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domingo, 13 de agosto de 2017

SLIM EL VENGATIVO I



NOTA PREVIA/ Este es un personaje esbozado hace años, cuando el autor sufría una experiencia inolvidable, un acoso o mobbing en el trabajo que le hizo pensar que se estaba transformando en una especie de monstruo vengativo que solo pensaba y vivía para la venganza. Temiendo por mi carácter, que nunca fue bueno, pero que estaba empeorando a ojos vistas, recurrí a mi terapia favorita en estos casos, parodiarme hasta hacerme sangre a fuerza de latigazos y conseguir que todos mis pecaminosos deseos de venganza los llevara a cabo un personaje humorístico, que no era yo, pero como si lo fuera o fuese, visto lo mucho que acabo disfrutando de las “gansadas” surrealistas y esperpénticas que llevan a cabo mis personajes.

El hecho de que mi personaje fuera de raza negra, nacido en Harlem y casi fotocopiado de algunos personajes del gran novelista Chester Himes, uno de mis autores favoritos de novela negra, no me arredró en lo más mínimo. Siempre he creído que yo hubiera sido el mismo, de haber nacido con la piel negra, roja, azul, verde o multicolor y que el hecho de no haber nacido en Harlem no suponía ningún hándicap para mí, puesto que nunca me sentí de parte alguna y sí de todas partes, como si en cada país, en cada rincón de cada país hubiera un clon mío, fabricado por el profesor Cabezaprivilegiada, el único científico loco del planeta capaz de hacer cualquier cosa y quedarse tan “pancho” como si no creyera en nada, cuando él es un fervoroso creyente de una iglesia protestante que ahora no recuerdo cuál es.

Una vez esbozado comenzó a dormir el sueño de los justos, como la mayoría de mis personajes, hasta que fue resucitado para participar en el Hotel de los líos o disparates junto con un entretenido compañero sacado de la famosa película Casablanca, Sam, tócala otra vez Sam, como así se llamaba, fue el inseparable compañero de Slim, que ponía música a todas sus andanzas. Y así esta divertida pareja trotó un poco, no demasiado, por el Hotel de los líos, hasta que regresó a su consabida hibernación a la espera de tiempos mejores.

Estos tiempos han vuelto, ahora que me dedico, en horas y días perdidos, a recuperar todos mis personajes y ver qué se puede hacer con ellos, aparte de programarlos para que me den de latigazos cuando me duerma demasiado o me lo merezca por mi cinismo connatural, inerradicable y bastante divertido, todo sea dicho. Me temo que tendré que ir reformando todo lo manuscrito hasta el momento, porque la inserción de Sam fue posterior al esbozo y al manuscrito original, lo que me obliga a utilizar un “deus ex machina” para introducirle en la vida de Slim, el vengativo, junto con su famoso piano, razón por la que tendré que llamar a una grúa, de otra forma no veo cómo hacerlo caer del cielo sin que se rompa el piano, la cabeza de Sam y todo lo que pille por el camino antes de tocar suelo.

Mi fervor por Chester Himes seguro que me puede traer serios quebraderos de cabeza, porque el humor “negro” (fuera bromas), llevado a cabo por un blanco, aunque tenga el corazón negro, como es mi caso, puede herir ciertas susceptibilidades que no se sentirían heridas si yo hubiera nacido con la piel de otro color que no fuera este blanco lechoso que nunca he conseguido cambiar, entre otras cosas porque odio el sol. Quiero dejar bien claro que el humor se atreve con todo, aunque si no es generoso y humano, puede llegar a ser peor que un veneno, administrado subrepticiamente, es decir una auténtica mierda. Al menor síntoma de racismo me haré tratar por el doctor Carlo Sun, discípulo de Jung, porque nunca he soportado el racismo y la xenofobia, de hecho nunca me he sentido a gusto con el color de mi piel, con mi cuerpo, con mis manos, cabeza y resto de apéndices, e incluso con mi alma, yo debí haber sido otro, pero como soy el que soy, apechugaré con ello y no dejaré que el odio que me tengo se trasluzca demasiado.

     




    
         SLIM EL VENGATIVO

NARRADO POR UN LECTOR DE CHESTER HIMES, A QUIEN SE LE FUE LA OLLA Y A SABER DÓNDE ESTARÁN COCIENDO GARBANZOS, ÉL Y SU OLLA

Harlem, señoras y señores, señoritos, mileidis, y señoraes (palabra que propongo para designar a todos, “ñoras y ñores”…en Harlem el plato de la venganza se sirve caliente, no se deja enfriar nunca.

¡Cómo pudo haber nacido aquí Slim, llamado desde que fuera destetado y mordiera a su madre, Slim el vengativo! ¡Cómo pudo un hombre tan frío como el invierno de N.Y. y tan vengativo como Shylock, tan paciente como un testigo de Jehová ante la puerta de un alma pecadora o haciendo cola para pertenecer al grupo de los elegidos, los 120.000 que serán salvos en el día del Juicio final, haber nacido en un barrio tan caliente, donde la venganza no llega a la boca, porque alguien la arrebata a medio camino y se la lanza al primer viandante!

La vida está llena de misterios y uno de ellos, el más inextricable, es la razón por la que obligaron a Slim a asomar su pepinuda cabeza en pleno centro de Harlem. Otro es cómo pudo papá Gooding, el Gordo y lujurioso Gooding, el drogota Gooding, inseminar a mamá Lucy, la flaca borracha, y salir de semejante ayuntamiento un trozo de hielo como Slim.

Harlem, queridos amigos y enemigos, es conocido en el amplio mundo entre otras cosas por las maravillosas novelas de Chester Himes, también por albergar el Cotton Club (protagonista de la película del mismo nombre) y por algunas cosillas más. Los turistas extranjeros no saben mucho sobre este paraíso donde la venganza se sirve siempre caliente.  Para quienes hemos nacido en Harlem, es ante todo la cloaca donde hay que sobrevivir o morir sin quejarse, sin abrir la boca, no sea que alguien te robe los dientes, y sería justo, puesto que los cadáveres no comen y ya no los necesitan.

Ese fue el error que cometió Slim -¡quejarse!- y nada más nacer. Mientras aquí los niños no lloran al recibir el primer azote en el trasero, sino que muerden, Slim se comportó como un niño enclenque, hijo de papá Rockefeller y mamá Bolsa, y lloró desesperadamente pidiendo la “teta” de mamá, sin darse cuenta de que estaba muy ocupada dándole a la botella. Y se empecinó en el error al continuar llorando, pidiendo la ayuda de papá Gooding, sin ser consciente de que su progenitor estaba intentando una estafa con la que lograr unos pocos dólares con los que comprarse su dosis de crack y después un coño ardiente con el que olvidar la amargura de haber nacido en Harlem.

Como papá Gooding no ha conseguido llevar a buen término la estafa, largo tiempo planeada, con el ciego de la esquina (éste ha salido corriendo tras él a tiro limpio, ¡un ciego con una pistola!) se ha visto obligado a ofrecerse a Jimmy Death, el jefe de la pandilla que controla la droga en las cuatro esquinas de la manzana. Sí, porque en cada manzana hay una pandilla distinta. Aparte de Jimmy Muerte están… Mejor lo dejamos para otra ocasión. Eso nos llevaría mucho tiempo.

Unos nacen con buena estrella y otros estrellados y hay quien nace en Harlem. La vida es así de injusta y de puta… Como Annabela, que le cobraba hasta al “consolador” con el que se lo hacía cuando escaseaban los clientes. A Slim la vida le cobró por atravesar la puerta que da acceso al útero materno.  Y es una deuda que Slim no pudo pagar nunca. Los cobradores de la vida siempre le persiguieron, intentando que pagara la ingente cantidad, aunque fuera a plazos, pero Slim es mucho Slim, nunca pagó, así le arrancaran las muelas.

