jueves, 28 de julio de 2022

LA VENGANZA DE KATHY XI

 


         

* * *

Desperté, o más bien fui consciente de estar despierto, porque tenía los ojos abiertos, no recordaba haberlos cerrado, solo el haber caído en una especie de profundo pozo negro. Me sentía raro, muy raro. Tardé en saber el por qué. Lo supe cuando intenté mover los dedos de mis manos. No fui capaz. Tampoco pude mover las piernas. Estaba como anestesiado. Ni siquiera podía parpadear. Los ojos permanecían como fijados por un imán frente a mí. No era capaz de dirigirlos a mi gusto, ni a izquierda o derecha, arriba o abajo. La luz que iluminaba tenuemente el espacio frente a mí era artificial pero no podía ver de dónde procedía, el foco con seguridad estaba en el techo, que no percibía porque era muy alto, esa fue la explicación que encontré. Noté con sorpresa, primero, luego con terror, que si bien mi cuerpo estaba allí no lo sentía. Recordé la escena en el claro, la tormenta, cómo me había abrazado a Kathy y luego nada. ¿Qué había ocurrido? No había el menor sentido en todo ello. Ninguna explicación racional. Intenté salivar, la boca estaba seca, pero hasta de ese mínimo acto reflejo no me estaba permitido.

-Estás drogado. Es un veneno parecido al curare, solo que manipulado por las manos expertas del profesor Cabezaprivilegiada.

El sonido llegaba con nitidez a mis oídos. Era la voz de Kathy, sin la menor duda. Alcanzaba a ver. Conseguía oír, pero el tacto no funcionaba. Mi piel no lograba percibir la ropa de la cama. Porque estaba tumbado en una cama. Había perdido el sentido del tacto. Tampoco el olfato parecía funcionar. Debería percibir algún olor, la habitación no podía ser aséptica. El gusto también estaba anulado, no era capaz de mover la lengua, ni siquiera la sentía. No notaba la boca. ¿Habría perdido la capacidad de hablar? Lo intenté. ¿Cómo iba a poder hablar si ni siquiera sentía la boca? Estaba inerme en manos de Kathy.

-No te estrujes las neuronas. Puedes ver y oír. Nada más. Tu cuerpo está paralizado. Eres consciente de lo que está pasando, pero no puedes hacer nada. Dicen que el curare produce efectos parecidos. El profesor lo modificó a su gusto. Nunca me dijo si lo había inventado para torturar. Lo cierto es que es perfecto para la tortura. Una tortura psicológica, claro, porque aunque te clavara una aguja no sentirías el menos dolor. Cuando te conté mi experiencia en el laboratorio, no te lo conté todo. Ya habrá tiempo. Tenemos mucho tiempo. Puedes verme, puedes escucharme, eso es lo que importa.

Con que era eso. ¿Pero cómo pudo inyectármelo si estaba desnuda, dónde escondía la jeringa?

-Te preguntarás cómo te lo inyecté. Es lógico. Recuerda que estaba cubierta de barro. Es fácil pegar una jeringuilla al cuerpo con barro. Aún lo sigo estando. Puedes verme. Como también que me he pintado la cara y el resto del cuerpo con pinturas de guerra, como hacían las tribus indias.

Estaba frente a mí. A unos pasos de la cama. Erguida, calmada, como un árbol. Los pies era lo único que no me era posible ver. Me sentía muy lúcido. Aunque los ojos estuvieran fijos poseían una especie de visión panorámica. Vemos con intensidad lo que tenemos frente a nosotros. Con menor intensidad lo que aparece a nuestra izquierda y derecha, un poco por encima y por debajo de la línea que forma nuestra mirada rígida. ¿Cómo podía recordar algo así si era amnésico? ¿Estaría recobrando la memoria?

-Ahora te preguntarás dónde estás, y cómo he podido arrastrarte hasta aquí. Estamos bajo el claro, en un bunker nuclear que construyó Mr. Arkadín sólo para él. Jimmy te enseñó el que existe en la cabaña, para todos sus amigotes. Pero ese cabrón no se fía de nadie. Solo él y yo conocemos la existencia de este búnker. ¿Qué cómo conseguí que me desvelara el secreto? Puedes imaginártelo. Solo hay que saber dónde está el interruptor que abre la entrada. Me bastó con arrastrarte unos metros por el suelo y luego por la rampa. No fue difícil.

¿Era capaz de leer mis pensamientos? Tal vez el malnacido del profesor Cabezaprivilegiada también había inventado una pócima para desarrollar la telepatía. Pensé que no era necesario recurrir a semejantes elucubraciones. Bastaba con ser lógico. ¿Qué preguntas se haría alguien en mi situación? Las mismas que estaba contestando Kathy. Puede que no siguieran el mismo orden con el que aparecían en mi consciencia, pero todas ellas eran razonables.

-¿Cuánto tiempo llevas aquí? No más de dos horas. El tiempo que el profesor calculó como necesarias para que un secuestrado no se apercibiera de a dónde se le llevaba. Se le puede poner una venda en los ojos, pero ese cabroncete pensó en todos los detalles. ¿Qué si sigue la tormenta? Sigue. ¿Cómo podía saber yo que se iba a producir esta tormenta de todos los demonios? No lo sabía. Sí que se iba a generar una tormenta y su duración, con algún margen de error. En este bunker hay artilugios muy sofisticados, todos inventados por el gran genio. Aunque ni el mismísimo genio pudo prever una tormenta tan larga y descomunal. ¿Cómo podía yo saber que tú llegarías al claro a tiempo? Te he estado vigilando desde que entraste en el bosque. Sí, hasta he podido veros en la cama, a ti y a esa guarra de Alice. Cree saberlo todo, como Jimmy, pero son unos pazguatos, ignoran más de lo que saben. La alarma fue desactivada con otro artilugio y luego activada cuando bajasteis al sótano. ¿Que podías haber vuelto a Crazyworld con Alice? No, no soy una bruja. Me basta con conocerte bien. No ibas a poder dormir pensando en que podía estar viva aún y tú no habías hecho nada. Además, mi clítoris os vuelve idiotas a todos. A Mr. Arkadín, al profesor, a todos. ¿Cómo ibas a ser capaz de vivir sin tu miembro en mi interior? Todos lo intentan, buscando otras mujeres, haciendo lo posible por olvidar la experiencia, pero nadie lo consigue. Volverías al claro, porque no estás tan loco como para husmear con esta noche en lo más tupido del bosque. Era cuestión de esperar. ¿Quieres ver la tormenta? Hay una forma. Un trozo del techo puede correrse. No, no entrará la lluvia, porque hay un cristal a prueba de bombas.

Ahora observé algo que me había pasado desapercibido. Un mando a distancia prolongaba su brazo derecho. Debió oprimir algún botón. Escuché el ligero ruido que producía el corrimiento del techo. Kathy se movió hasta situarse en la cabecera de la cama. No podía verla. Debió quitar la almohada que sujetaba mi nuca, aunque no lo sentí, porque mi cabeza estaba ahora en posición totalmente horizontal. Podía ver el techo, muy alto, y cómo una parte se iba deslizando poco a poco. Sentí un gran alivio con el movimiento de Kathy. De forma no totalmente consciente había pensado en la posibilidad de que la figura que estaba viendo fuera un fantasma o una especie de holograma muy avanzado, invento también del maldito profesor. Podía intentar convencer a Kathy, pero no a un mecanismo programado. ¿Me había vuelto idiota? ¿Cómo convencerla si no podía hablar? Ni aun hablando enfrentarme a ella era mejor que confiar en que el mecanismo se atascara. Sin duda estaba más loca que todos en Crazyworld. Era una psicópata, que además buscaba venganza, por alguna razón que solo ella conocía. El alivio se esfumó. El trozo de techo se había descorrido por completo. A través del cristal los rayos rasgaban la noche como disparados por el mismísimo Júpiter tonante. Kathy debió de oprimir otro botón, porque el sonido exterior llegó al interior con meridiana nitidez. Por un momento me puse en la mente de Mr. Arkadín para abandonarla a toda prisa. Aquel hombre era el peor psicópata de todos. Un auténtico demonio.

