sábado, 21 de agosto de 2021

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XV

 


“Toca su cabeza. Deja su mano en su testuz. Acaricia su frente y… Milagro. No ocurre nada. La caeros líder, la hembra Beta, cierra los ojos un instante, como si le gustara que la acariciaran. Los abre y mira a Rosindra como si la conociera de toda la vida y fueran muy amigas. Abre la boca y lanza un mugido regocijado. Todo el rebaño, compuesto de hembras y crías levantan sus testudes, miran en su dirección y comprenden de inmediato lo que ocurre. Otra visita más de estos pesados vantianos. ¿No tendrán otra cosa mejor que hacer? Ustedes, queridos holovidentes no lo saben, pero el mugido indica el permiso que la hembra Beta ha dado a Rosindra y al resto del grupo para que puedan acercarse al resto de la manada y acariciar a hembras y crías sin recibir malas caras y mucho menos agresiones destempladas. Ustedes no lo saben, pero sí Rosindra, que repite esta escena cinco veces a la semana, descansando dos días a elegir. Nuestra amable guía es  voluntaria, como otros muchos, en su mayoría amantes de los animales. Lo hace porque adora a estos seres, relegados  por la historia a un lugar secundario en la vida del planeta Omega. También porque de esta manera obtiene un buen número de créditos que está ahorrando para emplearlos en un proyecto delirante, pero que ella cree poder llevar a buen término. Ella, que ahora no nos oye, lo mismo que Alierina, nuestra intrépida reportera, porque han desconectado para impedir que mi voz cantarina pueda descentrarlas de este protocolo tan estudiado y sufrir algún percance. Ella –quiero decir Rosindra- forma parte de un grupo cada día más numeroso de omeguianos que van a plantearle a nuestra amable inteligencia artificial que levante las defensas de rayos omega que nos mantienen en cuarentena, aislados del resto de la galaxia, para así poder viajar en una nave espacial, especialmente acondicionada, hacia otros planetas de los que llevamos varios siglos separados debido a aquel ataque inesperado y terriblemente agresivo de los noctorianos. Ustedes, queridos holovidentes, no lo saben, a no ser que hayan pedido al bueno de “H” que les deje ver la gigantesca producción con actores holográficos que se hizo en su momento para explicar las razones que existieron para tomar una medida tan drástica y que tanto molestó a nuestros abuelos y tatarabuelos. El resto de ustedes ni saben ni les preocupa en lo más mínimo que no puedan hacer turismo por el Cuadrante, en naves crucero, como hacían sus ancestros, más o menos lejanos, quienes recibían al mismo tiempo un turismo apabullante, lo mejor de todo el Cuadrante y aún más allá, desde los arrabales galácticos.

Les anuncio, ahora que Alierina no nos oye, porque ella aún no lo sabe, que mañana tendremos un programa especial sobre la gran batalla contra los noctorianos. Proyectaremos la película de la que ya les he hablado y luego habrá un coloquio-circunloquio con tantos tertulianos y tan contradictorios entre sí, que promete una tertulia explosiva. Y mientras termina esta escena carnavalesca, me preparo para dar conexión a Alierina, Rosindra y este grupito de valientes. Resumo, por si alguno de ustedes no estaba mirando la pantalla, embelesado por mi narración. Tras Rosindra ha sido Alierina la que ha repetido exactamente los mismo pasos de la guía, y luego Elierina y su mudo esposo y el resto. La caeros los ha olido a todos, lo que no ha hecho con Rosindra a quien ya tiene muy olida, para impregnarse de su olor, memorizarlo y aceptar su intrusión como algo natural. A continuación la guía, seguida de sus adláteres, se ha dirigido hacia el interior de la manada, donde están las crías de esta temporada, todas muy pequeñitas y graciosas, aunque muy asustadizas. Sus mamás los han aceptado, creo que por sumisión debida a la hembra Beta, o mamá suprema, y han pedido a sus crías que se dejen acariciar, aunque no es algo que agrade especialmente a estos pequeños. Ha sido una escena muy tierna. Sin ningún incidente digno de reseñar, el grupito de omeguianos ha salido del perímetro que ocupa el rebaño, y ahora, ya suficientemente alejados, podemos restablecer la conexión para que todos nos expliquen sus impresiones.

-Aló, aló, Alierina. Restablecemos la conexión para que compartáis con nosotros vuestras impresiones.

-Ni aló ni leche de caeros, Arminidio. Que he estado escuchando tu estúpida narración. Ya sabía que te ibas a aprovechar, por lo que no me he desconectado. Ya hablaremos tú y yo. En compensación por tu caduco sentido del humor te pido, mejor dicho, te exijo, y te doy de tiempo hasta la semana que viene, y ya es mucho tiempo, que organices un programa especial, bien una visita a las montañas Negras para conocer a los granjeros rebeldes, o bien al palacio de HDM-24, una visita guiada por Ermantis. Y aprovecho para dejar bien claro que no nos hemos acostado, como dicen las malas lenguas, pero anuncio que sí nos acostaremos en cuanto termine el programa o dejaré de llamarme Alierina.

-Por todos los dioses de nuestros ancestros, a quienes adoraban antes de que llegara el Mesías de Omega, admito mi culpa y acepto el castigo, pero es muy poco tiempo para organizarlo todo.

-Admito que la visita a las Montañas Negras será difícil de conseguir, ya que el permiso de “H” es muy complicado y necesitarás más tiempo, pero la visita a su palacio es pan comido. Por ahí no paso.

-Lo intentaré, te lo prometo, a cambio de tu perdón incondicional. Y ahora, ¿por qué no nos contáis vuestras emociones?

-De acuerdo, que comience Rosindra, luego seguiré yo y después Elielina y todos los demás.

-Bueno, para mí ha sido una experiencia más. Me gustan especialmente los caeros, por lo que, siempre que puedo, pido hacer de guía para visitar a estos encantadores animales. El zoo de Vantis es enorme y las especies animales que contiene muy numerosas. Todas ellas son dignas de atención y muy interesantes. Mi preferida, tras los caeros, son los kooris, a quienes visitaremos a continuación. Les advierto que son tan juguetones y atolondrados que deberán tomárselo con humor o alguno sufrirá un síncope. En cuanto a los caeros, mi primera visita ocurrió hace algunos años, no sé cuántos, porque llevo ya muchos como guía del zoo. Por cierto, Arminido, que yo también te he estado escuchando. Me parece muy mal que hayas desvelado, para los holovidentes, un secreto que muy pocos conocían. En compensación, como ha hecho Alierina, te pido, mejor dicho, te exijo, que forme parte de los invitados que vayan al palacio de HDM-24. Quiero pedirle en persona que nos deje viajar, a la expedición, por los planetas más señalados del cuadrante. Estoy muy interesada en la fauna y la flora de esos planetas, así como otros miembros de la expedición lo están en otros temas, especialmente los historiadores están dispuestos a morir en el intento para conseguir toda la documentación que puedan en los archivos de esos planetas y no solo lo referente a la brutal agresión noctoriana que sufrieron nuestros antepasados.

-Pobre de mí, pobrecito. Todos son exigencias. Pues bien, yo también pongo una y no admite componendas. A cambio pido, exijo, que aceptéis mi invitación a cenar. Una cena ecológica donde vosotras digáis.

-Creo que Rosindra estará de acuerdo conmigo. Aceptamos con la condición que esté presente un robot guardián. Todo el mundo sabe que eres un seductor de pacotilla, Arminido. No nos fiamos de ti. No nos tocarás un pelo de la ropa sin nuestro permiso.

