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lunes, 2 de diciembre de 2024

EL TIMO DEL ROMANCE VIRTUAL

 


NOTA: Presentado a un concurso de microrrelatos en Madrid con el resultado de siempre. Lo escribí deprisa y de un tirón porque el plazo estaba a punto de cumplirse. A pesar de ello no es de mis peores microrrelatos.

EL TIMO DEL ROMANCE VIRTUAL
Tristan tenía ochenta años, se sentía solo, por eso puso su perfil en una red social. Pronto acudieron timadores. Solo hizo caso de una mujer que no le pidió nada, tan solo hablaba de su belleza interior. Al fin consiguió quedar con ella en un bello paraje muy poco frecuentado. Al bajarse del coche observó que allí no había nadie, tan solo una perrita, de raza Golden retriever que se acercó mansamente, con una mirada tan cariñosa que conmovió su corazón. Le ofreció la carne guisada que había llevado en un taper y él se comió la tortilla de patata. Se hicieron compañía hasta la puesta de sol. Hubo un momento, al principio, que pensó que ahora los perros se servían de la IA para hablar y contactar con humanos en redes sociales. Esa era la única explicación que se le ocurrió sobre que su cita fuera una perra. Luego se fue calmando y pensó que la humana había querido deshacerse de su perra buscando un hombre bueno que la cuidara. No esperó a que se hiciera de noche. La bautizó Isolda, la subió al coche y regresaron a casa. Isolda se convirtió en el amor de su vida.
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sábado, 12 de junio de 2021

APOCALIPSIS VENTOSO

 


LA PRÓXIMA PANDEMIA (APOCALIPSIS VENTOSO)

Hay escritores que en su tiempo –después de su muerte, claro- fueron considerados como una especie de profetas o videntes porque narraron acontecimientos considerados imposibles en su momento y que años después –tras su muerte, por supuesto- sucedieron como la cosa más natural del mundo.  Se me ocurre el caso, muy conocido, de Julio Verne y el submarino Nautilus de su capitán Nemo. También habrán oído hablar del escritor que tenía un manuscrito en un cajón y que cuando se publicó, durante la famosa pandemia del Covid, muchos críticos y lectores coincidieron en que parecía una auténtica profecía de lo que efectivamente ocurrió. Seguro que se acuerdan porque la pandemia de la que les hablo sucedió no hace muchos años. En aquel momento se elucubró sobre la siguiente pandemia que asolaría a la humanidad. Lo que nadie pudo prever entonces fue que un escritor desconocido y bastante malucho, por emplear un término despectivo que no me hiera salvajemente, porque ese escritor soy yo, el mismo que viste y calza, acertara a describir con tal cúmulo de matices, la próxima pandemia que sufriría la humanidad y que por desgracia ya estamos viviendo todos.

Los hechos escuetos y tan tontos que dan risa fueron los siguientes: En una de las muchas etapas depresivas por las que ha atravesado mi vida se me ocurrió una idea para un relato. La idea era tan delirante que yo mismo la arrinconé en una carpeta de mi ordenador. Seré un escritor malucho y desconocido, pero tengo fama, reducida, por supuesto, de ser el escritor más delirante que ha parido madre. Pero aquella historia sobrepasaba todos los límites, todas las líneas rojas de la imaginación más delirante. En aquella carpeta de mi ordenador vivió durante años el sueño de los justos, hasta que un día, no recuerdo cuál, debido a un episodio que aparece confuso en mi mente, tal vez un simple enfado contra la humanidad, algo que me sucede un día sí y otro también, decidí escribir de una vez aquel relato y librarme para siempre de aquel apestoso olor que desprendía aquella historia. Lo hice, subí el relato a mi blog, donde fue visto por tan pocos lectores que más me hubiera valido leérselo a mis gatitos, ellos me habrían hecho más caso.

