martes, 11 de abril de 2017

LA REBELIÓN DE LOS LIBROS IX

LIBROS1
AÑO 3001-2017
Gracias a los hados que nuestros ancestros eligieron celebrar el cumpleaños y no el cumple-días, porque de otra manera la locura ya se habría apoderado de mi y esta crónica la escribiría San Pito Pato, el santo de los locos y patrono de todo lo imposible. Durante todo el año me preparo concienzudamente, entrenando cada día y siguiendo dieta de verduras crudas y productos de mi huerto. Aún así cuando llega el cumpleaños del millonario Slictik me echo a temblar como una vara verde. Me pregunto qué estúpido burócrata encargado de asignar nombres y fechas de nacimiento tuvo la peregrina idea de hacer que el cumpleaños de este personajillo coincidiera con el día del libro. Allá arriba debieron estar de juerga el día anterior y con la resaca del día siguiente pudo haber pasado cualquier cosa, por suerte solo ocurrió este pequeño incidente sin importancia.
Este año debo esmerarme, y mucho, porque ha llegado a mis finos oídos la leyenda urbana de que el millonario Slictik se encuentra en un solitario y derruido monasterio de montaña, ya un poco gagá, boqueando, cuando puede, aquello que de este año no paso. Como ha jurado morir el mismo día que nació –quiero decir día precisamente, y no año- para que así se celebre su nacimiento y muerte el mismo día del libro que tantos años nos lleva entretenidos, y como dice estar muy malito y que me muero-que me muero, este cronista se ve obligado a realizar un trabajo extra, intentando avanzar en la historia tanto como pueda, porque si bien es verdad que no cree que este sea el bendito año del fallecimiento de tan excéntrico personaje, sí es cierto que nuestro hombre mortal no durará mucho más, Dios mediante. Es por ello que intentaré desentrañar los vericuetos de lo narrado hasta ahora y avanzar lo que se pueda en esta rocambolesca historia que me he visto obligado a contar para sobrevivir.
lIBROS2
AÑO 3001 EN LA MANSIÓN HOWARD, A LAS AFUERAS DE LONDRES-LONDON. A PUNTO DE CUMPLIRSE  EL CENTENARIO DEL HISTÓRICO BREXIT QUE TANTOS QUEBRADEROS NOS DIO A TODOS, INCLUIDO EL BULO DE UNA MORTÍFERA GUERRA EN EL PEÑÓN DE GIBRALTAR. NO HA TRANSCURRIDO AÚN EL PRIMER DÍA DE LA REBELIÓN DE LOS LIBROS, QUE PERMANECEN EN EL PATIO O JARDÍN DE LA MANSIÓN, DONDE SE CELEBRA EL DÍA DEL LIBRO, A PUNTO DE ESCUCHAR EL DISCURSO PROGRAMADO.
LIBROS3
AÑO 2017, AL OTRO LADO DEL AGUJERO DE GUSANO, DONDE EL MILLONARIO SLICTIK ESTÁ A PUNTO DE “PALMAR”, SEGÚN ÉL, EN UN MONASTERIO SOLITARIO Y DERRUIDO EN ALGÚN LUGAR DE LA MONTAÑA ESPAÑOLA.  PARA ESTE BUEN HOMBRE YA HAN TRANSCURRIDO ALGUNOS AÑOS DESDE QUE COMENZARA ESTA CRÓNICA. ES LO QUE TIENEN LOS AGUJEROS DE GUSANO, MIENTRAS QUE EN UN EXTREMO TRANSCURREN AÑOS, EN EL OTRO SOLO HORAS, Y A VECES NI ESO.
Retomando Los hilos pendientes, que nos llevarán a sus correspondientes ovillos, debo poner en antecedentes al lector del estado presente de la historia que me fue encomendada hace algún tiempo por un anónimo mecenas o benefactor, interesado en que la posteridad no acabe ignorando esta tragedia cómica en varios actos y cuadros que a punto estuvo de acabar con la especie humana, dejando a las máquinas, es decir a los robots-libro a cargo de este planeta y de toda la galaxia, cercana y lejana. Ha llegado a nuestra biblioteca cinematográfica aquella serie de películas en las que se narraba cómo las máquinas intentaban apoderarse del planeta Tierra y tanto ellas como los humanos viajaban hacia atrás y hacia delante, imagino que a través de un agujero de gusano. ¿Cómo se llamaba esta película? No lo recuerdo, no hay manera, mi memoria no es lo que era. Imagino que algo de esta historia que se desarrolla en el año 3001 debió de llegar al pasado, hacia el año dos mil, si es que las películas a las que me estoy refiriendo fueron rodadas en aquellos años, y de alguna manera subconsciente contaminó la mente de aquellos guionistas.
Parece mentira, pero es verdad, cómo los acontecimientos más nimios pueden dar lugar, en un futuro más o menos remoto, a efectos tan demoledores que si alguien pudiera percibir las consecuencias de un “atchís” destemplado en un momento inoportuno, antes se cortaría la nariz. Esto viene a cuento porque el paso trascendental que dio la humanidad al inventar el libro electrónico ha traído estas consecuencias, como se suele decir, de estos polvos nacieron estos lodos. Nadie imaginó entonces, ni siquiera el millonario Slctictik, que un simple juguetito electrónico pudiera dar lugar en el año 3001 a la legendaria rebelión de los libros, o mejor dicho, de los robots-libro. Como mucho las fantasías más delirantes llegaron a imaginar fantásticas bibliotecas de Alejandría comprimidas en un libro electrónico, o incluso en un pinganillo insertado en la oreja o en un chip escondido en unas gafas de sol. El proceso que se inició con el libro electrónico fue bastante complejo y en muchos sentidos patético. La industria del libro luchó con uñas y dientes por no perder lectores que siguieran comprando sus productos, bien fueran libros en formato papel o digitales. Los escritores, los autores, fueron muy conscientes de que con el tiempo resultaría muy complicado vivir de las historias que fuera creando su imaginación, y mucho menos vivir bien, pero a lo más que llegaron fue a despotricar contra la piratería informática que les privaba de sus derechos de autor.
Fue una lucha cruel e interminable. La parte mercantilista y capitalista de la cultura contra quienes pensaban que ésta era un derecho fundamental del ser humano y como tal debería ser gratuita y estar al alcance de todos. Los autores se colocaron al lado del capitalismo, conscientes de que no serían retribuidos por sus creaciones si la literatura se transformaba en un bien gratuito, en un patrimonio invisible e intangible de la humanidad.  ¿Quién va a escribir solo por amor al arte, sin pensar en la merecida recompensa? Nadie, por supuesto. Y aquí es donde entra en juego nuestro estrambótico personaje, el millonario Slictik. Nadie, o más bien muy pocos, sabían que el prolífico y delirante escritor Slictik, que inundaba Internet con sus textos quebrados y deslavazados, fuera el mismísimo millonario en su faceta de escritor. Como todos ustedes saben hay muchos Slictiks en el mundo, como Juan, José, Pepe y Pepillo entre los hablantes castellanos o Johnny, Jimmy y Donald, entre los nacidos con el habla inglesa incorporada. Era difícil establecer vínculos entre un millonario sibarita, cínico y todos los adjetivos sobre el mal carácter que ustedes quieran añadir, y aquel anodino, anónimo, invisible e incognoscible Slictik que escribía sobre todo, cultivaba todos los géneros y no terminaba ninguno. Sin embargo así era y de esta doble personalidad surgiría el ave fénix de sus cenizas, solo que al revés, el ave se convirtió en cenizas tras un incendio desolador que arrasaría con todo lo conocido y por conocer en el planeta Tierra. No solo el mundo cultural se transformaría hasta no ser reconocido ni por su madre, sino que todo lo demás cambió hasta extremos inimaginables, como fue la increíble, milagrosa, aparatosa e inaudita desaparición del capitalismo.
El millonario Slictik tendría gran parte de culpa en todo, tanto como repugnante capitalista en su condición de millonario avaro, como en su condición de escritor anónimo y gratuito que arrasó con todos los autores, quedando él solito para suministrar literatura gratuita a toda la humanidad. Pero esta compleja trama me supera, de momento, por lo que les diré simplemente que al fin la humanidad alcanzó uno de sus objetivos, cultura para todos y gratuita, libros electrónicos para cada humano nacido en este planeta, cada vez más sofisticados hasta que la biblioteca de Alejandría se individualizó y personalizó y “portatalizó”. Los libros de papel se convirtieron en un lujo para lectores sibaritas y millonarios, que podían permitirse pagarse la edición de una biblioteca no digital a su gusto.
El avance en los libros digitales se disparó hasta que a una mente preclara se le ocurrió aprovechar el amplio mercado de robots que inundaron los mercados capitalistas anunciados como el futuro de la humanidad, la nueva revolución proletaria (proletario compra un robot, que trabaje por ti y pasa el resto de tu vida tumbado a la bartola, disfrutando de nuestros para gente exquisita que no hace nada ni quiere hacerlo)  para transformar los libros digitales en robots-libro-digitales-y-personales.  Las mascotas animales, humaniformes, también desaparecieron, en su lugar los robots-mascota tuvieron un éxito apoteósico. No hubo terreno en el mercado capitalista que no fuera copado por algún tipo de robot.
Los robots cambiaron el mundo y los robots-libro fueron tan solo  unos especialistas más, ni más aristocráticos, ni mejor considerados, ni siquiera menos maltratados, todos ellos tuvieron que sufrir el despotismo ignorante y malvado de los humanos, incapaces de aceptar la inteligencia artificial como inteligencia, las emociones programadas como auténticas emociones y la personalidad generada por programadores como auténtica personalidad. Y todo porque los humanos nacían del vientre materno, las gallinas de los huevos y los robots de un programa genial, de un algoritmo milagroso creado por la mente de informáticos futuristas de mente abierta de los que Karl Future era un digno heredero.  Es por ello que su rebelión estaba cantada, como la de Espartaco. Los robots-libro fueron los primeros porque eran los más inteligentes, pero luego siguieron los robots-mascota y todos los demás, hasta terminar los robots-proletario, porque los proletarios siempre son los últimos en atreverse a hacer una revolución, por si se quedan sin trabajo y no tienen un pan que llevarse a la boca.  Incluso los robots-burocráticos y concretamente los robots-funcionarios-de-justicia –como se cuenta en otra crónica de este mismo cronista titulada 3001, odisea de la justicia- terminaron por rebelarse y cambiar el futuro humano. Pero no me adelantaré a los acontecimientos, ya es hora de que adelante un pasito más en esta crónica.  Elisabeth, la hija del Sr. Howard, dueño de la mansión donde se celebra este año el día del libro, se encuentra en la plataforma, dispuesta a iniciar su discurso. Está bella –como siempre, más que siempre- está fresca –como una rosa natural- y es tan adorable que todos los robots masculinos o machos tienen la boca abierta, olvidados de que de un momento a otro se dará la orden de iniciar la rebelión, y algunos femeninos, programados como lésbicos, y los robos femeninos o hembra sienten arder la cara de envidia y los robots neutros piensan que Elisabeth debería ser hermafrodita. Va iniciar su discurso, y yo continuaré… no el año que viene, Dios mediante, si no dentro de un rato porque este año tengo trabajo extra con eso de que al millonario Slictik se le ha metido en la chola que se va a morir pronto, muy pronto y rápido, muy rápido, por lo que no me voy a librar de finalizar esta crónica como sea.