-Hecho. Pero Rosindra no ha terminado de contarnos su experiencia con los caeros…

 

viernes, 6 de agosto de 2021

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD XIII





Me desperté con una sensación rara. No era un sueño inquietante o una pesadilla angustiosa, ni siquiera la sensación de haber recordado algo que antes no estaba ahí. Me costó situarme, estaba en la casa de Dolores, en horizontal, tardé en comprender que me encontraba en su cama. Pero no podía verla. Comprendí que miraba hacia el techo, boca arriba. Giré la cabeza hacia mi izquierda y allí estaba ella. De costado, vestida, con los pechos fuera del vestido, dormía apaciblemente. Me dolía la cabeza, sentía el estómago revuelto. En realidad tenía ganas de vomitar. Cuando lo comprendí salí disparado hacia el servicio que tardé en encontrar. Llegué justo a tiempo para echar la vomitona en el retrete. Me di una ducha con agua fría y solo al salir y secarme la toalla fui consciente de que no me había desvestido, ya estaba desnudo, lo había estado en la cama. Me sentía muy confuso. Regresé a la cama y los recuerdos comenzaron a volver. Muy revueltos, muy extraños. Comprendí dónde me encontraba, cómo había llegado, los episodios más relevantes que me habían sucedido, y sobre todo lo que más me estaba afectando. Me había quedado amnésico tras el accidente y solo muy vagos recuerdos de mi pasado, la mayoría obtenidos en sueños, podían ser tenidos en cuenta, no del todo, porque no había seguridad alguna en que fueran ciertos. Al parecer había sido un gigoló, puede que fuera español, aunque ningún hilo conductor podía explicarme cómo había llegado hasta allí, por qué hablaba inglés de manera tan perfecta, al parecer, porque nadie había notado nada especial en mi pronunciación y acento. Había tenido un accidente cerca de Crazyworld y buscando ayuda me había quedado encerrado aquí de por vida, al menos eso era lo que me había dicho Jimmy El Pecas, el bufón más ridículo que había visto en mi vida, mi corta vida, porque solo recordaba tres días. Me había despertado entre los colmillos de Kathy, nunca mejor dicho, y pronto pasé a ser absorbido por su sexo que desprendía una especie de jugo capaz de atrapar toda clase de moscas, mosquitos y moscardones, sintiendo una especial atracción por los penes, a los que podríamos calificar de lombrices, por ejemplo. Había conocido a todos los pacientes de aquel endemoniado psiquiátrico para millonarios y para rematarlo todo se había producido el asesinato del director. El doctor Sun nos había encargado a Jimmy y a mí encargarnos del caso, como dos detectives de novela. Había pasado la noche anterior con la preciosa Heather y ahora estaba con Dolores en su cama, tan grande que podía con los dos y aún sobraba un poco de sitio. Sí, todo eso lo había recordado al despertar, pero la verdad es que nada encajaba y no tenía nada que contraponer puesto que mi memoria me estaba jugando una mala pasada. ¡Bonito panorama!

Miré otra vez a Dolores, luchando contra la tentación de tocar sus pechos y lamer sus pezones. Entonces ella abrió un ojo, como en un guiño extraño, como si me estuviera diciendo que podía leer mis pensamientos. Luego el otro y una sonrisa pícara asomó a su boca.

-Juraría que ya has vomitado y que la cabeza está a punto de explotar en mil pedazos. ¿Me equivoco?

-No, no te equivocas. Tengo el cuerpo tan revuelto que no sé si es mío.

-Eso es consecuencia del resacón. Espera que te traigo un mejunje para la resaca que ya tenía preparado, porque sabía que no me ibas a decepcionar.

-Oye, Dolorcitas, querida. ¿Cuántas horas hemos dormido?

-Toda la tarde. Ya está cayendo la noche. Nunca mejor dicho, porque en Crazyworld todo cae sobre nuestras cabezas. Casi siempre sin avisar.

-Perdona, pero no recuerdo haber venido a la cama por mis propios pies. ¿Cómo lograste arrastrarme hasta aquí, subirme a la cama y quitarme la ropa?

Dolores sonrió de oreja a oreja.

-Arrastrándote, por supuesto, ¿no pensarás que puedo echarte sobre mis hombros y llevarte como un saco? Lo que más me costó fue subirte a la cama, no quieras saber cómo me las ingenié para conseguir que ese corpachón descansara en el lecho. Lo más agradable fue desprenderte de tu ropa. No pienses que me aproveché de las circunstancias, lo haré ahora, en cuanto te traiga el mejunje.

Y se alejó a paso lento, mientras yo intentaba recapitular todo lo sucedido, buscando el menor sentido que pudiera dar coherencia a la pesadilla que estaba viviendo. Entonces recordé a Jimmy y me pregunté si no habría perdido el walkie talkie. Confié en que estuviera en algún lugar del apartamento de Dolorcitas. Era curioso pero a pesar de recordar cómo me había golpeado por sorpresa, dejándome maltrecho, no sentía el menor resquemor hacia él. Era como si aquello hubiera sucedido muchos años atrás, en alguna etapa perdida de mi vida. Me pregunté qué estaría haciendo, si se habría producido otro asesinato y si me habría llamado mientras yo estaba grogui. Dolores llegó con un gran vaso de un mejunje de color indefinible y me obligó a beberlo de un trago. Sentí que todo se revolucionaba en mi interior, buscando la salida. Salí disparado al retrete y vomité hasta que un gran vacío se hizo en mi interior. Un último vómito espasmódico me convenció de que ya no había nada más que echar. Unos hilillos de baba ácida quedaron colgando de mi boca. No sé cuánto tiempo permanecí allí hasta que logré recuperarme lo suficiente para arrastrarme de nuevo hasta la cama. Me sentía muy mal pero poco a poco me fui recuperando hasta comenzar a sentirme bien, cada vez mejor. Dolores no estaba allí, seguramente se estaba dando una ducha, o mejor, un baño, y no en el retrete donde había vomitado, porque allí no había bañera. Sí, con seguridad era un baño, porque tardaba mucho. Al fin apareció en la puerta del dormitorio, desnuda, como una de esas bellezas cárnicas de Rubens. Me pregunté cómo sabía yo quién era el tal Rubens y que era pintor. Los recuerdos parecían continuar aflorando, gota a gota, pero sin pausa. Sentí un violento deseo hacia Dolorcitas y me pregunté si además del mejunje anti resaca no habría echado también algún potente afrodisiaco. Aparte la mirada y me encontré con un televisor muy grande que parecía reflexionar sobre una mesa, frente a la cama y que aún no había visto o sido consciente de verlo.

-¿Os dejan ver la televisión? No he visto ningún televisor en el pabellón de los pacientes.

-Sí podemos verla, aunque con canales limitados, la censura de Mr. Arkadín es tan ridícula como gazmoña. También tenemos Internet, aunque tan bloqueado y censurado que no sirve para nada. No podemos utilizar el correo electrónico ni hacer comentarios en ninguna página, todo está bloqueado. No sirve de nada y pocos lo utilizan. Los pacientes no tienen acceso a la televisión ni a Internet. Una vez a la semana se les deja ver una película, escogida para que ninguna escena se les atragante.

Se acercó a la cama y con mucho cuidado se tumbó en ella. Se puso de costado con cierta dificultad y me abrazó con ganas, con muchas ganas. Su boca buscó la mía y la absorbió, incluida la lengua. Una de sus manos hurgó en mi entrepierna y masajeó todo lo que quiso. Una gran cantidad de sangre se trasladó a mi miembro que sufrió una tremebunda erección, bastante dolorosa. Ella no perdió el tiempo, maniobrando para introducirlo entre sus labios y se pegó aún más a mí, hasta lograr introducirlo del todo. Era una cueva muy acogedora y muy húmeda, un jugo resbaladizo se desprendió de ella hasta deslizarse entre sus muslos y los míos. Recordé a Kathy y me estremecí. Otra noche como aquella y sufriría un severo infarto.

Era muy agradable sentir su cálida y aterciopelada piel pegada a la mía. La deseaba como había deseado a todas las mujeres que había conocido desde mi llegada a Crazyworld. Eso era algo que no sabía muy bien si podía ser normal o tal vez se tratara de que mi condición de gigoló, me hacía verlas a todas como muy deseables, porque así son los gigolós o porque se trataba de una estrategia propia del oficio, es decir, si te tienes que acostar con una mujer que te ha pagado la prestación, mejor que la desees que no hacerlo a regañadientes. Me pregunté si realmente había sido un tal gigoló en mi pasado y aún conservaba en el subconsciente todas las experiencias y los trucos o la imaginación me estaba jugando una mala pasada, o buena, según se mire. Eso era algo que tendría que meditar con calma, cuando la tuviera. Fui consciente de algo que me había pasado desapercibido hasta ese momento. Después de tomarme el mejunje de Dolorcitas me sentí mucho mejor, pero lo que no advertí es que mi miembro viril, porque los otros miembros estaban en su sitio, había sufrido una erección importante y desde ese momento había permanecido así, como si mi deseo por Dolores fuera tan natural que resultara imposible, en su presencia, mantenerse quieto y pacífico. Eso me hizo sospechar algo que me turbó un poco. ¿Y si había echado algún tipo de afrodisiaco en la bebida contra la resaca? Me hubiera gustado seguir analizando esa posibilidad más detenidamente, pero no pude porque el cuerpo de Dolores se movía ya a buen ritmo. Sus brazos sujetaban el mío con tanta fuerza que no hubiera podido escapar aunque quisiera hacerlo, que no quería. La sensación de estar dentro de su cueva, que parecía amplia, era tan agradable que me acompasé a su movimiento, hasta que no pude más y la volteé con cierta dificultad hasta ponerme encima de ella. Era un mullido y amplio colchón, con un pubis extenso y muy boscoso. Su monte de Venus parecía una duna, cálida, suave, muy receptiva a mis envites, que cada vez eran más y más galopantes y salvajes, como si hubiera perdido el control. Lo que ciertamente parecía verdad, a juzgar por mi deseo de penetrarla hasta el fondo y con ritmo ansioso, casi angustioso por mi necesidad de explotar cuanto antes para librarme de aquel dolor, generado por toda la sangre que seguía acudiendo hasta el pene desde cualquier lugar de mi organismo que la tuviera, lo que había engrosado y alargado el miembro hasta casi descoyuntarlo.

