jueves, 27 de agosto de 2026

EL DETECTIVE V

 


Satisfecha mi curiosidad quise saber más detalles de las misteriosas desapariciones. Casi me vi obligado a darles de bofetadas para obtener algún dato interesante tan parcos eran. Deduje que algo tan voluminoso solo podía tomar alguna de las siguientes causas: fenómeno ovni ( lo rechacé de plano), el narcotráfico (un poco rarito pero posible) trata de blancas con el silencio y confabulación de la policía y alguna secta satánica buscando vírgenes en un mundo que ha perdido la virginidad hace tiempo.

 

Cualquiera de estas posibilidades (incluido el fenómeno ovni) era un callejón sin salida para un detective mugriento no con el resultado probado de perder la vida a lo tonto. Se lo dije con tiento, porque aquellos dos ancianos estaban empezando a tocar mi fibra sensible, me miraban con una súplica tan digna en el fondo de sus ojos y sobre todo con tal respeto que estaba pensando ya si aquel no podría ser el caso humanitario que el destino me enviaba para cubrir mi cuota de humanidad antes de morir en acto de servicio. Creo que nadie a lo largo de mi vida me había mirado con tanto respeto. ¡Qué digo! No lo creo, estoy seguro de ello. Era un respeto profundo, de ser humano a ser humano, no de suplicante a poderoso que tiene en sus manos dar lo que se necesita imperiosamente.

 

Mientras hacía las preguntas meditaba las respuestas, ellos no cesaban de mirarme como si de mis respuestas dependiera su propia vida. No pude evitar la pregunta.

 

-¿Han perdido ustedes algún ser querido?

 

La mujer no pudo reprimir el llanto, gruesos lagrimones resbalaban por las arrugas de su piel vieja y curtida. Su esposo, conmovido, puso su mano sobre la suya e intentó calmarla.

 

-Hemos perdido una nieta que era un ángel enviado por el señor como báculo de nuestra ancianidad. No la habría mejor, señor, todo amor y servicio para sus padres. Porque la criamos y educamos como tales. Nuestro hijo y su esposa murieron den accidente de tráfico. No lo había mejor. Ella cree que aún está bien, pero yo no lo creo, señor. En mucho tiempo. Y se echó en llorar sin vergüenza.

 

Yo, hacía milenios que no me sucedía, no pude controlarme y dejé que las lágrimas me ablandaran. Fue mi perdición porque me levanté y de rodillas delante de la pareja de ancianos juré solemnemente que haría todo lo que estuviera en mi mano por hallar a su nieta o al menos a los culpables para darles su merecido.

 

Ya estaba hecho. Cuando volví a sentarme ya más calmado, comprendí que el paso estaba dado y el destino se había salido con la suya. Calmados todos ellos me dieron las gracias con toda sencillez y profundidad de sentimiento que a punto estuve de soltar el trapo otra vez.

 

Les pregunté qué planes tenían para la vuelta. Calcularon que les llevaría casi un mes.

 

-¿Por qué no van en avión?

jueves, 20 de agosto de 2026

EL DETECTIVE IV

 


Una vez presentable, arrastré a la silla tras la mesa, arrastré los restos de la otra hacia un rincón y me dispuse a sentarme con cuidado, una pata cojeaba, para darme  una mínima apariencia de respetabilidad. Tosí dos veces para bajar la acidez y sin que se apoderara de mí la risa tonta logré articular.

-Pasen, pasen ustedes y siéntense donde puedan.

Lo cual era cierto, porque el despacho estaba tan despoblado que dudaba si habría ni siquiera dos sillas más  para mis magros personajes. Estos avanzaron arrastrándose, lo que supuse unos pies cansados, encontraron dos sillas las arrastraron con ellos y por fin se sentaron ante mi.

-Con su permiso.

Lo tuvieron y entonces me puse todo lo serio que pude, con el dolor en la rabadilla que me estaba reventando de risa.

-Ustedes dirán.

Dijeron con parquedad y cuando acabaron me rasqué mi calva de secano con absoluta incredulidad. Venían de tan lejos que no resultaba extraño que estuvieran tan cansados y habían tardado tanto en el viaje que bien pudieron haber encontrado mi ataúd sobre la mesa del despacho (dudo mucho que  ningún sepulturero lo hubiera llevado a su destino final con mis magros ahorros).

Con los ahorros de todo un pueblo –Río Lobo- habían sido comisionados para pedirme que investigara la desaparición de más de quinientas jovencitas de la zona. Me quedé tan pasmado que no logré articular palabras, no sabía si más por lo de las quinientas jovencitas desaparecidas o porque hubieran viajado hasta mí cutre despacho para pedirle al detective más mugriento del planeta que les echara una mano en un caso que ya de principio me parecía disparatado, un auténtico callejón sin salida.

Creo que pudo más la curiosidad por saber cómo habían oído hablar de mí, que el pasmo que sentía, hice la pregunta como Dios me dio a entender y me dispuse a escuchar con los oídos bien abiertos y los ojos como platos la sobria explicación de mis huéspedes.

¡Ya lo creo que fue sobria, aunque muy contundente. Al parecer una vieja revista de la Asociación profesional de detectives donde yo contaba alguna de mis investigaciones con mucho remango, más labia y bastante más desvergüenza manipuladora había llegado hasta Rio Lobo por caminos del Señor, verdaderamente extraños. La pareja  de mojamas no supo explicar cómo algo así puede suceder en nuestra época. Lo cierto es que se consideró como una reliquia durante mucho tiempo, porque el maestro de escuela dijo que nunca había leído cuentos detectivescos tan amenos, impresionantes y lo que era más llamativo, absolutamente reales, como decía el autor un detective en la vida real que había vivido aquellos casos.

Logré contener mi risa, pensando que solo el destino hila tan fino. Recordaba bien aquellos artículos que me pidieron para animar una revista tan sosa que sus primeros números fueron utilizados como papel higiénico en muchos despachos detectivescos, para ahorrar. La asociación hacía con ánimo de unir en una causa común a los detectives con más mugre del país. Yo era uno de ellos y además en aquel entonces tenía veleidades literarias ( si mis casos no me sacaban de pobre lo harían utilizados como material literario –todo suma). Inflé tantos los casos que recibí una carta del director de la revista, quería conocerme para presentarme a un editor, Remataba por cierto diciendo. Si a usted le ha sucedido todo lo que cuenta yo soy Santa Claus disfrazado de detective, jaja. Jajá, me reí yo al recibir su misiva porque aparte de querer presentarme a un editor (posiblemente él mismo) me pedía encarecidamente que le mandara más relatos en el mismo tono, sin miedo a introducir un poco de “ficción” y eso sí, con algo  más de sexo picante (las numerosas cartas recibidas de admiradores mencionaban en primer lugar las escenas escabrosas).

domingo, 9 de agosto de 2026

EL DETECTIVE III

 

 


             MUJERES DESAPARECIDAS

 

Llevaba unos días extremadamente aburridos, y hastiado de la vida como pocas veces me había sucedido antes. Con los años uno va esperando cada vez menos, hasta que llega un momento en el que sin darte cuanta ya  no esperas nada.                                            

 

No había hecho nada, por mi prójimo (claro que éste tampoco había hecho nada por mi, pero eso no era disculpa) como Mesías de la humanidad era un desastre, como miembro de una ONG sería puesto de patitas en la calle a las primeras de cambio, como superhéroe de tebeo sería el hazmerreír de todo el mundo. Mi vida iba cuesta abajo y sin renos y yo estaba necesitando algún acto heroico si no quería morir solo como un perro lamiéndose las heridas en lugar de morir solo como un perro con los ojos húmedos, recordando viejos tiempos.

 

Es increíble, pero a veces el destino te escucha y te manda un par de avisos aunque sean un tanto impresentables, como era el caso de la pareja, abuelos que seguían en la puerta, pidiendo permiso para entrar una y otra vez con su vocecilla entre amedrentada y respetuosa. Eran dos ejemplares en serio peligro de extinción, como rara vez se ven en nuestra sociedad moderna, donde los rebaños, bien sean de punkies, de yupies, o de forofos de un equipo deportivo, campan por sus respectos sobre el asfalto, las aceras, las gradas, los transportes públicos o cualquier recoveco urbanita que permita la estancia de un rebaño sin venirse abajo.

 

Yo seguía balanceándome en la silla, adelante y atrás, atrás y adelante, y así hubiera seguido hasta el día del juicio final, sino hubiera sido porque el destino quebró la pata derecha de la silla y me vine al suelo con gran estrépito.

 

Al levantarme maldiciendo la pobreza de los héroes que ni siquiera pueden caer sobre mullido colchón, me encontré con dos rostros arrugados, indubitablemente indígenas (yo diría que no habían evolucionado desde los primeros Mayas o Aztecas, o puede que fueran ellos los primeros, los abuelos de todas las razas indígenas habidas y por haber desde el principio de los tiempos) que me miraban con ojos imperturbables, sin ni siquiera un atisbo de sinrazón en la comisura de sus labios, seguramente tan secos como las tierras que habían alimentado sus magras carnes.