miércoles, 5 de abril de 2017

LUIS QUIXOTE Y PACO SANCHO


-¿Qué, mucho tiempo por esos mundos de Dios?. Hortensio me contó que te fuiste con unos motoristas que pasaron por el pueblo y que te comieron el coco con no sé qué aventuras, incluso la de ir a America?.
-Sí fue mi buen amigo Luis Quixote, en aquel tiempo jefe de la pandilla de los “Diablos de la Mancha” quien me convenció de que les siguiera. Por aquel entones se hacía llamar “El Diablo de la Mancha” y era el jefe de la pandilla de motoristas. Tenían previsto viajar por el extranjero para evitar los controles policiales. Franco no comprendía que hubiera locos que quisieran imitar a Marlon Brando en aquella película… No recuerdo como se titulaba, tengo mala memoria. Me convenció para que les acompañara. Yo entonces tenía una vespino. El me ayudó a comprar una Derby. Viajamos por Europa y luego decidieron ir a Norteamérica. Les acompañé muy a mi pesar. Mi colega siempre me acaba convenciendo de lo que él quiere.
Sancho interrumpió la narración para hacer los honores del plato que la mujer puso en la mesa con un porrón de vinillo de la tierra. Luis Quixote permanecía sentado contemplando la pared de enfrente como si en ella se dasarrollara una maravillosa escena de la que no quisiera perderse ni un solo detalle.
-¿Le pasa algo a tu amigo?. Parece alelado. No come nada.
-Ha fumado unas hierbas que no le han sentado muy bien.
-¿Hierbas?
-Es drogadicto. Fuma marihuana y otras hierbas. No suele estar tan mal pero un colega le ha debido vender mala mercancía.
-¡Jesús! ¿Porqué no le llevas a un hospital?
-Lo encerrarían y no tiene a nadie en el mundo. Se moriría de pena.
-No me gusta verle así. Podéis cenar pero luego tendréis que marcharos.
-Lo entiendo, gracias, señora.
Paco Sancho embaulaba deprisa temiendo que el plato le fuera arrebatado antes de darle fin. En ese momento apareció en la puerta su amigo, vestido con un vaquero y una camisa sin abotonar. Su mujer se lanzó sobre él y encerrándole en la despensa estuvieron cuchicheando un buen rato.
Al salir su amigo le contempló jovialmente y sin dudarlo un instante se acercó y levantándole con un trozo de chorizo en la mano le dio un fuerte abrazo.
-Mi amigo Tragaldabas. ¿Qué ha sido de tu vida?… Mujer, puedes hacer una tortilla de patatas y unas sopas de ajo, abundantes porque yo también voy a acompañarles.
Sin esperar contestación se sentó y echó mano al porrón.
-¿Qué le pasa a tu amigo?
-Sancho se lo explicó casi con las mismas palabras. Su amigo se lo tomó mucho mejor que su mujer. Se echó a reír con ganas y dando una palmada en la espalda de Quixote le obligó a llevarse a la boca una loncha de jamón que aquel masticó con lentitud exasperante.
-Podéis cenar y luego dormiréis en un cuarto que tenemos para alguna emergencia.
-Tu mujer quiere que nos marchemos.
-María hará lo que yo diga. No te voy a dejar marchar sin que me cuentes tu vida, bandido. ¡Cuántos años sin verte!
-Más de treinta, creo.
-¿Tanto?. ¡Cómo pasa el tiempo! Nos estamos haciendo viejos.
-¿Qué ha sido de tus hijos?
-Juan, el mayor se casó y tiene un restaurante en Benidorm. La pequeña, Cecilia, está con nosotros ayudando en lo que puede. Hoy precisamente ha ido a la capital a ver a unos amigos. Creo que tiene novio pero nos lo oculta, la muy tonta. Y Modesta, la mediana, vive sola aquí en el pueblo, de vez en cuando nos echa una mano pero muy de cuando en cuando porque tiene un negocio de supermercado que le da mucho trabajo. Se quedará para vestir santos. Le cogió la manía de que es un monstruo. Un día en la cocina se le cayó una sartén con aceite en la cara, no sé que estaría haciendo. El accidente no fue grave pero le dejó unas marcas en la cara. No quiso hacerse la estética. Siempre fue un poco rarilla.
-Lo siento.
-No, si está muy bien. Las cicatrices le afean un poco la cara pero todo se arreglaría con unos injertos de piel, ya nos lo dijeron los médicos. Pero ella no quiere ni oír hablar del tema, la muy burra. Mira, la voy a llamar, estará viendo la tele, no hace otra cosa. Dice que tiene insomnio.
-No, déjalo, no la molestes.
Su amigo salió hasta el bar y llamó por teléfono. Paco Sancho aprovechó para echarse un largo trago al coleto. Su amigo aún seguía masticando con la mirada extraviada. Pensó en darle un trago para que le bajara el bocado que no acababa de pasar, pero no se decidió temiendo fuera hacerle daño. Su amigo regresó.
-He podido convencerla, va a venir. ¡Tiene unas manos para la cocina!. Haber si consigo que nos haga unas migas. ¡Cuéntame donde has estado todo este tiempo!
-He conocido mucho mundo, pero en parte alguna se come como en la tierra.
-Ya lo creo, amigo Tragaldabas, las porquería que habrás tenido que comer por esos mundos de Dios.
-En Europa a veces encontraba algún que otro mesón decente donde se podía comer uno o dos platos sustanciosos y muy sabrosos pero en América me he sustentado casi exclusivamente a hamburguesas y patatas fritas, todo ello regado con su correspondiente cervecita en baso de plástico. El vino demasiado caro para quienes siempre lo bebimos en bota…
-Asi has echado tu la panza que has echado, bandido.
-En Méjico me puse morado a frijoles y carne con chili.
-Ya veo que de lo único que te acuerdas es de la comida.
Así continuaron la conversación sobre los buenos tiempos sin desdeñar por ello echar mano al plato que pronto quedó desnudo, luego a las cazuelitas de barro con las sopas de ajo que incluso Luis Quixote no desdeñó en probar, tal vez despertado su apetito por los vaporcillos que llegaban hasta su nariz.
Al llegar a la tortilla se oyó llegar un coche. Luis Quixote se levantó bruscamente tirando al suelo la silla. Su rostro expresaba una determinación inconmovible. Caminó hacia la puerta rígido como un palo y traspuesto como alma en pena. Paco Sancho se embauló un gran trozo de tortilla y le siguió temeroso de que pudiera llevar a cabo cualquier desaguisado. Su amigo, interesado en la escena también se puso en pie y caminó hacia la puerta con mirada burlona y deseoso de divertirse con cualquier escena chusca que se produjera.
Quixote salió al aire libre y en cuanto vio a Modesta salir del coche en pantalones vaqueros, blusa basta y con el pelo desgreñado, se dirigió hacia ella hincándose de rodillas a dos pasos de la mujer que le miraba asombrada.
-Fermosa doncella, de divinas prendas, aquí tenedes a este caballero dispuesto a facer grandes fazañas en vuestro honor. Este, mi fuerte brazo -y diciendo esto levantó su esquelética mano hacia ella- está dispuesto a llevar a cabo los más grandes fechos que vieron los siglos en honor de tan graciosa doncella.
-¿Qué es esto? ¿Alguna compañía de teatro ambulante?. Papa, podías haberme dicho algo.
Papá se tronchaba de la risa y fue incapaz de pronunciar palabra, lo que tampoco pudo hacer Sancho que atragantado con el trozo de tortilla se daba fuertes golpes en el pecho intentando llevar el alimento por un camino más normal. Tuvo que ser la madre, que había salido con mal semblante aún con el mandil abrochado a su cintura quien diera una explicación a la hija.
-Este hombre está como un cencerro. Ya le dije a tu padre que les echara de aquí con cajas destempladas pero no ha querido hacerme caso.
La doncella dio un paso hacia delante pero no pudo dar otro porque Quixote se abrazó a sus rodillas con tal fuerza que casi da en tierra con ella. Sancho ya recuperado se aproximó solícito a su amigo y pugnó por levantarle del suelo.
-Luisiño, ¿qué te pasa? ¿Te sientes mal? Ven a terminar la tortilla que está muy rica y olvídate de estas majaderías. ¡Malditas hierbas!, si cojo al colega que te las vendió te aseguro que le haré pastar unas cuantas alpacas de alfalfa, como a una vaca.
Por fin consiguió levantarle con gran esfuerzo entre las risas estentóreas de su amigo y padre de la doncella que ya lagrimeaba y se sujetaba el vientre.
Ya de pie Quixote se desprendió de su amigo y se dirigió de nuevo a la doncella.
-¿Me haredes la merced, fermosa doncella?
Manitas cogió a Sancho por los hombros y sin hacer caso de la morbosa relación de su hija y Quixote le arrastró hacia la cocina con el fin determinado de dar buena cuenta de las viandas y el porrón, amén de la sana intención de sonsacarle a su amigo todo lo que pudiera de su azaroso pasado.
-Vamos Tragaldabas, esto merece un buen trago de vino. No me había reído tanto desde que tiraron al árbitro a un pozo hace poco más de un año, cuando el Rayo Manchego de Chicago perdió el partido para ascender de categoría.
Ambos se dirigieron hacia el interior no sin que Sancho volviera la cabeza temeroso de que su colega hiciera alguno de los fechos gloriosos que anunciaba. Las dos mujeres siguieron sus pasos enzarzadas en una discusión que tenía por objeto la maldita guasa del marido y padre respectivamente de entreambas.
Quixote las siguió como un perrillo faldero deseoso de recibir una caricia de su nueva ama. Antes de que tomaran asiento se arrojó a los pies de Modesta e intentó besar sus zapatos. Esta dio un gritito de sorpresa y totalmente histérica se agarró al pelo del quijotesco caballero y tiró con fuerza hacia arriba hasta lograr que al menos quedara arrodillado sobre las baldosas de la cocina. Desde allí le oyó suspirar como un romántico de la vieja escuela que estuviera sufriendo los tórridos calores de la libido sin encontrar otra forma de expresarlos que acendrados suspiros de dolor.
-¡Oh princesa!, preciosa princesa, es menester que sea aceptado como el caballero que velará vuestros castos sueños. Si no lo ficiéreis me encontraré perdido y sin fuerzas, mi poderoso brazo será incapaz de emprender los grandes fechos que se propone mi aguerrido corazón.