Los gemidos y hasta grititos que exhalaba Dolorcitas me decían que lo estaba haciendo bien y ella disfrutaba casi tanto como yo lo hubiera hecho sin aquel molesto dolor. Bajé mi cabeza hasta encontrar sus labios. La besé retorcidamente como intentando taparle la boca. Me hubiera gustado, y mucho, dedicarme a sus pechos, pero eso no era posible, porque me habría llevado mucho tiempo, y yo necesitaba explotar cuanto antes. Lo que conseguí al fin, sintiendo un enorme alivio. Ella en cambio continuaba moviendo sus caderas, como si quisiera más y más, hasta que exhaló un grito contundente y se relajó. Se estaba bien en su cueva y sobre el mullido colchón de su cuerpo, pero cuando noté que mi pene seguía erecto y retorciéndose como en un ataque epiléptico, me asusté y me retiré un tanto bruscamente. Me coloqué a su lado, boca arriba. Ella se movió hasta lograr colocarse de costado y me abrazó con demasiada fuerza.

-No sabes cuánto lo necesitaba, cuánto, cuánto. Me has hecho muy feliz. Ya sé que hay otras mujeres en Crazyworl, muchas, y todas más deseables que yo. Pero me gustaría que me prometieras que me vas a visitar al menos una vez a la semana, o si no puede ser, cada quince días, pero de ahí no bajo.

-Te lo prometo, Dolorcitas. Ha sido muy, muy agradable. Tengo que hacerte una pregunta, si no quieres no contestes. Juraría que me has puesto algún afrodisiaco en el mejunje. Estaba demasiado hecho polvo para alcanzar esta erección, que aún continúa.

-No te voy a engañar. No hubiera soportado que te rajaras. No sabes cuán necesitada estaba.

Y para confirmarlo o reafírmalo, echó mano a mi pene, que seguía erecto, y lo masajeó, como dándole las gracias. Hablamos cariñosamente de varias cuestiones hasta que de pronto dejé de escucharla. Me había quedado dormido sin más. El agotamiento que llevaba conmigo desde mi llegada era una disculpa que ella debió aceptar, aunque sólo por un tiempo. Me desperté porque notaba algo moviéndose por mi cara. Era la lengua y la boca de la mujer. Mordisqueó mi oreja y me susurró frases muy cariñosas, tanto como una amante le susurraría a su parejita. Su necesidad de cariño era más que evidente. Noté que el miembro viril continuaba erecto y así había estado, seguramente, durante mi sueño. No necesitaba precalentamiento, pero decidí calentar porque me apetecía. Esta vez sí que me dediqué sin prisas a sus pechos.

Cuando culminamos yo también estaba muy cariñoso, no tanto que el agotamiento no me hiciera quedarme dormido otra vez. Eso ocurrió puede que dos veces más, luego ella me dejó dormir sin molestarme. No tuve sueños, el agotamiento me hundió en un pozo sin fondo. No pensé en nada, y eso fue lo que gané.

martes, 20 de julio de 2021

EL DOCTOR SUN, DISCÍPULO DE JUNG VII

 





El doctorcito se ha enfadado mucho conmigo. Al parecer le he extraviado una de sus historias clínicas. Ya sé que el alcohol me sienta muy mal, pero a pesar de ello insisto, erre que erre. Ahora tendré que buscarla. En realidad ya lo estoy haciendo. Aún no la he encontrado, pero sí mi perdida agenda de investigación sobre la veracidad de mis sentimientos empáticos. Ni siquiera me acordaba ya de ella, lo que no me sorprende porque mi vida es un caos y mi memoria la de los demás, lo mismo que mi vida. Ahora sí recuerdo que la comencé antes de convertirme en paciente del doctor Sun. Les parecerá extraño pero necesito como el agua saber si mis sentimientos empáticos son reales o no. Si se trata solo de fantasías mi patología aún puede tener arreglo. No así en el caso de que capte realmente los sentimientos ajenos, en ese supuesto mi enfermedad sería crónica y sin remedio. Como no puedo saber la realidad de los sentimientos de los otros, ni aunque me lo dijeran, porque todos son unos mentirosos, la única forma de comprobarlo es investigar sobre su vida, por los hechos los conoceréis. Eso supone un trabajo ímprobo, pero mientras investigo las crisis de empatía no son tan intensas.

Imagino que le hablé de ello al doctor Sun en alguna sesión de terapia y hasta puede que le entregara la agenda voluntariamente, para que él la estudiara, aunque tampoco me sorprendería que se la apropiara subrepticiamente. Su obsesión por el subconsciente colectivo es la peor de las patologías posibles. Si lo sabré yo, que cuando tengo una crisis empática sobre él y su obsesión me vuelvo tan paranoico que me mordería el rabo si lo tuviera, como los gatos…Jajá, me disculparán pero ahora sufro una pequeña crisis de empatía, pensando que mis lectores habrán interpretado mis palabras con perversidad manifiesta. Sí ya sé que tengo que algo que algunos llamarían rabo, pero no me refería a eso. La agenda estaba tan guardada que si no hubiera buscado el expediente perdido tan exhaustivamente jamás la habría encontrado. Estaba escondida, no tengo la menor duda. No sé si porque el doctor Sun se asustó porque mis investigaciones sobre su vida han llegado muy lejos o simplemente porque piensa que semejante tarea me perjudica. Debe hacer ya mucho tiempo que no la realizo, porque ni siquiera me acordaba.

He repasado la agenda con mucho detenimiento. Solo abarca unos años atrás, por lo que deduzco que debe existir otra agenda anterior, o tal vez varias. No pararé hasta encontrarlas, si tengo que abrir su caja fuerte, lo haré, aunque tenga que empatizar con un ladrón de cajas… Me acabo de acordar que entre los pacientes del doctor Sun hay un cleptómano, un ladrón de guante blanco. He visto su expediente en alguna parte y creo que le he visto en la consulta alguna vez. Solo tengo que visualizar su cara y ya está, seguro que él ha pensado en abrir la caja fuerte que está a la vista de todos en su consulta, debe pensar que nadie es tan bueno para conseguir abrirla. Es tan tonto que creo que podría abrirla recordando sus fechas emblemáticas, no su cumpleaños, que nunca celebra. Ese será el plan B, si falla el A.

He repasado toda la agenda, de la A a la Z. De algunas anotaciones me acordaba, de otras no. Antes de conocer al doctor Sun y formar parte de su staff, como paciente y como factótum, yo vivía a salto de mata. No sé cuántos años tengo, en mi cabeza se juntan las edades de todos aquellos que han causado mis crisis empáticas. Si me dejara llevar, lo mismo tendría los ochenta años del anciano con el que hablé una vez en un parque, que los diez años del niño que jugaba con otros en un campo de futbol. Cuando me miro al espejo a veces me encuentro joven y otras mayor, todo depende del estado de ánimo de ese día. En una letra, que tal vez sea la inicial de mi nombre, que no recuerdo, encuentro un esquema de lo que ha sido mi vida, con muchas interrogaciones, porque seguro, seguro de algo, no lo estoy al cien por cien. El esquema es corto. Unas descripciones de mi mamá, con muchos interrogantes también. Al parecer debió abandonarme en algún momento de mi infancia, algo que no es seguro porque en la temática de mis crisis empáticas, que aparece en la T de temática, las crisis debidas a furibundas empatías con los huérfanos son muy numerosas, no sé por qué, no creo haber conocido a tantos huérfanos, pero quién no ve una película o una serie en la que no aparezca algún huerfanito o una mamá desalmada, o lee una novela que describe con pelos y señales las grandes tragedias de la vida, entre las que se encuentra, como una de las peores, haber perdido a tus progenitores, y ruego que se me perdone por el pareado no buscado. En la M de mamá, subrayo, como datos seguros, entre otros, el que tuve una mamá y que estuve a su pecho, con gran delectación por mi parte, el tiempo que se considera normal en estos casos. Las crisis empáticas con los pechos de las mujeres, son las más numerosas, y no pueden deberse a incidencias de haber visto pechos desnudos de mujeres, que he visto pocos o ninguno, ni siquiera en las películas porno, a las que no soy nada aficionado. Como creo que no he sido aún desvirgado –algo que tampoco es seguro debido a mi empatía con desvirgados y desvirgadores- las crisis empáticas referidas a los pechos de las mujeres solo pueden proceder del amamantamiento a los pechos de mi madre. Se lo he comentado al doctor Sun en una de las primeras terapias y me ha dicho que solo puede ser una de mis típicas fantasías, un delirio, puesto que nadie recuerda etapas tan tempranas de la vida. Creo que no tiene razón, porque solo la hipocresía, la beatería social, puede explicar el bloqueo de nuestros primeros recuerdos que son los más intensos y los más deleitosos, al menos en una vida normal.

