jueves, 20 de agosto de 2026

EL DETECTIVE IV

 


Una vez presentable, arrastré a la silla tras la mesa, arrastré los restos de la otra hacia un rincón y me dispuse a sentarme con cuidado, una pata cojeaba, para darme  una mínima apariencia de respetabilidad. Tosí dos veces para bajar la acidez y sin que se apoderara de mí la risa tonta logré articular.

-Pasen, pasen ustedes y siéntense donde puedan.

Lo cual era cierto, porque el despacho estaba tan despoblado que dudaba si habría ni siquiera dos sillas más  para mis magros personajes. Estos avanzaron arrastrándose, lo que supuse unos pies cansados, encontraron dos sillas las arrastraron con ellos y por fin se sentaron ante mi.

-Con su permiso.

Lo tuvieron y entonces me puse todo lo serio que pude, con el dolor en la rabadilla que me estaba reventando de risa.

-Ustedes dirán.

Dijeron con parquedad y cuando acabaron me rasqué mi calva de secano con absoluta incredulidad. Venían de tan lejos que no resultaba extraño que estuvieran tan cansados y habían tardado tanto en el viaje que bien pudieron haber encontrado mi ataúd sobre la mesa del despacho (dudo mucho que  ningún sepulturero lo hubiera llevado a su destino final con mis magros ahorros).

Con los ahorros de todo un pueblo –Río Lobo- habían sido comisionados para pedirme que investigara la desaparición de más de quinientas jovencitas de la zona. Me quedé tan pasmado que no logré articular palabras, no sabía si más por lo de las quinientas jovencitas desaparecidas o porque hubieran viajado hasta mí cutre despacho para pedirle al detective más mugriento del planeta que les echara una mano en un caso que ya de principio me parecía disparatado, un auténtico callejón sin salida.

Creo que pudo más la curiosidad por saber cómo habían oído hablar de mí, que el pasmo que sentía, hice la pregunta como Dios me dio a entender y me dispuse a escuchar con los oídos bien abiertos y los ojos como platos la sobria explicación de mis huéspedes.

¡Ya lo creo que fue sobria, aunque muy contundente. Al parecer una vieja revista de la Asociación profesional de detectives donde yo contaba alguna de mis investigaciones con mucho remango, más labia y bastante más desvergüenza manipuladora había llegado hasta Rio Lobo por caminos del Señor, verdaderamente extraños. La pareja  de mojamas no supo explicar cómo algo así puede suceder en nuestra época. Lo cierto es que se consideró como una reliquia durante mucho tiempo, porque el maestro de escuela dijo que nunca había leído cuentos detectivescos tan amenos, impresionantes y lo que era más llamativo, absolutamente reales, como decía el autor un detective en la vida real que había vivido aquellos casos.

Logré contener mi risa, pensando que solo el destino hila tan fino. Recordaba bien aquellos artículos que me pidieron para animar una revista tan sosa que sus primeros números fueron utilizados como papel higiénico en muchos despachos detectivescos, para ahorrar. La asociación hacía con ánimo de unir en una causa común a los detectives con más mugre del país. Yo era uno de ellos y además en aquel entonces tenía veleidades literarias ( si mis casos no me sacaban de pobre lo harían utilizados como material literario –todo suma). Inflé tantos los casos que recibí una carta del director de la revista, quería conocerme para presentarme a un editor, Remataba por cierto diciendo. Si a usted le ha sucedido todo lo que cuenta yo soy Santa Claus disfrazado de detective, jaja. Jajá, me reí yo al recibir su misiva porque aparte de querer presentarme a un editor (posiblemente él mismo) me pedía encarecidamente que le mandara más relatos en el mismo tono, sin miedo a introducir un poco de “ficción” y eso sí, con algo  más de sexo picante (las numerosas cartas recibidas de admiradores mencionaban en primer lugar las escenas escabrosas).

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