domingo, 2 de agosto de 2026

EL DETECTIVE II

 




EL DETECTIVE II



El hombre trígamo



No elegí bien la profesión, debí haberme decidido por ser doctor o enfermero. Al menos sabría a qué atenerme al despertar por la mañana. Cada nueva aventura se convierte en la historia de un paciente que necesita de mi ayuda para sobrevivir. Es una pena que la medicina nunca me gustara.



Hace unos días una mujer entró en mi despacho. Nada más verla supe que tenía problemas... porque estaba llorando a lágrima viva. La ayudé a sentarse en el viejo sillón y hasta tuve el detalle de ofrecerle mi pañuelo. No, no me lo devuelva, querida amiga, es un regalo. Cuando logré calmarla pude enterarme de la causa que la había conducido hasta mi destartalado despacho. Su marido había desaparecido y lógicamente deseaba que lo encontrara. ¿Para qué otra cosa sirven los detectives?.



Por lo visto era un hombre depresivo que cuando no estaba hundido en la miseria decidía sacar su cólera de paseo como si fuera un perrito, un tanto agresivo. Dos días antes la pareja discutió y él se había largado con viento fresco. Ella se sentía culpable. La lógica no es precisamente el punto fuerte en las relaciones de pareja.



Obtuve toda la información que puede lograrse de una mujer en tal estado y apenas ella hubo cerrado la puerta me puse en movimiento. Bueno más bien puse en acción mi brazo derecho. Llamé a todos los hospitales de la ciudad. Nada. Llamé a los depósitos de cadáveres y hasta a las funerarias por si alguno se les había colado por la puerta en un descuido. Nada. No sabía si en realidad eso era una buena noticia. Algunas veces el hecho de que un hombre no esté muerto crea muchos más problemas que si fuera fiambre.



El hombre en cuestión no tenía amigos por lo que era inútil andar preguntando por ahí como hace un buen detective. Ni una sola pista que echarse a la boca. La dieta de pistas adelgaza el bolsillo de un detective. No se la recomiendo. Su esposa me había dejado una lista de lugares que solía frecuentar. Nada de cafeterías o sitios públicos. ¿Adivinan por dónde paraba el sujeto en cuestión?. Se iba al campo. Así, como lo oyen. Un pinar en las afueras, un cerrito a media hora de coche, el pantano de los cuervos. Lugares todos ellos muy amenos.



Me encasqueté mi sombrero, tomé mi pipa, una buena provisión de tabaco y el par de sandwiches que había preparado para la comida del día. De esta manera, como un dominguero más -solo que sin las voces de las unidades que componen una familia- me dispuse a pasar el día en el campo. Visité el pinar y di de comer a las hormigas. Visité el cerrito y me fumé una pipa en lo alto, contemplando el paisaje y recobrando el resuello. Uno ya no está para muchos trotes. En el pantano de los cuervos ensucié mis zapatos menos viejos. Debí haber llevado botas de agua. Me llamó la atención un olor a putrefacción que me llegaba a favor del viento. Solo tuve que seguir la dirección que acrecentaba ese olor para descubrir un fiambre. A pesar de que sus ropas estaban empapadas en sangre seca no tuve ninguna dificultad para darme cuenta que se trataba de una mujer joven. Había sido apuñalada con saña, tenía todo el pecho agujereado. Llamé a la policía por el móvil, un instrumento de trabajo imprescindible en el detective moderno, y esperé a que aparecieran para hacerse cargo. En ningún momento me pasó por la cabeza la posibilidad de que aquel crimen tuviera relación con mi hombre.



En el bolso que aún colgaba de su hombre los chicos de homicidios encontraron toda la documentación. Así pude enterarme de su identidad y de todos y cada uno de los datos que hacen al hombre moderno un ciudadano ejemplar. No sé la razón por la que decidí investigar aquel crimen. Tal vez se tratara de mi olfato de sabueso que me lleva siempre a la basura contra mi voluntad consciente o simplemente que no tenía nada mejor que hacer. Lo cierto es que visité el hogar de la difunta y me entretuve charlando con los vecinos. Siempre hay algún vecinito o vecinita cotilla que se aburre y se dedica a saber a qué hora sacan la basura todos los vecinos del barrio. Así me enteré de que la mujer estaba casada y tenía dos hijos aunque el marido era un hombre muy raro que apenas aparecía por la casa. Mi corazón hizo plop-plop, signo inequívoco de que me acababa de visitar la corazonada. Enseñé al vecinito cotilla la foto del hombre que me había dado su esposa y ... ¡bingo!. Era mi hombre.