-Ahora que lo sabes casi todo, te preguntarás qué pienso hacer contigo… Voy a matarte. Sí, voy a matarte. Pero no sufras. No sufrirás. Porque te voy a matar a polvos.

martes, 19 de julio de 2022

EL BUFÓN DEL UNIVERSO II

 



De una manera tan peculiar se iniciaría mi vida como bufón de corte. La desgracia quiso que en pleno vuelo el comandante decidiera inventariar toda la bodega de carga, buscando dar un escarmiento a la tripulación, de la que se había quejado un jerarca a quien habían arrebatado una de sus jovencitas recientemente adquiridas. El comandante negó que su tripulación estuviera implicada y a cambio de que su nave no fuera puesta patas arriba por la guardia personal del jerarca entregó una buena provisión de películas históricas que reservaba para la burguesía de otro planeta más rico. El enfadado jerarca se dejó convencer ante la perspectiva de que su esposa le dejara en paz por una larga temporada con sus quejas sobre el excesivo número de sus concubinas. El comandante quiso cerciorarse de que la jovencita, objeto del litigio estaba en la bodega, escondida por algún grupo de tripulantes rijosos y desvergonzados. No la encontraron, a cambio yo tuve que sufrir un severo castigo como polizón. El frustrado y encolerizado comandante no me ahorró tortura alguna, incluso decidió utilizar conmigo una extraña sonda psíquica que había adquirido en un planeta tecnológico, donde le prometieron que hasta las mentes más rebeldes se convertirían en mansos corderitos tras pasar por la sonda. No encontró mejor ocasión para probarla y aquel desatino descubriría una faceta tan escondida en mi mente que nunca supe de su existencia. De pronto me convertí en el “bufón del universo” como sería presentado en las grandes mansiones por pomposos mayordomos, deseosos de agradar a sus señores hasta el vómito.

Aquel hombre era un sádico redomado y su tripulación la hez de los planetas por donde pasaba. La reclutaba en los bajos fondos de las capitales planetarias. Con el tiempo llegaría a saber que la nave no era en realidad una de las numerosas naves comerciales que suelen hacer los mismos trayectos, consiguiendo mercancía aquí, vendiéndola acullá, aceptando pedidos, trapicheando con todo, sino una peligrosa nave pirata que había adoptado la fachada de una inocua nave comercial para pasar desapercibida. El comandante sólo buscaba conseguir la mayor riqueza posible en el menor tiempo y luego retirarse a un planeta desconocido donde sería amo y señor. Es posible que esta mezquina meta transformara su carácter o tal vez fuera precisamente ese carácter frío y mezquino el que le llevó a una profesión donde solo medran los malos y sobreviven los peores. No podía haber elegido una nave peor. Yo iba a ser el entretenimiento de aquellos sádicos sin entrañas durante el tiempo que durara el viaje. Iba a morir, o si lograba sobrevivir, me venderían a cualquiera en cualquier parte por el dinero que quisieran darle.

El comandante se dirigió a su camarote, donde al parecer guardaba la sonda en su caja fuerte particular. Regresó con una pequeña caja como las que suelen vender en los bazares para regalos entre los más desfavorecidos. Pero aquel artilugio no era precisamente un regalo. Sin duda debió de formar parte del botín de algún abordaje, o comprada a un alto precio en un planeta de tecnología muy avanzada. Me ataron a un sillón y el comandante oprimió una serie de botones que se pusieron en rojo. Había colocado la sonda sobre mi regazo y de ella comenzaron a brotar numerosos tentáculos. En un principio pensé que se limitarían a pegarse a mi cuerpo con ventosas. No fue así. Cada tentáculo escogió una parte de mi cuerpo y penetró hasta mis órganos vitales. Todo ello sin anestesia. El dolor me hizo gritar como si me estuvieran destripando. Se apresuraron a colocarme una mordaza sobre la boca y a comprobar las ataduras. Unos cuantos tentáculos penetraron en mi cabeza, horadaron mi cráneo y allí se pusieron a buscar determinadas terminaciones nerviosas siguiendo un programa que solo su inventor podía conocer. Observé cómo se hacía un gran silencio y todas las miradas convergían en mi persona. Estaba seguro de no ser el primero que probaba aquel espantoso artilugio. ¡A saber cuántas víctimas inocentes lo habían experimentado antes y qué fenómenos extraños se habían producido! En cada víctima el efecto debía ser diferente y en muchos casos, con seguridad, se generarían espectáculos entretenidos y graciosos o al menos las muertes serían tan variadas como placenteras para aquella tropa de brutos. Un tentáculo de la cabeza dejó de hurgar por haber encontrado lo que buscaba. De pronto caí en una especie de catalepsia onírica muy extraña. Ante mí comenzaron a desfilar imágenes de una pesadilla sin sentido y angustiosa de la que intentaba salir haciendo esfuerzos sobrehumanos. Todos los habitantes del universo parecían haberse reunido en un salón sin paredes que se extendía por el espacio infinito. Todos se reían de mí, señalándome con el dedo y haciendo todo tipo de visajes. Sin saber cómo podía leer las mentes de los más cercanos, con una claridad y complejidad que me producía un asco infinito. Quise bloquear aquella lectura de pensamientos que tanto daño me estaba haciendo, pero, al contrario, aquel don o castigo demoniaco se intensificaba más cuanto mayor era mi odio y mi rabia. Cuando el número de mentes que podía leer se hizo tan numeroso que creí volverme loco, sentí una náusea infinita y sin poder evitarlo comencé a vomitar.

Desperté con brusquedad, sin transición. Alguien debió haberme quitado la mordaza de la boca durante la tortura, porque en efecto, estaba vomitando. Era un vómito extraño. De mi boca salía una sustancia lechosa, grisácea, que permanecía en el aire, como si pudiera flotar, y poco a poco se iba transformando en caras y cuerpos, como hologramas manejados por un ordenador completo y potentísimo. Por toda la habitación se movían en el aire cuerpos ya completos con unos rostros deformados, de una fealdad terrorífica. Asombrado comprobé que algunos rostros tenían un parecido feroz con los tripulantes que estaban más cerca, desde el comandante al resto de los cargos de la nave, que eran los que habían tomado las mejores y más cercanas posiciones. Cualquiera podía ver que eran sus rostros, si bien habían adquirido formas demoniacas que sin duda correspondían a sus pensamientos y emociones más íntimas. Los demonios que aquella tripulación llevaba en su interior, bajo sus rostros de carne que habían sido aceptables hasta aquel momento a pesar de los rictus que los desfiguraban, habían salido al exterior, bajo algún hechizo inexplicable y se movían en el aire, con un movimiento pausado, casi una danza. Cada uno de aquellos cuerpos se había acercado a su sosias como impelido por una atracción irresistible. Permanecía a su lado, de pie, como un gemelo respetuoso. Mis vómitos seguían un curioso proceso. Notaba en mi interior como un cosquilleo que se intensificaba hasta llegar a la náusea, algo repugnante, feroz, como un monstruo recién despertado que anhelaba salir fuera, para lo que hubiera llegado a trepanar mi carne, pero encontraba un camino ya hecho, mucho más sencillo y por él se dirigía hacia la superficie, hacia mi boca. Antes de que llegara a salir mi cuerpo se doblaba en dos, estremecido por el asco. Mi laringe y boca se taponaban, lo mismo que mis fosas nasales. Quedaba sin respiración y cuando creía que la muerte era inevitable sufría unas sacudidas epilépticas que arrojaban fuera de mí esa sustancia demoniaca. Sentía un infinito alivio mientras esa especie de ectoplasma lechoso y casi transparente levitaba en el aire, como tomando consciencia de quién era y de que ya estaba fuera de su prisión. Entonces parecía reorganizarse, buscando su esencia más profunda. Comenzaba a formarse un cuerpo, bien por los pies o por la cabeza y no paraba hasta conseguirlo. Su última fase la dedicaba a moldear el rostro, buscando la expresión exacta de un modelo que solo él podía percibir. Era como contemplar el trabajo de un artista, de un escultor, que moldeara con aire pintado el semblante del arquetipo monstruoso que estaba posando para él. Esta tarea llevaba su tiempo, porque era muy meticulosa. Una vez terminado el trabajo el monstruo etéreo levitaba por la sala hasta encontrar el tripulante que más se le pareciera, hacía una reverencia grotesca, esbozaba una sonrisa estereotipada y se situaba a su lado, a su izquierda o derecha, dejando que en su rostro inmaterial se fueran reflejando los pensamientos de su doble como en una película de holovisión creada solo por emociones. Era algo tan repugnante que observé, entre vómito y vómito, cómo los tripulantes de carne habían vomitado frente a sí. El suelo era un lodazal de vómitos, una pista resbaladiza donde cualquiera que se hubiera movido habría aterrizado dando volteretas. Tal vez por eso nadie se movía, aunque el aspecto cadavérico de sus semblantes me indicaba que tampoco lo hubieran podido hacer de haberlo intentado. Semejaban cadáveres petrificados, el museo de un perverso coleccionista que se deleitara con la muerte y sus formas.

