lunes, 21 de noviembre de 2016

MANUAL DEL PERFECTO HUMORISTA I





                               MANUAL DEL PERFECTO HUMORISTA



                                                                         INTRODUCCION


¿Se niegan a ser humoristas? Imposible. En realidad ya lo son, aunque no acaben de creérselo. ¿Acaso no se han reído nunca?

-¿En serio que no lo han hecho? Entonces voy a empezar a pensar que el planeta sufre una invasión de zombis.

-Bueno, bueno. Que no parece sino que usted está centrando toda la esencia del ser humano en la risa. Basta con amar para ser humano.

-Vale. El que ama es humano. ¿Pero seguro que los que aman no se han reído nunca?... Imposible.

Eres un humorista. Convéncete. ¿Quieres dar un paso más y transformarte en un perfecto humorista?   ¿Sí?  Entonces.....




                                                                    PRIMER PASO

                                                  RIÉTE DE TÍ MISMO


-Colócate delante de un espejo y mírate sin trampas, sin inhibiciones. ¿Qué ves?

-¿No te gusta la carrocería que han embutido tu consciencia?  ¿Y a quién le gusta?

-No llores con lágrimas de cocodrilo. RIÉTE....RIÉTE.

No es sencillo. Cuando los demás se ríen de tí, te rebeles, brota el odio en tu interior.

-¿Por qué?  Porque los demás ven en tí lo que ú no quieres ver.

Deja de esconder la cabeza debajo del sobaco y obsérvate con la consciencia limpia, sin miedo, con la imperturbabilidad de un buda, que diría Milarepa.

¿Sientes deseos de llorar? No te contengas. Pero ríe al mismo tiempo, analizando de qué te ríes y por qué lo haces.

                                                CREA UN PERSONAJE CON TUS RASGOS FÍSICOS


Es indiferente que tengas la cabeza grande o pequeña, perfecta o monstruosa. Que el cabello te caiga  a las espaldas en melena leonina o que seas calvo como bola de billar. Que la barriga no te deje ver la punta de los pies o que la naturaleza te haya dada el cuerpo más despampanante del universo.  Sea como sea nunca estarás satisfecho contigo mismo. Y por eso hacer una parodia a través de un personaje humorístico con tus rasgos no será en absoluto complicado.

ERES BRUNELLI

Dibújate, descríbete y no temas exagerar tus rasgos. La exageración es al humor lo que la patata a la tortilla de patatas.

Analiza cada uno de tus rasgos. ¿No son graciosos?  ¿Estás seguro?

Esa manía de hurgarte la nariz, de mirar el reloj cada diez segundos, como si eso pudiera detener el tiempo.  Esa obsesión por ponerte firme y mirar la punta de tus zapatos desde lo alto, a ver si la panza ha disminuido y puedes alcanzar tu meta soñada.

Imagina que no eres tú quien lo está haciendo, sino tu personaje, Brunelli.  Ha vuelto a mirar su reloj de pulsera mientras te cuenta un chiste. Sigue la escena hasta sus últimas consecuencias y tendrás una parodia de tí mismo.

                                                             ANALIZA TU CARÁCTER

Ahora viene lo más difícil. Pero es preciso que lo hagas o nunca llegaras a nada en el humor. Analiza tu carácter con la frialdad de un doctor Sun descabezado.


Bueno. No quieras hacerlo todo en un día. Tómate un descanso y mañana seguiremos.


JUANITO SOLOTOV, UN NIÑO FEROZ




JUANITO SOLOTOV, UN NIÑO FEROZ



NARRADO POR SARITA BLANCO, PSICÓLOGA INFANTIL Y PEDIATRA A QUIENES RECURRIERON LOS PADRES DE JUANITO COMO ÚLTIMO RECURSO ANTES DE TIRAR LA TOALLA Y DEJAR QUE SU HIJO SE SALIERA SIEMPRE CON LA SUYA SIN PONER EL MENOR OBSTÁCULO

BREVE INTRODUCCIÓN

Desde muy niña me encapriché con las mascotas. Como mi madre se negaba a tener en casa un gatito o un perrito o un pajarito o cualquier animal que pudiera ensuciar la casa o arañar los sofás y como mi padre, un calzonazos, no era capaz de oponerse a este acto dictatorial de mi mamá, me tuve que conformar con ositos de peluche, perritos, vaquitas y toda clase de animales de peluche que me regalaba mi hermano, mi papá y hasta mi mamá, que con tal de tener la casa limpia no se oponía a invertir parte de los ahorros familiares en lo que ella consideraba mis “caprichines”. En realidad no quería demasiado a mis mascotas y especialmente a un cerdito rosado,  de mirada bizca, que era mi preferido. Me lo escondía en cualquier parte, lo torturaba en el tambor de la lavadora, dándole vueltas y más vueltas, amenazaba con arrojarlo a la basura o hacerle toda clase de “picias”.