Por suerte todos los niños tienen un ángel, que solo les abandona cuando dejan de ser niños y se convierten en adultos, es decir, en demonios. Aunque Slim nunca se consideró un niño, jamás, es posible que su corazón fuera de niño algún tiempo más de lo que uno puede seguir conservando la niñez en Harlem, porque un verdadero ángel apareció en la vida de Slim para endulzarla con su maravillosa música. Tenía que ser también de raza negra, como somos todos en Harlem, y tenía que llamarse Sam, con su piano a cuestas, que nunca lo aparcó en parte alguna y siempre lo defendió con arma blanca o pistola contra quien intentara apoderarse de sus alas, es decir de sus teclas, blancas y negras, como las de todo piano. Tanto enamoró y dulcificó su música el carácter de Slim, que éste, en reconocimiento eterno comenzó a llamar a Sam con el bonito nombre de Sam, tócala otra vez, Sam. Y de esta forma quedó bautizado para la posteridad. Pero como aún queda un poco de tiempo para que Sam y su piano caigan sobre la cabeza de Slim desde un piso alto de un edificio de Harlem –se salvó porque Sam era un ángel y midió bien la caída- dejaremos aquí anotada esta circunstancia y seguiremos con la historia que teníamos ya esbozada.





lunes, 31 de julio de 2017

BIOGRAFÍA DE UN BUDA I

NOTA PREVIA/ Cuando emprendí la agradable tarea de escribir una serie de relatos de tema esotérico, me encontré de buenas a primeras con un personaje tan cínico como divertido que se acabaría convirtiendo en el narrador, la voz, el hilo conductor de la mayoría de mis relatos esotéricos. Se trata del Verdugo del karma, que además de su papel en su propia historia, fue apareciendo de una u otra manera en otros muchos relatos en los que no venía a cuento. Este es uno de ellos, del que ni me acordaba y que he encontrado por casualidad en la libreta 21. Al parecer el verdugo del karma hace aquí de bibliotecario en la gran biblioteca de los archivos akásicos, ha debido de ser un ascenso del que ni yo mismo me había enterado. Durante la etapa de mi fiebre por los relatos esotéricos esbocé tantos que no me acuerdo de la mayoría y seguramente iré encontrando alguno más conforme revise mis manuscritos en libretas y cuadernos. Todos ellos están tratados con humor o al menos tienen un corte humorístico que es su sello particular y que me permitió abordar temas muy serios y hasta terroríficos con una desenvoltura y un desparpajo que ahora, muchos años después, me obligan a intentar recordar cómo era yo entonces y cómo se me pudieron ocurrir estas delirantes historias. En este caso el esbozo que aún conservo no me parece de mucha calidad ni muy prometedor, pero como siempre quise escribir una historia humorística de un buda, lo mismo que hice con la vida de un lama, a través de Milarepa, o la de un gurú muy peculiar en "El rastro del marrano" o del superhéroe Espiritualín y tantos otros que intentan contarnos cómo es el mundo espiritual en el que la mayoría de nuestros contemporáneos no cree ni creerá nunca, porque donde esté lo material que se quite todo, la pela es la pela. A pesar del cinismo que destilan la mayoría de estos relatos, auténticas parodias delirantes, observo que se parodia mucho más el mundo material que el espiritual que acaba resaltando y brillando en contraste con el ridículo patetismo de la vida en el mundo material. Espero encontrar más apuntes sobre esta historia en otras libretas, porque la verdad es que no me acuerdo muy bien de qué pretendía con este relato, ni por dónde iban los tiros. Con la jubilación ahora tengo tiempo para pensar y elucubrar. Seguro que se me ocurrirá algo.




                      BIOGRAFÍA DE UN BUDA

 NARRADO POR ÉL MISMO


La biblioteca de los archivos akásicos es casi infinita. Cada planeta habitado por seres inteligentes creen ser únicos en el Cosmos. Cuando vienen en sueños o una vez fallecidos y adaptados a la nueva vida deciden adquirir toda clase de conocimientos sobre el universo y sus habitantes acostumbran a dirigirse a la plantilla de bibliotecarios existentes en la primera oficina a la izquierda, según se toma el pasillo central, una vez dejado el vestíbulo.

Allí son atendidos con esmero y guiados hasta el estante donde se encuentra el libro elegido. No obstante la mayoría de estos funcionarios están hartos de recorrer pasillos buscando libros para mentes estúpidas que creen que por el simple hecho de estar muertos pueden saberlo todo, encontrar todas las respuestas a las preguntas que se hicieron en vida. Los durmientes son aún peores. Creen que por el hecho de estar dormidos, el subconsciente  como lo llaman ellos, les solucionará todos sus problemas. Se plantan en las oficinas de bibliotecarios y con malas maneras quieren que el bibliotecario de turno le busque "ipso facto" el libro donde  está escrita la solución a su problema. Tengo prisa porque quiero soñar con otras cosas menos prácticas y más divertidas. Gritan con rostro desencajado, con una desvergüenza que clama al cielo.

Entonces suelen llamarme a mí, el verdugo del karma sin nombre, al que ya conocen de otros episodios de este culebrón. Si estoy libre me escapo y les echo una mano. Me encanta buscar libros para muertos o durmientes y charlar con ellos sobre todo lo divino y lo humano.



Muchos se ponen de malhumor porque quieren que encuentre su libro rápidamente que se lo entregue y les deje en paz. Pero conmigo no pueden. Les respondo: ¡Ahá, sí! Pues te buscas tú mismo el libro, a ver si lo encuentras en ese siglo, ¡capullo! Si quieres que te lo encuentre yo tendrás que tomártelo con calma y andar de cháchara un buen rato hasta que descubra si me interesa algo de tu vida o no.

Si es muerto le convenzo  y rápido. ¡Vale, tío! No tengo nada mejor que hacer. Pero si es durmiente se pone insoportable. Que si esta es una noche perdida. ¡Con lo feliz que se las prometía metiendo mano en sueños a  esa nueva cantante de moda que está tan buena!

Los durmientes no saben que sus fantasías conscientes intentan hacerse realidad en sueños.  Así quien se imagina acostándose con la tía buena que presenta ahora el telediario segunda edición en la cadena 10, acabará por intentarlo en sueños. Que lo consiga o no ese es otro cantar.

Los durmientes suelen ser insoportables, siempre con prisa, lujuriosos o trágicos que quieren pasarse la noche practicando sexo o comiendo como tragones. No te hacen el menor caso, cuando no les interesa y luego se disculpa diciendo que están soñando y en sueños uno no se entera de nada. Vamos, que no controlan. Pero bien que recuerdan los sueños que les interesa recordar y borran de su memoria consciente todo el daño que hacen. Los vivos en estado consciente hablan de magia negra cuando en realidad ellos saben muy bien las andanzas que se traen en sueños. No hablo de recordar reencarnaciones pasadas que eso es un tema serio controlado por los dioses del karma, aunque recordar sueños está a su alcance.

Pero me estoy desviando del asunto. Mis colegas, somos muchos los verdugos del karma, me conocen porque me gusta mucho la cháchara insustancial o no, hablar con todo el mundo, muertos o durmientes, humanos o dioses, funcionarios akásicos o mensajeros de las grandes alturas evolutivas. Si aquí hubiera géneros, quiero decir mujeres, me gustaría más hablar con ellos que con los demás (en mi última reencarnación hice de hombre y no paraba de correr tras las faldas, la historia no había inventado aún el pantalón femenino- fui un bicho malo, lo reconozco) pero como en el más allá no tenemos cuerpos físicos y no se puede hablar de sexo reproductivo (la homosexualidad no está mal vista aquí) nos limitamos a intercambiar cháchara o lo que sea con quien está a nuestro alcance y se deja.

Bueno, en fin, la cuestión es que una noche- para ellos aquí no hay noche-llegó, en sueños, aunque él se creía muerto un gordito y obeso en palabras más técnica, que buscaba como un desesperado una biografía de un buda.

Aprovechando que estoy muerto (debió de ser una pesadilla horrible) quiero transformarme en  buda y dejar esta mierda de reencarnación en la que ni siquiera bailo con la más fea, no ligo (seducir mujeres para las no avisados) nada; siempre soy pobre, nunca me toca la lotería, las desgracias se enlazan unas con otras como ristras de chorizos y, esto yo es el colmo, los dioses del karma me dicen que no aprendo las lecciones, que evoluciono menos que una hormiga sobre una hoja de parra en mitad del océano.

Y se puso a llorar como un bebé hambriento de pecho materno a las tres de la madrugada. Total que los  bibliotecarios me llamaron a mi verdugo-bombero, y allí acudí como una flecha sin cuerpo.

El gordito me cayó simpático a primera vista ( por si no lo saben los durmientes vienen aquí con el cordón astral unido a su cuerpo físico por lo que  uno ve sin problemas el cuerpo físico que le ha tocado en rifa a cada durmiente. A éste pobre desgraciado le había tocado uno muy malo (o tal vez fuera uno regular y él lo hizo peor). Gordo, seboso, barrigón, feo de cara, ancho de culo ventoseante, corto de piernas flacas, ancho de hombros, cabezón, orejudo, narigudo. No tenía nada bueno, ni el alma, que había adoptado la forma de un ectoplasma seboso, con rasgos monstruosos, donde podía verse con claridad el miedo que le apretaba el culo.

A pesar de ello, y de sus llantos y expresiones violentas y súplicas y pataletas, me cayó bien. ¡Vaya un gordito simpático! Y me dispuse a hilvanar la hebra.

-No llore usted, alma cándida. Que aquí estoy yo, su humilde verdugo del karma, para servirle en lo que necesite. Por cierto. ¿Qué necesita usted?

Se calmó como pudo y me dijo que llevaba muy mal lo de estar muerto y tener que reencarnarse otra vez. No quiso deshacer su error porque pensaba divertirse mucho con aquel simpático gordito. Lo sé, soy malo, muy malo, pero no se lo digan a mis superiores, los dioses del karma, Porfi.

