Oí cómo se reía, con tantas ganas, que imaginé al
enano que me la estaba estirando, haciendo cosquillas allí donde más fácil es
que se rían al hacerlas. Se calmó para explicarme, con cierta sorna, que era el
hombre a quien habían hecho más rápido efecto las pociones. Resultaba
increíble porque las instrucciones recomendaban proceder al untamiento al menos
veinte minutos antes del coito. Algunos tardaban hasta una hora en notar los
efectos y éstos no eran tan espectaculares como Lily hacía creer. Otros se desinflaban
demasiado rápido para su gusto. Pero en mi caso todo hacía pensar que los
potingues y Johnny estaban hechos el uno para el otro.
Al parecer Lily vendía el producto, a cambio de
grandes sumas, a clientes de absoluta confianza, que juraban no irse de la
lengua o se atendrían a las consecuencias, graves, muy graves. No a todos les
producía el mismo efecto, pero bastaba con un caso como el mío para que el
rumor se extendiese como la pólvora, creando grandes problemas a la
proveedora. Ni con todos sus matones en
pie de guerra lograría evitar que algún lanzado acabara intentando asaltar su
casa. Como es lógico en estos casos, el rumor se había extendido sotto voce,
aunque nadie lo había creído. Sin pruebas no se creen los milagros.
Acabada la explicación me pidió que fuese yo ahora
quien la pringase siguiendo sus instrucciones. El necesaire estaba
dividido en dos compartimentos. Los ungüentos eran diferentes para cada sexo
como es natural. Me pidió que buscara un tarrito de cristal con la tapa azul y
cuando lo encontré me dijo que untara todos los dedos de mi mano derecha en la
crema. Tenía que extenderla por sus labios y por el vestíbulo, sin profundizar
mucho porque las paredes vaginales sufrían picores debido a un elemento químico
del producto. Tenía que dar gran cantidad de crema en el clítoris que se
hincharía haciéndose extremadamente sensible.
Una vez acabada la faena tuve que untar la mano
izquierda en otro potingue, rosa esta vez, y haciendo de espeleólogo penetrar
por su amplia cueva hasta donde pudiera llegar. Se acabaron mucho antes mis
dedos que el hall de aquel vestíbulo imponente. La crema del clítoris
debió empezar a hacer efecto porque Venus comenzó a moverse como si un ejército
de hormigas la estuvieran haciendo cosquillas por todo su cuerpo. Para rematar
la divertida faena tuve que rociar, con un aerosol, sus pechos, a pequeños
toques. Pero aún quedaba el definitivo. Con una pasta gelatinosa de color fresa
unté suavemente sus pezones que se dispararon como balas hacia mi pecho. La
excitación producida por este potingue era tal que algunas mujeres no la
soportaban y acababan chillando como locas, perdiendo incluso el sentido.
También ella se tomó sus dos pildoritas y viendo mi
excitación y notando la suya no pudo menos de hilvanar una cita histórica sobre
la marcha. Esta noche vamos a ser como César y Clepatra, me dijo, mirándome la
polla que no dejaba de engordar como una morcilla embutida de sangre. Más bien
como Venus y Tanhauser, pensé para mis adentros. Las maniobras
anteriores me habían excitado tanto que comencé a observar preocupado cómo mi
polla no dejaba de engordar, como un pollo alimentado con maíz transgénico. Me
dolía mucho, al tiempo que me estaba volviendo loco de excitación. Para calmar
el dolor volví a penetrarla como un semental loco que no encontrara el agujero
porque las dimensiones de su cipote le impidieran apuntar bien.
Eso era lo que me rondaba por la mollera viendo a mi
Venus particular afanarse en untar cada centímetro de piel del pequeño Johnny,
sin excluir el glande, que sacó a pasear desde su capullo de piel protectora.
La sensación de frescor, justo ahí, en la puntita, me hizo temer que al frio
seguiría el calor y a este el incendio de la lujuria. Con un spray de diminuto tamaño roció
mis testículos o huevos en lenguaje vulgar y coloquial, pero muy expresivo.
