¿Quién
puede hacer desaparecer a más de quinientos jóvenes en una misma comarca en el
plazo de tres años? Un asesino en serie no. No estando de vacaciones perpetuas.
¿Dos o más asesinos múltiples tropezándose por las calles? Se buscan unos a
otros como perros de presa y solo uno de ellos sobreviviría en el mismo
territorio.
La
infra estructura para hacer desaparecer ese número de personas sin dejar un
rastro fácil para cualquier sabueso policiaco pone los pelos de punta. Las
neuronas comenzaron a bailar una danza salvaje y para librarme de ellas el
subconsciente me durmió como un tronco. Soñé que me enterraban en una inmensa
tumba donde incontables jovencitas, más bien sus huesos, me atrapaban y
comenzaban a desgarrar mis carnes como si yo fuera el culpable de su desgracia.
Lograba convencerlas de que estaba de su parte y entonces todos los huesos
mondos y lirondos se arrojaban sobre mi pretendiendo practicar sexo caníbal. Me
desperté chillando. Un rostro indígena, juvenil, de gran belleza, estaba
inclinado sobre mí y me sonreía. Por un momento pensé que la abuela había
rejuvenecido milagrosamente. Tardé unos segundos en comprender que eso en el
mundo real es imposible. Pude enterarme que llevaba ya algún tiempo chillando.
Los ancestros no se habían atrevido a despertarme. Tal vez por sus creencias en
el mundo de los espíritus y por creer que estaba en contacto con el espíritu de
su nieta. Eso imagino, aunque no dijeron nada al respecto.
Resultó
que la azafata era de la misma nacionalidad que los abuelos y hablaba su misma
lengua indígena. Tal vez el quechua aunque no me interesé en saberlo. Este
planeta es ya una torre de Babel, para andar aprendiendo nuevos idiomas. Es preciso regresar al lenguaje gestual, más
universal y mucho más afectivo. Por ejemplo podría darle un beso en la boca a
la azafata que continuaba hablando con los ancianos de algún tema más animado. Eso mismo le dije a la bella
señorita con otras palabras.
-
No se atreverá
usted, me respondió como deseando que yo me atreviera. Lo hice. Me levanté
estampándola un rápido beso en la boca. No deseaba que la echaran de la línea
aérea por demasiada intimidad con el pasaje.
- La cara de la azafata era todo un poema y hasta los
impasibles ancestros me estaban mirando con la sonrisa en la boca. Aproveché el
ligue, rollito, para pedir la dirección y el teléfono de la azafata. Lo
conseguí, como una comida más sustanciosa que los esqueletos huesos de pollo
que estaban a punto de servirnos. También logré un bombón de Kentucky, especial
para el capitán y sonrisas que me llevaban más que la comida.
- Luego intenté hilvanar una patética conversación con
los simpáticos ancestros en la que a monosílabo limpio logré sacarles algunas
cosillas sobre la vida en Rio lobo

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