No
sé el tiempo que tardamos en calmarnos. Venus debería sentirse aplastada bajo
el peso de mi cuerpo, pero no se quejaba. Me agarraba cada vez con más fuerza y
gemía suavemente. Acercó su boca a mi oreja, la mordisqueó ligeramente y como
si le costase un esfuerzo terrible, como si aquel susurro saliera de sus
entrañas y no de su boca, me dijo: Te quiero, Johnny. Apenas fue un silbido en
mi oreja, pero comprendí que había logrado más de aquella mujer que todas las
pollas anónimas que habían aposentado su deseo por unos segundos en aquel
vientre. Unas lágrimas furtivas salieron de mis ojos, como con prisa y se
deslizaron por las mejillas hasta mi boca. Noté el sabor salado en mi lengua
cuando las recogí. Acerqué mis labios a su oreja y con voz clara, sin titubeos,
dije: Te quiero Manoli, eres hermosa y eres buena. ¡Ojalá encuentres un día el
hombre que te mereces!.
Y
entonces ella se echó a llorar a lágrima viva. Sollozaba como un volcán a punto
de explotar. Lloraba sin inhibiciones, sin miedo a nadie y a nada. Lloraba por
su vida, por su muerte, por el amor y por el odio, por mi y por ella, por todo
aquello que nunca conseguiríamos. Intenté calmarla y al no lograrle tapé su
boca con mis labios en un largo e intenso beso, ardiente, puro fuego. Así
permanecimos con el alba entrando por las rendijas de la persiana.
Cuando
nos calmamos decidimos ir juntos a la ducha. No podíamos separarnos, al menos
no ahora. Allí, bajo el agua caliente, reímos y lloramos como dos niños. Nos
besamos y abrazamos. Pegamos nuestros vientres y dejamos que el agua escurriera
por nuestras espaldas. Nos secamos juntos, como pudimos y regresamos a la
habitación también juntos, como dos siameses pegados por el vientre. Ambos
necesitábamos algo reconfortante. Nos servimos un trago tan juntos que los
vasos chocaban a cada movimiento. Echamos un largo trago y otro fuego nos
recorrió por dentro. Regresamos a la cama hundida. Nos reímos. Busqué sobre la
mesita un cigarrillo y lo prendí. Aquel humo me supo a fuego. Ella me pidió
que encendiera uno para ella. No fumaba
pero le apetecía.
Fumamos
en silencio, mirándonos a los ojos y mirando nuestros cuerpos. Mi pene aún
conservaba algo de la brutal estimulación sufrida. Ella lo acarició con
delicadeza y entonces revivió poco a poco. Terminamos los cigarrillos y la
copa. Nos besamos y ella bajó con su boca por mi pecho hasta la pelambrera de
mi pubis. Con la punta de su lengua fue cicatrizando cada herida de aquel trozo
de carne de triste aspecto. Lo cogió con la mano y estiró la piel hacia abajo.
El glande quedó al aire, color púrpura. Lo acarició con la punta de su lengua y
yo comencé a sentir otra vez aquel dolor y aquel placer. Me tumbé hacia atrás y
dejé que ella me reviviera.
Fue
una experiencia digna de un dios del Olimpo. Venus tenía una especial maestría
para saber el ritmo y la intensidad necesarias para hacer revivir al muerto. Lo
introdujo en su boca y lo absorbió hasta su garganta. Luego suavemente fue
bajando y subiendo con él en la boca. No se le escapaba. La boca bajaba hasta
los testículos y todo el miembro quedaba en su garganta, clavado muy hondo.
Comencé a gemir y a retorcerme. Ella no paraba, aumentando su ritmo. Al cabo de
unos minutos noté el terrible dolor del pene en su plenitud. Estaba otra vez
vivo y los restos de la pócima de Lily parecían revivir con él. Dejé que que
Venus continuara hasta que ya no pude más.
Me
retiré levantándome como si tuviera muelles en las piernas y la monté. Mi polla
penetró otra vez en su vagina con increíble facilidad. Estaba lubricada, estaba
otra vez en forma. Ella me hizo un gesto. Me estaba pidiendo que cogiera otra
vez su necesaire y se lo alargara. Negué con la cabeza. Dije: No. Y repetí: No.
Ella se echó a reir. No es para ti. Comprendo que no quieras pasarte el resto
del día con la bolsa de hielo en los huevos. Quiero que me lo hagas por detrás
y necesito una crema, sino me desgarrarías. No estoy acostumbrada y tal como
tienes esa polla podría romper un ladrillo.