Vaya, no era muy difícil satisfacer su deseo, Las biografías de los budas están a la entrada de la biblioteca en el primer estante a mano derecha y pone en letras muy grandes. “Biografías de Buda”. Pero el gordito no se enteró de nada. En sueños son tan espesos que hay que repetirles un millón de veces las cosas y aún así al despertar ni se acuerdan.

Bien, bien, vayamos por aquí a ver si encuentro el libro que usted necesita.

Y le conduje por un pasillo  a mano izquierda, tan largo que se podía ver el infinito al final. Mira que soy malo. El largo viaje circular (le hice dar una buena vuelta para regresar al principio) me permitió conocer bien al gordito simpático y llorón. El mantenerlo en la creencia de que estaba muerto le hizo tan maleable en mis manos como barro tierno en la palma del alfarero. Me bastaba con hacerle creer que yo era un dios del karma que podía decidir su próxima reencarnación, para que respondiera a todos mis preguntas, incluso las más íntimas. ¿Había estado casado alguna vez?- No. ¿Pero se habría acostado con mujeres, aunque fueran putas? Sí, eso sí. Pues cuéntame hasta los detalles más íntimos. Y me los contaba. ¿Te gusta mucho comer, gordito simpático? –Mucho. ¿Qué platos son tus preferidos? Y me detallaba con arroz y garbanzos hasta hacerme la boca agua, metafóricamente hablando.

Así me fui divirtiendo todo lo que quise hasta que decidí ponerme serio e interrogar al gordito sobre su vida, lo que él creía su muerte y sus planes de futuro. Se desmoronó y se echó a llorar como alma en pena. Su vida pasada había sido una mierda, su vida futura lo sería igualmente y a pesar que su muerte esta vez fue agradable ( ni se enteró de que estaba muerto) no quería volver a reencarnarse ni atado de pies y manos. Prefería transformarse en un Buda imperturbable y olvidarse de  sufrir más penas para siempre. Deseaba conocer más detalles Pero el gordito necesitaba urgentemente la biografía del Buda para calmarse. Decidí dejarme de circunloquios. Ya tendría tiempo de volver a charlar y le llevé en línea recta al estante correspondiente, alargué la mano y le tendí el libro en cuyo lomo, luminoso, podía leerse: “Biografía de un buda… por él mismo”.

Le indiqué una mesa donde podría apoyar el libro mientras su orondo trasero se encajaba en una silla. Abrió el libro por la primera página y pude leer sobre su hombre.

“A pesar de no recordar mis anteriores reencarnaciones estaba saturado de la condición humana. Estaba dispuesto a probar la condición divina, incluso la animal, mediante una transmigración en fiera o incluso en colibrí. Pero otra vez humano, no, por todos los santos, dioses y demonios. Me sentía tan amargado, tan desesperado, que mis pensamientos oscilaban entre un suicidio rápido y convertirme en asesino en serie. Fue entonces cuando una luz me deslumbró, como a Saulo en el camino de Damasco, y caí en el asfalto.

Transfigurado en un hombre nuevo. Al volver  en mi descubrí que la luz no era divina sino la de una farola que alejaba la noche del escaparate de una librería en cuyo centro el título de un toro enorme había llamado la atención de mi mirada. El libro se titulaba Budismo tibetano y era un mamotreto digno de un erudito con cien años por  delante para leerlo página a página. Yo había decidido comprarlo el día siguiente,  costase lo que costase, y a través de su  lectura alcanzar la liberación. Esa idea fue la que me arrojó al asfalto de donde me levanté tambaleándome como un borracho. Decidí emborracharme aquella noche para olvidar la experiencia. Pero no lo conseguí, al despertarme al día siguiente, con una horrible resaca, abjure definitivamente de la condición humana. En cuanto pude levantarme me duché con agua fría y salí de estampida hacia la librería donde había visto mi salvación, temeroso de que alguien pudiera arrebatarme lo que suponía era un ejemplar único. Nadie había preguntado por él. Allí  seguía en el centro del escaparate ahuyentando lectores. Pregunté el precio al librero. Para mi sorpresa era tan bajo como un libro de bolsillo y eso que para llevármelo necesito su ayuda y un taxi a la puerta. El librero me explicó que llevaba años deseando desprenderse de aquel monstruo que ahuyentaba más clientes que los precios pero no podía hacerlo porque su mujer la escaparatista de la brillante idea, le había prohibido deshacerse de él sino era en venta comprobable en factura y dirección del cliente. El tuvo que poner el 90% del precio pero todo lo daba  por bien gastado con tal de deshacerse de aquel peso muerto en su negocio.


No importa la razón por la que uno hace o deja de hacer algo, lo que importaría son las consecuencias de las propias decisiones.

lunes, 10 de julio de 2017

LEOPOLDINO, UN FILÓLOGO MUY FINO





NOTA PREVIA/ Cuando ya hace muchos años comencé a esbozar personajes humorísticos se me ocurrieron tal cantidad de ideas y de historias que me vi obligado a priorizar, centrándome en los personajes que más me atraían y que podían dar más juego, limitándome a esbozar, a vuela pluma, el resto. Así me voy encontrando ahora, jubilado y con mucho tiempo, con multitud de esbozos que había realizado de cualquier  manera en libretas, cuadernos o donde se terciara. 

      Para organizarme un poco he ido haciendo índices a lo largo de los años, de personajes, de relatos, de ideas, con el fin de poder buscar rápidamente un esbozo o un personaje cuando lo necesitara. Dado el caos en el que he vivido todos estos años, no solo como escritor, también como persona, me ha resultado muy difícil poner un poco de orden en mis escritos, interrumpidos cuando se me ocurría otra idea mejor o más novedosa y proseguidos en libretas o cuadernos distintos, cuando se me ocurría reanudar un viejo relato o esbozo. A pesar del tiempo que me ha consumido la realización de índices, éstos son incompletos y muchos de ellos interrumpidos, no encontrados en su momento por lo que comencé otro y así sucesivamente. Es por eso que este personaje ha permanecido perdido y sin trabajar casi desde su esbozo, al comienzo de mi fiebre humorística, hace ya tantos años que ni me acuerdo. 

Lo que si recuerdo es mi interés, en aquel momento, por parodiar y burlarme un poco del academicismo estilístico, de esa furia por mantener la forma, la gramática, el lenguaje, en un estado prístino, puro, casi impoluto, una especie de tabla de la ley, no de los diez mandamientos, porque aquí hay miles y miles de mandamientos que solo los eruditos más fogosos y pacientes pueden llegar a memorizar. Creo recordar haber escuchado a García Marquez o haberle leído o leído a alguien que hablaba de él (como mi memoria es tan poco literal nunca se me quedan esos datos) en el sentido de que propugnaba una gramática más sencilla y llana, olvidándose de si algo se escribe con "h" o sin "h", entre otras cosas, lo que no va a parte alguna que yo sepa. Mis dificultades con la gramática y el estilo hicieron que me sumara rápidamente a esta propuesta y así se me ocurrió esbozar este personaje, un ácrata del lenguaje, aunque no recordaba muy bien si el ácrata era él o el compañero narrador, dada la constante contradicción y polémica entre mis personajes humorísticos y sus narradores. 
 Retomo el personaje y la historia con mucho interés, dadas las transformaciones de todo tipo que sufre nuestro idioma en estos tiempos, con anglicismos constantes y a veces sin el menor sentido, con su dificultad para adaptarse a los tiempos modernos de la igualdad de género, el cambio de género y tantas transformaciones tecnológicas y sociales que nos asaltan constántemente, convirtiendo nuestra vida en una vorágine. El esfuerzo de nuestros académicos es muy loable, aunque en muchas ocasiones para mí carece de sentido. Por mi parte propugno un lenguaje popular, de calle, vivo, en permanente transformación, con agudo sentido del humor y de la parodia y tan creativo como sea posible o más. Espero que el personaje no se me haya quedado desfasado y pueda retomar su historia como si fuera ayer.     

                  


           EL SR. LEOPOLDINO, UN FILÓLOGO MUY FINO

 NARRADO POR UN COMPAÑERO, ACADÉMICO DE LA LENGUA, NOVELISTA Y PERSONA UN TANTO CÍNICA, GROSERA Y ANARCOIDE

Ya se lo dije, por activa y por pasiva, a mis compañeros de la “Real” que se lo pensaran dos veces antes de elegir a Leopoldino como ocupante del sillón “H”, dejado vacante por un excelso dramaturgo a quien Dios tenga en su gloria, aunque no me llevara muy bien con él. Lo cortés no quita lo valiente y si él merecía estar a la gloria del Padre no voy a ser yo, mezquino y rencoroso, quien le arrebate ese derecho.

