miércoles, 31 de agosto de 2022

LA VENGANZA DE KATHY XII

 




Una risa aullante, demoniaca, salió de la boca de Kathy que había recobrado su posición anterior y permanecía como antes, inmóvil como un árbol. Por suerte una ristra de horrísonos truenos me impidió seguir oyendo aquella risa demoniaca. Mi vello debería estar erizado y mi cuerpo helado como un témpano. Es un decir, porque mi cuerpo parecía haber desaparecido, no sentía nada.

-Ahora solo una respuesta más y te dejaré en paz…Solo por un momento. Voy a cenar. Estoy hambrienta como un monstruo que no ha comido en un milenio. Necesitas saber por qué te voy a matar. ¿Qué has hecho tú, un bondadoso gratificador de mujeres necesitadas, para merecer esto? Te lo voy a decir. Esperaba mucho de ti. Ya sé que los hombres sois incapaces de amar, pero mis expectativas respecto a ti no eran las que tengo con el resto de machos del planeta. ¡Puaf! Me dais un asco infinito. Confiaba que después de nuestra noche comprendieras que yo, y solo yo, era la mujer de tu vida. Me has decepcionado. Eres como los demás. Y aún lo serás más cuando recuerdes tu pasado, si es que lo recuerdas. Eres mi primera víctima, la siguiente será Mr. Arkadín cuando venga, porque va a venir, ni tú ni ese idiota de Jimmy seríais capaces de descubrir al psicópata que anda suelto. Y después de Mr. Arkadín acabaré con todos los machos del planeta. Primero los de Crazyworld y luego el resto. Sí, una vez que muera Arkadín, saldré de aquí y me dedicaré a matar a todos los machos del planeta. No tendré tiempo, piensas. Te equivocas, obligaré al profesor Cabezaprivilegiada a terminar sus experimentos con el líquido que rezuma de mi clítoris hasta transformarlo en un poderoso veneno. Lo mezclaré con el agua que abastece a las grandes ciudades y todos morirán. Jajá. Será maravilloso contemplar el apocalipsis en primera fila. Y ahora te dejo contemplando esta tormenta apocalíptica. Ya me contarás. Jajá. No te preocupes, te alimentaré con sonda y tu cuerpo resistirá hasta que tu corazón explote, porque parado ya está. ¿Cómo un cuerpo puede permanecer muerto y la mente viva? Eso pregúntaselo al profesor, bambino caro.



Los rayos eran cada vez más terroríficos. Como si Jupiter tonante estuviera muy cabreado, pero que muy, muy cabreado. Los truenos retumbaban al lado de mis orejas. Debería tener los tímpanos horadados. Pero no sentía ningún dolor. ¿Por qué no afectaban a Kathy? ¿Otro invento del maldito profesor? Iba a morir. La idea, como un rayo, rasgó las meninges de mi cerebro. No podría hacer nada. Era una muerte segura. ¿Y si me encontraban? Mi desaparición no pasaría desapercibida. Alice hablaría y mis mujeres, si no todos, saldrían a buscarme. Alice, Heather, hasta Dolores. Me entró una risa tonta que no pudo salir al exterior. Imaginarme a Dolores corriendo por el bosque en mi busca me producía una dolorosa hilaridad. Era increíble que conservara el humor aún en aquellas circunstancias. Así es el ser humano, una mierda con capacidad de reír. ¿Habría asesinado Kathy al director? No iba a poder preguntárselo, a no ser que se le ocurriera también responder a esa pregunta. ¿No parecía saber todo lo que yo estaba pensando?

¿Podría dormir? Esa era una pregunta interesante a la que Kathy no había respondido. ¡Si al menos pudiera descansar! ¡Pero qué estaba diciendo! Mi cuerpo no podía estar cansado porque ni siquiera tenía cuerpo. En cuanto a mi mente, estaba tan lúcida que hasta me daba miedo. Se me ocurrió que tal vez aquel trauma que estaba sufriendo me ayudaría a recuperar la memoria. Sería una bonita forma de entretener el tiempo que iba a durar aquel tormento. Si iba a morir, al menos que muriera recordando todo lo que había sido hasta llegar a Crazyworld. Era una técnica interesante, mejor que las hipnosis del doctor Sun. ¿Y si a pesar de la seguridad de Kathy su clítoris no pudiera enderezar mi miembro? Jajá, sería fantástico, un auténtico chasco para aquella psicópata. Tendría que matarme de cualquier otra manera. Hiciera lo que hiciera no sentiría dolor. Por ese lado todo perfecto. ¿Y si dejara que el efecto pasara para que pudiera sufrir? Entonces tendría una oportunidad. Pero, claro, antes me inmovilizaría, no era tonta. Todas las posibilidades que se me ocurrían terminaban indefectiblemente en mi muerte, más o menos dolorosa. Casi mejor que me matara a polvos. Una pregunta interesante ¿mi cuerpo sentiría placer, o actuaría de forma automática, sin que yo me enterara? Esa era la primera pregunta que me gustaría que Kathy respondiera al volver. ¿Cuánto tardaría en cenar? Tiempo más que suficiente para que mi mente recorriera todos los laberintos del terror. Mejor pensar en otra cosa.

¿Quién era yo? ¿Qué había hecho durante los pocos años que había vivido? ¿Quiénes eran mis padres, dónde estaban? ¿Era en verdad un gigoló o acaso tenía alguna novia en alguna parte? ¿Era español o norteamericano? ¿Por qué parecía conocer el español como mi lengua materna? ¿Y si era español, por qué me había trasladado hasta allí? ¿Dónde había nacido? ¿Era creyente, ateo, agnóstico o medio pensionista? ¿Cómo era mi carácter? ¿Alegre, apático, un perdonavidas, un viva la virgen, un idiota? ¿Era culto, había leído muchos libros, visto muchas películas, escuchado mucha música? Tal vez fuera un jovencito adorable…Bach, Bach, Bach. ¿Quién era Bach? ¿Un músico? Me sonaba mucho. ¿Estaba recuperando la memoria? Me hubiera gustado cerrar los ojos y esperar que las imágenes desfilaran por la pantalla de mi mente enclaustrada. Pero no podía. ¿En verdad me gustaba tanto el sexo como parecía? Sí, estaba muy bien, era muy agradable, más que eso, era lo mejor que uno podía hacer en la vida. Si la humanidad se ocupara solo de eso no habría guerras. ¿Qué era una guerra? Por un instante unos nombres sin sentido acudieron a mi memoria. La batalla de Waterloo, la guerra de los treinta años, La primera guerra mundial, la segunda, la guerra de Corea, de Vietnam, el desembarco de Normandía… ¿Qué demonios era todo eso? ¿Qué se hacía en las guerras? Matar y morir, una cosa después de otra, todas a la vez. El dinero, el capitalismo, el marxismo. Los privilegiados, los marginados, los proletarios, los burgueses. Todo pura palabrería, porque no la acompañaban imágenes. Sin imágenes no iba a poder recordar y no aparecerían mientras tuviera los ojos abiertos. Ahora que estaba solo, inmovilizado, la necesidad de recordar se hacía acuciante. Sin memoria uno es nada. Yo debería ser un auténtico idiota puesto que carecía de memoria. Tal vez todo rodara por el subconsciente, como en una partida de bolos. Sin embargo, sabía lo que era una partida de bolos, aunque no tuviera imágenes. Sabía muchas cosas, aunque no las recordara. El significado de las palabras, por ejemplo. Eso era una parte importantísima de la memoria. Si lograba salir de este espeluznante episodio hablaría largo y tendido con el doctor Sun. Por supuesto que era un idiota, pero también un sabio, conocía muchas cosas, podría explicarme cómo funciona la memoria y por qué yo no recordaba nada o casi nada y sin embargo actuaba como si lo supiera todo. ¿Qué partes del cerebro siguen funcionando cuando eres amnésico y qué partes no, y por qué eres capaz de comportarte como una persona normal cuando la amnesia se ha apoderado de ti? ¿Existían muchas clases de amnesia y cómo se llamaba la mía? ¿Qué ocurriría cuando lo recordara todo o casi todo? Nada, porque iba a morir.

Aquel pensamiento fue como un martillazo en mi cabeza. Es un decir porque yo no tenía cabeza, al menos no lo notaba. De pronto fui consciente de la tormenta, que casi había olvidado. Sin duda era un espectáculo dantesco. Rayos y más rayos. Truenos y más truenos. Casi deseé que Kathy volviera y comenzará aquella tortura que me llevaría a la muerte. Quería saber si iba a sentir placer y cómo sería éste comparado con el que yo había sentido con Kathy la primera noche, luego con Heather, luego con Dolores, luego con Alice. Si era parecido me gustaría morir de una puta vez, disfrutar horas y horas y horas hasta que mi corazón estallara… es un decir. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? ¿Se perdía la sensación de tiempo?