Cuando cada tripulante tuvo su sosias, sentí en mi interior un vacío maravilloso, ya nada pugnaba por salir. Ni siquiera sentía mis órganos internos, era como uno de esos globos con los que juegan los niños en las ferias. Estaba agotado por el esfuerzo, deseoso de dormir horas y horas, días y días. Me sorprendió que mi cuerpo no levitara también y por el aire se dirigiera a mi camarote, con silla y todo. Durante mucho tiempo nadie se movió, nada rompió el silencio. Finalmente escuché un grito inhumano que solo al cabo de unos segundos comprendí que era mío. Eso hizo reaccionar a uno de los tripulantes, el más bestia, el más sádico, al que yo más odiaba. Sacó de su cartuchera una pistola desintegradora y me apuntó mientras gritaba que me iba a matar. Concretamente dijo: Te voy a matar, maldito bufón. Y lo hubiera hecho de no haber observado cómo sus compañeros le miraban, con miedo, con repugnancia. Debo decir que más bien miraban a su sosias, con tal fijeza que hasta él mismo volvió la cabeza intrigado. El rostro de su doble era tan espantoso que nadie que lo contemplara podría permanecer en su juicio. Un demonio, su propio demonio, expresaba con total claridad los pensamientos y emociones que sin duda albergaba aquella bestia sin entrañas. La impresión fue tal que dejó caer el arma, que rebotó en el suelo metálico produciendo un sonido que ayudó a que los demás fueran reaccionando. Mientras el modelo de aquel monstruo ectoplasmático salía corriendo y chillando de la sala, los demás se miraron y miraron al capitán.

-No os quedéis ahí, como estatuas. Quiero que lo amordacéis, que lo sujetéis con más ligaduras y que unos cuantos vayan a la bodega y traigan el contenedor vacío que utilizamos para enjaular a los animales más feroces que cazamos para el zoo de Ixirion. Rápido. No sabemos lo que será capaz de hacer este monstruo.

Todos se apresuraron a ponerse en pie y moverse, pero los vómitos que enlodazaban el suelo les hicieron resbalar y caer en las posturas más extravagantes que uno hubiera podido imaginar. El comandante maldijo a voz en grito y tecleó en el artilugio que siempre llevaba en su muñeca izquierda. Como salidos de la nada un rebaño de robots domésticos se dispersó por el salón limpiando en un santiamén el suelo de aquel fango repugnante, incluso limpiaron también las botas y ropas de los tripulantes. Solo la mordaza me impidió expresar el regocijo que sentía. Con el tiempo aquella escena formaría parte de uno de mis shows más famosos. Me vi asaltado y sujetado aún con más fuerza por ligaduras electrónicas. Al cabo de un tiempo otros tripulantes entraron manejando una plataforma donde venía el famoso contenedor para animales exóticos y peligrosos. La situaron frente a mí y se abrió la parte delantera con gran rapidez. Entre varios me levantaron con silla y todo, introduciéndome en su interior. La puerta se cerró y yo permanecí aterrorizado sin poder ver nada del exterior. Imaginé que me llevaban a la bodega de carga, donde me dejaron a buen recaudo. Dejé de escuchar voces y el silencio cayó sobre mí como la oscuridad materializada. Por suerte caí en un estado catatónico que me impidió pensar.

miércoles, 6 de julio de 2022

LA VENGANZA DE KATHY X

 




Alice se quedó mirándome con ojos tiernos, mientras esbozaba una sonrisa picarona. Mi cabeza era un revoltijo de cosas sin la menor importancia que rodaban y rodaban buscando un sumidero como una bola de billar golpeada por un cachas. Me preguntaba por qué yo no tenía reloj. Se me ocurrió cuando ella miraba el suyo, pequeño y coqueto. Es posible que hasta portara un rolex de oro cuando llegué a Crazyworld. Tendría que preguntarle a Kathy…si la encontraba. Eso me hizo plantearme lo que convenía hacer. Salir con aquel tormentón era un riesgo suicida. Mejor quedarse allí toda la noche si la tormenta no amainaba. Miré a Alice y me dije que no era una mala idea.

-No podemos salir ahora, tal como están las cosas. Esperaremos media hora y si continúa yo me marcharé, pase lo que pase. Tengo que dar la cena, no puedo escaquearme.

-¿Y si nos quedamos a pasar la noche?

-¿Ya no piensas en seguir buscando a Kathy? No sabes cómo me alegro. A mí también me gustaría, ya lo creo. Pero las cosas no están para bromas. Si no aparezco Jimmy pensaría que también me ha ocurrido algo y se pondría aún más histérico. No quiero ni pensar lo que haría.

-¿Y yo?

-Tú puedes seguir buscándola el resto de la noche y enfrentarte a los rayos y los truenos. No creo que Jimmy se preocupara mucho. ¿Qué piensas hacer?

-A ver qué pasa con la tormenta. Si tú te vas, creo que la buscaré. Cada vez me convenzo más que le ha pasado algo muy grave.

-No pensabas así hace un segundo, cuando me hablabas de pasar la noche. Eres un veleta.

Callamos porque un inmenso racimo de rayos encendió la oscuridad. Los truenos parecían explosiones de bombas atómicas, por poner una comparación. No sé de dónde me vino aquella idea, porque no recordaba que existieran bombas atómicas ni nada parecido. Alice se asustó tanto que se acercó a mí. Yo la abracé. Los dos estábamos temblando como hojas a merced de la tormenta. El espectáculo era grandioso, aunque aterrador. Al cabo de un tiempo que no contabilicé, Alice miró su relojito.

-Tengo que irme o llegaré tarde. Tú puedes quedarte aquí hasta que termine. Luego no te olvides de cerrar la puerta.

-Voy contigo.

-Como quieras.

Se lanzó hacia la trampilla que aún continuaba abierta. Pensé que iba a cerrarla y me acerqué para ayudarla. Lo que hizo fue bajar las escaleras de dos en dos. Volvió con dos chubasqueros y dos linternas.

-Yo ya tengo linterna.

-Toma, estas son impermeables, indestructibles y con una potencia de luz que necesitaremos si no queremos darnos de morros contra los árboles. Ponte también el chubasquero, no lo atraviesan ni las balas. Hice lo que me pedía. Observé que estaba hecho de algo indescriptible, mitad tela, mitad metal raro. Lo toqué con curiosidad. Seguro que nada lo atravesaba, parecía de acero, aunque era tan liviano como una pluma. Me pidió que la ayudara a cerrar la trampilla y luego a mover la cama hasta dejarla como antes. Entonces nos dispusimos a salir. Alice parecía una difunta de lo pálida que estaba y yo debía de tener una pinta parecida. Tocó donde antes y las paredes se movieron en sentido contrario. Nos acercamos a la puerta con un ligero tembleque. Salimos al exterior. Cerró la puerta y encendió su linterna. Yo hice lo mismo con la mía. La potencia de luz era acojonante –otra palabra que me vino a la cabeza sin saber desde dónde- pero no veíamos ni a tres pasos. La oscuridad era como boca de lobo. Ella abrió camino como tanteando, mirando al suelo de vez en cuando.

-Tú sigue mis pasos. Te llevaré hasta donde comimos. Luego si quieres hacer el loco puedes buscar por allí. Yo seguiré mi camino.

Asentí sin decir nada, la perspectiva de quedarme solo en el bosque, con aquella tormenta me ponía el vello de punta, pero algo, una fuerza oscura, el destino, lo que fuera, me impulsaba a cometer la mayor locura de mi corta vida, que apenas podía contarse por días, porque nadie puede decir que ha vivido lo que no recuerda. El tiempo se me hizo eterno. El camino estaba ya muy embarrado. Comenzaba a formarse un arroyo que discurría con alguna fuerza puesto que al parecer estábamos descendiendo. El agua se perdía por todas partes ya que no existía cauce que lo mantuviera recogido. Las grandes gotas que caían con fuerza hacían sonar las hojas de los árboles, produciendo un sonido como tambores de guerra. Al menos así me sentía yo, como un guerrero dispuesto a luchar con enemigos invisibles. Me dije que era un auténtico idiota. Debería seguir a Alice y refugiarme en Crazyworld. Nada se me había perdido en aquella batalla contra los elementos. Ahora soplaba un viento fuerte, casi huracanado, que amenazaba con quebrar ramas, y hasta los árboles más pequeños y frágiles. Al fin Alice se detuvo.

-Solo tienes que seguir este camino. No está lejos. Yo me desvío aquí. Espero que conserves el walkie talkie. Si necesitas ayuda llama a Jimmy, aunque me temo que nadie saldrá a buscarte hasta mañana, cuando la tormenta haya amainado.

