miércoles, 29 de abril de 2026

VENUS DE FUEGO VI

 


Yo acabé antes de reírme que ella, se me contrajeron los músculos de la cara por el dolor que sentía bajo el hielo. Venus continuó riéndose un buen rato. Las carcajadas se fueron atenuando hasta casi desaparecer. Entonces se acercó, tumbándose en la cama a mi lado. Puso su mano derecha sobre la bolsa de hielo y notó que los cubitos casi se habían desecho. Tuvo la amabilidad de acercarse a la cocina y volver a llenar la bolsa con el preciado tesoro. Al colocar el remedio sobre mis males los acarició como al descuido y yo gemí sin inhibiciones. Me preguntó si me dolía. Respondí que mucho, muuucho.

 

-¿Qué puedo hacer por ti?.

 

Entonces, así como estaba, con la bandera a pleno asta, cubierta por la escarcha, se me ocurrió preguntárle cómo había alcanzado aquel título honorífico.

 

-¿Cuál?. Ja,ja. A mí no me nombrarán nunca marquesa. ¿Te refieres a Venus de fuego?

 

Con el astil de la bandera saludando el alba, resultaba de lo más ridículo interrogar a una mujer sobre las razones por las que había adquirido el llamativo apodo de Venus y de fuego, nada menos. Ella captó lo divertido de la situación, me besó y mirándome todo el rato ( a las mujeres no les gusta nada mirar a las paredes cuando te cuentan una historia, lo que suele ser habitual en los hombres) inició su historia con la misma tranquilidad que si se la contara a su marido. Nada como el sexo para dar confianza.

 

"Verás, Johnny, no soy tan tonta como algunos creen. He oido comentarios que me hacen pensar que muchos me consideran fria, una máquina registradora, que solo se calienta al tacto del dinero. No voy a negar que me gusta el dinero y mucho. Eso no es un delito. En la vida la mayoría de las cosas que necesitas para sobrevivir, la comida, la casa, no se obtienen de otra forma. Y los grandes placeres de la vida no están precisamente al alcance de los pobres. ¿Qué tiene de extraño que me guste el dinero? Dicen que la salud y el amor no se consiguen con plata. Los pobres suelen estar más enfermos que los ricos y en cuanto al amor, muchos me han confesado su amor cuando tenían la polla caliente, pero en cuanto se les ha desinflado, el amor ha volado como un pajarito. El amor dura lo que dura la pasión y ésta no aguanta mucho.

 

"Lo demás es costumbre o interés. En cuanto a que soy fria, pudiera ser que tantos años de mete-saca me hayan hecho una profesional desinteresada en los trabajitos que me hacen en el sótano. Puedo asegurarte cariño que me gusta el mete-saca, aunque necesito que me guste el hombre y que el momento sea el que yo elija. Los potingues de Lily me vuelven loca y si es con un macho cariñoso como tú no puedo resistirme.Habitualmente veo esto como un negocio, disimulo y engordo mi cuenta del banco. No siempre fue así...

 

Me contó que procedía de una ciudad de provincias, hipócrita y puritana, como todas. Ella era una chica de formas rotundas y ya de muy jovencita notaba el fuego que prendía en los machos. Por desgracia la consideraban tonta, un tanto lerda. No todos reciben un cerebro que les sirva para algo más que para llenar el hueco de la cabeza. Ella se sentía muy frustrada porque no aceptaban su compañía si no era para meterla mano y las mujeres la consideraban una idiota calienta-braguetas. En el instituto -donde repitió el primer curso tres años- los chicos la seguían a todas horas diciendo guarradas, obscenidades e intentando tocarla el culo o las tetas al menor descuido. No era agradable ser considerada un objeto y además tonto. Pronto decubriría que el juego podía llegar a ser divertido y placentero, si aprovechaba su chance.

 

Escogió al guaperas y en lugar discreto le permitió un concienzudo magreo. Cuando el niño guapo estuvo caliente intentó meter la picha en el agujero elegido por la naturaleza para apgar las calenturas, pero ella no era tan tonta como parecía. Sabía que de una tontería así muy bien podría nacer un niño y eso eran ya palabras mayores. Ante la grosera insistencia del adonis utilizó su mano, como bombera en ciernes, y apagó el fuego que consumía al guayabito, que dejó de hacer promesas de amor eterno en cuanto vació sus huevos.

