domingo, 13 de agosto de 2017

SLIM EL VENGATIVO I



NOTA PREVIA/ Este es un personaje esbozado hace años, cuando el autor sufría una experiencia inolvidable, un acoso o mobbing en el trabajo que le hizo pensar que se estaba transformando en una especie de monstruo vengativo que solo pensaba y vivía para la venganza. Temiendo por mi carácter, que nunca fue bueno, pero que estaba empeorando a ojos vistas, recurrí a mi terapia favorita en estos casos, parodiarme hasta hacerme sangre a fuerza de latigazos y conseguir que todos mis pecaminosos deseos de venganza los llevara a cabo un personaje humorístico, que no era yo, pero como si lo fuera o fuese, visto lo mucho que acabo disfrutando de las “gansadas” surrealistas y esperpénticas que llevan a cabo mis personajes.

El hecho de que mi personaje fuera de raza negra, nacido en Harlem y casi fotocopiado de algunos personajes del gran novelista Chester Himes, uno de mis autores favoritos de novela negra, no me arredró en lo más mínimo. Siempre he creído que yo hubiera sido el mismo, de haber nacido con la piel negra, roja, azul, verde o multicolor y que el hecho de no haber nacido en Harlem no suponía ningún hándicap para mí, puesto que nunca me sentí de parte alguna y sí de todas partes, como si en cada país, en cada rincón de cada país hubiera un clon mío, fabricado por el profesor Cabezaprivilegiada, el único científico loco del planeta capaz de hacer cualquier cosa y quedarse tan “pancho” como si no creyera en nada, cuando él es un fervoroso creyente de una iglesia protestante que ahora no recuerdo cuál es.

Una vez esbozado comenzó a dormir el sueño de los justos, como la mayoría de mis personajes, hasta que fue resucitado para participar en el Hotel de los líos o disparates junto con un entretenido compañero sacado de la famosa película Casablanca, Sam, tócala otra vez Sam, como así se llamaba, fue el inseparable compañero de Slim, que ponía música a todas sus andanzas. Y así esta divertida pareja trotó un poco, no demasiado, por el Hotel de los líos, hasta que regresó a su consabida hibernación a la espera de tiempos mejores.

Estos tiempos han vuelto, ahora que me dedico, en horas y días perdidos, a recuperar todos mis personajes y ver qué se puede hacer con ellos, aparte de programarlos para que me den de latigazos cuando me duerma demasiado o me lo merezca por mi cinismo connatural, inerradicable y bastante divertido, todo sea dicho. Me temo que tendré que ir reformando todo lo manuscrito hasta el momento, porque la inserción de Sam fue posterior al esbozo y al manuscrito original, lo que me obliga a utilizar un “deus ex machina” para introducirle en la vida de Slim, el vengativo, junto con su famoso piano, razón por la que tendré que llamar a una grúa, de otra forma no veo cómo hacerlo caer del cielo sin que se rompa el piano, la cabeza de Sam y todo lo que pille por el camino antes de tocar suelo.

Mi fervor por Chester Himes seguro que me puede traer serios quebraderos de cabeza, porque el humor “negro” (fuera bromas), llevado a cabo por un blanco, aunque tenga el corazón negro, como es mi caso, puede herir ciertas susceptibilidades que no se sentirían heridas si yo hubiera nacido con la piel de otro color que no fuera este blanco lechoso que nunca he conseguido cambiar, entre otras cosas porque odio el sol. Quiero dejar bien claro que el humor se atreve con todo, aunque si no es generoso y humano, puede llegar a ser peor que un veneno, administrado subrepticiamente, es decir una auténtica mierda. Al menor síntoma de racismo me haré tratar por el doctor Carlo Sun, discípulo de Jung, porque nunca he soportado el racismo y la xenofobia, de hecho nunca me he sentido a gusto con el color de mi piel, con mi cuerpo, con mis manos, cabeza y resto de apéndices, e incluso con mi alma, yo debí haber sido otro, pero como soy el que soy, apechugaré con ello y no dejaré que el odio que me tengo se trasluzca demasiado.

     




    
         SLIM EL VENGATIVO

NARRADO POR UN LECTOR DE CHESTER HIMES, A QUIEN SE LE FUE LA OLLA Y A SABER DÓNDE ESTARÁN COCIENDO GARBANZOS, ÉL Y SU OLLA

Harlem, señoras y señores, señoritos, mileidis, y señoraes (palabra que propongo para designar a todos, “ñoras y ñores”…en Harlem el plato de la venganza se sirve caliente, no se deja enfriar nunca.

¡Cómo pudo haber nacido aquí Slim, llamado desde que fuera destetado y mordiera a su madre, Slim el vengativo! ¡Cómo pudo un hombre tan frío como el invierno de N.Y. y tan vengativo como Shylock, tan paciente como un testigo de Jehová ante la puerta de un alma pecadora o haciendo cola para pertenecer al grupo de los elegidos, los 120.000 que serán salvos en el día del Juicio final, haber nacido en un barrio tan caliente, donde la venganza no llega a la boca, porque alguien la arrebata a medio camino y se la lanza al primer viandante!

La vida está llena de misterios y uno de ellos, el más inextricable, es la razón por la que obligaron a Slim a asomar su pepinuda cabeza en pleno centro de Harlem. Otro es cómo pudo papá Gooding, el Gordo y lujurioso Gooding, el drogota Gooding, inseminar a mamá Lucy, la flaca borracha, y salir de semejante ayuntamiento un trozo de hielo como Slim.

Harlem, queridos amigos y enemigos, es conocido en el amplio mundo entre otras cosas por las maravillosas novelas de Chester Himes, también por albergar el Cotton Club (protagonista de la película del mismo nombre) y por algunas cosillas más. Los turistas extranjeros no saben mucho sobre este paraíso donde la venganza se sirve siempre caliente.  Para quienes hemos nacido en Harlem, es ante todo la cloaca donde hay que sobrevivir o morir sin quejarse, sin abrir la boca, no sea que alguien te robe los dientes, y sería justo, puesto que los cadáveres no comen y ya no los necesitan.

Ese fue el error que cometió Slim -¡quejarse!- y nada más nacer. Mientras aquí los niños no lloran al recibir el primer azote en el trasero, sino que muerden, Slim se comportó como un niño enclenque, hijo de papá Rockefeller y mamá Bolsa, y lloró desesperadamente pidiendo la “teta” de mamá, sin darse cuenta de que estaba muy ocupada dándole a la botella. Y se empecinó en el error al continuar llorando, pidiendo la ayuda de papá Gooding, sin ser consciente de que su progenitor estaba intentando una estafa con la que lograr unos pocos dólares con los que comprarse su dosis de crack y después un coño ardiente con el que olvidar la amargura de haber nacido en Harlem.

Como papá Gooding no ha conseguido llevar a buen término la estafa, largo tiempo planeada, con el ciego de la esquina (éste ha salido corriendo tras él a tiro limpio, ¡un ciego con una pistola!) se ha visto obligado a ofrecerse a Jimmy Death, el jefe de la pandilla que controla la droga en las cuatro esquinas de la manzana. Sí, porque en cada manzana hay una pandilla distinta. Aparte de Jimmy Muerte están… Mejor lo dejamos para otra ocasión. Eso nos llevaría mucho tiempo.

Unos nacen con buena estrella y otros estrellados y hay quien nace en Harlem. La vida es así de injusta y de puta… Como Annabela, que le cobraba hasta al “consolador” con el que se lo hacía cuando escaseaban los clientes. A Slim la vida le cobró por atravesar la puerta que da acceso al útero materno.  Y es una deuda que Slim no pudo pagar nunca. Los cobradores de la vida siempre le persiguieron, intentando que pagara la ingente cantidad, aunque fuera a plazos, pero Slim es mucho Slim, nunca pagó, así le arrancaran las muelas.

