miércoles, 23 de julio de 2014

CRAZYWORLD VIII

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JIMMY EL PECAS

-Albert, mamón, como vuelvas a tratar así a mi amigo pondré una serpiente de cascabel en tu cama. 

Quien hablaba era un joven alto y pecoso que miraba al celador, a aquel armario empotrado en el malhumor, a aquel cascarrabias detestable, a quien yo estaba pensando en dar una patada en sus testículos –suponiendo que los tuviera- como desde una altura olímpica, a pesar de que Albert le sacaba la cabeza y al menos dos o tres cuerpos de ventaja.

-Y ahora ya estás pidiendo disculpas a este joven y llevándolo en brazos a donde él quiera ir, ¡so mamón!

Albert bufó como si le hubiera picado la serpiente de cascabel que le había prometido Jimmy. Dio una fuerte sacudida a la silla de ruedas, hasta que caí al suelo como un fruto maduro y luego salió de estampida, rezongando algo entre dientes.

-No te preocupes, no dirá nada. Es un infecto lameculos que sabe quién paga aquí su sueldo.

Me tendió una mano, que aproveché para ponerme en pie, flexionando las piernas para hacer fuerza, porque aún me sentía muy débil.

-Soy Jimmy, aunque todos me llaman Jimmy “El Pecas”.

Estuve a punto de preguntar por qué, pero me bastó una ojeada a su rostro, picado de viruelas como un mapa de puntos, para darme cuenta de que sobraban las preguntas.

-¿Eres nuevo?

-Eso parece.

Estábamos caminando por el pasillo, uno al lado del otro. Yo no sabía dónde ir, pero esperaba que mi nuevo amigo y salvador se ofreciera para hacer de anfitrión.

-¿Cómo te llamas?

-Lo siento, pero no lo recuerdo.

-No te esfuerces. Los golpes en la cabeza tienen estas cosas, lo mismo te olvidas de todo que recuerdas haber sido Napoleón Bonaparte y Gengis Khan en una sola pieza.

-¿Cómo sabes eso?

-Jimmy lo sabe todo. Es el único que lo sabe todo en Crazyworld... Bueno, si exceptuamos a Dolores...

-Me ha servido el desayuno. Me resulta muy simpática.

-Y lo es. No te fíes de nadie en Crazyworld, amigo, ni siquiera de mí. Pero puedes fiarte de Dolores. Es la única que nunca te mentirá en este antro de perdición. Esta mañana, al despertar, ya me había enterado de que había un nuevo ingreso. No pude saludarte antes porque esa bruja malnacida de Ruth había cerrado tu puerta con llave.

-Sí, según me explicó Dolores, parece que temen que Kathy me haga una visita. Por mí puede visitarme cuando quiera. La conocí anoche, fue la enfermera que me atendió.

Noté que Jimmy se ponía muy nervioso, le cambiaba el color de la cara y las pecas resaltaban aún más.

-Te disculpo porque eres nuevo. Pero nunca me vuelvas a hablar de esa zorra. Si lo haces no respondo de mis actos.

-¿Qué ocurre, Jimmy?

-Odio a esa maldita zorra del demonio y no consiento que nadie me hable de ella.

-Está bien, no lo volveré a hacer. Tendré que aprender mucho de Crazyworld, por lo que veo.

-Te serviré de anfitrión encantado, pero recuerda mi advertencia.

-¿Por qué estás tú aquí, Jimmy?

-Adicto al sexo. La acémila de mi progenitor decidió encerrarme porque no dejaba en paz a las esposas de sus amigos, a sus hijas, a sus sobrinas y nietas, a sus criadas, a sus empleadas...

-Aunque así fuera. Me parece un poco fuerte encerrar a alguien en una clínica psiquiátrica solo porque no se puede resistir a los encantos femeninos.

-Aún no sabes nada de Crazyworld, amigo. Ya te contaré cosas que te pondrán los pelos de punta. ¿Has desayunado?

-Sí, Dolores me sirvió un espléndido desayuno antes de que Albert me llevara a la consulta del doctor Sun.

-No te preocupes por ese mamón. Ya pensaremos en algo que pondrá su culo a rebotar contra las paredes. ¿Qué te ha parecido Sun?