 

No pudo callar aquella aventura- los hombres son así, boca grande y picha pequeña. Y le faltó tiempo para anunciar el nacimiento de una guarra de primera. Con esto logró que los otros llevaran a la práctica sus fantasías guarras mientras que él tenía que perseguir a la moza mucho tiempo para alcanzar sus objetivos. Por mamón, lengua suelta y picha-floja.Me dijo Venus entre risas.

 

Aproveché lo expansivo del momento para preguntar su verdadero nombre. Manoli, Manoli Rodriguez Perez. Contestó sin rubor al tiempo que me sonsacaba el nombre bautismal, que no les voy a decir por mucho que insistan. Entre  ser tonta vox populi -esto lo digo yo que Venus no sabe latín- o ser guarrona y puta no va mucho a efectos teóricos, pero sí prácticos. Con lo de tonta no ganaba nada y en cambio con lo de puta sacaba un placer que nunca pensó nos pudiera dar la puta vida. Además de algún regalito de vez en cuando.

 

Pasó a mayores con cuidado y descubrió que las pichas del contorno llegaban más lejos de boca que con el cigarro en el agujero. Para alcanzar un orgasmo tenía que estar muy caliente, tanto como para entrar en ignición en la cuenta atrás de los diez segundos. La mayoría eran eyaculadores precoces, ejaculatio precox,  calentorros sin control o futuros impotentes porque si a los quince no se te levanta a los cincuenta ya puedes buscarte una grua.

 

Todos se aprovechaban de ella y ella de todos. Solo que a Venus la llamaban puta y ellos eran los listillos de turno. La discriminación de la mujer tiene mucha historia, pero muy poca lógica. Tuvo que hacérselo con un profesor para descubrir que la penetración puede durar más de dos segundos y ser extremadamente satisfactoria (¡ofgg!, eso lo dijo ella). El profesor, un marido caliente y adúltero por principio, se arriesgó a que lo enchironaran amparándose en que donde entran cien entra uno más y a ver quién es el guapo que pilla mi picha en caso de tener que encontra una para tapar deslices. Se lo hacían en su coche o en casa, cuando la familia estaba de visita a los abuelitos. El siempre encontraba una buena disculpa para quedarse en casita con Manoli, futura Venus, dándole al mete-saca. Podía llegar a correrse hasta tres y cuatro veces en una noche. Los ojos de Venus estaban arrobados al contar esto y fijos en mi polla enhiesta con mirada golosa.  A punto estuvo de darme una mamada pero miró su relojito de pulsera y se contuvo, ya habría tiempo.

 

El profesor la forzó tanto a hacerlo en periodos arriesgados que Manoli quedó embarazada. El muy cabrón ni usaba preservativos, ni me dejaba utilizar las pilules de su mujer. Se dará cuenta, me decía el muy cabrón. Vine a Madrid para abortar y para pagarme la intervención tuve que prostituirme. Me cogió un chulo por banda y me explotó con el cuento de mi virgo. Me entregaba a viejos verdes, decrépitos asquerosos, que tragaban con todo con tal de tener a una jovencita. Me enseñó algunos trucos para engañar a aquellos pardillos. Incluso alguno repitió dos veces y no dijo nada sobre mi virginidad. ¡So guarros!. Me veían tan joven que no podían imaginarse que en mi chochito ya hubieran entrado más pollas que reclutas por la puerta del cuartel. Entonces iba a cumplir los dieciocho años y ya tenía más mundo que Don Juan Tenorio.

 

Me hice mala y puta. Aprendí todos los trucos de la profesión y en cuanto pude dejé al chulo. Lily me encontró en un puticlub de carretera. Sí, no te asombres. Por aquel tiempo empezaba su negocio y buscaba lo mejorcito para los viciosillos con pasta larga. En aquel club de carretera me embestían una media de cuatro o cinco pollas de camionero por día. No disfrutaba apenas y terminaba molida. Lily no tuvo que esforzarse mucho. Buen sueldo, buenos clientes y un largo periodo de aprendizaje, que para mí serían como unas vacaciones, las primeras en mi vida. Dije sí y Lily arregló las cosas con el dueño del puticlub.