 Aprovecharon que yo les estaba mirando para hacer un gesto respetuoso pidiendo paso. Sus voces, en un castellano que pude entender perfectamente a pesar de su antigüedad ancestral y de sus giros insólitos. Como pude me hice con los zapatos que embutí en mis pies a toda prisa. Me puse la chaqueta, intentando colocar en su sitio el nudo de una corbata inexistente y me pasé dos dedos, mojados en saliva, por los dos cabellos que aún quedaban en mi cráneo mondo y lirondo.

domingo, 2 de agosto de 2026

EL DETECTIVE II

 




EL DETECTIVE II



El hombre trígamo



No elegí bien la profesión, debí haberme decidido por ser doctor o enfermero. Al menos sabría a qué atenerme al despertar por la mañana. Cada nueva aventura se convierte en la historia de un paciente que necesita de mi ayuda para sobrevivir. Es una pena que la medicina nunca me gustara.



Hace unos días una mujer entró en mi despacho. Nada más verla supe que tenía problemas... porque estaba llorando a lágrima viva. La ayudé a sentarse en el viejo sillón y hasta tuve el detalle de ofrecerle mi pañuelo. No, no me lo devuelva, querida amiga, es un regalo. Cuando logré calmarla pude enterarme de la causa que la había conducido hasta mi destartalado despacho. Su marido había desaparecido y lógicamente deseaba que lo encontrara. ¿Para qué otra cosa sirven los detectives?.



Por lo visto era un hombre depresivo que cuando no estaba hundido en la miseria decidía sacar su cólera de paseo como si fuera un perrito, un tanto agresivo. Dos días antes la pareja discutió y él se había largado con viento fresco. Ella se sentía culpable. La lógica no es precisamente el punto fuerte en las relaciones de pareja.



Obtuve toda la información que puede lograrse de una mujer en tal estado y apenas ella hubo cerrado la puerta me puse en movimiento. Bueno más bien puse en acción mi brazo derecho. Llamé a todos los hospitales de la ciudad. Nada. Llamé a los depósitos de cadáveres y hasta a las funerarias por si alguno se les había colado por la puerta en un descuido. Nada. No sabía si en realidad eso era una buena noticia. Algunas veces el hecho de que un hombre no esté muerto crea muchos más problemas que si fuera fiambre.



El hombre en cuestión no tenía amigos por lo que era inútil andar preguntando por ahí como hace un buen detective. Ni una sola pista que echarse a la boca. La dieta de pistas adelgaza el bolsillo de un detective. No se la recomiendo. Su esposa me había dejado una lista de lugares que solía frecuentar. Nada de cafeterías o sitios públicos. ¿Adivinan por dónde paraba el sujeto en cuestión?. Se iba al campo. Así, como lo oyen. Un pinar en las afueras, un cerrito a media hora de coche, el pantano de los cuervos. Lugares todos ellos muy amenos.



Me encasqueté mi sombrero, tomé mi pipa, una buena provisión de tabaco y el par de sandwiches que había preparado para la comida del día. De esta manera, como un dominguero más -solo que sin las voces de las unidades que componen una familia- me dispuse a pasar el día en el campo. Visité el pinar y di de comer a las hormigas. Visité el cerrito y me fumé una pipa en lo alto, contemplando el paisaje y recobrando el resuello. Uno ya no está para muchos trotes. En el pantano de los cuervos ensucié mis zapatos menos viejos. Debí haber llevado botas de agua. Me llamó la atención un olor a putrefacción que me llegaba a favor del viento. Solo tuve que seguir la dirección que acrecentaba ese olor para descubrir un fiambre. A pesar de que sus ropas estaban empapadas en sangre seca no tuve ninguna dificultad para darme cuenta que se trataba de una mujer joven. Había sido apuñalada con saña, tenía todo el pecho agujereado. Llamé a la policía por el móvil, un instrumento de trabajo imprescindible en el detective moderno, y esperé a que aparecieran para hacerse cargo. En ningún momento me pasó por la cabeza la posibilidad de que aquel crimen tuviera relación con mi hombre.



En el bolso que aún colgaba de su hombre los chicos de homicidios encontraron toda la documentación. Así pude enterarme de su identidad y de todos y cada uno de los datos que hacen al hombre moderno un ciudadano ejemplar. No sé la razón por la que decidí investigar aquel crimen. Tal vez se tratara de mi olfato de sabueso que me lleva siempre a la basura contra mi voluntad consciente o simplemente que no tenía nada mejor que hacer. Lo cierto es que visité el hogar de la difunta y me entretuve charlando con los vecinos. Siempre hay algún vecinito o vecinita cotilla que se aburre y se dedica a saber a qué hora sacan la basura todos los vecinos del barrio. Así me enteré de que la mujer estaba casada y tenía dos hijos aunque el marido era un hombre muy raro que apenas aparecía por la casa. Mi corazón hizo plop-plop, signo inequívoco de que me acababa de visitar la corazonada. Enseñé al vecinito cotilla la foto del hombre que me había dado su esposa y ... ¡bingo!. Era mi hombre.



No es que abunden mucho los bígamos. Sale mejor echarse una amante a la que uno pueda visitar con la disculpa de sacar a pasear el perro por la noche. Pero hay hombres raritos que necesitan dos familias a las que hacer sufrir. Tiene que haber de todo en la vida. Por la radio de mi coche oí una comunicación de la policía. No es que sea legal sintonizar su frecuencia pero ayuda mucho a un detective. El hombre en cuestión se había refugiado en una tercera casa donde al parecer habitaba una amante ocasional que estaba fuera de la ciudad por razones de trabajo. Allí se atrincheró con los dos hijos de la fallecida y uno de mi cliente que recogió al salir de la escuela.



Puse mi coche a volar por la autopista esperando llegar a tiempo. Los secuestradores suelen tomárselo con calma. Al llegar observé que toda la zona en un radio de varias manzanas estaba acordonada por la mitad de los efectivos policiales de la ciudad. Pude convencer al capitán, un viejo amigo de una etapa de mi vida que intento olvidar, de que me dejara intentarlo. Con el megáfono anunciaron que un amigo de su esposa pasaría a verle unos minutos con la sana intención de charlar sobre la conveniencia de dejar a los niños libres y retenerme a mí como rehén. No tuve suerte. En el interior de la casa pude ver un terrible espectáculo. Tres niños apuñalados en el salón con caras de sorpresa y el cadáver de un hombre que había escogido el sueño eterno. Dos tubos vacíos rodaron por el suelo al ser golpeados por la puntera de mi zapato.



El forense solo tuvo que leer la etiqueta de los frascos para darse cuenta de que aquel hombre ya no tenía pulso. No soy un hombre tan duro como creí en un tiempo. En presencia de la plana mayor de la policía de la ciudad vomité los dos sandwiches y restos de la cena de la noche anterior. Me puse tan pálido que el capitán me cogió del brazo y me acompañó al exterior donde me fui recuperando después de respirar hondo tres o cuatro veces la brisa nocturna.



Pensé en el hombre que había pasado de bígamo a trígamo a pesar de que la tercera no era esposa legal pero era esposa...Y vomité de nuevo. Era otra víctima de nuestra sociedad moderna, había sido aplastado bajo el signo más, esa cruz de asfalto que llevamos a cuestas recorriendo nuestros calvarios particulares. Todos queremos más...más dinero, más estimulación, más cariño...hasta más familia. En mi caso he aceptado a regañadientes - pero he aceptado- que el signo menos esté en mi calculadora de la vida. La soledad es algo que me sucede, exterior a mí y como tal no forma parte de mi esencia de individuo. Puede que sea una postura muy cómoda por mi parte, pero es mi postura. Vomité una vez más y me decidí a marcharme.



No esperé al día siguiente para darle la noticia a la esposa. Quería terminar cuanto antes con aquel macabro episodio de mi vida detectivesca. Curiosamente ella no lloró por su hijo ni por los hijos de su rival (no esperaba que lo hiciera por su marido ni por la otra), lo que más le afectó, ¡pásmense ustedes!, fue el conocimiento del vil engaño. Se sintió tan mal que quiso que pasara con ella la noche para enjugar sus lágrimas y calmar su dolor. Curiosamente no deseaba que hiciera de doctor sino de amante. Necesitaba vengarse en caliente. Ella le había sido fiel toda la vida y ¿qué conseguía a cambio?. A duras penas logré que no se desnudara, que no se arrancara la ropa al tiempo que chillaba histéricamente maldiciendo su estupidez.



Me pasé el resto de la noche hablando con ella o más bien escuchando sus desvaríos. Por fin pude emborracharla con una botella de güisqui que encontré en la alacena y conseguí llevarla en brazos al lecho conyugal. Allí la tapé con una manta e hice de enfermera hasta el alba. Despertó con las primeras luces tan fuera de sí que me las vi y me las deseé para que me firmara un cheque por la cantidad adeudada, ni un centavo más. En cuanto lo tuve en mi cartera llamé a urgencias para que la encerraran en el hospital más cercano.



Regresé a casa y dormí doce horas seguidas. En cuanto me levanté hice efectivo el cheque, antes de que su cuenta tuviera problemas. Pagué al casero los dos meses de alquiler que le debía y aún sobró para un nuevo sillón en el despacho donde se acaba de sentar un nuevo cliente que me está pidiendo siga a su mujer, porque cree que le es infiel.