Por suerte todos los niños tienen un ángel, que solo les abandona cuando dejan de ser niños y se convierten en adultos, es decir, en demonios. Aunque Slim nunca se consideró un niño, jamás, es posible que su corazón fuera de niño algún tiempo más de lo que uno puede seguir conservando la niñez en Harlem, porque un verdadero ángel apareció en la vida de Slim para endulzarla con su maravillosa música. Tenía que ser también de raza negra, como somos todos en Harlem, y tenía que llamarse Sam, con su piano a cuestas, que nunca lo aparcó en parte alguna y siempre lo defendió con arma blanca o pistola contra quien intentara apoderarse de sus alas, es decir de sus teclas, blancas y negras, como las de todo piano. Tanto enamoró y dulcificó su música el carácter de Slim, que éste, en reconocimiento eterno comenzó a llamar a Sam con el bonito nombre de Sam, tócala otra vez, Sam. Y de esta forma quedó bautizado para la posteridad. Pero como aún queda un poco de tiempo para que Sam y su piano caigan sobre la cabeza de Slim desde un piso alto de un edificio de Harlem –se salvó porque Sam era un ángel y midió bien la caída- dejaremos aquí anotada esta circunstancia y seguiremos con la historia que teníamos ya esbozada.





lunes, 31 de julio de 2017

BIOGRAFÍA DE UN BUDA I

NOTA PREVIA/ Cuando emprendí la agradable tarea de escribir una serie de relatos de tema esotérico, me encontré de buenas a primeras con un personaje tan cínico como divertido que se acabaría convirtiendo en el narrador, la voz, el hilo conductor de la mayoría de mis relatos esotéricos. Se trata del Verdugo del karma, que además de su papel en su propia historia, fue apareciendo de una u otra manera en otros muchos relatos en los que no venía a cuento. Este es uno de ellos, del que ni me acordaba y que he encontrado por casualidad en la libreta 21. Al parecer el verdugo del karma hace aquí de bibliotecario en la gran biblioteca de los archivos akásicos, ha debido de ser un ascenso del que ni yo mismo me había enterado. Durante la etapa de mi fiebre por los relatos esotéricos esbocé tantos que no me acuerdo de la mayoría y seguramente iré encontrando alguno más conforme revise mis manuscritos en libretas y cuadernos. Todos ellos están tratados con humor o al menos tienen un corte humorístico que es su sello particular y que me permitió abordar temas muy serios y hasta terroríficos con una desenvoltura y un desparpajo que ahora, muchos años después, me obligan a intentar recordar cómo era yo entonces y cómo se me pudieron ocurrir estas delirantes historias. En este caso el esbozo que aún conservo no me parece de mucha calidad ni muy prometedor, pero como siempre quise escribir una historia humorística de un buda, lo mismo que hice con la vida de un lama, a través de Milarepa, o la de un gurú muy peculiar en "El rastro del marrano" o del superhéroe Espiritualín y tantos otros que intentan contarnos cómo es el mundo espiritual en el que la mayoría de nuestros contemporáneos no cree ni creerá nunca, porque donde esté lo material que se quite todo, la pela es la pela. A pesar del cinismo que destilan la mayoría de estos relatos, auténticas parodias delirantes, observo que se parodia mucho más el mundo material que el espiritual que acaba resaltando y brillando en contraste con el ridículo patetismo de la vida en el mundo material. Espero encontrar más apuntes sobre esta historia en otras libretas, porque la verdad es que no me acuerdo muy bien de qué pretendía con este relato, ni por dónde iban los tiros. Con la jubilación ahora tengo tiempo para pensar y elucubrar. Seguro que se me ocurrirá algo.




                      BIOGRAFÍA DE UN BUDA

 NARRADO POR ÉL MISMO


La biblioteca de los archivos akásicos es casi infinita. Cada planeta habitado por seres inteligentes creen ser únicos en el Cosmos. Cuando vienen en sueños o una vez fallecidos y adaptados a la nueva vida deciden adquirir toda clase de conocimientos sobre el universo y sus habitantes acostumbran a dirigirse a la plantilla de bibliotecarios existentes en la primera oficina a la izquierda, según se toma el pasillo central, una vez dejado el vestíbulo.

Allí son atendidos con esmero y guiados hasta el estante donde se encuentra el libro elegido. No obstante la mayoría de estos funcionarios están hartos de recorrer pasillos buscando libros para mentes estúpidas que creen que por el simple hecho de estar muertos pueden saberlo todo, encontrar todas las respuestas a las preguntas que se hicieron en vida. Los durmientes son aún peores. Creen que por el hecho de estar dormidos, el subconsciente  como lo llaman ellos, les solucionará todos sus problemas. Se plantan en las oficinas de bibliotecarios y con malas maneras quieren que el bibliotecario de turno le busque "ipso facto" el libro donde  está escrita la solución a su problema. Tengo prisa porque quiero soñar con otras cosas menos prácticas y más divertidas. Gritan con rostro desencajado, con una desvergüenza que clama al cielo.

Entonces suelen llamarme a mí, el verdugo del karma sin nombre, al que ya conocen de otros episodios de este culebrón. Si estoy libre me escapo y les echo una mano. Me encanta buscar libros para muertos o durmientes y charlar con ellos sobre todo lo divino y lo humano.



Muchos se ponen de malhumor porque quieren que encuentre su libro rápidamente que se lo entregue y les deje en paz. Pero conmigo no pueden. Les respondo: ¡Ahá, sí! Pues te buscas tú mismo el libro, a ver si lo encuentras en ese siglo, ¡capullo! Si quieres que te lo encuentre yo tendrás que tomártelo con calma y andar de cháchara un buen rato hasta que descubra si me interesa algo de tu vida o no.

Si es muerto le convenzo  y rápido. ¡Vale, tío! No tengo nada mejor que hacer. Pero si es durmiente se pone insoportable. Que si esta es una noche perdida. ¡Con lo feliz que se las prometía metiendo mano en sueños a  esa nueva cantante de moda que está tan buena!

Los durmientes no saben que sus fantasías conscientes intentan hacerse realidad en sueños.  Así quien se imagina acostándose con la tía buena que presenta ahora el telediario segunda edición en la cadena 10, acabará por intentarlo en sueños. Que lo consiga o no ese es otro cantar.

Los durmientes suelen ser insoportables, siempre con prisa, lujuriosos o trágicos que quieren pasarse la noche practicando sexo o comiendo como tragones. No te hacen el menor caso, cuando no les interesa y luego se disculpa diciendo que están soñando y en sueños uno no se entera de nada. Vamos, que no controlan. Pero bien que recuerdan los sueños que les interesa recordar y borran de su memoria consciente todo el daño que hacen. Los vivos en estado consciente hablan de magia negra cuando en realidad ellos saben muy bien las andanzas que se traen en sueños. No hablo de recordar reencarnaciones pasadas que eso es un tema serio controlado por los dioses del karma, aunque recordar sueños está a su alcance.

Pero me estoy desviando del asunto. Mis colegas, somos muchos los verdugos del karma, me conocen porque me gusta mucho la cháchara insustancial o no, hablar con todo el mundo, muertos o durmientes, humanos o dioses, funcionarios akásicos o mensajeros de las grandes alturas evolutivas. Si aquí hubiera géneros, quiero decir mujeres, me gustaría más hablar con ellos que con los demás (en mi última reencarnación hice de hombre y no paraba de correr tras las faldas, la historia no había inventado aún el pantalón femenino- fui un bicho malo, lo reconozco) pero como en el más allá no tenemos cuerpos físicos y no se puede hablar de sexo reproductivo (la homosexualidad no está mal vista aquí) nos limitamos a intercambiar cháchara o lo que sea con quien está a nuestro alcance y se deja.

Bueno, en fin, la cuestión es que una noche- para ellos aquí no hay noche-llegó, en sueños, aunque él se creía muerto un gordito y obeso en palabras más técnica, que buscaba como un desesperado una biografía de un buda.

Aprovechando que estoy muerto (debió de ser una pesadilla horrible) quiero transformarme en  buda y dejar esta mierda de reencarnación en la que ni siquiera bailo con la más fea, no ligo (seducir mujeres para las no avisados) nada; siempre soy pobre, nunca me toca la lotería, las desgracias se enlazan unas con otras como ristras de chorizos y, esto yo es el colmo, los dioses del karma me dicen que no aprendo las lecciones, que evoluciono menos que una hormiga sobre una hoja de parra en mitad del océano.

Y se puso a llorar como un bebé hambriento de pecho materno a las tres de la madrugada. Total que los  bibliotecarios me llamaron a mi verdugo-bombero, y allí acudí como una flecha sin cuerpo.

El gordito me cayó simpático a primera vista ( por si no lo saben los durmientes vienen aquí con el cordón astral unido a su cuerpo físico por lo que  uno ve sin problemas el cuerpo físico que le ha tocado en rifa a cada durmiente. A éste pobre desgraciado le había tocado uno muy malo (o tal vez fuera uno regular y él lo hizo peor). Gordo, seboso, barrigón, feo de cara, ancho de culo ventoseante, corto de piernas flacas, ancho de hombros, cabezón, orejudo, narigudo. No tenía nada bueno, ni el alma, que había adoptado la forma de un ectoplasma seboso, con rasgos monstruosos, donde podía verse con claridad el miedo que le apretaba el culo.

A pesar de ello, y de sus llantos y expresiones violentas y súplicas y pataletas, me cayó bien. ¡Vaya un gordito simpático! Y me dispuse a hilvanar la hebra.

