Satisfecha
mi curiosidad quise saber más detalles de las misteriosas desapariciones. Casi
me vi obligado a darles de bofetadas para obtener algún dato interesante tan
parcos eran. Deduje que algo tan voluminoso solo podía tomar alguna de las
siguientes causas: fenómeno ovni ( lo rechacé de plano), el narcotráfico (un
poco rarito pero posible) trata de blancas con el silencio y confabulación de
la policía y alguna secta satánica buscando vírgenes en un mundo que ha perdido
la virginidad hace tiempo.
Cualquiera
de estas posibilidades (incluido el fenómeno ovni) era un callejón sin salida
para un detective mugriento no con el resultado probado de perder la vida a lo
tonto. Se lo dije con tiento, porque aquellos dos ancianos estaban empezando a
tocar mi fibra sensible, me miraban con una súplica tan digna en el fondo de
sus ojos y sobre todo con tal respeto que estaba pensando ya si aquel no podría
ser el caso humanitario que el destino me enviaba para cubrir mi cuota de
humanidad antes de morir en acto de servicio. Creo que nadie a lo largo de mi
vida me había mirado con tanto respeto. ¡Qué digo! No lo creo, estoy seguro de
ello. Era un respeto profundo, de ser humano a ser humano, no de suplicante a
poderoso que tiene en sus manos dar lo que se necesita imperiosamente.
Mientras
hacía las preguntas meditaba las respuestas, ellos no cesaban de mirarme como
si de mis respuestas dependiera su propia vida. No pude evitar la pregunta.
-¿Han
perdido ustedes algún ser querido?
La
mujer no pudo reprimir el llanto, gruesos lagrimones resbalaban por las arrugas
de su piel vieja y curtida. Su esposo, conmovido, puso su mano sobre la suya e
intentó calmarla.
-Hemos
perdido una nieta que era un ángel enviado por el señor como báculo de nuestra
ancianidad. No la habría mejor, señor, todo amor y servicio para sus padres.
Porque la criamos y educamos como tales. Nuestro hijo y su esposa murieron den
accidente de tráfico. No lo había mejor. Ella cree que aún está bien, pero yo
no lo creo, señor. En mucho tiempo. Y se echó en llorar sin vergüenza.
Yo,
hacía milenios que no me sucedía, no pude controlarme y dejé que las lágrimas
me ablandaran. Fue mi perdición porque me levanté y de rodillas delante de la
pareja de ancianos juré solemnemente que haría todo lo que estuviera en mi mano
por hallar a su nieta o al menos a los culpables para darles su merecido.
Ya
estaba hecho. Cuando volví a sentarme ya más calmado, comprendí que el paso
estaba dado y el destino se había salido con la suya. Calmados todos ellos me
dieron las gracias con toda sencillez y profundidad de sentimiento que a punto
estuve de soltar el trapo otra vez.
Les
pregunté qué planes tenían para la vuelta. Calcularon que les llevaría casi un
mes.
-¿Por
qué no van en avión?

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