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miércoles, 16 de octubre de 2024

PESADILLA SUBCONSCIENTE



NOTA: Esta vez sí que creía tener posibilidades. La frase de comienzo era " A la muerta también le han arrancado la cabeza". Era tan delirante que no era posible enfocarlo como un relato convencional, había que ir al tema onírico o forense. Yo fui al hipnótico, utilizando a mi personaje el doctor Sun, discípulo de Jung y su paciente empático. Sin duda es el relato que más me gusta de los que llevo presentando al concurso. He visto ganador y finalistas. Como pensaba había que recurrir al forense. Me temo que mi relato era aún más delirante que el encabezamiento, demasiado, me temo.

Título: PESADILLA SUBCONSCIENTE

Microrrelato: A la muerta hoy también le ha arrancado la cabeza. Eso anotó el doctor Carlo Sun discípulo de Jung en su agenda de experimentos hipnóticos. Obsesionado con lograr demostrar la existencia del subconsciente colectivo utilizaba a sus pacientes como cobayas. Ahora estaba con el paciente empático, uno de sus pacientes más delirantes. Creía sentir empatía por todo bicho viviente que se encontrara en su camino. Esta vez debió de ir a la clínica forense. El subconsciente individual tiene estas cosas, seguro que la besó enternecido en la boca y luego su subconsciente le arranca la cabeza en todos sus sueños.


martes, 20 de julio de 2021

EL DOCTOR SUN, DISCÍPULO DE JUNG VII

 





El doctorcito se ha enfadado mucho conmigo. Al parecer le he extraviado una de sus historias clínicas. Ya sé que el alcohol me sienta muy mal, pero a pesar de ello insisto, erre que erre. Ahora tendré que buscarla. En realidad ya lo estoy haciendo. Aún no la he encontrado, pero sí mi perdida agenda de investigación sobre la veracidad de mis sentimientos empáticos. Ni siquiera me acordaba ya de ella, lo que no me sorprende porque mi vida es un caos y mi memoria la de los demás, lo mismo que mi vida. Ahora sí recuerdo que la comencé antes de convertirme en paciente del doctor Sun. Les parecerá extraño pero necesito como el agua saber si mis sentimientos empáticos son reales o no. Si se trata solo de fantasías mi patología aún puede tener arreglo. No así en el caso de que capte realmente los sentimientos ajenos, en ese supuesto mi enfermedad sería crónica y sin remedio. Como no puedo saber la realidad de los sentimientos de los otros, ni aunque me lo dijeran, porque todos son unos mentirosos, la única forma de comprobarlo es investigar sobre su vida, por los hechos los conoceréis. Eso supone un trabajo ímprobo, pero mientras investigo las crisis de empatía no son tan intensas.

Imagino que le hablé de ello al doctor Sun en alguna sesión de terapia y hasta puede que le entregara la agenda voluntariamente, para que él la estudiara, aunque tampoco me sorprendería que se la apropiara subrepticiamente. Su obsesión por el subconsciente colectivo es la peor de las patologías posibles. Si lo sabré yo, que cuando tengo una crisis empática sobre él y su obsesión me vuelvo tan paranoico que me mordería el rabo si lo tuviera, como los gatos…Jajá, me disculparán pero ahora sufro una pequeña crisis de empatía, pensando que mis lectores habrán interpretado mis palabras con perversidad manifiesta. Sí ya sé que tengo que algo que algunos llamarían rabo, pero no me refería a eso. La agenda estaba tan guardada que si no hubiera buscado el expediente perdido tan exhaustivamente jamás la habría encontrado. Estaba escondida, no tengo la menor duda. No sé si porque el doctor Sun se asustó porque mis investigaciones sobre su vida han llegado muy lejos o simplemente porque piensa que semejante tarea me perjudica. Debe hacer ya mucho tiempo que no la realizo, porque ni siquiera me acordaba.

He repasado la agenda con mucho detenimiento. Solo abarca unos años atrás, por lo que deduzco que debe existir otra agenda anterior, o tal vez varias. No pararé hasta encontrarlas, si tengo que abrir su caja fuerte, lo haré, aunque tenga que empatizar con un ladrón de cajas… Me acabo de acordar que entre los pacientes del doctor Sun hay un cleptómano, un ladrón de guante blanco. He visto su expediente en alguna parte y creo que le he visto en la consulta alguna vez. Solo tengo que visualizar su cara y ya está, seguro que él ha pensado en abrir la caja fuerte que está a la vista de todos en su consulta, debe pensar que nadie es tan bueno para conseguir abrirla. Es tan tonto que creo que podría abrirla recordando sus fechas emblemáticas, no su cumpleaños, que nunca celebra. Ese será el plan B, si falla el A.

He repasado toda la agenda, de la A a la Z. De algunas anotaciones me acordaba, de otras no. Antes de conocer al doctor Sun y formar parte de su staff, como paciente y como factótum, yo vivía a salto de mata. No sé cuántos años tengo, en mi cabeza se juntan las edades de todos aquellos que han causado mis crisis empáticas. Si me dejara llevar, lo mismo tendría los ochenta años del anciano con el que hablé una vez en un parque, que los diez años del niño que jugaba con otros en un campo de futbol. Cuando me miro al espejo a veces me encuentro joven y otras mayor, todo depende del estado de ánimo de ese día. En una letra, que tal vez sea la inicial de mi nombre, que no recuerdo, encuentro un esquema de lo que ha sido mi vida, con muchas interrogaciones, porque seguro, seguro de algo, no lo estoy al cien por cien. El esquema es corto. Unas descripciones de mi mamá, con muchos interrogantes también. Al parecer debió abandonarme en algún momento de mi infancia, algo que no es seguro porque en la temática de mis crisis empáticas, que aparece en la T de temática, las crisis debidas a furibundas empatías con los huérfanos son muy numerosas, no sé por qué, no creo haber conocido a tantos huérfanos, pero quién no ve una película o una serie en la que no aparezca algún huerfanito o una mamá desalmada, o lee una novela que describe con pelos y señales las grandes tragedias de la vida, entre las que se encuentra, como una de las peores, haber perdido a tus progenitores, y ruego que se me perdone por el pareado no buscado. En la M de mamá, subrayo, como datos seguros, entre otros, el que tuve una mamá y que estuve a su pecho, con gran delectación por mi parte, el tiempo que se considera normal en estos casos. Las crisis empáticas con los pechos de las mujeres, son las más numerosas, y no pueden deberse a incidencias de haber visto pechos desnudos de mujeres, que he visto pocos o ninguno, ni siquiera en las películas porno, a las que no soy nada aficionado. Como creo que no he sido aún desvirgado –algo que tampoco es seguro debido a mi empatía con desvirgados y desvirgadores- las crisis empáticas referidas a los pechos de las mujeres solo pueden proceder del amamantamiento a los pechos de mi madre. Se lo he comentado al doctor Sun en una de las primeras terapias y me ha dicho que solo puede ser una de mis típicas fantasías, un delirio, puesto que nadie recuerda etapas tan tempranas de la vida. Creo que no tiene razón, porque solo la hipocresía, la beatería social, puede explicar el bloqueo de nuestros primeros recuerdos que son los más intensos y los más deleitosos, al menos en una vida normal.

