miércoles, 4 de febrero de 2026

VENUS DE FUEGO III

 


-¡Uy, Johnny! ¡Cómo lo vamos a pasar! Ya lo estoy viendo. Ahora acaríciame todo el cuerpo con la polla.  Tuve que explicarle que me iba en cualquier momento.

-Pues bueno. Eres muy caliente, ya lo veo. Mira, he traído los potingues de Lily. Te voy a dar un poco de pomada en la puntita. ¡Ya verás cómo aguantas sin desincharte! ...Yo también me voy a dar algo porque me está apeteciendo mucho y quiero disfrutar. Un capricho de vez en cuando viene muy bien.

Se levantó de la cama y echó mano a su necesaire. De él sacó un montón de frascos, tarritos y sprays. Era la primera vez que iba a probar los fantásticos afrodisiacos de Lily. No suelen gustarme las cosas artificiales, ni en la comida, ni en la vida corriente, ni en el sexo. Tengo la manía de pensar que la naturaleza es más sabia, que nuestras raquíticas mentes. Claro que pensando así no tendríamos televisión, ni coches, ni casi nada de lo que hace tan regalada la vida del hombre moderno. Pero me pregunto qué beneficios tan insustituibles han aportado estas cosas a nuestras vidas. No se puede negar que ahora tenemos una estimulación tan feroz que las adicciones crecen como hongos, pero, aunque se me llame carca, sigo pensando que donde esté lo natural que se quite todo. Mi filosofía del sexo es bastante sencilla y uno de mis principios fundamentales es que el deseo está en la mente, aunque las gónadas ayudan bastante. De ahí mi reparo en servirme de potingues. Uno acaba dándose una pomadita en el pene y termina por no empalmarse sino es con el placebo del tarrito de marras.

Venus -¡hay que ver cómo cambian los tiempos! - me ordenó tumbarme boca arriba y se puso a untarme como si estuviéramos tomando el sol en el Caribe. Que debe calentar cosa fina. De ahí las pieles negras de los nativos y las cremas protectoras de los turistas blancos. Me regodeé pensando en el pene de Tanhauser empapado en crema por las suaves manos de Venus en la gruta de la Venusberg o Monte de Venus en castellano (así iba a titular Wagner su ópera hasta que unos amigos le hicieron ver lo guarra que era la expresión) antes de principiar la orgía en la que Tanhauser se olvidará de su amada, la mística Isabel. Nada más sencillo que hacerse adicto al sexo, lo único que necesitas es disfrutar las suficientes veces con bastante intensidad. Lo que le pasó, ni más ni menos, que a Tanhauser. Allí en la Venusberg con la diosa Venus a su disposición y un montón de chicas guapas, las sirvientas de la diosa, no es extraño que el héroe se olvidara hasta del nombre de su madre, no digamos de la adorable Elisabeth.

Mi Venus extendió un poco de pomada por todo el miembro, que saludaba muy erecto, masajeándolo a gusto y gana. Roció el glande con un pequeño aerosol. Me lo dejó tan frio como la punta escondida del iceberg, en contacto con el agua helada del polo, y no conforme con ello abrió una cajita metálica y se untó el índice con una extraña gelatina amarillenta. Con ella acarició mis testículos (no me gusta llamarlos huevos, me imagino unos huevos fritos y se me pone la piel de gallina), el bajo vientre hasta el ombligo y los pezones. Comencé a sentir tal calor por las zonas masajeadas que me puse a chillar como una señorita histérica, con perdón de las señoritas y de los histéricos, que cada uno hace lo que puede.

Ella me explicó que el frio del glande impediría que afluyera la sangre, manteniéndolo en un estado de suave hibernación que bloquearía el corrimiento de esperma hacia lugares más fértiles que las pequeñas pelotas donde crece. En cuanto a la gelatina amarilla tenía como función atraer sangre hacia esas zonas que de algún modo participan también en las correrías. De esta manera se acrecía el deseo hasta límites inenarrables y al mismo tiempo el glande se estaba quietecito como un témpano. Lo que no impedía que pudiera perforar un túnel tras otro como una taladradora loca.

No es que la explicación fuera muy científica que digamos, incluso pensé que se la acababa de inventar sobre la marcha, pero sí era real aquel volcán que sentía entre mis muslos, a punto de erupcionar lanzando su magma incandescente hacia todo lo que estuviera a su alrededor, en un radio de una legua (un todo con curvas, naturalmente). Cuando creí que la magia había finalizado sacó un par de pastillitas de otro frasco. Eran de color rosa y me obligó a tragarlas ayudado de un botellín de agua que también sacó del necesaire, que cada vez parecía hacerse más grande. Miré hacia abajo porque por un momento creí que un enano me estaba estirando el pene con unas tenazas. El deseo era ya hasta molesto. Mirar el bajo vientre de Venus me mareaba. No podía pensar en otra cosa que apoderarme de ese castillo a arietazo limpio en la puerta. Intenté controlarme, pero no pude, me lancé hacia su triángulo dispuesto a desaparecer en las Bermudas. Yo era una línea recta a punto de extenderse hacia el infinito y ella un triángulo maldito que haría invisible mi línea. La penetré sin contemplaciones y ya dentro de su cueva me fui calmando poco a poco, sin sacarla, porque al menos allí el dolor del estiramiento se notaba menos.

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