-Con franqueza: no me cae bien.

-Es cuestión de saber llevarle, con mano izquierda y un poco de pelotilleo. Si me aceptas como guía aprovecharemos la mañana para conocer Crazyworld. ¿Qué te parece si nos vamos fuera, nos sentamos en una tumbona y le pedimos a Alice que nos sirva un cóctel?

-¿Quién es Alice?




-Una camarera que está de pan y moja.

Habíamos descendido hasta el vestíbulo. Amplio, suelo de mármol, muchas plantas, divanes y sillones ocupados por ociosos pacientes... Me quedé pasmado al observar a un paciente, en pijama, que tumbado en un sofá roncaba aparatosamente.

-No te enseñaré el comedor porque ya lo conocerás durante el almuerzo.

-¿Quién es aquel roncador enpijamado?

-Ven. Te voy a presentar a John Smith, el asesino múltiple, le invitaremos a un trago junto a la piscina y te contará su vida en prologo, capítulos y epílogo.

-¿No es peligroso?

-No, de momento, al menos en lo que lleva en Crazyworld no ha matado a nadie.

Continuará.

miércoles, 16 de julio de 2014

MI VIDA FICTICIA EN EL CHAT I



NOTA: Esta serie de relatos virtuales tienen ya muchos años, tantos como mi iniciación en Internet. Debo confesar que me daba un poco de miedo eso de los mundos virtuales. Primero compré el ordenador y luego tardé bastante tiempo en decidirme. ¿Qué es un ordenador sin Internet? Entonces pensaba que mucho, me sirvió para pasar los manuscritos a archivos del procesador de textos, para ir confeccionando los diccionarios y otra serie de datos que tenía en cuadernos en las famosas tablas y cosas parecidas. Hoy día sería incomprensible que alguien tuviera un ordenador sin Internet. Lo primero que le soltaría cualquiera sería: ¡Tú estás tonto o qué!

 

Las generaciones posteriores que han nacido con un portátil, una tablet, un móvil o uno de esos artilugios que me cuesta hasta pronunciar, “gasap” o lo que sea, no pueden comprender lo que nos costó a algunos hacernos al Internet y los mundos virtuales. Yo tuve que empezar de cero y eso es lo que me hubiera puesto un profesor, un cero patatero, porque mis ideas eran muy delirantes, hasta el punto que me dije que tal vez pudiera escribir unos ensayos para mejorar nuestra sociedad y nuestro mundo y mandárselos a “todo el mundo” por correo electrónico. Entonces pensaba que con redactar un texto y ponerlo en el correo electrónico ya todo estaba hecho. Ni se me ocurrió que lo mismo que una carta convencional necesita una dirección, un correo electrónico necesita la dirección de otro correo electrónico para que alguien lo reciba. Y cosas tan peregrinas como estas me ocurrieron en aquel entonces. Recuerdo especialmente cómo me interesó mucho eso del Chat y acabé entrando en uno como un elefante en una cacharrería. Y encima ni me enteraba, a pesar de que algunos ponían aquello de “hay un pelo en la sopa” y yo pensaba para mí, pues qué bien, llama al camarero y no pagues.  Estos relatos son un poco una autoparodia del tonto virtual que era entonces… lo sigo siendo, pero de otra manera.






 

 