Doy como cierto que tuve mamá, que me abandonó, que tuve papá aunque no llegué a conocerlo y creo que ni siquiera me abandonó porque debió limitarse a plantar la semilla y salir corriendo. También doy como cierta mi estancia en un orfanato, entre otras cosas porque logré hacerme con unos certificados que así lo certifican y que tengo guardados en una carpeta, escondida bajo mi cama, en mi dormitorio, bajo una baldosa que se mueve dejando ver un hueco entre dos vigas de hormigón, a lo ancho, y un precioso hueco entre nuestro piso y el de abajo. Allí guardo todos mis tesoros y allí irá a parar esta agenda en cuanto eche un buen vistazo a las anotaciones. Estará a salvo porque el doctorcillo nunca entra en mi dormitorio, no sé si es por una cuestión supersticiosa o porque me tiene miedo, algo que no descarto. De todas formas sujeto la baldosa con unos trozos de cartón introducidos en los intersticios, sobre los que pongo un poco de masilla seca, que da el pego. Si alguien entrara en mi dormitorio, lo que dudo, porque el doctor Sun no lo hace, Rita la enfermera tampoco porque a pesar de su curiosidad morbosa, pillada en su antiguo empleo de portera, no me soporta por mi patología empática, que a ella le parece algo demoníaco, por lo que ha encargado a su antigua colega, la portera del portal de al lado, a la izquierda, que limpie y ordene mi habitación cada quince días, lo que hace cada vez con menos entusiasmo, al notar que yo nunca me quejo, haga lo que haga, acaba por pasar el plumero de cualquier manera y la fregona cuando hay alguna mancha en el suelo, luego se marcha y san se acabó. Nadie más entra en el piso, salvo los pacientes, que bastante tienen con soportar el asalto del doctor Sun a su subconsciente. A veces he escuchado ruidos sospechosos en el dormitorio del doctorcillo por la noche, como si tuviera una amante en su lecho, pero me temo que eso puede ser producto de alguna crisis empática, porque no puedo evitar pensar en él ya que convivo en su mismo piso todos los días. Por cierto que me acabo de acordar de que le hablé de mi supuesto papá, como si hubiera convivido con él, cuando parece claro que no fue así. Tomo un bolígrafo rojo de la taza de té de su despacho, hecha por encargo, que dice “yo soy el subconsciente colectivo”, y pongo un gran signo de interrogación en la línea que habla de que fui abandonado por mi papá tras colocar la semilla.

Abandono el análisis de mi pasado, un puzle cambiante a cada momento, y observo el resto de las anotaciones, deprisa, de algunos nombres ni siquiera me acuerdo, rostros informes entrevistos en algún recodo del camino. No entiendo mi afán por deducir lo que es real de lo que no lo es. Estoy obsesionado por saber cuánto de cierto hay en mis crisis empáticas. Lo que no es cierto es un delirio. Pero sé muy bien cómo son los delirios de los otros pacientes, los he visto en sus historias clínicas. Nada que ver con los míos, puras fantasías que ellos transforman en realidad por un momento. Me gustaría poder ser normal…mejor dicho, no, no lo soportaría, no podría vivir como viven ellos. Llego sin darme cuenta a la S de Sun y observo sin prisa todas las anotaciones. Un análisis meticuloso de mis crisis empáticas con él. Punto por punto he intentado confirmar lo que sé o creo saber de él, desde la historia que más cuenta, su supuesta valentía para decirle al mafioso que su enfermedad procede de sus asesinatos. ¿Cómo se puede saber si algo así es cierto? Veo números de teléfono y llamadas a Sicilia. Me pregunto con quién he hablado y cómo, porque no sé ni papa de italiano o siciliano, al menos que yo sepa. Hablo sobre búsquedas en Internet para documentarme sobre la mafia siciliana. Cuando me pongo soy muy exhaustivo. Hasta tengo anotado un certificado de doctorado en psiquiatría que no he podido comprobar porque la universidad que lo ha expedido no quiere saber nada de mí, más cuando les digo que soy un paciente suyo. Si sobre su pasado no he podido adverar nada, su presente es aún más misterioso. A pesar de haber seguido sus pasos muchos de los días que sale, que no son tantos, me da el cambiazo a las primeras de cambio, como si temiera que lo vigilaran y siguieran. Hasta se ha metido en el metro, como uno más, cuando él es el gran doctor Sun, el único ser humano del planeta que intenta confirmar de una vez por todas la existencia del subconsciente colectivo.

domingo, 20 de junio de 2021

EL DOCTOR SUN, DISCÍPULO DE JUNG VI

 






Lo sé, lo sé, sé muy bien que el alcohol me sienta fatal, aunque el escocés es el licor menos malo entre todos los licores que conozco. El mueble-bar del doctorcito está repleto, luego dice que no bebe, que es solo para las visitas y los pacientes que necesitan un pequeño estímulo para romper a hablar. A mí no me engaña, él no sabe que le espío con mucha discreción y me consta que de vez en cuando se arrea un buen lingotazo, especialmente cuando está bajo de ánimo. También me consta que estos bajones anímicos se deben en buena parte a su condición de soltero y solo en la vida. Necesita una mujer a su lado, y no precisamente Rita la portera, una solterona amargada, como suelen llamarlas los machistas. Intento pensar en ella lo menos posible para evitar ataques empáticos. He dejado también de ironizar al respecto con el doctor Sun porque el pobre se pone muy malito, y yo más. Al principio de nuestra convivencia me gustaba mucho sacar el tema porque así podía empatizar con él, disfrutando de sus fantasías. Se le ponía tal cara de bobo que la empatía brotaba en mí sin tener que forzarla lo más mínimo. Confieso, aunque eso nunca se lo he dicho al doctorcito en ninguna sesión, que a veces me gusta empatizar con hombres que se están regodeando con fantasías eróticas, es una de las pocas cosas agradables de mi enfermedad y trato de sacarle provecho. No siempre estoy preparado para una empatía intensa, salvo que sufra uno de mis famosos ataques, y debo utilizar algunas técnicas que yo mismo he inventado, diseñado y perfeccionado para estos casos. Habitualmente la empatía me pilla por sorpresa y casi siempre me ocurre con los peores ejemplares de la especie humana que me rodean y en sus peores momentos. Ya es mala suerte, con la cantidad de cosas agradables que tiene la vida, que mi empatía se dirija a lo peor, a lo malsano. Como me dijo el doctorcito en una ocasión, la cabra tira al monte y a la cabra de la mente le gustan los abismos y precipicios. Según él era un dicho oriental, aunque yo creo que se inventa la mayoría de cosas que me dice, achacándolas a gurús o autoridades de toda laya, porque el pobre tiene la autoestima muy baja y eso me hace sufrir mucho cuando empatizo con él.

Lo dicho, que el alcohol me sienta muy mal, pero no puedo evitar arrearme lingotazos cuando me enfrento a situaciones muy emotivas, y la lectura de mi propia historia clínica es de las peores. Cometí el grave error de servirme una segunda copa y eso fue el acabose, porque mi fantasía se lanza a darse cabezazos contra las paredes, o dicho de otra forma, le pide a la memoria que le traiga un buen surtido de recuerdos, como esas galletas surtidas de los supermercados, y me pongo a comer, picando aquí y allá hasta vomitar. Recordé un episodio ocurrido por la mañana con Rita, otro con un paciente de la tarde, que sufría un trastorno de la personalidad, llamado al parecer Cluster A, del que yo no tenía la menor idea, así que me puse a buscarlo en Internet y como me ocurre siempre que utilizo este veneno psíquico para mí, como lo llama el doctor Sun, sufrí un pequeño ataque empático. Me tiene prohibido utilizar internet, mi ordenador personal no está conectado y el del doctor tiene una contraseña que aún no he logrado descifrar, me vi obligado a utilizar el que Rita tiene en su portería, aprovechando que había salido a hacer algunos recados. Hoy en día hasta las porteras tienen ordenador y todo tipo de artilugios modernos que manejan con especial habilidad para transmitirse los cotilleos vía redes sociales, especialmente lo que llaman twitter, que al parecer viene a significar el piar de los pájaros en inglés, lo que describe bastante bien el bosque virtual repleto de cotilleos, donde cada pajarito o pajarraco pía o grazna como Dios le dio a entender. Dicho esto sin ninguna animadversión hacia esta red social que apenas conozco y que nunca he usado porque como bien dice el doctorcito es puro veneno psíquico para mí, y más aún los cotilleos de las redes sociales que podrían producirme un ataque tras otro hasta llegar al colapso.