Leopoldino tenía fama de ser un auténtico anarquista del lenguaje, un ácrata de las formas y un experimentador sin tino. Coincidía conmigo en su afición por el lenguaje coloquial, vulgar, la jerga y todo tipo de expresiones que armonizan mal con unos aristócratas del lenguaje y unos marquesones en las maneras como lo son la gran mayoría de académicos. Le tuve simpatía desde que nos conocimos en la presentación de un libro de gramática parda y le he defendido a veces, cuando procedía, pero ciertamente la propuesta que un grupo de académicos hizo de su candidatura para ocupar el sillón vacante me pareció una tomadura de pelo de tintes surrealistas y esperpénticos.

Leopoldino nunca ha tenido el menor tino con sus experimentaciones gramaticales,  con su afición a destruir toda regla, sea la que fuere, y su desdén por el estilo (escupiré al estilo, donde quiera que lo halle, es su frase más conocida).

Quienes piensan que Leopoldino y un “amo” de ustedes (porque nunca he sido ni seré servidor de nadie) deberían hacer buenas migas porque ambos adoramos el lenguaje vulgar o coloquial (he escrito un diccionario de tacos, otro sobre “vocabulario vulgar empleado para referirse al sexo y actos concomitantes”) y despreciamos reglas tan idiotas como la “b” y la “v”, utilizar o no la “h” y otras monsergas semejantes, no me conocen bien ni saben qué número de zapato calza el bueno de Leopoldino. Sería como intentar mezclar agua con aceite y si lo prefieren, pólvora con dinamita, porque pueden estar seguros que si ese grupo de zopencos, zopilotes y rapaces vultúridos, son capaces de elegir a Leopoldino para la academia, el enfrentamiento con este humilde narrador está servido y la explosión dinamitera hará temblar los cimientos de la muy vieja, aristocrática y “tiquis-miquis” Academia de la lengua española y Real por su afición por el equipo que todos sabemos.

La fama de Leopoldino ha corrido medio mundo a lomos Facbook, Twenty y demás canales virtuales de expansión de rumores. La conducta de este hombre, magro de carnes y de neuronas, es totalmente impredecible y su cabezonería y testarudez raya en la incapacidad mental. Es un hueso duro de roer hasta para los viejos perros, de mandíbula experimentada, que se sientan en nuestra ínclita academia. Es un abrelatas fino y afilado, capaz de abrir este bunker de buenas maneras, exquisito lenguaje y mejores pensamientos.

Mientras intento convencer a algunos pardillos de que la candidatura de Leopoldino es una auténtica locura me permito el lujo de narrarles su vida y milagros, puesto que en un tiempo escuché sus confidencias y en otro me documenté para escribir una hagiografía de este santo varón a quien espero Dios tenga en su gloria muy pronto.  Espero que esta historia me sirva, con posterioridad, para redactar un opúsculo incendiario que entregaré a los académicos antes de la votación.

Antes de iniciar la narración de su historia me permitirán que ponga en este frontispicio un párrafo de su conocido primer libro “Lenguaje y estupidez”.

“Encorsetar el lenguaje con normas estrictas es como enjaular al ruiseñor, no digo matar, porque en realidad todo lenguaje encorsetado está ya muerto.  La tristeza que le produce a este ruiseñor muerto y enjaulado estar entre barrotes acaba con su canto. No es posible vivir y crecer entre rejas, ni se canta a gusto con la garganta estrangulada, ni puede uno comunicarse con los demás con la libertad precisa como para lograr entenderse.

“El lenguaje es del pueblo y los aristócratas de la lengua lo usufructan como los políticos el poder, solo por delegación y durante el tiempo preciso para que prueben su incapacidad, luego debe regresar al lugar donde nació y vivió, al pueblo, lo mismo que el poder regresa al pueblo durante las elecciones, y si ellos quieren cometer el error que lo cometan, pero al menos que se les de esa posibilidad.

“Un lenguaje aristócrata y esteticista solo sirve a los aristócratas y esteticistas, no al pueblo, lo mismo que un lenguaje popular sin pulimento y no evolutivo, anquilosado, siempre termina en el muladar de la chabacanería y la degeneración física y psíquica.

“Es preciso que el lenguaje sea libre y flexible, un instrumento en manos de quien quiere comunicarse con otros y no poner barreras a su finca para que solo entren en ellas distinguidos y ricachones hijosdalgo, a saber de qué. Hay quienes se olvidan de que los instrumentos no son nada sin las personas que los manejan y convierten el lenguaje en un totem al que adorar, porque los pobres no tienen otros dioses más satisfactorios…

Creo que con esta muestra ya tienen bastante para ir cosiendo la mortaja a Leopoldino. Ahora permítanme regalarles sus castos oídos, mientras cosen y cosen, con la historia de este pobre hombre que se cree rico porque ha escrito cuatro libros diciendo sandeces.



jueves, 1 de junio de 2017

EL DOCTOR SUN, DISCÍPULO DE JUNG VI



Lo sé, lo sé, sé muy bien que el alcohol me sienta fatal, aunque el escocés es el licor menos malo entre todos los licores que conozco. El mueble-bar del doctorcito está repleto, luego dice que no bebe, que es solo para las visitas y los pacientes que necesitan un pequeño estímulo para romper a hablar. A mí no me engaña, él no sabe que le espío con mucha discreción y me consta que de vez en cuando se arrea un buen lingotazo, especialmente cuando está bajo de ánimo. También me consta que estos bajones anímicos se deben en buena parte a su condición de soltero y solo en la vida. Necesita una mujer a su lado, y no precisamente Rita la portera, una solterona amargada, como suelen llamarlas los machistas. Intento pensar en ella lo menos posible para evitar ataques empáticos. He dejado también de ironizar al respecto con el doctor Sun porque el pobre se pone muy malito, y yo más. Al principio de nuestra convivencia me gustaba mucho sacar el tema porque así podía empatizar con él, disfrutando de sus fantasías. Se le ponía tal cara de bobo que la empatía brotaba en mí sin tener que forzarla lo más mínimo. Confieso, aunque eso nunca se lo he dicho al doctorcito en ninguna sesión, que a veces me gusta empatizar con hombres que se están regodeando con fantasías eróticas, es una de las pocas cosas agradables de mi enfermedad y trato de sacarle provecho. No siempre estoy preparado para una empatía intensa, salvo que sufra uno de mis famosos ataques, y debo utilizar algunas técnicas que yo mismo he inventado, diseñado y perfeccionado para estos casos. Habitualmente la empatía me pilla por sorpresa y casi siempre me ocurre con los peores ejemplares de la especie humana que me rodean y en sus peores momentos. Ya es mala suerte, con la cantidad de cosas agradables que tiene la vida, que mi empatía se dirija a lo peor, a lo malsano. Como me dijo el doctorcito en una ocasión, la cabra tira al monte y a la cabra de la mente le gustan los abismos y precipicios. Según él era un dicho oriental, aunque yo creo que se inventa la mayoría de cosas que me dice, achacándolas a gurús o autoridades de toda laya, porque el pobre tiene la autoestima muy baja y eso me hace sufrir mucho cuando empatizo con él.

Lo dicho, que el alcohol me sienta muy mal, pero no puedo evitar arrearme lingotazos cuando me enfrento a situaciones muy emotivas, y la lectura de mi propia historia clínica es de las peores. Cometí el grave error de servirme una segunda copa y eso fue el acabose, porque mi fantasía se lanza a darse cabezazos contra las paredes, o dicho de otra forma, le pide a la memoria que le traiga un buen surtido de recuerdos, como esas galletas surtidas de los supermercados, y me pongo a comer, picando aquí y allá hasta vomitar. Recordé un episodio ocurrido por la mañana con Rita, otro con un paciente de la tarde, que sufría un trastorno de la personalidad, llamado al parecer Cluster A, del que yo no tenía la menor idea, así que me puse a buscarlo en Internet y como me ocurre siempre que utilizo este veneno psíquico para mí, como lo llama el doctor Sun, sufrí un pequeño ataque empático. Me tiene prohibido utilizar internet, mi ordenador personal no está conectado y el del doctor tiene una contraseña que aún no he logrado descifrar, me vi obligado a utilizar el que Rita tiene en su portería, aprovechando que había salido a hacer algunos recados. Hoy en día hasta las porteras tienen ordenador y todo tipo de artilugios modernos que manejan con especial habilidad para transmitirse los cotilleos vía redes sociales, especialmente lo que llaman twitter, que al parecer viene a significar el piar de los pájaros en inglés, lo que describe bastante bien el bosque virtual repleto de cotilleos, donde cada pajarito o pajarraco pía o grazna como Dios le dio a entender. Dicho esto sin ninguna animadversión hacia esta red social que apenas conozco y que nunca he usado porque como bien dice el doctorcito es puro veneno psíquico para mí, y más aún los cotilleos de las redes sociales que podrían producirme un ataque tras otro hasta llegar al colapso.