Sin embargo por uno de esos azares del destino que me persiguen con tanta malevolencia  como al personaje de mi novela inacabada, El buscador del destino, en cuanto ocurrieron realmente los hechos sobre los que versaba mi relato, un lector despistado llegó hasta mi blog, leyó aquella delirante historia atrasada y le llamó tanto la atención que lo compartió en las redes. De pronto pasé de ser un escritor desconocido y malucho a convertirme en el nuevo Julio Verne de los tiempos modernos. Por suerte había elegido un alias impronunciable, Slictik, y nadie lo pudo pronunciar, ni siquiera los temidos hackers lograron conocer mi identidad que permanece en el más estricto anonimato, ahora y para siempre.

Para que se hagan una idea de si tanta algazara es o no merecida, haré una escueta comparación entre mi relato y la realidad que por desgracia estamos viviendo. En mi historia el nuevo virus se escapaba de un laboratorio militar que trabajaba en la guerra biológica que terminaría con todas las guerras. Se les escapó, no porque no hubieran tomado todas las precauciones posibles, simplemente unos bichitos tan pequeños se acaban escapando de cualquier sitio donde los encierren. ¿Por qué algunos Estados, o todos, o casi todos, continuaron experimentando en sus laboratorios de guerra biológica tras la famosa y terrible pandemia del Covid 19? Es un misterio que ni las mentes más sabias de un futuro distópico podrán nunca dilucidar. El bichito se escapó y se produjo la próxima pandemia que todos esperaban pero nadie imaginó de esa manera. Todos trataron de ocultar la verdad, pero ésta fue tan explosiva que no quedó otro remedio que admitir los hechos. Ahora sabemos de qué laboratorio se escapó el nuevo virus, cuándo, por qué, debido a qué, y sobre todo todos conocemos sus truculentos efectos.

Ni al famoso tonto que asó la manteca se le pudo ocurrir un diseño vírico tan ridículo. En su disculpa deberíamos decir que no quiso matar a nadie y sí terminar con todas las guerras de la forma más humana y menos calamitosa posible. Pensarán que era aún más tonto que el que asó la manteca porque se supone que un país en guerra biológica debe tener un antídoto para los bichos con los que rocían a sus enemigos, pero en este caso el virus se escapó antes del antídoto y eso no es culpa de nadie, antes de tener un antídoto contra un bichito debes tener primero el bichito. Elemental, querido Watson.

Como en mi relato, delirante pero también humorístico, o al menos esa fue mi intención, los efectos fueron tan esperpénticos, tan hilarantes, que la gente tardó en reaccionar, incluso los gobiernos que no dieron la menor importancia a que unos cuantos contagiados comenzaran a ventosear a diestro y siniestro, en público y en privado. Porque este fue el primer síntoma. Lo achacaron a que todo el mundo se había puesto a comer fabada asturiana después de que un experimento científico concluyera que era mucho mejor que la dieta mediterránea. Esto cayó por su propio peso cuando un número estadístico relevante de contagiados no habían probado la fabada asturiana y seguían con sus estrambóticas dietas para adelgazar.

Solo con el tiempo los gobiernos empezaron a preocuparse. Al fin y al cabo que todo el mundo ventoseara, en público y en privado, solo ocasionaba una vergüenza ruborosa. No había muertos, los hospitales no colapsaban, como mucho en algunos casos concretos y estadísticamente irrelevantes, uno por millón, al ataque ventoso se unía una diarrea explosiva de no te menees que obligaba al internamiento del paciente, pero como les hidrataban muy bien y les cortaban las terribles diarreas con medicamentos ya existentes en el mercado, no pareció suficiente para decretar una emergencia planetaria con toques de queda, de alarma, declaraciones de estados de sitio y toda la parafernalia. Al principio costó adaptarse a los nuevos tiempos, a la nueva normalidad, no era fácil ver telediarios entre toques de saxofón sincopados, por emplear una metáfora que me permita seguir hablando de algo tan repugnante sin sufrir una censura inquisitorial. Los no contagiados se tronchaban de la risa y algunos sufrieron colapsos histéricos que obligaron a ser internados de inmediato. Esto comenzaba a ser preocupante.