 

Me acosté con ella. Ya sabes que le gusta casi todo. No quedó satisfecha, porque a mí lo que me van son las pollas y si pueden ser grandes mejor. Durante casi un año me enseñó modales, a vestir, a comer como una dama, a no emplear un lenguaje basto, a no moverme como una puta. Fue agradable. Me llevó a los sitios más chic y al extranjero. Viendo cómo se las ponía a los hombres me permitió acostarme con algunos escogidos.  Después del periodo de abstinencia y de media docena de bollos con Lily, no fueron más, yo estaba incandescente. No es extraño que a uno se le ocurriera llamarme Venus de fuego. Luego se lo dijo a Lily y con ese remoquete me quedé. Miró su relojito de oro y sin más preámbulos se sentó sobre el objeto de mis preocupaciones. Se lo embutió con mucho cuidado y así, sentadita ella y muy cómoda, comenzó a bajar y subir, sin prisas. Esta vez no le urgía. Pero a mí si. Pasado el tiempo de la prudencia mi deseo de poseerla era ya insufrible. La descabalgué y como pude la monté. El ritmo del coito era sincopado. De vez en cuando tenía que detenerme para calmar el dolor. Iba a trancas y barrancas, dando bruscas sacudidas acuciado por el deseo y pausando el mete-saca porque aquel maldito trozo de carne tumefacto no explotaba ni a la de tres.

 

Venus llegó otra vez, ahora con menos aspavientos, con un placer calmoso y unos gemidos de gata ronroneante. Yo seguía y seguía, disfrutando hasta el paroxismo de aquel cuerpo sólido, rotundo, de piel suave y blanca como la leche (aún no había cogido sus vacaciones playeras anuales) pero rabioso ya por explotar. El orgasmo tiene un claro sentido, culminar cuando el coito ya está resuelto. Si continuas subiendo el placer como el ritmo en el bolero de Ravel, te puedes encontrar con que eso del coito infinito puede resultar más doloroso que placentero. Me dolía el pene, me dolían los huevos, me dolía el bajo vientre. Todo mi cuerpo era dolor mezclado con un placer inmenso, terrible. Me aferré a ella y me dejé llevar por una aceleración tal que todo mi cuerpo temblaba como una vara verde. Sudaba a chorros. La cama chirriaba a punto de venirse abajo. Venus se había agarrado a mi como una lapa y subía y bajaba conmigo. Chillaba y pedía más. Me mordió el hombro, me clavó las uñas en el culo, y nuestros bajos vientres parecían estar pegados levitando sobre el lecho. No pude sufrirlo más, la penetraba con tal fuerza que hasta sentí miedo de que se rompiera. Y entonces exploté, noté que el miembro tumefacto se estiraba hasta el infinito y por su centro millones de espermatozoides se lanzaron al galope buscando atravesar los primeros el agujerito. Fue terrible el viaje hasta llegar a la puerta. El dolor me hizo chillar a grito pelado y en cuanto la primera andanada de espermatozoides pisó la cueva, rezumante de humedad y de jugos de todas las especies, de Venus el placer me abrió en dos. Grité, un largo gemido de placer salió de mi boca y se quedó flotando en el aire. Se unió Venus que llevaba llegando un largo rato y juntos nos pusimos a chillar como dos energúmenos. Nuestros cuerpos, empapados en sudor, se abatieron sobre el lecho que se vino al suelo con un estrépito increible. Allí quedamos, uno sobre el otro, respirando como si nos fuera en ello la vida y de vez en cuando chillando para sacar fuera lo que nos quemaba dentro. El miembro no dejaba de dar sacudidas dentro de la vagina, espasmódicamente iba arrojando andanadas contra las cálidas paredes de carne. No creo que tuviera tantos espermatozoides que echar, pero el trozo de carne seguía moviéndose buscando llegar al final de aquel tunel. Me dolía tanto movimiento y deseé que se calmara pero no era posible, tenía vida propia, como la cola de una lagartija recién cortada. El placer no se calmaba. Me estreché con tanta fuerza contra el cuerpo de Venus que ésta gritó y no de placer precisamente. Allí permanecimos, dos cuerpos desnudos sobre una cama rota, enredados en un estrecho abrazo, como dos serpientes. Las piernas de Venus haciendo una llave sobre mi espalda. Mis manos en su culo y  mi boca respirando como podía al lado de la oreja izquierda de aquella espléndida mujer. ¡Ahhh!. ¡Ahhh!. Nuestros gemidos no se encontraban, como en una fuga sin fin. Y entonces me dije que el sexo era el mayor placer que pudo inventar la vida para aferrarnos por los huevos y no soltarnos.