De pronto Kathy estuvo otra vez dentro de mi campo de visión. Parecía como si el barro se hubiera endurecido y forma ya parte de su piel. Además, sus colores de guerra eran realmente espectaculares. Me hubiera gustado verle los ojos, pero parecían escondidos tras el barro.

-Ha sido una cena muy agradable, aunque lo hubiera sido más si tú me hubieras acompañado. Pero no, tenías que hacer el idiota con otras mujeres, como si yo no fuera suficiente. Podría haberte ayudado a salir de aquí. Sé cómo hacerlo. Nos hubiéramos ido juntos a cualquier remoto lugar del planeta. Allí hubiéramos sido felices. Hubiéramos tenido hijos. ¡Me encantan los niños! Juntos, siempre juntos, de día y de noche, a todas horas. El sexo hubiera durado todo el tiempo que deseáramos. Nos ocuparíamos de sobrevivir, de criar a los hijos, y luego noches enteras de sexo, mientras los niños dormían. No necesitaríamos gran cosa. Una cabaña en un lugar tropical, alimentos al alcance de la mano, una playa de arena fina, aguas cristalinas. Ese era mi sueño contigo. Pero no, tenías que estropearlo. Eres un mastuerzo, como todos los machos, siempre pensando en tener sexo con todas las mujeres del planeta, cuando os basta y os sobra con una. Vale, antes de comenzar con el sexo, más respuestas a tus preguntas. No sé cómo sentirás el sexo, pero lo sentirás. El profesor me comentó que ciertas partes del cerebro seguían funcionando, llegarás al orgasmo, aunque no sé cómo lo sentirás. Tampoco sé si eyacularás. Eso no lo sabía el profesor porque no se había experimentado. Por si acaso no he tomado anticonceptivos. Creo que me encantaría que me hicieras un hijo, mejor dos, o todos los que fuera posible. Así, cuando mueras, yo podré escaparme de aquí y criar a mis niños en un remoto y bonito lugar del planeta.

martes, 23 de agosto de 2022

EL BUFÓN DEL UNIVERSO III



 No puedo saber el tiempo que permanecí allí. No debieron alimentarme, ni por sonda, porque no encontré ninguna señal en mi cuerpo. Algo me despertó de mi estado catatónico y fui consciente de lo que había pasado y de dónde me encontraba. Continuaba atado a la silla. El cuerpo debería dolerme mucho por la postura que había mantenido durante todo ese tiempo, pero no sentía nada, ni siquiera hubiera sido consciente de tener un cuerpo de no haberlo visto con mis propios ojos. El ruido se repitió y entonces fui consciente de lo que me había despertado. Era como si alguien estuviera intentando abrir la puerta del contenedor. No sabía hacerlo o no le habían dado la contraseña de la cerradura. Por eso golpeaban la estructura metálica. Luego escuché lo que me pareció el sonido de un soplete. Me hubiera gustado gritar pidiendo auxilio o hacer ruido para que supieran que yo estaba dentro. Lo pensé mejor. No sabía quién estaba fuera ni lo que deseaba de mí. Era lógico pensar que si se tratara de los tripulantes de mi nave se hubieran limitado a abrir la puerta con la contraseña. Decidí esperar y ver qué me deparaban los acontecimientos.

 

No tardaron mucho, o al menos eso me pareció a mí. De pronto un rectángulo metálico cayó en el interior, produciendo un ruido ensordecedor que golpeó mis oídos como dos puñetazos bien dados, uno en cada oreja y los dos a la vez. Mi cuerpo parecía vibrar como si fuera un gong al que acabaran de golpear como una maza. Lo que sucedió a continuación ocurrió muy rápido. Un gran robot muy tosco entró pisoteando la chapa de metal con sus ruedas y enfocó por el interior del bunker sus ojos enormes que no eran otra cosa que dos tubos de metal que proyectaban unos haces luminosos. Exploraron con lentitud todo el recinto y se detuvieron en mí durante unos segundos. Debió de emitir algún tipo de señal porque enseguida entraron varios humanos enfundados en una especie de trajes espaciales tan toscos como el robot. Se acercaron con precaución y pude ver cómo uno de ellos movía la boca. Parecía estar hablando, aunque yo no escuchaba. Una especie de camilla volante, mucho más sofisticada que el tosco robot que permanecía de pie, sin moverse del lugar donde estaba cuando entraron los humanos, hizo su aparición. Se mantenía a poco más de un metro del suelo. Los astronautas me desataron con facilidad y rapidez. Dos de ellos me levantaron de la silla y me tumbaron en la camilla. Un brazo robótico surgió de alguna parte y me inyectó algo en el cuello. Perdí la consciencia.

 

Cuando desperté me hallaba sobre la misma camilla en una especie de laboratorio o enfermería muy amplio. Frente a mí varias figuras humanoides me contemplaban desde una plataforma acristalada. Una de ellas me llamó la atención porque era una mujer. Muy alta, fornida, hombruna, pero con unos ojos dulces y acariciadores. Se movió y salió de la plataforma. La vi acercarse a mí caminando con lentitud. Vestía una túnica blanca que escondía su cuerpo. Cuando estuvo a mi lado me habló con una voz tan dulce como sus ojos.

 

-No tengas miedo. No vamos a hacerte daño. Estás en el planeta Alienón. Y ésta es la enfermería de la residencia Armanas para mutantes. Armanas soy yo. La tripulación de tu nave te trajo aquí, nos entregó el contenedor y no se detuvieron mucho tiempo. Nos dijeron que eras un mutante peligroso, que no querían saber nada de ti. Ni siquiera pusieron precio a tu cabeza. No quisieron decirnos nada más y se marcharon como si les persiguieran los mutantes más peligrosos de la galaxia. Te hemos analizado a fondo, pero no encontramos nada que nos indique qué tipo de mutación sufres. Ni siquiera los análisis genéticos han sido concluyentes. Ninguna de las pruebas para detectar posibles mutaciones peligrosas ha dado positivo. Así que de momento te vamos a considerar inofensivo. Ya habrá más tiempo para hacerte otras pruebas. Y ahora intenta bajar de la camilla por tu propio pie. Yo te ayudaré si lo necesitas. Iremos al comedor. Necesitas comer algo. No sabemos el tiempo que has estado sin alimentarte. Nuestra IA nos dice que has sufrido una catatonia bastante rara. Eso explicaría que pudieras sobrevivir sin comer ni beber.

 

Hice un esfuerzo por bajarme de la camilla y lo conseguí, pero mi cuerpo me parecía raro. Aceptaba las órdenes de mi cerebro, aunque con retraso. Pensaba en hacer algo y reaccionaba, siempre existía una demora de unos segundos, algo que distorsionaba mi percepción. Me sentía como un duplicado de mí mismo que funcionara a diferentes velocidades. Aquella mujer debió darse cuenta de que algo no iba bien porque me sostuvo con sus fuertes brazos. De esta forma fuimos caminando hacia la salida, atravesando todo el laboratorio. Desde la plataforma nos observaban con mucha atención. Cuando llegamos a la puerta y ésta se abrió ante nuestra presencia me sentí mucho mejor. Casi no percibía el retraso entre mi pensamiento y la acción. Tal vez se debiera a que había dejado de dar órdenes a mi cuerpo, todo se producía de forma automática.

 

Ante nosotros se extendía un largo pasillo. Era amplio, punteado a los lados por macetas de diferentes tamaños y separadas entre sí por distancias que variaban siguiendo un criterio que se me escapaba. Una planta llamó especialmente mi atención, por el extraño diseño de sus ramas, el vivo color variado de sus flores y sobre todo porque me pareció que una rama se alargaba buscándome. Pudo ser solo un quiebro de mi percepción, porque continuaba sintiéndome muy raro. Me detuve ante ella.

 

-Son plantas mutantes. También cuidamos de plantas y animales mutantes. Algunas se comunican, como acabarás observando con el tiempo.

 

Me tomó del brazo, se acomodó a mi paso y así llegamos al final del pasillo, donde una puerta de cristal se abrió ante nosotros, como si nos percibiera. Estábamos en un salón enorme, repleto de mesas y sillas, una especie de comedor, pero muy raro.

 

-Cuando puedas comer con todos encontrarás la explicación a esta rareza. Cada mesa, cada silla, cada cubierto, está diseñado para que pueda ser utilizado por las diferentes especies de mutantes. Tu físico es normal. Otros no lo son, dependiendo de cada especie y de cada mutación. La fama de esta fundación ha corrido por la galaxia y aquí llegan, desde todos los rincones, especímenes mutantes, tanto de animales, plantas u homínidos. Cada uno tiene su sitio. Ya te enseñaré nuestro zoológico donde todos los animales viven en libertad, salvo los depredadores más peligrosos, que tienen su propio territorio separado del de los demás. También conocerás nuestro jardín botánico, donde cada planta mutante tiene su sitio, salvo las plantas que se mueven, para las que hemos acotado una parcela especial. Aquí estarás muy a gusto. Si llega el momento en el que prefieres la libertad de vagabundear por la galaxia, sufriendo imprevistos, como el que te ha traído hasta aquí, solo tienes que decirlo.