Busqué el walkie en la mochila y sentí un gran alivio cuando lo encontré. Lo activé, parecía funcionar, aunque solo se escuchaba un ruido molesto. La abracé, besándola en la boca. Nos deseamos suerte y ella siguió su camino. Yo permanecí iluminando su espalda hasta que dejé de verla. Estaba solo frente a la tormenta. Me repetí una vez más que era una estupidez buscar a Kathy. Si estaba muerta no había prisa. Si estaba viva de nada serviría mi presencia si no la encontraba. Me puse en movimiento, peleando contra el viento y la lluvia. Los rayos y truenos eran cada vez más frecuentes e intensos. Creo que por primera vez era plenamente consciente de la increíble tormenta que estaba descargando sobre Crazyworld. No recordaba otras tormentas pero ésta me parecía la peor de todas. Tampoco estaba seguro de que estuviéramos en verano, aunque había hecho mucho calor desde mi llegada. Nada me encajaba, aunque no sabía muy bien por qué. Un rayo espectacular cayó sobre un árbol, no muy lejos de donde me encontraba. Lo partió en dos y lo tumbó como la mano de un gigante quitándose de en medio una ramita. Cuando llegué hasta allí algunas ramas aún continuaban encendidas. Era un espectáculo amedrentador. De nuevo pensé en dejar la busca de Kathy y refugiarme en Crazyworld. Si aquello no era un aviso, se le parecía mucho, pero decidí seguir adelante. Era más una obsesión que cualquier otra cosa en la que pudiera pensar.

Decidí trepar al tronco y saltar al otro lado. Me pareció lo más razonable para no desviarme del camino. Cuando estaba de pie sobre el tronco, a punto de saltar al otro lado, el trueno retumbó como si toda la trompetería del infierno entonara un himno ominoso. Me llevé tal susto que salté de forma inconsciente. Caí de bruces sobre el suelo embarrado y allí permanecí, atontado, hasta que el trueno fue muriendo poco a poco. Tampoco podía comparar, aunque me pareció el trueno más largo de cualquier tormenta sobre la Tierra desde el albor de los tiempos. Me levanté como pude, limpiándome la cara de barro. No debía de quedar mucho para llegar al claro donde habíamos almorzado Alice y yo. Solo me di cuenta de que había llegado cuando un encadenamiento de rayos me permitió verlo. Así era, en efecto, pero qué podía ser aquella figura que parecía danzar en el centro. Tardé un tiempo en comprender. Sin duda se trataba de una figura humana. Traté de iluminarla con la linterna, pero el haz no llegaba hasta ella. Me fui acercando poco a poco. Identifiqué el sentimiento que me atenazaba. Miedo. Más que miedo. Terror. Ningún ser humano podría permanecer al aire libre, en medio del bosque, de la oscuridad más tenebrosa, a no ser que estuviera completamente loco. Caí en la cuenta de que yo también era otro ser humano bajo la tormenta, así, pues, también yo estaba completamente loco.

Otro encadenamiento de rayos me hizo ver lo que mi razón se negaba a contemplar. La figura era femenina y estaba completamente desnuda, bailando una danza salvaje bajo la tormenta, como invocando a todos los demonios del infierno, invocando el apocalipsis y el fin de la especie humana. Intenté gritar un nombre, pero no pude hacerlo. Quedé paralizado, de pie, con la boca abierta. Porque, en efecto, aquella mujer era Kathy. Estaba desnuda, o más bien cubierta completamente de barro como un animal prehistórico. Su danza era tan extravagante como solo a un demonio loco se le hubiera podido ocurrir. Al mismo tiempo era salvaje, brutal, pero bella, hermosa. Tanto como su cuerpo desnudo. Una bailarina de ballet danzando La consagración de la primavera de Stravinsky no lo hubiera hecho mejor. Los brazos subían como implorando al cielo un castigo para la humanidad, bajaban como suplicando al Averno se apoderara de su cuerpo. Sus caderas se ofrecían para un coito salvaje. Todo su cuerpo parecía poseído por dioses primigenios.

Permanecí largo tiempo sin poder apartar la mirada. Los relámpagos iluminaban aquella danza obscena, los truenos acompañaban, como una orquesta de timbales, atenuando a la orquesta sinfónica que interpretaba la pieza de Stravinsky. Al fin desperté de mi pesadilla y me lancé hacia delante, gritando su nombre. Kathy, Kathy, Kathy. El suelo estaba embarrado, parecía un pantano de arenas movedizas. Eso me hizo caer otra vez. Me levanté y continué corriendo. Ella no parecía haberse dado cuenta de mi presencia. Caí más veces y otras tantas me levanté. Lo único que importaba era que estaba viva. Aunque estuviera loca, aunque acabara pillando una neumonía, aunque no me reconociera. Era Kathy y estaba viva. Lo demás no importaba. Al fin llegué hasta ella y la abracé con una fuerza insana. En aquel momento un increíble relámpago cruzó el cielo, deslumbrándome, rasgándolo todo. Luego cuando llegó el ruido infernal noté. como el pinchazo de un gigantesco mosquito, en mi cuello y perdí la consciencia.

martes, 28 de junio de 2022

EL BUFÓN DEL UNIVERSO I

 


EL BUFÓN DEL UNIVERSO I



NOVELA DE CIENCIA-FICCIÓN



NOTA INTRODUCTORIA

Esta novela se basa en un sueño, muy largo y extraño, que tuve una noche de verano mientras acampaba en un valle de montaña. Sin duda se trata de uno de mis sueños más extraordinarios por su longitud y su temática. Al despertar en la tienda de campaña me asombré de haber tenido semejante sueño y decidí que no se perdiera, poniéndome de inmediato a escribirlo en un cuaderno. Me pasé varias horas recordando cada uno de los detalles y escribiéndolos como si de una novela se tratara. La historia onírica es muy aprovechable, aunque necesita atemperar todos sus aspectos oníricos para ser transformada en una novela de cienciaficción con un mínimo de verosimilitud y lógica narrativa.

Puedo rastrear en ella los problemas que sufría en aquel momento, fobia social, desconfianza absoluta en la naturaleza humana y en toda la humanidad y una crisis grave y profunda en mi enfermedad mental. Aunque no lo recuerdo es bastante verosímil que por aquella época estuviera leyendo Dune, la saga de Frank Herbert, puesto que la escena en la mansión de los duques, gobernantes del planeta, se parece bastante a escenas de la novela. Tampoco recuerdo si había visto ya la película de David Lynch basada en las novelas de Herbet o la vería con posterioridad.

Voy a copiar la nota que puse al terminar de pasar al ordenador el manuscrito del sueño, creo que tiene cierto interés.

“Al despertar tuve la sensación de haber soñado una auténtica novela. La hipótesis de haber visto una novela que escribiría en el futuro fue la primera que me planteé. No obstante el sueño fue pura imagen, una auténtica película.



La primera parte fue muy vívida y muy detallista. La segunda adquirió las tonalidades neblinosas y distorsionadas propias del sueño. Existía un hilo conductor en la historia, pero las escenas no eran muy claras. Excepto la escena final, en la que puedo ver con total claridad la sala de control de la nave.



Ha sido el primer sueño de una duración desorbitada. Normalmente ahora tengo varios sueños a lo largo de la noche. Algunos no tienen la menor relación con los otros. A veces hay una especie de primera parte, me despierto y la segunda es completamente diferente. Con el tiempo he logrado un gran dominio sobre los sueños. Cuando quiero imaginar una historia que pueda servirme para algún relato, de alguna manera en sueños se produce la visualización de esa historia. Al despertar solo tengo que escribir un breve esbozo y luego ir adornando la narración con los detalles más oportunos y podando los que no sirven porque están demasiado distorsionados por el sueño.



Para un escritor esta facultad de soñar, programándose, es una maravillosa herramienta. Les sugiero que lo intenten. No desesperen si tardan en conseguirlo. Los sueños parecen moverse en otro tiempo distinto al nuestro”.







EL BUFÓN DEL UNIVERSO



CAPÍTULO I



INTENTANDO OLVIDAR



Me muevo por la ciudad como un perro sarnoso. No he cobrado mi estipendio y he sido arrojado del palacio de la forma más vil. Puede que haya desperdiciado mi gran ocasión. Por mucho que viaje a planetas lejanos, mi fama me precederá.



Sin ser consciente he llegado a los suburbios, donde suelen habitar las gentes más pobres. Todos los planetas habitados se parecen, todas las ciudades parecen haber sido diseñadas de acuerdo al dinero que posean sus habitantes. Todos los planetas son para mí el mismo planeta, todas las ciudades una única ciudad. Me llaman de todas partes, mi fama vuela más rápido que las naves. Los bufones son una antigualla, un icono de un pasado remoto, por suerte ahora está de moda todo lo antiguo, resucitan las antiguallas para convertirse en lo más “chic”. Creo que la imaginación ha muerto, ha sido desterrada a lo más recóndito del universo, un lugar que algún día espero encontrar. Se ha agotado la fuente de la creatividad, por eso todo el mundo recurre al pasado, y cuanto más alejado en el tiempo, mejor.