Todo esto para decir que utilicé el ordenador de Rita y busqué este trastorno de la personalidad. Que me perdone la doctora Danielle Gerardino, psiquiatra, por haberme apropiado de un breve resumen que encontré en Internet y que transcribo aquí porque de alguna manera tengo que explicar el trastorno que sufría el paciente de esta mañana y que me provocó un ligero ataque, cosa de poco.

Cluster A
Dentro del primer cluster, podemos observar aquellas estructuras de personalidad que tienden a hacer episodios o trastornos psicóticos (ver psicosis). Son personas retraídas, aisladas, desconfiadas, excéntricas y con creencias raras, variando entre estas características de acuerdo al tipo. Este grupo está conformado por:
  • Trastorno paranoide de la personalidad: Son personas desconfiadas en exceso, de pocos amigos, creen que todo aquel que se les acerque lo hace con una intención oculta, viven pendiente de su entorno, no manifiestan información sobre ellos porque creen que puede ser usada en su contra, se les dificulta realizar vínculos afectivos reales siendo solo los familiares en la mayoría de los casos sus únicos allegados. Pueden tener ideas reiterativas relacionadas con robo de sus pertenencias e inclusive no toleran bien los obsequios o favores.
  • Trastorno esquizoide de la personalidad: Se dice que en muchas ocasiones, corresponde a la personalidad más cercana a la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos crónicos. Las personas con este tipo de estructura son muy aisladas y viven sin ningún tipo de interés en las otras personas. Para ellos el mundo puede ser vivido sin la ayuda de nadie más por eso presentan dificultades laborales, vinculares, muy rara vez consiguen pareja e inclusive, buscan trabajos aislados.
  • Trastorno esquizotípico de la personalidad: son raros, excéntricos, tienen creencias muy extrañas y particulares. Su sexualidad tiende a ser ambigua con preferencias poco comunes. También tienden a ser aislados, poco conversadores, con serias dificultades relacionales tanto con extraños como familiares. De los tres tipos, este es uno de los más difíciles de observar en la población.

También me interesé por el cluster B, que copio aquí del blog de un tal Jacint Peris Roig médico psiquiatra.
En este capítulo, clase o clúster están las personalidades Antisocial, Límite, Histriónica y Narcicista.

A parte de la impulsividad e inmadurez comparten rasgos comunes. Por ello hay que definir en una corta frase su objetivo principal para poder entenderlos:
1.        La personalidad Antisocial se caracteriza por tener como objetivo el dominio del otro por la fuerza.
2.        La personalidad Límite tiene por objetivo principal el no sentirse abandonado por el otro.
3.        La personalidad Histriónica busca con desespero llamar la atención.
4.        La personalidad Narcicista busca ser admirado.
Y termino con el cluster C, creo que no hay más, también de la bella doctora Gerardino, a la que no puedo empatizar de otra manera que como una bella mujer, que me perdonen las feministas.
Cluster C:
En este grupo de pacientes tenemos a los llamados ansiosos y temerosos. Se caracterizan por presentar dificultades relacionales y poseer necesidades permanentes de cuidado. Está conformado por:
  • Trastorno por evitación: Son personas con tendencias francas a aislarse de situaciones que puedan conllevar riesgos tanto físicos como psicológicos (ej.: hablar en público, solicitar información, etc.). Muestran un rechazo permanente a las interacciones sociales precisamente por miedo a ser evaluados negativamente o a recibir críticas. Suelen tener dificultades para trabajar en equipo decidiéndose por trabajos individuales.
  • Trastorno por dependencia: Son personas que necesitan de la presencia de otras personas para poder llevar a cabo sus actividades o mantener una rutina diaria. Es frecuente casos de personas maltratadas por sus parejas que dudan poder llevar una vida normal sin ellos o casos de personas que no pueden independizarse del grupo familiar por temor a hacerse cargo de ellos mismos. Se preocupan constantemente por sentirse solos o desasistidos conllevando a numerosos problemas relacionales y laborales. Es frecuente la comorbilidad con el uso de sustancias como el alcohol.
  • Trastorno obsesivo: Se caracterizan principalmente por un patrón de inflexibilidad y rigidez hacia factores externos cotidianos. Son personas que difícilmente presentan apego hacia sus allegados, poseen estructuras férreas con sus familias, son poco tolerantes a los cambios y suelen tener dificultades para obtener parejas. Son frecuentes las comorbilidades con otros trastornos psiquiátricos como las depresiones o los trastornos de ansiedad.

No logré averiguar a qué tipo de cluster pertenecía el paciente de la mañana, pero es algo que haré en cualquier momento, revisando su historia clínica, cuando el doctor Sun ronque o salga de casa o se vaya al cine, una de las pocas actividades de ocio que le impulsan a salir al exterior. Y todas estas disquisiciones a cuento del escocés del doctor Sun y de todos los recuerdos que vinieron a mi cabeza, en procesión, provocándome un serio ataque empático que intenté evitar tomándome un somnífero y yéndome a dormir, otro grave error, porque en sueños mi control sobre la empatía disminuye tanto que ni en los sueños lúcidos logro librarme de empatías varias, pero al menos estando dormido no tengo que luchar por controlarme.


Sigamos con mi historia clínica, nada más interesante. Como está fotocopiada no necesito acudir constantemente al archivo del buen doctorcito, lo que acabaría delatándome, algo que de una manera u otra y antes o después terminará por suceder, espero poder convencerle entonces de que nunca tendrá un paciente más interesante y un secretario más activo y cuidadoso. Aún recuerdo cómo Rita la portera ayudó al buen doctorcito a tumbarme en el sofá, donde fui atado con correas. Rita se quedó detrás, sentada en una silla, por precaución y el terapeuta comenzó a interrogar al paciente. Interrogatorio que Sun, con su letra infernal, recogió en mi historia clínica de esta manera:

-¿Hace mucho que le sucede esto que me acaba de relatar?

-Desde niño doctor. Tengo recuerdos de mi etapa de bebé, cuando aún no había sido destetado, y no son precisamente muy agradables. Me ponía en lugar de la teta de mi querida mamá y me daba dentera.

-Se supone que si usted mamaba, querido amigo, es que aún carecía de dientes, de otra forma hubiera sido destetado, por la cuenta que le traía a su querida mamá.

-Disculpe, doctor, mi empatía a veces me juega estas malas pasadas.

-Cuénteme algún hecho empático realmente sorprendente que recuerde de su niñez.

-Hay varios. En cierta ocasión me puse a confesarle mis pecados o pecaditos al cura-párroco de mi aldea. Justo en el banco delantero estaba una guapa moza a la que eché un vistazo detallado, porque a mí, doctor, me gustan las mozas desde niño, casi desde que fui destetado. Jeje. No se enfade, me gusta contar un chiste de vez en cuando para aliviar la tensión. El caso es que noté algo raro bajo la bragueta de mi pantalón y mi pito se puso a cantar como un jilguero. Le parecerá una tontería, doctor, pero nueve meses después la moza que esperaba para confesarse tras de mi tuvo un rollizo bebé, que todos dicen era del cura. Este desapareció de la aldea y nunca más se supo.

-¿Acertaba siempre con sus empatías?

-No, doctor, a veces me equivocaba de medio a medio. Eso me ocurrió con mi papá. Cuando le pedía algo, creyéndole de buen humor, me soltaba un bofetón terrible, porque estaba muy cabreado por algo.

-Eso le demuestra, querido amigo, que sus empatías no eran reales, yo diría que se trataba de pura imaginación, una fantasía vivísima, por cierto. No es sorprendente que terminara en un bucle obsesivo-compulsivo que es la manía más extraña que haya descubierto nunca en mis muchos pacientes. Así no se puede vivir, querido amigo. Esa no es vida para un ser humano. ¿Me permitirá que en la próxima sesión iniciemos una terapia hipnótica? Mucho me temo que ninguna otra tendría efecto en usted.

-Como usted quiera, doctorcito, a cambio le pido que me deje permanecer a su lado, como su sirviente, su secretario, su factótum. Ya no puedo vivir en el mundo, ahora que sé que usted es el único que podría curarme.

Y aquí debo dejarlo, presa de un ataque grave de empatía. Aquel sería un momento decisivo en mi vida y solo de pensar lo que habría sido de mí sin la compasión y generosidad del doctor Sun, se me ponen los pelos como escarpias. Había empatizado tanto con él y con una facilidad portentosa, que nunca había sentido hasta entonces, que de haberme rechazado no quiero ni pensar en mis posibles reacciones, incluso violentas. Peor aún me resulta recordar aquella primera sesión hipnótica en la que llegué a una empatía total, casi mística, yo era el doctor Sun y nunca podría ya dejar de serlo del todo. Necesito un somnífero, tal vez me tome dos o tres, solo el sueño puede permitirme vivir las próximas horas. No soporto esta mísera vida, dependiendo siempre de que la persona con la que empatice sea buena o mala, de que las escenas que recree sean tranquilas y relajantes o tan emotivas que me transforme en un hombre-lobo aullador.