Doy como cierto que tuve mamá, que me abandonó, que tuve papá aunque no llegué a conocerlo y creo que ni siquiera me abandonó porque debió limitarse a plantar la semilla y salir corriendo. También doy como cierta mi estancia en un orfanato, entre otras cosas porque logré hacerme con unos certificados que así lo certifican y que tengo guardados en una carpeta, escondida bajo mi cama, en mi dormitorio, bajo una baldosa que se mueve dejando ver un hueco entre dos vigas de hormigón, a lo ancho, y un precioso hueco entre nuestro piso y el de abajo. Allí guardo todos mis tesoros y allí irá a parar esta agenda en cuanto eche un buen vistazo a las anotaciones. Estará a salvo porque el doctorcillo nunca entra en mi dormitorio, no sé si es por una cuestión supersticiosa o porque me tiene miedo, algo que no descarto. De todas formas sujeto la baldosa con unos trozos de cartón introducidos en los intersticios, sobre los que pongo un poco de masilla seca, que da el pego. Si alguien entrara en mi dormitorio, lo que dudo, porque el doctor Sun no lo hace, Rita la enfermera tampoco porque a pesar de su curiosidad morbosa, pillada en su antiguo empleo de portera, no me soporta por mi patología empática, que a ella le parece algo demoníaco, por lo que ha encargado a su antigua colega, la portera del portal de al lado, a la izquierda, que limpie y ordene mi habitación cada quince días, lo que hace cada vez con menos entusiasmo, al notar que yo nunca me quejo, haga lo que haga, acaba por pasar el plumero de cualquier manera y la fregona cuando hay alguna mancha en el suelo, luego se marcha y san se acabó. Nadie más entra en el piso, salvo los pacientes, que bastante tienen con soportar el asalto del doctor Sun a su subconsciente. A veces he escuchado ruidos sospechosos en el dormitorio del doctorcillo por la noche, como si tuviera una amante en su lecho, pero me temo que eso puede ser producto de alguna crisis empática, porque no puedo evitar pensar en él ya que convivo en su mismo piso todos los días. Por cierto que me acabo de acordar de que le hablé de mi supuesto papá, como si hubiera convivido con él, cuando parece claro que no fue así. Tomo un bolígrafo rojo de la taza de té de su despacho, hecha por encargo, que dice “yo soy el subconsciente colectivo”, y pongo un gran signo de interrogación en la línea que habla de que fui abandonado por mi papá tras colocar la semilla.

Abandono el análisis de mi pasado, un puzle cambiante a cada momento, y observo el resto de las anotaciones, deprisa, de algunos nombres ni siquiera me acuerdo, rostros informes entrevistos en algún recodo del camino. No entiendo mi afán por deducir lo que es real de lo que no lo es. Estoy obsesionado por saber cuánto de cierto hay en mis crisis empáticas. Lo que no es cierto es un delirio. Pero sé muy bien cómo son los delirios de los otros pacientes, los he visto en sus historias clínicas. Nada que ver con los míos, puras fantasías que ellos transforman en realidad por un momento. Me gustaría poder ser normal…mejor dicho, no, no lo soportaría, no podría vivir como viven ellos. Llego sin darme cuenta a la S de Sun y observo sin prisa todas las anotaciones. Un análisis meticuloso de mis crisis empáticas con él. Punto por punto he intentado confirmar lo que sé o creo saber de él, desde la historia que más cuenta, su supuesta valentía para decirle al mafioso que su enfermedad procede de sus asesinatos. ¿Cómo se puede saber si algo así es cierto? Veo números de teléfono y llamadas a Sicilia. Me pregunto con quién he hablado y cómo, porque no sé ni papa de italiano o siciliano, al menos que yo sepa. Hablo sobre búsquedas en Internet para documentarme sobre la mafia siciliana. Cuando me pongo soy muy exhaustivo. Hasta tengo anotado un certificado de doctorado en psiquiatría que no he podido comprobar porque la universidad que lo ha expedido no quiere saber nada de mí, más cuando les digo que soy un paciente suyo. Si sobre su pasado no he podido adverar nada, su presente es aún más misterioso. A pesar de haber seguido sus pasos muchos de los días que sale, que no son tantos, me da el cambiazo a las primeras de cambio, como si temiera que lo vigilaran y siguieran. Hasta se ha metido en el metro, como uno más, cuando él es el gran doctor Sun, el único ser humano del planeta que intenta confirmar de una vez por todas la existencia del subconsciente colectivo.

viernes, 9 de julio de 2021

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XIV




-Así es. Nuestra anfitriona Elierina ha solicitado y obtenido permiso para bajar hasta los caeros y acariciar sus peludas testudes. Nuestra amable y bella guía, Rosindra, ha accedido sin dificultades, porque como nos ha contado, es muy común que los visitantes del zoo quieran socializar con los animales que visitan. Desde hace ya bastante tiempo el zoo dispone de unos artilugios fabricados por “H” que instalados a la altura de la barriga, sujetos por un cinturón, se activan automáticamente cuando los sensores detectan movimientos o gestos que anuncien una posible agresión y de esta forma se forma una barrera protectora de rayos omega, que al parecer sirven para todo. ¿Existe algún peligro, querida Rosindra, de que bajemos a tierra y nos enfrentemos a estos monstruosos caeros, que por muy pacíficos que sean, la verdad es que dan un poco de miedo?

-Adorada Alierina –soy tu fan desde hace mucho tiempo- tienes mi palabra de que no hay el menor peligro, aunque no tengas mucha confianza en “H” la experiencia es incontrovertible, desde que viene sucediendo el contacto directo, no solo con los caeros, si no con el resto de animales del zoo, nunca, nunca hemos tenido el menor problema, y eso que la mayoría de visitantes aceptan esta aventura, salvo los miedosos o medrosillos, que haberlos hay. Por cierto, querida amiga, que me gustaría formar parte de la excursión al palacio de “H” que parece hoy no será posible, cuando lo sea, como le has prometido a tu amable anfitriona.

-Hecho, amiga del alma. Hoy no será posible, no porque nuestra amable IA no haya accedido a ello, si no porque el tiempo de que disponemos es limitado y el zoo tan grande que tendremos que renunciar a ver a algunos animales. Ya hemos prometido dedicar un programa al Mesias de Omega, me comprometo a dedicar otro a esa visita a la mayor brevedad posible, empeño en ello mi palabra.

-Sé que abuso de tu paciencia, pero me pregunto si no podrías entrevistara Ermantis, ese jovencito que vino de las Montañas Negras y se ha convertido en el preferido de “H”. En ese caso me harías un gran favor si me lo presentaras. Se dice que ya tenéis una buena relación.

-¡Será posible! Esto se ha convertido en un bulo insufrible. Todo el mundo parece dar por hecho que él y yo somos amantes, cuando en realidad solo nos hemos visto tres o cuatro veces y todas porque estoy intentando que haga de guía del programa que venimos preparando desde hace tiempo sobre los granjeros rebeldes. Es cierto que hay entre nosotros feeling, lo que no es extraño porque los dos somos jóvenes y ambos somos un poco reticentes a todo lo que procede de “H”, pero de ahí a dar por supuesto intimidades que aún no se han producido hay un largo trecho. Hecho también, si conseguimos su participación en el programa más complicado de producir hasta la fecha, te lo presentaré, pero ahora dejemos eso de lado y bajemos hasta esa manada de caeros. Voy a pedirle a Arminido que haga de locutor de la aventura, aunque sé muy bien que se aprovechará para ponerme en entredicho, porque me va resultar un poco difícil narrarlo yo en persona. No tengo inconveniente en confesar que me da un poco de miedo acariciar la testuz de esos enormes animales.  ¿Estás listo, compañero?