Debí haberme hecho psiquiatra. Así al menos lograría creer un poco en el ser humano.











miércoles, 22 de julio de 2026

EL DETECTIVE

 



                        LA CASADA INFIEL

             No todas las aventuras de un detective privado en la vida real son tan sórdidas como las pintan en la novela negra. Esta historia en concreto comienza muy bien. No todos los días tiene un sórdido sabueso como yo el placer de contemplar a un sex symbol con un sex appeal que tira para atrás. El bombón entró por la puerta de mi despacho y se sentó muy descuidadamente en el único y viejo sillón de que dispongo para las visitas. Se sentó tan descuidadamente que su faldita subió unos centímetros y pude ver sus hermosos muslos enfundados en acariciadoras medias. ¡Quién fuera una de sus medias!. La mujer que tengo frente a mí está manoseando con sus dedos largos de uñas laaargas y muy pintadas un cheque en el que hay escrita una cantidad de la que aún no me ha hablado. No tiene nada que envidiar a cualquier sex symbol que ustedes recuerden o puedan echarse a la mirada en la pequeña o gran pantalla. Sus piernas son largas, muy laaargas, apenas cubiertas en su parte más alta, pero que muy alta, por una escueta faldita.

         La mujer parecía dispuesta a casi todo por disipar mis dudas, esa supuesta renuencia que pongo en mi rostro solo para que suban más y más... la cantidad del cheque, la faldita o lo que sea. Debió interpretar acertadamente mi expresión porque aún subió más su faldita de muñequita pizpireta y me dispensó una sonrisa embriagadora, realmente comprometedora si hubiera sido mía, pero era suya y eso no significaba mucho. Tuve que aceptar el cheque antes de que acabara por desnudarse en un mezquino aunque sin duda antológico streaptease.

 

      Con la lista de sus amantes en un bolsillo de mi cazadora recorrí todas las calles de la ciudad en mi viejo y destartalado coche. A pesar de mis esfuerzos solo encontré un único sospechoso, realmente el único que no tenía nada que perder, ni siquiera tenía familia ni una posición social, no tenía nada. Incluso su autoestima era baja como observé en cuento me lo eché a la cara.

 

      Le apreté las tuercas y cantó. Se trataba de un vividor sin escrúpulos que había conocido a mi clienta en una extraña fiesta donde él se había colado del brazo de su última amante chantajeada. Ignoro si en su vida existía alguna amante no chantajeada. El vividor dejó a su amante en brazos de cualquiera y se prendó de mi bombón con quien charló hasta que ella se cansó y le dejó tirado en cualquier rincón de la casa. El volvió entonces con su amante chantajeada y le sacó toda la información que necesitaba. Entonces regresó con mi bombón, digo cliente, y trató de seducirle con todos sus medios que por lo visto no eran muchos. Al fracasar en el intento acudió al chantaje monetario aunque en realidad sólo le interesaba su cuerpo. No me resultó difícil llegar a un acuerdo con él. A cambio de lo que mi bombón quisiera darle él se iría de la ciudad, muy, muy lejos, donde ni yo ni ella volviéramos a verle. Caso contrario le apretaría las tuerca un poco más hasta que rechinaran todos los engranajes de su cuerpo.

 

      Salí hasta una cabina y llamé a mi cliente, aceptó de inmediato. Llegó en un descapotable y me entregó un paquete envuelto en papel de periódico con una cantidad módica para ella, no para mí. Sentí la tentación de quedármelo, pero soy un honrado profesional a pesar de mi mismo. Al vividor le faltó tiempo para salir de estampida con el paquete debajo de los calzoncillos.

 

      Al día siguiente recibí una llamada en mi humilde despachito. Ella quería agradecerme mis redoblados esfuerzos por librarla de las garras de la maledicencia y el chantaje. Me invitó a cenar en un exquisito restaurante donde degustamos exquisiteces y hablamos como dos carreteros. A ella lo que más le preocupaba era que su marido se hubiera enterado. No quería hacerle daño. Se trataba de un matrimonio feliz a pesar de sus deslices debidos a que su horno calentaba demasiado, no podía encenderlo sin que se viera   precisada a meter algo en él, una pierna de cordero, una pierna de carnero, lo que fuera. Ella creía que su marido le era fiel hasta la adoración.   

 

   Ante su sentimiento de culpa me vi obligado a consolarla cogiendo su adorable manita y pidiendo otra botella de gran reserva. A la segunda copa ya se había consolado. Tanto que me invitó a pasar la noche en un hotel, yo sería el anfitrión y ella la invitada. Tengo que admitir que su cuerpo era mejor desnudo que vestido; aunque solo fuera una faldita y una blusita de nada pero hay que ver cómo cambia una sex symbol en cuanto se desnuda. Mejora mucho, muchísimo. En la cama era un horno aún más potente de lo que yo había imaginado. Casi acaba conmigo, me chamuscó hasta los pelos.

 

    Se despidió con un beso prometiendo volver a utilizar mis servicios, no dijo cuales, en cuanto se viera en otro problema. Aposté que sería pronto y me relamí los labios que sabían a carmín del caro.

 

     Pasó algún tiempo. La vi en la portada de una revista del corazón. Estaba muy guapa al lado de su rico marido. Hacían una pareja tan espléndida que a poco echo la lagrimita delante del quiosquero que se quedó mirándome fijamente y moviendo la cabeza de un lado a otro. Me pareció entenderle que se hacía cruces del poder de sugestión de la prensa rosa, hasta los hombres empezaban a llorar mirando las portadas.

 

      Una tarde un hombre elegante y de modales tan exquisitos que estuve a punto de levantarme y cederle mi propio sillón se coló por la puerta abierta como si hubiera confundido mi despacho con un meódromo. Tenía prisa por hacer sus necesidades. Tanta que me explicó de pie qué le picaba. Se había liado con la hija de uno de sus mejores amigos. Una lolita menor de edad que le iba a costar un serio disgusto si yo no conseguía librarle de un chantajista canalla y con muy malas pulgas. Le hubiera pagado cualquier cantidad pero no se fiaba de que algún día no volviera a templar gaitas. Necesitaba que lo puliera con lija y estropajo.

 

Antes de que pudiera recobrarme de la sorpresa de reconocer en el cliente del meódromo equivocado al fiel esposo de mi bombón ya tenía sobre la mesa un cheque grande, como los que usan los millonarios. Miré la cantidad y casi me caigo de espaldas. Por ese precio le quitaba los moscones a él, a la señora y a la lolita, todos juntitos y bien revueltos. Se sentó un minuto para explicarme con cara compungida que lo único que le interesaba era que su fiel esposa no se enterara de nada. Tenía que ser discreto como una tumba. Se lo prometí intentando controlar la risa. Sería tan discreto como la tumba donde estaba enterrando mi dignidad. Salió rápidamente, antes de que algún picha floja equivocara el chorro y le meara los pantalones.

 

     La vida de un detective real no es tan sórdida como la pintan en la novela negra...;no, a veces lo es aún más.

 

COMENTARIO DE UN TEXTO DE ANA-CECILIA

 




De odios, dice el título. Se ve a un numeroso grupo de mujeres aplaudiendo y aclamando algo que no aparece en el plano. Pienso en un mitin electoral, pero no, porque al instante una voz en off femenina, tan dulce y equilibrada que hace más llamativas sus palabras, expresa con rotundidad: odio los rituales. De pronto la secuencia se hace muy intimista y uno sabe que el corto va de amantes y de la búsqueda de puentes entre dos pieles que están cerca, aunque el abismo que separa a los individuos hará que surja el miedo a repetir viejos rituales.



Conforme se enlazan los planos uno se da cuenta que el odio al ritual es un odio feroz a la rutina que impide la magia mil veces repetida del primer encuentro. Un corto intimista que acaba cuando ya estoy royendo la piel de los dedos. Yo también odio los rituales y el fatum que me condena ciclicamente a la desgracia. No sé la razón pero cada vez que se estropea el ordenador y tengo que cambiarlo se acumulan todo tipo de desgracias. Es como un aviso de un viejo chamán, al que no conozco, pero que me cuida como a su discípulo predilecto. Entre nosotros hemos establecido un código. Cuando se te vaya a la porra el ordenador ¡cuidado! porque el rebaño de desgracias vienen a balar a tu puerta. Tu vida va a dar un giro. Ten cuidado y calma los nervios.



Con la palabra the end con puntos suspensivos, porque los cortos de mi directora favorita nunca terminan en la pantalla, salgo corriendo y regreso al hogar. Antes de abrir la puerta tengo que apartar al rebaño de ovejas-desgracias que siguen balando histéricas. Conserva la calma no hay oveja-desgracia que cien años dure. Puede que el chamán te esté diciendo que debes cambiar tu vida y lanzarte de cabeza a la corriente subterránea de tu subconsciente. Mientras las ovejas-desgracias siguen balando fuera pongo un poco de música y pienso que yo también odio los rituales porque acaban con la espontaneidad que poseía la vida hace mucho tiempo, cuando no se estropeaban los ordenadores. Hago señales de humo que dicen, un abrazo. Y pienso que, aunque las ovejas nunca vienen solas también es cierto que a toda oveja-desgracia le llega su San
Martín.

miércoles, 15 de julio de 2026

A DE ANA-CECILIA III


 




 

           EL SALUDO DE UN TERRAQUEO

 

Hipo fue abducido en el tiempo que duró su parpadeo de asombro. De pronto se encontró en el centro del salón-biblioteca de la nave-platillo volante de Almina que había sido despojada de todo su mobiliario. La diosa literalmente había tirado la casa por la ventana. Recordemos que la nave era monoplaza y que debido al volumen del terráqueo que era considerable por emplear una palabra gentil y considerada, la necesidad de conseguir espacio a cualquier precio se hizo angustiosa.