-No llore usted, alma cándida. Que aquí estoy yo, su humilde verdugo del karma, para servirle en lo que necesite. Por cierto. ¿Qué necesita usted?

Se calmó como pudo y me dijo que llevaba muy mal lo de estar muerto y tener que reencarnarse otra vez. No quiso deshacer su error porque pensaba divertirse mucho con aquel simpático gordito. Lo sé, soy malo, muy malo, pero no se lo digan a mis superiores, los dioses del karma, Porfi.

Vaya, no era muy difícil satisfacer su deseo, Las biografías de los budas están a la entrada de la biblioteca en el primer estante a mano derecha y pone en letras muy grandes. “Biografías de Buda”. Pero el gordito no se enteró de nada. En sueños son tan espesos que hay que repetirles un millón de veces las cosas y aún así al despertar ni se acuerdan.

Bien, bien, vayamos por aquí a ver si encuentro el libro que usted necesita.

Y le conduje por un pasillo  a mano izquierda, tan largo que se podía ver el infinito al final. Mira que soy malo. El largo viaje circular (le hice dar una buena vuelta para regresar al principio) me permitió conocer bien al gordito simpático y llorón. El mantenerlo en la creencia de que estaba muerto le hizo tan maleable en mis manos como barro tierno en la palma del alfarero. Me bastaba con hacerle creer que yo era un dios del karma que podía decidir su próxima reencarnación, para que respondiera a todos mis preguntas, incluso las más íntimas. ¿Había estado casado alguna vez?- No. ¿Pero se habría acostado con mujeres, aunque fueran putas? Sí, eso sí. Pues cuéntame hasta los detalles más íntimos. Y me los contaba. ¿Te gusta mucho comer, gordito simpático? –Mucho. ¿Qué platos son tus preferidos? Y me detallaba con arroz y garbanzos hasta hacerme la boca agua, metafóricamente hablando.

Así me fui divirtiendo todo lo que quise hasta que decidí ponerme serio e interrogar al gordito sobre su vida, lo que él creía su muerte y sus planes de futuro. Se desmoronó y se echó a llorar como alma en pena. Su vida pasada había sido una mierda, su vida futura lo sería igualmente y a pesar que su muerte esta vez fue agradable ( ni se enteró de que estaba muerto) no quería volver a reencarnarse ni atado de pies y manos. Prefería transformarse en un Buda imperturbable y olvidarse de  sufrir más penas para siempre. Deseaba conocer más detalles Pero el gordito necesitaba urgentemente la biografía del Buda para calmarse. Decidí dejarme de circunloquios. Ya tendría tiempo de volver a charlar y le llevé en línea recta al estante correspondiente, alargué la mano y le tendí el libro en cuyo lomo, luminoso, podía leerse: “Biografía de un buda… por él mismo”.

Le indiqué una mesa donde podría apoyar el libro mientras su orondo trasero se encajaba en una silla. Abrió el libro por la primera página y pude leer sobre su hombre.

“A pesar de no recordar mis anteriores reencarnaciones estaba saturado de la condición humana. Estaba dispuesto a probar la condición divina, incluso la animal, mediante una transmigración en fiera o incluso en colibrí. Pero otra vez humano, no, por todos los santos, dioses y demonios. Me sentía tan amargado, tan desesperado, que mis pensamientos oscilaban entre un suicidio rápido y convertirme en asesino en serie. Fue entonces cuando una luz me deslumbró, como a Saulo en el camino de Damasco, y caí en el asfalto.

Transfigurado en un hombre nuevo. Al volver  en mi descubrí que la luz no era divina sino la de una farola que alejaba la noche del escaparate de una librería en cuyo centro el título de un toro enorme había llamado la atención de mi mirada. El libro se titulaba Budismo tibetano y era un mamotreto digno de un erudito con cien años por  delante para leerlo página a página. Yo había decidido comprarlo el día siguiente,  costase lo que costase, y a través de su  lectura alcanzar la liberación. Esa idea fue la que me arrojó al asfalto de donde me levanté tambaleándome como un borracho. Decidí emborracharme aquella noche para olvidar la experiencia. Pero no lo conseguí, al despertarme al día siguiente, con una horrible resaca, abjure definitivamente de la condición humana. En cuanto pude levantarme me duché con agua fría y salí de estampida hacia la librería donde había visto mi salvación, temeroso de que alguien pudiera arrebatarme lo que suponía era un ejemplar único. Nadie había preguntado por él. Allí  seguía en el centro del escaparate ahuyentando lectores. Pregunté el precio al librero. Para mi sorpresa era tan bajo como un libro de bolsillo y eso que para llevármelo necesito su ayuda y un taxi a la puerta. El librero me explicó que llevaba años deseando desprenderse de aquel monstruo que ahuyentaba más clientes que los precios pero no podía hacerlo porque su mujer la escaparatista de la brillante idea, le había prohibido deshacerse de él sino era en venta comprobable en factura y dirección del cliente. El tuvo que poner el 90% del precio pero todo lo daba  por bien gastado con tal de deshacerse de aquel peso muerto en su negocio.


No importa la razón por la que uno hace o deja de hacer algo, lo que importaría son las consecuencias de las propias decisiones.

jueves, 20 de julio de 2017

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY VI


MI PRIMERA NOCHE CON CATHY/ CONTINUACIÓN




Catwoman, con la toalla enroscada como la piel de una serpiente, se deslizó hacia la mesita de noche y tanteó en la lamparita, luego observó con detenimiento la lámpara del techo que yo había tapado siguiendo instrucciones de Jimmy El Pecas, lo mismo que había anulado también el micrófono que aquel me había señalado. Kathy parecía un tanto paranoica, aunque seguramente tendría muchos más motivos que yo, que apenas había superado las veinticuatro horas en aquel endemoniado lugar, un tiempo tan intenso que bien podría valer por un año, o casi. 

Al fin pareció quedar satisfecha y tomando unos cojines de la silla de las visitas se colocó cómodamente en el extremo de la cama más cercano a la ventana por donde había irrumpido violentamente en mi vida onírica. Yo doblé la almohada y busqué la posición más relajante posible, lo más alejado posible de aquel cuerpo embrujado. No me apercibí de que si Kathy había tenido el detalle de cubrir su desnudez para que no me sintiera tentado a probar de nuevo la manzana del bien y del mal, yo en cambio permanecía en traje de Adán sin caer en la cuenta de que las mujeres no son de piedra y sufren tentaciones lo mismo que nosotros, otra cosa es que caigan en ellas o no, que ahí cada cual es libre de buscar el placer, de rebelarse contra las imposiciones de una sociedad ñoña o de permanecer alejado de lo único que tal vez pudiera hacer aceptable la vida si fuéramos menos estúpidos. Y me doy cuenta de que hablo como un viejo vividor, cuando en realidad soy muy joven y encima no me acuerdo de nada o de casi nada, pero es ley de vida el que todos se atrevan a hablar de aquello que precisamente más desconocen.

-La historia es muy larga, cariñito, por lo que voy a contarte lo esencial, ya rellenaremos los huecos en otras ocasiones, porque tú me vas a deber mucho cuando te cuente esta lacrimógena historia que ha sido mi vida.

Estuve tentando de preguntar como cuánto la debería, por si fuera conveniente pensármelo dos veces, pero me sentía tan intrigado por aquel extraño fenómeno que portaba entre sus piernas que decidí dejarla hablar todo lo que quisiera, sin intervenir, no fuera que se le olvidara algo importante.

-Todo comenzó con mi primera regla, de la que mamá no me había hablado y tampoco lo hizo después. Era una mujer muy hermosa, pero tan beata –pertenecía a los Adventistas del séptimo día- que nunca me habló de nada que pudiera interesarme. Mi papá nos había abandonado años antes, tantos que apenas conservaba recuerdo alguno que mereciera la pena de él. No debió ser tan malo porque me dejó un fideicomiso para ser administrado por mi madre hasta la mayoría de edad. De éste y de los perfumes y productos estéticos que fabricaba mi madre en el garaje y luego vendía por las casas vivíamos y no muy mal. Mi mamá era química, había estudiado en Harvard, pero renunció a una carrera prometedora para cuidar de la familia, conforme a las directrices religiosas que recibía del pastor de la iglesia que visitábamos mucho más de lo que yo podía soportar. Un error que cometen muchas mujeres que creen demasiado en los hombres, en la sociedad y en los pastores adventistas.