Todo esto para decir que utilicé el ordenador de Rita y busqué este trastorno de la personalidad. Que me perdone la doctora Danielle Gerardino, psiquiatra, por haberme apropiado de un breve resumen que encontré en Internet y que transcribo aquí porque de alguna manera tengo que explicar el trastorno que sufría el paciente de esta mañana y que me provocó un ligero ataque, cosa de poco.

Cluster A

Dentro del primer cluster, podemos observar aquellas estructuras de personalidad que tienden a hacer episodios o trastornos psicóticos (ver psicosis). Son personas retraídas, aisladas, desconfiadas, excéntricas y con creencias raras, variando entre estas características de acuerdo al tipo. Este grupo está conformado por:

· Trastorno paranoide de la personalidad: Son personas desconfiadas en exceso, de pocos amigos, creen que todo aquel que se les acerque lo hace con una intención oculta, viven pendiente de su entorno, no manifiestan información sobre ellos porque creen que puede ser usada en su contra, se les dificulta realizar vínculos afectivos reales siendo solo los familiares en la mayoría de los casos sus únicos allegados. Pueden tener ideas reiterativas relacionadas con robo de sus pertenencias e inclusive no toleran bien los obsequios o favores.

· Trastorno esquizoide de la personalidad: Se dice que en muchas ocasiones, corresponde a la personalidad más cercana a la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos crónicos. Las personas con este tipo de estructura son muy aisladas y viven sin ningún tipo de interés en las otras personas. Para ellos el mundo puede ser vivido sin la ayuda de nadie más por eso presentan dificultades laborales, vinculares, muy rara vez consiguen pareja e inclusive, buscan trabajos aislados.

· Trastorno esquizotípico de la personalidad: son raros, excéntricos, tienen creencias muy extrañas y particulares. Su sexualidad tiende a ser ambigua con preferencias poco comunes. También tienden a ser aislados, poco conversadores, con serias dificultades relacionales tanto con extraños como familiares. De los tres tipos, este es uno de los más difíciles de observar en la población.



También me interesé por el cluster B, que copio aquí del blog de un tal Jacint Peris Roig médico psiquiatra.

En este capítulo, clase o clúster están las personalidades Antisocial, Límite, Histriónica y Narcicista.



A parte de la impulsividad e inmadurez comparten rasgos comunes. Por ello hay que definir en una corta frase su objetivo principal para poder entenderlos:

1. La personalidad Antisocial se caracteriza por tener como objetivo el dominio del otro por la fuerza.

2. La personalidad Límite tiene por objetivo principal el no sentirse abandonado por el otro.

3. La personalidad Histriónica busca con desespero llamar la atención.

4. La personalidad Narcicista busca ser admirado.

Y termino con el cluster C, creo que no hay más, también de la bella doctora Gerardino, a la que no puedo empatizar de otra manera que como una bella mujer, que me perdonen las feministas.

Cluster C:

En este grupo de pacientes tenemos a los llamados ansiosos y temerosos. Se caracterizan por presentar dificultades relacionales y poseer necesidades permanentes de cuidado. Está conformado por:

· Trastorno por evitación: Son personas con tendencias francas a aislarse de situaciones que puedan conllevar riesgos tanto físicos como psicológicos (ej.: hablar en público, solicitar información, etc.). Muestran un rechazo permanente a las interacciones sociales precisamente por miedo a ser evaluados negativamente o a recibir críticas. Suelen tener dificultades para trabajar en equipo decidiéndose por trabajos individuales.

· Trastorno por dependencia: Son personas que necesitan de la presencia de otras personas para poder llevar a cabo sus actividades o mantener una rutina diaria. Es frecuente casos de personas maltratadas por sus parejas que dudan poder llevar una vida normal sin ellos o casos de personas que no pueden independizarse del grupo familiar por temor a hacerse cargo de ellos mismos. Se preocupan constantemente por sentirse solos o desasistidos conllevando a numerosos problemas relacionales y laborales. Es frecuente la comorbilidad con el uso de sustancias como el alcohol.

· Trastorno obsesivo: Se caracterizan principalmente por un patrón de inflexibilidad y rigidez hacia factores externos cotidianos. Son personas que difícilmente presentan apego hacia sus allegados, poseen estructuras férreas con sus familias, son poco tolerantes a los cambios y suelen tener dificultades para obtener parejas. Son frecuentes las comorbilidades con otros trastornos psiquiátricos como las depresiones o los trastornos de ansiedad.



No logré averiguar a qué tipo de cluster pertenecía el paciente de la mañana, pero es algo que haré en cualquier momento, revisando su historia clínica, cuando el doctor Sun ronque o salga de casa o se vaya al cine, una de las pocas actividades de ocio que le impulsan a salir al exterior. Y todas estas disquisiciones a cuento del escocés del doctor Sun y de todos los recuerdos que vinieron a mi cabeza, en procesión, provocándome un serio ataque empático que intenté evitar tomándome un somnífero y yéndome a dormir, otro grave error, porque en sueños mi control sobre la empatía disminuye tanto que ni en los sueños lúcidos logro librarme de empatías varias, pero al menos estando dormido no tengo que luchar por controlarme.

Sigamos con mi historia clínica, nada más interesante. Como está fotocopiada no necesito acudir constantemente al archivo del buen doctorcito, lo que acabaría delatándome, algo que de una manera u otra y antes o después terminará por suceder, espero poder convencerle entonces de que nunca tendrá un paciente más interesante y un secretario más activo y cuidadoso. Aún recuerdo cómo Rita la portera ayudó al buen doctorcito a tumbarme en el sofá, donde fui atado con correas. Rita se quedó detrás, sentada en una silla, por precaución y el terapeuta comenzó a interrogar al paciente. Interrogatorio que Sun, con su letra infernal, recogió en mi historia clínica de esta manera:

-¿Hace mucho que le sucede esto que me acaba de relatar?

-Desde niño doctor. Tengo recuerdos de mi etapa de bebé, cuando aún no había sido destetado, y no son precisamente muy agradables. Me ponía en lugar de la teta de mi querida mamá y me daba dentera.

-Se supone que si usted mamaba, querido amigo, es que aún carecía de dientes, de otra forma hubiera sido destetado, por la cuenta que le traía a su querida mamá.

-Disculpe, doctor, mi empatía a veces me juega estas malas pasadas.

-Cuénteme algún hecho empático realmente sorprendente que recuerde de su niñez.

-Hay varios. En cierta ocasión me puse a confesarle mis pecados o pecaditos al cura-párroco de mi aldea. Justo en el banco delantero estaba una guapa moza a la que eché un vistazo detallado, porque a mí, doctor, me gustan las mozas desde niño, casi desde que fui destetado. Jeje. No se enfade, me gusta contar un chiste de vez en cuando para aliviar la tensión. El caso es que noté algo raro bajo la bragueta de mi pantalón y mi pito se puso a cantar como un jilguero. Le parecerá una tontería, doctor, pero nueve meses después la moza que esperaba para confesarse tras de mi tuvo un rollizo bebé, que todos dicen era del cura. Este desapareció de la aldea y nunca más se supo.

-¿Acertaba siempre con sus empatías?

-No, doctor, a veces me equivocaba de medio a medio. Eso me ocurrió con mi papá. Cuando le pedía algo, creyéndole de buen humor, me soltaba un bofetón terrible, porque estaba muy cabreado por algo.

