín. Según las hilachas que quedan
de mis recuerdos, esta vez le doy más razón a papi que a mami. Tengo un vago
recuerdo de mi fascinación por las correrías de papi, quien salía de casa con
la mochila al hombro, la bolsa de la tienda de campaña en una mano, la bolsa
del Corte Inglés con las bombonitas de camping gas y el quemador, así como
linternas, pilas y otros artilugios en la otra.
Posaba una en el suelo, buscaba la llave del coche en el bolsillo del
pantalón de chándal, que tardaba en encontrar, abría el maletero del coche y
tiraba todo allí, de cualquier manera, luego entraba a por más y así se pasaba
un buen rato. Mami decía que no quería verlo, pero yo la sorprendí muchas veces
mirando con ojos “ojipláticos” tras los visillos de una ventana.
El hecho en sí, escueto, es que
un fin de semana lo preparó todo como si se fuera al Tibet. Como yo me acercara
por allí, siempre curioso, me preguntó si quería acompañarle y como le dijera
que sí, con mucho entusiasmo, preparó una bolsa de deporte con mi ropita, me
enfundó en uno de mis chandals, buscó en la despensa algo que me pudiera
gustar, espaguetis, macarrones, mis galletitas especiales, un tetrabrik de
leche, colacao y un bote gigante de aceitunas, que me gustaban casi tanto como
a él. Comenzó el trasiego, con mi menguada ayuda y entonces salió mami a la
puerta y le puso de vuelta y media delante de todo el vecindario, que
seguramente nos espiaba tras las cortinas, aunque yo no vi a nadie. Mi papi se
puso cabezón y al final mami le hizo prometer que me traería en cuanto me entrara
miedo y me pusiera a llorar. Papi dijo que yo era un valiente y no lloraba, yo
asentí, con los ojos brillantes y en cuanto mami me vio preparado para una
pataleta, se encogió de hombros y le dijo a papi, con ojos que echaban chispas,
que como le pasara algo al niño se iba a enterar, le iba a cortar algo que yo
no entendí muy bien porque era pequeñito.
El hecho en sí, escueto, es que
nos subimos al coche, yo atrás, sin sujeción, no sé si porque en aquellos
tiempos no era obligatoria o porque papi pasaba de todo y yo también. Puso su consabida y proverbial música, que
siempre le acompañaba en el coche, fuera a donde fuera, y si iba a la montaña,
pues más música, y durante el corto trayecto no dejó de ensalzar los placeres
de la montaña. Digo que fue un trayecto corto porque como luego contaría mami,
con mucha ironía y entre risas, papi se limitó a llevarme a una zona cercana a
la capital, camino de la montaña, eso sí y de algunos pueblos muy bonitos,
donde había algo de bosque, alguna colina que yo pudiera trepar como si fuera
un ocho-mil, y un camino de tierra que permitía salirse de la carretera y
esconder el coche tras unas matas. Allí instalamos el campamento base, ayudé a
montar la tienda, con tanta impericia como papi, a pesar de que no dejaba de
pavonearse de lo mucho que sabía de estas cosas. No encontraba esto, no
encontraba lo otro, no encontraba lo de más allá. Maldijo su despiste,
seguramente se lo había dejado en casa, con las prisas. Rebuscó en el maletero
y rebuscó, y yo comencé a ponerme nervioso y al fin papi encontró parte de lo
que buscaba en el suelo del coche.
Terminamos de montar la tienda y me hizo pasar al interior como si fuera
un príncipe. Introdujo su saco de dormir, viejo y rancio, pero muy bueno, que
había comprado antes de casarse y de que yo naciera, en una ocasión remota y
para mí muy confusa en la que fue a pasar unos días con mami que trabajaba no
sé dónde e hicieron no sé qué, pero como los hoteles, hostales y pensiones
estaban repletos papi se compró una tienda de campaña, un saco de dormir y
otros artilugios que dijo le habían costado un ojo de la cara en una tienda de
deportes. Mami se burlaba de él, de ojo de la cara nada, porque bien que se
había regodeando mirando a una compañera de trabajo, en bikini, el día que se
fueron a la playa porque libraban. Puede que mami trabajara de camarera, o de
enfermera, o de lo que fuera, porque a
ella siempre le gustó mucho trabajar, mientras que papi era un vago de siete
suelas y él mismo lo decía, si pudiera vivir sin trabajar, pues viviría tan
rícamente.
