miércoles, 21 de octubre de 2026

EL DETECTIVE VII

 


¿Quién puede hacer desaparecer a más de quinientos jóvenes en una misma comarca en el plazo de tres años? Un asesino en serie no. No estando de vacaciones perpetuas. ¿Dos o más asesinos múltiples tropezándose por las calles? Se buscan unos a otros como perros de presa y solo uno de ellos sobreviviría en el mismo territorio.

La infra estructura para hacer desaparecer ese número de personas sin dejar un rastro fácil para cualquier sabueso policiaco pone los pelos de punta. Las neuronas comenzaron a bailar una danza salvaje y para librarme de ellas el subconsciente me durmió como un tronco. Soñé que me enterraban en una inmensa tumba donde incontables jovencitas, más bien sus huesos, me atrapaban y comenzaban a desgarrar mis carnes como si yo fuera el culpable de su desgracia. Lograba convencerlas de que estaba de su parte y entonces todos los huesos mondos y lirondos se arrojaban sobre mi pretendiendo practicar sexo caníbal. Me desperté chillando. Un rostro indígena, juvenil, de gran belleza, estaba inclinado sobre mí y me sonreía. Por un momento pensé que la abuela había rejuvenecido milagrosamente. Tardé unos segundos en comprender que eso en el mundo real es imposible. Pude enterarme que llevaba ya algún tiempo chillando. Los ancestros no se habían atrevido a despertarme. Tal vez por sus creencias en el mundo de los espíritus y por creer que estaba en contacto con el espíritu de su nieta. Eso imagino, aunque no dijeron nada al respecto.

Resultó que la azafata era de la misma nacionalidad que los abuelos y hablaba su misma lengua indígena. Tal vez el quechua aunque no me interesé en saberlo. Este planeta es ya una torre de Babel, para andar aprendiendo nuevos idiomas.  Es preciso regresar al lenguaje gestual, más universal y mucho más afectivo. Por ejemplo podría darle un beso en la boca a la azafata que continuaba hablando con los ancianos de algún tema  más animado. Eso mismo le dije a la bella señorita con otras palabras.

-  No se atreverá usted, me respondió como deseando que yo me atreviera. Lo hice. Me levanté estampándola un rápido beso en la boca. No deseaba que la echaran de la línea aérea por demasiada intimidad con el pasaje.

-  La cara de la azafata era todo un poema y hasta los impasibles ancestros me estaban mirando con la sonrisa en la boca. Aproveché el ligue, rollito, para pedir la dirección y el teléfono de la azafata. Lo conseguí, como una comida más sustanciosa que los esqueletos huesos de pollo que estaban a punto de servirnos. También logré un bombón de Kentucky, especial para el  capitán  y sonrisas que me llevaban más que la comida.

-  Luego intenté hilvanar una patética conversación con los simpáticos ancestros en la que a monosílabo limpio logré sacarles algunas cosillas sobre la vida en Rio lobo

 

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