Mi amor por las mascotas era infinito y mi papá lo compartía, anunciándome en broma que con el tiempo yo llegaría a ser la mamá universal que todo hacía presagiar.

Es curioso porque no me gustaban los niños, me estorbaban, me parecían caprichosos, mal criados y unos auténticos “Hitleritos” sin bigote, a no ser que se lo pintaran con carbón. A pesar de ello mi papá insistía, “erre que erre” en que su hija, cuando fuera mayor, sería una mamá universal como aparecía en el budismo, del que él era tan acérrimo que hasta intentó convertirme a mí.

Mi papá, que tuvo mucho papel en mi vida de niña y adolescente, sobre todo porque no dejaba de perseguirme para que me convirtiera al budismo, para que leyera más, escuchara música clásica o lo que fuera, consiguió que al menos comenzara a leer novelas policiacas o novela negra, como él decía. Curiosamente comenzaron a gustarme estas historias. Luego descubrí en la televisión algunas series criminales que me gustaron mucho. Todo ello con el resultado de que cuando me planteé estudiar psicología quise especializarme en criminología, a pesar de que mi papá insistía, machacón, en que me especializara en psicología infantil, porque así se cumpliría su profecía de que yo sería la madre universal que él predijo desde que yo era muy niña y no levantaba un palmo del suelo.

Me las prometía muy felices dándole a mi papá en la nariz, estudiando criminología y olvidándome para siempre de los niños, “esos feroces pequeñitos”, cuando una serie de circunstancias, que sería muy prolijo narrar aquí, me obligaron a reciclarme y especializarme en psicología infantil y estudiar medicina y hacerme pediatra y dedicar mi vida a los niños.

Al principio lo llevaba muy mal, lo confieso. Sin embargo todo cambió cuando una tarde, que muchos consideraron a “posteriori” como aciaga, un niño enfadado y con un lorito en su hombro entró en mi consulta, acompañado de sus resignados padres. El niño se llamaba Juanito Solotov  (el apellido le venía por parte de padre, ruso de nacimiento y nacionalizado español tras casarse con una española, que luego llegaría a ser su desgraciada madre) y tanto sus papás, como en el “cole”, como allí donde se moviera era conocido, como Juanito Solotov, un niño feroz.

Me dije que no sería para tanto y me propuse llevar el caso como uno más, uno de esos casos rutinarios que tanto comenzaban a abundar en mi consulta, de niños rebeldes, casi delincuentes, a los que sus padres, tras años de consentirles todo, no podían controlar. Tampoco sus profesores porque los niños, según la legislación moderna y democrática, no podían ser castigados nunca. La sociedad no sabía qué hacer con ellos, porque eran menores y por lo tanto estaban protegidos hasta la mayoría de edad penal, hicieran lo que hicieran, así mataran a un perrito o un gatito o se “cargaran” a un montón de adultos a cuchillo.
Aún estoy pasmada de lo que ocurrió a continuación y durante los siguientes meses y hasta años, que duró el tratamiento y la terapia. El que no lograra nada de Juanito no me sorprendió, porque lo esperaba, el que sus padres acabaran descargando en mí toda su responsabilidad, tampoco, lo hacían todos los padres en cuanto encontraban la menor ocasión. Lo sorprendente, lo realmente insólito e inaudito fue que yo comenzara a amar a los niños en la persona de Juanito. Teniendo en cuenta que era un niño feroz y que a mí no me gustaban los niños antes de conocerlo, lo ocurrido puede calificarse de “milagroso”.

Pero la historia debe comenzar por sus pasos contados y el primero ocurrió aquella tarde en la que se abrió la puerta de mi consulta, sin haber antes escuchado el golpecito en la puerta de cortesía. No llevaba mucho tiempo ejerciendo como psicóloga y mis posibilidades económicas no eran muchas, razón por la que el despacho era pequeñito y en el pequeño cuadrilátero de la entrada no había una recepcionista o enfermera diplomada que filtrara la morralla que acudía a mi consulta. Mi mamá me había dicho que ahorraría lo suficiente, aunque tuviera que ponerse a pan y agua, para que me pudiera comprar unas sillas y un sofá “decentes” y pudiera pagar a una chica, no muy cara, que me sirviera de recepcionista hasta que mi situación económica mejorara. Por contra mi papá insistía en que yo me las arreglara sola, que ya era mayorcita, y que mi mamá, su esposa, quería seguir malcriándome hasta que fuera una abuelita.