Costó asumir la nueva normalidad. Telediarios trompeteros, transmisiones deportivas con orquesta de viento, conversaciones políticamente correctas que terminaban a la greña porque alguien no había podido controlar el viento huracanado que soplaba en su vientre, tertulianos que aprendieron a responderse más con código morse a volumen sensoround que con las clásicas interrupciones, políticos que discurseaban intentando subir el tono más que sus enemigos políticos e ideológicos. Todo aquello tenía mala pinta, muy mala pinta. Hubo quien comenzó a hablar de un apocalipsis ventoso que acabarían con toda la humanidad, si no hoy, seguro que mañana. Esa era la próxima pandemia, que todo el mundo había profetizado. Al menos, pensaban algunos, no hay muertos, y lo que no mata engorda, sin darse cuenta de que todo el mundo estaba adelgazando a marchas forzadas, porque procuraban comer lo menos posible, o más bien nada, para evitar que fermentaran gases donde quiera que se produjera la fermentación, estómago, intestino, donde fuera. Algunos no lo sabían y yo tampoco. Solo que en mi caso, como vivía solo, aislado, en plena naturaleza, lejos de todo mundanal ruido continué comiendo como de costumbre, mucho. Aprendí a tocar el saxofón, canciones incluso líricas, me divertía, lo pasaba en grande. El problema es que no podía dormir, sufrí de insomnio, como toda la población pero elevado a la enésima potencia. Eso ya era un serio problema, pero el mayor de los problemas fue que todos mis adorables gatitos, a los que tanto quería y tanto me querían, salían disparados, completamente aterrorizados ante semejante tormenta que no habían visto nunca en sus cortas vidas.  Los animales no sufrían el contagio del virus apocalíptico, ni fueron culpados por un virus biológico escapado de un laboratorio de guerra bacteriológica… digo virológica, digo biológica, digo… Estoy harto de decir contra mi voluntad.  El caso es que tuve que ponerme a dieta, aún más, dejé de comer, porque mis gatitos eran lo primero. Les continué dando su comidita rica pero yo no comía, nada de nada. Adelgacé tanto que tuve que comprar tirantes para que no se me cayeran los pantalones, y otros, interiores, para que no se me cayeran los calzoncillos. Eso era bueno, muy bueno, por primera vez estaba delgado, muy por debajo del peso normal para mi estatura, baja. Estaba tan guapo que hasta podría ligar si me lo proponía, algo que no había conseguido en toda mi vida. Lo malo es que eso también estaba desapareciendo, nadie intentaba ligar porque hasta el momento no se había conseguido acompasar los diferentes instrumentos para crear duetos clásicos, ni orquestas sinfónicas, ni nada de nada. No se ligaba, el sexo desapareció. El amor también hubiera desaparecido si antes hubiera existido sobre la faz de este planeta de nuestros pecados. A nadie le preocupó la desaparición del amor, pero sí la del sexo. Ya no habría placer, la humanidad desaparecería porque no se harían más niños. Se intentó en laboratorio, sin embargo nadie quería donar esperma ni óvulos, nadie estaba de humor para semejantes tonterías. El carácter se agrió, las risas se convirtieron en lágrimas. La gente está saliendo a las calles, con sus músicas trompeteras y clamando por justicia para los culpables. ¿Pero quiénes son los culpables? Todos, todos sin excepción, solo que algunos más que otros y otros muchísimo más que algunos.

Yo mismo, temiendo morir y dejar indefensos a mis adorables gatitos, tomé la decisión de salir a la calle con una pancarta en la que me reconocía como Slictik, el malucho e ignorado escritor que había anticipado la próxima pandemia en un relato titulado “Apocalipsis ventoso”. La pancarta era enorme porque en ella había escrito un manifiesto sobre el amor y sobre cómo la humanidad podría salir de este bache si hiciera esto y lo otro y lo de más allá. Siempre he sido un escritor muy prolífico. Tras de mí y la pancarta todos mis gatitos y los que se fueron uniendo en los pueblos que atravesaba, a paso tortuga, por supuesto, maullaban lastimeramente, no porque tuvieran hambre, porque tras de mí llevaba mi coche cargado de pienso y comidita rica para gatitos. Como no me quedaba para gasolina, me até los cinturones de cuero que no utilizaba a la cintura, ya tan magra que daba pena. Menos mal que mi pueblo está muy alto y de momento todo es cuesta abajo. Nadie me creyó, todos se burlaron de mí, me despreciaron como el escritor ignorado y malucho que soy. No creyeron que fuera vidente ni profeta ni nada. A grandes voces clamaba que podía demostrar que mi relato era anterior a la pandemia ventosa. Se rieron con más ganas, las fechas se pueden manipular en Internet, todo se puede manipular en el mundo virtual.