Nací en un planeta perdido de la mano de Dios –una expresión tan antigua que necesariamente acabó poniéndose de moda- y en un continente abandonado por la civilización, gobernado por una aristocracia más ocupada en seguir las modas copiadas de las películas históricas de holovisión que en hacer algo productivo por la sociedad. Podría definir mi infancia con dos palabras: hambre y belleza. Hambre, porque porque los jerarcas solo se ocupaban de vestir a la moda y de divertirse según los patrones de las películas que veían en sus mansiones, importadas por naves espaciales fletadas por mercaderes o mercachifles que traficaban con lo que se les pedía en cada planeta, en el mío solo películas históricas y ropas y artilugios de un pasado remoto. El resto de nosotros subsistíamos como podíamos, cultivando trabajósamente huertos improductivos, explotando a brazo desnudo minas que nadie quería y transportando el mineral en carretas de madera tiradas por viejos animales moribundos hasta el espacio-puerto más cercano, donde los mercachifles intercambiaban valiosos minerales que en otros planetas más avanzados les arrebataban de las manos, por unos cuantos cajones frigoríficos repletos de alimentos desechados por la tripulación. Belleza, porque por fortuna nací en las Montañas blancas, cubiertas todo el año de nieves perpetuas, con hermosos valles repletos de bosques y horadados por bellísimos lagos de aguas cristalinas. Allí nacían las mujeres más hermosas y blancas, de piel como la leche, ojos azules como el cielo y rostros tan delicados como los bordados de nuestras abuelas.



Con esa belleza era suficiente para mí, paisajes solitarios y olvidados por el frío glacial que bajaba desde los glaciares, y las más bellas mujeres del planeta, de la galaxia decían los mercachifles. Los jerarcas acudían a los lugares de esparcimiento, buscando carne fresca para sus harenes de amantes, y los mercachifles las intercambiaban por juguetitos divertidos e inútiles. Lo sé porque acostumbraba a estar por allí cerca, tanto para ver la belleza de las jovencitas como para alimentarme de las sobras que todas las noches dejaban en callejones traseros, al alcance de animales carroñeros y de pilluelos como yo.



Por desgracia había nacido con una pequeña deformidad en la espalda, que llamaban joroba, y que bien hubiera podido disimular caminando más erguido con las ropas adecuadas, pero ni tenía ganas de caminar erguido ni hubiera conseguido las ropas adecuadas aunque se me permitiera trabajar en las minas, algo impensable para un adolescente enclenque y además jorobado. Mis padres maldijeron de su suerte al ver mi deformidad que les impediría venderme como servidor a los jerarcas o como esclavo a los mercachifles. Por aquel entonces no se habían puesto de moda los bufones, algo que les habría permitido sacar un buen pellizco vendiéndome como bufón a cualquier jerarca extravagante. Me abandonaron a la puerta de la iglesia de una de las numerosas confesiones religiosas que intentaban llevar una pizca de consuelo a tanto desheredado, a cambio de las preceptivas limosnas. Allí me cuidaron y alimentaron hasta que crecí lo suficiente para que pudieran darse cuenta de que nunca sería un devoto, la religión era algo incomprensible para mí y no procuraba disimularlo.



Siendo aún un niño me vi obligado a pelear con otros pilluelos y con animales carroñeros por las sobras. Con un buen machete, que logré robar a un borracho, me trasladé durante un tiempo a la naturaleza, y en pleno bosque me construí una cabaña de ramas y logré construirme un buen arco, tras experimentar una y otra vez. Así comenzó mi vida de trapero, matando animales para comer y para intercambiar sus pieles en la ciudad por pequeños utensilios que me sirvieron de gran ayuda. Algunos traperos y cazadores quisieron tomarme a su cargo, de ellos aprendí muchos trucos, pero nunca permanecí mucho tiempo con ninguno de ellos, empecinados en convertirme en un esclavo barato.





Con el tiempo conseguiría un buen hacha, un excelente mechero, alimentado con una batería que parecía inagotable y algunos utensilios que intercambiaba con los padres de las jovencitas que eran vendidas a los mercachifles. Me construí una buena cabaña de troncos y pasaba largas temporadas en el bosque, pero el frío y la necesidad de contemplar la belleza de las jovencitas me hacía regresar a temporadas a la ciudad. Así hubiera transcurrido buena parte de mi vida de no ser por aquella estúpida curiosidad que me llevó a entrar en un barucho para tomar aguardiente barato, como hacían todos los adultos. Allí escuché la conversación de dos tripulantes de una nave que habían acudido para gastarse sus soldadas en aguardiente y putas baratas. Descubrí la forma de subirme como polizón a la nave, sin que nadie se enterara, y salir de una vez para siempre de aquel apestoso planeta. Tal como estaba me escondí en el compartimento de carga del pequeño vehículo volador que habían alquilado para llegar hasta allí y sin demasiados tropiezos pude acceder a la bodega de la nave y buscar el mejor refugio, el que nunca era inspeccionado, según aquellos cochambrosos tripulantes.



De una manera tan peculiar se iniciaría mi vida como bufón de corte. La desgracia quiso que en pleno vuelo el comandante decidiera inventariar toda la bodega de carga, buscando dar un escarmiento a la tripulación, de la que se había quejado un jerarca a quien habían arrebatado una de sus jovencitas recientemente adquiridas. El comandante negó que su tripulación estuviera implicada y a cambio de que su nave no fuera puesta patas arriba por la guardia personal del jerarca entregó una buena provisión de películas históricas que reservaba para la burguesía de otro planeta más rico. El enfadado jerarca se dejó convencer ante la perspectiva de que su esposa le dejara en paz por una larga temporada con sus quejas sobre el excesivo número de sus concubinas. El comandante quiso cerciorarse de que la jovencita objeto del litigio estaba en la bodega, escondida por algún grupo de tripulantes rijosos y desvergonzados. No la encontraron, a cambio yo tuve que sufrir un severo castigo como polizón. El frustrado y encolerizado comandante no me ahorró tortura alguna, incluso decidió utilizar conmigo una extraña sonda psíquica que había adquirido en un planeta tecnológico, donde le prometieron que hasta las mentes más rebeldes se convertirían en mansos corderitos tras pasar por la sonda. No encontró mejor ocasión para probarla y aquel desatino descubriría una faceta tan escondida en mi mente que nunca supe de su existencia. De pronto me convertí en el “bufón del universo” como sería presentado en las grandes mansiones por pomposos mayordomos, deseosos de agradar a sus señores hasta el vómito.

sábado, 18 de junio de 2022

UN DÍA EN LA VIDA DE UNA FAMILIA VANTIANA XX

 


-Hazlo, Rosindra. No me gustaría perderlo si al fin me decido adoptarlo.

-Hecho. Señores, terminemos de comer mientras nos lo permitan. Luego dejaremos que nuestro robot doméstico recoja todo y nos iremos zumbando al interior de nuestra nave. Les aconsejo que ocupen sus asientos, coloquen las sujeciones y permanezcan lo más quietos que sea posible. Si es posible no muevan ni una ceja. Nuestro robot se encargará de todo. Está acostumbrado a lidiar con los kooris y nunca pierde el control. Hará lo que tenga que hacer para ponernos a salvo. Veo, querida Alierina, que tu bebé permanece dormido. No lo despiertes, si es posible, hasta que todos estemos dentro. Luego con cuidado lo dejas fuera o la turba nos invadirá al rescate…Jajá, ha despertado y te ha debido de confundir con su mamá, porque está intentando alimentarse a tus pechos. Es gracioso.

-Lo será para ti, Rosindra, que no sufres sus chupetones ni sus dientecitos clavados en los pezones… ¡Uff! Me lo han arrebatado de un tirón. Casi me quedo sin pezón. Cómo duele. Creo que será mejor que nos traslademos a la nave cuanto antes y dejemos que el robot se entienda con ellos.

-Cierto, ya han probado todo y parece que no les ha gustado. Han iniciado una batalla lanzándose la comida como en un juego bélico de primera. ¡Ay! Me han dado con un trozo de tarta en los ojos. No veo nada.

-Vamos, todos en pie. Procuremos dispersarnos y que cada cual llegue a la nave como pueda. He perdido la pista de mi bebé. Esto es un pandemónium. Los holovidentes se lo estarán pasando en grande, luego veremos los comentarios, pero esto es una auténtica guerra. Jajá. Perdona Rosindra, dame la mano. Un montón de kooris se han enredado en tus pies y te han tirado al suelo. Espero que no te hayas hecho daño. Y por favor, límpiate los ojos de una vez, o no podremos llegar a la nave. Arminido también se cachondeará de lo lindo cuando lo vea después de terminar de almorzar. Aviso a producción. Se me ha ocurrido que deberíamos hacer una campaña para que todos los vantianos adopten a una familia de kooris. ¡Sería fantástico! No tendrían tiempo para seguir viviendo en su mundo virtual. Ojo producción. Hay que hacer una campaña en ese sentido. Acabemos con el universo virtual. Nunca imaginé que fuera tan fácil.