Almina la bella apareció en el dintel con un traje de cuero fosforescente y una capucha de mujer pantera. Saludó a Hipo con un beso en la frente que insufló en las meninges del terráqueo gran parte de la sabiduría divina y todos los conocimientos que poseía Almina sobre el rodaje de cortometrajes, que eran muchos, muchísimos. Lo que Hipo hiciera o deshiciera de ahora en adelante era de su única y exclusiva responsabilidad.

Como primer abducido de la historia Hipo no sentía miedo sino encantadora sorpresa y reverente admiración por la diosa. Buscó un lugar donde sentarse y como no lo encontrara se acuclilló hasta conseguir que su trasero rozara la superficie plateada de la nave. Cuando estuvo en reposo abrió su gran boca para expresarle a la diosa su interés porque rodara con su cámara mágica la esencia matizada de la especie humana, todo ello según un plan de trabajo que trazó rápidamente en una libreta con uno de la media docena de bolígrafos BIC que siempre llevaba en el bolsillo de su enorme camisa.

Deberíamos rodar, le dijo a Almina, escenas sobre el Anthropos politikón, el homo lúdicus, el villanus aviesus e incluso muy bien se podrían rodar unos metros en la pasarela Cibeles, lugar emblemático de la moda según las revistas del corazón que leía Hipo a escondidas. Aunque la diosa no sabía mucho de estas cosas lo cierto es que intuyó por un momento que a Hipo se le había visto el plumero. Hete aquí que fue la primera vez y no sería la última en que Almina se planteó muy seriamente si no se habría equivocado al escoger aquel terráqueo como compañero de viaje. ¡Menuda joya estaba hecho!.

Para no tener que pensárselo dos veces decide despegar el platillo en vertical, hacia arriba, propulsado por una energía desconocida que no vamos a desvelar por miedo a la Cia. Necesita actividad, mucha actividad, porque la vagancia es causa de todos los males humanos y divinos. Hipo pregunta por la cinemateca de la nave y moviéndose por la superficie a duras penas consigue apoltronarse al tiempo que Almina pone en movimiento un cortometraje de su almacén, precisamente el titulado "Confidencias de un Dios". A Hipo le encanta. Piensa que debería comentar algunos detalles con la diosa pero no le da tiempo a pensar más porque la nave sufre una espectacular sacudida en su dificultosa ascensión vertical. Ni siquiera la potencia divina que impulsa a la nave de Almina puede fácilmente con el peso hipiano. Dura y humillante experiencia para nuestro terráqueo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 6 de julio de 2026

OBRA COMPLETA DE SLICTIK XIV




A DE ANA-CECILIA II





LA DIRECTORA DE CORTOMETRAJES

En la isla del paraíso, centro del universo, los dioses están alegres, beben grandes copas de ambrosía, se les escapa la risa por todos los poros de su divinidad y se abrazan y besan como celebrando algo importante.

Y así es porque Almina, la bella les acaba de comunicar que ya no aguanta más la vida de hastío e inoperancia que se dan los inmortales, como si esta cualidad divina, la inoperancia, tuviera relación alguna con otra muy humana, la vagancia. Anuncia que sus vacaciones serán largas y muy productivas ya que su vida laboral ha consistido en el «dolce far niente» y demás cuchufletas de los dioses. No verán su divinidad en mucho tiempo, lo que sin duda hará que sus ojos se licuen, no en vano la llaman Almina, la bella.

Los dioses se carcajean de su sorprendente decisión y la animan a preparar rápidamente su equipaje. Así lo hace Almina, que no soporta el imperturbable pasotismo de los inmortales. Una vez cerrado el baúl, regalo de Pandora, se presenta al dios Cinematógrafo, dios protector del celuloide y de las artes plásticas, quien le pone en sus manos una diminuta cámara digital, poseedora de una magia especialísima que puede registrar los sentimientos humanos, los pensamientos ocultos y hasta los entornos más inaccesibles a la mirada de los dioses. Con ella podrá enfocar desde los ángulos más insólitos, realizar los travellings más sorprendentes y los zooms más impactantes. Con ella será capaz de registrar los diversos universos existentes fuera de la isla del paraíso que se convertirán en pequeñas obras maestras en la biblioteca de los dioses.

Aquí el dios Cinematógrafo guiñó el ojo a Almina y llamó a Hermes, para que se hiciera cargo del voluminoso equipaje. Una vez en la nave ésta salió disparada a la busca de nuevos mundos. Tiene la forma de un platillo volante, es monoplaza pero muy cómoda y sus motores, cuyo secreto solo los dioses conocen, permite alcanzar velocidades casi instantáneas.

Almina ordenó a la computadora de a bordo que eligiera un mundo al azar y cuando tras un merecido descanso fue despertada por la voz sumisa de Alondra -así llamaba la diosa a la inteligencia artificial que controlaba su nave- pudo ver allá abajo, a través de los amplios ventanales de su dormitorio, un planeta de un color azul-deshilachado, salpicado de grandes manchas de un color verde-charca. Cuando pidió informes Alondra resumió su base de datos sobre los humanos diciendo que eran unos seres, presuntamente inteligentes que se caracterizaban por su desenfrenada y estúpida actividad, cercana al surrealismo divino.

Algo muy adecuado, pensó Almina, para mis vacaciones y desde luego tanta actividad me permitirá aprender el manejo de mi cámara enfocando aquí y allá hasta alcanzar la maestría. La diosa se vistió con esmero y poniéndose a los mandos de su nave dio tantas pasadas por la órbita terrestre que luego, ya humanizada y terrestrificada, se quedaría de una pieza al saber que su vertiginosa actividad en órbita terrestre había dado lugar a la primera oleada de avistamientos de ovnis que ocuparían las primeras páginas de los diarios durante varios meses.

Pero fue un humano muy especial el primero en avistar un platillo volante u ovni. Almina se llevó una gran sorpresa al posarse en la cúpula de una montaña y contemplar la oronda figura de un humano que se afanaba en prender una hoguera para calentarse una fabada de lata. No pueden ser tan voluminosos los humanos, pensó Almina y se dispuso a preparar su cámara para rodar una escena tan pintoresca. Imaginaba que el humano saldría disparado montaña abajo al ver a una extraterrestre en su nave achaparrada, pero Hipo, ese dijo que era su nombre tras los primeros saludos, saludó con la mano muy jovial y trotó hacia la nave con la intención de invitar a la extraterrestre a la magra cena que estaba preparando.

Almina se lo pensó dos veces pero se dijo que necesitaba un productor, traductor, mánager de localizaciones, script y lo que se terciara. ¿Y quién mejor que un humano para superar las aduanas, fronteras, idiomas y trabas que opondrían los humanos a la actividad registradora de sus debilidades que iba a emprender con muy buen pie?. Oprimió el botón que encendía y apagaba las luces de la nave, produciendo al mismo tiempo sonidos de belleza divina, y se dispuso a establecer contacto con el terráqueo que jadeaba montaña arriba como un hipopótamo fuera del líquido elemento.

sábado, 20 de junio de 2026

VENUS DE FUEGO VIII

 



Así fue. El dolor se inició cuando ella me estaba extendiendo el bálsamo por los testículos. Fue como el pinchazo de una gran aguja que se extendió por todo el pene y luego pasó a instalarse en los testículos. Me dolía el bajo vientre y no era un dolor para reírse. Ella terminó su tarea y sacando de su maletita de viaje un pañal especial me lo puso con gran esfuerzo. Allí quedó Johnny transformado en un bebé grande, con un pañal sobre su culito y la sensación de que Venus me había gastado una mala pasada. Para calmar el dolor la pedí una copa doble y que me encendiera un cigarrillo. Se sentó a mi lado y me acarició la cabeza.

 

 ¡Pobre Johnny! Como venganza sugería que podía contarme las experiencias más duras de su vida. Se sonrió y no tuvo empacho alguno en comenzar a narrarme su vida de puta de carretera. Yo la escuchaba con los dientes apretados por el dolor. Pero pronto el bálsamo comenzó a hacer efecto. La escuché interesado hasta que sin transición me quedé dormido. Soñé que caminaba con la polla enhiesta por las calles y que todas las mujeres me hacían pasar a sus dormitorios donde me encadenaban hasta conseguir la satisfacción debida. Me explicaba que los dioses me habían castigado por buscar el placer carnal por encima del espiritual. Yo no podía creer que los dioses fueran tan injustos. Pero continué mi largo periplo, caminando por las calles, desnudo, con el miembro erecto apuntando como una pistola. Los caballeros se reían, me daban palmaditas en la espalda y me preguntaban si tendría bastante con aquel castigo o tendrían que llevarme de ciudada en ciudad, de país en país y de continente en continente hasta que la picha se me cayera a pedazos. Noté cólera en sus voces y rabia y deseo de venganza.