Le
pasé lo que me pedía y ella hurgó un rato. Sacó otro tarrito y me dijo que le
untara el ano sin miedo. Cogí con el índice de mi mano derecha un buen pedazo
de crema, casi sólida, y busqué su agujero. Ella se había puesto boca abajo,
las rodillas flexionadas. Tenía un culo hermoso, prieto, agradable a la vista y
al tacto. Con las palmas de las manos lo abrí todo lo que pude y metí mi
índice. Primero extendí la crema por fuera y luego, siguiendo sus
instrucciones, cogí más y metí el dedo a fondo. Ella se encabritó un poco. Me
haces daño. Vete con más cuidado. Continué untándola como para tomar el sol,
suavemente. Sentía placer en que mi dedo entrara y saliera, en bajar por el
canalillo sobre el agujero. Cuando hube terminado ella me pidió que nos
pusiéramos de costado. La penetré por delante y me pidió que la acariciara
suavemente con el dedo por detrás. Lo hice y noté que el agujero se abría más y
más. Parecía estar excitándose al mismo ritmo que su clítoris que aún notaba
hinchado. Con ritmo la penetraba por delante y mi dedo seguía el mismo ritmo
por detrás. Era agradable y así podría haber pasado horas. Pero ella me pidió
que pasara a la parte trasera.
Como
la cama estaba en el suelo resultaba un tanto complicado. Ambos de mutuo
acuerdo nos levantamos. Venus se apoyó en un extremo del sofá y yo me situé
detrás de ella. La polla estaba otra vez reventando, aún se estiraba una micra
más cada segundo. Me acerqué a ella. Coloqué el pene entre sus piernas y me
incliné. Mi pecho en su espalda. Acaricié sus pechos con gran placer. Se los
estrujaba cada vez con más deseo pero no parecía hacerle daño. Creo que sus
potingues estaban aún más vivos que los mios. Con los dedos jugueteé con sus
pezones y ella comenzó a gemir con ganas. Mientras mi mano izquierda seguía en
su pecho, la derecha bajó a su sexo y jugueteó con él, con su pelo, con sus
labios, con su clítoris. Comenzó a mover el culo con ganas y a gemir. Introduje
el dedo en su sexo y fui penetrándola con él poco a poco. Gimió y me pidió que
la penetrara por detrás. Me ayudé con la mano izquierda que dejó la suavidad de
su pecho.
La
punta rozó su ano y poco a poco fue penetrando en el agujero. Le costaba
hacerlo porque aún no había adquirido plena elasticidad. Yo seguia con mi dedo
y al mismo tiempo con las caderas iniciaba el ritmo de la penetración. Me
retiraba un poco y luego introducía la punta en el agujero. Poco a poco su sexo
se fue inundando de jugo, sus gemidos se hicieron más constantes y atrevidos.
En el juego del mete saca el ano se iba ampliando más y más. Llegó un momento
en que pude introducir entero mi pene. Ella gritó y yo también. Allí nos
quedamos un tiempo. Me incliné sobre su espalda y la besé. El dedo seguía
entrando y saliendo suavemente de su sexo. Sentía tanto placer como si aquel
dedo se hubiera transformado en un segundo pene. Ella me indicó con rápidos movimientos
de su culo que quería más marcha. Fui entrando y saliendo con mucha calma, el
ano parecía haberse agrandado tanto como su sexo. Era muy agradable. Me
encantaba la penetración anal. Más novedosa y llena de alicientes. Venus movía
su culo a mi ritmo. El dedo continuaba entrando y saliendo hasta que no pude
atenderle más y quedó allí, agarrado entre unos labios ansiosos. Ahora estaba
muy ocupado intentando seguir el ritmo que me imponía el culo de ella. Parecía
estar a punto de llegar otra vez al orgasmo. Yo también necesitaba hacerlo
pronto o el dolor se haría imposible otra vez.
Saqué
el dedo, puse mis manos en sus pechos y con furia comencé a penetrarla. El ano
se había hecho tan grande que no tenía miedo de desgarrarla. Ella había dejado
de gemir y sollozaba de placer. Bajé las manos de los pechos a las caderas y
apoyándome con fuerza comencé una galopada hacia el orgasmo. Lo noté venir de
lejos, menos doloroso, más suave pero igualmente delicioso. El sofá se movía
hacia delante y nosotros con él. Sentí que llegaba y aceleré más el ritmo.
Llegué y grité de placer. Ella me dijo que continuará. Mientras el pene iba
descargando su mercancía no dejaba de jugar al mete-saca. Un poco de viscosidad
seminal se deslizó de su ano bajando por el muslo derecho. Venus ayudó con un
movimiento ya desesperado y explotó en una agitación de culo, de pechos que se
bamboleaban en el aire y de grititos cada vez más acelerados. Chillaba como una
ratita y no podía parar el movimiento espasmódico de su culo. Tardamos algunos
segundos en controlar los espasmos de nuestros cuerpos. Luego me incliné sobre
ella y dejé que mi pecho reposara sobre su espalda y mi cabeza entre su pelo.
Esta
vez cada uno se duchó por separado y ella me alargó una especie de suavizante
para mis partes. Salí de la ducha bastante entero. Acudí al sofá donde ella se
había echado y me hice un hueco cerca de su culo. Me advirtió que Lily la había
aconsejado no abusar de los potingues conmigo, creía que era muy sensible. Se
disculpó por no creerla. Lily no tenía confianza en que yo me controlara, me
dijo Venus. Me dio un bálsamo especial. Ahora te lo extenderé por todo el bajo
vientre y luego te pondré un pañal. Sí no te rías, ya verás como dentro de un
rato comienza a dolerte con ganas.
Continuará.
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