Ese saco de dormir era muy bueno,
según él, de alta montaña (años más tarde me preguntaría cómo se le ocurrió
comprarse un saco de alta montaña para dormir dentro de él en una playa) y
nunca había pasado frío en sus acampadas de los dos mil, de las que él hablaba
como si fueran de los ocho mil que había subido como Hillary y su sherpa. Luego entró una bolsita pequeñita y dijo que
era mi saco de dormir, comprado expresamente sin que mamá se enterara y
guardado celosamente en un escondrijo secreto para que mami no se
enterara. Me pidió que abriera la bolsa
y desenrollara el saco, pero como no se me diera muy bien, él mismo entró como
un elefante en una cacharrería, me ayudó, lo abrió y me pidió que entrara en
él. Tuvo que ayudarme también y luego él
mismo se coló en el suyo, con cierta dificultad, porque tenía algunos
descosidos y desgarros. Una vez los dos
tumbaditos, infló mi patito de goma de la piscina y me lo puso bajo la nuca. Y
así permanecimos, felices, mientras papi me contaba su excursión a los Picos de
Europa, en una ocasión memorable, en la que había subido Posada de Valdeón
arriba, pero no por el camino de Caín, sino por un sendero de montaña a la
derecha del pueblo, por la carretera que va a Santa Marina de Valdeón, y había
instalado su tienda en un vallecito muy bonito, pero por la noche bajó el
cierzo, la niebla así llamada por él y al parecer por otros muchos, y aquella
noche fue una de las noches más aventureras y memorables de su vida. Se despertó en plena noche muerto de frío, y
eso que estaba en su saco de alta montaña y estaba embutido en dos pares de calcetines
gruesos y los pies dentro de unas deportivas, y las piernas dentro de dos
pantalones de chándal y bajo ellos unos calzoncillos marianos que yo no sabía
que eran y él me lo tuvo que explicar, y sobre su torso de toro, como le
gustaba llamar a su pecho, una camiseta de felpa y dos chaquetas de chándal, y
allí permaneció, confiando en que su
cuerpo reaccionara, pero no lo hizo, por lo que se vio obligado a salir de la
tienda y correr por una pequeña terraza herbosa, en cuesta, de acá para allá y
de allá para acá, intentando entrar en calor, lo suficiente para no sufrir una
hipotermia y morir. ¿Qué es eso, papi? Me lo explicó con pelos y señales, lo
que me produjo un estremecimiento de miedo que intenté controlar como pude,
imaginando que aquella noche bien podría hacer tanto frío y los dos nos
viéramos obligados a salir de la tienda y correr como dos tontos muy tontos.
Por fin terminó su historia,
antes de que mis dientes comenzaran a castañetear, los de arriba con los de
abajo, y salimos al exterior, donde me enseñó unas nubecillas que asomaban por
el horizonte. No te preocupes chaval, me dijo, llevo demasiado tiempo en la
montaña como para no saber que esas nubes no son de lluvia. Como se acercaba la
hora de comer sacó el camping gas de la bolsa del Corte Inglés, llenó una
sartén-cazo con agua de una cantimplora y se puso a cocinar unos espaguetis.
Como a todos los niños a mí me gustaba mucho la pasta, por lo que papi no se
rompió la cabeza buscando vituallas para que yo pudiera comer en la montaña,
espaguetis y macarrones, que junto con un tetrabrik de leche y mis galletas
favoritas deberían alimentarme durante todo aquel fin de semana, tal como lo
había programado el gran montañero. Cuando el agua estuvo caliente echó los
espaguetis y luego el contenido de una bolsita de plástico. Al cabo de unos
minutos ya nos encontrábamos comiendo unos sabrosos espaguetis a la boloñesa
sentados sobre dos piedras y con los platos de plástico en el regazo.