-Eso le demuestra, querido amigo, que sus empatías no eran reales, yo diría que se trataba de pura imaginación, una fantasía vivísima, por cierto. No es sorprendente que terminara en un bucle obsesivo-compulsivo que es la manía más extraña que haya descubierto nunca en mis muchos pacientes. Así no se puede vivir, querido amigo. Esa no es vida para un ser humano. ¿Me permitirá que en la próxima sesión iniciemos una terapia hipnótica? Mucho me temo que ninguna otra tendría efecto en usted.

-Como usted quiera, doctorcito, a cambio le pido que me deje permanecer a su lado, como su sirviente, su secretario, su factótum. Ya no puedo vivir en el mundo, ahora que sé que usted es el único que podría curarme.

Y aquí debo dejarlo, presa de un ataque grave de empatía. Aquel sería un momento decisivo en mi vida y solo de pensar lo que habría sido de mí sin la compasión y generosidad del doctor Sun, se me ponen los pelos como escarpias. Había empatizado tanto con él y con una facilidad portentosa, que nunca había sentido hasta entonces, que de haberme rechazado no quiero ni pensar en mis posibles reacciones, incluso violentas. Peor aún me resulta recordar aquella primera sesión hipnótica en la que llegué a una empatía total, casi mística, yo era el doctor Sun y nunca podría ya dejar de serlo del todo. Necesito un somnífero, tal vez me tome dos o tres, solo el sueño puede permitirme vivir las próximas horas. No soporto esta mísera vida, dependiendo siempre de que la persona con la que empatice sea buena o mala, de que las escenas que recree sean tranquilas y relajantes o tan emotivas que me transforme en un hombre-lobo aullador.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

EL DOCTOR SUN, DISCÍPULO DE JUNG V

         




Les leo…con mucha dificultad, mi propia historia clínica, redactada con cagarrutas de mosca por el doctor Sun, discípulo de Jung, doctor honoris causa por las universidades de… (¡A quién demonios le importa!).

Severino Severo Amable…no tan amable como podría hacer pensar su apellido… llega a mi consulta en la mañana del día de Nochebuena, segundo milenio del calendario cristiano, año no sé cuántos de la época trajana y no digamos de la era babilónica, porque me pierdo. Le recibo por urgencias tras una insistencia demoledora de Rita, la portera de este edificio, quien manifiesta haber estado dos horas al teléfono de la portería, hablando con un loco que insiste en que le pase con el doctor Sun y que debe estar muy loco puesto que casi consigue que ella crea estar hablando consigo misma, de tal forma ha sacado a relucir sus pensamientos más ocultos y sus problemas más cotidianos. Me confiesa entre lágrimas haber cometido un terrible error, darle la dirección exacta de su portería, algo disculpable puesto que pensaba estar hablando consigo misma en un monólogo habitual cuando pasa muchas horas sola, sin que nadie visite la portería ni se preste a un diálogo afectivo y vivaz. Se postra de rodillas y me pide que reciba al paciente puesto que de otro modo tendré que atenderla de un síncope postraumático en cuanto aparezca por la portería su castigo divino por sus muchos pecados. Se levanta y luego vuelve a postrarse ya que ha olvidado pedirme que la contrate como telefonista de mi consulta, ello sin dejar la portería, entendiendo puede atender ambos oficios dado que en ninguno de ellos hay más de una visita al día, y eso con suerte. Vuelve a levantarse y vuelve a postrarse puesto que también ha olvidado pedirme que la convierta en mi secretaria tras unas clases de secretariado por correspondencia y antes de levantarse esta vez no se olvida de que en el contrato aparezca una cláusula, según la cual en cuanto saque su título de enfermera, también por correspondencia, me veré obligado a contratarla también como enfermera. Su insistencia y mi debilidad hacen que cometa el que creo mayor error de mi vida, firmar un precontrato a su dictado.

Pero no, parece que el mayor error de mi vida ha sido recibir al paciente empático, como le he llamado a la espera de que tras algunas sesiones pueda diagnosticarle debidamente. Suena la campanilla de la portería con tal brusquedad e insistencia que Rita sale disparada, regresando al cabo de dos minutos, treinta segundos, con un hombrecillo apocado, edad indefinida, más bien bajito, creo, al menos hasta que se desapoque y se estire en toda su longitud. Rita se despide con brusquedad descortés, cierra de un portazo y me deja solo en la consulta con un hombre que me mira como si yo fuera él y él fuera yo. Parece escrutarme buscando en mi alguna enfermedad mental oculta. Me pide que me siente, lo que hago tras mi mesa de despacho, en mi propio sillón -¡faltaría más!- y a su ruego dejo caer la cabeza hacia atrás y a punto estoy de ser hipnotizado, hasta que recuerdo que el hipnotizador y terapeuta soy yo.

Decido tomar las riendas, le ordeno con brusquedad apabullante que se tumbe en el diván psicoanalítico, se relaje y comience a contestar a mis preguntas, una tras otra. Así descubro que sus padres le pusieron al nacer el nombre de Severino, tal vez porque tenían muy mala leche o eran unos cachondos mentales, o ambas cosas a la vez, dado que su primer apellido es Severo, por su padre, y el segundo Amable, por su madre. Le pregunto qué recuerda de sus padres y me responde que nada, ni siquiera sabría que existen de no habérselo dicho en la inclusa, hoy llamada de otra manera que no recuerdo ni voy a forzar mi memoria para un detalle tan nimio. Segundo me comenta Severo Amable él era muy niño cuando le dijeron que sus padres le dejaron a la puerta del convento, digo de la inclusa, con una nota de estremecedora angustia. Carecían de medios económicos para hacerse cargo de un niño puesto que habían sido expulsados de sus respectivos trabajos por empresarios sin entrañas. Según me dice Severino él era muy niño hasta para saber que todos los niños tienen padres, o al menos una cigüeña que hace el viaje desde París una vez al mes, trayendo en el pico tantos bebés como han sido pedidos a lo largo de su itinerario, perfectamente marcado.

Severo sufre una crisis empática, comienza a graznar como una cigüeña, suponiendo que las cigüeñas graznen, que no lo sé, y se queja del enorme peso que lleva en el pico. Se desliza desde el sofá psicoanalítico hasta el suelo y debo despertarle a bofetadas y convencerle de que es mi paciente y no una cigüeña. Consigo que abandone su interés en darme detalles irrelevantes y se limite a contestar a mis preguntas. Pero no puede hacerlo porque no recuerda el nombre del asilo, digo inclusa, ni la ciudad, ni la comunidad autónoma, ni el país, ni el continente, ni el planeta… no recuerda nada. Le pregunto por sus primeros recuerdos de infancia y se echa a llorar, ni siquiera sabe que una vez fue niño. Eso es lo que le dicen todos pero no lo recuerda.

Intento completar los datos esenciales de su ficha antes de pasar a la primera sesión psicoanalítica y hacerme una idea de su enfermedad o patología. Repaso: Nombre, Severino Severo Amable, nombre de los padres desconocido, lugar de nacimiento, desconocido, comunidad autónoma, país, etc desconocidos. Se supone que es terráqueo porque no se sabe de ninguna cigüeña intergaláctica que haya dejado su carga en este planeta. Se supone que es humano porque su físico así lo hace parecer. Le pregunto por su profesión y responde con una lista tal de trabajos que ha realizado que dejo en blanco la casilla de la profesión, no es posible que un ser humano haya trabajado en tantos trabajos a lo largo de su vida, salvo que la humanidad haya pasado por alguna crisis económica galopante que desconozco, o mejor dicho de haber sufrido esa crisis la humanidad ni Severino ni nadie habría trabajo nunca… en el primer mundo, porque en el tercero los nuevos esclavos del segundo milenio habrían fabricado todos los productos necesarios en fábricas globalizadas y a precios irrisorios, por salarios de esclavos. Pero nadie en el primer mundo los habría podido comprar, dado que nadie trabajaba, etc etc.