 

Me quedé ensimismado, tratando de asimilar mis nuevas circunstancias. Armanas debió interpretarlo mal.

 

-Pero te estoy entreteniendo cuando lo que necesitas es reponer fuerzas. Sentémonos a esta mesa, yo te acompañaré en el desayuno, porque aún no he probado bocado.

 

Nos sentamos y ella pareció darse cuenta de mi joroba por primera vez.

 

-Intenta sentarte como puedas. Mañana tendrás una silla a tu medida. Hoy no podrás pedir un menú acorde con los gustos de tu planeta, pero mañana subsanaremos ese error, salvo que tengamos ya a un compatriota tuyo. ¿De qué planeta procedes?

 

-Soy del planeta Woon.

 

-No me suena. Bueno, no importa. Te pediré lo mismo que voy a desayunar yo. Una mezcla de zumo de frutas exquisito, que obtenemos de alguna de nuestras plantas mutantes. Son muy variadas. Entre ellas las hay que han adquirido un nivel de consciencia o de inteligencia semejante a la de ciertos animales más evolucionados. Tienen su propio lenguaje y se enfadan si te diriges a ellas en una lengua que no sea la suya. Por cierto. como has llegado tan de improviso no hemos podido preparar nada para ti. Mañana tendrás un traductor de pulsera que te servirá para hablar con todo el mundo. Espero que no te ofendas si te pregunto en qué consiste tu mutación.

 

Pensé en mentir, en obviar el tema con subterfugios y así darme tiempo para hacerme una idea de dónde había caído para diseñar una estrategia. Comprendí que sería inútil. Allí iba a estar mucho tiempo, si es que lograba salir alguna vez. La verdad me ahorraría sinsabores y puede que me granjeara simpatías, algo que supuse necesitaría cuanto antes. Le conté lo sucedido en la nave sin suavizar ningún detalle. Tan pronto como acabé ella me miró de una forma extraña, que no pude desentrañar.

 

-Gracias por tu sinceridad, nos has ahorrado mucho tiempo. Eres un caso único. Aquí tenemos muchos mutantes mentales, telépatas y toda clase de mutaciones basadas en facultades mentales llevadas a extremos patológicos. Hay un gran abanico, como irás comprobando por ti mismo, pero nada parecido a lo tuyo. Los test genéticos no han indicado nada y hubiéramos pasado mucho tiempo dando palos de ciego sin conseguir nada. Antes o después se hubiera manifestado de alguna manera, aunque teniendo en cuenta el trato cariñoso que reciben todos los mutantes en esta fundación, es posible que tardara mucho en ocurrir algo que disparara tu facultad mutante. Porque al parecer solo se dispara ante acontecimientos que afectan a tu supervivencia. ¿No es así?

 

-No lo sé, es la primera vez que me ocurre y no sé cómo evolucionará.

-Bueno, ya habrá tiempo de hablar de ello. Ahora disfruta del desayuno que nos están sirviendo.

jueves, 11 de agosto de 2022

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XXI

 


-Querida Rosindra, espero que ningún koori se haya quedado escondido en el interior o se haya aferrado a algo en el exterior y nos veamos obligados a regresar.

-No sería la primera vez que sucede. Estos pequeños demonios son capaces de todo con tal de divertirse.

-Perdona. Acabo de caer en la cuenta de que estamos volando y no sé muy bien cómo hemos podido despegar con semejante caos. ¿La nave tiene piloto automático, o la pilota un robot o es un voluntario tan discreto que ni siquiera nos hemos dado cuenta de su presencia?

-En efecto. Buena pregunta. La mayoría de las naves al servicio del zoológico son pilotadas por robots, salvo excepciones hay dos tripulantes robóticos, uno pilota la nave y el otro es un mayordomo para todo, como has podido ver. Existen voluntarios que pilotan naves, como existen guías, como yo, que hacen los honores a los visitantes. También hay guías robóticos, porque nunca tenemos voluntarios suficientes para atender todas las necesidades de este complejo, muy visitado en verano y menos en invierno. Esta nave está pilotada por un voluntario al que no has visto porque permanece en su cabina, allí al fondo, separada del resto de la nave por un mamparo. Es un chico un tanto rarito al que le gusta comer en su cubículo y nunca sale a comer con los demás, guías y visitantes. Se llama Loirni.

-¿Puedo entrevistarlo?

-No le gustará, pero está obligado a seguir los protocolos. Si quieres podemos intentarlo, ahora que parece que todo está en calma.

-Pues vamos allá.

-Como pueden ver nuestros queridos holovidentes, esta pequeña nave es un prodigio tecnológico, se mantiene siempre en horizontal sin la menor sacudida y despega y aterriza desplazándose en vertical hacia arriba o hacia abajo. No voy a entrar en detalles técnicos, porque los desconozco y porque se lo pueden preguntar a nuestros colaboradores técnicos que participan en otros programas de este canal y también en el segundo canal que ha comenzado a emitir no hace mucho tiempo. Nos desplazamos sin problemas, como en suelo firme. Ahora Rosindra ha oprimido un intercomunicar con la cabina.

-¿Qué quieres, Rosindra?

-Hola, Loirni. Como sabes estamos en directo en el canal 1 de Omega humanizada. Alirina, la reportera que nos acompaña, quiere hacerte unas preguntas. Será breve. ¿Podemos pasar?

-Sabes que no me gusta interactuar con los visitantes, pero dadas las circunstancias y que el protocolo así lo exige, aceptaré unas breves preguntas.

-Estamos en el interior de la cabina. Un cubículo diminuto, como pueden ver los holovidentes. Nuestro piloto se llama Loirni y es un guapo mozo, bastante joven, que viste un uniforme en color verde, plagado de dibujos de animales. Vamos a comenzar la entrevista y procuraremos que sea breve. ¿Cómo es que se dedica a pilotar naves en el zoo de Vantis, pudiendo estar tan ricamente en su casa, disfrutando de todas las comodidades que nuestra civilización nos otorga sin trabajo y sin mérito alguno por nuestra parte? ¿Es usted de los nuestros, querido Loirni, quiero decir de los que pensamos que la vida no es vida si todo se nos da a la boca, sin el menor trabajo y sin la libertad de hacer lo que queramos, cuando queramos, sin que una inteligencia artificial guie nuestros pasos?

-A la primera pregunta contesto que en parte estoy aquí porque necesito créditos para la construcción de mi casa independiente. Sí, soy joven, y anhelo independizarme de mis padres, pero para ello necesito conseguir suficientes créditos y convencer a “H” de que soy un nuevo ciudadano omeguiano con el derecho a ser independiente y formar una nueva familia, si quiero y si no quiero, no, puedo vivir solo como hacen muchos. La segunda razón, y no menos importante es porque me gustan los animales. Cuando no tengo trabajo y hay alguna nave libre, he sido autorizado por “H” para viajar por el zoológico y establecer contacto con los animales. Algunos ya me conocen y me saludan cuando me ven. En cuanto a la segunda pregunta, debo decir que me gusta la vida que nos proporciona nuestra inteligente y bondadosa IA, si bien me gustaría que hubiera más omeguianos que vivieran la vida como se debe vivir, en contacto con la realidad y no idiotizados permanentemente por el mundo virtual. En ese sentido comparto algunas cosas con ustedes y suelo ver sus canales de vez en cuando. ¿Alguna pregunta más?

-Pues sí, me gustaría saber por qué estas naves no vuelan en automático, dirigidas por el bueno de “H” y necesitan pilotos robóticos o voluntarios. Usted debe saberlo.

-Que “H” podría pilotarlas todas, es evidente, si puede con la logística de todo un planeta, podría hacerlo. Si no lo hace es porque le gustaría que tanto ciudadanos como robots tuvieran sus propias vidas y fueran más activos, en lugar de convertirse en patéticos habitantes del mundo virtual. Sí, ya sé lo que me va a preguntar. ¿Cómo puedo saber lo que piensa “H”? Pues bien, hablo mucho con él, algo que deberían hacer todos los omeguianos. Y en cuanto a que los robots no viven en el mundo virtual, por ahora no, gracias sean dadas a quien haya que darlas, pero sí sé de algún caso de un robot al que sus amos le pusieron el casco virtual, en una broma sin gracia, y luego hubo que llevarlo al taller de reparación porque se pasaba las horas muertas, navegando virtualmente, sin hacer caso de nadie. Sí, también lo sé porque me lo ha dicho “H”. Y ahora, si no hay más preguntas, me gustaría seguir con mi trabajo.