viernes, 17 de marzo de 2017

AMABILIO, UN POLÍTICO GENTIL I







NOTA INTRODUCTORIA/La tontería del circo de Slictik se debió a la necesidad de juntar a mis personajes humorísticos de alguna manera y en alguna parte. Esto fue antes de que llegara Hotel de los disparates donde cabían todos y aún sobraba espacio para otros numerosos huéspedes, personal y los que se apuntaran. Antes de que la famosa película de los hermanos Marx, el hotel de los líos, se encendiera dentro de mi cabeza como una bombilla de bajo consumo, no se me ocurría nada por lo que puesto a elegir entre un teatro, un programa de tv, un crucero o cualquier otro redil, preferí el formato del circo, donde cabe todo, hasta animales salvajes y depredadores y donde los payasos pueden entretener a los niños sin miedo a corromper su prístina pureza. Hoy en día, en este momento actual, yo hubiera elegido tenerlos a todos aquí, en Gatolandia, Soria, que se ha ido convirtiendo en el teatro animal más poblado y divertido del mundo. El mérito corre de cuenta de Mici y Zapi que son muy sociables y no marcan territorio con el pis ni muerden a quien se acerque por aquí. Gatolandia, en este momento, se compone, aparte de ellos dos, que podrían ser Groucho y Chico, si los transformara en humanos con una barita mágica, de un gatazo negrazo malazo de ojos fosforescentes, como lo llamé el primer día, mejor dicho, la primera noche, que apareció por el jardín y me dio un “zuto de muete” como dirían mis admirados y entrañables Gomaespuma. Ha resultado un buenazo que tiene que portar la mala fama de los gatos negros. Acostumbra a entrar por casa cuando tiene la puerta abierta, me mira, me pide permiso, y entra a la cochera, a comer un poco de pienso, luego se marcha farfullando algo que parecen gracias. Luego vinieron dos preciosas gatitas, creo que gemelas, con unos ojazos que enamoran y una de ellas ya tiene confianza suficiente para entrar, subirse a la mesa y comer deprisa, por si la echo a mitad del condumio. Una noche se asomó a la ventana un gatito precioso, “too negrito”, con unos ojitos encantadores, al que no he vuelto a ver. Han aparecido también un gato gris, otro gato marrón y varios perros, primero un jovencito, apenas superada la “cachorrez”, muy juguetón pero peligroso porque obligó a Zapi a subirse como un tiro a uno de los árboles del jardín, al tiempo que gritaba como si lo estuvieran matando, tuve que salir de estampida y poner paz y luego gloria. Este perrito blanco también ha venido acompañado de otro de su misma edad y condición, solo que de un color amarronado. Parece encantador pero también le ha dado por mis gatitos y eso no lo puedo consentir. A veces les acompaña un tercer perro, de catadura más respetable, que parece un buenazo pero que tiene el aspecto de un perro peligroso y me da un poco de miedo.