Papi no acertó en sus
predicciones metereológicas, algo que se me quedaría grabado en la cabecita
para el resto de mis días. Todo el mundo llegaría a saber con el tiempo que no
había mejor metereólogo que él, bastaba con asumir que haría el tiempo
contrario al que él pronosticaba, así si anunciaba lluvia todo el mundo
preparaba sus sombreros para hacer frente a un sol de justicia, y cuando
anunciaba sol, llovía, y cuando decía que esa noche despejaría y podrían
contemplarse las estrellas, todo el mundo se preparaba para una tormenta de las
buenas, con aparato eléctrico, lluvias torrenciales, vientos huracanados y
alguna que otra desagradable sorpresa. Mami le tomaba mucho el pelo con sus
dotes de vidente metereológico, pero de vez en cuando papi acertaba, yo creo que
para llevarle la contraria, porque aunque yo era aún muy pequeñito enseguida
supe cómo se las gastaban los matrimonios, y por eso siempre procuré llevarme
bien con los dos, lo que no era fácil. Así cuando me preguntaban a quién quería
más, yo respondía siempre que a los dos, y si insistían demasiado decía que
primero a uno y luego al otro, y si querían saber quién era el primero, yo les
decía que dependía, si papi me contaba cuentos en la cama, él era primero, pero
si mami me achuchaba y me decía cosas bonitas, entonces era mami. Ellos se
reían mucho, pero a mí me iba bien sabiendo que el matrimonio era “militia est
vita hóminis super terram”, como decía papi cuando quería fardar de latín y de sus
estudios clericales, y que a las víctimas inocentes nos iba mejor si nos
rendíamos siempre al ganador, fuera quien fuera, y si ganaban o perdían los dos… pues entonces los
quería a los dos y santas pascuas.
Aquella tarde aciaga me convencí
para siempre de que era de tontos no hacer caso de lo que pronosticara papi…
solo que al revés. Apenas pudimos terminar de comer y ya estaban encima de
nuestras cabezas unas nubes negras, muy negras, negrísimas, y se escucharon los
primeros truenos. Pronto comenzaron a caer gotas y papi recogió todo deprisa,
luego me pidió que me quedara en el coche para ver lo que era una buena
tormenta de montaña. Y sí que la vi, sí, rayos mortíferos cruzando el cielo,
truenos que retumbaban como bolos en una bolera, como me dijo la abuela una vez
que pasé un fin de semana con ella –se llevaba mal con papi y peor con mami,
por lo que la vi poco durante mi niñez- y tuvo que coincidir con una buena
tormenta. Son los angelitos que juegan a los bolos en el cielo, niño, me dijo
ella intentando calmarme, pero no hubo manera, las tormentas eran mi debilidad.
Y así ocurrió ahora, papi no intentó calmarme hablándome de los angelitos en el
cielo, pero sí lo hizo hablándome de que yo era ya un hombrecito y que los
hombrecitos no lloraban y sobre todo que qué pensaría mami si regresábamos tan
pronto, se iba a partir el culo de la risa, y lo peor es que luego no me
volvería a dejar hacer más excursiones a la montaña. Eso me calmó durante un rato,
pero la tormenta era infernal, así que papi me llevó a la tienda para que no
viera los rayos, pero éstos rasgaban la tela como cuchillos de fuego y de nada
sirvió que me pidiera que cerrara los ojos y me tapara las orejas, hice
pucheros y luego se asomó una lagrimita al ojo derecho y luego comencé a
suplicarle que regresáramos a casa.