-Una última pregunta, paciente Loirni. ¿Qué futuro le gustaría tener cuando consiga su casita?

-Quiero que tenga una gran extensión de terreno, para tener allí a todas mis mascotas, que serán muchas y robots que cuiden de mis nenes y cuanto sea necesario para que todas ellas lleven una vida muy feliz. Viviré solo mientras no encuentre a la mujer de mi vida, que sería Rosindra, si ella quisiera. Continuaré trabajando en el zoológico y nunca me pondré el casco virtual, porque la vida real es mucho más agradable. Y ahora…

-Sí, paciente Loirni, le dejamos con su trabajo. Gracias por su amabilidad.

-Ya estamos fuera del cubículo. Rosindra ¿por qué no quiere convivir con Loirni, parece un buen chico?

-Aún soy joven para atarme a nadie. Ni siquiera sé si deseo pasar por la complicada experiencia de vivir con alguien. A Loirni me une nuestro mutuo amor a los animales, pero no sé si sería suficiente para que nuestra convivencia fuera posible.

-Muchas gracias, Rosindra, por tu generosidad al contestar preguntas tan personales e íntimas. Y ahora, queridos holovidentes, les adelanto nuestro programa para el resto del día. Nos dirigimos a la hacienda de Artotis, donde nos espera su esposa Arleina, junto con su numeroso servicio robótico. El propio Artotis hará de anfitrión desde el estudio y nos presentará a su pequeña manada de kaeros dirigida por su matriarca, Kaerina, que en cierta ocasión salvó la vida de nuestro tertuliano. Pero eso mejor nos lo contará él. Luego nos desplazaremos por Vantis, que seguro nuestros anfitriones nunca han visto en su totalidad. Y para rematar, regresaremos a su casa, cenaremos y les acompañaremos en su viaje virtual cuando se pongan el casco. Cómo lo haremos es una gran sorpresa que no vamos a desvelar. Me comunican que Arminido y nuestros tertulianos ya están de regreso de su ágape. Así que le paso a él la comunicación, que ya tengo la garganta rasposa de tanto hablar.

jueves, 28 de julio de 2022

LA VENGANZA DE KATHY XI

 


         

* * *

Desperté, o más bien fui consciente de estar despierto, porque tenía los ojos abiertos, no recordaba haberlos cerrado, solo el haber caído en una especie de profundo pozo negro. Me sentía raro, muy raro. Tardé en saber el por qué. Lo supe cuando intenté mover los dedos de mis manos. No fui capaz. Tampoco pude mover las piernas. Estaba como anestesiado. Ni siquiera podía parpadear. Los ojos permanecían como fijados por un imán frente a mí. No era capaz de dirigirlos a mi gusto, ni a izquierda o derecha, arriba o abajo. La luz que iluminaba tenuemente el espacio frente a mí era artificial pero no podía ver de dónde procedía, el foco con seguridad estaba en el techo, que no percibía porque era muy alto, esa fue la explicación que encontré. Noté con sorpresa, primero, luego con terror, que si bien mi cuerpo estaba allí no lo sentía. Recordé la escena en el claro, la tormenta, cómo me había abrazado a Kathy y luego nada. ¿Qué había ocurrido? No había el menor sentido en todo ello. Ninguna explicación racional. Intenté salivar, la boca estaba seca, pero hasta de ese mínimo acto reflejo no me estaba permitido.

-Estás drogado. Es un veneno parecido al curare, solo que manipulado por las manos expertas del profesor Cabezaprivilegiada.

El sonido llegaba con nitidez a mis oídos. Era la voz de Kathy, sin la menor duda. Alcanzaba a ver. Conseguía oír, pero el tacto no funcionaba. Mi piel no lograba percibir la ropa de la cama. Porque estaba tumbado en una cama. Había perdido el sentido del tacto. Tampoco el olfato parecía funcionar. Debería percibir algún olor, la habitación no podía ser aséptica. El gusto también estaba anulado, no era capaz de mover la lengua, ni siquiera la sentía. No notaba la boca. ¿Habría perdido la capacidad de hablar? Lo intenté. ¿Cómo iba a poder hablar si ni siquiera sentía la boca? Estaba inerme en manos de Kathy.

-No te estrujes las neuronas. Puedes ver y oír. Nada más. Tu cuerpo está paralizado. Eres consciente de lo que está pasando, pero no puedes hacer nada. Dicen que el curare produce efectos parecidos. El profesor lo modificó a su gusto. Nunca me dijo si lo había inventado para torturar. Lo cierto es que es perfecto para la tortura. Una tortura psicológica, claro, porque aunque te clavara una aguja no sentirías el menos dolor. Cuando te conté mi experiencia en el laboratorio, no te lo conté todo. Ya habrá tiempo. Tenemos mucho tiempo. Puedes verme, puedes escucharme, eso es lo que importa.

Con que era eso. ¿Pero cómo pudo inyectármelo si estaba desnuda, dónde escondía la jeringa?

-Te preguntarás cómo te lo inyecté. Es lógico. Recuerda que estaba cubierta de barro. Es fácil pegar una jeringuilla al cuerpo con barro. Aún lo sigo estando. Puedes verme. Como también que me he pintado la cara y el resto del cuerpo con pinturas de guerra, como hacían las tribus indias.

Estaba frente a mí. A unos pasos de la cama. Erguida, calmada, como un árbol. Los pies era lo único que no me era posible ver. Me sentía muy lúcido. Aunque los ojos estuvieran fijos poseían una especie de visión panorámica. Vemos con intensidad lo que tenemos frente a nosotros. Con menor intensidad lo que aparece a nuestra izquierda y derecha, un poco por encima y por debajo de la línea que forma nuestra mirada rígida. ¿Cómo podía recordar algo así si era amnésico? ¿Estaría recobrando la memoria?

-Ahora te preguntarás dónde estás, y cómo he podido arrastrarte hasta aquí. Estamos bajo el claro, en un bunker nuclear que construyó Mr. Arkadín sólo para él. Jimmy te enseñó el que existe en la cabaña, para todos sus amigotes. Pero ese cabrón no se fía de nadie. Solo él y yo conocemos la existencia de este búnker. ¿Qué cómo conseguí que me desvelara el secreto? Puedes imaginártelo. Solo hay que saber dónde está el interruptor que abre la entrada. Me bastó con arrastrarte unos metros por el suelo y luego por la rampa. No fue difícil.

¿Era capaz de leer mis pensamientos? Tal vez el malnacido del profesor Cabezaprivilegiada también había inventado una pócima para desarrollar la telepatía. Pensé que no era necesario recurrir a semejantes elucubraciones. Bastaba con ser lógico. ¿Qué preguntas se haría alguien en mi situación? Las mismas que estaba contestando Kathy. Puede que no siguieran el mismo orden con el que aparecían en mi consciencia, pero todas ellas eran razonables.

-¿Cuánto tiempo llevas aquí? No más de dos horas. El tiempo que el profesor calculó como necesarias para que un secuestrado no se apercibiera de a dónde se le llevaba. Se le puede poner una venda en los ojos, pero ese cabroncete pensó en todos los detalles. ¿Qué si sigue la tormenta? Sigue. ¿Cómo podía saber yo que se iba a producir esta tormenta de todos los demonios? No lo sabía. Sí que se iba a generar una tormenta y su duración, con algún margen de error. En este bunker hay artilugios muy sofisticados, todos inventados por el gran genio. Aunque ni el mismísimo genio pudo prever una tormenta tan larga y descomunal. ¿Cómo podía yo saber que tú llegarías al claro a tiempo? Te he estado vigilando desde que entraste en el bosque. Sí, hasta he podido veros en la cama, a ti y a esa guarra de Alice. Cree saberlo todo, como Jimmy, pero son unos pazguatos, ignoran más de lo que saben. La alarma fue desactivada con otro artilugio y luego activada cuando bajasteis al sótano. ¿Que podías haber vuelto a Crazyworld con Alice? No, no soy una bruja. Me basta con conocerte bien. No ibas a poder dormir pensando en que podía estar viva aún y tú no habías hecho nada. Además, mi clítoris os vuelve idiotas a todos. A Mr. Arkadín, al profesor, a todos. ¿Cómo ibas a ser capaz de vivir sin tu miembro en mi interior? Todos lo intentan, buscando otras mujeres, haciendo lo posible por olvidar la experiencia, pero nadie lo consigue. Volverías al claro, porque no estás tan loco como para husmear con esta noche en lo más tupido del bosque. Era cuestión de esperar. ¿Quieres ver la tormenta? Hay una forma. Un trozo del techo puede correrse. No, no entrará la lluvia, porque hay un cristal a prueba de bombas.

