El
anciano, ahora dijo llamarse Pablo, se levantó y sacando un papel arrugado de
un bolsillo interior de su poncho, me lo tendió, no sin antes intentar alisarlo
sobre la mesa. Era un cheque de un conocido trust bancario que seguramente
nunca había tenido sucursal en Río Lobo, ni la tendría nunca. Aquellos ancianos
resultaban sorprendentes.
La
cantidad daba para irnos los tres en avión y aún sobraría para unos refrescos.
Así se lo propuse y ellos lo rechazaron con grandes aspavientos.
-Es
su sueldo por el trabajo. Nosotros no podemos irnos en avión. nos dan mucho
miedo esos aparatos.
No
me convencieron. Una vez tomada la decisión mejor era tirarse de cabeza al
fregado que tener tiempo para pensarlo. Solo tenía una duda. ¿Qué hacer con
ellos mientras yo preparaba la
maleta? Llevarlos a mi apartamento era impensable, hasta unos cerdos hubieran
sentido repugnancia de entrar allí. ¿Cómo dejarles solos en el despacho? ¿Y si
algún ricachón venía con un descomunal cheque mientras yo estaba fuera y se
encontraba con aquellas viejas momias? Lo descarté enseguida, es así como
sucede en las películas.
Les
dije que esperaran y que no abrieran a nadie, puse el letrero de cerrado por
vacaciones, que había encargado con vistas a la jubilación y tranqué por fuera.
Cuando volví con una pequeña maleta los ancianos seguían en la misma posición.
Juraría que no se habían movido.
*
* *
Fue
un largo viaje en avión. Los ancianos a mi lado no paraban de mirarme y darme
las gracias. Creo que por ocultar el miedo que les producía un mastodonte
volando a gran altura. Con el tiempo se calmaron y yo aproveché para cerrar los
ojos, haciéndome el dormido. Necesitaba reflexionar sobre el berenjenal en el
que me había metido mi maldita fibra sensible. ¿Cómo salir indemne del mal
paso? La solución era sencilla: no descubriendo nada y marchándome de allí
cuanto antes, con cualquier pretexto.
¿Y
los ancianos? No podía hacerles eso después de la odisea que habían vivido. Su
nieta merecía al menos que se supiera el nombre de los culpables, para tener un
rostro al que escupir. Si me metía en honduras qué podía esperar.
La
investigación no sería sencilla. Si la policía no había descubierto nada, sería
difícil que un detective muerto de hambre lograra algo más. Claro que la
policía podía haber sido comprada o haber caído en un silencio cómplice por
algún motivo serio. Tan serio como un ejército de narcotraficantes dispuestos a
horadar tu casa como un queso gruyere, mientras estás durmiendo o gente desde
arriba pasándolo todo por motivos inconfesables o una mafia internacional de
trata de blancas que se cebara en la comarca por algún motivo que la hacía
única. Todo era tan extraño que me hubiera gustado estar ante un expediente X,
enfrentando a una flota de naves extraterrestres o a marcianos deseando
volatilizarme las gónadas. Por desgracia todo parecía ser real y muy real.

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