 

Las damas se acercaban, se sonreían, me cogían de la polla y tiraban de mí hasta sus casas. Notaba el dolor en todo el cuerpo y pedía a gritos, suplicaba que me dejaran descansar un momento, solo un momento. Ellas no se inmutaban. Me tendían en sus lechos. Se desnudaban con gestos obscenos. Bailaban la danza del vientre para mi y ponían sus coños frente a mis ojos, aplastaban bien mi nariz para que pudiera oler aquel coctel de marisco. Me agradaba el olor y me sentía culpable por ello. Me enseñaban sus cuerpos con lubricidad, sacaban sus lenguas como si me fueran a hacer la gran mamada y yo me sentía culpable de abandonar mi petición de clemencia a los dioses para disfrutar de aquellos espléndidos cuerpos y notar el deseo en mi vientre. Era consciente de que mientras los deseara no sería perdonado pero no podía dejar de desearlos, no quería.

 

Me despertó el aroma de un guiso. Venus estaba en la cocina. Me acerqué con mi pañal en ristre. Ella me dijo que no era buena cocinera. Necesitaba que yo echara una mano. Lo hice encantado. Almorzamos con apetito voraz. Un plato de spaguetti a la boloñesa y unos gigantescos chuletones. Todo ello regado con un exquisito vino tinto. Fue una comida muy agradable y en la sobremesa nos contamos algunos de nuestros mutuos secretos. Tal vez me decida a contárselos en otro momento.

 

Fue un día largo. Venus no podía dejar de pensar en el placer que había sentido a lo largo de la noche. Deseaba que al menos intentara montarla otra vez, pero yo me excusé. Mis bajos estaban en ruinas y no quería que aquel dolor, aquellas punzadas, volvieran de nuevo. No obstante no pude librarme de trabajar su cuerpo con mi boca y con mis manos. Besé y acaricié sus pechos y pezones hasta llevarla al orgasmo. Introduje mis dedos por delante y por detrás hasta conseguir que ella se sintiera feliz. Quiso darse más potingues pero no la dejé. Tan solo un poco de crema en el clítoris para que mi índice no la hiciera daño. Al llegar la noche caímos totalmente agotados, pero yo no pude librarme de aquella maldita pesadilla. Todas las mujeres del mundo, gordas, flacas, jóvenes, viejas me arrastraban por la polla a sus cuartos y de allí no me dejaban salir hasta satisfacerlas.

 

Estuvimos en la casa de la sierra otros dos días. Acepté volver a practicar sexo con Venus con la condición de dejar los potingues a un lado. Esta vez con calma y de forma natural disfrutamos lo justo y charlamos por los codos. Una vez pasado el efecto de los afrodisiacos y de los orgamos encontré a Venus menos deliciosa. Su cuerpo continuaba siendo espléndido pero su labia me crispaba. Dejó de hablar de sexo y comenzó a hacerlo de dinero. Tenía grandes planes para el futuro. Iba a ser millonaria y yo podría acompañarla en un crucero por el mundo. No quise hacer la pregunta pero me salió de dentro. Quise saber si después de lo que había disfrutado podía plantearse el sexo como un negocio. Me dijo que nunca olvidaría aquellos días pero que el sexo como todo, tiene sus ciclos. Cuando uno de aquellos viejos verdes la montara el sexo no sería otra cosa que el clic de la caja registradora. Anotaría un ingreso y si estaba de humor pensaría un poco en mi mientras el otro intentaba besarla. No, no, amigo, esto requiere un plus a convenir.

 

Me sentí un poco asqueado. Pero al fin y al cabo no creo que el placer que yo busco en la mujer sea más elevado que el que ella busca en el dinero. ¿O sí? Puede que tal vez a mi me guste más la comunicación con la mujer, el placer compartido, las historias que nos contamos mutuamente. Puede que lo mio sea un poco mejor que lo de Venus. Tan solo un poco. Si yo amara de verdad sería monógamo. Encontraría la mujer de mi vida y con ella lo compartiría todo. ¿O tal vez eso es también un engaño? ¿Existe el verdadero amor o solo es la pasión del momento que se extingue con el tiempo?

 

Volví a ver a Venus de fuego en más ocasiones. Una vez pasado el aprendizaje con ella quedábamos a veces para tomarnos un cafelito y charlar. Experiencias como la que nosotros habíamos vivido unen aunque no se quiera. En alguna ocasión accedi a volver a repetir aquella orgía de fuego, placer y dolor. Yo también había quedado un poco tocado. Claro que hablé con Lily de lo sucedido. Ella me explicó que los hombres sensibles como yo no podían permitirse el lujo de embadurnarse de potingues hasta el cuello. Lo justo, solo lo justo, Johnny, me dijo ella riéndose. Y me enseñó a encontrar el punto justo en unas cuantas orgías con ella. Fueron especiales, muy especiales. Sin dolor, con calma, con mucha conversación y mucho cariño. En ellas Lily me contó cosas muy íntimas que solo se las contaría a su diario, del que entonces no sabía de su existencia.

 

Venus disfrutó mucho conmigo en aquellas orgías que acordamos repetir una vez al año, el día del aniversario. Tengo muchas más cosas que contar de ella, pero tal vez deba hacerlo en otra ocasión. Lo que sí les adelanto, y me alegro por ella, porque de alguna manera se lo merecía, es que logró atrapar a un millonario. Un viejecito decrépito se quedó prendado de sus carnes en una playa de la Costa Azul, donde había ido a pasar las vacaciones. Lo engatusó con su cuerpo y con los potingues de Lily que se había llevado sin su permiso. Consiguió que no se muriera la primera noche y al día siguiente él la llevó a la vicaría, sin pensárselo dos veces. El viejecito le duró unos cuantos años, no imagino cómo. Tal vez le engatusara con los potingues pero no permitiera que los usara mas que una vez al año. Solo por esperar ese momento el viejecito puso todo a su nombre, desheredando a un pariente lejano, y cuando murió Venus se convirtió en la madurita de moda.

 

 Salía en las revistas, estaba en todos los saraos y cuando su dinero no fue bastante para impedir que saltara el escándalo de su anterior vida de prostituta, se retiró por el foro con gran dignidad. Ahora, según me dice en su última postal, se siente un poco cansada de la vida. Ha perdido su lozanía y así la vida no la compensa, a pesar de su dinero. Tiene una hermosa mansión en algún lugar oculto que no voy a desvelar para que la prensa rosa la deje en paz. Me acaba de invitar al aniversario. Una costumbre que no hemos perdido nunca, ni siquiera en sus años de casada ejemplar. Iré, no tengo dudas. Yo también estoy jubilado aunque no tan viejo como ella. Me dedico a mis negocios y llevo una vida tranquila, dedicado a la cultura y alguna mujer hermosa pasa de vez en cuando por mi lecho. Luego de mi aventura con la escritora dejé de pensar en la posibilidad de casarme. Lo hubiera hecho con ella -me ayuda a escribir estas memorias- pero sus hijos fueron un obstáculo demasiado serio para que nuestra relación saliera adelante. Somos grandes amigos y hacemos el amor cuando nos apetece, leemos juntos, vamos al cine o a la ópera y disfrutamos de la vida. En cuanto a Marta no la he vuelto a ver. Fue la gran tragedia de mi vida, pero eso es mejor que lo lean en mi diario.

 

¡Venus, Venus de fuego!El sexo, la pasión y unos potingues de Lily unieron nuestras vidas. Fue agradable y tú fuiste una buena mujer a pesar de tu desmedida afición por el dinero. Otros tienen otras pasiones más mezquinas.

 

                 FIN

 

viernes, 5 de junio de 2026

 


Monólogo: La Robotina


Hola a todos, soy vuestro amigo César y os voy a hacer un monólogo humorístico muy cortito porque hay que comer. Antes os voy a decir que si os sabeís o sentís curiosidad por mi uniforme, es el uniforme del club de los dinosaurios; que fundé hace doce años, bueno, un poco menos. Ya en otra ocasión si tenéis tiempo y os apetece ya os hablaré de él, perohoy toca hablar de la Robotina. Antes de comenzar permitir que dedique este monólogo a mi querida amiga Ana, vamos a comenzar.


Hace algún tiempo, no sé cuánto, yo estaba en un cuerno perdido aquí en la Rioja, en el quinto pino, y estaba en una casa de alquiler, con un jardín cuidando de los gatos y aquellatarde, precisamente aquella tarde, estaba viendo un documental del famoso periodista Iñaki Gabilondo, ¿le conocéis no? Estaba entrevistando a un ingeniero informático japonés experto en robótica y a su lado tenía una preciosidad, una chica japonesa ¡maravillosa! Cómodescribirla: el óvalo perfecto, los ojos claros, la piel blanca fina, todas las proporciones perfectas y yo me quedé pasmado cuando a lo largo de la entrevista dijo el informático “Te presento a una robot en la que estoy trabajando"  Yo a las mujeres robot las llamo Robotinas yo me quedé asombrado, no puede ser, es la mujer más maravillosa del mundo, una voz súper agradable, dulce, un físico impresionante y era una robot.