-Lo estoy, desconfiada compañera, seré un narrador objetivo y sabes muy bien que mi afecto hacia ti me impedirá cualquier broma o parodia. ¿Estáis listos?

-Lo estamos.

“El vehículo de nuestros anfitriones está descendiendo con lentitud para posarse en el suelo, cerca de la manada de caeros que están viendo. Como es silencioso y estos animales están más que acostumbrados a las visitas, su reacción está siendo de lo más pacífica. Se han limitado a elevar la testuz y mirar lo que tienen sobre ellos, para luego desentenderse y seguir paciendo. Se abre la puerta del vehículo ZO-10 y en primer lugar desciende la simpática guía Rosindra, con su uniforme de trabajo que tanto realza su figura. Un vestido color cielo, con faldita corta que ha permitido apreciar sus hermosas piernas, tan bien torneadas…

-Que te estoy escuchando, Arminido, como digas algo semejante de mí, te voy a capar.

 “Pido perdón, me he dejado llevar por el impulso. No te preocupes Alierina, que con tu precioso mono de trabajo, color verde pasto florido, no se pueden apreciar tus piernas. Por cierto que en segundo lugar desciende nuestra intrépida reportera, seguida de nuestra anfitriona y a continuación, y en último lugar, su silencioso esposo. No queda nadie más porque la gerencia del zoo ha tenido la deferencia de facilitarnos el vehículo en exclusiva para el programa, que habitualmente está ocupado por unas dos docenas de ciudadanos de Vantis o de omeguianos de todos los puntos del planeta.  Rosindra se pone en cabeza y el pequeño grupo avanza con paso pausado hacia el lugar que ocupa la que parece ser la madre guía del rebaño. Luego nuestra tertuliana Artemoisa, profesora de ciencias biológicas, nos hablará de los caeros, su vida y costumbres, anatomía, morfología y demás. Pero eso será luego, porque no queremos perdernos el fin de esta atrevida aventura.

“Caminan en fila y se van acercando a la líder de la manada. Parece buena idea empezar por la que manda, antes de intentar acariciar a otras caeros y mucho menos a sus crías. Parece que Rosindra será la primera en acariciar la testuz de la líder de la manada. Para ello tendrá que estirarse o tal vez hacer que la caeros baje la testuz. Como lo ha hecho ya muchas veces con otros visitantes, no tendrá que pensarlo mucho, le bastará con seguir el protocolo. Es posible que el animal ya conozca su olor. Eso se lo preguntaremos luego a nuestra tertuliana. Los demás se van quedando rezagados, puede que sea el miedo, la desconfianza, la superstición de que a ellos sí les puede pasar algo que no les ha pasado a miles y miles de visitantes anteriores. Tenemos a varios drones tomando imágenes desde diferentes perspectivas y también la cámara de Alierina nos muestra una imagen a ras de tierra. El momento crucial se va acercando. Rosindra está ya a un paso de la testuz, alarga la mano, deja que la caeros la huela, ésta baja ligeramente la testuz. La mano se acerca, se va acercando… 

domingo, 20 de junio de 2021

EL DOCTOR SUN, DISCÍPULO DE JUNG VI

 






Lo sé, lo sé, sé muy bien que el alcohol me sienta fatal, aunque el escocés es el licor menos malo entre todos los licores que conozco. El mueble-bar del doctorcito está repleto, luego dice que no bebe, que es solo para las visitas y los pacientes que necesitan un pequeño estímulo para romper a hablar. A mí no me engaña, él no sabe que le espío con mucha discreción y me consta que de vez en cuando se arrea un buen lingotazo, especialmente cuando está bajo de ánimo. También me consta que estos bajones anímicos se deben en buena parte a su condición de soltero y solo en la vida. Necesita una mujer a su lado, y no precisamente Rita la portera, una solterona amargada, como suelen llamarlas los machistas. Intento pensar en ella lo menos posible para evitar ataques empáticos. He dejado también de ironizar al respecto con el doctor Sun porque el pobre se pone muy malito, y yo más. Al principio de nuestra convivencia me gustaba mucho sacar el tema porque así podía empatizar con él, disfrutando de sus fantasías. Se le ponía tal cara de bobo que la empatía brotaba en mí sin tener que forzarla lo más mínimo. Confieso, aunque eso nunca se lo he dicho al doctorcito en ninguna sesión, que a veces me gusta empatizar con hombres que se están regodeando con fantasías eróticas, es una de las pocas cosas agradables de mi enfermedad y trato de sacarle provecho. No siempre estoy preparado para una empatía intensa, salvo que sufra uno de mis famosos ataques, y debo utilizar algunas técnicas que yo mismo he inventado, diseñado y perfeccionado para estos casos. Habitualmente la empatía me pilla por sorpresa y casi siempre me ocurre con los peores ejemplares de la especie humana que me rodean y en sus peores momentos. Ya es mala suerte, con la cantidad de cosas agradables que tiene la vida, que mi empatía se dirija a lo peor, a lo malsano. Como me dijo el doctorcito en una ocasión, la cabra tira al monte y a la cabra de la mente le gustan los abismos y precipicios. Según él era un dicho oriental, aunque yo creo que se inventa la mayoría de cosas que me dice, achacándolas a gurús o autoridades de toda laya, porque el pobre tiene la autoestima muy baja y eso me hace sufrir mucho cuando empatizo con él.

Lo dicho, que el alcohol me sienta muy mal, pero no puedo evitar arrearme lingotazos cuando me enfrento a situaciones muy emotivas, y la lectura de mi propia historia clínica es de las peores. Cometí el grave error de servirme una segunda copa y eso fue el acabose, porque mi fantasía se lanza a darse cabezazos contra las paredes, o dicho de otra forma, le pide a la memoria que le traiga un buen surtido de recuerdos, como esas galletas surtidas de los supermercados, y me pongo a comer, picando aquí y allá hasta vomitar. Recordé un episodio ocurrido por la mañana con Rita, otro con un paciente de la tarde, que sufría un trastorno de la personalidad, llamado al parecer Cluster A, del que yo no tenía la menor idea, así que me puse a buscarlo en Internet y como me ocurre siempre que utilizo este veneno psíquico para mí, como lo llama el doctor Sun, sufrí un pequeño ataque empático. Me tiene prohibido utilizar internet, mi ordenador personal no está conectado y el del doctor tiene una contraseña que aún no he logrado descifrar, me vi obligado a utilizar el que Rita tiene en su portería, aprovechando que había salido a hacer algunos recados. Hoy en día hasta las porteras tienen ordenador y todo tipo de artilugios modernos que manejan con especial habilidad para transmitirse los cotilleos vía redes sociales, especialmente lo que llaman twitter, que al parecer viene a significar el piar de los pájaros en inglés, lo que describe bastante bien el bosque virtual repleto de cotilleos, donde cada pajarito o pajarraco pía o grazna como Dios le dio a entender. Dicho esto sin ninguna animadversión hacia esta red social que apenas conozco y que nunca he usado porque como bien dice el doctorcito es puro veneno psíquico para mí, y más aún los cotilleos de las redes sociales que podrían producirme un ataque tras otro hasta llegar al colapso.








Todo esto para decir que utilicé el ordenador de Rita y busqué este trastorno de la personalidad. Que me perdone la doctora Danielle Gerardino, psiquiatra, por haberme apropiado de un breve resumen que encontré en Internet y que transcribo aquí porque de alguna manera tengo que explicar el trastorno que sufría el paciente de esta mañana y que me provocó un ligero ataque, cosa de poco.

Cluster A

Dentro del primer cluster, podemos observar aquellas estructuras de personalidad que tienden a hacer episodios o trastornos psicóticos (ver psicosis). Son personas retraídas, aisladas, desconfiadas, excéntricas y con creencias raras, variando entre estas características de acuerdo al tipo. Este grupo está conformado por:

· Trastorno paranoide de la personalidad: Son personas desconfiadas en exceso, de pocos amigos, creen que todo aquel que se les acerque lo hace con una intención oculta, viven pendiente de su entorno, no manifiestan información sobre ellos porque creen que puede ser usada en su contra, se les dificulta realizar vínculos afectivos reales siendo solo los familiares en la mayoría de los casos sus únicos allegados. Pueden tener ideas reiterativas relacionadas con robo de sus pertenencias e inclusive no toleran bien los obsequios o favores.

· Trastorno esquizoide de la personalidad: Se dice que en muchas ocasiones, corresponde a la personalidad más cercana a la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos crónicos. Las personas con este tipo de estructura son muy aisladas y viven sin ningún tipo de interés en las otras personas. Para ellos el mundo puede ser vivido sin la ayuda de nadie más por eso presentan dificultades laborales, vinculares, muy rara vez consiguen pareja e inclusive, buscan trabajos aislados.