Me estoy liando de mala manera. No consigo completar la ficha de sus datos esenciales, que dejo en blanco, a la espera de que tras la primera sesión hipnótica pueda sonsacarle, como al descuido, el número de su DNI, número de la seguridad social, si tiene permiso de conducir, el número de matrícula de su coche, su domicilio actual y empadronamientos anteriores, a quién votó en las últimas elecciones, si ha estado casado o al menos ha tenido una pareja de hecho, si es heterosexual, bisexual, homosexual, lesbiano o hermafrodita, si se considera hombre o mujer y si ha sido hormonado, operado o espera serlo en el futuro. Si ha rellenado alguna vez el censo, si ha contribuido a Hacienda, aunque sea muy poco, si tiene antecedentes penales, si ha estado encarcelado, si ha pasado alguna vez por un juzgado y cuál y dónde. Caigo en la cuenta de que sobran casillas por todas partes puesto que esto no es la declaración de la renta sino una historia clínica. Decido encomendarle a Rita que suprima todas las casillas sobre datos personales, salvo los imprescindibles. Puesto que la he contratado debido a un error gravísimo, pues que haga algo. De pronto recuerdo que en el precontrato no hemos puesto nada de su sueldo. Eso me vendrá muy bien para tenerla sujeta por las riendas. Decido no insistir con el paciente puesto que a estas alturas ya tengo mi primer y provisional diagnóstico. Su empatía es tan excesiva que me da miedo, nunca llegaré a saber nada de su identidad o de su vida puesto que su empatía le habrá convencido de que es todos, toda la humanidad a la vez, o incluso nadie, si se tropieza con nadie por la calle. Renuncio a todo lo que no sea llamarle paciente empático y a probar si puede ser hipnotizado. Creo que será el paciente que mayores dificultades me cause como hipnotista, dado que no se puede hipnotizar a toda la humanidad a la vez, pero a cambio creo que tendré grandes posibilidades de acceder al subconsciente colectivo que descubriera mi adorado maestro Carl Gustav Jung. Si hay un paciente que puede abrirme todas las puertas a ese mundo ignoto, ese es el paciente empático. Decido “ipso facto” que será mi paciente de por vida, las sesiones serán gratis y solo intentaré que haga algo a cambio, tal vez ser mi secretario, lo prefiero a Rita la portera, o mi factótum, ayudante para todo. Se lo comento como quien no quiere la cosa y se echa a llorar. Será mi secretario, mi ayudante, mi factótum, de hecho cree llevar mucho tiempo siéndolo y que se ha olvidado debido a una amnesia galopante, por eso está en mi consulta el día de Nochebuena, por la mañana. De pronto grita, si hoy es nochebuena, mañana es navidad, dame la bota María que me voy a emborrachar. Se levanta del sofá psicoanalítico y comienza a cantar y danzar. Se interrumpe para preguntarme si voy a cenar solo esta noche, qué quiero cenar, qué marca de cava prefiero, dónde vivo exactamente, o si la consulta es una habitación del piso donde resido. Al final consigue que le invite, tanto a él, como a Rita la portera a la cena de Nochebuena, pudiendo quedarse a dormir o a pasar la borrachera en los dormitorios de mi piso de quinientos metros cuadrados en la Diagonal. Sin saber cómo lo ha conseguido, me doy cuenta de que le he entregado mi cartera con abundante metálico y todas mis tarjetas. Sale disparado para comprar la cena de nochebuena y la comida de navidad y grita por las escaleras el nombre de Rita. Me santiguo e hinco mi rodilla en tierra, dando gracias a Dios. Al menos si le acompaña Rita tengo alguna garantía de cenar decentemente y de beber un espumoso que no sea aguachirle. Me froto las manos. Mis inicios, tras mi fatigosa huida de la mafia, en este país o nación o comunidad autónoma, o lo que sea, llamado Cataluña, que pertenece o no a España, han sido muy malos, paupérrimos, pero espero hacerme pronto un nombre y adquirir una buena clientela.

Lamento profundamente haber hipnotizado a unos cuantos ejecutivos a la salida de la bolsa para robarles la cartera, su identidad y todo el metálico que llevaban encima. Me arrepiento y me psicoanalizaré a las primeras de cambio. Pero algo tenía que hacer para huir de la mafia y aposentarme aquí como un desconocido psicoanalista que comienza su largo camino hacia el subconsciente colectivo. Creo recordar que Carlo Sun no es mi verdadero nombre, tal vez lo haya escogido para pasar inadvertido. Creo haberme auto-hipnotizado para olvidar. Nada de esto importa porque me espera un futuro radiante, ya tengo mi primer paciente, el paciente empático, una telefonista y secretaria… no, eso no, bórralo, y pronto, muy pronto seré el psicoanalista de la creme de la creme catalana.

Sí, soy yo, el paciente empático. Deberían agradecerme que haya podido descifrar este último párrafo, borrado a bolígrafo rojo por encima. Gracias a Dios el doctorcito hace todas sus historias clínicas por triplicado y he podido rescatarlo de la segunda copia que se olvidó de borrar.

Me siento muy mal, triste y melancólico, arrepentido de haber hecho sufrir tanto a mi doctorcito en nuestra primera cita. Su terrible sufrimiento es una carga demasiado opresora por lo que me voy a tomar un escocés de su mueble bar, intentando volver a respirar con normalidad y quitarme este peso del pecho.

lunes, 7 de noviembre de 2016

EL DOCTOR SUN, DISCÍPULO DE JUNG IV




No he tenido la menor dificultad en abrir el mueble-archivador donde el doctor Sun guarda sus historias clínicas. Tal vez se deba a mi empatía con la cerradura, aunque ya me ha repetido cien mil veces mi doctorcito que ni se me ocurra pensar en estas cosas “animistas” como él las llama, porque lo único que me faltaba, después de las indigestiones de empatía que sufro todos los días con los seres humanos con los que me encuentro en mi camino, ahora comenzara también a sentir empatía por cuanto objeto físico y material se tropiece mi mirada, porque entonces sí que le volvería loco al buen doctorcito, aunque soy de la opinión que ya lo está, pero nadie se atreve a decírselo porque como es psiquiatra tiene enchufe social.

He buscado en la “S” y allí, la primera de la fila, estaba mi historia clínica. Mis manos temblaban y no porque tuviera miedo de ser descubierto puesto que había recibido permiso expreso de mi doctorcito –así le llamo siempre porque me encanta esta expresión mexicana que creo recordar utilizaba también el bueno de Cantinflas- sino porque durante el camino he sentido empatía hacia el Sr. Sun, pensando y pensando cómo se sentiría si ahora supiera que estoy a punto de abrir su “sancta sanctorum” y de leerme mi propia historia clínica. Teniendo en cuenta lo que me ocurrió cuando la navidad pasada el doctorcito me invitó a su casa, junto con Rita la portera, reciclada a enfermera y alguno más de sus pacientes, los imprescindibles, para que nuestro diosecito no se sintiera tan solo. ¡Parece mentira cómo un hombre de sus dotes puede vivir tan solo y desamparado! En aquella señalada ocasión no se le ocurrió otra cosa que proyectar algunas películas cómicas. Recuerdo que estuvo dudando entre Charlot y Cantinflas y al final se decidió por éste último, algo que nunca le perdonaré porque mi crisis empática me hizo hablar y moverme como una peonza durante todas las fiestas, volviéndoles locos a todos, y obligando al doctor Sun a colocarme un potente somnífero en vena. Creo que hubiera llevado mucho mejor a Charlot, que era mudo.



Como les decía, he buscado en la “S” porque mi nombre es Severino Severo Amable. Así pues mi historia clínica tenía que estar necesariamente en la “S” de Severo o en la de Severino, si me apuran, aunque yo hubiera preferido estar en la “A” de Amable. Tengo que comentárselo al doctorcito, porque si hay un hombre amable sobre la faz de esta pecadora tierra, ese soy yo.