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 8 de abril de 2026

VENUS DE FUEGO V


 

 


No era agradable sentirme fuera de control. La excitación estaba llegando al paroxismo y fuera que realmente el miembro hubiera crecido tanto como imaginaba en mi delirio o simplemente que mi cuerpo ya no me perteneciera, hubiera pasado a ser propiedad de los potingues de Lily, el caso es que no acertaba con el agujero. Era una situación que nunca me había ocurrido. Me sentía raro, como si una metamorfosis kafkiana me hubiera transformado en un auténtico pura sangre, un semental con los ojos inyectados en sangre ante la visión del real culo de una yegua, relinchando como loco y echando espuma por el bofe. Lo único que me faltaba era dar coces y no creo que me faltara mucho. Necesitaba explotar dentro de la cueva de Venus o acabaría dándome cabezazos contra las paredes.

 

Quien no haya presenciado el apareamiento de un semental de pura sangre y una yegua o el de un toro de raza y una vaca de primera, no puede saber de qué estoy hablando. Miré aquel trozo de carne, hinchado, entre mis piernas y llegué a asustarme. No, no es una broma. Se había alargado hasta el límite que puede dar de sí un músculo, la piel estaba tirante, enrojecida, las venas azules sobresalían por todas partes, a punto de reventar. El glande aparecía hinchado, amoratado, tumefacto, a punto de reventar; con el pequeño agujerito tan agrandado como si me hubieran metido por él un trozo de cañería. Lo que más me preocupaba eran las venas, recorrían todo el miembro hasta las pelotas y estaban tan marcadas que en plena noche alguien las hubiera confundido con autopistas iluminadas con bombillas azules. Toda la sangre de mi cuerpo parecía haberse acumulado allí y puede que fuera cierto porque sentía la cabeza completamente vacía y un dolor indescriptible en mis partes que no anhelaban otra cosa que la cama de una jugosa vagina.

 

Venus parecía estar pasando por algo parecido, solo que en femenino, porque a la vista de que mi polla rebotaba una y otra vez contra sus muslos suaves, blancos, sudorosos, brillantes, como recién engrasados, o contra su triángulo púbico, como si de una diana peluda se tratara, tomó cartas en el asunto. Cogió con sus dos manos aquel enorme trozo de carne que tenía vida propia y no paró hasta encasquetárselo en su gran agujero que rezumaba jugos, líquidos y hormonas, como de una lúbrica fuente. La agudizada sensibilidad de mi miembro notó al pasar un bulto muy extraño. Solo después de pensar en ello unos segundos comprendí que debía tratarse del clítoris de la hembra, que se había hinchado como una babosa. Al rozarlo en la penetración Venus comenzó a chillar al ritmo del bolero de Ravel, primero como cogiendo carrerilla y luego lanzándose a una vertiginosa aceleración hasta llegar al paroxismo. Yo en cambio dejé de quejarme, porque mi angustiado littel Johnny se calmó mucho al aposentarse dentro de la gran vagina venusina.