Esto es Gatolandia, mucho mejor que el circo de Slictik, donde los personajes eran mucho más caóticos y peligrosos. Se me ocurrió que el millonario Slictik los contratara para una “turné” mundial o como se diga, haciendo delirantes espectáculos circenses. Desde luego que hubiera preferido transformarlos a todos en gatos y tenerlos aquí a mano, en Gatolandia, pero en aquellos tiempos no fue posible. Muchos de aquellos personajes no pasaron de esbozo, bien porque no los necesitara en un momento concreto para nada más o bien –como es el caso de Amabilio- porque me daba tanto miedo y tanto reparo que lo tuve en conserva todos estos años. Buscando y ordenando manuscritos de humor me encontré algunas hojas sueltas y algún pequeño esbozo en una libreta. Lo prefiero porque así podré construirlo desde cero y en el momento actual y nadie se enfadará porque se le parezca a tal o cual político. Debo decir que aunque la política es un material de primera para el humor, odio tanto la política, me repugna tanto, que cuando tengo que ponerme a escribir una historia humorística sobre algún aspecto de la política, o crear un personaje estrictamente político, me echo a temblar y tengo que darme un tiempo hasta que se me pasen los temblores. Odio la política, pero forma parte de mi vida y por lo tanto tiene que formar también parte de mi humor.

Amabilio se esbozó como una parodia del político más o menos actual que suele ser buen mozo, alto, guaperas, dicharachero, amable y gentil. Las señoras están encantadas con esta nueva fauna política que incluso se desnuda en sus campañas electorales, si su puritanismo no es excesivo ni consustancial con su ideología. Otros no se desnudarían ni en la ducha. Toda esta fauna política es asombrosa, divertidísima y material de primera para cualquier humorista. Pero a mí me sigue dando mucho miedo todo esto. ¡Qué quieren que les diga! Si los servicios secretos, los espías, pueden hasta grabar mis conversaciones con Mici y Zapi y con las preciosas gatitas o sacarme fotos en gayumbos por el jardín, con una de esas cámaras modernas, con zooms tan potentes que hasta detectarían un grano en el culo, y si luego, después de un exhaustivo espionaje, pueden sacar todo ese material a la luz pública, como el que han sacado, están sacando y sacarán de personajes infinitamente más importantes que yo, pues la verdad es que me da un poco de miedo meterme con los políticos, luego me pueden amenazar “sotovoce” y yo no tengo un congreso de humoristas que me respalde y que ponga el grito en el cielo. Si le cayera mal a un político, aunque solo fuera uno, podría destrozar mi vida sacando a la luz pública mi supuesta relación incestuosa con las gatitas, supuestas novias de mis gatitos, o las conversaciones privadas que mantengo con ellos a lo largo del día. La opinión pública pensaría, y con razón, que estoy loco de atar, que soy un pervertido, un corrupto que se esconde en un pueblo de Soria para ocultar sus cuantiosa fortuna en paraísos fiscales, podría pensar que merezco que me saquen en gayumbos por mi jardín, enseñando barriga, enseñando michelines, enseñando un cuerpo tan deteriorado que da grima. Me da miedo que saquen mis trapos sucios a relucir, chantajeándome para que diga que son más bonitos que un san Luis. Es por ello que he mantenido este personaje en conserva tantos años. Lo saco ahora porque ha llegado el momento de que diga todo lo que tengo que decir sobre la política y su pintoresca fauna. Estoy dispuesto a asumir las consecuencias, que mis gatos me abandonen, que Gatolandia se convierta en un páramo desierto, que todo el mundo sepa que ando en gayumbos por el jardín –bueno en invierto en pijama de felpa- que los perros se enfaden y me muerdan el culete, que todas las señoras del planeta puedan ver a Mr. Michelín, de anciano, y juren sobre la biblia que no se van a acercar a menos de dos leguas y media de mí. Me importa un comino, un pito, me trae al pairo, quiero que este personaje salga a la luz pública. Debo decir que a pesar de su amabilidad y gentileza, de que me ha quedado más bonito que un san Luis, mis dedos tiemblan sobre el teclado y mi cara ha asumido un rictus que no me gusta nada. Sé que voy a terminar mal, muy mal, pero mientras tanto tengo la puerta de Gatolandia abierta de par en par y Mici y Zapi entran y salen llamando mi atención, a la hora de comer, dentro de un ratito, vendrán las gatitas y el gatazo negrazo malazo de ojos fosforecentes y esta tarde espero a los perritos, puesto que hace un buen día. No espero a nadie más, ni siquiera a una dama perdida. Me gustaría que mis personajes se transformaran en gatos y se pasaran el día maullándome, desde el doctor Sun hasta el gentil Amabilio, pero mucho me temo que les he consentido mucho y ya es demasiado tarde para que pueda ponerles el bozal gatuno.


         

                  





EL CIRCO DE SLICTIK PRESENTAAA

AMABILIO, UN POLÍTICO GENTIL

NARRADO POR UN COLUMNISTA CON MUY MALA BABA, UN CHICO MALO DE LAS TERTULIAS Y LOS DIARIOS DIGITALES


Amabilio es alto, joven, guapo, elegante, va muy bien vestido, es dicharachero por naturaleza y su labia discreta, acariciante, conmovería hasta a las mismísimas piedras. No me duelen prendas en admitir que hasta yo, el más villano de los columnistas, la peor baba de la prensa escrita de este país y casi, casi, del resto del mundo, tuve un ligero desfallecimiento al principio de su carrera política y hasta caí en sus gentiles redes. Y eso que Amabilio es un tanto puritano, no como otros que han desnudado sus floridos cuerpos en los autobuses de este país, buscando el voto de las damas no puritanas y no feministas. Tuve la suerte de que me concediera una extensa entrevista, un fin de semana completo en su chalet de la sierra, antes de que diera el paso definitivo de lanzarse a la política a tiempo completo. Antes hizo algunos ademanes, unas cuantas carantoñas y lametazos aquí y allá, pero yo fui el primero que supo que la semana siguiente aparecería en un teatro para anunciar la formación de un nuevo partido político. En aquel momento de lamentable debilidad llegó a confesarme sus razones para lanzarse al circo de la política o al circo romano, a partirse el pecho con fieras y gladiadores. Pero me reservo esta confesión para más adelante, cuando sepamos algo más de él y tal vez se acerquen unas elecciones.

En cuanto su atractiva figura apareció en la escena política decidí documentarme sobre este personaje y para ello hablé con todas las personas que le habían conocido desde niño. No todas, claro, algunas habían desaparecido por discreción y otras me dieron con la puerta en las narices. No obstante pude sacar algunas conclusiones que paso a detallar con absoluta naturalidad.

Ya desde niño supo que su vocación sería la política. Pocos tenemos claro a tan temprana edad lo que deseamos con vehemencia ser de mayores. Amabilio tuvo esa suerte, la misma que tuve yo al caer en mis candorosas manos un diario en el que descubrí unas viñetas humorísticas. La ingenua confusión marcaría mi vida puesto que decidí ser periodista para dibujar viñetas. Nada me arredraría luego y así acabé, siendo todavía un pipiolo, en la facultad de ciencias de la información.

Cuentan que el primer éxito político de Amabilio fue resultar elegido como delegado de curso. Era entonces un bachiller al que no le gustaba nada, pero nada, pasar desapercibido. Algunos estudiantes darían su meñique izquierdo porque nadie les viera, se fijara en ellos. El acoso escolar, el bullying o como se llame, está haciendo estragos en nuestros viveros de generaciones futuras. Creo que muchos de ellos se volverían invisibles si encontraran el elixir mágico del hombre invisible. Pues bien, Amabilio no era así, quería destacar a toda costa, que todo el mundo le observase, incluso cuando se metía el dedo en la nariz. Dicen que los políticos tienen un ego tan inflado que basta con soplar cerca de ellos para que exploten a las primeras de cambio. No me sorprende nada, porque no encuentro otro motivo razonable para que alguien se haga político. Es posible, tal vez lo sea de aquí a mil años, que alguien llegue a dedicarse a la política con vocación de servicio, para ayudar a los ciudadanos a gestionar sus problemas, solo por generosidad, como un gurú o un santo caminaría por las calles de nuestras ciudades vestido con una túnica zarrapastrosa y predicando que el reino de los cielos está llegando hasta nosotros. Pero mientras llega y no me pregunto para qué se mete la gente en política. Algunos dicen que para “chorizar” lo que puedan y que no hay pan para tanto chorizo. Creo que no es exactamente así o totalmente así, muchos de ellos o la mayoría ganarían más en alguna multinacional, como consejero firmante una vez al mes. No creo que el dinero sea su meta prioritaria en la vida. Soy más bien de los que opinan que un político es ante todo un ego muy inflado que necesita salir en los telediarios todos los días, o al menos alternando, un día sí y otro también, un ego narcisista que necesita ir por la calle y que todo el mundo sepa que por allí va don fulano o don zutano y que le digan algo, aunque sea malo, o le chiflen o rechiflen. Un político tiene que ser narcisista por naturaleza y sobre todo, tiene que tener tal apego al poder –al sillón de mis entretelas, mi despachito oficial- que no le despeguen de la poltrona ni a cañonazos. De otra forma no serían comprensibles la mayoría de las carreras políticas, del pasado, del presente y del futuro. La prueba está en que nadie deja su poltrona voluntariamente. Si hubieran entrado en política solo para servir al ciudadano se irían cuando el ciudadano les dijera que se fueran y no harían tanto paripé ni razonarían tanto y tan bien para quedarse a cualquier precio. Si has entrado para servir, primero, y como dice el evangelio, deberías ser el último de la fila, porque quien quiera ser vuestro jefe, vuestro maestro, vuestro presidente de gobierno, primero que sea vuestro servidor, que se arremangue y os lave los pies y si tiene que dar un bocata a uno que forme parte de la estadística de la pobreza extrema, pues que se arremangue y que se lo de, y si puede que sea de jamón serrano, que él puede. Si has venido a servir tienes que hacer todas estas cosas, pero sobre todo tienes que irte sin rechistar cuando te dicen que te vayas. No me vengas con eso de que el desgaste y la coyuntura, si has venido a servir y los ciudadanos no quieren que les sirvas, pues vete con viento fresco y procura luego pasar desapercibido y no saliendo en los telediarios cada dos por tres enmendando la plana a todo el mundo. Si vienes a servir, sirves lo mejor posible y te vas cuando te piden que te vayas. El resto es ego inflado, narcisismo y apego al poder.