Papi no se enfadó conmigo, porque
nunca se enfadaba, y menos si estaba en juego su futuro sherpa para sus
aventuras de los ocho mil, pero no le hizo mucha gracia. Me llevó otra vez al
coche y recogió la tienda como Dios le dio a entender, doblándolo todo para que
cupiera en el maletero y revisando el suelo para no dejarse nada, porque mami
siempre ponía el grito en el cielo cuando él compraba algo para la montaña. Y
así que nos fuimos como dos derrotados en la dura batalla de la vida. Lo
gracioso fue que cuando entrábamos en la ciudad la tormenta, que había ido flojeando
por el camino, se deshinchó por completo y salió el sol. Las risas de mi madre
se oyeron en Katmandú, que debe de estar cerca del Tibet, y mi padre se marchó
de casa, todo corrido, con la disculpa de que no le había dado tiempo a doblar
bien la tienda. Todo esto lo recuerdo
bastante bien, lo que no tengo claro es si lloré como un corderito que a
perdido a su mamá, como dijo mami, o si fui un valiente, que solo hizo
pucheros, como luego me contaría papi, siendo ya un adolescente avanzado,
cuando me llevó por segunda vez a la montaña y ésta fue la definitiva, porque
le hinqué el diente y me supo muy bien.
Pero desde la tormenta hasta aquella agradable excursión, que relataré
en otro momento, pasaron unos años en los que papi ni se atrevió a proponerle a
mami llevarle con él. Fueron sus años más solitarios como montañero, como luego
contaría él, casi con lágrimas en los ojos.
viernes, 17 de febrero de 2017
ALFREDO, EL MONTAÑERO II
Mi mamá se ríe de mis recuerdos de bebé montañero, dice que tengo tanta imaginación como papi, y puede que tenga razón porque no es común que alguien pueda remontar sus recuerdos hasta la cuna, a partir de los tres o cuatro años comienzan a quedar en la memoria pequeñas escenas, como posos de café, de acontecimientos que niño vive como hitos de su nacimiento a la consciencia. En este sentido puedo recordarme, con unos tres meses, según papi, jugando en el suelo de la habitación con una de sus mochilas que él debió dejarse por allí, como al descuido –es muy descuidado-, aunque jura y perjura, cuando cuenta la anécdota, que yo debí haberla extraído del armario de su despacho, donde guarda todos sus aditamentos de montañero, desde la ropa estilo militar –se libró del servicio militar por la vista- hasta las bombonas de camping gas. No puedo creerme que un bebé haya llevado a cabo semejante “fazaña”, pero Alfredo tiene fama de contar de tal manera las cosas que hasta el más escéptico tendría dudas si le contara que había visto un dinosaurio en un glaciar de la montaña. Sí recuerdo que la cuna era muy pija –caprichito de papi- una de esas cunas escondidas tras una especie de cucurucho de tela colgado del techo, como los lechos reales, con cortinajes, para dar a sus majestades la sensación de intimidad. Es más fácil que yo me descolgara desde la cuna, agarrado al cucurucho, que a las cuerdas de montañero de las que hablaba Alfredo a los familiares cuando yo era niño, mientras pasaba sus manazas por mi cráneo de chorlito.
Lo de papi es vocacional, no una de
esas majaderías de yupis que se aburren y deciden cualquier fin de semana
tirarse desde un puente o escalar el Anapurna, pongamos por caso. Todo su
entorno está saturado de escucharle contar cómo la montaña se coló en su
corazoncito desde niño, cuando iba a pasar los veranos con sus abuelos,
ganaderos en algún lugar mítico de los Picos de Europa, que él nunca concreta,
en paisajes o nombres. Sus padres, mis abuelos, lo llevaban allí porque en
aquellos tiempos no se estilaba pasar las vacaciones en la playa, entre otras
cosas porque nadie tenía ni un seiscientos para viajar hasta allí, ni mucho
menos unos ahorrillos para pernoctar tres o cuatro noches en un hotel que ni
siquiera estaba construido. Uno se iba de vacaciones al pueblo de los abuelos,
si tenías abuelos y si los abuelos tenían pueblo, que no siempre era así.