 

Resulta curioso que el lugar, donde más a gusto se encuentra descansando la parte más preciada de nuestro body, nos dure habitualmente el tiempo de un suspiro. Es como si un gnomito ansioso entrara en el soñado palacio de cristal y en lugar de quedarse allí de por vida, saliera de estampida como perseguido por fuerzas siniestras. Por primera vez en mi vida de amante, y no sería la última, podía permitirme el lujo de permanecer en el palacio de cristal el tiempo que quisiera, porque nada sería capaz de desinflar a su huesped. Era una sensación muy agradable dejar al gran gusano reposando en la cueva, sintiendo la oleada de jugos rezumando de las paredes, intentando devorar su corpachón. ¡Uff!, desde luego era muy agradable. Me dejé caer hacia delante sobre la parte ventral del cuerpo de Venus, muy suavemente para no hacerla daño, hasta que mi pecho rozó sus pechos. Entonces no pude resistirme a la tentación de lamer sus pezones.

 

Ella tenía los ojos muy abiertos, fijos ante sí, aunque no creo que fuera capaz de verme y por la boca semicerrada no dejaba de ulular el canto de sirena, presta a devorar hombres fornidos. A la primera lamida del pezón izquierdo sus ojos se desorbitaron aún más y la boca dejó escapar un gritó que horadó mis tímpanos. Di gracias a mi fortuna por haberme llevado a plne sierra madrileña, lejos de la apelotonada urbe donde las hormiguitas se refugian en casitas de papel. Porque de no ser así ya tendríamos a la policía, a los bomberos, al Samur y a un montón de curiosos aporreando la puerta.  A la segunda lamida sus ojos se dilataron hasta casi salirse de sus órbitas, si eso era posible, quedando clavados en alguna parte de mi rostro que no pude situar con exactitud.  Esta vez el grito no me pilló de sorpresa y eso me libró de un fatal desmayo.  Fue como un S.O.S., sin inhibiciones, solo que en lugar de SOS, decía MAS...MAS...

 

Me negué a hacer caso de su orden, por si las moscas hacían un nido de avispas en su boca. Me dejé caer del todo sobre ella y busqué su boca, mordiendo con ansia sus labios con intención de tapar cualquier sonida que pudiera ser emitido entre sus dientes, como el siseo de una serpiente de cascabel.  Encontré sus labios tan jugosos y absorventes como si le los hubiera untado de un potingue, rojo mermelada. Que yo recuerde entre los potingues de Lily no existía nada para aquellos labios. Sorbí y sorbí hasta recibir un furioso mordisco que a punto estuvo de arrancarme el labio inferios.

 

A estas alturas del coito necesitaba explotar a cualquier precio. Estaba tan excitado y enfurecido por la imposibilidad de llegar al orgasmo que cogí a Venus por las caderas y levantándome de la cama como pude me puse a pasear con ella por la habitación. El espectáculo hubiera sido un éxito de ventas si a Lily se le hubiera ocurrido grabarlo. Aquella mujer no era precisamente una modelo anoréxica. Todo en ella era rotundo y lo rotundo tiene su peso, no son globitos hinchados, precisamente. Creo que fue el deseo delirante que sentía el que me permitió actuar como un levantador de pesas a quien hubieran gastado la broma de ponerle pesas de goma en lugar de hierro. Daba un paso hacia delante y con las manos en sus caderas la subía hacia arriba y luego dejaba que fuera el peso de su cuerpo el que me clavara más a ella. Como esto no fuera suficiente la tumbé sobre el amplio y mullido sofá y montado sobre ella comencé a galopar como un poseso. Así estuve largo rato aguantando que ella chillara y llegara a un orgasmo y luego a otro, enlazados como un eslabón a otro.

 

Yo en cambio me agoté sin lograr mi objetivo. Estaba sudoroso, gruesas gotas de sudor caían de mi frente sobre el rostro de Venus que se agitaba de un lado a otro como si fuera incapaz de parar el tiovivo. Con tanto ajetreo y la gran hinchazón de su clítoris el placer recibido debía de haber sido algo apoteósico. Sus caderas continuaban moviéndose contra las mías que habían adoptado la postura de descanso. Por fín ella dejó de moverse y de chillar. Suspiró, jadeó buscando una respiración tranquila, sus ojos se cerraron y al abrirse de nuevo se clavaron en mi bajo vientre que no lograba despegarse del suyo. Mi polla parecía un tornillo enroscado en su tuerca. Intenté desasirme sin éxito. Ella ayudó a retenerme entre sus muslos. Aproveché lo forzado de la situación para fijarme en su cuerpo, especialmente en la tupida pelambrera rubia de su bajo vientre. Me hipnotizaba.  Ella a su vez continuó con la vista clavada en mi húmeda pelambrera. Su cuerpo daba la impresión de algo pleno, rotundo, bien alimentado, joven, lascivo, brillante. Sus grandes pechos se agitaban al compás de su respiración, ahora tranquila, aumentando mi estado hipnótico. Sus anchas caderas permitían la existencia de un gran valle que terminaba en el hinchado monte de Venus donde mi miembro continuaba clavado y bien clavado.

