MUJERES DESAPARECIDAS
Llevaba
unos días extremadamente aburridos, y hastiado de la vida como pocas veces me
había sucedido antes. Con los años uno va esperando cada vez menos, hasta que
llega un momento en el que sin darte cuanta ya no esperas nada.
No
había hecho nada, por mi prójimo (claro que éste tampoco había hecho nada por
mi, pero eso no era disculpa) como Mesías de la humanidad era un desastre, como
miembro de una ONG sería puesto de patitas en la calle a las primeras de
cambio, como superhéroe de tebeo sería el hazmerreír de todo el mundo. Mi vida
iba cuesta abajo y sin renos y yo estaba necesitando algún acto heroico si no
quería morir solo como un perro lamiéndose las heridas en lugar de morir solo
como un perro con los ojos húmedos, recordando viejos tiempos.
Es
increíble, pero a veces el destino te escucha y te manda un par de avisos
aunque sean un tanto impresentables, como era el caso de la pareja, abuelos que
seguían en la puerta, pidiendo permiso para entrar una y otra vez con su
vocecilla entre amedrentada y respetuosa. Eran dos ejemplares en serio peligro
de extinción, como rara vez se ven en nuestra sociedad moderna, donde los
rebaños, bien sean de punkies, de yupies, o de forofos de un equipo deportivo,
campan por sus respectos sobre el asfalto, las aceras, las gradas, los
transportes públicos o cualquier recoveco urbanita que permita la estancia de
un rebaño sin venirse abajo.
Yo
seguía balanceándome en la silla, adelante y atrás, atrás y adelante, y así
hubiera seguido hasta el día del juicio final, sino hubiera sido porque el
destino quebró la pata derecha de la silla y me vine al suelo con gran
estrépito.
Al levantarme maldiciendo la pobreza de los héroes que ni siquiera pueden caer sobre mullido colchón, me encontré con dos rostros arrugados, indubitablemente indígenas (yo diría que no habían evolucionado desde los primeros Mayas o Aztecas, o puede que fueran ellos los primeros, los abuelos de todas las razas indígenas habidas y por haber desde el principio de los tiempos) que me miraban con ojos imperturbables, sin ni siquiera un atisbo de sinrazón en la comisura de sus labios, seguramente tan secos como las tierras que habían alimentado sus magras carnes.
Aprovecharon que yo les estaba mirando para hacer un gesto
respetuoso pidiendo paso. Sus voces, en un castellano que pude entender
perfectamente a pesar de su antigüedad ancestral y de sus giros insólitos. Como
pude me hice con los zapatos que embutí en mis pies a toda prisa. Me puse la
chaqueta, intentando colocar en su sitio el nudo de una corbata inexistente y
me pasé dos dedos, mojados en saliva, por los dos cabellos que aún quedaban en
mi cráneo mondo y lirondo.

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