A papi se le cae la baba cuando cuenta
cómo le embargaba la felicidad al irse al monte, pastorcito bucólico, con las
vacas de la becera, o las ovejas, las cabras, los jatos, lo que fuera. Su
abuelo le daba un morral de piel de vaca, donde la abuela ponía un trozo de
hogaza casera, hecha por ella misma en el horno, un poco de queso, chorizo y
jamón, no mucho porque la abuela era un poco rácana, todo sea dicho. Alfredo se
echaba el morral al hombro, tomaba su aguijada o aijada, o como lo llamaran por allí, es decir un palo
de avellano en cuya extremo se había puesto una punta, y que servía para azuzar
o aguijar al ganado, la bota de vino en el que el abuelo había echado un poco
del delicioso vinillo clarete que es mítico para papi, y la abuela lo había
rebajado con gaseosa sin que el abuelo se enterara, y con un jersey atado a la
cintura y un sombrero de paja, acompañaba a los “beceros” de otras casas del
pueblo a cuidar del ganado en la montaña.
Hace ya muchos años que a ningún
ingenuo se le ocurre preguntarle a Alfredo aquello de “qué es la becera”,
Alfredo, porque eso podría dar lugar a dos o tres horas de anécdotas
interrumpidas. Al parecer en aquellos tiempos remotos en los que papi fue niño,
“in illo tempore”, como dice él, había tanto ganado en los pueblos de montaña
que las familias del pueblo se turnaban para cuidarlo. Y aquí Alfredo enunciaba
todas las beceras habidas y por haber. La becera de las vacas “viejas” como yo
las llamo, que solían utilizarse para tirar del carro. Salían por la mañana y
regresaban a comer, por si eran necesarias para uncirlas al carro. Luego
volvían tras la comida y regresaban cuando el sol se ponía. Según el número de
vacas el turno correspondía a dos o tres casas del pueblo. Un miembro de cada
casa iba con la becera el tiempo que correspondiera, unos días, una semana, lo
que fuera. Con lo que cada becera tenía dos o tres pastores como mínimo. Las
vacas se subían al monte y se dejaba que pacieran a su gusto, salvo que fuera
un día de verano extremado de calor y las vacas se pusieran a “moscar”, es
decir que las moscas o tábanos las picaban con tal saña que las vacas, tan
pacientes ellas, alzaban el rabo y salían corriendo disparadas hacia donde
fuera, incluso al abismo, si había alguno por allí. Es por eso que los otros
pastores, habitualmente adultos, le decían a Alfredito, como le llamaban
entonces, que se fijara especialmente en si las vacas alzaban el rabo, porque
eso era señal de que iban a moscar y había que estar muy atento para que no se
despeñaran o salieran heridas en sus locas carreras. Alfredito, según nos ha
contado hasta la saciedad, estaba muy ocupado en aquella época de su infancia
en mirarle el rabo a las vacas, porque también tenía que hacerlo cuando
trillaban en la era. La pareja de vacas era atada al trillo y comenzaban a dar
vueltas y vueltas al trigo, la cebada, o el cereal que fuera, que se había
extendido sobre la era en forma circular, como una rosca a la que se hubiera
comido el centro. Alfredito llevaba una pala en la mano y cuando veía que una
vaca alzaba el rabo, rápido, como un rayo, le ponía la pala a la vaca en el
culo para que no cagara el cereal que por poco que fuera se estropeaba y unos
granitos más o menos de trigo o cebada eran muy importantes para la subsistencia
de sus abuelos, especialmente se enfadaba mucho la abuela, hasta el punto de
darle unos buenos coscorrones si Alfredito no era tan veloz como debiera y la
cagada terminaba donde no debía.
Con estas anécdotas Alfredo podía
pasarse horas y horas, relatando viejas historias de su infancia. Toda la
familia, amigotes y entorno habían aprendido con el tiempo a evitar las
palabras clave que disparaban su verborrea. Becera era una de ellas. Como decía
en los pueblos había muchas beceras, también estaba la de los “jatos” o
terneros ya un poco mayores, que iban al monte donde se quedaban todo el día
pastando. Las familias del pueblo acostumbraban a mandar a los niños con esta
becera, si es que había niños en la familia, lo que era bastante habitual
porque la familia que no tenía niños viviendo allí se juntaba con unos cuantos
de hijos o tíos o primos que residían habitualmente en las ciudades y venían de
vacaciones al pueblo. Alfredito gustaba especialmente de ir de pastorcico con
los jatos, le encantaban los terneros, y le gustaba aún más aguijonearlos para
hacerlos rabiar, ver como daban coces o saltaban y salían de estampida.