Enciendo la linterna porque es de noche y me he colado en el despacho de Sun como un ladrón, subrepticiamente. Ya sé que me dirán ustedes que no tenía necesidad alguna, puesto que el doctorcito me había otorgado permiso, pero prefiero prevenir que curar. Mi empatía hacia el doctor Sun me lleva a veces a imaginarme cosas que no son reales, como me dice y me repite él de forma constante. He podido empatizar con que me otorgaba su permiso y sin embargo esto no ocurrió en la realidad. Por eso le pido siempre certificaciones debidamente firmadas y selladas, por si acaso… Estoy convencido de que en este caso la tenía en mi poder, pero no la encuentro, por eso me deslizo como un ladrón en la noche, desactivo la alarma de su despacho con la contraseña que he obtenido empáticamente y rezo porque mi empatía sea real y el doctor Sun no la haya cambiado antes de que yo haya pensado en él por última vez.



Me siento como un ladrón, como un chorizo, como un cleptómano, tiemblo, me estremezco imaginando lo que estará sintiendo ahora mi doctorcito, o el ladrón, el chorizo, el cleptómano que acude a su consulta puntualmente cada quince días. Se trata de Alonso Cortizo, ladrón y chorizo, quien sufre de terribles cóleras cada vez que piensa en lo que le cayó la última vez por robar, mangar, chorizar, una tarjeta de crédito que no pudo utilizar y en lo que les caerá a los de las tarjetas black o a los famosos corruptos que campan y acampan por estos lares.

Por fin leo, leo…Siento un placer inmenso, casi un orgasmo al empatizar conmigo mismo. Aunque casi se me quita todo placer al intentar desentrañar la letra del doctorcito, diminuta, como cagarrutas de mosca, enrevesada, inclinada bien hacia un lado, bien hacia el otro, confusa, borrosa, ilegible, esto es un asco.
HISTORIA CLÍNICA DE SEVERINO SEVERO AMABLE

Es lo único que he conseguido leer con claridad porque está escrito en el ordenador de Rita la portera, reciclada a enfermera, reciclada a secretaria y además con contrato temporal A-4. Tengo que buscar una lupa, como si fuera Sherlock Holmes, e intentar decodificara este infierno de escritura.

No se me apuren, que si no puede ser hoy será maañaana.

jueves, 3 de noviembre de 2016

EL DOCTOR CARLO SUN, DISCÍPULO DE JUNG III

HISTORIAS CLÍNICAS DEL DOCTOR SUN


EL PACIENTE EMPÁTICO


SÍNDROME DE EMPATÍA COMPULSIVO-PARANOIDE

Según el doctor Sun es la enfermedad que yo padezco. ¿Quién soy yo? El paciente empático, el secretario personal del doctor, su factótum, el hombre imprescindible de su vida, porque la mujer imprescindible es Rita la portera, reciclada a enfermera. Confieso que me hice imprescindible transformándome antes en una mosca cojonera que no le dejaba ni a sol ni a sombra. El benevolente doctor no tuvo otro remedio que nombrarme su secretario personal y ponerme a cargo de sus archivos, tal vez pensando que mientras yo me entretenía con las historias clínicas de sus otros pacientes, él podría dedicarse a la busca exhaustiva del subconsciente colectivo de Jung, la meta de su vida, de sus vidas, su pasión romántica e incontrolada.

El síndrome de empatía compulsivo-paranoide es un invento del doctorcito, no lo he encontrado en la lista de enfermedades mentales de la OMS, ni actual, ni pasada, ni futura. No existe. No importa porque todos los psiquiatras te acabarán poniendo su propia etiqueta, aunque para ello tengan que saltarse todas las normas, sus vademecums, lo que sea, si tienen que inventarse una enfermedad nueva… pues lo harán, lo importante es que tú encajes en algo y te puedan comprimir en algún cajón. Lo que ellos más odian es el cajón de sastre, el caos primigenio del universo, el mundo sin etiquetas.

El doctor Sun me encontró a mí, o más bien yo le encontré a él, porque fui su primer paciente nada más abrir su despachito en Barcelona. Acudí a él como un náufrago a una tabla de salvación. Todos los psiquiatras que me habían tratado me consideraron un caso imposible, me desahuciaron antes siquiera de ver el efecto de la medicación o concederme una segunda entrevista. Me consta que se reían de mí por lo “bajini” y que me acabaron convirtiendo en el chiste de moda, en la anécdota imprescindible en todas las reuniones sociales, burguesas, donde hubiera un psiquiatra o un aspirante a serlo algún día. Pronto toda la ciudad supo de mí, aunque nadie me conocía, y ya me estaba temiendo que pronto sería el hazmerreir en toda Cataluna, en España y en cada una de sus comunidades autónomas, en Europa, en el mundo, en la galaxia, en el universo. Fue por eso, angustiado hasta la médula, que decidí recurrir al doctor Sun, y no me equivoqué porque enseguida descubrió mi enfermedad: “Síndrome de empatía compulsivo-paranoide”.

Aún no ha encontrado el remedio a la enfermedad más rara del planeta, porque que yo sepa, que él sepa, que sepáis vosotros, que sepan ellos, que sepan todos, existen numerosos psicópatas, sociópatas y asesinos en serie que no sienten la menor empatía hacia el prójimo, pero alguien como yo, con una capacidad de empatía tan maravillosa, que sería sublime si no fuera patológica, que puede ponerse en la piel del prójimo, del próximo, del lejano, de quien sea, y sentir lo que él siente, pensar lo que él piensa, vivir en su cuerpo, en su mente, en su corazón, en cada célula que le compone, no, eso no era posible hasta que mi madre me parió entre intensos dolores en un lugar desconocido, de padre desconocido, sin familia, sin perrito que me ladre ni gatito que me lama, tan solo tan infinitamente solo, que tras la muerte de mi madre en el parto comencé a llorar como un energúmeno y no paré hasta descubrir que la capacidad de empatía me permitiría no volver a sentirme solo nunca jamás. Sé que ustedes no me creen, no pueden creer que un bebé abandonado pudiera ser consciente de lo que yo fui consciente, de la inmensa soledad del ser humano y de que la única solución a esta tragedia es la empatía. También sé que ustedes me consideran un loco y como a todos los locos no me harán ni caso, aunque les diga las verdades del barquero y les cante la Traviata en versión original con subtítulos. ¿Cómo puede un bebé tomar decisiones? Esa es la pregunta del millón que yo contestaré en profundidad si me ponen un millón de euros sobre la mesa, si no lo hacen dejaré que sigan mordiendo el enigma hasta quedarse sin dientes, como estoy dejando que el doctor Sun intente encontrar la raíz de mi enfermedad, la causa última de mi patología, pensando que si consigue demostrar la existencia del subconsciente colectivo de Jung todas las enfermedades mentales desaparecerán, todos los enfermos se curarán, y entre ellos yo, el último entre los últimos, el más despreciado, el paciente empático.

Para que conozcan toda la historia desde el principio les voy a contar cómo un día cualquiera, tal vez el primero en mi nueva vida como secretario personal del doctorcito, me colé en su consulta, con su permiso, naturalmente, ya que porto en el bolsillo de mi bata blanca, comprada con mi escaso peculio y autorizada a posteriori por el doctor Su, el llavín que me facilitara tras hacerme firmar el contrato de trabajo, eventual, temporal, como lo son todos en estos aciagos días, tal vez pensando que podría deshacerse de mí en un santiamén en cuanto metiera la pata, que metería hasta el corvejón.
¿Qué quién soy yo? Sí, ya sé que me repito como el ajo en las sopas de ajo, que esa pregunta ya la formulé con anterioridad, pero lo hago solo para ver si están atentos a esta historia rocambolesca o ya se han dormido y roncan como angelitos en sus poltronas. Pues yo soy uno de sus “locos egregios”, uno de sus numerosos pacientes –en la actualidad, porque le costó Dios y la ayuda de los ateos hacerse un caminito en esta Barcelona tan descreída y tan mercantilista- que le adoran como a un dios y se postran a sus pies una vez a la semana, cada quince días o cada mes, solo yo, su preferido, puedo verle todos los días, hablar con él como un colega habla con otro colega o un amigo le toma el pelo a otro amigo.