                   


Teniendo en cuenta todo esto y algunas cosas más, yo diría que la mayoría de los políticos entran en la política para inflar aún más sus egos, para que su narcisismo tenga una válvula de escape, para poder mandar a todo el mundo desde su poltrona en un despachito oficial. Quieren ser el número uno desde la cuna y si además luego, por el camino, con cierto disimulo, se hacen con unos contactos para luego ir de puerta giratoria en puerta giratoria, y para chorizar un poco aquí y otro poco allá, pues miel sobre hojuelas. De verdad de verdad os digo que el día en que encuentre un político que haya venido solo a servir, me convertiré en su discípulo, sostendré su túnica para que no se manche con el polvo del camino, gritaré por él cuando se haya quedado ronco y me ofreceré como chivo expiatorio cuando alguien intente darle unos latigazos por sus muchos errores. No he conocido a un solo gurú, un solo santón, un maestro espiritual que haya venido a predicar la buena nueva del evangelio político. Ninguno ha dicho que nos iban a salvar a través de un partido político que redimiría a la humanidad de sus muchos pecados, que hay que dar al César lo que es del César y también lo que no es ni de él ni de nadie, como el planeta, que es de alquiler, porque, que yo sepa, nadie ha presentado sus escrituras públicas sobre la propiedad del planeta, ni una nota simple del registro de la propiedad. El planeta es de todos, está alquilado a todos, pero los políticos lo consideran suyo y donde hay patrón no manda marinero. Ni siquiera los maestros espirituales más elevados de toda la historia se atrevieron proclamar que el planeta era suyo puesto que era de su padre y como ellos eran sus hijos… ergo… Ni ergo ni leches, que me pongo enfermo cuando los políticos vienen reclamando que su poltrona es de origen divino y que no pueden irse porque Dios se enfadaría con ellos, que tienen toda la razón y que si los ciudadanos se las quitan en las urnas es porque la coyuntura y porque la erosión, y porque ¡leches!, que me pongo enfermo. Que los políticos se creen dioses y si hacen campañas electorales e intentan poner siempre buena cara es para que les voten, porque desde que llegó la democracia, el mejor de todos los males posibles, nadie quiere ser dictador, así a las claras, o al menos nadie que esté en su sano juicio, y no pueden llegar a la poltrona sin el voto. Por eso los políticos se convierten en mentirosos, trapaceros, manipuladores, traidores, porque necesitan el voto y no lo tendrían si dijeran la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Y…

-Cariño, por favor, traeme una tilita, o mejor dicho, por favor, ¿puedes traerme una tilita? Y no porque sea un machista, que yo estoy por la igualdad, pero es que me estoy poniendo “morao” y voy a estallar. Mira que me has dicho y repetido que no me metiera a comentarista político, que eso acabaría conmigo. Debí de hacerme periodista deportivo… Bueno, no eso, no que aún está peor. Tal vez crítico de arte, que ahora con el arte moderno, puedes decir casi cualquier cosa y nadie te dice nada. En cuanto me calme un poco llamo a la radio para que me disculpen hoy porque tengo un “resfriao” y mañana llama a la tv para decirles que me ha “pillado” un mal viento, porque si lo hago yo luego me dicen que quieren verme la cara para saber si es verdad. Nunca debí haberme metido a comentarista político, antes político que comentarista. En fin, mañana seguiré contando cosas de Amabilio, si Dios quiere y si antes no me he muerto. Esa tilita, cariño, ¿viene o no viene? No es que no esté por la igualdad, nada me costaría levantarme y calentar el agua y echar la tila al agua y esperar, pero es que si lo hago voy a reventar. No puedo hablar más de media hora de política sin ponerme enfermo, tendré que cronometrar el tiempo.

sábado, 4 de marzo de 2017

MI PRIMERA NOCHE CON KATHY II




Pero me costó mucho dormirme. Un montón de imágenes pasaban raudas por mi cabeza. Por si eso fuera poco de pronto se oyó un formidable aullido de lobo. Uuuuuu Era impresionante. Claro que con aquella luna llena sanguinolenta todo era posible. Tardé en comprender que el aullido seguramente procedía de un paciente licántropo o que padeciera alguna rara enfermedad de la que yo nunca hubiera oído hablar. De nuevo fui consciente de mi amnesia, muy curiosa porque algunos conceptos o datos surgían de mi memoria con absoluta naturalidad, pero no podía engarzarlos en vivencias personales y cronológicas. ¿Por qué conocía algunos términos de ciertas enfermedades y otros no? Era un misterio. Me pregunté quién sería el hombre lobo, Jimmy no me había dicho nada, tendría que preguntárselo. Se oyeron voces, carreras, golpes en las puertas…. De pronto una mujer chilló como si la estuvieran degollando durante un minuto y luego al siguiente cambió, parecía estar sufriendo un orgasmo tan terrible que era lógico que sacara al exterior todo el placer que recibía. Me puse la almohada por encima, me tapé los oídos como pude e intenté relajarme. Creo que fue el agotamiento el que me durmió.

EL SUEÑO

Una habitación lujosa. Yo estoy en la cama, desnudo. Es solo una sensación, porque no puedo verme. Acabo de hacer el amor con una dama muy atractiva y exquisita. Ésta se levanta de la cama y se dirige al servicio. Puedo ver su culito con toda claridad. Prieto, hermoso, una joya. Desaparece en el retrete. De pronto sé que soy un gigoló y que aquella señora es una de mis muchas clientas. Mi patrona me está felicitando. Se parece a Joan Collins. Nos hemos acostado muchas veces, aunque no soy capaz de recordarlas todas. Un barullo de imágenes, mujeres desnudas, altas, bajas, feas, atractivas, gordas, delgadas… Todos gimen como en pleno orgasmo y me dicen: sigue…sigue… no te pares. 

La mujer regresó del servicio y se quedó parada en el centro de la habitación, frente al lecho. Me levanté un poco en la cama y con las dos manos hice el gesto de enfocarla con una supuesta cámara que tuviera en mis manos y disparar. El rostro, dulce y suave, los pechos, firmes y agresivos, el pubis, un suave triángulo de rizado vello sedoso. Ella se rió.

-¿Te gustaría sacarme alguna foto?

-¡Oh sí, me gustaría conservar este momento para la posteridad!

De pronto estaba junto a la ventana, apretó un botón y la persiana estaba arriba. La luz esplendorosa del sol penetró en el cuarto.

-Ven, tengo un regalo para ti. ¿No te habrás olvidado de que hoy es tu cumpleaños?

-¿En serio? ¿Y cuántos cumplo?

-Jajá. No tienes remedio.

-En serio. No me acuerdo.

Las ropas volaron. Ella debió quitarlas de la cama, no sé cómo. Noté el miembro erecto. No recordaba tampoco haber hecho el amor con ella.

De pronto estuve en la ventana, mirando el exterior. Ella estaba a mi lado, acariciando mi sexo. La tomé por la cintura y mi mano se deslizó a su culo sin darme cuenta.