Alfredito debió de ser un niño bastante malo, a pesar de que él siempre se
presenta como un niño ejemplar, de primera comunión. También había beceras de
novillas, es decir vacas jóvenes que no se empleaban para tirar del carro y que
debían alimentarse bien porque o terminaban en la carnicería o eran destinadas
a la cría de terneros. También había
beceras de ovejas, de cabras, es decir que cada casa del pueblo, según la
rotación, podía tener una misma semana la obligación de atender a más de una
becera a la vez, con lo que los niños resultaban extremadamente útiles.
Papi debió comenzar a contarme todas
estas historias desde que tuve uso de razón, incluso mucho antes, porque
siempre formaron parte de la mitología infantil, junto con los tebeos que
Alfredo conservaba como oro en paño, sus colecciones de tebeos eran famosas,
casi tanto como sus supuestas hazañas de montañero. Nunca he sabido con exactitud
a qué edad comenzó a pasar las vacaciones con los abuelos en la montaña,
estaría tentado de imaginar que ya siendo bebé acompañaba a los jatos a la
montaña, si esto fuera metafísicamente posible. Nunca se cansa de manifestar
por doquier que aquella fue la etapa más feliz de su vida, se le cae la baba y
se le ponen los ojos en blanco hasta que mami le mira con cara de mala leche y
entonces él comprende, por fin, que la etapa más feliz de su vida comenzó con
el noviazgo y no terminará nunca.
Continuará.
lunes, 12 de diciembre de 2016
ALFREDO, EL MONTAÑERO
ALFREDO EL MONTAÑERO
NOTA INTRODUCTORIA
Aún recuerdo muy bien cómo surgió en mi
esto del humor y de los personajes humorísticos. Estaba en León y en aquel
momento, hace ya bastantes años, escribía uno de mis relatos cortos más oscuros
y terribles, tal vez la más negra de todas mis historias, se titula “En el
centro de la oscuridad” y trata de un enfermo mental, un fóbico social, aunque
no se dice porque aún no había descubierto que lo que me pasaba era una fobia
social, que no es capaz de salir de casa y su mente da vueltas y vueltas como
un trenecito de juguete. A pesar de que no es muy largo, su intensidad
emocional me estaba haciendo mucho daño. Necesitaba algo que lo compensara y se
me ocurrió que el humor era el mejor contrapunto a la dramática historia que
estaba hilvanando. No sabía cómo empezar con esto del humor y entonces se me
ocurrió inventarme una serie de personajes humorísticos basados en profesiones
concretas o en temáticas que me permitieran tratar muchos temas de forma humorística
al tiempo que desgranaba la biografía del personaje. Fue de gran ayuda el
inventarme también un narrador humorístico que en la mayoría de los casos era
alguien a quien el personaje no le caía precisamente bien, no se trataba pues
de hagiografías, de biografías autorizadas, todo lo contrario. El cinismo del narrador, unido a situaciones
surrealistas que vivía el personaje funcionaba a las mil maravillas. Así surgió
un personaje por cada tema que me pareció interesante tratar: la economía, El
Sr. Buenavista, economista; el humor, Olegario Brunelli, el humorista number
one; la psiquiatría, El doctor Carlo Sun, discípulo de Jung; la abogacía, el
Sr. Aladro, abogadro; la alta cocina, Iñaki Lizorno, cocinero postmoderno; Karl
Future o Mr. Topacio, el astronauta del espacio, sobre la tecnología; Cátodo
Mencía sobre la ciencia, etc etc. No sólo construí personajes sobre profesiones
o temáticas, también me interesaron determinados defectos de carácter o pecados
capitales y así surgió Alarico, el coleríco, por ejemplo.
Me divertí tanto que los personajes
comenzaron a brotar como churros en una churrera. Con el tiempo, entre
intervalo e intervalo en la creación de los personajes, fui concluyendo aquel
relato terrible, frase a frase, y cuando, tras muchas correcciones, decidí
darlo por válido, me dediqué en cuerpo y alma al humor. Recuerdo que hasta hice
un índice de personajes humorísticos y los fui esbozando a grandes rasgos.