Y he dicho “sús”, no porque esté constipado sino porque somos su posesión más preciada, su tesoro “golumesco” o como se diga, y nos sentimos muy orgullosos de ello, puesto que la autonomía en un loco es como la ceguera en un conductor. Causa demasiadas muertes a su alrededor, sin querer, claro, pero es así.

Dejémonos de disquisiciones y verán cómo comprenden mi enfermedad… en cuanto tengan suficientes pistas. ¿Nunca han jugado al parchís de los locos? No saben lo que se pierden. Ya les enseñaré yo mañana, no hoy, sino mañana, como dice mi querido José Mota, de quien me conozco cada uno de sus “shows” con antelación porque siento por él tal empatía que hasta podría jurar que su humor es el mío y el mío el suyo, porque en el subconsciente colectivo todo está revuelto y nadie sabe quién es quién, y menos el doctor Sun que acabará volviéndose loco en su deseo delirante de etiquetarlo todo.

Ya saben, no hoy, sino maañaana les enseñaré el parchís de los locos.


EL DOCTOR CARLO SUN, DISCÍPULO DE JUNG II




Llegó a Viena con una mano detrás y otra delante. Todas sus pertenencias estaban dentro de su cráneo, algo que le convenció para siempre de que en realidad la mayoría de las enfermedades mentales proceden de la posesión de cosas materiales y no de su carencia.



Pretendía seguir los pasos de Freud pero por azares del destino y de la fortuna fueron las huellas de Jung las que se cruzaron en su camino y el subconsciente colectivo se convertiría en la gran meta de su vida. Lo de las huellas lo digo en sentido metafórico no real puesto que el cuerpo del genio llevaba muerto algunos años. Tal vez no su espíritu que empezó a rondar al Dr. Sun como el fantasma de su padre a Hamlet. El doctor no es tan viejo como todo eso, diría yo que no pasa de cuarentón. A pesar de ello o precisamente por ello cae bien a las mujeres, más que bien diría yo. Los jóvenes no suelen caer tan bien a las damas, su inexperiencia les quita aún más de lo que su cuerpo de efebos les da. ¡Lástima que sus primeros clientes fueran hombres y no mujeres!



El entonces muy aplicado estudiante se dio un día de morros con el subconsciente colectivo de Jung con la forma de un profesor adorador de esta extraña teoría apenas explotada por la ciencia psiquiátrica. Fue un flechazo a primera vista hasta el punto de que ya no pudo dejar de pensar en ella ni para ir a mear. Y ustedes disculpen la grosería de este cronista pero ¡qué se puede esperar de un cronista loco!. No pueden pedirme que hable como los cuerdos con mentiras elegantes y arteras. ¿No dicen que de la boca de los niños, los borrachos y los locos se escucha siempre la verdad?. Pues se van a enterar ustedes de lo que es una verdad desnuda dicha por un loco. Van a pedir socorro y nadie acudirá en su ayuda, se los prometo. Por mentirosos, por corteses y educados, que son todos unos…Me disculparán ustedes una vez más esta pelotera pero es que a veces se me olvida que soy un cronista y me sale la vena de loco. No se preocupen que no les voy a agredir. ¡Ya ven como me controlo!. La vida del doctor Carlo Sun, personaje egregio donde los haya, merece este sacrificio y cien más que me pidieran.



Les decía que el encuentro con el monstruo al que algunos llaman subconsciente colectivo de Jung fue un flechazo a primera vista. Las posibilidades de este descubrimiento le pusieron los pelos como escarpias al amado doctor. Tanto que se vio obligado a buscar en la Selva Negra un aserradero que pudiera con la dureza de esas escarpias que ya habían mellado sierras, serruchos y no digamos tijeras. Tuvo que poner con mucho cuidado su egregia cabeza junto a la sierra dentada más afilada y dura de cualquier aserradero que ustedes conozcan. Fue una experiencia que nunca olvidó y su metáfora del subconsciente colectivo como una sierra dentada capaz de acabar hasta con el más guapo se convirtió en una coletilla plomiza y muy desagradable que finalizaba todas sus parrafadas. Una experiencia inolvidable, pueden creerme, porque como buen empático que soy ya he puesto mi cabeza de chorlito en lugar de la suya un millón de veces al menos. Y les aseguro que es una experiencia que lo cura todo o casi todo. Se lo repito por última vez y no me obliguen a hacerlo más voces porque entonces sí que pierdo el control.

Su tesis doctoral versó sobre este tema precisamente, ya es casualidad. Como lo fue también que los pelos de los componentes del tribunal que le examinó adquirieran la condición de escarpias. Fue aprobado con eso de cum laude, que no sé lo que es, pero me imagino que la prisa por hacerse serrar las escarpias no les permitió un examen muy a fondo de los conocimientos de mi dilecto doctor Sun porque de otra forma le hubieran encerrado en una mazmorra y torturado hasta la muerte. El hecho es que todo el tribunal en pleno se trasladó al famoso aserradero de la Selva Negra del que me niego a facilitarles el nombre porque en alemán suena como una descarga de fusilería y deberían saber ya que un servidor de ustedes no sabe idiomas, ningún loco es capaz de esta proeza sino está poseído por el mismísimo Satanás. Y les aseguro que nada complacería más a este empático que ponerse en la piel de este auténtico canalla. Lo cual sin duda sería más divertido que ponerse en la piel omnipotente de la divinidad habida cuenta de lo setas que han salido todos sus seguidores.

Me gustaría comentar con ustedes esta tesis doctoral que se cuenta ya entre los prodigios de la ciencia psiquiátrica pero eso nos llevaría un poco de tiempo y ya no puedo más. Mi narcisismo profundo e inapelable me obliga a que ustedes conozcan cuanto antes mi historia clínica. Léanla con detenimiento y que sea lo que Dios quiera.

No se marchen que las historias de locos son muy divertidas y más si las cuentan ellos. Un abrazo empático para todos ustedes.

miércoles, 26 de enero de 2011

El doctor Sun, discípulo de Jung


NOTA/ El doctor Sun fue uno de mis primeros personajes. Observarán que el narrador tiene una gran importancia. En todas las biografías de estos personajes hay una estrecha interrelación entre autor, narrador y personaje. A veces se confunden, a menudo el autor interviene directamente como un “deus ex machina”. No existe la menor objetividad ni imparcialidad, los narradores a veces odian a los personajes cuya vida están contando, suelen ser irónicos, se burlan de sus biografiados, les maltratan. Son todo lo contrario a lo que se considera un narrador clásico. Pueden ser omniscientes, si les viene en gana, o simples espectadores, o cambian de perspectiva y de traje a conveniencia. Es un modelo que tal vez no les guste, hay demasiada confusión entre autor, narrador y personaje. Podrán utilizar otras técnicas, siempre que sus personajes funciones, pero esta es la que les propongo por el resultado tan divertido que me ha dado a mi.

EL DOCTOR CARLO SUN, DISCÍPULO DE JUNG
NARRADO POR UNO DE SUS PACIENTES, EL PACIENTE EMPÁTICO

Bajito, enjuto, morenazo como buen siciliano que es. Sus orígenes le han dado más problemas que sus locos. Porque el doctor Carlo Sun es psiquiatra aunque sus métodos terapéuticos son un tanto extravagantes y no caen bien entre sus colegas de profesión. Se confiesa acérrimo discípulo de Jung y despotrica a gusto de Freud al que le ha cogido una manía propia de alguna de las patologías que sufrimos sus pacientes, pero claro él es el doctor y los locos nosotros. Los terapeutas no están locos, al menos eso es lo que dicen ellos, pero este narrador cree que está como un cencerro aunque me cae muy, pero que muy bien, lo confieso.