Cuando terminó el documental, a mi se me encendió la bombilla en la cabeza, y me dije: Si en el internet profundo o internet oscuro, como lo llamen, se puede conseguir todo, incluso he oído en los medios que alguno ha pedido un sicario para matar a su peor enemigo, digo, malo será que no encuentre una Robotina, entonces me senté delante del ordenador. En el buscador escribí: Robotina doméstica precios, le di al intro y me salió un catálogo largo, largo, y la primera era precisamente esta Robotina, aquí el que no corre, vuela.

 Ya la habían clonado y la habían sacado a la venta, entonces digo: bueno la compro me cueste lo queme cueste, y ¿qué me costó? Un ojo de la cara, el izquierdo, lo veis en su estado natural,pero no, es artificial y al cabo de unos días, no sé cuántos, apareció por el pueblo una empresa de transporte y los empleados venían quejándose, “este pueblo está en el quinto pino, este pueblo está en el quinto pino, y esta caja como pesa, esta caja como pesa”. Tuve que darles una propina, cuando les di la propina me entraron la caja a la cocina donde estaba y lo primero que hice cuando se marcharon fue salir corriendo corriendo, busqué la caja de herramientas, el destornillador, el martillo, los alicates y quité todas las tablas, todo yquiero ver a mi Robotina, no os asustéis, la Robotina no venía desnuda, venía con un Kimono japonés precioso que la tapaba hasta las sandalias, entonces me fijé en que venía ahí junto al ombligo había un escrito, era el manual de instrucciones, era muy sencillito, estaba en español y decía: para activar la robot toque el botón del ombligo; el segundo dato era importante, haga el favor de cambiarle el nombre al Español porque aunque el nombrejaponés es maravilloso pues no va a ser capaz de recordarlo, entonces yo abrí un poco el kimono, toqué con el dedo el ombligo, era un botón, se activó la Robotina, abrió los ojos yme miró dulcemente y yo le dije: Robotina, te vas a llamar Ana.Anita para los amigos, ella abrió la boca y me dijo: César, Cesarito para los amigos, ¿que quieres de mi? Y yo le dije hombre eres una Robotina que me ha costado un ojo de la cara, por lo menos tendrás que hacerme las tareas de la casa y alguna cosa, miré hacia el fregadero que estaba lleno de cacharros, luego miré a la Robotina y ella me sonrió y le dije:


Oye, creo haber leído en el catálogo que tú estabas programada para prestaciones sexuales, se enfadó muchísimo y me dijo: ¿tú crees que los robotines somos automáticos, que somos maquinas?, no, somos igual de humanos que vosotros, vale, que vosotros tenéis el ombligo para dentro como un agujerito y nosotros lo tenemos para afuera como un botón.

Fue en aquel momento cuando descubrí la diferencia que hay entre los robots y los humanos. Vosotros pensaréis que mi obsesión por los ombligos es un poco patológica, bueno sí y no, porque a mi lo que me obsesiona es que los robots están entre nosotros, están disimulados entre nosotros y la única manera de descubrirlos es viéndoles el ombligo, entonces, claro hay que esperar al verano, a la ola de calor y entonces vamos a la piscina y vamos mirando ombligos, uno tras otro, el que tenga el ombligo para afuera es robot, y el que lo tenga para adentro pues es un humano más.


Bien, debo deciros que yo lo que quería obtener, relaciones sexuales con la robotina, eran maravillosos, pero ella me dijo: No no, nosotros, yo completamente soy humana y quiero un cortejo, quiero una solución, quiero tener amor ¿?; entonces yo le dije: Vale, haré un poema, te cortejaré, etc, etc. para cortar un poco, porque ya hay que comer, os daré un final a esta historia que tiene muchos episodios, uno de ellos ya os lo contaré en otro momento, pero ahora, ¿Qué pasó? La Robotina me pidió que la pagara, por su trabajo, es decir, fregar los cacharros, me pidió que hiciéramos un convenio, que le dijera de alta en la seguridad social y al cabo de un tiempo, no mucho, desapareció, yo bajé un día y había desaparecido.

Entonces lo mismo que me pasó con mi gatito Zapi, no la he vuelto a ver, si ahora entrara por la puerta, yo iría, me tiraría al suelo y le diría: pídeme lo que quieras que yo te lo concedo, pero no va a entrar porque estos acontecimientos maravillosos de la vida solo ocurren una vez, y ahora me permitireis que termine con una pretina que ya conocéis todos;

y colorín colorado, este cuento japonés se ha terminado, muchas gracias!


https://youtu.be/C3u0lhEO4nY?si=tnIiIlhFJg_00erx

viernes, 15 de mayo de 2026

VENUS DE FUGO VII

 


No sé el tiempo que tardamos en calmarnos. Venus debería sentirse aplastada bajo el peso de mi cuerpo, pero no se quejaba. Me agarraba cada vez con más fuerza y gemía suavemente. Acercó su boca a mi oreja, la mordisqueó ligeramente y como si le costase un esfuerzo terrible, como si aquel susurro saliera de sus entrañas y no de su boca, me dijo: Te quiero, Johnny. Apenas fue un silbido en mi oreja, pero comprendí que había logrado más de aquella mujer que todas las pollas anónimas que habían aposentado su deseo por unos segundos en aquel vientre. Unas lágrimas furtivas salieron de mis ojos, como con prisa y se deslizaron por las mejillas hasta mi boca. Noté el sabor salado en mi lengua cuando las recogí. Acerqué mis labios a su oreja y con voz clara, sin titubeos, dije: Te quiero Manoli, eres hermosa y eres buena. ¡Ojalá encuentres un día el hombre que te mereces!.

 

Y entonces ella se echó a llorar a lágrima viva. Sollozaba como un volcán a punto de explotar. Lloraba sin inhibiciones, sin miedo a nadie y a nada. Lloraba por su vida, por su muerte, por el amor y por el odio, por mi y por ella, por todo aquello que nunca conseguiríamos. Intenté calmarla y al no lograrle tapé su boca con mis labios en un largo e intenso beso, ardiente, puro fuego. Así permanecimos con el alba entrando por las rendijas de la persiana.

 

Cuando nos calmamos decidimos ir juntos a la ducha. No podíamos separarnos, al menos no ahora. Allí, bajo el agua caliente, reímos y lloramos como dos niños. Nos besamos y abrazamos. Pegamos nuestros vientres y dejamos que el agua escurriera por nuestras espaldas. Nos secamos juntos, como pudimos y regresamos a la habitación también juntos, como dos siameses pegados por el vientre. Ambos necesitábamos algo reconfortante. Nos servimos un trago tan juntos que los vasos chocaban a cada movimiento. Echamos un largo trago y otro fuego nos recorrió por dentro. Regresamos a la cama hundida. Nos reímos. Busqué sobre la mesita un cigarrillo y lo prendí. Aquel humo me supo a fuego. Ella me pidió que  encendiera uno para ella. No fumaba pero le apetecía.

 

Fumamos en silencio, mirándonos a los ojos y mirando nuestros cuerpos. Mi pene aún conservaba algo de la brutal estimulación sufrida. Ella lo acarició con delicadeza y entonces revivió poco a poco. Terminamos los cigarrillos y la copa. Nos besamos y ella bajó con su boca por mi pecho hasta la pelambrera de mi pubis. Con la punta de su lengua fue cicatrizando cada herida de aquel trozo de carne de triste aspecto. Lo cogió con la mano y estiró la piel hacia abajo. El glande quedó al aire, color púrpura. Lo acarició con la punta de su lengua y yo comencé a sentir otra vez aquel dolor y aquel placer. Me tumbé hacia atrás y dejé que ella me reviviera.

 

Fue una experiencia digna de un dios del Olimpo. Venus tenía una especial maestría para saber el ritmo y la intensidad necesarias para hacer revivir al muerto. Lo introdujo en su boca y lo absorbió hasta su garganta. Luego suavemente fue bajando y subiendo con él en la boca. No se le escapaba. La boca bajaba hasta los testículos y todo el miembro quedaba en su garganta, clavado muy hondo. Comencé a gemir y a retorcerme. Ella no paraba, aumentando su ritmo. Al cabo de unos minutos noté el terrible dolor del pene en su plenitud. Estaba otra vez vivo y los restos de la pócima de Lily parecían revivir con él. Dejé que que Venus continuara hasta que ya no pude más.

 

Me retiré levantándome como si tuviera muelles en las piernas y la monté. Mi polla penetró otra vez en su vagina con increíble facilidad. Estaba lubricada, estaba otra vez en forma. Ella me hizo un gesto. Me estaba pidiendo que cogiera otra vez su necesaire y se lo alargara. Negué con la cabeza. Dije: No. Y repetí: No. Ella se echó a reir. No es para ti. Comprendo que no quieras pasarte el resto del día con la bolsa de hielo en los huevos. Quiero que me lo hagas por detrás y necesito una crema, sino me desgarrarías. No estoy acostumbrada y tal como tienes esa polla podría romper un ladrillo.