Algunos me resultaban más divertidos que otros y así adquirieron más entidad y
sus biografías manuscritas se esparcieron por libretas y cuadernos, según dónde
estuviera escribiendo en cada momento, porque entonces y también ahora, escribo
con un desorden tan caótico que a pesar de todos los índices que tengo por ahí
(algunos curiosamente no coinciden con las libretas y cuadernos y páginas a los
que me remito, como si los hubiera hecho en pleno delirio) me cuesta Dios y
ayuda encontrar los manuscritos de algunos personajes que llevan creados hasta
décadas, ligeramente esbozados, pero que no pasaron de ahí.
El caso de Alfredo el montañero es
sintomático. Lo esbocé para burlarme y parodiarme a mí mismo y mis ínfulas de
montañero –habría que decir senderista- algo de lo que me gustaba pavonearme.
Casi todos mis personajes, sino todos, son parodias de mí mismo, con lo que
cumplo sobradamente mi consejo en el Manual del perfecto humorista, que dice
que no puedes llegar a ser un buen humorista si no comienzas por reírte de ti
mismo. Con mis personajes me burlé tanto de mí mismo que hasta a veces me salía
un chorrito de sangre, de las heridas que me infligía.
En el caso de Alfredo escogí como
narrador a su propio hijo, un cachondo mental, con mucha retranca, que estaba
hartito de las supuestas “fazañas” que su padre no dejaba de contar en
cualquier reunión familiar o siempre que se le presentara la ocasión. Se me
ocurrió porque Dani, mi hijo no biológico, hijo del primer matrimonio de la que
entonces era mi esposa, a veces se burlaba, con mucha discreción y generosidad
de mis supuestas hazañas montañeras, burla que se terminó cuando logré
convencerle de que me acompañara a la montaña, aunque fuera solo una vez,
porque a él estas cosas por aquel entonces no le atraían demasiado. Disfrutó
tanto que ha regresado a la montaña en numerosas ocasiones, en la mayoría de
ellas con su grupo de amigos.
Me ha costado encontrar las libretas y
los cuadernos donde escribí, no solo un amplio esbozo, sino buena parte de la
biografía de este divertido personaje. Con la jubilación he decido recuperar
todos aquellos manuscritos que llevan años perdidos por ahí, sin que les haya
hecho mucho caso. Me he pasado días y días organizando cuadernos y libretas, y
ahora que he conseguido encontrar los manuscritos de unos cuantos personajes,
he decidido aprovechar el invierno soriano para divertirme un poco al calor de
la chimenea o la calefacción. Tengo que advertir que dado el tiempo
transcurrido hay un importante desfase entre el sentido del humor que
desarrollé entonces y el que tengo ahora, un desfase que he tratado de corregir
al redactar, uniendo varios manuscritos, en la mayoría de los casos, pues me he
dado cuenta de que había comenzado algunas biografías varias veces en
diferentes cuadernos o libretas. A pesar de ello veo que el humor es
básicamente el mismo y que el esquema, narrador-cínico, personaje surrealista y
delirante y temática concreta siguen funcionando muy bien. También en esencia
mi humor es el mismo, como no podía ser de otra manera, lo mismo que uno ama
igual de joven que de anciano, aunque de anciano con más experiencia pero menos
vitalidad y romanticismo, con el humor pasa algo parecido, el tiempo te hace
más prudente y profundo, menos atrevido, aunque en esencia el humor es siempre
el mismo a todas las edades y en todas las situaciones.
ALFREDO, EL
MONTAÑERO. NARRADO OR SU HIJO MAYOR, HARTO DE SUS FANTÁSTICAS HISTORIAS SOBRE
SUS “FAZAÑAS” EN LA MONTAÑA. PONE LOS PUNTOS SOBRE LAS “IES” DE LOS CUENTOS DE
SU PADRE, ¡Y VAYA “IES”!