“Cuando comencé a sangrar me llevé tal susto que nunca fui capaz de perdonar a mamá el ocultarme los datos esenciales de la biología femenina. Fue una regla torrencial y tan dolorosa que tuve que permanecer un mes en cama, penando que me moría y sin acabar de hacerlo, algo que me hubiera aliviado mucho. Mamá se limitó a traerme cajas y cajas de compresas, de tampones, de toallitas absorbentes y algunos tubos de pastillas para calmar mis intensos dolores. Cuando al fin logré recuperarme me reintegré a los estudios intentando disimular el gran bulto que llevaba entre las piernas, así como los tampones y compresas de mi mochila. Busqué a la compañera con más fama de atrevida y locuela y así pude enterarme de que no me iba a morir de momento, que aquello se llamaba regla, que lo teníamos todas las mujeres al llegar a una determinada edad y que se agotaba en algún momento de nuestras vidas, demasiado tarde, pienso yo. 



“La segunda regla fue igualmente torrencial y dolorosa, hasta el punto de que mi madre se asustó mucho, y tras consultar con el pastor decidió llevarme a su ginecólogo, un viejo gruñón, acostumbrado a no examinar a sus pacientes en la forma habitual y a deducir lo que les pasaba por lo que ellas le contaban entre balbuceos. Cuando mi madre, ruborizada hasta la insolencia, le habló de mi problema, el viejo gruñón se rascó la barba y por primera vez en su carrera profesional tuvo el valor de mandarla a la farmacia más cercana mientras él me examinaba a consciencia y sin miedo a palpar. Con el tiempo descubriría que había heredado la belleza de mamá, superándola con creces y tal vez el encanto de papá, un empresario emprendedor que se las sabía todas y así es difícil resistirse a intentar hacer pasar por tontos a los demás. Todos los hombres que conocería de allí en adelante se hacían pasar por ginecólogos e intentaban palparme y auscultar mis zonas íntimas como si se creyeran capaces de curarme de aquel castigo divino, como no cesaba de pregonar mi mamá.

“Por suerte aquel viejo gruñón era un gran profesional, aunque su pacata clientela no le hubiera permitido demostrarlo hasta entonces, y tras un cuidadoso examen a palpo, los correspondientes análisis y todas las pruebas que fueron necesarias, que fueron muchas, creyó descubrir una malformación genética en mis órganos sexuales, vagina, trompas de Falopio y adyacentes, así como toda una serie de problemas hormonales desconocidos. Le dijo a mi madre que aquello le superaba y le recomendó nuevas pruebas con otros grandes profesionales, amigos suyos. Como mi madre renunciara a ello, bien aconsejada por el pastor, el viejo gruñón solo se comprometió a intentar contener mis reglas hasta un punto aceptable y a disminuir mis dolores y tormentos hasta el extremo de permitirme sufrir solo una semana al mes. Algo que le agradecí de corazón, como quien solo puede comer puré porque su dentadura es una mierda. 

“Así fui creciendo, entre tormento y tormento, hasta que para mi desgracia los chicos comenzaron a fijarse en mis pechos y las chicas, malvadas y envidiosas, no cesaron de susurrarme lo bien que lo pasaban con los chicos en lugares escondidos, y lo que me estaba perdiendo y que no iba a recuperar nunca. Debido a mi desgracia o al castigo divino, como decía el pastor, solo pensaba en esa zona de mi cuerpo para intentar olvidarla, antes de que la maldita regla me la recordara todos los meses. No encontraba nada interesante en ella y había procurado hacer como que esa parte de mi cuerpo, desde el ombligo a las rodillas, fuera invisible. Pero la curiosidad mató al gato y la manzana perdió a Eva, como decía el pastor. 

“No pude resistirme cuando el guaperas de la clase me pidió que le acompañara al cine y de allí a un lugar boscoso y oculto, en su coche, donde me besó hasta atragantarme, lo que me gustó un poco, y luego metió mano abajo, lo que no me gustó nada, por lo que se vio precisado a explicármelo todo, de “pé a pá”, visto que yo parecía una pazguata. Debí de gustarle mucho para que no me dejara allí tirada, en medio del salvaje bosque, como una caperucita despreciada por el lobo. Todo me resultó repugnante, molesto, asqueroso y me faltan adjetivos, hasta que el chico perdió los nervios, se bajó los pantalones, enseñándome lo que los hombres tenían entre las piernas y que yo desconocía hasta ese momento, y sin más ni más me penetró como el bruto que era. No me dio tiempo a reflexionar sobre el órgano sexual masculino ni la suerte que tenían los malditos hombres de no tener regla y de todas sus ventajas, excepto la de tener que portar al exterior un saco con dos bolitas o bolazas y una manguera o manguerita, algo que me pareció en extremo molesto, aunque no tanto como para que pudiera compensarme del sufrimiento de aquella regla demoniaca diseñada por un machista asqueroso a quien hubiera castrado sin pensármelo dos veces. 

“Y fue entonces cuando descubrí que el castigo divino era mucho mayor que el que yo había imaginado, a pesar de mis faltas y pecados, que no eran tantos como pensaba el pastor. Porque al dolor de una penetración tan brutal se añadió un fenómeno extraño que no supe entender y que me dejó tan avergonzada, como sorprendida y horrorizada. Un bultito, que yo no había percibido hasta entonces, comenzó a hincharse conforme aquel bruto entraba y salía y se restregaba contra mis labios. Lo que hasta entonces había sido puro sufrimiento se fue transformando en un placer desconocido y tan agradable que me olvidé de todo, incluso de la posibilidad de quedar embarazada, algo de lo que me habían prevenido mis amables compañeras. No pensé en mi mala suerte y en lo que podía depararme el futuro, me concentré en aquel gustito que iba creciendo al tiempo que lo hacía el bultito, que parecía rezumara alguna sustancia desconocida que estaba volviendo loco a un chico tan amable y simpático y encima el guaperas del cole. Había perdido por completo el control y no dejaba de jadear, de quejarse, de gritar, como si le dolieran los testículos tanto como si se los estuviera aplastando una apisonadora. Cuando lo que luego con el tiempo sabría que era mi clítoris, hubo crecido tanto que el amable chaval se las veía y deseaba para penetrarme, se dejó caer sobre mí y se desmayó, sin más. Yo había alcanzado un estado tan placentero que me quejaba como si sufriera mucho, pero en realidad estaba gozando como nunca pude imaginar que se pudiera gozar. Aquello por lo visto, luego me enteraría, era un orgasmo, pero no solo uno, sino múltiple, o varios entrelazados. Nunca perdonaría a mamá que me hubiera ocultado aquello, tal vez lo de la regla se lo hubiera podido perdonar con el tiempo, pero aquello no.



“No sabía muy bien qué hacer, así que dejé que el chaval se despertara por sí mismo, y mientras yo me relamía un poco, incapaz de asumir que el castigo de mi regla pudiera tener semejante compensación. Cuando lo hizo, al cabo de un rato, me miró con ojos desorbitados por el terror. Intentó sacar lo que había metido, pero conforme pugnaba por evitar el obstáculo, el roce contra mi hinchado clítoris, mi berenjenita mágica, como bien dices tú, lo volvió a excitar tanto que volvió a cabalgar sin el menor control. Con el tiempo sabría que la retención del semen, el líquido seminal, y toda ese apestoso líquido de que os dotó la naturaleza para fecundar, con olor a pescado podrido, es muy doloroso, ni punto de comparación con una regla dolorosa, pero bastante. El pobre chico no debía de ser capaz de explotar e inseminarme y la excitación era tan grande y tan dolorosa que para mi vergüenza y sorpresa, el pobre comenzó a llorar a moco tendido mientras no dejaba de penetrarme como si le fuera en ello la vida, como si estuviera enterrado y fuera la única forma de abrirse camino hacia la superficie. 

“ Me dio tanta pena que yo misma ayudé con mis manos para desbloquear la entrada de la cueva, sin mucho éxito. El chico gritaba, pedía socorro, se movía espasmódicamente, y yo ayudaba en lo posible porque todo el placer se me estaba diluyendo a la vista de las circunstancias. En una de aquellas acometidas su trasero movió la palanca de la caja de cambios y debió también de quitar el seguro de mano, porque el coche comenzó a moverse por una pequeña cuesta y a tomar velocidad hasta que repentinamente chocó con el tronco de un árbol y mi cariñoso amante rompió el parabrisas y salió disparado hacia la oscuridad de la noche. Yo me quedé allí, sentada, meditando sobre la desgracia que había caído sobre mí sin merecerlo, cuando las otras chicas podían disfrutar de lo que yo había descubierto era un orgasmo, tan ricamente, sin tantas dificultades y tropiezos.

