LA CASADA INFIEL
La mujer parecía dispuesta a casi todo por disipar mis dudas, esa supuesta renuencia que pongo en mi rostro solo para que suban más y más... la cantidad del cheque, la faldita o lo que sea. Debió interpretar acertadamente mi expresión porque aún subió más su faldita de muñequita pizpireta y me dispensó una sonrisa embriagadora, realmente comprometedora si hubiera sido mía, pero era suya y eso no significaba mucho. Tuve que aceptar el cheque antes de que acabara por desnudarse en un mezquino aunque sin duda antológico streaptease.
Con la lista de sus amantes en un bolsillo
de mi cazadora recorrí todas las calles de la ciudad en mi viejo y destartalado
coche. A pesar de mis esfuerzos solo encontré un único sospechoso, realmente el
único que no tenía nada que perder, ni siquiera tenía familia ni una posición
social, no tenía nada. Incluso su autoestima era baja como observé en cuento me
lo eché a la cara.
Le apreté las tuercas y cantó. Se trataba
de un vividor sin escrúpulos que había conocido a mi clienta en una extraña
fiesta donde él se había colado del brazo de su última amante chantajeada.
Ignoro si en su vida existía alguna amante no chantajeada. El vividor dejó a su
amante en brazos de cualquiera y se prendó de mi bombón con quien charló hasta
que ella se cansó y le dejó tirado en cualquier rincón de la casa. El volvió
entonces con su amante chantajeada y le sacó toda la información que
necesitaba. Entonces regresó con mi bombón, digo cliente, y trató de seducirle
con todos sus medios que por lo visto no eran muchos. Al fracasar en el intento
acudió al chantaje monetario aunque en realidad sólo le interesaba su cuerpo.
No me resultó difícil llegar a un acuerdo con él. A cambio de lo que mi bombón
quisiera darle él se iría de la ciudad, muy, muy lejos, donde ni yo ni ella
volviéramos a verle. Caso contrario le apretaría las tuerca un poco más hasta
que rechinaran todos los engranajes de su cuerpo.
Salí hasta una cabina y llamé a mi
cliente, aceptó de inmediato. Llegó en un descapotable y me entregó un paquete
envuelto en papel de periódico con una cantidad módica para ella, no para mí.
Sentí la tentación de quedármelo, pero soy un honrado profesional a pesar de mi
mismo. Al vividor le faltó tiempo para salir de estampida con el paquete debajo
de los calzoncillos.
Al día siguiente recibí una llamada en mi
humilde despachito. Ella quería agradecerme mis redoblados esfuerzos por
librarla de las garras de la maledicencia y el chantaje. Me invitó a cenar en
un exquisito restaurante donde degustamos exquisiteces y hablamos como dos
carreteros. A ella lo que más le preocupaba era que su marido se hubiera
enterado. No quería hacerle daño. Se trataba de un matrimonio feliz a pesar de
sus deslices debidos a que su horno calentaba demasiado, no podía encenderlo
sin que se viera precisada a meter algo
en él, una pierna de cordero, una pierna de carnero, lo que fuera. Ella creía
que su marido le era fiel hasta la adoración.
Ante su sentimiento de culpa me vi obligado
a consolarla cogiendo su adorable manita y pidiendo otra botella de gran
reserva. A la segunda copa ya se había consolado. Tanto que me invitó a pasar
la noche en un hotel, yo sería el anfitrión y ella la invitada. Tengo que
admitir que su cuerpo era mejor desnudo que vestido; aunque solo fuera una
faldita y una blusita de nada pero hay que ver cómo cambia una sex symbol en
cuanto se desnuda. Mejora mucho, muchísimo. En la cama era un horno aún más
potente de lo que yo había imaginado. Casi acaba conmigo, me chamuscó hasta los
pelos.
Se despidió con un beso prometiendo volver
a utilizar mis servicios, no dijo cuales, en cuanto se viera en otro problema.
Aposté que sería pronto y me relamí los labios que sabían a carmín del caro.
Pasó algún tiempo. La vi en la portada de
una revista del corazón. Estaba muy guapa al lado de su rico marido. Hacían una
pareja tan espléndida que a poco echo la lagrimita delante del quiosquero que
se quedó mirándome fijamente y moviendo la cabeza de un lado a otro. Me pareció
entenderle que se hacía cruces del poder de sugestión de la prensa rosa, hasta
los hombres empezaban a llorar mirando las portadas.
Una tarde un hombre elegante y de modales
tan exquisitos que estuve a punto de levantarme y cederle mi propio sillón se
coló por la puerta abierta como si hubiera confundido mi despacho con un
meódromo. Tenía prisa por hacer sus necesidades. Tanta que me explicó de pie
qué le picaba. Se había liado con la hija de uno de sus mejores amigos. Una
lolita menor de edad que le iba a costar un serio disgusto si yo no conseguía
librarle de un chantajista canalla y con muy malas pulgas. Le hubiera pagado
cualquier cantidad pero no se fiaba de que algún día no volviera a templar
gaitas. Necesitaba que lo puliera con lija y estropajo.
Antes de que pudiera
recobrarme de la sorpresa de reconocer en el cliente del meódromo equivocado al
fiel esposo de mi bombón ya tenía sobre la mesa un cheque grande, como los que
usan los millonarios. Miré la cantidad y casi me caigo de espaldas. Por ese
precio le quitaba los moscones a él, a la señora y a la lolita, todos juntitos
y bien revueltos. Se sentó un minuto para explicarme con cara compungida que lo
único que le interesaba era que su fiel esposa no se enterara de nada. Tenía
que ser discreto como una tumba. Se lo prometí intentando controlar la risa.
Sería tan discreto como la tumba donde estaba enterrando mi dignidad. Salió
rápidamente, antes de que algún picha floja equivocara el chorro y le meara los
pantalones.
La vida de un detective real no es tan
sórdida como la pintan en la novela negra...;no, a veces lo es aún más.

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