-Jajá, déjate de bromas Alierina. Es muy gracioso pero esto se pone cada vez más feo. Han trepado al pelo de Elielina y se están balanceando como si fueran lianas. Y su marido no solo no la está ayudando sino que corre como si le persiguiera algún diablo mitológico. Va a ser el primero en llegar a la nave. Si será cobarde… Oh, no, sí, quiero decir sí, le han zancadilleado y ha besado el suelo. Ahora se han subido a sus espaldas media tribu y lo están atando con lianas diminutas, pero que parecen ser muy resistentes. Lo han inmovilizado por completo. ¡Bravo por los kooris!

-Por lo que más quieras, Rosindra, no los animes o harán lo mismo con nosotras. El robot ha entrado en fase hiperactiva y está recogiendo todo a velocidad supersónica. Pero él tampoco se libra. Intentan ponerle la zancadilla, pero ha encendido sus pequeños cohetes y va volando de acá para allá. ¡Bravo robotín, bravo! Le están persiguiendo, yo diría que casi con saña, en cuanto toca el suelo hay unos cuantos kooris que trepan a su cabeza e intentan mover las antenas, que como sabéis son elementos esenciales para ciertas percepciones robóticas…¡Oh, no! Parece que han conseguido desajustarlas porque nuestro robot está haciendo cosas muy extrañas, yo diría que graciosas si no me pusiera en su piel y sintiera que me lo están haciendo a mí, así me lo parecería. Ha subido sobre los árboles y al descender se ha enredado en las ramas de un tupido arbestis, que como todos sabéis es el árbol más numeroso en estos bosques donde habitan estos simpáticos kooris y cuyas ramas forman un auténtico laberinto. A toda velocidad ha subido la mayoría de esta tropa de kooris y de alguna manera lo han atado con lianas y zarcillos. El pobre robot debe de estar muy desorientado, porque de otra manera ya se habría librado, tiene suficientes herramientas para hacerlo…¡Aaatchís! Perdón. No todos los kooris se han ido detrás del robot, uno de ellos ha trepado hasta mi cabeza y me ha escupido a la cara una sustancia pegajosa y repugnante. ¡Aaatchís! Lo siento, pero creo que me está produciendo alergia.

-Otro ha hecho lo mismo conmigo. A mí lo que me produce es un lagrimeo terrible. Estoy llorando a lágrima viva, algo que no recuerdo me haya sucedido nunca. Nuestro robot tiene sustancias antialérgicas en aerosol para impedir que hagan efecto en los visitantes, pero ahora está prisionero y no nos puede atender. Los kooris las producen masticando ciertas plantas que solo ellos conocen. En alguna ocasión lo han hecho con otros visitantes, pero nuestro robot estaba libre para auxiliarles. Cada vez aprenden nuevas cosas. En esta ocasión parece que se han puesto de acuerdo para anular al robot antes de proceder a escupirnos las sustancias. Son unos verdaderos diablillos. Pido disculpas por los gemidos, los sollozos y balbuceos que son producto de la sustancia que me han arrojado. Por suerte nuestro robot ha debido orientarse porque se ha librado de sus ataduras y está volando hacia nosotras para combatir nuestras dolencias… Ya lo tenemos aquí. Por fin. ¡Qué alivio! Vuelvo a estar normal.

-Yo también, Rosindra. Ha sido muy molesto. Ya nos queda poco para alcanzar la nave. Veo que Oloronte no ha podido desatarse, cada vez está más sujeto al suelo. Bueno, que lo zurzan. Ya lo librará nuestro robot cuando pueda. ¡Uff! Ya estamos dentro. Ahora solo queda que el robot termine de recoger y se libre de los kooris para que podamos despegar. Su programación de emergencia ha debido acudir en su ayuda, porque ahora ya no toca con los pies el suelo, ni se acerca a los árboles. Los kooris no pueden trepar a él. Ya casi ha terminado de recoger. Ahora libra a Oloronte y a cuestas lo coloca en el interior de la nave. Creo que ya podemos despegar. Oh, no, qué tengo en el escote. ¡Pero si es mi bebecito! Ni siquiera lo he visto.

-Será mejor que con cuidado lo coloques fuera de la nave o toda la tribu nos asaltará para rescatarlo. Así. Eso es. Estamos todos, hasta el robot. Despeguemos. En efecto despegamos. ¡Uff, uff! Qué inmenso alivio. Qué gran alivio.

 


domingo, 12 de junio de 2022

LA VENGANZA DE KATHY IX

 




Imaginé que me llevaría a algún lugar secreto, escondido en la biblioteca, por ejemplo, habría un mecanismo que pondría en movimiento un trozo de estantería al sacar un libro concreto y dejaría al descubierto una puerta oculta, con unas escaleras por las que descenderíamos a un sótano. Para ser un amnésico poseía una viva imaginación. No recordaba ninguna película en la que sucediera algo parecido, aunque sí tenía la sensación de que aquellas imágenes habían llegado de alguna parte, tal vez se abrió una puertecita del subconsciente, ellas salieron bailando como bailarinas de ballet clásico, me soplaron algo a la oreja, regresaron rápidamente, sobre sus puntillas y la puerta se cerró de golpe. Todo puede ocurrir en la mente de un amnésico. No había tenido mucho tiempo para reflexionar sobre las cosas extrañas que sucedían en mi cabeza desde mi llegada a Crazyworld, ni tampoco existía un estado, al que se podría llamar normal, para comparar, todo era posible. Tomé nota para preguntar a mi interlocutor, cualquiera que fuese, sobre sus pensamientos, si es que en algún momento se detenía aquel tiovivo infernal y era capaz de bajarme y sentarme en algún sitio.

Pero no fue así. Me pidió que la ayudara a mover la cama de agua, de aire comprimido, gas neón o xenón o lo que fuera. El lecho estaba pegado al suelo, por lo que parecía ser algo sencillo, a no ser que el agua pesara mucho, lo que no sabía. No fue sencillo, la cama se estiraba y encogía como un chicle, pero al final logramos descubrir un trozo de suelo de madera, igual que el resto de la habitación, pero a ella le pareció bien, y a mí también. Se puso de rodillas, tanteó con la mano hasta encontrar algo que no se apreciaba a simple vista. Oprimió con un dedo algún botón que solo ella veía y dejó que el suelo se deslizara sin cambiar de postura. Yo me puse tras ella para observar el mecanismo y lo que lo activaba, fuera lo que fuese. Solo entonces fui consciente de que ambos estábamos desnudos, y ella arrodillada con el culo en pompa. La tentación acarició mi espalda, pero no la hice caso, lo que estaba ocurriendo era tan interesante que solo tenía ojos para el movimiento del suelo. Aunque debo decir que mi biología –la de un amnésico es como las demás- sí reaccionó ante el estímulo y mi pene comenzó a tener una erección que me pilló de improviso. El hueco que se hizo en el suelo dejó ver una escalera de madera que se adentraba en las profundidades. Alice se activó por completo y tocando en algún sitio encendió luces atenuadas que iluminaron la escalera. Se puso en pie y fue bajando con cuidado, sin invitarme. Yo la seguí con una curiosidad que me superaba. Mientras bajaba no podía dejar de observar toda su parte posterior, desde la cabeza a los pies. Era una mujer muy hermosa, tanto que deseaba casarme con ella a cualquier precio. ¡Vaya mierda de obsesión! No podía quitármela de la cabeza, no sabía por qué. Llegó abajo y ni me miró, por si tropezaba y le caía encima. Estábamos en una especie de habitación, pequeña, aunque suficiente, con una mesa de madera sobre la que había dos monitores y mandos y botones propios de una nave espacial. El resto eran sillas, alfombras, cuadros en las paredes y estatuas en las esquinas, una decoración somera, aunque interesante. Alice ni miró la mesa, se dirigió a una pared, levantó un pequeño cuadro y tocó algo. La pared se deslizó dejando ver el interior de un armario con ropa. Me acerqué dispuesto a cubrir mi desnudez a la mayor velocidad posible, pero entonces ella se volvió, me miró la cara y luego más abajo. Entonces tuvo una reacción inesperada y peligrosa. Me puso una zancadilla, caí sobre la alfombra y ella se arrojó sobre mí. Luego se me pondría el vello de punta al observar lo cerca que había estado de dar con mi nunca contra la esquina de la mesa.