“No sé qué fue de aquel pobrecillo, mi primer amante, porque cuando logré calmarme y salir del coche a buscarlo no lo encontré por parte alguna. Tampoco quise llamar a la policía o a emergencias desde la gasolinera a la que llegué caminando tras un buen rato de mover las piernas, porque medaba mucha vergüenza tener que contar lo sucedido. No volví a verle nunca más, porque no volvió a pisar el cole, se decía que la policía había descubierto su coche en el bosque, tras un aparatoso golpe contra un árbol, pero ni rastro del pobre, ni de su cuerpo, ni de su alma. Se le dio por desaparecido y le buscaron, pero nunca fue encontrado. Aquello supuso mi despertar definitivo a la dura y dramática vida, descubrí demasiadas cosas como para no pasarme meses reflexionando sobre ello. Bendije la suerte de que él hubiera desaparecido sin contárselo a nadie. Al cabo de un largo periodo de reflexión reanudé mi actividad sexual con mucha discreción, prudencia, prevención y con juramentos previos de mis amantes de que no se lo contarían a nadie, pero se lo contaron y de esta manera se inició el largo y duro camino que me traería hasta Crazyworld.

lunes, 17 de julio de 2017

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY V





MI PRIMERA NOCHE CON KATHY/ CONTINUACIÓN









Como soy amnésico no puedo recordar qué se siente al morir, pero sin duda debe ser algo parecido a lo que experimenté cuando el agotamiento brutal me hizo sufrir un fallo multiorgánico y perdí la consciencia de ser yo, de estar despierto y de percibir el latido del corazón, tan revolucionado como un fórmula uno en la recta final. Tampoco puedo saber el tiempo que permanecí en este estado catatónico porque si ya de por sí el tiempo es un misterio, cuando pierdes la consciencia y la recuperas lo mismo ha podido pasar un minuto, que un día, un año o un milenio, si el tiempo es el pensamiento en movimiento, si no piensas el tiempo no debería transcurrir, sin embargo esto no es así, porque en cuanto observas lo que ha cambiado en tu entorno te haces una idea cabal del tiempo transcurrido. Primero fue como una lluvia pertinaz sobre mi cara, luego un baño corporal refrigerante y espasmódico, y finalmente una ola de agua dulce que me golpeó el rostro como un tsunami, penetró por mi boca, bajó por mi tráquea e hizo que me sacudiera como un epiléptico, buscando un sorbo de aire con el ansia con que imagino que un zombi mordería la manzana de la vida, si esto existiera.


Abrí los ojos, cerré la boca y esperé a que el cuerpo dejara de sacudirse como una vara verde azotada por la tormenta. Entonces pude ver a una mujer enfundada en una toalla como en un preservativo, con una papelera entre sus pechos, con expresión preocupada que se fue aliviando hasta que su boca esbozó una sonrisa y luego estalló en carcajadas sincopadas. La sangre tardó en alcanzar mis neuronas, tras un largo viaje. Cuando al final las regó, como se riega un huerto en pleno desierto, con un chorro furioso e incontenible, pude recordar que aquella mujer era Kathy, o Catwoman sin su traje de superheroína, porque en el suelo, tras ella, aparecía desparramado su traje de gatita, de cuero, con costuras de goma, y unas prendas delicadas en color negro, que en un principio etiqueté de goma, aunque con posterioridad reflexioné que la ropa interior de goma no puede ser muy cómoda, en cambio sí lo serían si fueran de seda auténtica, transportada en camello por la ruta de la seda. Cuando mi memoria me representó la escena, la secuencia, la película pornográfica que habíamos vivido “in illo témpore” sentí un hormigueo por todo el cuerpo, una ola de calor impactante, una sensación como de sorpresa, como la que debió sentir Adán cuando Eva le propuso pecar y condenarse, probando el fruto oculto entre sus piernas, aunque luego fueran expulsados del paraíso y se sintieran desnudos por primera vez, aunque está claro que desnudos estaban y estuvieron desde el principio, porque no me imagino al propio dios confeccionando ropa sexista o encargándola a unos grandes almacenes.


Así me sentía yo, desnudo, agotado, porque por mucho tiempo que llevara inconsciente estaba claro que aún no me había recuperado. Las carcajadas de Kathy no contribuyeron a hacer que me sintiera mejor. ¿De qué se reía aquella tonta?


-Perdona, perdona, pero no he podido contenerme. Todos mis amantes quedan agotados la primera vez. Intentan que no se produzca una segunda, pero cuando sucede lo llevan mucho mejor, como cuando has entrenado concienzudamente para el maratón y no se te hace tan largo y agotador.


-¿Cuánto llevo así?


-Un buen rato. Me ha dado tiempo a ducharme con calma, a darme crema por todo el cuerpo, ha hacerme las uñas de manos y pies y luego he estado sentada un buen rato, observando tu tienda de campaña.


Me miré entre las piernas y casi me desmayo otra vez del susto. Porque mi pene-penito-pene seguía tan feliz, como si nada hubiera ocurrido.


-No te preocupes, esto no es como la viagra, dentro de un rato todo volverá a ser como antes, los efectos no son permanentes, en cuanto se rompe el contacto con mi clítoris las sustancias dejan de absorberse por la piel y se agotan en el torrente sanguíneo.


-Hablas como una doctora. Me gustaría levantarme, si no te importa, pero preferiría mantener una discreta distancia entre nosotros, al menos de momento.


-Lo entiendo, a todos les sucede lo mismo, aunque tu caso ha sido un poco especial, por un momento creí que te había perdido para siempre, no conseguía despertarte, ni con una toalla empapada, ni salpicando agua desde la papelera, al final parece que cuando te arrojé toda el agua a la cara tuviste que despertar o te hubieras ahogado.


-Vaya, muchas gracias Kathy, por jugarte mi vida a cara o cruz.









-Jajá, serás tonto, solo un idiota como tú puede pensar que iba a meter el plátano en la batidora sin haberle sacado antes todo el partido.


-Pues anda, que tu berenjena mágica parece salida de las mil y una noches.









-¿Berenjena mágica? Jajá.


Había sido muy torpe al desvelar mis más ocultos pensamientos. Intenté ponerme en pie y rechacé su ayuda cuando hizo un gesto de aproximarse. Como pude me volteé, me puse a cuatro patas, flexioné brazos y piernas y me arrojé a la cama como un saltador de trampolín a la piscina. Ya en ella me sentí más recuperado y busqué el lado contrario.


-No tengas miedo, que no voy a poner a funcionar tan pronto mi berenjena mágica, como tú la llamas, necesitas reponerte, además la noche es larga y nos va a dar tiempo a todo.


Fue entonces cuando comprendí qué era lo que me estaba rechinando desde que recuperara la consciencia. El silencio absoluto, ominoso, en que parecía sumido Crazyworld.


-Oye, creo que me engañas, he debido de estar desmayado mucho más tiempo del que das a entender. ¿Cómo es posible que todo esté tan silencioso, cuando antes parecía el infierno de los monos aulladores?


-Esta vez han debido de actuar con mucha contundencia, empleando dardos narcóticos. La mayoría debe de estar encerrada en las celdas de aislamiento. Las paredes son acolchadas y están insonorizadas. Seguramente el doctor Sun les está visitando uno por uno, hipnotizándoles para que se calmen del todo, trabajará con ellos toda la noche, intentando encontrar su maldito subconsciente colectivo, y puede que mañana seamos muy pocos en el comedor.

-Es una suerte que ese loro, la señorita Ruth, me haya encerrado por fuera, no me gustaría estar ahora en las garras de Sun.


-¿Prefieres estar en las mías? Jajá.


-Sí, pero por favor, no te acerques mucho.


-No temas, hombre de poca fe, solo cuando tu miembro roza mi clítoris la berenjena se hincha, mientras tanto soy como una mujer perfectamente normal.