Ahora observé algo que me había pasado desapercibido. Un mando a distancia prolongaba su brazo derecho. Debió oprimir algún botón. Escuché el ligero ruido que producía el corrimiento del techo. Kathy se movió hasta situarse en la cabecera de la cama. No podía verla. Debió quitar la almohada que sujetaba mi nuca, aunque no lo sentí, porque mi cabeza estaba ahora en posición totalmente horizontal. Podía ver el techo, muy alto, y cómo una parte se iba deslizando poco a poco. Sentí un gran alivio con el movimiento de Kathy. De forma no totalmente consciente había pensado en la posibilidad de que la figura que estaba viendo fuera un fantasma o una especie de holograma muy avanzado, invento también del maldito profesor. Podía intentar convencer a Kathy, pero no a un mecanismo programado. ¿Me había vuelto idiota? ¿Cómo convencerla si no podía hablar? Ni aun hablando enfrentarme a ella era mejor que confiar en que el mecanismo se atascara. Sin duda estaba más loca que todos en Crazyworld. Era una psicópata, que además buscaba venganza, por alguna razón que solo ella conocía. El alivio se esfumó. El trozo de techo se había descorrido por completo. A través del cristal los rayos rasgaban la noche como disparados por el mismísimo Júpiter tonante. Kathy debió de oprimir otro botón, porque el sonido exterior llegó al interior con meridiana nitidez. Por un momento me puse en la mente de Mr. Arkadín para abandonarla a toda prisa. Aquel hombre era el peor psicópata de todos. Un auténtico demonio.

-Ahora que lo sabes casi todo, te preguntarás qué pienso hacer contigo… Voy a matarte. Sí, voy a matarte. Pero no sufras. No sufrirás. Porque te voy a matar a polvos.

martes, 19 de julio de 2022

EL BUFÓN DEL UNIVERSO II

 



De una manera tan peculiar se iniciaría mi vida como bufón de corte. La desgracia quiso que en pleno vuelo el comandante decidiera inventariar toda la bodega de carga, buscando dar un escarmiento a la tripulación, de la que se había quejado un jerarca a quien habían arrebatado una de sus jovencitas recientemente adquiridas. El comandante negó que su tripulación estuviera implicada y a cambio de que su nave no fuera puesta patas arriba por la guardia personal del jerarca entregó una buena provisión de películas históricas que reservaba para la burguesía de otro planeta más rico. El enfadado jerarca se dejó convencer ante la perspectiva de que su esposa le dejara en paz por una larga temporada con sus quejas sobre el excesivo número de sus concubinas. El comandante quiso cerciorarse de que la jovencita, objeto del litigio estaba en la bodega, escondida por algún grupo de tripulantes rijosos y desvergonzados. No la encontraron, a cambio yo tuve que sufrir un severo castigo como polizón. El frustrado y encolerizado comandante no me ahorró tortura alguna, incluso decidió utilizar conmigo una extraña sonda psíquica que había adquirido en un planeta tecnológico, donde le prometieron que hasta las mentes más rebeldes se convertirían en mansos corderitos tras pasar por la sonda. No encontró mejor ocasión para probarla y aquel desatino descubriría una faceta tan escondida en mi mente que nunca supe de su existencia. De pronto me convertí en el “bufón del universo” como sería presentado en las grandes mansiones por pomposos mayordomos, deseosos de agradar a sus señores hasta el vómito.

Aquel hombre era un sádico redomado y su tripulación la hez de los planetas por donde pasaba. La reclutaba en los bajos fondos de las capitales planetarias. Con el tiempo llegaría a saber que la nave no era en realidad una de las numerosas naves comerciales que suelen hacer los mismos trayectos, consiguiendo mercancía aquí, vendiéndola acullá, aceptando pedidos, trapicheando con todo, sino una peligrosa nave pirata que había adoptado la fachada de una inocua nave comercial para pasar desapercibida. El comandante sólo buscaba conseguir la mayor riqueza posible en el menor tiempo y luego retirarse a un planeta desconocido donde sería amo y señor. Es posible que esta mezquina meta transformara su carácter o tal vez fuera precisamente ese carácter frío y mezquino el que le llevó a una profesión donde solo medran los malos y sobreviven los peores. No podía haber elegido una nave peor. Yo iba a ser el entretenimiento de aquellos sádicos sin entrañas durante el tiempo que durara el viaje. Iba a morir, o si lograba sobrevivir, me venderían a cualquiera en cualquier parte por el dinero que quisieran darle.

El comandante se dirigió a su camarote, donde al parecer guardaba la sonda en su caja fuerte particular. Regresó con una pequeña caja como las que suelen vender en los bazares para regalos entre los más desfavorecidos. Pero aquel artilugio no era precisamente un regalo. Sin duda debió de formar parte del botín de algún abordaje, o comprada a un alto precio en un planeta de tecnología muy avanzada. Me ataron a un sillón y el comandante oprimió una serie de botones que se pusieron en rojo. Había colocado la sonda sobre mi regazo y de ella comenzaron a brotar numerosos tentáculos. En un principio pensé que se limitarían a pegarse a mi cuerpo con ventosas. No fue así. Cada tentáculo escogió una parte de mi cuerpo y penetró hasta mis órganos vitales. Todo ello sin anestesia. El dolor me hizo gritar como si me estuvieran destripando. Se apresuraron a colocarme una mordaza sobre la boca y a comprobar las ataduras. Unos cuantos tentáculos penetraron en mi cabeza, horadaron mi cráneo y allí se pusieron a buscar determinadas terminaciones nerviosas siguiendo un programa que solo su inventor podía conocer. Observé cómo se hacía un gran silencio y todas las miradas convergían en mi persona. Estaba seguro de no ser el primero que probaba aquel espantoso artilugio. ¡A saber cuántas víctimas inocentes lo habían experimentado antes y qué fenómenos extraños se habían producido! En cada víctima el efecto debía ser diferente y en muchos casos, con seguridad, se generarían espectáculos entretenidos y graciosos o al menos las muertes serían tan variadas como placenteras para aquella tropa de brutos. Un tentáculo de la cabeza dejó de hurgar por haber encontrado lo que buscaba. De pronto caí en una especie de catalepsia onírica muy extraña. Ante mí comenzaron a desfilar imágenes de una pesadilla sin sentido y angustiosa de la que intentaba salir haciendo esfuerzos sobrehumanos. Todos los habitantes del universo parecían haberse reunido en un salón sin paredes que se extendía por el espacio infinito. Todos se reían de mí, señalándome con el dedo y haciendo todo tipo de visajes. Sin saber cómo podía leer las mentes de los más cercanos, con una claridad y complejidad que me producía un asco infinito. Quise bloquear aquella lectura de pensamientos que tanto daño me estaba haciendo, pero, al contrario, aquel don o castigo demoniaco se intensificaba más cuanto mayor era mi odio y mi rabia. Cuando el número de mentes que podía leer se hizo tan numeroso que creí volverme loco, sentí una náusea infinita y sin poder evitarlo comencé a vomitar.