-No se puede desperdiciar nada, la vida nos quita todo al instante, si es que nos lo da.

No supe a qué se refería hasta que introdujo mi pene que ya tenía una erección completa dentro de su vagina. Se regodeó un rato hasta que algo la activó de nuevo y el galope fue imparable. Yo me dejé ir, mi libido no parecía ser capaz de satisfacerse por completo. Llegó a donde quería llegar, y yo también. Descansó sobre mí un buen rato. Cuando se recuperó suspiró aliviada y mordisqueó cariñosamente mi oreja izquierda.

-No voy a dejarte así como así, aunque tenga que pelear con todo tu harén.

-Alice, quiero casarme contigo.

No sé de dónde salió aquella voz, desmayada y anhelante, ni siquiera lo había pensado. Ella se dejó llevar por una risa tonta y destemplada y luego me arreó un formidable mordisco en mi oreja derecha. Grité con ganas. Ella volvió a reírse, esta vez con una risa sádica. Se levantó y comenzó a hurgar en el armario empotrado. Yo me levanté casi de un salto, estaba deseoso de vestirme y salir de allí corriendo. Pero la que corría era mi mente. Me preguntaba qué hora sería, si ya se habría hecho de noche, si Kathy nos había estado espiando, si al final abandonaría su búsqueda y me iría tranquilamente a cenar o me quedaría el resto de la noche en el bosque, a merced de las alimañas. Se me ocurrieron muchas más preguntas delirantes en los segundos que Alice tardó en tirarme unos calzoncillos.

-Creo que son de tu talla. Pruébalos.

Luego me arrojó unos pantalones, una camisa, unos calcetines y hasta un chubasquero. Me lo puse todo en un santiamén y observé, pasmado, que todo me quedaba bien.

-Oye, Alice, ¿cómo hay tanta ropa aquí y además de mi talla? Y ya puestos. ¿Cómo sabías tú que la ropa estaba aquí?

-Deja de hacer preguntas y vístete.

Ya estoy vestido.

Ella me miró y sonrió. Se puso a correr perchas hasta que encontró algo.

-Espero que no te molestes, pero ¿no crees que deberíamos haber mirado antes si Kathy estaba en la casa?

-Olvídate de esa puta.

Encontró todo lo que buscaba y se puso a vestirse con tanta rapidez como había hecho yo. Una blusa verde, unas bermudas muy ajustadas en color vino y sobre todo unas braguitas y un sujetador en color negro, que realzaban su cuerpo espectacular. En cuanto estuvo vestida se acercó a la mesa, tocó unos botones y las pantallas se encendieron.

-No había nadie más en la casa, excepto nosotros. Si hubiera sido de otra manera habría saltado la alarma y ahora podríamos ver al intruso o intrusa.

-Vale, pero eso no lo sabías cuando entramos.

-Mira, me estás hartando. Si Kathy nos ha visto, mejor, que rabie hasta morderse. Pero no ha sido así. La alarma no ha saltado, si lo hubiera hecho ahora podríamos verla en algún punto de la casa. Aquí todo está automatizado y controlado por una inteligencia artificial. Te lo voy a mostrar.

Se acercó a la mesa grande y maciza que parecía dormitar en el centro de la habitación. Observé que era mucho más grande de lo que en un principio me pareció y no tenía patas, reposaba su panza en el suelo. Apenas un hueco en su centro permitía colocar las rodillas en su interior, una vez alguien se hubiera sentado en la silla anatómica con ruedas que permanecía pegada a la madera. Alice se sentó como si estuviera acostumbrada, como si lo hubiera hecho muchas veces. Ni siquiera tuvo que regular la silla a su estatura. Abrió un cajón a la derecha, oprimió varios botones y la mesa crujió, comenzaron a brotar cosas de su interior, un monitor grande que ascendió de un hueco que se había formado en su superficie, un teclado, un ratón, un artilugio pequeñito con antena, cuyas luces comenzaron a parpadear como si se hubieran vuelto locas. Me pidió que me acercara. El monitor se encendió y el sistema operativo pidió una contraseña que ella introdujo sin vacilar. Eso me hizo pensar en cómo podía conocerla y en su sospechosa facilidad para manejarlo todo sin tantear. Solo encontré una explicación. Alice se había acostado con Mr. Arkadin en aquella cama y le había comido el coco para que le enseñara todos los secretos de la casa. No quise preguntar para no estropearlo todo.

-Ves. Si hubiera saltado la alarma aparecería una ventana en rojo en la pantalla. Ahora vamos a retroceder hasta nuestra entrada en la casa. Nada. Y para que quedes contento pongo en marcha el escáner de rayos infrarrojos que también puede detectar cualquier calor biológico que se mueva por la casa o permanezca en reposo en cualquier sitio. Ahora vamos a ver las imágenes de todas las dependencias. Ves nada.

La pantalla se había dividido en numerosas pantallitas que mostraban habitaciones y más habitaciones. En efecto, todo estaba vacío. Tampoco el escáner mostraba ninguna fuente de calor.

-Oye, tampoco aparecemos nosotros. ¿Cómo es eso?

-Todo lo quieres saber. No funciona en el dormitorio de Mr. Arkadín ni aquí. El no necesita saber quién está en su dormitorio porque ya lo sabe. ¿Lo entiendes?

Iba a decir algo cuando se produjo un ruido horrísono que parecía venir de fuera, pero que también podía haberse producido en el interior. Nos sobresaltamos. Alice apagó todo con prisa, oprimió los botones en el interior del cajón y lo cerró. Pude comprobar que todo volvía a su sitio. Y nos lanzamos por las escaleras, asustados, apresurándonos para hacernos una idea de lo que significaba aquel extraño retumbar. Enseguida me hice una idea, porque se volvió a repetir, esta vez con más fuerza aún. Estuve a punto de soltar una gran carcajada. Era un trueno. Fuera debía de estar produciéndose una tormenta de aúpa. Mi primer impulso fue lanzarme a la puerta y ver lo que estaba sucediendo, sin duda un espectáculo terrorífico. Alice corrió en cambio hacia una pared. Tocó algo invisible y la pared comenzó a moverse, mejor dicho, su parte interior, porque la exterior era una gran cristalera doble o triple, imposible de romper, o mejor dicho la parte central, porque la exterior era también una pared de madera que se estaba descorriendo al mismo ritmo de la interior. Me quedé con la boca abierta. Aquella casa parecía algo mágico. Recordé que Kathy me había hablado del profesor Cabezaprivilegiada. Todo tenía una explicación, hasta la inteligencia artificial de la que Alice me había hablado abajo. Ya le preguntaría por el tema en otro momento. Tenía mucha lógica, dado que en Crazyworld existían robots, si bien yo no había visto ninguno hasta el momento.

Nos quedamos patidifusos, con las manos apoyadas en el cristal, observando ahora con gran claridad lo que ocurría fuera puesto que las paredes habían llegado al tope, dejando al descubierto toda la cristalera. La oscuridad era absoluta, como en la noche más cerrada. De vez en cuando un relámpago diabólico, porque en el cielo no creo que los haya, marcaba la oscuridad como el tridente de Satanás. A continuación se escuchaba un trueno, cada vez más horrísono, como si quisiera dejarnos sordos.

-Alice, ¿qué hora es?

-Casi las siete de la tarde. ¿Por qué?

-Por nada. Me pregunto cuándo habrá empezado la tormenta y cuándo terminará.

-Tú eres tonto, chiquillo. ¿Crees que no habríamos oído estos truenos cuando estábamos en la cama?