-Lo creo, pero por Dios, no te quites la toalla, espero poder contener mi libido un rato, hasta que me vaya recuperando. ¿Qué te parece si me cuentas un poco de tu vida? ¿Cómo descubriste que eras un fenómeno de la naturaleza?

jueves, 13 de julio de 2017

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY IV

  CRAZYWORLD

   MI PRIMERA NOCHE CON KATHY IV




Las dificultades de la penetración fueron para mí más un aliciente que un obstáculo. La conocida como postura del misionero parecía ser la mejor, aunque aquel impedimento que ella tenía entre sus muslos me obligó a tomarla de las piernas, subirla, bajarla, rotar mi pene como un tornillo torcido, buscando el perfecto acoplamiento con la tuerca, actuar con mucha suavidad a la hora de superar por algún hueco aquella berenjena palpitante que no dejaba de crecer conforme la excitación de Castwoman se intensificaba más y más, como la ululante sirena de la ambulancia crece en volumen conforme se acerca al lugar del accidente. Una vez en el interior, más espacioso, pude relajarme un poco de tanto retorcimiento y dejándome caer con mucha dulzura sobre el hermoso cuerpo de Kathy, me acoplé con fuerza, esperando que ningún movimiento brusco por su parte me obligara a iniciar de nuevo un camino tan resbaladizo como infranqueable. Su clítoris rezumaba en grandes cantidades una sustancia muy pegajosa que se adhería a mi pene y testículos como una babosa. Su frescor era reconfortante, teniendo en cuenta el calor que exhalaba mi bajo vientre, muy magullado, el dolor persistente e inquietante de mis testículos, forzados por la excitación “in crescendo” a producir más espermatozoides de los que seguramente había generado en toda su vida útil y sobre todo el posible despellejamiento de mi pene, que aunque no podía verlo, sí notaba la piel como frotada una y otra vez por piedra pómez. El glande acumulaba tanta sangre que de haberme capado en aquel instante hubiera muerto al perder toda la sangre de mi cuerpo “ipso facto”. Estaba tan dolorido que solo aquella excitación incomprensible e inaudita le permitía mantener la cabeza erguida, como un soldado de honor, que antes se dejara cortar la cabeza que arrodillarse.



El olor que se desprendía de la berenjena de Kathy hubiera podido ser catalogado de apestoso, de no ser por sus efectos de pócima mágica. Intentaba cerrar mis conductos nasales porque bastaba una pizca de aquel perfume en mi pituitaria para sufrir una sacudida electromecánica en mis caderas que me obligaba a retroceder a toda prisa y luego a proyectar mi bajo vientre entre sus muslos, como una catapulta tensa hasta el límite a la que el soldado encargado hubiera cortado la cuerda con el filo de su cortante espada. El perfume rascaba mi pituitaria, haciéndome estornudar, y con cada estornudo mis caderas retrocedían bruscamente y luego se lanzaban hacia delante como la piedra de la catapulta. Con cada embestida la berenjena se comprimía y lanzaba un chorrito de líquido pegajoso y hasta tuve la sensación de que también proyectaba un gas que refrescaba mis muslos, el escroto, el pene, subiendo por mi bajo vientre hasta mi ombligo y de allí arrastrándose hasta la garganta que se encogía rítmicamente dejándome sin respiración a veces y luego obligándome a introducir el aire en grandes bocanadas. Junto con el frescor otra sustancia ignota estiraba la piel, abría los poros, tensaba todos los músculos, ablandaba toda carne y la estimulación resultaba tan completa y feroz que hasta los poros de la piel parecían desear abandonar su forma ginecea, vaginal, pistilar, receptiva, para transformarse en pequeños penecitos deseando crecer y penetrar, todos juntos, todos a la vez. Sentía crecer en mí infinidad de penes, todos ansiosos por apoderarse de la Venusberg para ellos solos. Aquella excitación me llevaba al paroxismo y penetraba y penetraba con el único pene que poseía y que ya estaba dentro y salía como un muelle roto. Toda mi preocupación consistía en que el retroceso no fuera total y fatal, para evitarme aquel doloroso y angustioso camino de tornillo torcido buscando la tuerca escondida.

Era imposible tomarse un respiro, las secreciones berenjenales tenían a mi sufrido cuerpo en pie de guerra a cada instante y conforme más penetraba y me sacudía en su interior, la excitación más y más aumentaba, hasta el punto de comenzar a sudar como en una sauna, a pesar del frescor de aquel supuesto gas que me subía hasta la garganta desde los muslos, todo mi cuerpo estaba húmedo y resbaladizo, mis músculos en tensión, mis ojos desorbitados, mi garganta oprimida de donde pugnaban por salir aullidos lobeznos, y mis caderas eran ya totalmente incontrolables, adoptando el ritmo marcado por aquella berenjena infernal que se comprimía para luego expandirse y arrojar más sustancia pegajosa, como un líquido seminal femenino, inextinguible, insaciable, adhiriéndose a la piel de mis muslos y de mi bajo vientre como un rebaño de babosillas buscando la sangre escondida en las venas ocultas. Y conforme el olor aumentaba, apestoso y delicioso al mismo tiempo, el coito se fue haciendo más y más feroz. Kathy chillaba como si la estuviera desollando, yo sudaba y resbalaba, sentía vértigo allá arriba, los ojos me daban vueltas, los oídos parecían haberse bloqueado porque solo podía percibir un persistente zumbido como de un moscardón metálico que ocultaba todo ruido del entorno que no fuera el chillido sopranil y percutiente del gemido de Catwoman, mis jadeos estentóreos y ese grito que pugnaba por salir y se bloqueaba una y otra vez ante la incapacidad de que mi pene explotara de una vez y todo lo que tuviera que salir, saliera como un misil húmedo y pegajoso. Porque la angustia de no ser capaz de eyacular me estaba poniendo frenético. Cada vez que el climas parecía haber llegado a la cúspide, que el miembro había engordado tanto que necesariamente era preciso que explotara, cuando sentía toda la sangre agolpándose en el glande, y los testículos bombeando litros y litros de semen que obligatoriamente deberían salir por el conducto o reventar, entonces la berenjena crecía un poco más, se comprimía un momento y luego arrojaba una nueva y más grande dosis mortífera.



Quería explotar o morir y al mismo tiempo deseaba que todo aquel infierno de lujuria continuara hasta el fin de los tiempos. Kathy parecía desear lo mismo porque sus piernas se habían cerrado sobre mis caderas, como una tenaza, sus brazos me sujetaban por la espalda como dos cadenas y sus dedos se habían clavado en mi columna vertebral con la agudeza percutiente de las uñas de una gata. Su boca mordía mi pecho con los incisivos afilados de una gata en celo y la sangre resbalaba por mi espalda y por mi pecho, el dolor se unía al placer y ambos se juntaban en un éxtasis feroz que no podía saber cuánto tiempo llevaba estirándose, pero que estaba convencido de que acabaría explotando o saldría disparado como un misil, atravesando techo y tejado, hasta reventar en el aire, en plena estratosfera.

No soy capaz de imaginarme cuántos orgasmos había sufrido Catwoman desde que estábamos enlazados, pero el mío se hacía esperar tanto que mis caderas habían alcanzado el movimiento imperceptible de una cámara rápida al máximo. Por fin algo se rompió allá abajo, creí que mis testículos habían reventado como un pantano al máximo de su capacidad y un torrente de líquido seminal, espermatozoides frenéticos, pugnando por no ahogarse en aquella corriente rápida, infernal, que parecía moverse en cascadas saltarinas, buscando un desagüe, pugnando por ser el primero que fertilizara aquel óvulo extraterrestre que parecía bombear hacia dentro, como un agujero negro. El canal seminal fue incapaz de soportar tanta presión y arrojó todo a la vez hacia el agujerito del glande. El miembro, a punto de reventar, se estiró y estiró y se hinchó aún más, si eso fuera posible y de pronto cuando la primera oleada llegó al agujerito y salió comprimida a niveles cuánticos sentía que todo se rompía en mi interior, el bajo vientre, el alto vientre, el plexo solar, riñones, hígado, toda la parafernalia interna, el sistema circulatorio, respiratorio, los músculos, los tendones, los poros, el cuero cabelludo, las fosas nasales, la garganta, los pulmones, y por último el corazón, que de tanto bombear ya no sabía si la sangre entraba o salía. Mi garganta se desbloqueó de pronto y un grito horrísono, infernal, aullador, imparable llegó hasta mis oídos, los desbloqueó, los taladró y se junto a los aullidos de Kathy y a los del hombre lobo que a lo lejos parecía responder, celoso y envidioso, y al inexpresable sonido de aquella mujer de la que recordaba que ella me había hablado en algún momento de la noche. Al cuarteto operístico se unió el griterío de todos los pacientes de Crazyworld que parecían haberse puesto de acuerdo, junto a las carreras y maldiciones del personal que les perseguía, a los relojes de cuco que alguien, tal vez Jimmy, había puesto en funcionamiento, a la música que se desprendía de los altavoces, también posiblemente causada por El Pecas y a todo lo demás, que era indescifrable en aquella algarabía.