No me importa, seguiré clamando en el desierto.  Al menos algo bueno ha tenido esta pandemia. No sé si fue debido a la programación del genetista más tonto que el que asó la manteca, que trabajaba en un laboratorio de guerra biológica para alguna gran potencia o a una extraña y milagrosa mutación, lo importante es que todos los psicópatas, sociópatas, asesinos en serie, asesinos de niños del mundo fueron reconocidos por el silbido de serpiente de sus ventosidades. Algunos se arrojaron al mar, con las piedras de molino que encontraron, pocas, para cumplir con la maldición evangélica sobre los que escandalizaren a los pequeñuelos, mucho más si los matan. El resto fue encerrado en estrechas celdas donde sus ventosidades de silbidos de serpiente rebotaban en las paredes y regresaban a ellos una y otra vez.

Esto es un infierno, me tiemblan las piernas y he decidido castigarme con un látigo de piel de serpiente por haber comido tanto en esta vida. Pero a pesar de ello sigo mi cruzada profética. De vez en cuando descanso y todos los gatos vienen a mí, les acaricio, les beso en sus cabecitas angelicales y les doy su comidita rica. Yo también como algo para sobrevivir y continuar con la cruzada y no dejar huérfanos a mis gatitos. No me importa volverme trompetero, porque las trompetas del apocalipsis pueden ser también las trompetas del amor que se acerca tocando y cantando la novena sinfonía de Beethoven. Que así sea.

 

 

                   

viernes, 23 de abril de 2021

EL GATO QUE HABLA









Ya había visto de todo en los vídeos virales sobre animales: un gato que parecía decir me ahogo mientras su estúpido dueño hacía como que le iba a ahogar en una piscina; otro gato que había aprendido a abrir la puerta de su casa para invitar a sus amigos, otros gatitos; un perro que tocaba el piano y montones de animales hablando como los humanos en estúpidas películas. Por eso no me preocupó demasiado que alguno de mis contactos más queridos de wasap, a quienes había enviado el vídeo de mi gato hablando como los humanos, en español, tuviera la desfachatez de subir el vídeo a youtube sin decirme nada. Pensé que no ocurriría nada. A mí también me habían mandado un vídeo en el que un gato hacía una especie de chiste sobre la pandemia hablando con la voz de un niño, claramente editada.

Las cosas más extrañas ocurren de la forma más simple. Mi relación con Zapi, como se llama mi gato, no fue fácil porque yo era un mascotero primerizo y porque los gatos son muy suyos, necesitan mucho, mucho tiempo, para coger confianza con un humano, lo que no significa que ya sean amigos de todos los humanos. Los gatos piensan, y con toda la razón del mundo, que no todos los humanos son iguales y si yo le demuestro que soy digno de confianza, los demás humanos tendrán que hacer lo mismo o no son aceptados. Pasados muchos meses durante los cuales le di de comer todos los días, dejé que entrara y saliera de mi casa, ahora la suya, le acaricié cuando él quería y no cuando a mí me apetecía, que durmiera en mi cama, ahora la suya, si le apetecía y si no, no, comencé a hablarle como si me entendiera, lo que era cierto, al menos en lo que a él le interesaba. Cuando estábamos juntos dejaba de ver la televisión o de leer para hablarle de todo un poco. Dicen que los gatos solo maúllan con los humanos, porque entre ellos no lo necesitan, se dan besitos en los morros, transmitiéndose todo lo necesario con sus bigotes y cuando necesitan un informe más detallado se huelen el culete. Mi gato comenzó a hablar conmigo en el lenguaje gatuno. Yo entendía lo básico, quiero comer, ábreme la puerta, gracias por la comidita rica que me has dado hoy…Me sorprendió mucho que en un momento determinado iniciara lo que yo llamaría la transición al lenguaje humano. Imitaba la cadencia de mi voz, sus maullidos se convirtieron en un lenguaje casi humano, salvo porque en lugar de palabras utilizaba sus sonidos gatunos. Con el tiempo observé que alguno de sus maullidos era casi una palabra humana. Le preguntaba si estaba bien y él me respondía bien, era inconfundible, en gatuno pero inconfundible. Sin darnos cuenta los dos llegamos a una comunicación básicamente humana con sonidos gatunos y en castellano. Muchos se sorprenden de que los animales no hablen. Craso error, hablan, solo que en su propio idioma. Nadie le diría a un ruso que no es inteligente porque hable en ruso y nosotros no lo entendamos, o a cualquier otro habitante del planeta porque se exprese en un idioma que no es el nuestro. Lo mismo pasa con los animales, hablan en su propio idioma y porque no lo entendamos no significa que no sean inteligentes. Con un ruso, por ejemplo, haríamos gestos para indicarle que tenemos hambre o que nos regale una botella de vodka, luego pasaríamos a imitar sus palabras rusas más comunes, como … sí esa palabra que significa a tu salud o algo parecido y que ahora no recuerdo, aunque la tengo en la punta de la lengua.