 

Le pasé lo que me pedía y ella hurgó un rato. Sacó otro tarrito y me dijo que le untara el ano sin miedo. Cogí con el índice de mi mano derecha un buen pedazo de crema, casi sólida, y busqué su agujero. Ella se había puesto boca abajo, las rodillas flexionadas. Tenía un culo hermoso, prieto, agradable a la vista y al tacto. Con las palmas de las manos lo abrí todo lo que pude y metí mi índice. Primero extendí la crema por fuera y luego, siguiendo sus instrucciones, cogí más y metí el dedo a fondo. Ella se encabritó un poco. Me haces daño. Vete con más cuidado. Continué untándola como para tomar el sol, suavemente. Sentía placer en que mi dedo entrara y saliera, en bajar por el canalillo sobre el agujero. Cuando hube terminado ella me pidió que nos pusiéramos de costado. La penetré por delante y me pidió que la acariciara suavemente con el dedo por detrás. Lo hice y noté que el agujero se abría más y más. Parecía estar excitándose al mismo ritmo que su clítoris que aún notaba hinchado. Con ritmo la penetraba por delante y mi dedo seguía el mismo ritmo por detrás. Era agradable y así podría haber pasado horas. Pero ella me pidió que pasara a la parte trasera.

 

Como la cama estaba en el suelo resultaba un tanto complicado. Ambos de mutuo acuerdo nos levantamos. Venus se apoyó en un extremo del sofá y yo me situé detrás de ella. La polla estaba otra vez reventando, aún se estiraba una micra más cada segundo. Me acerqué a ella. Coloqué el pene entre sus piernas y me incliné. Mi pecho en su espalda. Acaricié sus pechos con gran placer. Se los estrujaba cada vez con más deseo pero no parecía hacerle daño. Creo que sus potingues estaban aún más vivos que los mios. Con los dedos jugueteé con sus pezones y ella comenzó a gemir con ganas. Mientras mi mano izquierda seguía en su pecho, la derecha bajó a su sexo y jugueteó con él, con su pelo, con sus labios, con su clítoris. Comenzó a mover el culo con ganas y a gemir. Introduje el dedo en su sexo y fui penetrándola con él poco a poco. Gimió y me pidió que la penetrara por detrás. Me ayudé con la mano izquierda que dejó la suavidad de su pecho.

 

La punta rozó su ano y poco a poco fue penetrando en el agujero. Le costaba hacerlo porque aún no había adquirido plena elasticidad. Yo seguia con mi dedo y al mismo tiempo con las caderas iniciaba el ritmo de la penetración. Me retiraba un poco y luego introducía la punta en el agujero. Poco a poco su sexo se fue inundando de jugo, sus gemidos se hicieron más constantes y atrevidos. En el juego del mete saca el ano se iba ampliando más y más. Llegó un momento en que pude introducir entero mi pene. Ella gritó y yo también. Allí nos quedamos un tiempo. Me incliné sobre su espalda y la besé. El dedo seguía entrando y saliendo suavemente de su sexo. Sentía tanto placer como si aquel dedo se hubiera transformado en un segundo pene. Ella me indicó con rápidos movimientos de su culo que quería más marcha. Fui entrando y saliendo con mucha calma, el ano parecía haberse agrandado tanto como su sexo. Era muy agradable. Me encantaba la penetración anal. Más novedosa y llena de alicientes. Venus movía su culo a mi ritmo. El dedo continuaba entrando y saliendo hasta que no pude atenderle más y quedó allí, agarrado entre unos labios ansiosos. Ahora estaba muy ocupado intentando seguir el ritmo que me imponía el culo de ella. Parecía estar a punto de llegar otra vez al orgasmo. Yo también necesitaba hacerlo pronto o el dolor se haría imposible otra vez.

 

Saqué el dedo, puse mis manos en sus pechos y con furia comencé a penetrarla. El ano se había hecho tan grande que no tenía miedo de desgarrarla. Ella había dejado de gemir y sollozaba de placer. Bajé las manos de los pechos a las caderas y apoyándome con fuerza comencé una galopada hacia el orgasmo. Lo noté venir de lejos, menos doloroso, más suave pero igualmente delicioso. El sofá se movía hacia delante y nosotros con él. Sentí que llegaba y aceleré más el ritmo. Llegué y grité de placer. Ella me dijo que continuará. Mientras el pene iba descargando su mercancía no dejaba de jugar al mete-saca. Un poco de viscosidad seminal se deslizó de su ano bajando por el muslo derecho. Venus ayudó con un movimiento ya desesperado y explotó en una agitación de culo, de pechos que se bamboleaban en el aire y de grititos cada vez más acelerados. Chillaba como una ratita y no podía parar el movimiento espasmódico de su culo. Tardamos algunos segundos en controlar los espasmos de nuestros cuerpos. Luego me incliné sobre ella y dejé que mi pecho reposara sobre su espalda y mi cabeza entre su pelo.

 

Esta vez cada uno se duchó por separado y ella me alargó una especie de suavizante para mis partes. Salí de la ducha bastante entero. Acudí al sofá donde ella se había echado y me hice un hueco cerca de su culo. Me advirtió que Lily la había aconsejado no abusar de los potingues conmigo, creía que era muy sensible. Se disculpó por no creerla. Lily no tenía confianza en que yo me controlara, me dijo Venus. Me dio un bálsamo especial. Ahora te lo extenderé por todo el bajo vientre y luego te pondré un pañal. Sí no te rías, ya verás como dentro de un rato comienza a dolerte con ganas.

 

Continuará.

 

.

miércoles, 29 de abril de 2026

VENUS DE FUEGO VI

 


Yo acabé antes de reírme que ella, se me contrajeron los músculos de la cara por el dolor que sentía bajo el hielo. Venus continuó riéndose un buen rato. Las carcajadas se fueron atenuando hasta casi desaparecer. Entonces se acercó, tumbándose en la cama a mi lado. Puso su mano derecha sobre la bolsa de hielo y notó que los cubitos casi se habían desecho. Tuvo la amabilidad de acercarse a la cocina y volver a llenar la bolsa con el preciado tesoro. Al colocar el remedio sobre mis males los acarició como al descuido y yo gemí sin inhibiciones. Me preguntó si me dolía. Respondí que mucho, muuucho.

 

-¿Qué puedo hacer por ti?.

 

Entonces, así como estaba, con la bandera a pleno asta, cubierta por la escarcha, se me ocurrió preguntárle cómo había alcanzado aquel título honorífico.

 

-¿Cuál?. Ja,ja. A mí no me nombrarán nunca marquesa. ¿Te refieres a Venus de fuego?

 

Con el astil de la bandera saludando el alba, resultaba de lo más ridículo interrogar a una mujer sobre las razones por las que había adquirido el llamativo apodo de Venus y de fuego, nada menos. Ella captó lo divertido de la situación, me besó y mirándome todo el rato ( a las mujeres no les gusta nada mirar a las paredes cuando te cuentan una historia, lo que suele ser habitual en los hombres) inició su historia con la misma tranquilidad que si se la contara a su marido. Nada como el sexo para dar confianza.

 

"Verás, Johnny, no soy tan tonta como algunos creen. He oido comentarios que me hacen pensar que muchos me consideran fria, una máquina registradora, que solo se calienta al tacto del dinero. No voy a negar que me gusta el dinero y mucho. Eso no es un delito. En la vida la mayoría de las cosas que necesitas para sobrevivir, la comida, la casa, no se obtienen de otra forma. Y los grandes placeres de la vida no están precisamente al alcance de los pobres. ¿Qué tiene de extraño que me guste el dinero? Dicen que la salud y el amor no se consiguen con plata. Los pobres suelen estar más enfermos que los ricos y en cuanto al amor, muchos me han confesado su amor cuando tenían la polla caliente, pero en cuanto se les ha desinflado, el amor ha volado como un pajarito. El amor dura lo que dura la pasión y ésta no aguanta mucho.

 

"Lo demás es costumbre o interés. En cuanto a que soy fria, pudiera ser que tantos años de mete-saca me hayan hecho una profesional desinteresada en los trabajitos que me hacen en el sótano. Puedo asegurarte cariño que me gusta el mete-saca, aunque necesito que me guste el hombre y que el momento sea el que yo elija. Los potingues de Lily me vuelven loca y si es con un macho cariñoso como tú no puedo resistirme.Habitualmente veo esto como un negocio, disimulo y engordo mi cuenta del banco. No siempre fue así...

 

Me contó que procedía de una ciudad de provincias, hipócrita y puritana, como todas. Ella era una chica de formas rotundas y ya de muy jovencita notaba el fuego que prendía en los machos. Por desgracia la consideraban tonta, un tanto lerda. No todos reciben un cerebro que les sirva para algo más que para llenar el hueco de la cabeza. Ella se sentía muy frustrada porque no aceptaban su compañía si no era para meterla mano y las mujeres la consideraban una idiota calienta-braguetas. En el instituto -donde repitió el primer curso tres años- los chicos la seguían a todas horas diciendo guarradas, obscenidades e intentando tocarla el culo o las tetas al menor descuido. No era agradable ser considerada un objeto y además tonto. Pronto decubriría que el juego podía llegar a ser divertido y placentero, si aprovechaba su chance.