· Trastorno esquizotípico de la personalidad: son raros, excéntricos, tienen creencias muy extrañas y particulares. Su sexualidad tiende a ser ambigua con preferencias poco comunes. También tienden a ser aislados, poco conversadores, con serias dificultades relacionales tanto con extraños como familiares. De los tres tipos, este es uno de los más difíciles de observar en la población.



También me interesé por el cluster B, que copio aquí del blog de un tal Jacint Peris Roig médico psiquiatra.

En este capítulo, clase o clúster están las personalidades Antisocial, Límite, Histriónica y Narcicista.



A parte de la impulsividad e inmadurez comparten rasgos comunes. Por ello hay que definir en una corta frase su objetivo principal para poder entenderlos:

1. La personalidad Antisocial se caracteriza por tener como objetivo el dominio del otro por la fuerza.

2. La personalidad Límite tiene por objetivo principal el no sentirse abandonado por el otro.

3. La personalidad Histriónica busca con desespero llamar la atención.

4. La personalidad Narcicista busca ser admirado.

Y termino con el cluster C, creo que no hay más, también de la bella doctora Gerardino, a la que no puedo empatizar de otra manera que como una bella mujer, que me perdonen las feministas.

Cluster C:

En este grupo de pacientes tenemos a los llamados ansiosos y temerosos. Se caracterizan por presentar dificultades relacionales y poseer necesidades permanentes de cuidado. Está conformado por:

· Trastorno por evitación: Son personas con tendencias francas a aislarse de situaciones que puedan conllevar riesgos tanto físicos como psicológicos (ej.: hablar en público, solicitar información, etc.). Muestran un rechazo permanente a las interacciones sociales precisamente por miedo a ser evaluados negativamente o a recibir críticas. Suelen tener dificultades para trabajar en equipo decidiéndose por trabajos individuales.

· Trastorno por dependencia: Son personas que necesitan de la presencia de otras personas para poder llevar a cabo sus actividades o mantener una rutina diaria. Es frecuente casos de personas maltratadas por sus parejas que dudan poder llevar una vida normal sin ellos o casos de personas que no pueden independizarse del grupo familiar por temor a hacerse cargo de ellos mismos. Se preocupan constantemente por sentirse solos o desasistidos conllevando a numerosos problemas relacionales y laborales. Es frecuente la comorbilidad con el uso de sustancias como el alcohol.

· Trastorno obsesivo: Se caracterizan principalmente por un patrón de inflexibilidad y rigidez hacia factores externos cotidianos. Son personas que difícilmente presentan apego hacia sus allegados, poseen estructuras férreas con sus familias, son poco tolerantes a los cambios y suelen tener dificultades para obtener parejas. Son frecuentes las comorbilidades con otros trastornos psiquiátricos como las depresiones o los trastornos de ansiedad.



No logré averiguar a qué tipo de cluster pertenecía el paciente de la mañana, pero es algo que haré en cualquier momento, revisando su historia clínica, cuando el doctor Sun ronque o salga de casa o se vaya al cine, una de las pocas actividades de ocio que le impulsan a salir al exterior. Y todas estas disquisiciones a cuento del escocés del doctor Sun y de todos los recuerdos que vinieron a mi cabeza, en procesión, provocándome un serio ataque empático que intenté evitar tomándome un somnífero y yéndome a dormir, otro grave error, porque en sueños mi control sobre la empatía disminuye tanto que ni en los sueños lúcidos logro librarme de empatías varias, pero al menos estando dormido no tengo que luchar por controlarme.

Sigamos con mi historia clínica, nada más interesante. Como está fotocopiada no necesito acudir constantemente al archivo del buen doctorcito, lo que acabaría delatándome, algo que de una manera u otra y antes o después terminará por suceder, espero poder convencerle entonces de que nunca tendrá un paciente más interesante y un secretario más activo y cuidadoso. Aún recuerdo cómo Rita la portera ayudó al buen doctorcito a tumbarme en el sofá, donde fui atado con correas. Rita se quedó detrás, sentada en una silla, por precaución y el terapeuta comenzó a interrogar al paciente. Interrogatorio que Sun, con su letra infernal, recogió en mi historia clínica de esta manera:

-¿Hace mucho que le sucede esto que me acaba de relatar?

-Desde niño doctor. Tengo recuerdos de mi etapa de bebé, cuando aún no había sido destetado, y no son precisamente muy agradables. Me ponía en lugar de la teta de mi querida mamá y me daba dentera.

-Se supone que si usted mamaba, querido amigo, es que aún carecía de dientes, de otra forma hubiera sido destetado, por la cuenta que le traía a su querida mamá.

-Disculpe, doctor, mi empatía a veces me juega estas malas pasadas.

-Cuénteme algún hecho empático realmente sorprendente que recuerde de su niñez.

-Hay varios. En cierta ocasión me puse a confesarle mis pecados o pecaditos al cura-párroco de mi aldea. Justo en el banco delantero estaba una guapa moza a la que eché un vistazo detallado, porque a mí, doctor, me gustan las mozas desde niño, casi desde que fui destetado. Jeje. No se enfade, me gusta contar un chiste de vez en cuando para aliviar la tensión. El caso es que noté algo raro bajo la bragueta de mi pantalón y mi pito se puso a cantar como un jilguero. Le parecerá una tontería, doctor, pero nueve meses después la moza que esperaba para confesarse tras de mi tuvo un rollizo bebé, que todos dicen era del cura. Este desapareció de la aldea y nunca más se supo.

-¿Acertaba siempre con sus empatías?

-No, doctor, a veces me equivocaba de medio a medio. Eso me ocurrió con mi papá. Cuando le pedía algo, creyéndole de buen humor, me soltaba un bofetón terrible, porque estaba muy cabreado por algo.

-Eso le demuestra, querido amigo, que sus empatías no eran reales, yo diría que se trataba de pura imaginación, una fantasía vivísima, por cierto. No es sorprendente que terminara en un bucle obsesivo-compulsivo que es la manía más extraña que haya descubierto nunca en mis muchos pacientes. Así no se puede vivir, querido amigo. Esa no es vida para un ser humano. ¿Me permitirá que en la próxima sesión iniciemos una terapia hipnótica? Mucho me temo que ninguna otra tendría efecto en usted.

-Como usted quiera, doctorcito, a cambio le pido que me deje permanecer a su lado, como su sirviente, su secretario, su factótum. Ya no puedo vivir en el mundo, ahora que sé que usted es el único que podría curarme.

Y aquí debo dejarlo, presa de un ataque grave de empatía. Aquel sería un momento decisivo en mi vida y solo de pensar lo que habría sido de mí sin la compasión y generosidad del doctor Sun, se me ponen los pelos como escarpias. Había empatizado tanto con él y con una facilidad portentosa, que nunca había sentido hasta entonces, que de haberme rechazado no quiero ni pensar en mis posibles reacciones, incluso violentas. Peor aún me resulta recordar aquella primera sesión hipnótica en la que llegué a una empatía total, casi mística, yo era el doctor Sun y nunca podría ya dejar de serlo del todo. Necesito un somnífero, tal vez me tome dos o tres, solo el sueño puede permitirme vivir las próximas horas. No soporto esta mísera vida, dependiendo siempre de que la persona con la que empatice sea buena o mala, de que las escenas que recree sean tranquilas y relajantes o tan emotivas que me transforme en un hombre-lobo aullador.

sábado, 12 de junio de 2021

APOCALIPSIS VENTOSO

 


LA PRÓXIMA PANDEMIA (APOCALIPSIS VENTOSO)

Hay escritores que en su tiempo –después de su muerte, claro- fueron considerados como una especie de profetas o videntes porque narraron acontecimientos considerados imposibles en su momento y que años después –tras su muerte, por supuesto- sucedieron como la cosa más natural del mundo.  Se me ocurre el caso, muy conocido, de Julio Verne y el submarino Nautilus de su capitán Nemo. También habrán oído hablar del escritor que tenía un manuscrito en un cajón y que cuando se publicó, durante la famosa pandemia del Covid, muchos críticos y lectores coincidieron en que parecía una auténtica profecía de lo que efectivamente ocurrió. Seguro que se acuerdan porque la pandemia de la que les hablo sucedió no hace muchos años. En aquel momento se elucubró sobre la siguiente pandemia que asolaría a la humanidad. Lo que nadie pudo prever entonces fue que un escritor desconocido y bastante malucho, por emplear un término despectivo que no me hiera salvajemente, porque ese escritor soy yo, el mismo que viste y calza, acertara a describir con tal cúmulo de matices, la próxima pandemia que sufriría la humanidad y que por desgracia ya estamos viviendo todos.