Pero comencemos en el lugar y fecha arriba señalados.



              PRIMERA PARTE
         DE CÓMO SE ABRIÓ LA PUERTA Y ENTRÓ…

Aquella tarde no tenía citado a nadie y tampoco esperaba pacientes nuevos. Me entretenía leyendo un libro de criminología. A pesar de que las circunstancias me habían empujado hacia donde yo no quería, no había perdido la esperanza de que algún día, no muy lejano, pudiera ir a Quántico, sede del FBI en Virginia, y dedicarme a los perfiles, que es lo mío.
Escuché ruidos en la entrada y me disponía a levantarme y ver quién había entrado cuando la puerta se abrió de golpe, como si la hubiera empujado un elefante, golpeó en el tope de goma, que mi mamá había puesto para “evitar que la puerta diera contra la pared y se produjeran desconchones”, y rebotó hasta dar en la nariz a un pequeño que no se apartó a tiempo.

El “pequeño” o “enano feroz” no era otro que Juanito Solotov. Quien dejó escapar una palabrota que me puso colorada, y eso que a mí me ponen muy pocas cosas colorada, desde que decidiera, hace ya años, dedicarme a la criminología.

El niño llevaba un extraño pájaro en su hombro, que luego comprobaría era un lorito, solo que pintado de un color “caca” que no le pegaba nada al pobre animal. Lo había pintado así aquel mequetrefe en cuanto se enteró de que sus padres lo traerían a una terapeuta de “prestigio”. Esto último lo añado yo, para ironizar un poco y quitarme de encima el estrés emocional que me produce rememorar semejante acontecimiento.

El lorito era tan feroz como su dueño, o más. No solo repitió la palabrota escuchada a su “tutor”, sino que soltó una retahila de vocablos que pusieron encarnadas a las paredes de mi reducido despachito. Por suerte tras estos “feroces animales” entraron dos adultos.

La mamá, una mujer pálida, triste, sin pintar, vestida casi como una Maruja, se arrojó a mis brazos y me pidió perdón hasta embadurnar mi rostro de babas. ¡Qué asco!  En cambio el padre permanecía muy quieto, sin mover un músculo, apoyado en el dintel de la puerta. Su discreción era tal que solo al acercarme a la puerta, para cerrarla, advertí su presencia. Le invité a entrar, encajé el lienzo de madera en su sitio y fue entonces cuando me fijé en él.

Me pareció ruso desde el primer vistazo y no sabría decir por qué. Me gustaría pensar que mi olfato psicológico es infalible. Por desgracia no es así. Su aspecto físico me llevó a pensar en alguien de raza eslava y su aparente frialdad en los gestos en un ruso. Cuando habló para presentarse no tuve la seguridad de su nacionalidad hasta que lo mencionó, como de pasada, en un español casi sin acento. El ruso es un idioma bastante peculiar y fácil de identificar, sino fuera porque el ucraniano es parecido y tal vez el letón y …

Aún no me había sentado tras mi mesa de despacho. Estaba colocando un cuadro –en realidad una lámina del test de Rorschach- a la que había enmarcado, con la intención de tranquilizarme un poco, cuando mi nuca se erizó y pude darme la vuelta a tiempo. Juanito se había acercado sigilosamente y estaba a punto de levantarme la falda para verme las bragas. Soy muy discreta en el vestir y llevaba una falda por debajo de las rodillas, así que nada en mi vestimenta podía haberle provocado. Atrapé su mano en el aire y le hice una llave de defensa personal que había aprendido en un gimnasio al que acudía dos veces por semana. Se la retorcí y Juanito acabó de rodillas. Le dije que no le soltaría hasta que me pidiera perdón y así lo hizo cuando comprendió que era la única manera de salir de la tenaza.

-“Pedón”, señorita, “pedón”.