Así comenzamos a entendernos, hasta que un día me quedé pasmado cuando mi gato dijo dos o tres palabras humanas en lenguaje gatuno. No tenía a mano el móvil y no pude grabarle, pero en la siguiente ocasión sí que lo estuve y le grabé. Entusiasmado por los progresos de mi nene, envié la grabación a todos mis contactos y esto fue el fin del principio y el principio del fin. Alguien, no sé quién, lo subió a youtube, el vídeo se hizo viral y aquella fue la revolución gatuna y animal. Todos los dueños de mascotas les hablaron a las suyas, no como hacían siempre, como si fueran tontas y nunca serían capaces de aprender nada, sino como se habla a un bebé, que tiene que aprender pero que lo hará, solo hay que darle tiempo. Cuando un terror extraño, a que descubrieran que el gato era mío e intentaran robarlo o matarlo o hacer conmigo otro tanto, se apoderó de mí, me refugié en casa con Zapi y a cada minuto me informaba de lo que estaba pasando. No pasó nada, bueno al menos a mi gato y a mí, porque lo que es pasar, pasó de todo. Muchos otros animales aprendieron a hablar humano básico y sus grabaciones acapararon youtube. Los animalistas difundieron un manifiesto sobre los derechos de los animales, con el que todos los animales estuvieron de acuerdo y la mayoría de los humanos, aunque algunos no, los más retrógrados y salvajes. Se decidió que se dejaría de matar y comer a cualquier animal y se les trataría como las personitas inteligentes que eran, necesitadas de nuestra ayuda y cariño. Eso produjo una revolución en la alimentación, que ya se había iniciado con las hamburguesas veganas y los experimentos en laboratorios para lograr carne artificial. La alimentación humana cambió radicalmente, pero a los animales no se les convenció tan fácilmente, despreciaban la carne artificial, hasta mi gato prefería comerse un ratoncillo que pienso imitando la carne o el pescado. Pero con el tiempo todos comprendieron que si no querían matar a sus semejantes deberían aceptar la nueva alimentación. Y todos la aceptaron, exceptuando a los irracionales de siempre. Desaparecieron todos los cazadores, excepto algunos furtivos. Desparecieron los toros y las peleas de gallos y todas esas bestialidades. Cuando mi amigo, el difundidor del vídeo, confesó la verdad y dio mi nombre, ya era tarde, gracias a Dios, no interesé a nadie y me quedé tranquilamente en casita, hablando con Zapi y con los animales que pasaban por aquí. Sin poder evitarlo mi casa se hizo un lugar de peregrinación para todos los animales. No me llegó la pensión para alimentarlos a todos y tuve que pedir ayuda por Internet. Ahora soy feliz hablando con cualquier animal que quiera hablar conmigo y nadie me llama loco porque todos hacen lo mismo. Y colorín colorado, este cuento moralista se ha terminado.