-Yo no. Te aseguro que no me habría enterado, ni aunque hubieran caído sobre mi cabeza.

lunes, 30 de mayo de 2022

LA VENGANZA DE KATHY VIII



Por lo visto no lograba desabotonarme con suficiente rapidez para satisfacer el ansia viva de poseerme que la embargaba, así que dejó de desabotonar y se limitó a tirar con fuerza hasta que todos los botones cayeron al suelo, la camisa se rasgó. Me la quitó de encima a fuerza bruta y continuó con los pantalones. Es curioso lo que puede hacer la amnesia, y más si se junta a una actividad desenfrenada que no te deja ni tiempo para pensar. Porque en aquel momento fui consciente de muchas cosas, o puede que solo de algunas, pero para mí muy importantes y sugestivas. No había caído en la cuenta de la ropa que llevaba, ni quién me la había facilitado, ni cuándo, ni de lo que había sido de la ropa que llevaba cuando aterricé, inconsciente, en Crazyworld. Aunque esto último podía suponerlo. Seguramente estaría manchada de sangre después del accidente y la habrían tirado a la basura o la habrían quemado, porque no me parecía lógico que allí se reciclara nada, dado lo bien abastecido que estaba Crazyworld. ¿Cómo era la ropa que portaba cuando conducía mi coche deportivo, seguramente de marca muy conocida y último modelo? Semejante pensamiento era una idiotez, pero me pareció un buen ejercicio para ir recobrando la memoria poco a poco. No pude dedicarme al ejercicio porque Alice estaba intentando aflojar mi cinturón, pero no de la forma habitual, quería romperlo, como la camisa, pero aquel no era de tela, si no de cuero, como es habitual y con sus esfuerzos solo conseguía apretarlo más y más alrededor de la cintura. Me estaba haciendo realmente daño. Bajé las manos y saqué la piececita metálica del agujero y yo mismo me bajé los pantalones, que eran unos vaqueros que me quedaban bastante bien y parecían caros, de una marca de postín. ¿De quién era la ropa que portaba? Era una pregunta interesante. Pero otra más interesante acudió a mi cabeza y entró sin llamar a la puerta. No recordaba haberme cambiado de calzoncillos en todo el tiempo que llevaba allí. No es que aquello me hubiera importado hasta el momento, ni siquiera había pensado en ello, pero sentí una especie de vergüenza de que Alice los viera sucios. Pero no fue así, ni siquiera le dio tiempo a mirarlos, porque me los bajó de un tirón y entonces… se quedó quieta mirando y remirando. ¿Qué estaba pasando? La luz se fue abriendo camino en mi mente oscurecida donde no había dejado de ser de noche desde mi llegada a aquel oscuro lugar. Estaba mirando mi sexo, miembro viril, pene o como se llamara, que las palabras acudían en tropel a mi mente, como si empezara a recordar todo a la vez, aunque solo lo referente al sexo, al erotismo, al diccionario de términos sexuales o eróticos o erotómanos o como diablos se denominara todo aquello. Por un momento pensé que mi sexo la había decepcionado, por eso estaba bloqueada. ¿Tal vez era pequeño, para su gusto, o en general, o por bajo de las estadísticas convencionales, o puede que fuera grande, de acuerdo a estos mismos criterios o incluso descomunal? ¿Cómo podía saberlo yo que no había visto más penes que el mío y a éste ni siquiera lo había mirado? Seguramente en mi pasado tuve que ver otros penes, en películas, en vestuarios, donde fuera que uno pudiera ver penes, pero no recordaba nada al respecto. De nuevo Alice cortó mis elucubraciones porque se arrodilló e introdujo mi miembro viril en su boca y lo chupó y masajeó con muchas ganas. ¿Significaba eso que le gustaba?

Me sentí tan excitado que no pude controlarme. La tumbé sobre la alfombra y busqué su cueva, su venusberg, o como lo denominaran en los diccionarios eróticos. Ni siquiera fui consciente de si ella llevaba pantalones o faldas, aunque me inclinaba más por lo primero, teniendo en cuenta que eran más cómodos para caminar por el bosque. No supe cómo eran las braguitas que llevaba ni si fui capaz de llegar hasta sus pechos desnudos porque sus manos introdujeron con maña y fuerza el miembro viril en sus entrañas, húmedas, cálidas, acogedoras. Me hubiera gustado disfrutar de una buena visión de su cuerpo desnudo, pero ni siquiera era consciente de que ella estuviera desnuda. Ni siquiera recordaba cómo había actuado con Kathy, con Heather, con Dolores, si había tenido tiempo o no de observar su desnudez, de explorarla, de deleitarme con ambas cosas. Ahora no podía recordar nada, porque ya estaba galopando como un caballo salvaje. Ella me animaba con grititos, suspiros, gemidos y toca clase de sonidos animadores. No supe el tiempo que pasó hasta la explosión y si ella había explotado al mismo tiempo, o antes o después. Lo cierto es que exploté y ella se volvió loca moviendo la cabeza de un lado a otro y gritando que no lo dejara y más y más. Caí rendido sobre su cuerpo y éste no se movió, como si estuviera tan agotada como yo lo estaba.

Finalmente nos recobramos un poco, lo que aproveché para besarla con ansia, con delectación, con placer y sobre todo con amor, con mucho amor, porque yo la amaba y me hubiera casado con ella en aquel momento si un cura o presbítero o lo que fuera anduviera por allí cerca. Entonces me di cuenta de que no me había quitado el calzado adecuado para caminar por un bosque que aún oprimía mis pies. Me daba igual. Estaba bien, me sentía feliz y así hubiera permanecido largo tiempo si ella no se hubiera quejado de mi peso. Me aparté a un lado, suspiré relajado, aliviado, feliz. Ella me abrazó y me besó. Luego se puso en pie y me arrastró hasta el lecho redondo, cama de agua o colchón neumático, o lo que fuera. Dejó que me detuviera a quitarme el calzado y ella aprovechó para bajarse los pantalones por completo, quitarse la blusa, el sujetador y todas las prendas que acariciaban su cuerpo. Entonces pude contemplarla desnuda a mi sabor.

-¿Te gusta mi cuerpo, te gusto yo, te ha gustado?

Solo pude asentir con la cabeza porque no me salían las palabras. Los dos caímos sobre el lecho, que se hundió, produjo un boquete que luego se rellenó lanzándonos al aire, como si tuviera muelles. Nos reímos con ganas hasta el histerismo. Luego nos fuimos calmando y probamos aquella mágica cama redonda.

-Seguro que Mr. Arkadin la encargó con todos los mecanismos inimaginables para satisfacer sus perversiones. ¿No crees?

-No lo sabía, nunca la había probado y me alegro de haberlo hecho contigo. Pero seguro que tienes razón.

Me alegré de que no la hubiera probado antes con nadie, aunque podía estar mintiendo.

-Me imagino la cara que pondrá Jimmy cuando le enseñe la grabación.

-¿Cuándo activaste el sistema de grabación? No recuerdo que lo hicieras.

-Jaja, claro, el idiota del Pecas no sabe que hay un sofisticado y ultramoderno sistema de grabación que se activa con el movimiento. En cuanto alguien entra en la casa y se mueve comienza a grabar. Ese payaso cree saberlo todo de esta casa y de Crazyworld pero ignora más que sabe.

-Perdona, pero entonces tú has tenido que estar aquí muchas veces para conocer todos sus misterios.

-No te sientas celoso, mi bebé. Yo no conocía la existencia de este antro de perversión hasta que Jimmy me trajo aquí. Sí, lo hizo con la intención de disfrutar de mi bello cuerpo, pero yo no tendría sexo con ese imbécil ni aunque fuera el único hombre de Crazyworld, ni aunque fuera el último hombre sobre el planeta. En cuanto intentó propasarse le di un rodillazo en sus huevitos, lo arrastré fuera y cerré la puerta. Debió de irse cuando se recuperó. Yo tuve tiempo sobrado para explorarlo todo. Él te habrá enseñado el antiguo sistema de grabación con cintas, el moderno está bien escondido. Luego me llevaré un pendrive con la grabación para verla una y otra vez. Tienes que prometerme que ésta no será la última vez. Vale que otras te asedien y caigas en la tentación, pero a mí no me abandones.

-No Alice, no te abandonaré nunca. Si anduviera por aquí un presbítero le pediría que nos casara. Te amo con locura.

-Jajá. Presbítero. De dónde sacas esas palabras.

-No lo sé, soy amnésico.

-Eres increíble. ¿Te casarías conmigo? ¿Y también con Kathy, con Heather, con Dolores y con todas las mujeres de Crazyworld? ¿Vas a fundar un harén?

-No lo sé, cariño. Me has dejado turulato. Eres adorable.

-Pues demuéstramelo.

-Creo, salvo que esté equivocado que los machos necesitamos tiempo para que nuestro pene se recobre.

-¿No has oído hablar del sexo oral? Nos divertiremos hasta que vuelvas a estar en forma.

Y así lo hizo. Esta vez no hubo prisas, y sí mucha exploración, muchas caricias, mucho sexo oral. No me acordé de mis elucubraciones, no me acordé de nada. Ni siquiera del tiempo que seguía corriendo en algún reloj invisible. Descansamos, hablamos, reanudamos, hasta que mi mente entró en bucle. ¿Qué hora sería? ¿Y si Kathy nos estaba espiando? Alice también recobró la cordura. Bueno, vamos a vestirnos, ya debe ser tarde. Me haré con el pendrive y regresaré para la cena, tú puedes hacer lo que quieras, te mereces un descanso.

-¿Con qué nos vamos a vestir? Veo que nuestras ropas están en el suelo, desgarradas, inservibles.

-¿En algún momento has supuesto que ese cabrón de Mr. Arkadín no lo tiene todo previsto? Ahora te enseñaré los armarios ocultos donde hay ropa de todas las tallas, masculina y femenina.