 

Escogió al guaperas y en lugar discreto le permitió un concienzudo magreo. Cuando el niño guapo estuvo caliente intentó meter la picha en el agujero elegido por la naturaleza para apgar las calenturas, pero ella no era tan tonta como parecía. Sabía que de una tontería así muy bien podría nacer un niño y eso eran ya palabras mayores. Ante la grosera insistencia del adonis utilizó su mano, como bombera en ciernes, y apagó el fuego que consumía al guayabito, que dejó de hacer promesas de amor eterno en cuanto vació sus huevos.

 

No pudo callar aquella aventura- los hombres son así, boca grande y picha pequeña. Y le faltó tiempo para anunciar el nacimiento de una guarra de primera. Con esto logró que los otros llevaran a la práctica sus fantasías guarras mientras que él tenía que perseguir a la moza mucho tiempo para alcanzar sus objetivos. Por mamón, lengua suelta y picha-floja.Me dijo Venus entre risas.

 

Aproveché lo expansivo del momento para preguntar su verdadero nombre. Manoli, Manoli Rodriguez Perez. Contestó sin rubor al tiempo que me sonsacaba el nombre bautismal, que no les voy a decir por mucho que insistan. Entre  ser tonta vox populi -esto lo digo yo que Venus no sabe latín- o ser guarrona y puta no va mucho a efectos teóricos, pero sí prácticos. Con lo de tonta no ganaba nada y en cambio con lo de puta sacaba un placer que nunca pensó nos pudiera dar la puta vida. Además de algún regalito de vez en cuando.

 

Pasó a mayores con cuidado y descubrió que las pichas del contorno llegaban más lejos de boca que con el cigarro en el agujero. Para alcanzar un orgasmo tenía que estar muy caliente, tanto como para entrar en ignición en la cuenta atrás de los diez segundos. La mayoría eran eyaculadores precoces, ejaculatio precox,  calentorros sin control o futuros impotentes porque si a los quince no se te levanta a los cincuenta ya puedes buscarte una grua.

 

Todos se aprovechaban de ella y ella de todos. Solo que a Venus la llamaban puta y ellos eran los listillos de turno. La discriminación de la mujer tiene mucha historia, pero muy poca lógica. Tuvo que hacérselo con un profesor para descubrir que la penetración puede durar más de dos segundos y ser extremadamente satisfactoria (¡ofgg!, eso lo dijo ella). El profesor, un marido caliente y adúltero por principio, se arriesgó a que lo enchironaran amparándose en que donde entran cien entra uno más y a ver quién es el guapo que pilla mi picha en caso de tener que encontra una para tapar deslices. Se lo hacían en su coche o en casa, cuando la familia estaba de visita a los abuelitos. El siempre encontraba una buena disculpa para quedarse en casita con Manoli, futura Venus, dándole al mete-saca. Podía llegar a correrse hasta tres y cuatro veces en una noche. Los ojos de Venus estaban arrobados al contar esto y fijos en mi polla enhiesta con mirada golosa.  A punto estuvo de darme una mamada pero miró su relojito de pulsera y se contuvo, ya habría tiempo.

 

El profesor la forzó tanto a hacerlo en periodos arriesgados que Manoli quedó embarazada. El muy cabrón ni usaba preservativos, ni me dejaba utilizar las pilules de su mujer. Se dará cuenta, me decía el muy cabrón. Vine a Madrid para abortar y para pagarme la intervención tuve que prostituirme. Me cogió un chulo por banda y me explotó con el cuento de mi virgo. Me entregaba a viejos verdes, decrépitos asquerosos, que tragaban con todo con tal de tener a una jovencita. Me enseñó algunos trucos para engañar a aquellos pardillos. Incluso alguno repitió dos veces y no dijo nada sobre mi virginidad. ¡So guarros!. Me veían tan joven que no podían imaginarse que en mi chochito ya hubieran entrado más pollas que reclutas por la puerta del cuartel. Entonces iba a cumplir los dieciocho años y ya tenía más mundo que Don Juan Tenorio.

 

Me hice mala y puta. Aprendí todos los trucos de la profesión y en cuanto pude dejé al chulo. Lily me encontró en un puticlub de carretera. Sí, no te asombres. Por aquel tiempo empezaba su negocio y buscaba lo mejorcito para los viciosillos con pasta larga. En aquel club de carretera me embestían una media de cuatro o cinco pollas de camionero por día. No disfrutaba apenas y terminaba molida. Lily no tuvo que esforzarse mucho. Buen sueldo, buenos clientes y un largo periodo de aprendizaje, que para mí serían como unas vacaciones, las primeras en mi vida. Dije sí y Lily arregló las cosas con el dueño del puticlub.

 

Me acosté con ella. Ya sabes que le gusta casi todo. No quedó satisfecha, porque a mí lo que me van son las pollas y si pueden ser grandes mejor. Durante casi un año me enseñó modales, a vestir, a comer como una dama, a no emplear un lenguaje basto, a no moverme como una puta. Fue agradable. Me llevó a los sitios más chic y al extranjero. Viendo cómo se las ponía a los hombres me permitió acostarme con algunos escogidos.  Después del periodo de abstinencia y de media docena de bollos con Lily, no fueron más, yo estaba incandescente. No es extraño que a uno se le ocurriera llamarme Venus de fuego. Luego se lo dijo a Lily y con ese remoquete me quedé. Miró su relojito de oro y sin más preámbulos se sentó sobre el objeto de mis preocupaciones. Se lo embutió con mucho cuidado y así, sentadita ella y muy cómoda, comenzó a bajar y subir, sin prisas. Esta vez no le urgía. Pero a mí si. Pasado el tiempo de la prudencia mi deseo de poseerla era ya insufrible. La descabalgué y como pude la monté. El ritmo del coito era sincopado. De vez en cuando tenía que detenerme para calmar el dolor. Iba a trancas y barrancas, dando bruscas sacudidas acuciado por el deseo y pausando el mete-saca porque aquel maldito trozo de carne tumefacto no explotaba ni a la de tres.

 

Venus llegó otra vez, ahora con menos aspavientos, con un placer calmoso y unos gemidos de gata ronroneante. Yo seguía y seguía, disfrutando hasta el paroxismo de aquel cuerpo sólido, rotundo, de piel suave y blanca como la leche (aún no había cogido sus vacaciones playeras anuales) pero rabioso ya por explotar. El orgasmo tiene un claro sentido, culminar cuando el coito ya está resuelto. Si continuas subiendo el placer como el ritmo en el bolero de Ravel, te puedes encontrar con que eso del coito infinito puede resultar más doloroso que placentero. Me dolía el pene, me dolían los huevos, me dolía el bajo vientre. Todo mi cuerpo era dolor mezclado con un placer inmenso, terrible. Me aferré a ella y me dejé llevar por una aceleración tal que todo mi cuerpo temblaba como una vara verde. Sudaba a chorros. La cama chirriaba a punto de venirse abajo. Venus se había agarrado a mi como una lapa y subía y bajaba conmigo. Chillaba y pedía más. Me mordió el hombro, me clavó las uñas en el culo, y nuestros bajos vientres parecían estar pegados levitando sobre el lecho. No pude sufrirlo más, la penetraba con tal fuerza que hasta sentí miedo de que se rompiera. Y entonces exploté, noté que el miembro tumefacto se estiraba hasta el infinito y por su centro millones de espermatozoides se lanzaron al galope buscando atravesar los primeros el agujerito. Fue terrible el viaje hasta llegar a la puerta. El dolor me hizo chillar a grito pelado y en cuanto la primera andanada de espermatozoides pisó la cueva, rezumante de humedad y de jugos de todas las especies, de Venus el placer me abrió en dos. Grité, un largo gemido de placer salió de mi boca y se quedó flotando en el aire. Se unió Venus que llevaba llegando un largo rato y juntos nos pusimos a chillar como dos energúmenos. Nuestros cuerpos, empapados en sudor, se abatieron sobre el lecho que se vino al suelo con un estrépito increible. Allí quedamos, uno sobre el otro, respirando como si nos fuera en ello la vida y de vez en cuando chillando para sacar fuera lo que nos quemaba dentro. El miembro no dejaba de dar sacudidas dentro de la vagina, espasmódicamente iba arrojando andanadas contra las cálidas paredes de carne. No creo que tuviera tantos espermatozoides que echar, pero el trozo de carne seguía moviéndose buscando llegar al final de aquel tunel. Me dolía tanto movimiento y deseé que se calmara pero no era posible, tenía vida propia, como la cola de una lagartija recién cortada. El placer no se calmaba. Me estreché con tanta fuerza contra el cuerpo de Venus que ésta gritó y no de placer precisamente. Allí permanecimos, dos cuerpos desnudos sobre una cama rota, enredados en un estrecho abrazo, como dos serpientes. Las piernas de Venus haciendo una llave sobre mi espalda. Mis manos en su culo y  mi boca respirando como podía al lado de la oreja izquierda de aquella espléndida mujer. ¡Ahhh!. ¡Ahhh!. Nuestros gemidos no se encontraban, como en una fuga sin fin. Y entonces me dije que el sexo era el mayor placer que pudo inventar la vida para aferrarnos por los huevos y no soltarnos.