Padeció serios problemas en Sicilia por tratar a un mafioso que creía estar volviéndose loco. Como sus métodos son tan estrambóticos no se le ocurrió otra cosa que decirle que en realidad no padecía ninguna enfermedad mental sino únicamente remordimientos de conciencia por sus muchos crímenes. El otro se lo tomó a mal. Hasta a los mafiosos les molesta esta sinceridad apabullante de que hace gala el doctor Sun que no parece tener remedio ni en este aspecto de su personalidad ni en ningún otro.

Recibió serias amenazas de muerte de su propio paciente que le obligó a seguirle tratando hasta que pensara en lo que iba a hacer con él. Seguramente algo horrible. Nada de una muerte rápida, unas buenas sesiones de tortura. Eso es al menos lo que pensó el doctor D. Carlo que, muy astuto él, le sugirió la terapia de la hipnosis regresiva y de esta forma clavó en su subconsciente la orden de que a escondidas de sus sicarios debería traerle una cartera repleta de fajos de billetes usados y con esa numeración que piden siempre los secuestradores aunque un servidor no sabe muy bien de qué va la cosa porque no me gustan demasiado las películas policiacas.

El caso es que el mafioso sería muy duro de roer pero cayó en la trampa del subconsciente como caemos todos. Dejó en las manos del Dr. Sun la cartera que éste recogió con verdadera devoción y puso pies en polvorosa no sin antes darle la orden hipnótica de que durmiera durante cuarenta y ocho horas seguidas y no recordara nada al despertar. ¿Saben a dónde fue a parar el ínclito Dr. Carlo Sun?. ¿No se lo imaginan?. Pues, para suerte de todos los locos catalanes, españoles y de medio mundo, vino a poner sus magras posaderas aquí en Barcelona, en un despacho de la Diagonal. Doy gracias a Dios todos los días por haber guiado sus pasos hasta aquí y le pongo una vela en cuanto puedo a la Virgen de Montserrat, a la moreneta.

¿Qué quien soy yo?. No se lo van a creer. Este narrador es uno de sus pacientes, precisaría aún más, soy el único paciente que en sus duros comienzos aquí en Barcelona no le abandonó al primer descuido en cuanto se enteró de que era siciliano y tenía fama de mafioso. Como lo oyen, amigos. Se que suena raro eso de un psiquiatra siciliano y con fama de mafioso pero cosas “veredes” amigo Sancho. Mi nombre es Severino Severo Amable y padezco el síndrome de empatía compulsivo-paranoide. No, no lo busquen en su diccionario de medicina porque lo descubrió el doctor Sun para mi alivio porque nadie daba con mi enfermedad. ¿Se lo pueden creer? No se lo voy a describir porque podrán leer mi historia clínica al final de esta biografía. Como ladrón de los historiales de sus pacientes (con su consentimiento por escrito) y cronista de esta vida heroica dedicada casi en exclusiva al estudio de la mente me permito la licencia me poner mi historia clínica la primera. Ustedes disculparán mi narcisismo patológico pero es que las enfermedades mentales, lo mismo que las infecciosas, nunca vienen solas.

Permítanme que una vez presentado el cronista continúe con la biografía de este personaje egregio e ínclito donde los haya. Sus comienzos no fueron fáciles puesto que aparte de proceder de familia humilde los mafiosos sicilianos seguían su pista y no podía hacerse publicidad así a las claras. A pesar de los numerosísimos títulos que colgó en los lujosos retretes para damas y caballeros que mandó instalar justo a la izquierda de la sala de espera según se entra y que todos miraban con los ojos abiertos como platos por razones que ya les describiré en su momento lo cierto es que espantaba un poco ver a un tipo bajito, enjuto y seco como mojama y con cara de mafioso sentado al otro lado de la mesa de caoba con su bigotito casi a la altura de la superficie de la preciosa mesa, preciosa-preciosa pueden creerme. De la primera impresión les entraba diarrea y ya en el servicio al enterarse de sus orígenes sicilianos escapaban con el papel higiénico entre las nalgas a la búsqueda de más información sobre el presunto mafioso. Les aseguro que ya no volvían por lo que la clientela del ínclito se resintió durante una larga temporada. Solo este humilde narrador permaneció erre que erre adicto a su sabiduría. Y les aseguro que no me arrepiento porque al menos hoy conozco el nombre de la enfermedad que padezco. Algo es algo.

Claro que no les he contado que los clientes en fuga no necesitaban correr mucho con el papel higiénico debajo de los calzoncillos porque antes de salir a la calle se encontraban con Rita la portera quien asustada de su aspecto les hacía sentarse en la portería donde les servía una tila e inquiría la causa de su malestar. Al enterarse de sus dudas les contaba la vida y milagros del Dr. Sun de “pè a pá” con lo que ya nunca jamás de los jamases volvían a pisar en varias leguas a la redonda. Imagino su miedo a ser desposeídos violentamente de su preciado subconsciente y les comprendo, vaya si les comprendo. No hay peor ladrón que el ladrón de subconscientes y más cuando es un mafioso. Se lo digo por experiencia propia.

Para evitar quedarse sin clientela el Dr. Sun contrató a Rita la portera también como enfermera con un buen sueldo y una ración de cotilleos sobre sus pacientes que alimentaba más a la forzuda y bigotuda portera que un kilo de buena butifarra. Lo cierto es que sin su ayuda le hubiera resultado imposible al buen doctor dominar a muchos de sus pacientes. Y para muestra un botón puesto que si no fui el primero de las víctimas de Rita la portera, digo la enfermera, lo cierto es que fui una de las más sonadas. Les voy a contar esta historia y discúlpenme ustedes otra vez si mi narcisismo patológico me lleva a hacer una nueva digresión de la biografía autorizada del Dr. Sun, pero es que uno es como es y no tiene remedio.

Reconozco que mi primera visita a Don Carlo no fue precisamente muy recomendable. Rita la portera-enfermera tuvo que emplearse a fondo para lograr tumbarme en el sofá y atarme con los cinturones de seguridad que tiene disimulados bajo la tapicería. Desde allí escuché impertérrito la presentación del terapeuta. Sí no se sorprendan ustedes porque van a tener la boca abierta mucho rato con las extravagancias de Don Carlo. Si bien es costumbre en todo terapeuta que se precie oprimir el botón del relojito apenas el paciente se recuesta en el sofá y esperar a que éste les cuente su vida en doce capítulos y un prólogo el Dr. Sun tiene a gala iniciar el la presentación narrando su vida con pelos y señales para que el paciente sepa con quién está tratando.

De padres sicilianos ( no se vuelvan a sorprender ustedes, muy bien hubieran podido ser coetáneos y paisanos del gran Freud) su infancia transcurrió feliz jugando a mafiosos. Oían hablar de ellos constantemente pero lo cierto es que les veían pocas veces excepto cuando se producía una “omertá” o el ajusticiamiento del chivato de turno que se había ido de la lengua sin respetar el primer mandamiento de todo mafioso y anacoreta que se precie: el silencio. Entonces el pueblo, reseco y polvoriento, se poblaba de extraños campesinos con la escopeta al hombro.

El niño Carlo Sun estaba tan impresionado con la mente inescrutable de sus paisanos que decidió hacerse psiquiatra. Para ello tuvo que convencer a sus padres de que reclamaran de un mafioso un antiguo favor. Lo que logró, algo que dice mucho de sus dotes de persuasión incluso siendo infante.

Continuará