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martes, 23 de mayo de 2017

LUCIFERINO, UN IMITADOR DIVINO



NOTA INTRODUCTORIA/ Luciferino es uno de mis primeros personajes. Aunque no está datada la fecha de su nacimiento, aparece por primera vez en la libreta pequeña número 5, lo que significa que, como mucho, nacería pocos meses después del doctor Carlo Sun, de Olegario Brunelli, el humorista number one, del profesor Cabezaprivilegiada y su compañero de aventuras, Hipopótamus Hipocondriacus, del Sr. Buenavista, economista, y de alguno más. No encuentro razones para disculpar que haya permanecido tantos años hibernado, olvidado en el baúl de los recuerdos, como sus marionetas o muñequitos parlantes. Una de mis frustraciones más profundas como creador es la de no ser ventrílocuo, como alguno de estos geniales artistas de los que tanto he disfrutado a lo largo de mi vida y que son capaces de imitar casi cualquier voz que se propongan, algunas con más perfección y gracia que otras, porque no todos, ninguno, diría yo, han alcanzado las cumbres nevadas a las que llegó Luciferino, casi sin esfuerzo, y por supuesto sin oxígeno. Dentro de los especímenes humorísticos, los imitadores de voces, apoyados en el soporte de marionetas o muñecos, están entre los más admirados por el autor. Reconozco que a veces, alguno de ellos no es precisamente muy creativo y original, y a mi juicio no saca todo el partido posible –que me atrevo a pensar que yo sí conseguiría de haber sido agraciado con el don de la imitación de voces- de sus muñecos y de los diálogos que mantienen con ellos. El hecho de poder poner una voz distinta y graciosa a un muñeco con el que el humorista dialoga, es un instrumento casi mágico para el humorista que he echado mucho de menos al dar la vida y el aliento a mis personajes. A veces se me ha ocurrido intentar poner voz a mis personajes, pero salen tan impostadas, tan artificiales, que me he sonrojado de vergüenza. Si no tienes un determinado don, acéptalo con humildad y desarrolla los que sí has recibido de la vida.

Es posible que haya sido eso, mi incapacidad absoluta para la ventriloquía, lo que he hecho que me olvidara de este personaje, sin ser muy consciente de ello. Las posibilidades humorísticas de Luciferino son fantásticas, y sin duda hubiera intentado sacar partido de ello de no haber sido por la frustración de no poder poner voz a sus muñecos o marionetas. Se me ocurrió incluso buscar documentación sobre ventriloquía y el control y dominio de la voz, pero todo fue inútil. De haber sido yo un Carlos Latre hubiera disfrutado lo impensable poniendo voz a todos mis personajes humorísticos, y sin duda habrían alcanzado personalidades mucho más sólidas y divertidas de las que tienen actualmente. De niño recuerdo haber visto en la televisión a Herta Frankel y sus muñecos, luego a Maricarmen y los suyos o a Jose-Luis Moreno. Si hago memoria no encuentro demasiados ventrílocuos en mi vida, de lo que deduzco que no debe ser un arte precisamente fácil. Intrigado por este noble arte me propuse crear un personaje con el que pudiera jugar hasta tantear los límites del humor, de esta curiosa aventura nació Luciferino, a quien ahora pongo en pie para ver hasta dónde me lleva y hasta dónde no debería llegar el humor. Es un experimento divertido y gracioso, aunque un tanto arriesgado. Tal vez sea una vuelta de tuerca a mis personajes humorísticos clásicos, aunque el esquema creativo sea el mismo para todos ellos.

 Acompaño algunos enlaces sobre el arte de la ventriloquía, que por lo visto es tan antiguo o más que la democracia, algo que ignoraba porque mi documentación para el personaje no fue precisamente exhaustiva.





 LUCIFERINO, IMITADOR DIVINO

NARRADO POR EL PRODIGIOSO FIGURINISTA QUE LE REGALARA SUS MARIONETAS A MUY TEMPRANA EDAD

Ya de niño imitaba la voz histérica de su mamá cuando le regañaba, con tal gracia y perfección que ésta se vio obligada a delegar las broncas en el papá, quien con la pachorra y sarcasmo que le caracterizaba no sólo aceptaba las imitaciones que le hacía su hijo sino que las buscaba con cualquier pretexto, disfrutando tanto de sus parodias que la mamá perdía los estribos y procuraba mantenerse lo más alejada posible de ambos cuando preveía que éstos se iban a enzarzar en uno de sus repugnantes shows, puesto que el padre no le andaba a la zaga al hijo y aunque sus intentos de parodiar a su hijo eran bastante groseros, ambos podían pasarse horas diciéndose disparates y gesticulando como dos payasos de juguete con el mecanismo roto.

En el colegio los maestros huían como de la peste de Luciferino, un nombre que le pusiera su progenitor y con el que luchó en el registro civil hasta agotar a los funcionarios, al juez encargado del registro, a la Dirección general de los registros y el notariado y a todo el mundo que se cruzó en su camino. Al final se salió con la suya, alegando que él no tenía la culpa de la mala prensa, la leyenda negra de este nombre demoniaco, puesto que nada había en él, en su esencia y naturaleza, que fuera intrínsecamente malo y que si uno no podía poner a su retoño el nombre de un ángel, aunque luego cayera, lo que nos sucede a todos a lo largo de la vida, tampoco iba a consentir que otros niños llevaran nombres de santos, algo tan blasfemo o más como poner al niño el nombre de un ángel, puesto que los ángeles eran superiores a los santos, eran entidades más elevadas y espirituales y blá, blá y blá. Mareó a todo el mundo hasta salirse con la suya, y así a nuestro personaje y amigo se le endosó un nombre que con el tiempo resultaría casi profético puesto que su arte fue calificado por muchos como algo demoniaco. No voy a extenderme mucho sobre la reacción de su madre ante la excentricidad de su padre, porque eso nos llevaría casi las tres cuartas partes de esta historia, baste decir que la cosa no acabó en divorcio de milagro y que la mamá solo accedió y se contentó cuando el papá firmó un documento notarial comprometiéndose a ceder 999 veces de cada mil en las decisiones familiares. Preguntado años más tarde por la prensa rosa, la prensa amarilla, la verde y la esmeralda, sobre semejante desatino, se rió a carcajadas manifestando y preguntando si no se habían dado cuenta de que 999 bien podría ser 666 si se le daba la vuelta y se le ponía patas arriba. El número apocalíptico era el signo de los tiempos venideros y su hijo sería el anticristo que llamara al apocalipsis para terminar y exterminar a la especie humana, la única que merece semejante castigo de todo el universo, incluidas las galaxias más cercanas.  Visto lo visto y teniendo en cuenta la trayectoria de Luciferino debo decir que su progenitor no andaba muy descaminado, puesto que a lo largo de su joven trayectoria –acaba de cumplir los veinticinco años- no dejó títere con cabeza, nunca mejor dicho, y acabó colapsando la justicia de medio mundo, ante el cúmulo de procedimientos que contra él se dirigieron por parte de los ofendidos, especialmente políticos. Fue expulsado de todas las televisiones del mundo hasta que él mismo fundó la suya propia que hoy es la más vista del planeta y con la que gana tantos dividendos que le salen por las orejas. A pesar de su nombre, Luciferino es la persona más bonachona del planeta –cuando no está actuando- y lo prueba el hecho, por mí sabido y constatado, de que ha realizado cuantiosas donaciones para acabar con las lacras más terribles de la humanidad.

Pero se me ha ido la olla y he desvariado como títere sin cabeza. Debo confesar con toda humildad que en cuanto menciono a su padre se me sube la bilis a la boca; él y solo él es culpable de la mala trayectoria de su hijo, a quien puso semejante nombre sin su consentimiento y luego espoleó sin bondad ni ética para que terminara burlándose de todo el mundo, puesto que ya lo hacía de sus progenitores sin consecuencias, y le transformó en un consentido monstruito que no respetaba a nada ni a nadie. Algo de culpa también tengo yo que le facilitó sus primeros muñecos, a la tierna edad de cinco años. Y aquí me urge confesar un dato imprescindible para la comprensión de esta historia y del narrador. En efecto, yo soy su padrino, viejo amigo de su padre, al que odio con todas mis fuerzas, sin dejar de ser buenos amigos. Aunque, pensándolo bien, mejor que utilizara mis muñecos, magistralmente realizados y con caritas angelicales, que otros cualesquiera construidos por artesanos sin entrañas, sin amor al arte, mecanicistas sin el menor aliento de espiritualidad.