Cuando el torrente terminó de salir y yo de aullar, cuando la Venusberg de Kathy, bien regada, fue haciendo decrecer su clítoris-berenjena y me permitió intentar sacar mi tornillo torcido de la tuerca, comprendí que de no ser por aquel tumulto insufrible que se había formado los aullidos de Catwoman y los míos hubieran provocado algo aún peor. Me pregunté si Kathy lo habría organizado todo, si Jimmy habría colaborado, si esto era normal cuando mi vampira favorita estrenaba a un novato, si Crazyworld era el infierno y yo estaba muerto o era el paraíso para los malos que han sido un poco buenos y se han arrepentido, como era mi caso. Tuve tiempo de reflexionar largo y tendido porque estaba tan agotado que me dejé caer sobre el cuerpo acogedor de Kathy y ésta me dejó hacer hasta que mi peso le resultó insufrible. Entonces me volteó como pudo, me empujó con todas sus fuerzas y yo salí disparado, con tornillo y todo fuera de la cama, quedando espatarrado boca arriba. Lo que ella aprovechó para salir disparada hacia el servicio, cerrar la puerta por dentro y resollar durante largo rato, luego oí la ducha y luego nada más porque mis ojos se cerraron, mi cuerpo se hundió en el suelo y perdí la consciencia de estar entre los vivos.



miércoles, 12 de julio de 2017

DODGE CITY, CIUDAD SIN LEY I




NOTA PREVIA/ Las ideas para relatos abundan en mis libretas y cuadernos tanto como los champiñones en el estiercol. Cada vez que se me ocurría una idea, por más disparatada que fuera, rápidamente la escribía en lo que tuviera a mano, una libreta pequeña, grande, cuaderno normal, grande, servilleta de papel, periódico, lo que fuera. A veces al encontrarme con estos retazos de cualquier cosa pensaban que eran tonterías y terminaban en la papelera, pero curiosamente esto ocurría pocas veces, las más decidía que algo bueno se podía sacar de todo aquello o que incluso la idea era tan creativa y con tantas posibilidades que era preciso trabajarla y exprimirla como una hermosa naranja valenciana. 

Entre estas ideas tan "creativas" me he encontrado con al menos media docena de historias que hacen referencia o se basan en unos supuestos disturbios ocasionados porque la ciudadanía decide practicar la desobediencia civil, saltarse las normas, acabar con lo políticamente correcto, dejarse de tonterías como el qué dirán y el qué no dirán y lanzarse a la libertad más anárquica, a la recuperación del libre albedrío total, como en tiempos de nuestros primeros padres prehistóricos, que vivían donde podían, incluso en las cavernas y hacían lo que querían, aunque les comieran los tigres de dientes de sable o les patearan los mamuts, no importaba lo que ocurriera, ellos eran libres y así lo demostraban a cada momento, lo importante es que no había normas, reglas, mandamientos, decretos-leyes, propuestas de ley, leyes orgánicas... no había nada, y por eso nadie te podía poner una multa o meterte en la cárcel. Si te comía un tigre dientes de sable, peor para ti, pero nada de multas.

Las variantes de esta idea básica son muy creativas. En este caso recordé aquellas viejas películas del Oeste, que ocurrían en Dodge City, ciudad sin ley, tomada por los pistoleros y donde no se olía un sheriff ni a cien leguas. Se trata de una ciudad moderna, donde comienzan a ocurrir las cosas más disparatadas, y a la que es enviado un intrépido reportero, émulo de otro de mis personajes, Lotario, el reportero más dicharachero del diario. Todo en esta historia tiene cabida, siempre que sea disparatado, surrealista, iconoclasta, herético y hasta perverso. La idea de qué sucedería si en nuestra maravillosa sociedad un buen número de personas decidiera que todas las leyes y decretos y normas no tienen el menor sentido, y nuestras ciudades se transformaran en Dodges Citys, ciudades sin ley, sin duda es una de mis más perversas ideas, tal vez por eso la historia ha estado olvidada en algún cajón y no ha sido encontrada hasta este preciso momento totalmente ácrata de mi vida, en que todo mi importa un comino y si alguien quiere plantar cominos en mi huerto, puede hacerlo con entera libertad.

   





                   DODGE CITY, CIUDAD SIN LEY

                              DIARIO DE UN REPORTERO

Fui enviado, con patada en el trasero incluida (me negaba a viajar a una ciudad sin ley) para cubrir toda la información que se iba generando a pasos agigantados en Dodge City. Aproveché el viaje en tren para documentarme, porque no sabía más de los extraños acontecimientos ocurridos en aquella pacífica ciudad, que lo poco que me dijera mi jefe en su despacho.

Permítanme que le haga una somera cronología, para ayudarme yo mismo y para que ustedes puedan recurrir a ella cuando se pierdan.

-10 de abril del año 2020. Un hombre abandona su trabajo poco antes de la hora de almorzar. Se sitúa en la avenida más populosa y con más tráfico de la ciudad. Se arrodilla, pone los brazos en cruz, y así permanece en silencio, como un bendito. Los claxonazos claman al cielo, pidiendo venganza, pero este buen hombre sigue impávido. Bueno, en realidad una nubecita que pasaba por allí deja caer un par de gotas que el penitente se quita con la mano del rostro.

Un conductor abandona su vehículo envuelto en una nube de ácido sulfúrico. Me puedo imaginar lo sulfurado que estaba el buen hombre.  Toma al bendito de los sobacos, le zarandea y la arrea dos bofetones de no te menees. El bendito reacciona, lo arroja al suelo y comienza a darle patadas en las zonas más blandas del cuerpo hasta decir basta.  Es entonces cuando se puede decir que ha comenzado la danza…solar, porque precisamente en ese instante la nube deja de incordiar, se mueve y aparece el sol. El bendito danza como un apache alrededor del fuego sagrado, al tiempo que clama por la llegada del Apocalipsis, de esta torpe y grosera manera: “Estoy hasta los c… de toda esta p… mierda. ¡”Ajolá” se caiga el cielo sobre nuestras cabezas!

Lo que sigue es indescriptible, razón por la que me voy a cuidar muy mucho de narrarlo. El episodio tiene un final cuando llega la policía, lo reduce como puede, lo esposa, lo introduce en el vehículo y se lo lleva a la comisaría más próxima, todo ello con un aparatoso juego de luces y sirenas, digno de una puesta en escena hollywoodiense.

Aquí finaliza el episodio. Nada más por lo que respecta a aquel día y a aquella noche, ni un mísero borracho armando alboroto, ni el robo de un bolso a una dama, nada de nada.

11-4-2020

A las 17,05 una mujer, más bien joven, que se encuentra en paro, sale a la calzada en porretas, justo en el mismo punto kilométrico donde el bendito apocalíptico del día anterior montó su show. Dice haber leído la prensa de la mañana, dice estar de acuerdo con el bendito y con un movimiento de caderas, que levanta silbidos de aprobación entre la concurrencia masculina y abucheos de los viandantes del género femenino, decide provocar también ella:

“Estoy hasta los mismísimos ovarios de esta maldita sociedad, insolidaria y hostil, a quien le importa una hamburguesa con pimientos lo que les ocurra a los demás”.

Un conductor la jalea, baja de su vehículo, se desviste él también y bailan en pelota picada la música que les pone otro conductor, subiendo el volumen al máximo. Pronto dejan de bailar porque han decidido que se gustan y como se gustan deciden besarse y como esto les parece poco están a punto de practicar un coito en plena calle cuando aparece un coche de policía, ululando a todo ulular de sus sirenas.

En los informativos de la noche de la cadena KVT de Dodge City aparece el video de un aficionado, notablemente censurado, aunque aún se ve mucho según la liga de la decencia ciudadana de Dodge City.

Este parece ser el pistoletazo de salida. Las grandes cadenas del país se hacen eco del evento. Las imágenes aparecen sin censurar. Se entrevista al video-aficionado, quien describe la escena con pelos y señales. Conmoción nacional, incluso internacional. Se entera todo el mundo de lo sucedido y es precisamente en ese momento cuando me entero yo, que justo me estaba reponiendo de una borrachera de campeonato porque mi novia me dijo hace dos días que estaba hasta los c… de mí y se marchó con rumbo desconocido. Luego me entero que me abandonó por un policía. Bueno, al menos tiene pistola. ¡Tócate las narices!

Me pregunto qué está pasando. Mi novia se pregunta lo mismo. El universo se pregunta tres cuartas parte de lo mismo. Me llama mi jefe y me pregunta qué estoy haciendo. Le contesto que investigo a una becaria de la Casa Blanca, que tiene algo que contarme. No se lo cree y me ordena que esté preparado, porque la situación en Dodge City es explosiva y que sin duda será algo más que un trío de lunáticos montando la burra equivocada. Necesita un inútil para ir a echar un vistazo y yo soy el más inútil entre todos los inútiles… Gracias jefe.