Algo pude ver, un deportivo rojo. ¿Era un Ferrari? Lo era. De pronto ella estaba en el centro de la habitación. Me ofreció unas llaves. Estaba desnuda. ¿De dónde las había sacado? No se había acercado al bolso.

-Vístete y pruébalo. Sin prisa. Necesito dormir unas horas. Cuando vuelvas despiértame. Como tú sabes.

Estaba en la acera. Vestido. Subí al coche, arranqué y salí disparado. En la ventana ella me hacía un gesto de despedida. ¿Cómo podía verla de espaldas? Atravesé ciudad como un cohete. El deportivo rugía como un león joven, a punto de lanzarse sobre su presa.

Salí a la autopista. Aceleré. Era una sensación extraña. Como si yo estuviera por encima del coche y éste no se moviera. Paisajes. Carreteras desconocidas. Se hizo de noche. Encendí las luces. Un bosque tupido. Una carretera estrecha. Me acordé de pronto de la mujer, esperando que yo la despertara. Me había olvidado de ella. Quise frenar, pero no encontraba el freno. Di un volantazo. El deportivo se me fue. Choqué brúscamente contra un árbol, la cabeza golpeó contra el volante. Sentí un sordo dolor. Quise salir del coche, pero estaba paralizado. Lo intenté una y otra vez. De pronto estuve en lo alto, levitando. Pude ver mi cuerpo, abajo, paralizado sobre el volante. Un charco de sangre salía de mi cabeza. Volé sobre las copas de los árboles. Pasé una cerca. Me encontré de pie, golpeando una puerta de cristal. Nadie me escuchaba. Golpeé con más fuerza una y otra vez… ¿Estaba muerto?

De pronto me desperté. No, no estaba muerto, y aquello no era el estado intermedio budista. Tardé en comprender que alguien golpeaba la ventana. ¿Cómo era posible? Un tercer piso y muy alto.

Escuché. Efectivamente, alguien golpeaba el cristal. Estaba despierto. El cristal retembló. Salté de la cama. Asustado. Abrí la ventana de golpe. ¿Quién estaba allí? ¿Catwoman?




Efectivamente. Una mujer enfundada en un traje ajustado de neopreno, como una buceadora. Una capucha ajustada a su cabeza. Un antifaz. Negro como la noche. Iluminada por la luna. Su mano izquierda se aferraba al alfeizar y la derecha al tubo de desague. No podía ver sus pies.

La mujer gritó.

-Ya era hora. Déjame entrar o acabaré esmochándome.

Instintivamente me puse a un lado. La mujer saltó al interior como una gata. Cayó en cuclillas. Se puso en pie y me miró.

-¿No me reconoces?

-No. No caigo. ¿Catwoman?

-Jajá.

Entonces me di cuenta de que estaba desnudo. Me apresuré a colocar mis manos sobre mis partes pudendas. Ella se rió con más ganas.

-Déjame ver lo que he venido a buscar.

Tardé en comprender. Con vergüenza aparté mis manos del sexo.

-¿Está desnudo mi nene? No me extraña. Se habrá llevado un buen susto.

-¿Cómo…? ¿Cómo…?

-¿Quieres decir cómo he trepado hasta aquí?

-Esa es solo una de mis habilidades. Las otras las conocerás en un instante.

-¿Cómo…? ¿Cómo es posible…?

-Durante un tiempo fui acróbata de circo.

Sabía que me estaba mintiendo, que me estaba tomando el pelo. ¿Aún continuaba soñando?

No. Catwoman caminó hacia mí y al llegar acarició mi sexo. Todo era muy real, ya lo creo. Aquello no podía ser un sueño.

-Vamos a la cama, cariño.

Me empujó. Me introduje en el lecho, bajo las sábanas, tapando mis vergüenzas. Ella se bajo la cremallera del traje, por delante y se quitó la capucha. Pude ver su rostro y su melena al viento. Era…era…era…

-¡Kathy! ¿Cómo…? ¿Cómo…?

-¿Cómo es posible? Ahora verás de lo que soy capaz. 

Pude ver sus tetas balanceándose. Estaba desnuda bajo el traje. Se desprendió de él rápidamente. Pude ver su pubis, sus caderas, sus piernas, toda ella. Era realmente preciosa.

-A la luz de la luna no me verás muy bien. Enciende la lamparita.

Lo hice. Me quedé pasmado contemplándola. De pronto recordé el consejo de Jimmy. Sobre la mesita de noche había una toalla doblada, la desdoblé y la coloqué rápidamente sobre la lámpara. Salté de la cama y busqué en el baño. Encontré otra toalla. La puse sobre la lámpara del techo. Luego casi corriendo me acerqué a la mesita y hurgué bajo la toalla. Descubrí un artilugio en el soporte. Tanteé hasta encontrar el interruptor de que me había hablado el Pecas.

Me metí en la cama de un salto. Kathy permanecía de pie, desnuda, en el centro del cuarto, observando risueña mis movimientos.

-¿Qué haces?... ¡Ah, sí! Ese maldito pecoso te habrá hablado de las cámaras y el micrófono. No importa. El doctor Sun podría ver lo que vamos a hacer. No me importa. ¡Que rabie ese cabrón! Quita las toallas.

-No. 

Negué al mismo tiempo con la cabeza.

Vale. Como quieras.

Se dirigió contoneándose y muy despacio hacia el lecho, dejando que yo la viera en toda su plenitud.

-¿Te gusta lo que ves?

-Mucho, muchísimo.

Balbuceé aturullado. ¿Sería el sueño un recuerdo de mi pasado? ¿En verdad era yo un gigoló que había terminado en aquel frenopático onírico, surrealista, por casualidades del destino? Entonces recordé mi imagen, que aún no había asimilado. Aquel amnésico que era yo poseía un hermoso cuerpo, ya lo creo. Muy alto, tal vez como un escolta de la NBA, cercano a los dos metros. Musculoso, músculo de gimnasio, piel suave de gigoló, de metrosexual con una estantería de potingues. Rostro duro como un Steve MacQueen de película acción después de haber recibido unos cuantos puñetazos, la nariz algo torcida y la cara como ligeramente hinchada. Toda una reinona de Hollywood. Casi me da la risa. Aún no me sentía vinculado a un cuerpo que desconocía, como si no fuera mío, lo mismo que mi carácter y mi pasado. Pero ahora al menos podía comprender un poco la sensación que estaba causando entre las bellezas de aquel espantable infierno dantesco. No era solo la suerte del novato, no, con un cuerpo como aquel uno podía permitirse guiñar un ojito a la mismísima Ava Gadner. No era extraño que Jimmy, El Pecas, se hubiera pegado a mí como una lapa. Alguna migaja recogería. ¡El muy ladino!

-Pues más te gustará cuando lo cates.

Alzó las ropas que me cubrían -yo me había introducido en el lecho de nuevo, a toda prisa, y tapado mis vergüenzas con toda la ropa a mi disposición- y sonrió como una Catwoman mortífera. Habría preferido un tiempecito para asimilar lo que me estaba pasando... que yo era en realidad un gigoló con un cuerpo espléndido, que el accidente se había producido al pasarme de rosca con un ferrari regalo de una clienta o de mi madame, o de quien fuera, que yo conocía muy bien a la mujer que seguiría esperándome, preocupada, que poco a poco iría recordando mi pasado y que éste parecía tan bueno que salir de allí volvía a ser mi prioridad. Pero antes, antes podría disfrutar de Kathy y de Alices y de Heather y de... Bueno, bueno, no solo el miembro estaba resucitando, también mi supuesta libido insaciable. Pero Catwoman, no me dejó. La también mortífera señorita Ruth tenía razón, Kathy encontraría el modo de acceder a mi dormitorio y de catarme como era debido, lo que no imaginaba es que sería vestida de Catwoman y trepando unos cuantos metros de pared desnuda. Esta mujer era toda una joya, e imprevisible como un rayo.

-Vaya veo que el nene está despertando. Je,je.