Desperté con brusquedad, sin transición. Alguien debió haberme quitado la mordaza de la boca durante la tortura, porque en efecto, estaba vomitando. Era un vómito extraño. De mi boca salía una sustancia lechosa, grisácea, que permanecía en el aire, como si pudiera flotar, y poco a poco se iba transformando en caras y cuerpos, como hologramas manejados por un ordenador completo y potentísimo. Por toda la habitación se movían en el aire cuerpos ya completos con unos rostros deformados, de una fealdad terrorífica. Asombrado comprobé que algunos rostros tenían un parecido feroz con los tripulantes que estaban más cerca, desde el comandante al resto de los cargos de la nave, que eran los que habían tomado las mejores y más cercanas posiciones. Cualquiera podía ver que eran sus rostros, si bien habían adquirido formas demoniacas que sin duda correspondían a sus pensamientos y emociones más íntimas. Los demonios que aquella tripulación llevaba en su interior, bajo sus rostros de carne que habían sido aceptables hasta aquel momento a pesar de los rictus que los desfiguraban, habían salido al exterior, bajo algún hechizo inexplicable y se movían en el aire, con un movimiento pausado, casi una danza. Cada uno de aquellos cuerpos se había acercado a su sosias como impelido por una atracción irresistible. Permanecía a su lado, de pie, como un gemelo respetuoso. Mis vómitos seguían un curioso proceso. Notaba en mi interior como un cosquilleo que se intensificaba hasta llegar a la náusea, algo repugnante, feroz, como un monstruo recién despertado que anhelaba salir fuera, para lo que hubiera llegado a trepanar mi carne, pero encontraba un camino ya hecho, mucho más sencillo y por él se dirigía hacia la superficie, hacia mi boca. Antes de que llegara a salir mi cuerpo se doblaba en dos, estremecido por el asco. Mi laringe y boca se taponaban, lo mismo que mis fosas nasales. Quedaba sin respiración y cuando creía que la muerte era inevitable sufría unas sacudidas epilépticas que arrojaban fuera de mí esa sustancia demoniaca. Sentía un infinito alivio mientras esa especie de ectoplasma lechoso y casi transparente levitaba en el aire, como tomando consciencia de quién era y de que ya estaba fuera de su prisión. Entonces parecía reorganizarse, buscando su esencia más profunda. Comenzaba a formarse un cuerpo, bien por los pies o por la cabeza y no paraba hasta conseguirlo. Su última fase la dedicaba a moldear el rostro, buscando la expresión exacta de un modelo que solo él podía percibir. Era como contemplar el trabajo de un artista, de un escultor, que moldeara con aire pintado el semblante del arquetipo monstruoso que estaba posando para él. Esta tarea llevaba su tiempo, porque era muy meticulosa. Una vez terminado el trabajo el monstruo etéreo levitaba por la sala hasta encontrar el tripulante que más se le pareciera, hacía una reverencia grotesca, esbozaba una sonrisa estereotipada y se situaba a su lado, a su izquierda o derecha, dejando que en su rostro inmaterial se fueran reflejando los pensamientos de su doble como en una película de holovisión creada solo por emociones. Era algo tan repugnante que observé, entre vómito y vómito, cómo los tripulantes de carne habían vomitado frente a sí. El suelo era un lodazal de vómitos, una pista resbaladiza donde cualquiera que se hubiera movido habría aterrizado dando volteretas. Tal vez por eso nadie se movía, aunque el aspecto cadavérico de sus semblantes me indicaba que tampoco lo hubieran podido hacer de haberlo intentado. Semejaban cadáveres petrificados, el museo de un perverso coleccionista que se deleitara con la muerte y sus formas.

Cuando cada tripulante tuvo su sosias, sentí en mi interior un vacío maravilloso, ya nada pugnaba por salir. Ni siquiera sentía mis órganos internos, era como uno de esos globos con los que juegan los niños en las ferias. Estaba agotado por el esfuerzo, deseoso de dormir horas y horas, días y días. Me sorprendió que mi cuerpo no levitara también y por el aire se dirigiera a mi camarote, con silla y todo. Durante mucho tiempo nadie se movió, nada rompió el silencio. Finalmente escuché un grito inhumano que solo al cabo de unos segundos comprendí que era mío. Eso hizo reaccionar a uno de los tripulantes, el más bestia, el más sádico, al que yo más odiaba. Sacó de su cartuchera una pistola desintegradora y me apuntó mientras gritaba que me iba a matar. Concretamente dijo: Te voy a matar, maldito bufón. Y lo hubiera hecho de no haber observado cómo sus compañeros le miraban, con miedo, con repugnancia. Debo decir que más bien miraban a su sosias, con tal fijeza que hasta él mismo volvió la cabeza intrigado. El rostro de su doble era tan espantoso que nadie que lo contemplara podría permanecer en su juicio. Un demonio, su propio demonio, expresaba con total claridad los pensamientos y emociones que sin duda albergaba aquella bestia sin entrañas. La impresión fue tal que dejó caer el arma, que rebotó en el suelo metálico produciendo un sonido que ayudó a que los demás fueran reaccionando. Mientras el modelo de aquel monstruo ectoplasmático salía corriendo y chillando de la sala, los demás se miraron y miraron al capitán.

-No os quedéis ahí, como estatuas. Quiero que lo amordacéis, que lo sujetéis con más ligaduras y que unos cuantos vayan a la bodega y traigan el contenedor vacío que utilizamos para enjaular a los animales más feroces que cazamos para el zoo de Ixirion. Rápido. No sabemos lo que será capaz de hacer este monstruo.

Todos se apresuraron a ponerse en pie y moverse, pero los vómitos que enlodazaban el suelo les hicieron resbalar y caer en las posturas más extravagantes que uno hubiera podido imaginar. El comandante maldijo a voz en grito y tecleó en el artilugio que siempre llevaba en su muñeca izquierda. Como salidos de la nada un rebaño de robots domésticos se dispersó por el salón limpiando en un santiamén el suelo de aquel fango repugnante, incluso limpiaron también las botas y ropas de los tripulantes. Solo la mordaza me impidió expresar el regocijo que sentía. Con el tiempo aquella escena formaría parte de uno de mis shows más famosos. Me vi asaltado y sujetado aún con más fuerza por ligaduras electrónicas. Al cabo de un tiempo otros tripulantes entraron manejando una plataforma donde venía el famoso contenedor para animales exóticos y peligrosos. La situaron frente a mí y se abrió la parte delantera con gran rapidez. Entre varios me levantaron con silla y todo, introduciéndome en su interior. La puerta se cerró y yo permanecí aterrorizado sin poder ver nada del exterior. Imaginé que me llevaban a la bodega de carga, donde me dejaron a buen recaudo. Dejé de escuchar voces y el silencio cayó sobre mí como la oscuridad materializada. Por suerte caí en un estado catatónico que me impidió pensar.

miércoles, 6 de julio de 2022

LA VENGANZA DE KATHY X

 




Alice se quedó mirándome con ojos tiernos, mientras esbozaba una sonrisa picarona. Mi cabeza era un revoltijo de cosas sin la menor importancia que rodaban y rodaban buscando un sumidero como una bola de billar golpeada por un cachas. Me preguntaba por qué yo no tenía reloj. Se me ocurrió cuando ella miraba el suyo, pequeño y coqueto. Es posible que hasta portara un rolex de oro cuando llegué a Crazyworld. Tendría que preguntarle a Kathy…si la encontraba. Eso me hizo plantearme lo que convenía hacer. Salir con aquel tormentón era un riesgo suicida. Mejor quedarse allí toda la noche si la tormenta no amainaba. Miré a Alice y me dije que no era una mala idea.

-No podemos salir ahora, tal como están las cosas. Esperaremos media hora y si continúa yo me marcharé, pase lo que pase. Tengo que dar la cena, no puedo escaquearme.

-¿Y si nos quedamos a pasar la noche?

-¿Ya no piensas en seguir buscando a Kathy? No sabes cómo me alegro. A mí también me gustaría, ya lo creo. Pero las cosas no están para bromas. Si no aparezco Jimmy pensaría que también me ha ocurrido algo y se pondría aún más histérico. No quiero ni pensar lo que haría.

-¿Y yo?

-Tú puedes seguir buscándola el resto de la noche y enfrentarte a los rayos y los truenos. No creo que Jimmy se preocupara mucho. ¿Qué piensas hacer?

-A ver qué pasa con la tormenta. Si tú te vas, creo que la buscaré. Cada vez me convenzo más que le ha pasado algo muy grave.

-No pensabas así hace un segundo, cuando me hablabas de pasar la noche. Eres un veleta.

Callamos porque un inmenso racimo de rayos encendió la oscuridad. Los truenos parecían explosiones de bombas atómicas, por poner una comparación. No sé de dónde me vino aquella idea, porque no recordaba que existieran bombas atómicas ni nada parecido. Alice se asustó tanto que se acercó a mí. Yo la abracé. Los dos estábamos temblando como hojas a merced de la tormenta. El espectáculo era grandioso, aunque aterrador. Al cabo de un tiempo que no contabilicé, Alice miró su relojito.

-Tengo que irme o llegaré tarde. Tú puedes quedarte aquí hasta que termine. Luego no te olvides de cerrar la puerta.

-Voy contigo.

-Como quieras.

Se lanzó hacia la trampilla que aún continuaba abierta. Pensé que iba a cerrarla y me acerqué para ayudarla. Lo que hizo fue bajar las escaleras de dos en dos. Volvió con dos chubasqueros y dos linternas.

-Yo ya tengo linterna.

-Toma, estas son impermeables, indestructibles y con una potencia de luz que necesitaremos si no queremos darnos de morros contra los árboles. Ponte también el chubasquero, no lo atraviesan ni las balas. Hice lo que me pedía. Observé que estaba hecho de algo indescriptible, mitad tela, mitad metal raro. Lo toqué con curiosidad. Seguro que nada lo atravesaba, parecía de acero, aunque era tan liviano como una pluma. Me pidió que la ayudara a cerrar la trampilla y luego a mover la cama hasta dejarla como antes. Entonces nos dispusimos a salir. Alice parecía una difunta de lo pálida que estaba y yo debía de tener una pinta parecida. Tocó donde antes y las paredes se movieron en sentido contrario. Nos acercamos a la puerta con un ligero tembleque. Salimos al exterior. Cerró la puerta y encendió su linterna. Yo hice lo mismo con la mía. La potencia de luz era acojonante –otra palabra que me vino a la cabeza sin saber desde dónde- pero no veíamos ni a tres pasos. La oscuridad era como boca de lobo. Ella abrió camino como tanteando, mirando al suelo de vez en cuando.

