Una
vez presentable, arrastré a la silla tras la mesa, arrastré los restos de la
otra hacia un rincón y me dispuse a sentarme con cuidado, una pata cojeaba, para darme una mínima apariencia de
respetabilidad. Tosí dos veces para bajar la acidez y sin que se apoderara de
mí la risa tonta logré articular.
-Pasen,
pasen ustedes y siéntense donde puedan.
Lo
cual era cierto, porque el despacho estaba tan despoblado que dudaba si habría
ni siquiera dos sillas más para mis magros
personajes. Estos avanzaron arrastrándose, lo que supuse unos pies cansados,
encontraron dos sillas las arrastraron con ellos y por fin se sentaron ante mi.
-Con
su permiso.
Lo
tuvieron y entonces me puse todo lo serio que pude, con el dolor en la
rabadilla que me estaba reventando de risa.
-Ustedes
dirán.
Dijeron con parquedad y cuando acabaron me rasqué mi calva de secano con absoluta
incredulidad. Venían de tan lejos que no resultaba extraño que estuvieran tan
cansados y habían tardado tanto en el viaje que bien pudieron haber encontrado
mi ataúd sobre la mesa del despacho (dudo mucho que ningún sepulturero lo hubiera llevado a su
destino final con mis magros ahorros).
Con
los ahorros de todo un pueblo –Río Lobo- habían sido comisionados para pedirme
que investigara la desaparición de más de quinientas jovencitas de la zona. Me
quedé tan pasmado que no logré articular palabras, no sabía si más por lo de
las quinientas jovencitas desaparecidas o porque hubieran viajado hasta mí
cutre despacho para pedirle al detective más mugriento del planeta que les
echara una mano en un caso que ya de principio me parecía disparatado, un
auténtico callejón sin salida.
Creo
que pudo más la curiosidad por saber cómo habían oído hablar de mí, que el
pasmo que sentía, hice la pregunta como Dios me dio a entender y me dispuse a
escuchar con los oídos bien abiertos y los ojos como platos la sobria
explicación de mis huéspedes.
¡Ya
lo creo que fue sobria, aunque muy contundente. Al parecer una vieja revista de
Logré
contener mi risa, pensando que solo el destino hila tan fino. Recordaba bien
aquellos artículos que me pidieron para animar una revista tan sosa que sus
primeros números fueron utilizados como papel higiénico en muchos despachos
detectivescos, para ahorrar. La asociación hacía con ánimo de unir en una causa
común a los detectives con más mugre del país. Yo era uno de ellos y además en
aquel entonces tenía veleidades literarias ( si mis casos no me sacaban de
pobre lo harían utilizados como material literario –todo suma). Inflé tantos
los casos que recibí una carta del director de la revista, quería conocerme
para presentarme a un editor, Remataba por cierto diciendo. Si a usted le ha
sucedido todo lo que cuenta yo soy Santa Claus disfrazado de detective, jaja.
Jajá, me reí yo al recibir su misiva porque aparte de querer presentarme a un
editor (posiblemente él mismo) me pedía encarecidamente que le mandara más
relatos en el mismo tono, sin miedo a introducir un poco de “ficción” y eso sí,
con algo más de sexo picante (las
numerosas cartas recibidas de admiradores mencionaban en primer lugar las
escenas escabrosas).

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