 

Era hermosa, era deseable, era mi posesión más preciada. ¿Pueden creerme si les digo que ya no la veía como una muñequita hinchable, sin seso, sin sentimientos, con muy poco que ofrecer a un hombre exquisito como yo?. Ahora era para mí una diosa y la amaba como a tal. Me estaba enamorando de ella, era dulce y era todo lo que deseaba en una mujer. Algo así solo puede producirlo el deseo sexual. Ni siquiera la hipnosis hubiera logrado algo parecido. La amaba y deseaba demostrárselo poseyendo cada célula de su cuerpo, que mi polla, como un cetro, tomara posesión de cada habitación de aquel palacio. Volvió a exasperarme el deseo. Continué galopando, pero inutilmente porque los potingues que habían hinchado aquel trozo de carne no dejaban de hacer el efecto deseado. La agarré por las nalgas y de nuevo me puse a pasear con ella por la habitación. Necesitaba hacer que aquel trozo de carne volviera a su estado normal o me volvería loco. La coloqué sobre una pared y allí la penetré hasta el fondo una y otra vez. Era inutil. Caminé de nuevo haciendo que su cuerpo subiera y bajara sobre mis caderas. Noté su piel ardiendo, echando auténtico fuego. Sus nalgas me quemaban las manos. Yo notaba mi bajo vientre sudoroso, echando fuego. Tropecé con algo y ambos caimos sobre la alfombra. Ella debajo y yo sin haberme despegado. Abrí sus muslos y sujetándola por las nalgas la penetré una y otra vez hasta el fondo.

 

Y entonces se produjo la explosión... pero no la mía, sino otra vez fue ella la que alcanzó el éxtasis. Chilló, gritó, pataleó, se convulsionó, se incorporó sobre sus cuartos traseros y sus uñas se clavaron en mi espalda. Sus manos se deslizaron por mi espina dorsal dejando un gran reguero de sangre. Me atrajo hacia ella y con un portentoso movimiento de caderas me hizo rodar por el suelo. Venus quedó montada sobre mi, su boca abierta jadeaba como tras un maratón y sus dientes blancos, blanquísimos, afilados se lanzaron sobre mi. Me mordió una oreja, me mordió la boca, me mordió el pecho y yo grité como un loco. Empujé con todas mis fuerzas y logré desasirme de ella. Mi polla salió de su cueva como golpada con un martillo y quedó colgando en el aire, empapada pero tiesa como un ariete. Me dolía hasta la excitación que continuaba sintiendo. Necesitaba calmarla. Salí corriendo hacia el aseo y allí me puse bajo la ducha. Di a tope el agua fria y enfoqué la alcachofa sobre mi bajo vientre. Apenas noté un ligero alivio. Entonces pensé en algo que sí tendría efecto. Corrí sin toalla y empapando el suelo desde el aseo hasta la cocina y allí saqué de la nevera todos los cubitos de hielo que encontré. Los puse dentro de una bolsa de plástico que apliqué a lo largo de mi dolorido pene. Noté un alivio instantáneo, pero el miembro no decreció ni un milímetro. Como pude me arrastré a la cama y allí me tumbe con la bolsa de hielo entre mis piernas. Venus me miraba con los ojos muy abiertos y no pudo contener más tiempo la risa. Explotó en una cascada de carcajadas que al pronto me puso de un humor de perros. Al cabo de unos segundos comprendí lo ridículo de la situación y yo mismo me puse a reír histéricamente al tiempo que apretaba aún más el hielo contra mis doloridos huevos.

 

 Continuará.

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