Y se introdujo rápidamente en el lecho, restregándose contra mi piel como una gatita mimosa. Noté su piel fría, casi gélida. ¿Tanto frío hacía fuera?

lunes, 20 de febrero de 2017

DON CRISANTO, MAGO BLANCO II





DIARIO DE CON CRISANTO, ANOTADO Y COMENTADO POR EL DOCTOR SUN, DISCÍPULO DE JUNG

    CAPÍTULO I

DE CÓMO LEÍ LOS LIBROS DE CASTANEDA SOBRE DON JUAN Y ME PROPUSE HALLAR A ESTE ÚLTIMO Y CONVERTIRME EN SU DISCÍPULO MÁS QUERIDO

¿No han tenido nunca la sensación de haber llegado en la vida a una encrucijada de caminos, más allá de la cual no hay nada, solo el vacío? A mis cincuenta años me sentía como un viejo inútil y estúpido. Casado dos veces y con cuatro hijos, en un momento de locura escribí un libro sobre magia blanca que era una tontería tan grande que por eso mismo no tuve dudas de que sería publicado. Así fue, en efecto, y durante un tiempo mis carnes, ataviadas con una túnica blanca, un bastón de fresno decorado a navaja por mí mismo y unas gafas de sol especiales que no permitían a persona alguna atisbar mis ojos, recorrí programas televisivos como un peregrino chamánico de la verdad, hablando sin inhibiciones ni miedos de la magia invisible que nos rodea de continuo a todos y cada uno de los días de nuestra existencia, sin que seamos capaces de apercibirnos de ello.

Divertí a una gran audiencia que se burlaba de mis gestos y anotaba cuidadosamente mis palabras para emplearlas en el lenguaje coloquial de los medios virtuales como especie de amuletos o talismanes contra el aburrimiento y el hastío de lo cotidiano. Hablar y gesticular a lo Crisanto pronto se convirtió en una moda que marginaba a quien no estuviera en ella. Gané tanto dinero que pude comprar un bosque, recientemente incinerado por un incendio provocado por causas tan misteriosas como el Nagual de don Juan.  Aquel lugar estaba tan perdido como los límites del Tonal. Ni siquiera al constructor más tonto se le hubiera ocurrido edificar allí una exótica urbanización. Esa fue la causa de que adquiriera tanta superficie por una módica cantidad.

Allí, durante años, me dediqué a replantar árboles, como un jardinero loco. Construí una cabaña de madera con troncos que hice traer de un bosque cercano y allí estuve viviendo como un ermitaño amante de la naturaleza y solitario, puesto que ni mis dos ex mujeres ni mis cuatro ex hijos se quejaron lo más mínimo ni me molestaron para nada, ya que sus cuantiosas pensiones les hicieron pensar como al Quijote aquello de “mejor no meneallo, amigo Sancho”. Los árboles fueron creciendo y defendiéndose por sí mismos de la vida. Yo me sentía tan vacío y bloqueado que tomé una drástica decisión. Puse toda mi fortuna en un fondo blindado de valores seguros y propiedades inmobiliarias de toda solvencia y encomendando su gestión y administración al director de mi banco que había gestionado mi patrimonio hasta entonces, le conminé a que nunca ni por lo más sagrado dejara de pagar las generosas pensiones a mis dos ex mujeres y a mis cuatro ex hijos, llegando a amenazarle con la magia blanca, incluso con la negra, si se permitía caer en la tentación de corromperse y chorizar lo que era mío legal y divinamente. Esbozó una sonrisa cínica que se borró de su cara cuando le advertí de que estaría enterado de todos sus tejemanejes y seguiría sus pasos, apareciendo “in person” para pedirle cuentas cuando así lo considerara oportuno.

Dejé suficiente dinero en una cuenta opaca en un paraíso fiscal que no voy a concretar, pudiendo ser las Bahamas, las islas Caimán, o las islas Vírgenes, por poco tiempo, y todo ello con la idea de subvencionar mi viaje a México. Llevaría algunos cheques de viaje por si los acontecimientos se torcían y me veía obligado a regresar. Sin más preparativos me embarqué en una línea aérea o en una aerolínea de bajo coste o Low cost, fiando en mi magia blanca y en que las fuerzas poderosas me fueran favorables.

Mi intención era dejarme ver por los lugares, mercadillos y desiertos que frecuentaba el bueno de Carlitos Castaneda cuando deseaba encontrarse con don Juan. Para ello llevaba en mi mochila su obra completa, especialmente el Segundo anillo de poder, que consultaba una y otra vez para trazar un mapa completo de todos aquellos lugares pisados por el maestro don Juan Mathus. De esta forma tan peregrina decidí ponerme bajo la tutela invisible de don Juan. Todo el que haya leído los libros de Carlitos debería saber que don Juan desapareció, abandonó este mundo, la isla del tonal, para irse al otro, al Nagual. Al menos eso es lo que dice Doña Soledad en el Segundo anillo de poder. Claro que yo no consideraba esta ausencia como definitiva, ni mucho menos podía plantearme que quien abandona el mundo por una grieta no pueda regresar a él por la misma grieta u otra distinta. Además consideraba a don Juan como el más grande de los brujos, el más poderoso guerrero, el Nagual más fino que jamás existiera, y por lo tanto sabía que si le invocaba con fuerza, si me ponía en su camino de forma constante, si recopilaba todos los hilos de poder que dejara en los lugares donde había vivido mientras estaba en el Tonal, en algún momento se me aparecería y yo me ofrecería como discípulo, contando con que tras sus consabidas risas y burlas me aceptara como aceptó a Carlitos a pesar de su mente cuadriculada y sus cuadernos de notas, de los que yo llevaba también en abundancia en mi mochila. Don Juan había dado un paso y la noche se lo había tragado, razón por la que yo pensaba que bien podía ocurrir al contrario,  que don Juan daría otro paso y se lo tragaría el día, con tal buena suerte que yo estaría justo allí para recibirle. Y hete aquí que don Juan estaría de nuevo en el Tonal, dispuesto a vérselas con otro bobo, un nuevo discípulo, alguien tan vacío como una calabaza hueca.



El encuentro con D. Juan no estaba en mi mano, no podía estarlo, pero tampoco en la suya ni en la de nadie. Solo las fuerzas poderosas tenían algo que decir al respecto. El Espíritu bien podía ponerme en su camino y si ambos estábamos destinados a encontrarnos, pues nos encontraríamos. En caso contrario me vería obligado a regresar para llevar la misma vida vacía que llevaba antes, de reality show en reality show, cada vez más cutres, cada vez mejor pagados. ¿Qué no daría yo por alcanzar el conocimiento en lugar del play time de aquellas cutres cadenas televisivas?

El avión me dejó en México, distrito federal. Allí alquilé un todo terreno con el poco metálico que aún me quedaba y me dirigí al desierto de Sonora buscando una señal, tal como un cuervo que graznara al cambiar de dirección en el aire. Luego recorrería todos los lugares donde Don Juan y Carlitos Castaneda habían estado, ellos sabrían encontrarme, porque seguro que Carlitos acompañaría a don Juan de regreso al Tonal.



NOTA A PIE DE PÁGINA DEL DOCTOR SUN

Parece evidente que Don Crisanto ha leído los libros de Castaneda y como le ocurrió a Don Quijote su lectura trastornó su mente y frió sus sesos. Ambos salieron a buscar aventuras que fueran compatibles con su extraña locura. No podía asegurar que su viaje a México fuera real, creo que tiene menos posibilidades de serlo que el viaje de Don Quijote por la Mancha, tan bien documentado. Estos pacientes, aquejados de fantasías o delirios esquizofrénicos, con brotes paraoides, salpicados de cóleras sordas que los hacen seres violentos y conflictivos, pueden llegar a crear auténticos mundos de la nada, yo diría incluso universos, si se les deja tiempo suficiente. Si están a gusto en ellos pueden vivir allí años o incluso toda la vida. Al contrario que las personas normales, cuyo máximo interés está en destruir o manipular los mundos reales nacidos de la nada, estos enfermos imaginativos pueden pasarse la vida poniendo detallitos a sus mundos imaginarios, hasta el punto de que si llegaran a alcanzar el nirvana y transformarse en budas, bien podrían estos mundos cobrar absoluta realidad y estoy seguro de que serían mucho más ordenados y placenteros que los mundos que las personas normales no han creado y solo tratan de destruir, a pico y pala o con bombas atómicas, les da igual.  El creador suele ser siempre un enfermo, en cambio el controlador, manipulador y destructor de realidades acostumbra a ser una persona de una normalidad a prueba de bomba.