Duermo como un bendito. Al despertar pongo la televisión y hete aquí que están transmitiendo…





lunes, 10 de julio de 2017

LEOPOLDINO, UN FILÓLOGO MUY FINO





NOTA PREVIA/ Cuando ya hace muchos años comencé a esbozar personajes humorísticos se me ocurrieron tal cantidad de ideas y de historias que me vi obligado a priorizar, centrándome en los personajes que más me atraían y que podían dar más juego, limitándome a esbozar, a vuela pluma, el resto. Así me voy encontrando ahora, jubilado y con mucho tiempo, con multitud de esbozos que había realizado de cualquier  manera en libretas, cuadernos o donde se terciara. 

      Para organizarme un poco he ido haciendo índices a lo largo de los años, de personajes, de relatos, de ideas, con el fin de poder buscar rápidamente un esbozo o un personaje cuando lo necesitara. Dado el caos en el que he vivido todos estos años, no solo como escritor, también como persona, me ha resultado muy difícil poner un poco de orden en mis escritos, interrumpidos cuando se me ocurría otra idea mejor o más novedosa y proseguidos en libretas o cuadernos distintos, cuando se me ocurría reanudar un viejo relato o esbozo. A pesar del tiempo que me ha consumido la realización de índices, éstos son incompletos y muchos de ellos interrumpidos, no encontrados en su momento por lo que comencé otro y así sucesivamente. Es por eso que este personaje ha permanecido perdido y sin trabajar casi desde su esbozo, al comienzo de mi fiebre humorística, hace ya tantos años que ni me acuerdo. 

Lo que si recuerdo es mi interés, en aquel momento, por parodiar y burlarme un poco del academicismo estilístico, de esa furia por mantener la forma, la gramática, el lenguaje, en un estado prístino, puro, casi impoluto, una especie de tabla de la ley, no de los diez mandamientos, porque aquí hay miles y miles de mandamientos que solo los eruditos más fogosos y pacientes pueden llegar a memorizar. Creo recordar haber escuchado a García Marquez o haberle leído o leído a alguien que hablaba de él (como mi memoria es tan poco literal nunca se me quedan esos datos) en el sentido de que propugnaba una gramática más sencilla y llana, olvidándose de si algo se escribe con "h" o sin "h", entre otras cosas, lo que no va a parte alguna que yo sepa. Mis dificultades con la gramática y el estilo hicieron que me sumara rápidamente a esta propuesta y así se me ocurrió esbozar este personaje, un ácrata del lenguaje, aunque no recordaba muy bien si el ácrata era él o el compañero narrador, dada la constante contradicción y polémica entre mis personajes humorísticos y sus narradores. 
 Retomo el personaje y la historia con mucho interés, dadas las transformaciones de todo tipo que sufre nuestro idioma en estos tiempos, con anglicismos constantes y a veces sin el menor sentido, con su dificultad para adaptarse a los tiempos modernos de la igualdad de género, el cambio de género y tantas transformaciones tecnológicas y sociales que nos asaltan constántemente, convirtiendo nuestra vida en una vorágine. El esfuerzo de nuestros académicos es muy loable, aunque en muchas ocasiones para mí carece de sentido. Por mi parte propugno un lenguaje popular, de calle, vivo, en permanente transformación, con agudo sentido del humor y de la parodia y tan creativo como sea posible o más. Espero que el personaje no se me haya quedado desfasado y pueda retomar su historia como si fuera ayer.     

                  


           EL SR. LEOPOLDINO, UN FILÓLOGO MUY FINO

 NARRADO POR UN COMPAÑERO, ACADÉMICO DE LA LENGUA, NOVELISTA Y PERSONA UN TANTO CÍNICA, GROSERA Y ANARCOIDE

Ya se lo dije, por activa y por pasiva, a mis compañeros de la “Real” que se lo pensaran dos veces antes de elegir a Leopoldino como ocupante del sillón “H”, dejado vacante por un excelso dramaturgo a quien Dios tenga en su gloria, aunque no me llevara muy bien con él. Lo cortés no quita lo valiente y si él merecía estar a la gloria del Padre no voy a ser yo, mezquino y rencoroso, quien le arrebate ese derecho.

Leopoldino tenía fama de ser un auténtico anarquista del lenguaje, un ácrata de las formas y un experimentador sin tino. Coincidía conmigo en su afición por el lenguaje coloquial, vulgar, la jerga y todo tipo de expresiones que armonizan mal con unos aristócratas del lenguaje y unos marquesones en las maneras como lo son la gran mayoría de académicos. Le tuve simpatía desde que nos conocimos en la presentación de un libro de gramática parda y le he defendido a veces, cuando procedía, pero ciertamente la propuesta que un grupo de académicos hizo de su candidatura para ocupar el sillón vacante me pareció una tomadura de pelo de tintes surrealistas y esperpénticos.

Leopoldino nunca ha tenido el menor tino con sus experimentaciones gramaticales,  con su afición a destruir toda regla, sea la que fuere, y su desdén por el estilo (escupiré al estilo, donde quiera que lo halle, es su frase más conocida).

Quienes piensan que Leopoldino y un “amo” de ustedes (porque nunca he sido ni seré servidor de nadie) deberían hacer buenas migas porque ambos adoramos el lenguaje vulgar o coloquial (he escrito un diccionario de tacos, otro sobre “vocabulario vulgar empleado para referirse al sexo y actos concomitantes”) y despreciamos reglas tan idiotas como la “b” y la “v”, utilizar o no la “h” y otras monsergas semejantes, no me conocen bien ni saben qué número de zapato calza el bueno de Leopoldino. Sería como intentar mezclar agua con aceite y si lo prefieren, pólvora con dinamita, porque pueden estar seguros que si ese grupo de zopencos, zopilotes y rapaces vultúridos, son capaces de elegir a Leopoldino para la academia, el enfrentamiento con este humilde narrador está servido y la explosión dinamitera hará temblar los cimientos de la muy vieja, aristocrática y “tiquis-miquis” Academia de la lengua española y Real por su afición por el equipo que todos sabemos.

La fama de Leopoldino ha corrido medio mundo a lomos Facbook, Twenty y demás canales virtuales de expansión de rumores. La conducta de este hombre, magro de carnes y de neuronas, es totalmente impredecible y su cabezonería y testarudez raya en la incapacidad mental. Es un hueso duro de roer hasta para los viejos perros, de mandíbula experimentada, que se sientan en nuestra ínclita academia. Es un abrelatas fino y afilado, capaz de abrir este bunker de buenas maneras, exquisito lenguaje y mejores pensamientos.

Mientras intento convencer a algunos pardillos de que la candidatura de Leopoldino es una auténtica locura me permito el lujo de narrarles su vida y milagros, puesto que en un tiempo escuché sus confidencias y en otro me documenté para escribir una hagiografía de este santo varón a quien espero Dios tenga en su gloria muy pronto.  Espero que esta historia me sirva, con posterioridad, para redactar un opúsculo incendiario que entregaré a los académicos antes de la votación.

Antes de iniciar la narración de su historia me permitirán que ponga en este frontispicio un párrafo de su conocido primer libro “Lenguaje y estupidez”.

“Encorsetar el lenguaje con normas estrictas es como enjaular al ruiseñor, no digo matar, porque en realidad todo lenguaje encorsetado está ya muerto.  La tristeza que le produce a este ruiseñor muerto y enjaulado estar entre barrotes acaba con su canto. No es posible vivir y crecer entre rejas, ni se canta a gusto con la garganta estrangulada, ni puede uno comunicarse con los demás con la libertad precisa como para lograr entenderse.

“El lenguaje es del pueblo y los aristócratas de la lengua lo usufructan como los políticos el poder, solo por delegación y durante el tiempo preciso para que prueben su incapacidad, luego debe regresar al lugar donde nació y vivió, al pueblo, lo mismo que el poder regresa al pueblo durante las elecciones, y si ellos quieren cometer el error que lo cometan, pero al menos que se les de esa posibilidad.

“Un lenguaje aristócrata y esteticista solo sirve a los aristócratas y esteticistas, no al pueblo, lo mismo que un lenguaje popular sin pulimento y no evolutivo, anquilosado, siempre termina en el muladar de la chabacanería y la degeneración física y psíquica.

“Es preciso que el lenguaje sea libre y flexible, un instrumento en manos de quien quiere comunicarse con otros y no poner barreras a su finca para que solo entren en ellas distinguidos y ricachones hijosdalgo, a saber de qué. Hay quienes se olvidan de que los instrumentos no son nada sin las personas que los manejan y convierten el lenguaje en un totem al que adorar, porque los pobres no tienen otros dioses más satisfactorios…

Creo que con esta muestra ya tienen bastante para ir cosiendo la mortaja a Leopoldino. Ahora permítanme regalarles sus castos oídos, mientras cosen y cosen, con la historia de este pobre hombre que se cree rico porque ha escrito cuatro libros diciendo sandeces.