-Tú sigue mis pasos. Te llevaré hasta donde comimos. Luego si quieres hacer el loco puedes buscar por allí. Yo seguiré mi camino.

Asentí sin decir nada, la perspectiva de quedarme solo en el bosque, con aquella tormenta me ponía el vello de punta, pero algo, una fuerza oscura, el destino, lo que fuera, me impulsaba a cometer la mayor locura de mi corta vida, que apenas podía contarse por días, porque nadie puede decir que ha vivido lo que no recuerda. El tiempo se me hizo eterno. El camino estaba ya muy embarrado. Comenzaba a formarse un arroyo que discurría con alguna fuerza puesto que al parecer estábamos descendiendo. El agua se perdía por todas partes ya que no existía cauce que lo mantuviera recogido. Las grandes gotas que caían con fuerza hacían sonar las hojas de los árboles, produciendo un sonido como tambores de guerra. Al menos así me sentía yo, como un guerrero dispuesto a luchar con enemigos invisibles. Me dije que era un auténtico idiota. Debería seguir a Alice y refugiarme en Crazyworld. Nada se me había perdido en aquella batalla contra los elementos. Ahora soplaba un viento fuerte, casi huracanado, que amenazaba con quebrar ramas, y hasta los árboles más pequeños y frágiles. Al fin Alice se detuvo.

-Solo tienes que seguir este camino. No está lejos. Yo me desvío aquí. Espero que conserves el walkie talkie. Si necesitas ayuda llama a Jimmy, aunque me temo que nadie saldrá a buscarte hasta mañana, cuando la tormenta haya amainado.

Busqué el walkie en la mochila y sentí un gran alivio cuando lo encontré. Lo activé, parecía funcionar, aunque solo se escuchaba un ruido molesto. La abracé, besándola en la boca. Nos deseamos suerte y ella siguió su camino. Yo permanecí iluminando su espalda hasta que dejé de verla. Estaba solo frente a la tormenta. Me repetí una vez más que era una estupidez buscar a Kathy. Si estaba muerta no había prisa. Si estaba viva de nada serviría mi presencia si no la encontraba. Me puse en movimiento, peleando contra el viento y la lluvia. Los rayos y truenos eran cada vez más frecuentes e intensos. Creo que por primera vez era plenamente consciente de la increíble tormenta que estaba descargando sobre Crazyworld. No recordaba otras tormentas pero ésta me parecía la peor de todas. Tampoco estaba seguro de que estuviéramos en verano, aunque había hecho mucho calor desde mi llegada. Nada me encajaba, aunque no sabía muy bien por qué. Un rayo espectacular cayó sobre un árbol, no muy lejos de donde me encontraba. Lo partió en dos y lo tumbó como la mano de un gigante quitándose de en medio una ramita. Cuando llegué hasta allí algunas ramas aún continuaban encendidas. Era un espectáculo amedrentador. De nuevo pensé en dejar la busca de Kathy y refugiarme en Crazyworld. Si aquello no era un aviso, se le parecía mucho, pero decidí seguir adelante. Era más una obsesión que cualquier otra cosa en la que pudiera pensar.

Decidí trepar al tronco y saltar al otro lado. Me pareció lo más razonable para no desviarme del camino. Cuando estaba de pie sobre el tronco, a punto de saltar al otro lado, el trueno retumbó como si toda la trompetería del infierno entonara un himno ominoso. Me llevé tal susto que salté de forma inconsciente. Caí de bruces sobre el suelo embarrado y allí permanecí, atontado, hasta que el trueno fue muriendo poco a poco. Tampoco podía comparar, aunque me pareció el trueno más largo de cualquier tormenta sobre la Tierra desde el albor de los tiempos. Me levanté como pude, limpiándome la cara de barro. No debía de quedar mucho para llegar al claro donde habíamos almorzado Alice y yo. Solo me di cuenta de que había llegado cuando un encadenamiento de rayos me permitió verlo. Así era, en efecto, pero qué podía ser aquella figura que parecía danzar en el centro. Tardé un tiempo en comprender. Sin duda se trataba de una figura humana. Traté de iluminarla con la linterna, pero el haz no llegaba hasta ella. Me fui acercando poco a poco. Identifiqué el sentimiento que me atenazaba. Miedo. Más que miedo. Terror. Ningún ser humano podría permanecer al aire libre, en medio del bosque, de la oscuridad más tenebrosa, a no ser que estuviera completamente loco. Caí en la cuenta de que yo también era otro ser humano bajo la tormenta, así, pues, también yo estaba completamente loco.

Otro encadenamiento de rayos me hizo ver lo que mi razón se negaba a contemplar. La figura era femenina y estaba completamente desnuda, bailando una danza salvaje bajo la tormenta, como invocando a todos los demonios del infierno, invocando el apocalipsis y el fin de la especie humana. Intenté gritar un nombre, pero no pude hacerlo. Quedé paralizado, de pie, con la boca abierta. Porque, en efecto, aquella mujer era Kathy. Estaba desnuda, o más bien cubierta completamente de barro como un animal prehistórico. Su danza era tan extravagante como solo a un demonio loco se le hubiera podido ocurrir. Al mismo tiempo era salvaje, brutal, pero bella, hermosa. Tanto como su cuerpo desnudo. Una bailarina de ballet danzando La consagración de la primavera de Stravinsky no lo hubiera hecho mejor. Los brazos subían como implorando al cielo un castigo para la humanidad, bajaban como suplicando al Averno se apoderara de su cuerpo. Sus caderas se ofrecían para un coito salvaje. Todo su cuerpo parecía poseído por dioses primigenios.

Permanecí largo tiempo sin poder apartar la mirada. Los relámpagos iluminaban aquella danza obscena, los truenos acompañaban, como una orquesta de timbales, atenuando a la orquesta sinfónica que interpretaba la pieza de Stravinsky. Al fin desperté de mi pesadilla y me lancé hacia delante, gritando su nombre. Kathy, Kathy, Kathy. El suelo estaba embarrado, parecía un pantano de arenas movedizas. Eso me hizo caer otra vez. Me levanté y continué corriendo. Ella no parecía haberse dado cuenta de mi presencia. Caí más veces y otras tantas me levanté. Lo único que importaba era que estaba viva. Aunque estuviera loca, aunque acabara pillando una neumonía, aunque no me reconociera. Era Kathy y estaba viva. Lo demás no importaba. Al fin llegué hasta ella y la abracé con una fuerza insana. En aquel momento un increíble relámpago cruzó el cielo, deslumbrándome, rasgándolo todo. Luego cuando llegó el ruido infernal noté. como el pinchazo de un gigantesco mosquito, en mi cuello y perdí la consciencia.

martes, 28 de junio de 2022

EL BUFÓN DEL UNIVERSO I

 


EL BUFÓN DEL UNIVERSO I



NOVELA DE CIENCIA-FICCIÓN



NOTA INTRODUCTORIA

Esta novela se basa en un sueño, muy largo y extraño, que tuve una noche de verano mientras acampaba en un valle de montaña. Sin duda se trata de uno de mis sueños más extraordinarios por su longitud y su temática. Al despertar en la tienda de campaña me asombré de haber tenido semejante sueño y decidí que no se perdiera, poniéndome de inmediato a escribirlo en un cuaderno. Me pasé varias horas recordando cada uno de los detalles y escribiéndolos como si de una novela se tratara. La historia onírica es muy aprovechable, aunque necesita atemperar todos sus aspectos oníricos para ser transformada en una novela de cienciaficción con un mínimo de verosimilitud y lógica narrativa.

Puedo rastrear en ella los problemas que sufría en aquel momento, fobia social, desconfianza absoluta en la naturaleza humana y en toda la humanidad y una crisis grave y profunda en mi enfermedad mental. Aunque no lo recuerdo es bastante verosímil que por aquella época estuviera leyendo Dune, la saga de Frank Herbert, puesto que la escena en la mansión de los duques, gobernantes del planeta, se parece bastante a escenas de la novela. Tampoco recuerdo si había visto ya la película de David Lynch basada en las novelas de Herbet o la vería con posterioridad.

Voy a copiar la nota que puse al terminar de pasar al ordenador el manuscrito del sueño, creo que tiene cierto interés.

“Al despertar tuve la sensación de haber soñado una auténtica novela. La hipótesis de haber visto una novela que escribiría en el futuro fue la primera que me planteé. No obstante el sueño fue pura imagen, una auténtica película.