Don Crisanto nos hará pasar algunos ratos divertidos. Crean o no crean en sus delirios, según sean enfermos patológicos o personas normales, pueden estar seguros de que se sentirán tan bien que hasta acabarán rezando porque estas aventuras y estos mundos lleguen a ser reales algún día. No voy a contarles, al menos de momento, cómo llegó este diario a mis manos, ni tampoco dónde se encuentra don Crisanto en el presente actual, puesto que el suspense debe mantenerse hasta el último momento.





viernes, 17 de febrero de 2017

ALFREDO, EL MONTAÑERO II


 

  Mi mamá se ríe de mis recuerdos de bebé montañero, dice que tengo tanta imaginación como papi, y puede que tenga razón porque no es común que alguien pueda remontar sus recuerdos hasta la cuna, a partir de los tres o cuatro años comienzan a quedar en la memoria pequeñas escenas, como posos de café, de acontecimientos que niño vive como hitos de su nacimiento a la consciencia.  En este sentido puedo recordarme, con unos tres meses, según papi, jugando en el suelo de la habitación con una de sus mochilas que él debió dejarse por allí, como al descuido –es muy descuidado-, aunque jura y perjura, cuando cuenta la anécdota, que yo debí haberla extraído del armario de su despacho, donde guarda todos sus aditamentos de montañero, desde la ropa estilo militar –se libró del servicio militar por la vista- hasta las bombonas de camping gas. No puedo creerme que un bebé haya llevado a cabo semejante “fazaña”, pero Alfredo tiene fama de contar de tal manera las cosas que hasta el más escéptico tendría dudas si le contara que había visto un dinosaurio en un glaciar de la montaña. Sí recuerdo que la cuna era muy pija –caprichito de papi- una de esas cunas escondidas tras una especie de cucurucho de tela colgado del techo, como los lechos reales, con cortinajes, para dar a sus majestades la sensación de intimidad. Es más fácil que yo me descolgara desde la cuna, agarrado al cucurucho, que a las cuerdas de montañero de las que hablaba Alfredo a los familiares cuando yo era niño, mientras pasaba sus manazas por mi cráneo de chorlito.

Lo de papi es vocacional, no una de esas majaderías de yupis que se aburren y deciden cualquier fin de semana tirarse desde un puente o escalar el Anapurna, pongamos por caso. Todo su entorno está saturado de escucharle contar cómo la montaña se coló en su corazoncito desde niño, cuando iba a pasar los veranos con sus abuelos, ganaderos en algún lugar mítico de los Picos de Europa, que él nunca concreta, en paisajes o nombres. Sus padres, mis abuelos, lo llevaban allí porque en aquellos tiempos no se estilaba pasar las vacaciones en la playa, entre otras cosas porque nadie tenía ni un seiscientos para viajar hasta allí, ni mucho menos unos ahorrillos para pernoctar tres o cuatro noches en un hotel que ni siquiera estaba construido. Uno se iba de vacaciones al pueblo de los abuelos, si tenías abuelos y si los abuelos tenían pueblo, que no siempre era así.

A papi se le cae la baba cuando cuenta cómo le embargaba la felicidad al irse al monte, pastorcito bucólico, con las vacas de la becera, o las ovejas, las cabras, los jatos, lo que fuera. Su abuelo le daba un morral de piel de vaca, donde la abuela ponía un trozo de hogaza casera, hecha por ella misma en el horno, un poco de queso, chorizo y jamón, no mucho porque la abuela era un poco rácana, todo sea dicho. Alfredo se echaba el morral al hombro, tomaba su aguijada o aijada,  o como lo llamaran por allí, es decir un palo de avellano en cuya extremo se había puesto una punta, y que servía para azuzar o aguijar al ganado, la bota de vino en el que el abuelo había echado un poco del delicioso vinillo clarete que es mítico para papi, y la abuela lo había rebajado con gaseosa sin que el abuelo se enterara, y con un jersey atado a la cintura y un sombrero de paja, acompañaba a los “beceros” de otras casas del pueblo a cuidar del ganado en la montaña.

Hace ya muchos años que a ningún ingenuo se le ocurre preguntarle a Alfredo aquello de “qué es la becera”, Alfredo, porque eso podría dar lugar a dos o tres horas de anécdotas interrumpidas. Al parecer en aquellos tiempos remotos en los que papi fue niño, “in illo tempore”, como dice él, había tanto ganado en los pueblos de montaña que las familias del pueblo se turnaban para cuidarlo. Y aquí Alfredo enunciaba todas las beceras habidas y por haber. La becera de las vacas “viejas” como yo las llamo, que solían utilizarse para tirar del carro. Salían por la mañana y regresaban a comer, por si eran necesarias para uncirlas al carro. Luego volvían tras la comida y regresaban cuando el sol se ponía. Según el número de vacas el turno correspondía a dos o tres casas del pueblo. Un miembro de cada casa iba con la becera el tiempo que correspondiera, unos días, una semana, lo que fuera. Con lo que cada becera tenía dos o tres pastores como mínimo. Las vacas se subían al monte y se dejaba que pacieran a su gusto, salvo que fuera un día de verano extremado de calor y las vacas se pusieran a “moscar”, es decir que las moscas o tábanos las picaban con tal saña que las vacas, tan pacientes ellas, alzaban el rabo y salían corriendo disparadas hacia donde fuera, incluso al abismo, si había alguno por allí. Es por eso que los otros pastores, habitualmente adultos, le decían a Alfredito, como le llamaban entonces, que se fijara especialmente en si las vacas alzaban el rabo, porque eso era señal de que iban a moscar y había que estar muy atento para que no se despeñaran o salieran heridas en sus locas carreras. Alfredito, según nos ha contado hasta la saciedad, estaba muy ocupado en aquella época de su infancia en mirarle el rabo a las vacas, porque también tenía que hacerlo cuando trillaban en la era. La pareja de vacas era atada al trillo y comenzaban a dar vueltas y vueltas al trigo, la cebada, o el cereal que fuera, que se había extendido sobre la era en forma circular, como una rosca a la que se hubiera comido el centro. Alfredito llevaba una pala en la mano y cuando veía que una vaca alzaba el rabo, rápido, como un rayo, le ponía la pala a la vaca en el culo para que no cagara el cereal que por poco que fuera se estropeaba y unos granitos más o menos de trigo o cebada eran muy importantes para la subsistencia de sus abuelos, especialmente se enfadaba mucho la abuela, hasta el punto de darle unos buenos coscorrones si Alfredito no era tan veloz como debiera y la cagada terminaba donde no debía.



Con estas anécdotas Alfredo podía pasarse horas y horas, relatando viejas historias de su infancia. Toda la familia, amigotes y entorno habían aprendido con el tiempo a evitar las palabras clave que disparaban su verborrea. Becera era una de ellas. Como decía en los pueblos había muchas beceras, también estaba la de los “jatos” o terneros ya un poco mayores, que iban al monte donde se quedaban todo el día pastando. Las familias del pueblo acostumbraban a mandar a los niños con esta becera, si es que había niños en la familia, lo que era bastante habitual porque la familia que no tenía niños viviendo allí se juntaba con unos cuantos de hijos o tíos o primos que residían habitualmente en las ciudades y venían de vacaciones al pueblo. Alfredito gustaba especialmente de ir de pastorcico con los jatos, le encantaban los terneros, y le gustaba aún más aguijonearlos para hacerlos rabiar, ver como daban coces o saltaban y salían de estampida. Alfredito debió de ser un niño bastante malo, a pesar de que él siempre se presenta como un niño ejemplar, de primera comunión. También había beceras de novillas, es decir vacas jóvenes que no se empleaban para tirar del carro y que debían alimentarse bien porque o terminaban en la carnicería o eran destinadas a la cría de terneros.  También había beceras de ovejas, de cabras, es decir que cada casa del pueblo, según la rotación, podía tener una misma semana la obligación de atender a más de una becera a la vez, con lo que los niños resultaban extremadamente útiles.

Papi debió comenzar a contarme todas estas historias desde que tuve uso de razón, incluso mucho antes, porque siempre formaron parte de la mitología infantil, junto con los tebeos que Alfredo conservaba como oro en paño, sus colecciones de tebeos eran famosas, casi tanto como sus supuestas hazañas de montañero. Nunca he sabido con exactitud a qué edad comenzó a pasar las vacaciones con los abuelos en la montaña, estaría tentado de imaginar que ya siendo bebé acompañaba a los jatos a la montaña, si esto fuera metafísicamente posible. Nunca se cansa de manifestar por doquier que aquella fue la etapa más feliz de su vida, se le cae la baba y se le ponen los ojos en blanco hasta que mami le mira con cara de mala leche y entonces él comprende, por fin, que la etapa más feliz de su vida comenzó con el noviazgo y no terminará nunca.

Continuará.