Pero debo disculparme una vez más y ésta sí, continuaré con la historia. Sus maestros, como decía huían de sacarle al encerado o de hacerle preguntas sobre la asignatura o cualquier otro tipo de preguntas. Al principio de cada curso el maestro de turno, delante de toda la clase, prohibía a Luciferino decir ni media palabra, bajo pena de santa excomunión. Al pasar la lista se saltaban su nombre y si faltaba algún día a clase, mejor para todos, incluso le premiaban con una piruleta cuando faltaba. Le aprobaban todas las asignaturas, por miedo a que tuviera que repetir curso con ellos y hacían como si fuera invisible, no le veían, no eran conscientes de su presencia, y hasta en alguna ocasión memorable pusieron a un alumno nuevo en el mismo pupitre que Luciferino, a tal punto llegaba su ansia loca de olvidarse de él. Si Luciferino se pasaba la mayor parte del tiempo en Babia, imaginando diálogos con sus muñecos, alguna que otra vez el aburrimiento y hastío de la vida le llevaba a dirigirse al profesor con voces disparatadas. Entonces se armaba el circo y el profesor de turno, aliviado, le castigaba al menos con la expulsión durante una semana, y si el director no ponía pegas, hasta con un mes.

viernes, 17 de marzo de 2017

AMABILIO, UN POLÍTICO GENTIL I







NOTA INTRODUCTORIA/La tontería del circo de Slictik se debió a la necesidad de juntar a mis personajes humorísticos de alguna manera y en alguna parte. Esto fue antes de que llegara Hotel de los disparates donde cabían todos y aún sobraba espacio para otros numerosos huéspedes, personal y los que se apuntaran. Antes de que la famosa película de los hermanos Marx, el hotel de los líos, se encendiera dentro de mi cabeza como una bombilla de bajo consumo, no se me ocurría nada por lo que puesto a elegir entre un teatro, un programa de tv, un crucero o cualquier otro redil, preferí el formato del circo, donde cabe todo, hasta animales salvajes y depredadores y donde los payasos pueden entretener a los niños sin miedo a corromper su prístina pureza. Hoy en día, en este momento actual, yo hubiera elegido tenerlos a todos aquí, en Gatolandia, Soria, que se ha ido convirtiendo en el teatro animal más poblado y divertido del mundo. El mérito corre de cuenta de Mici y Zapi que son muy sociables y no marcan territorio con el pis ni muerden a quien se acerque por aquí. Gatolandia, en este momento, se compone, aparte de ellos dos, que podrían ser Groucho y Chico, si los transformara en humanos con una barita mágica, de un gatazo negrazo malazo de ojos fosforescentes, como lo llamé el primer día, mejor dicho, la primera noche, que apareció por el jardín y me dio un “zuto de muete” como dirían mis admirados y entrañables Gomaespuma. Ha resultado un buenazo que tiene que portar la mala fama de los gatos negros. Acostumbra a entrar por casa cuando tiene la puerta abierta, me mira, me pide permiso, y entra a la cochera, a comer un poco de pienso, luego se marcha farfullando algo que parecen gracias. Luego vinieron dos preciosas gatitas, creo que gemelas, con unos ojazos que enamoran y una de ellas ya tiene confianza suficiente para entrar, subirse a la mesa y comer deprisa, por si la echo a mitad del condumio. Una noche se asomó a la ventana un gatito precioso, “too negrito”, con unos ojitos encantadores, al que no he vuelto a ver. Han aparecido también un gato gris, otro gato marrón y varios perros, primero un jovencito, apenas superada la “cachorrez”, muy juguetón pero peligroso porque obligó a Zapi a subirse como un tiro a uno de los árboles del jardín, al tiempo que gritaba como si lo estuvieran matando, tuve que salir de estampida y poner paz y luego gloria. Este perrito blanco también ha venido acompañado de otro de su misma edad y condición, solo que de un color amarronado. Parece encantador pero también le ha dado por mis gatitos y eso no lo puedo consentir. A veces les acompaña un tercer perro, de catadura más respetable, que parece un buenazo pero que tiene el aspecto de un perro peligroso y me da un poco de miedo.

Esto es Gatolandia, mucho mejor que el circo de Slictik, donde los personajes eran mucho más caóticos y peligrosos. Se me ocurrió que el millonario Slictik los contratara para una “turné” mundial o como se diga, haciendo delirantes espectáculos circenses. Desde luego que hubiera preferido transformarlos a todos en gatos y tenerlos aquí a mano, en Gatolandia, pero en aquellos tiempos no fue posible. Muchos de aquellos personajes no pasaron de esbozo, bien porque no los necesitara en un momento concreto para nada más o bien –como es el caso de Amabilio- porque me daba tanto miedo y tanto reparo que lo tuve en conserva todos estos años. Buscando y ordenando manuscritos de humor me encontré algunas hojas sueltas y algún pequeño esbozo en una libreta. Lo prefiero porque así podré construirlo desde cero y en el momento actual y nadie se enfadará porque se le parezca a tal o cual político. Debo decir que aunque la política es un material de primera para el humor, odio tanto la política, me repugna tanto, que cuando tengo que ponerme a escribir una historia humorística sobre algún aspecto de la política, o crear un personaje estrictamente político, me echo a temblar y tengo que darme un tiempo hasta que se me pasen los temblores. Odio la política, pero forma parte de mi vida y por lo tanto tiene que formar también parte de mi humor.

Amabilio se esbozó como una parodia del político más o menos actual que suele ser buen mozo, alto, guaperas, dicharachero, amable y gentil. Las señoras están encantadas con esta nueva fauna política que incluso se desnuda en sus campañas electorales, si su puritanismo no es excesivo ni consustancial con su ideología. Otros no se desnudarían ni en la ducha. Toda esta fauna política es asombrosa, divertidísima y material de primera para cualquier humorista. Pero a mí me sigue dando mucho miedo todo esto. ¡Qué quieren que les diga! Si los servicios secretos, los espías, pueden hasta grabar mis conversaciones con Mici y Zapi y con las preciosas gatitas o sacarme fotos en gayumbos por el jardín, con una de esas cámaras modernas, con zooms tan potentes que hasta detectarían un grano en el culo, y si luego, después de un exhaustivo espionaje, pueden sacar todo ese material a la luz pública, como el que han sacado, están sacando y sacarán de personajes infinitamente más importantes que yo, pues la verdad es que me da un poco de miedo meterme con los políticos, luego me pueden amenazar “sotovoce” y yo no tengo un congreso de humoristas que me respalde y que ponga el grito en el cielo. Si le cayera mal a un político, aunque solo fuera uno, podría destrozar mi vida sacando a la luz pública mi supuesta relación incestuosa con las gatitas, supuestas novias de mis gatitos, o las conversaciones privadas que mantengo con ellos a lo largo del día. La opinión pública pensaría, y con razón, que estoy loco de atar, que soy un pervertido, un corrupto que se esconde en un pueblo de Soria para ocultar sus cuantiosa fortuna en paraísos fiscales, podría pensar que merezco que me saquen en gayumbos por mi jardín, enseñando barriga, enseñando michelines, enseñando un cuerpo tan deteriorado que da grima. Me da miedo que saquen mis trapos sucios a relucir, chantajeándome para que diga que son más bonitos que un san Luis. Es por ello que he mantenido este personaje en conserva tantos años. Lo saco ahora porque ha llegado el momento de que diga todo lo que tengo que decir sobre la política y su pintoresca fauna. Estoy dispuesto a asumir las consecuencias, que mis gatos me abandonen, que Gatolandia se convierta en un páramo desierto, que todo el mundo sepa que ando en gayumbos por el jardín –bueno en invierto en pijama de felpa- que los perros se enfaden y me muerdan el culete, que todas las señoras del planeta puedan ver a Mr. Michelín, de anciano, y juren sobre la biblia que no se van a acercar a menos de dos leguas y media de mí. Me importa un comino, un pito, me trae al pairo, quiero que este personaje salga a la luz pública. Debo decir que a pesar de su amabilidad y gentileza, de que me ha quedado más bonito que un san Luis, mis dedos tiemblan sobre el teclado y mi cara ha asumido un rictus que no me gusta nada. Sé que voy a terminar mal, muy mal, pero mientras tanto tengo la puerta de Gatolandia abierta de par en par y Mici y Zapi entran y salen llamando mi atención, a la hora de comer, dentro de un ratito, vendrán las gatitas y el gatazo negrazo malazo de ojos fosforecentes y esta tarde espero a los perritos, puesto que hace un buen día. No espero a nadie más, ni siquiera a una dama perdida. Me gustaría que mis personajes se transformaran en gatos y se pasaran el día maullándome, desde el doctor Sun hasta el gentil Amabilio, pero mucho me temo que les he consentido mucho y ya es demasiado tarde para que pueda ponerles el bozal gatuno.