En un primer momento creí que vocalizaba mal, pero luego cuando su lorito, al que como supe después llamaba John Silver El Largo, desató su verborrea, estuve segura, sin el menor género de dudas, de que era una contraseña con el maldito animal. Aquel temible lorito comenzó a llamarme “pendón”, “putón verbenero” y toda clase de improperios. Como ya le había soltado la muñeca a Juanito decidí dejar las cosas donde estaban, aunque su padre no pensó lo mismo. Con sigilosa rapidez se acercó a Juanito por la espalda, le dio un buen coscorrón, le agarró del pelo y le obligó a arrodillarse ante mí.

-O le pides perdón o te arranco el pelo, maldito chaval.

Continuará.

CONCIENCIA DE KROSNAMURTI



CONCIENCIA DE KROSNAMURTI, UN GURÚ HINDÚ

EL RASTRO DEL MARRANO


NARRADO POR EL TURISTA ACCIDENTAL

El rastro del marrano es tan solo uno de los numerosos atractivos que tiene este país y su capital, Metrópolis, de unos diez millones de habitantes, censados, porque de los otros hay más, muchos más, en barrios marginales donde algunos tiquis-miquis no entrarían ni con un tanque. Cuando elegí este destino turístico lo hice a sabiendas, consciente de que el rastro del marrano sería una visita obligada de la que no me podría librar ni a tiros.

Los guías turísticos no admiten disculpas para evitar una visita que a todos los turistas les resulta en extremo desagradable. No sirve eso de “ Me gustaría ir al barrio “Venus” y quedarme allí hasta que la tarjeta de crédito fenezca tras una última boqueada especialmente placentera”. O aceptar ir como un borrego o te llevan a patadas, no tienes elección. El sello que te ponen en la frente, una especie de tercer ojo, hará que luego te reciban a cuerpo de rey en restaurantes y otros sitios turísticos. Caso contrario el maltrato será tan evidente que algunos turistas han salido por tierra, mar y aire, y de cualquier manera, sin esperar al día siguiente. Esto es algo que a un experto como yo nunca le ocurrirá. El turista accidental ha confeccionado guías turísticas hasta de los rincones más anónimos e infernales del mundo. No podría tener gran predicamento entre mis lectores si luego éstos se enteran de que he hecho el ridículo más espantoso, aquí o en la Luna.

Este país es un poco raro y Metrópolis la ciudad más extraña que un turista, novato o no, podrá conocer nunca. Pero antes de hablarles de todo esto permítanme que les describa su atracción turística más importante.

El Rastro del Marrano está situado en una empinada cuesta que conduce al barrio de Saint Louis de la Borderie, lugar de residencia de la gente más bien de esta ciudad, de todo el país, del planeta y hasta de la Galaxia, si existieran extraterrestres. Allí, en su plaza principal, está el gran teatro de la Ópera, las boutiques más elegantes y las mansiones de los ricos más ricos. Todos los demás podemos ser gente bien, como es mi caso, pero ellos viven a años luz de distancia, aunque basta con terminar la cuesta, donde se sitúa este rastrillo tan atípico, para que el viandante dé el primer paso en esta deslumbrante barriada.

Al principio, hace ya muños años, hubo problemas, muchos problemas, cuando los primeros vendedores de conciencias se instalaron en lo alto de la cuesta. Toda la gente con un poco de autoestima y dignidad puso el grito en el cielo y de allí no lo bajó hasta tanto las autoridades fiscales pusieron un impuesto especial a estos vendedores que estaban haciendo su agosto en unos miserables tenderetes hechos con cuatro barras metálicas y un toldo. Allí colgaban y eran batidas por el viento, que sopla muy fuerte y muy a menudo en Metrópolis, ejemplares de conciencias, pulcras, relimpias, hermosas, dispuestas siempre a ocupar el sitio de otras ya muy sucias por el uso y molestas por el olor que acostumbran a desprender, así se empape uno del mejor perfume y se ponga el smoking o el traje de noche. Ni la ropa interior de seda puede ocultar estas manchas cutáneas que aparecen en todas las conciencias con el paso del tiempo.

El grito del cielo fue bajado un escalón, hasta la Torre de Babel, en cuanto llegaron los resultados del primer año fiscal. Una auténtica locura. Se llegaban a pagar sumas de vértigo por una conciencia que durara más de un día sobre la piel de quienes dominaban el mercado internacional con sus empresas multinacionales y sus inversiones en bolsa.  Los impuestos de estas ventas eran elevadísimos y nadie se escaqueaba del fisco, porque inspectores ocultos tras sonrientes rostros de turistas ingenuos y sentimentales, estaban en todas partes y palpaban todas las transacciones. El I.B.E (Impuesto sobre bienes espirituales) que recaudaba Metrópolis daba para tanto que incluso después de repartir sumas cuantiosas entre sus habitantes, subvenir a todo tipo de necesidades públicas e incluso prestar a otros gobiernos planetarios, aún sobraba dinero para rebajar un poco la deuda del país.