Esta historia manuscrita, puesto que la
escribo en un cuaderno, a escondidas, para que mi progenitor no la descubra,
nace como necesidad imperiosa de poner puntos sobre las “ies” respecto a las
leyendas que no dejan de correr en el entorno familiar, laboral, social,
ciudadano y hasta nacional, sobre mi papá, el ínclito montañero que no ha
cesado de parlotear sobre sus supuestas aventuras de montañero desde que era un
tierno y sonrosadito bebé hasta que perdió su juventud, más bien pronto que
tarde, porque su glotonería y epicureísmo hicieron imposible, con el tiempo,
que alguien se creyera sus cuentos de montañero, aunque eso sí, nunca dejó de
ir a la montaña, pero sus muchos kilos de más hicieron imposible la
verosimilitud de sus narraciones. Yo mismo le he seguido a escondidas en alguna
ocasión y documentado en video casero sus supuestas “fazañas”. Algo que por otro lado él nunca hizo, o puede
que sí y tenga tan bien ocultas esas fotografías y vídeos, que aún no he
logrado encontrarlas. Sí he conseguido, sin decírselo, por supuesto, algunos
manuscritos que él guarda como oro en paño en escondrijos secretos que yo he
desvelado. Hice fotocopias y los dejé en su sitio, para que no sospechara, por
lo que ahora se va a llevar una pasmosa sorpresa cuando escuche su propia voz
en esta biografía que no pretende ser una hagiografía, porque mi padre no es un
santo, nunca lo ha sido y nunca lo será. Es posible que con esto se desmorone
su leyenda de montañero, que incluso fue relanzada en algún programa televisivo
de tres al cuarto que pretendía dar su propia versión cutre de figuras
emblemáticas de la montaña y la aventura.
Me siento muy mal cuando veo algún programa que tengo grabado de
entrevistas que realizaron a mi progenitor en alguna cadena regional, provincial
o local, y los comparo con aquel maravilloso programa de Rodriguez de la Fuente
o de otros más actuales como “Al filo de lo imposible” o “Desafío extremo”, por
no citarles a todos.
La vergüenza ajena que me produjo en el
que en algún momento y por tontos de capirote se comparara o equiparara su
figura a las legendarias de Felix Rodriguez de la Fuente, Juanito Oiarzabal,
Calleja y otros, que no puedo mencionar a todos porque no haría otra cosa y lo
que yo quiero es hablar de mi papá, como Umbral quería hablar de su libro, y no
de otra cosa.
Lo mismo que hay amores que matan hay
pasiones que casi matan. Este es el caso de mi padre, para sus hijos y Alfredo
el montañero o el montañero loco para sus colegas y amigos. Uno nunca sabe si
tener un padre así es beneficioso o perjudicial. ¿Lo es ser hijo de millonario,
de crack de fútbol, de famoso director de cine o novelista o de mamá, la
pornostar más deseada del arte deseable por naturaleza?
Según se mire, oiga. Desde luego un
servidor de ustedes hubiera preferido ser hijo de millonario aún teniendo que
luchar con la tentación de ser un vago de siete suelas o ser hijo de novelista
y solo poder hablar con tu papá para entrevistarlo o incluso ser hijo de una
pornostar uno podría sacarse unas pelas para cubatas y otros gastos juveniles pasando fotos en
pelota picada de la señora estupenda que te trajo al mundo. Pero no, cuando la
vida se la juega a uno se la juega bien. ¿Adivinan a qué se dedica mi
papá? ¡Uy! Ya se lo había dicho al principio,
incluso en el título… Un fallo terrible del narrador. Suele pasar pero en este
caso no es importante el suspense a no ser que les parezca interesante qué
nuevas desgracias le van a ocurrir mañana a Alfredo el montañero.
Como primogénito de este elemento he
tenido la desgracia de ser preparado para montañero desde la cuna. En lugar de
ositos de peluche, Alfredo colgaba cuerditas en la cuna con todos los
aditamentos propios de la dura vocación de montañero. Creo que la primera vez
que salí de la cuna lo hice escalando con ayuda de las cuerditas luego ya no
necesité ningún tipo de ayuda.
Continuará.
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