No es que abunden mucho los bígamos. Sale mejor echarse una amante a la que uno pueda visitar con la disculpa de sacar a pasear el perro por la noche. Pero hay hombres raritos que necesitan dos familias a las que hacer sufrir. Tiene que haber de todo en la vida. Por la radio de mi coche oí una comunicación de la policía. No es que sea legal sintonizar su frecuencia pero ayuda mucho a un detective. El hombre en cuestión se había refugiado en una tercera casa donde al parecer habitaba una amante ocasional que estaba fuera de la ciudad por razones de trabajo. Allí se atrincheró con los dos hijos de la fallecida y uno de mi cliente que recogió al salir de la escuela.



Puse mi coche a volar por la autopista esperando llegar a tiempo. Los secuestradores suelen tomárselo con calma. Al llegar observé que toda la zona en un radio de varias manzanas estaba acordonada por la mitad de los efectivos policiales de la ciudad. Pude convencer al capitán, un viejo amigo de una etapa de mi vida que intento olvidar, de que me dejara intentarlo. Con el megáfono anunciaron que un amigo de su esposa pasaría a verle unos minutos con la sana intención de charlar sobre la conveniencia de dejar a los niños libres y retenerme a mí como rehén. No tuve suerte. En el interior de la casa pude ver un terrible espectáculo. Tres niños apuñalados en el salón con caras de sorpresa y el cadáver de un hombre que había escogido el sueño eterno. Dos tubos vacíos rodaron por el suelo al ser golpeados por la puntera de mi zapato.



El forense solo tuvo que leer la etiqueta de los frascos para darse cuenta de que aquel hombre ya no tenía pulso. No soy un hombre tan duro como creí en un tiempo. En presencia de la plana mayor de la policía de la ciudad vomité los dos sandwiches y restos de la cena de la noche anterior. Me puse tan pálido que el capitán me cogió del brazo y me acompañó al exterior donde me fui recuperando después de respirar hondo tres o cuatro veces la brisa nocturna.



Pensé en el hombre que había pasado de bígamo a trígamo a pesar de que la tercera no era esposa legal pero era esposa...Y vomité de nuevo. Era otra víctima de nuestra sociedad moderna, había sido aplastado bajo el signo más, esa cruz de asfalto que llevamos a cuestas recorriendo nuestros calvarios particulares. Todos queremos más...más dinero, más estimulación, más cariño...hasta más familia. En mi caso he aceptado a regañadientes - pero he aceptado- que el signo menos esté en mi calculadora de la vida. La soledad es algo que me sucede, exterior a mí y como tal no forma parte de mi esencia de individuo. Puede que sea una postura muy cómoda por mi parte, pero es mi postura. Vomité una vez más y me decidí a marcharme.



No esperé al día siguiente para darle la noticia a la esposa. Quería terminar cuanto antes con aquel macabro episodio de mi vida detectivesca. Curiosamente ella no lloró por su hijo ni por los hijos de su rival (no esperaba que lo hiciera por su marido ni por la otra), lo que más le afectó, ¡pásmense ustedes!, fue el conocimiento del vil engaño. Se sintió tan mal que quiso que pasara con ella la noche para enjugar sus lágrimas y calmar su dolor. Curiosamente no deseaba que hiciera de doctor sino de amante. Necesitaba vengarse en caliente. Ella le había sido fiel toda la vida y ¿qué conseguía a cambio?. A duras penas logré que no se desnudara, que no se arrancara la ropa al tiempo que chillaba histéricamente maldiciendo su estupidez.



Me pasé el resto de la noche hablando con ella o más bien escuchando sus desvaríos. Por fin pude emborracharla con una botella de güisqui que encontré en la alacena y conseguí llevarla en brazos al lecho conyugal. Allí la tapé con una manta e hice de enfermera hasta el alba. Despertó con las primeras luces tan fuera de sí que me las vi y me las deseé para que me firmara un cheque por la cantidad adeudada, ni un centavo más. En cuanto lo tuve en mi cartera llamé a urgencias para que la encerraran en el hospital más cercano.



Regresé a casa y dormí doce horas seguidas. En cuanto me levanté hice efectivo el cheque, antes de que su cuenta tuviera problemas. Pagué al casero los dos meses de alquiler que le debía y aún sobró para un nuevo sillón en el despacho donde se acaba de sentar un nuevo cliente que me está pidiendo siga a su mujer, porque cree que le es infiel.



Debí haberme hecho psiquiatra. Así al menos lograría creer un poco en el ser humano.