Terminó untándome de papilla amarillenta todo el pubis y buena parte de los
muslos. De principio no noté nada, pero apenas un minuto más tarde, mientras me
afanaba en rociar con sumo cuidado su venusberg, un terrible sofoco me
pilló por sorpresa. Noté mis mejillas ardiendo y un fuego irrefrenable se
extendió por mi bajo vientre como si me hubieran aplicado un gran mechero,
justo ahí abajo.
El miembro se estiró cuan largo nunca imaginé que
fuera y engordó como una morcilla repleta de sangre fresca. Noté un dolor
extraño por lo muy unido que iba al placer. Un ansia atroz, de meter el hierro
candente en cualquier agujero que encontrara a mano, me asaltó por sorpresa y
creo que hasta hubiera probado con las orejas de mi diosa de haberlas tenido a
mano. Me libró del impulso un fuerte empujón de Venus que a punto estuvo de
lanzarme fuera de la cama, como una pelota de baseball aporreada fuera
del campo. Se quejó de mi descuido. Nada de spray en el interior de la
vagina. Al parecer las paredes vaginales eran muy delicadas a un componente
específico del compuesto químico. Cada producto de la farmacia particular de
Lily tenía su zona particular de aplicación y sus efectos musicales específicos
con el fin de alcanzar un tutti orquestal de mucho cuidado.
Me pidió que tuviera más cuidado y que terminara de
una vez de aplicarle una cremita en los pezones porque se estaba poniendo tan
cachonda que dudaba pudiera aguantar ni los preliminares más someros. De pronto
la leona se revolvió rugiendo y todos los frascos de potingues cayeron del
lecho de cualquier manera. Tenía los ojos desorbitados mientras contemplaba mi
pene hendiendo el aire como un ariete buscando la puerta del castillo. Se
abalanzó sobre mí, me hundió en el lecho con una llave maestra y trató, sin
conseguirlo, de que su venusberg se apoderara de aquel dragoncito que ya
echaba fuego por la punta. Con sus caderas, hacia atrás y hacia delante,
forcejeó como si le fuera en ello la vida y como no lograra que el miembro se
introdujera en la gruta, hurgó en ella con su mano derecha y con la izquierda
cogió mi polla y a trancas y barrancas se la introdujo en lo que no era pequeña
mansión precisamente.
Los dos parecíamos dos antorchas echando llamas a
diestro y siniestro y a las que siguieran rociando sin compasión con un líquido
inflamable. Mis dudas sobre los afrodisiacos terminaron en aquel momento. Me
juré revisar mis dogmas particulares sobre el deseo en la mente y la
imaginación al poder. Con aquellos productos de Lily por fin la humanidad
alcanzaría la vieja meta de hacer el amor y no la guerra. Bastaría con untar el
pene de los grandes guerreros mundiales con aquella cremita con que Venus me había
rociado para que se olvidaran de otras guerras que no fueran las más íntimas.
El calor se había hecho insoportable, el pene continuaba estirándose, o al
menos así me lo parecía a mí, y el deseo se había hecho tan intenso que ya no
podía pensar en otra cosa que no fuera poseer aquel cuerpo a cualquier precio y
cuanto antes. Venus estaba por la misma canción y no era capaz de detener el
movimiento de sus caderas que habían alcanzado un ritmo enloquecido.
El gran problema del deseo sexual es que no puede
ser mantenido indefinidamente, en un crescendo sin límites. De ser así nadie
que probara el sexo pensaría luego en otra cosa. Aquellos potingues de Lily
eran infernales. Me sentía arder por dentro y el deseo era tan animal que no
pude aceptar ser pasivo por más tiempo. No sé cómo lo hice pero nos dimos la
voltereta sin despegarnos. Ella quedó debajo, jadeando y chillándome que no
parara. Yo me abalancé buscando en sus entrañas el agua fresca que calmara aquel
ardor. Intuí las muchas razones que había tenido Lily para no ser la primera en
probar conmigo aquella farmacopea. Puede que no me hubiera dejado salir de su
casa. Me hubiera atado con correas como a su perrito doméstico. Abrazado a
Venus como si fuera mi enemigo en un asalto de lucha grecorromana la hundía una
y otra vez mi polla en su venusberg buscando la explosión que no llegaba
nunca.

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