La primera parte fue muy vívida y muy detallista. La segunda adquirió las tonalidades neblinosas y distorsionadas propias del sueño. Existía un hilo conductor en la historia, pero las escenas no eran muy claras. Excepto la escena final, en la que puedo ver con total claridad la sala de control de la nave.



Ha sido el primer sueño de una duración desorbitada. Normalmente ahora tengo varios sueños a lo largo de la noche. Algunos no tienen la menor relación con los otros. A veces hay una especie de primera parte, me despierto y la segunda es completamente diferente. Con el tiempo he logrado un gran dominio sobre los sueños. Cuando quiero imaginar una historia que pueda servirme para algún relato, de alguna manera en sueños se produce la visualización de esa historia. Al despertar solo tengo que escribir un breve esbozo y luego ir adornando la narración con los detalles más oportunos y podando los que no sirven porque están demasiado distorsionados por el sueño.



Para un escritor esta facultad de soñar, programándose, es una maravillosa herramienta. Les sugiero que lo intenten. No desesperen si tardan en conseguirlo. Los sueños parecen moverse en otro tiempo distinto al nuestro”.







EL BUFÓN DEL UNIVERSO



CAPÍTULO I



INTENTANDO OLVIDAR



Me muevo por la ciudad como un perro sarnoso. No he cobrado mi estipendio y he sido arrojado del palacio de la forma más vil. Puede que haya desperdiciado mi gran ocasión. Por mucho que viaje a planetas lejanos, mi fama me precederá.



Sin ser consciente he llegado a los suburbios, donde suelen habitar las gentes más pobres. Todos los planetas habitados se parecen, todas las ciudades parecen haber sido diseñadas de acuerdo al dinero que posean sus habitantes. Todos los planetas son para mí el mismo planeta, todas las ciudades una única ciudad. Me llaman de todas partes, mi fama vuela más rápido que las naves. Los bufones son una antigualla, un icono de un pasado remoto, por suerte ahora está de moda todo lo antiguo, resucitan las antiguallas para convertirse en lo más “chic”. Creo que la imaginación ha muerto, ha sido desterrada a lo más recóndito del universo, un lugar que algún día espero encontrar. Se ha agotado la fuente de la creatividad, por eso todo el mundo recurre al pasado, y cuanto más alejado en el tiempo, mejor.



Nací en un planeta perdido de la mano de Dios –una expresión tan antigua que necesariamente acabó poniéndose de moda- y en un continente abandonado por la civilización, gobernado por una aristocracia más ocupada en seguir las modas copiadas de las películas históricas de holovisión que en hacer algo productivo por la sociedad. Podría definir mi infancia con dos palabras: hambre y belleza. Hambre, porque porque los jerarcas solo se ocupaban de vestir a la moda y de divertirse según los patrones de las películas que veían en sus mansiones, importadas por naves espaciales fletadas por mercaderes o mercachifles que traficaban con lo que se les pedía en cada planeta, en el mío solo películas históricas y ropas y artilugios de un pasado remoto. El resto de nosotros subsistíamos como podíamos, cultivando trabajósamente huertos improductivos, explotando a brazo desnudo minas que nadie quería y transportando el mineral en carretas de madera tiradas por viejos animales moribundos hasta el espacio-puerto más cercano, donde los mercachifles intercambiaban valiosos minerales que en otros planetas más avanzados les arrebataban de las manos, por unos cuantos cajones frigoríficos repletos de alimentos desechados por la tripulación. Belleza, porque por fortuna nací en las Montañas blancas, cubiertas todo el año de nieves perpetuas, con hermosos valles repletos de bosques y horadados por bellísimos lagos de aguas cristalinas. Allí nacían las mujeres más hermosas y blancas, de piel como la leche, ojos azules como el cielo y rostros tan delicados como los bordados de nuestras abuelas.



Con esa belleza era suficiente para mí, paisajes solitarios y olvidados por el frío glacial que bajaba desde los glaciares, y las más bellas mujeres del planeta, de la galaxia decían los mercachifles. Los jerarcas acudían a los lugares de esparcimiento, buscando carne fresca para sus harenes de amantes, y los mercachifles las intercambiaban por juguetitos divertidos e inútiles. Lo sé porque acostumbraba a estar por allí cerca, tanto para ver la belleza de las jovencitas como para alimentarme de las sobras que todas las noches dejaban en callejones traseros, al alcance de animales carroñeros y de pilluelos como yo.



Por desgracia había nacido con una pequeña deformidad en la espalda, que llamaban joroba, y que bien hubiera podido disimular caminando más erguido con las ropas adecuadas, pero ni tenía ganas de caminar erguido ni hubiera conseguido las ropas adecuadas aunque se me permitiera trabajar en las minas, algo impensable para un adolescente enclenque y además jorobado. Mis padres maldijeron de su suerte al ver mi deformidad que les impediría venderme como servidor a los jerarcas o como esclavo a los mercachifles. Por aquel entonces no se habían puesto de moda los bufones, algo que les habría permitido sacar un buen pellizco vendiéndome como bufón a cualquier jerarca extravagante. Me abandonaron a la puerta de la iglesia de una de las numerosas confesiones religiosas que intentaban llevar una pizca de consuelo a tanto desheredado, a cambio de las preceptivas limosnas. Allí me cuidaron y alimentaron hasta que crecí lo suficiente para que pudieran darse cuenta de que nunca sería un devoto, la religión era algo incomprensible para mí y no procuraba disimularlo.



Siendo aún un niño me vi obligado a pelear con otros pilluelos y con animales carroñeros por las sobras. Con un buen machete, que logré robar a un borracho, me trasladé durante un tiempo a la naturaleza, y en pleno bosque me construí una cabaña de ramas y logré construirme un buen arco, tras experimentar una y otra vez. Así comenzó mi vida de trapero, matando animales para comer y para intercambiar sus pieles en la ciudad por pequeños utensilios que me sirvieron de gran ayuda. Algunos traperos y cazadores quisieron tomarme a su cargo, de ellos aprendí muchos trucos, pero nunca permanecí mucho tiempo con ninguno de ellos, empecinados en convertirme en un esclavo barato.





Con el tiempo conseguiría un buen hacha, un excelente mechero, alimentado con una batería que parecía inagotable y algunos utensilios que intercambiaba con los padres de las jovencitas que eran vendidas a los mercachifles. Me construí una buena cabaña de troncos y pasaba largas temporadas en el bosque, pero el frío y la necesidad de contemplar la belleza de las jovencitas me hacía regresar a temporadas a la ciudad. Así hubiera transcurrido buena parte de mi vida de no ser por aquella estúpida curiosidad que me llevó a entrar en un barucho para tomar aguardiente barato, como hacían todos los adultos. Allí escuché la conversación de dos tripulantes de una nave que habían acudido para gastarse sus soldadas en aguardiente y putas baratas. Descubrí la forma de subirme como polizón a la nave, sin que nadie se enterara, y salir de una vez para siempre de aquel apestoso planeta. Tal como estaba me escondí en el compartimento de carga del pequeño vehículo volador que habían alquilado para llegar hasta allí y sin demasiados tropiezos pude acceder a la bodega de la nave y buscar el mejor refugio, el que nunca era inspeccionado, según aquellos cochambrosos tripulantes.



De una manera tan peculiar se iniciaría mi vida como bufón de corte. La desgracia quiso que en pleno vuelo el comandante decidiera inventariar toda la bodega de carga, buscando dar un escarmiento a la tripulación, de la que se había quejado un jerarca a quien habían arrebatado una de sus jovencitas recientemente adquiridas. El comandante negó que su tripulación estuviera implicada y a cambio de que su nave no fuera puesta patas arriba por la guardia personal del jerarca entregó una buena provisión de películas históricas que reservaba para la burguesía de otro planeta más rico. El enfadado jerarca se dejó convencer ante la perspectiva de que su esposa le dejara en paz por una larga temporada con sus quejas sobre el excesivo número de sus concubinas. El comandante quiso cerciorarse de que la jovencita objeto del litigio estaba en la bodega, escondida por algún grupo de tripulantes rijosos y desvergonzados. No la encontraron, a cambio yo tuve que sufrir un severo castigo como polizón. El frustrado y encolerizado comandante no me ahorró tortura alguna, incluso decidió utilizar conmigo una extraña sonda psíquica que había adquirido en un planeta tecnológico, donde le prometieron que hasta las mentes más rebeldes se convertirían en mansos corderitos tras pasar por la sonda. No encontró mejor ocasión para probarla y aquel desatino descubriría una faceta tan escondida en mi mente que nunca supe de su existencia. De pronto me convertí en el “bufón del universo” como sería presentado en las grandes mansiones por pomposos mayordomos, deseosos de agradar a sus señores hasta el vómito.