Los hechos escuetos y tan tontos que dan risa fueron los siguientes: En una de las muchas etapas depresivas por las que ha atravesado mi vida se me ocurrió una idea para un relato. La idea era tan delirante que yo mismo la arrinconé en una carpeta de mi ordenador. Seré un escritor malucho y desconocido, pero tengo fama, reducida, por supuesto, de ser el escritor más delirante que ha parido madre. Pero aquella historia sobrepasaba todos los límites, todas las líneas rojas de la imaginación más delirante. En aquella carpeta de mi ordenador vivió durante años el sueño de los justos, hasta que un día, no recuerdo cuál, debido a un episodio que aparece confuso en mi mente, tal vez un simple enfado contra la humanidad, algo que me sucede un día sí y otro también, decidí escribir de una vez aquel relato y librarme para siempre de aquel apestoso olor que desprendía aquella historia. Lo hice, subí el relato a mi blog, donde fue visto por tan pocos lectores que más me hubiera valido leérselo a mis gatitos, ellos me habrían hecho más caso.

Sin embargo por uno de esos azares del destino que me persiguen con tanta malevolencia  como al personaje de mi novela inacabada, El buscador del destino, en cuanto ocurrieron realmente los hechos sobre los que versaba mi relato, un lector despistado llegó hasta mi blog, leyó aquella delirante historia atrasada y le llamó tanto la atención que lo compartió en las redes. De pronto pasé de ser un escritor desconocido y malucho a convertirme en el nuevo Julio Verne de los tiempos modernos. Por suerte había elegido un alias impronunciable, Slictik, y nadie lo pudo pronunciar, ni siquiera los temidos hackers lograron conocer mi identidad que permanece en el más estricto anonimato, ahora y para siempre.

Para que se hagan una idea de si tanta algazara es o no merecida, haré una escueta comparación entre mi relato y la realidad que por desgracia estamos viviendo. En mi historia el nuevo virus se escapaba de un laboratorio militar que trabajaba en la guerra biológica que terminaría con todas las guerras. Se les escapó, no porque no hubieran tomado todas las precauciones posibles, simplemente unos bichitos tan pequeños se acaban escapando de cualquier sitio donde los encierren. ¿Por qué algunos Estados, o todos, o casi todos, continuaron experimentando en sus laboratorios de guerra biológica tras la famosa y terrible pandemia del Covid 19? Es un misterio que ni las mentes más sabias de un futuro distópico podrán nunca dilucidar. El bichito se escapó y se produjo la próxima pandemia que todos esperaban pero nadie imaginó de esa manera. Todos trataron de ocultar la verdad, pero ésta fue tan explosiva que no quedó otro remedio que admitir los hechos. Ahora sabemos de qué laboratorio se escapó el nuevo virus, cuándo, por qué, debido a qué, y sobre todo todos conocemos sus truculentos efectos.

Ni al famoso tonto que asó la manteca se le pudo ocurrir un diseño vírico tan ridículo. En su disculpa deberíamos decir que no quiso matar a nadie y sí terminar con todas las guerras de la forma más humana y menos calamitosa posible. Pensarán que era aún más tonto que el que asó la manteca porque se supone que un país en guerra biológica debe tener un antídoto para los bichos con los que rocían a sus enemigos, pero en este caso el virus se escapó antes del antídoto y eso no es culpa de nadie, antes de tener un antídoto contra un bichito debes tener primero el bichito. Elemental, querido Watson.

Como en mi relato, delirante pero también humorístico, o al menos esa fue mi intención, los efectos fueron tan esperpénticos, tan hilarantes, que la gente tardó en reaccionar, incluso los gobiernos que no dieron la menor importancia a que unos cuantos contagiados comenzaran a ventosear a diestro y siniestro, en público y en privado. Porque este fue el primer síntoma. Lo achacaron a que todo el mundo se había puesto a comer fabada asturiana después de que un experimento científico concluyera que era mucho mejor que la dieta mediterránea. Esto cayó por su propio peso cuando un número estadístico relevante de contagiados no habían probado la fabada asturiana y seguían con sus estrambóticas dietas para adelgazar.

Solo con el tiempo los gobiernos empezaron a preocuparse. Al fin y al cabo que todo el mundo ventoseara, en público y en privado, solo ocasionaba una vergüenza ruborosa. No había muertos, los hospitales no colapsaban, como mucho en algunos casos concretos y estadísticamente irrelevantes, uno por millón, al ataque ventoso se unía una diarrea explosiva de no te menees que obligaba al internamiento del paciente, pero como les hidrataban muy bien y les cortaban las terribles diarreas con medicamentos ya existentes en el mercado, no pareció suficiente para decretar una emergencia planetaria con toques de queda, de alarma, declaraciones de estados de sitio y toda la parafernalia. Al principio costó adaptarse a los nuevos tiempos, a la nueva normalidad, no era fácil ver telediarios entre toques de saxofón sincopados, por emplear una metáfora que me permita seguir hablando de algo tan repugnante sin sufrir una censura inquisitorial. Los no contagiados se tronchaban de la risa y algunos sufrieron colapsos histéricos que obligaron a ser internados de inmediato. Esto comenzaba a ser preocupante.

Costó asumir la nueva normalidad. Telediarios trompeteros, transmisiones deportivas con orquesta de viento, conversaciones políticamente correctas que terminaban a la greña porque alguien no había podido controlar el viento huracanado que soplaba en su vientre, tertulianos que aprendieron a responderse más con código morse a volumen sensoround que con las clásicas interrupciones, políticos que discurseaban intentando subir el tono más que sus enemigos políticos e ideológicos. Todo aquello tenía mala pinta, muy mala pinta. Hubo quien comenzó a hablar de un apocalipsis ventoso que acabarían con toda la humanidad, si no hoy, seguro que mañana. Esa era la próxima pandemia, que todo el mundo había profetizado. Al menos, pensaban algunos, no hay muertos, y lo que no mata engorda, sin darse cuenta de que todo el mundo estaba adelgazando a marchas forzadas, porque procuraban comer lo menos posible, o más bien nada, para evitar que fermentaran gases donde quiera que se produjera la fermentación, estómago, intestino, donde fuera. Algunos no lo sabían y yo tampoco. Solo que en mi caso, como vivía solo, aislado, en plena naturaleza, lejos de todo mundanal ruido continué comiendo como de costumbre, mucho. Aprendí a tocar el saxofón, canciones incluso líricas, me divertía, lo pasaba en grande. El problema es que no podía dormir, sufrí de insomnio, como toda la población pero elevado a la enésima potencia. Eso ya era un serio problema, pero el mayor de los problemas fue que todos mis adorables gatitos, a los que tanto quería y tanto me querían, salían disparados, completamente aterrorizados ante semejante tormenta que no habían visto nunca en sus cortas vidas.  Los animales no sufrían el contagio del virus apocalíptico, ni fueron culpados por un virus biológico escapado de un laboratorio de guerra bacteriológica… digo virológica, digo biológica, digo… Estoy harto de decir contra mi voluntad.  El caso es que tuve que ponerme a dieta, aún más, dejé de comer, porque mis gatitos eran lo primero. Les continué dando su comidita rica pero yo no comía, nada de nada. Adelgacé tanto que tuve que comprar tirantes para que no se me cayeran los pantalones, y otros, interiores, para que no se me cayeran los calzoncillos. Eso era bueno, muy bueno, por primera vez estaba delgado, muy por debajo del peso normal para mi estatura, baja. Estaba tan guapo que hasta podría ligar si me lo proponía, algo que no había conseguido en toda mi vida. Lo malo es que eso también estaba desapareciendo, nadie intentaba ligar porque hasta el momento no se había conseguido acompasar los diferentes instrumentos para crear duetos clásicos, ni orquestas sinfónicas, ni nada de nada. No se ligaba, el sexo desapareció. El amor también hubiera desaparecido si antes hubiera existido sobre la faz de este planeta de nuestros pecados. A nadie le preocupó la desaparición del amor, pero sí la del sexo. Ya no habría placer, la humanidad desaparecería porque no se harían más niños. Se intentó en laboratorio, sin embargo nadie quería donar esperma ni óvulos, nadie estaba de humor para semejantes tonterías. El carácter se agrió, las risas se convirtieron en lágrimas. La gente está saliendo a las calles, con sus músicas trompeteras y clamando por justicia para los culpables. ¿Pero quiénes son los culpables? Todos, todos sin excepción, solo que algunos más que otros y otros muchísimo más que algunos.