A pesar de la presencia constante e imprevisible del Fisco lo cierto es que algunos contratos escapaban a su supervisión. Esto nunca se admitió en la propaganda oficial, pero ocurrir ocurría. La picaresca buscó todo tipo de subterfugios legales para evadir impuestos y alguno de los nuevos millonarios del Rastro del Marrano, ahora ya con mansiones en los puntos turísticos más caros y hermosos del planeta, ordenaron a sus empleados que organizaran el top-manta. Como quien no quiere la cosa comenzó a pulular por allí “gente de mal vivir”, de razas exóticas, vestimentas paupérrimas y lenguas irreconocibles. Extendían sus mantas en el suelo y en ellas colocaban conciencias pirateadas, aunque limpias, y por un precio módico, tres ochavos la pareja. Los encargados de los tenderetes, que estaban en el ajo, al menos la mayoría, hicieron el “paripé” de enfadarse, intentar echarles a patadas y avisar a la policía de vez en cuando. En realidad les estaban utilizando para ventas sin IBE y contratos no fiscalizados. Allí mandaban a clientes de “posibles” más bien bajos, porque a los millonarios no les importaba el IBE ni el IVA (Impuesto sobre el valor añadido del espíritu). Claro que el producto era de peor calidad. Ésta había ido mejorando con el tiempo hasta lograr que las mejores conciencias pudieran durar hasta un mes, incluso en manos canallas.

Nadie se quejó, lo importante era que el Rastro del Marrano siguieran siendo la atracción turística más importante del mundo, y una vez cambiadas las conciencias sucias el turismo que había subido en globo (las conciencias limpias pesaban menos) podía aterrizar con toda tranquilidad en las terrazas de restaurantes de diversas calidades y precios o morirse y ser incinerado en los numerosos tanatorios que pululaban a las afueras de Metrópoli. Tanatorios con aire acondicionado y todas las comodidades posibles, puesto que si a los difuntos no les importaban, a la esperaba de hallar el paraíso prometido, a los vivos sí que les importaba y mucho. Allí se podía esperar tan ricamente a que Caronte llenara sus barcas, hiciera frío o calor, y transportara al otro lado a los turistas que habían abusado del barrio de Venus, de la comida basura o comprado conciencias de muy mala calidad, de gran peso y contaminadas de virus y bacterias.

Todos contentos, el Rastro del Marrano se convirtió en la principal atracción de la ciudad. El turismo mundial que se encauzaba hacia un lugar tan diminuto y en cuesta tenía que ser regulado por las agencias de viajes –intervenidas por el Gobierno- y por una policía, extremadamente cortés, y muy ducha, que se las veía y deseaba para que nadie se saltara la cola o evitar peleas y malos modos entre los turistas.

Si en un principio fueron los vendedores de conciencias los primeros en instalarse en una cuesta que los turistas más gordos subían en el exótico tranvía instalado por el ayuntamiento, con el tiempo aquello se fue llenando de toda clase de vendedores, de generosidad para adornar las mesas en los grandes banquetes, de solidaridad para exhibir en los luminosos de los grandes comercios, de simpatía a raudales para disimular la xenofobia y racismo, mal visto por la opinión mayoritaria mundial, que era la que se llevaba el gato al agua.

La Cuesta del Marrano –así la llamó el pueblo llano, que siempre tiene razón, por diversos motivos que no vamos a analizar ahora- pronto estuvo a reventar, expandiéndose los tenderetes, quioscos y demás logística por calles adyacentes, por donde pululaban los integrantes del top-manta con su típica vestimenta descuidada y sus rostros exóticos, con sonrisas invitadoras.

Metrópolis vivía en un 80% de los ingresos de la Cuesta del Marrano, y aún me quedo corto. El diez por ciento restante era asumido por el negocio de hostelería, restauración, transporte, ocio, etc. Etc.  Era evidente que la desaparición de aquella emblemática cuesta hubiera hecho tambalearse la economía de la ciudad, del país, y hasta del globo terráqueo. No es de extrañar, pues, que se cuidara el turismo con exquisita generosidad y que tanto el alcalde como el presidente del Gobierno hubieran estructurado al menos una docena de planes de seguridad y otros tantos de emergencia, que iban desde el plan “A” al plan “L”, sino me equivoco. Tampoco es de extrañar que un turista que visitara la ciudad y confesara abiertamente no haber pateado el “Rastro del Marrano”  sería fusilado ipso facto o lapidado o decapitado sin juicio previo.