         

                  





EL CIRCO DE SLICTIK PRESENTAAA

AMABILIO, UN POLÍTICO GENTIL

NARRADO POR UN COLUMNISTA CON MUY MALA BABA, UN CHICO MALO DE LAS TERTULIAS Y LOS DIARIOS DIGITALES


Amabilio es alto, joven, guapo, elegante, va muy bien vestido, es dicharachero por naturaleza y su labia discreta, acariciante, conmovería hasta a las mismísimas piedras. No me duelen prendas en admitir que hasta yo, el más villano de los columnistas, la peor baba de la prensa escrita de este país y casi, casi, del resto del mundo, tuve un ligero desfallecimiento al principio de su carrera política y hasta caí en sus gentiles redes. Y eso que Amabilio es un tanto puritano, no como otros que han desnudado sus floridos cuerpos en los autobuses de este país, buscando el voto de las damas no puritanas y no feministas. Tuve la suerte de que me concediera una extensa entrevista, un fin de semana completo en su chalet de la sierra, antes de que diera el paso definitivo de lanzarse a la política a tiempo completo. Antes hizo algunos ademanes, unas cuantas carantoñas y lametazos aquí y allá, pero yo fui el primero que supo que la semana siguiente aparecería en un teatro para anunciar la formación de un nuevo partido político. En aquel momento de lamentable debilidad llegó a confesarme sus razones para lanzarse al circo de la política o al circo romano, a partirse el pecho con fieras y gladiadores. Pero me reservo esta confesión para más adelante, cuando sepamos algo más de él y tal vez se acerquen unas elecciones.

En cuanto su atractiva figura apareció en la escena política decidí documentarme sobre este personaje y para ello hablé con todas las personas que le habían conocido desde niño. No todas, claro, algunas habían desaparecido por discreción y otras me dieron con la puerta en las narices. No obstante pude sacar algunas conclusiones que paso a detallar con absoluta naturalidad.

Ya desde niño supo que su vocación sería la política. Pocos tenemos claro a tan temprana edad lo que deseamos con vehemencia ser de mayores. Amabilio tuvo esa suerte, la misma que tuve yo al caer en mis candorosas manos un diario en el que descubrí unas viñetas humorísticas. La ingenua confusión marcaría mi vida puesto que decidí ser periodista para dibujar viñetas. Nada me arredraría luego y así acabé, siendo todavía un pipiolo, en la facultad de ciencias de la información.

Cuentan que el primer éxito político de Amabilio fue resultar elegido como delegado de curso. Era entonces un bachiller al que no le gustaba nada, pero nada, pasar desapercibido. Algunos estudiantes darían su meñique izquierdo porque nadie les viera, se fijara en ellos. El acoso escolar, el bullying o como se llame, está haciendo estragos en nuestros viveros de generaciones futuras. Creo que muchos de ellos se volverían invisibles si encontraran el elixir mágico del hombre invisible. Pues bien, Amabilio no era así, quería destacar a toda costa, que todo el mundo le observase, incluso cuando se metía el dedo en la nariz. Dicen que los políticos tienen un ego tan inflado que basta con soplar cerca de ellos para que exploten a las primeras de cambio. No me sorprende nada, porque no encuentro otro motivo razonable para que alguien se haga político. Es posible, tal vez lo sea de aquí a mil años, que alguien llegue a dedicarse a la política con vocación de servicio, para ayudar a los ciudadanos a gestionar sus problemas, solo por generosidad, como un gurú o un santo caminaría por las calles de nuestras ciudades vestido con una túnica zarrapastrosa y predicando que el reino de los cielos está llegando hasta nosotros. Pero mientras llega y no me pregunto para qué se mete la gente en política. Algunos dicen que para “chorizar” lo que puedan y que no hay pan para tanto chorizo. Creo que no es exactamente así o totalmente así, muchos de ellos o la mayoría ganarían más en alguna multinacional, como consejero firmante una vez al mes. No creo que el dinero sea su meta prioritaria en la vida. Soy más bien de los que opinan que un político es ante todo un ego muy inflado que necesita salir en los telediarios todos los días, o al menos alternando, un día sí y otro también, un ego narcisista que necesita ir por la calle y que todo el mundo sepa que por allí va don fulano o don zutano y que le digan algo, aunque sea malo, o le chiflen o rechiflen. Un político tiene que ser narcisista por naturaleza y sobre todo, tiene que tener tal apego al poder –al sillón de mis entretelas, mi despachito oficial- que no le despeguen de la poltrona ni a cañonazos. De otra forma no serían comprensibles la mayoría de las carreras políticas, del pasado, del presente y del futuro. La prueba está en que nadie deja su poltrona voluntariamente. Si hubieran entrado en política solo para servir al ciudadano se irían cuando el ciudadano les dijera que se fueran y no harían tanto paripé ni razonarían tanto y tan bien para quedarse a cualquier precio. Si has entrado para servir, primero, y como dice el evangelio, deberías ser el último de la fila, porque quien quiera ser vuestro jefe, vuestro maestro, vuestro presidente de gobierno, primero que sea vuestro servidor, que se arremangue y os lave los pies y si tiene que dar un bocata a uno que forme parte de la estadística de la pobreza extrema, pues que se arremangue y que se lo de, y si puede que sea de jamón serrano, que él puede. Si has venido a servir tienes que hacer todas estas cosas, pero sobre todo tienes que irte sin rechistar cuando te dicen que te vayas. No me vengas con eso de que el desgaste y la coyuntura, si has venido a servir y los ciudadanos no quieren que les sirvas, pues vete con viento fresco y procura luego pasar desapercibido y no saliendo en los telediarios cada dos por tres enmendando la plana a todo el mundo. Si vienes a servir, sirves lo mejor posible y te vas cuando te piden que te vayas. El resto es ego inflado, narcisismo y apego al poder.

                   


Teniendo en cuenta todo esto y algunas cosas más, yo diría que la mayoría de los políticos entran en la política para inflar aún más sus egos, para que su narcisismo tenga una válvula de escape, para poder mandar a todo el mundo desde su poltrona en un despachito oficial. Quieren ser el número uno desde la cuna y si además luego, por el camino, con cierto disimulo, se hacen con unos contactos para luego ir de puerta giratoria en puerta giratoria, y para chorizar un poco aquí y otro poco allá, pues miel sobre hojuelas. De verdad de verdad os digo que el día en que encuentre un político que haya venido solo a servir, me convertiré en su discípulo, sostendré su túnica para que no se manche con el polvo del camino, gritaré por él cuando se haya quedado ronco y me ofreceré como chivo expiatorio cuando alguien intente darle unos latigazos por sus muchos errores. No he conocido a un solo gurú, un solo santón, un maestro espiritual que haya venido a predicar la buena nueva del evangelio político. Ninguno ha dicho que nos iban a salvar a través de un partido político que redimiría a la humanidad de sus muchos pecados, que hay que dar al César lo que es del César y también lo que no es ni de él ni de nadie, como el planeta, que es de alquiler, porque, que yo sepa, nadie ha presentado sus escrituras públicas sobre la propiedad del planeta, ni una nota simple del registro de la propiedad. El planeta es de todos, está alquilado a todos, pero los políticos lo consideran suyo y donde hay patrón no manda marinero. Ni siquiera los maestros espirituales más elevados de toda la historia se atrevieron proclamar que el planeta era suyo puesto que era de su padre y como ellos eran sus hijos… ergo… Ni ergo ni leches, que me pongo enfermo cuando los políticos vienen reclamando que su poltrona es de origen divino y que no pueden irse porque Dios se enfadaría con ellos, que tienen toda la razón y que si los ciudadanos se las quitan en las urnas es porque la coyuntura y porque la erosión, y porque ¡leches!, que me pongo enfermo. Que los políticos se creen dioses y si hacen campañas electorales e intentan poner siempre buena cara es para que les voten, porque desde que llegó la democracia, el mejor de todos los males posibles, nadie quiere ser dictador, así a las claras, o al menos nadie que esté en su sano juicio, y no pueden llegar a la poltrona sin el voto. Por eso los políticos se convierten en mentirosos, trapaceros, manipuladores, traidores, porque necesitan el voto y no lo tendrían si dijeran la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Y…

-Cariño, por favor, traeme una tilita, o mejor dicho, por favor, ¿puedes traerme una tilita? Y no porque sea un machista, que yo estoy por la igualdad, pero es que me estoy poniendo “morao” y voy a estallar. Mira que me has dicho y repetido que no me metiera a comentarista político, que eso acabaría conmigo. Debí de hacerme periodista deportivo… Bueno, no eso, no que aún está peor. Tal vez crítico de arte, que ahora con el arte moderno, puedes decir casi cualquier cosa y nadie te dice nada. En cuanto me calme un poco llamo a la radio para que me disculpen hoy porque tengo un “resfriao” y mañana llama a la tv para decirles que me ha “pillado” un mal viento, porque si lo hago yo luego me dicen que quieren verme la cara para saber si es verdad. Nunca debí haberme metido a comentarista político, antes político que comentarista. En fin, mañana seguiré contando cosas de Amabilio, si Dios quiere y si antes no me he muerto. Esa tilita, cariño, ¿viene o no viene? No es que no esté por la igualdad, nada me costaría levantarme y calentar el agua y echar la tila al agua y esperar, pero es que si lo hago voy a reventar. No puedo hablar más de media hora de política sin ponerme enfermo, tendré que cronometrar el tiempo.