Yo mismo, temiendo morir y dejar indefensos a mis adorables gatitos, tomé la decisión de salir a la calle con una pancarta en la que me reconocía como Slictik, el malucho e ignorado escritor que había anticipado la próxima pandemia en un relato titulado “Apocalipsis ventoso”. La pancarta era enorme porque en ella había escrito un manifiesto sobre el amor y sobre cómo la humanidad podría salir de este bache si hiciera esto y lo otro y lo de más allá. Siempre he sido un escritor muy prolífico. Tras de mí y la pancarta todos mis gatitos y los que se fueron uniendo en los pueblos que atravesaba, a paso tortuga, por supuesto, maullaban lastimeramente, no porque tuvieran hambre, porque tras de mí llevaba mi coche cargado de pienso y comidita rica para gatitos. Como no me quedaba para gasolina, me até los cinturones de cuero que no utilizaba a la cintura, ya tan magra que daba pena. Menos mal que mi pueblo está muy alto y de momento todo es cuesta abajo. Nadie me creyó, todos se burlaron de mí, me despreciaron como el escritor ignorado y malucho que soy. No creyeron que fuera vidente ni profeta ni nada. A grandes voces clamaba que podía demostrar que mi relato era anterior a la pandemia ventosa. Se rieron con más ganas, las fechas se pueden manipular en Internet, todo se puede manipular en el mundo virtual.

No me importa, seguiré clamando en el desierto.  Al menos algo bueno ha tenido esta pandemia. No sé si fue debido a la programación del genetista más tonto que el que asó la manteca, que trabajaba en un laboratorio de guerra biológica para alguna gran potencia o a una extraña y milagrosa mutación, lo importante es que todos los psicópatas, sociópatas, asesinos en serie, asesinos de niños del mundo fueron reconocidos por el silbido de serpiente de sus ventosidades. Algunos se arrojaron al mar, con las piedras de molino que encontraron, pocas, para cumplir con la maldición evangélica sobre los que escandalizaren a los pequeñuelos, mucho más si los matan. El resto fue encerrado en estrechas celdas donde sus ventosidades de silbidos de serpiente rebotaban en las paredes y regresaban a ellos una y otra vez.

Esto es un infierno, me tiemblan las piernas y he decidido castigarme con un látigo de piel de serpiente por haber comido tanto en esta vida. Pero a pesar de ello sigo mi cruzada profética. De vez en cuando descanso y todos los gatos vienen a mí, les acaricio, les beso en sus cabecitas angelicales y les doy su comidita rica. Yo también como algo para sobrevivir y continuar con la cruzada y no dejar huérfanos a mis gatitos. No me importa volverme trompetero, porque las trompetas del apocalipsis pueden ser también las trompetas del amor que se acerca tocando y cantando la novena sinfonía de Beethoven. Que así sea.

 

 

                   

sábado, 5 de junio de 2021

TERCER DÍA EN CRAZYWORLD XII

 




Quiero decir que en una mesita cercana al sofá serví el café, dejé la botella de tequila con dos copitas, puse la caja de puros, el cenicero y un paquete de cigarrillos por si me apetecía, aunque en ese momento no recordaba si yo era fumador o no, si había fumado en algún momento desde la llegada a Crazyworld, si Jimmy fumaba, si alguien fumaba allí, aparte de Dolorcitas, si estaba o no prohibido.

-Dolorcitas, no tengo ni idea de si fumo o no o cómo está el fumar en Crazyworld, si está prohibido, si se puede comprar tabaco, etc etc.

-Anda déjate de tonterías y siéntate aquí y apoya tu cabecita caliente sobre mis pechos que necesitan calor.

Miré y vi, pasmado, que Dolores había desabotonado su escote y sacado sus enormes pechos a tomar el aire. Tardé en reaccionar porque no recordaba cómo iba vestida, hubiera jurado que solo llevaba una gran túnica por encima de su cuerpo, o un poncho. Me sorprendió que no recordara estos detalles tan elementales, hasta que recordé que me había bebido la botella de vino yo solito, porque Dolores había bebido cerveza. Cuando pude reaccionar me senté en el sofá, a su lado y antes contemplé a gusto y gana sus pechos, gesto que ella recibió con regocijo. Sus pezones eran los más grandes que había visto nunca, suponiendo que recordara todos los pezones que había visto en mi vida, si es que había visto alguno o muchos, algo que daba por supuesto, aunque sin razones objetivas, porque quien no recuerda lo que ha vivido es como si nunca hubiera ocurrido. Sin poder controlarme, o no queriendo hacerlo puesto que me exigiría un enorme esfuerzo, bajé mi boca y besé un pezón y luego el otro, y los lamí con ansia y mordisqueé la carne de sus pechos y… dejé de hacerlo cuando escuché los lamentos de aquella santa matrona. Eran lamentos de placer, pero a mí me sonaban como quejidos de quien es torturado. Levanté mi cabeza y busqué una excusa para aplazar lo inevitable. Y la encontré. Tomé una taza de café y se la puse en las manos, saqué un puro y se lo puse en la boca. Tomé la otra taza y bebí un trago. Me quemé la boca porque aún seguía caliente. Abrí la cajetilla de tabaco y me puse un pitillo en la boca. Busqué el mechero y lo encontré en la caja de puros. Encendí el pitillo, aspiré y sufrí un colapso. Comencé a toser como si fuera a echar los pulmones y creí morirme. Dolores abrió los ojos con una sonrisa de oreja a oreja. Me dio un manotazo en la espalda y dijo:

-No hay prisa. Ya habrá tiempo. Vamos a tomar un tequilita. Eso nos animará.

Le alcancé una copita. Por mi parte me llevé la otra a la boca y la apuré de un trago. Tosí como si tuviera un sapo en los pulmones que intentara salir a cualquier precio. Dolorcitas se rió con ganas.

-Parece que no eras fumador, ni tampoco bebedor de tequila. Lo que sí parece que eras todo un experto en lamer pezones. Deberíamos seguir con eso. ¿No te parece?

-Lo siento, Dolorcitas, puede que tengas razón. No recuerdo haber fumado ni bebido, aunque tal vez lo hiciera. No es un tema importante. Preferiría dedicarme a tus pechos, pero si lo hago seguro que acabaré atragantándome. Ya he apurado mi copita de suerte. Mejor lo dejamos para más tarde. Imagino que los pacientes no tenemos derecho a fumar ni a beber alcohol. Aprovecharé este momento antes de regresar a mi condición de paciente enclaustrado.

-No, los pacientes tienen severas restricciones en ese aspecto y en otros. En cambio a los trabajadores se nos permiten ciertas licencias, aunque no hay barra libre. Todo está tasado, una caja de botellas de vino al mes, una botella de licor a elegir y tabaco como para que un fumador medio no tenga problemas. Apúrame el cortapuros, que te voy a enseñar cómo se enciende un puro.

Así lo hizo. Era todo un ritual. Cuando lo tuvo encendido y bien encendido comenzó a fumar con deleite. Preferí servirme otra copita de tequila antes que seguir con el pitillo que se había apagado en el cenicero.

-En ese sentido Mr. Arkadin es bastante comprensivo, tal vez porque los viciosos suelen ser más comprensivos con el vicio que los puritanos. Por supuesto que estos vicios no son gratis, hay que pagarlos, aunque en contadas ocasiones para celebrar algo se nos da un servicio gratuito de licor, tabaco y hasta sexo. Yo dejé de usarlo porque los gigolós de Crazyworld son tan desagradables como el beso de un sapo. Cuando recuerdes tu vida pasada como gigoló, que seguro que la recuerdas, deberías darles unas cuantas lecciones.

-No sé, cariño, creo que ahora estoy un poco mareado.

-Es lo que tiene el tequila, que se sube enseguida a la cabeza. Sírveme otra taza de café. Si puedes levantarte tal vez deberías traer el postre más cerca y la sacarina, no soporto el café a palo seco.

No sé cómo lo conseguí, pero lo logré. Sentado al lado de Dolorcitas en el sofá, trasegué el postre como si tuviera hambre, aunque en realidad estaba tan repleto que se me escaparon algunos eructos. No estaba tan mal como para no disculparme. Bebí algunas copitas más de tequila, debí fumar un par de pitillos y de pronto me encontré con la cabeza entre los pechos de Dolores. Me sentí muy niño, tanto que mi boca no pudo evitar buscar sus pezones y comencé a mamar con ansia, luego me fui calmando hasta la oscuridad me abrazó maternalmente entre sus pechos oscuros. Me quedé dormido profundamente.