El cuerpo de guías turísticos era numeroso y estaba bien estructurado. La mayoría de ellos pertenecían a las agencias de viajes que ocupaban el 20% aproximadamente de los inmuebles de la ciudad. Los cuerpos de seguridad eran varios. El cuerpo de azafatas de seguridad, con uniforme azul y faldita corta, se ocupaban de los consejos y advertencias a los turistas descuidados –hasta tres advertencias y luego la expulsión- y era el cuerpo de seguridad más perseguido por los turistas. Como las turistas protestaran y pusieran el grito en el cielo ante semejante desigualdad se creó el cuerpo masculino de “azafatos”, con pantaloncito corto y camiseta de tirantes, en color rojo fuego. También fue un cuerpo muy perseguido.

El cuerpo de “agentes secretos” o vigilantes en bermudas se ocupaba del espionaje, la grabación con cámaras ocultas y un servicio de inteligencia que a veces no llegaba al mínimo exigible y era detectado hasta por el turista más lerdo.

Los más temidos eran los  G.I.R (Grupos de Intervención Ràpida) que no se andaban con chiquitas a la hora de solucionar un problema, cualquiera. Existían también otros cuerpos de seguridad muy poco conocidos dado que aún no habían intervenido, pero se sabía que estaban ahí, o al menos los periodistas de investigación habían formulado esta hipótesis.

No es de extrañar que la aparición de un extraño tipo que ni parecía turista ni parecía encajar con nada de lo hasta entonces conocido en el Rastro del Marrano despertara la curiosidad de todo el mundo y específicamente de los cuerpos de seguridad. Vestía una túnica naranja, muy adecuada para los calores del verano, la cabeza rapada y la mirada tímida e impasible de un buda perdido entre las cosas materiales de este mundo.

No era la primera vez que un grupo de “Hare-krisnas” o algún gurú curioso o sacerdotes zen o rabinos judíos o clérigos musulmanes o sacerdotes católicos…visitaban el rastro del Marrano e intentaban poner las cosas en su sitio. Solían ser expulsados al tercer aviso y en casos excepcionales eran secuestrados y sacados del país por las fuerzas del G.I.R

Su físico era extraño, pero no más que muchos turistas en bermudas; su conducta curiosa pero no tanto que llamara la atención. Lo que nunca había ocurrido allí antes, fue lo que despertó una enorme curiosidad. Los mendigos forman parte de cualquier entorno urbanita –resultaría surrealista que invadieran el campo y pidieran limosna a los animales- aunque era curioso que por el Rastro del Marrano nunca se viera ejemplar alguno. No es que los cuerpos de seguridad los expulsaran o fueran mal recibidos por los comerciantes. Sencillamente no se les veía el pelo, tal vez porque temieran que de pedir limosna algún comerciante les regalara una conciencia nueva o quizás porque allí había demasiada gente y muy variopinta para que un mendigo tuviera alguna posibilidad de éxito. Es por ello que cuando el personaje de la túnica naranja y la cabeza rapada sacó un cuenco de madera y solicitó una ración de arroz, se armó un formidable escándalo. Aquel era un mercadillo de conciencias, para comer al restaurante o a la tasca más cercana. Los comerciantes se quejaron y una “miembra” del cuerpo de azafatas le invitó a seguirle. Pero él se negó en redondo alegando que había hecho voto de castidad. La azafata se quedó de una pieza y le dejó en paz.

Los servicios de inteligencia informaron al alcalde de la novedad. Al parecer se hacía llamar Conciencia de Krosnamurti y según todos los indicios procedía del Tibet. Se esperaba que un agente secreto contactara con un tal Milarepa, de paso por España, y que podría facilitar una amplia biografía del personaje.

Este no fue el primer tropiezo de Conciencia, al día siguiente se ofreció para hacer de guía del Rastro del Marrano. Y aquí es donde comienza la leyenda del gran Conciencia de Krosnamurti. No fue fácil que el sindicato de guías turísticos acabara aceptando, tras agrios enfrentamientos, aquella intromisión casi apocalíptica, sin embargo con el tiempo se llegó a una especie de pacto tácito. Krosna no les molestaría a ellos y a cambio ellos le dejarían hacer de guía turístico sin licencia.