            MI VIDA FICTICIA EN EL CHAT  I


Cuando los instaladores abandonaron mi casa estrechando amablemente mi mano puse en las suyas una buena propina, se la merecían, no todos los días tiene uno la suerte de recibir un regalo mágico que te permitirá ponerte en contacto con millones de personas y  enviarles un saludo estrechando su tecla, porque lo que es su mano aún le queda algo a la técnica para conseguirlo.
No fue hasta unos días después que observé  una cajita de cartón que mis amables Reyes Magos habían dejado olvidada en un rincón. Estaba ya bajo un montón de papeles, periódicos viejos y cachivaches que suelo ir dejando por todas partes a la espera que un alma caritativa encuentre tiempo para echarme una mano. La abrí muy interesado pero solo tenía trozos de cable, algo nada sorprendente porque aprovechando la tentadora oferta me conecté también a la televisión por cable, al teléfono por cable (el móvil lo tengo desde que salió la primera oferta) e incluso a la radio por cable (¿qué aún no existe?, pues yo ya tengo los cables, a ver cuando se ponen al tajo). No me extraño que la caja estuviera llena de cables, pero como me gusta hacer siempre con todo metí la mano hasta el fondo y toqué algo más. Ante mi hilarante sorpresa lo que saqué del fondo fue un enorme y supermullido y superabsorvente pañal con un librito de instrucciones pegado a la etiqueta de fábrica. No dudé un instante en abrirlo.
Según decían los fabricantes el consumidor no debería de extrañarse de ese regalo puesto que como todos saben los internautas acaban por padecer de almorranas, de incontinencia urinaria y otra cosa que me callo para no ser grosero. Son muchas horas navegando sin cambiar de postura, tu parte más mullida se siente incómoda a pesar de estar preparada para la función que la naturaleza le adjudicó; asimismo suele suceder que uno acaba perdiendo consciencia de las señales que te envía el cuerpo para que procedas al conveniente reciclado de productos.
Pero no solo estaba el pañal en el fondo de la caja, decidí tirar al suelo todo su contenido, con gran pasmo contemplé un gran chupete de látex tan duro que rechazó mis dientes al propinarle el primer mordisco, insistí por segunda vez y mis encías sufrieron una dolorosa hemorragia que casi me hicieron acabar con el gigantesco chupete en la basura. No obstante pensé que nada me iría mejor, a un bebé internauta, que un gran chupete. Así que dije gu-gú con entusiasmo y me endilgué a mí mismo el chupete que no pensaba quitarme en unos meses.
Así preparado, con pañal y chupete, no necesitaba nada más aparte de un gran entusiasmo. Me conecté a la Red, asomé mi cabezota peludina, con chupete incluido, por la rendida de la puerta y sin despegarme el chupete de la boca pregunté con el teclado: ¿se puede?. Soy un bebé muy educado, pero nadie respondió. Decidí mientras obtenía respuesta probar esa nueva fórmula de correo que llaman electrónica. Lo hice con mucho cuidado, eso sí, no fuera a darme un calambrazo. Decidí escribir un emilio –había oído en la radio que se llamaba así- de salutación a todos los internautas del planeta. Para mi sorpresa el primero en recibirlo fui yo, más tarde comprendería que al rellenar los espacios en blanco en el sobre puse también como destinatario al remitente. Gu...gú... dije con enfado mientras mordisqueaba con rabia el chupete.
Lo segundo que debo hacer, pensé, es aprender a chatear. Me consta que no se trata de tocar narices chatas ni de tomarse unos chatos con los amiguetes; lancémonos, pues manito, al río y veamos qué hay en el fondo. Tecleé con mucho cuidado la palabra no fuera a despertar al lobo feroz, no sería la primera vez que algo así le sucede a un explorador aunque normalmente a él le salen leones, siempre ha habido categorías.
Elegí un chat al azar, cliqueé y esperé por si me mandaban un vinillo por correo. En lugar de ello se abrió un portal, un zaguán, una sala de espera o como se llame. Allí un letrerito me indicaba que introdujera el nick. Por supuesto que había oído hablar de los alias o apodos por lo que deduje que ese era el que me tocaba según un inextricable proceso aleatorio. Confieso que no me gustaba mucho. Antes que Nick hubiera preferido John o James o cualquier otro, pero me adapté a lo que tenía y lo introduje por la rendija, a ver si me abrían la puerta. No percibí el inevitable rechinar de cualquier puerta que se abre, en su lugar salió un cartelito con coléricos signos de admiración. ¡Escoge otro nick, ese es el mío!.
Vale tío, no creo que sea para ponerse así. Di dos o tres mordiscos al chupete y pensé en un buen alias. Los personajes de mis historias son tan rarillos como sus nombres, dudo mucho que encuentre un “alias” semejante. Seguro que no hay otro “ermantis”. Lo introduje por la ranura y se me abrieron las puertas del cielo.


La primera vez que entras a un chat te quedas un poco suspenso, como meditabundo. En la vida corriente no sueles echar nada por las rendijas para que se te abran las puertas, menos aún llamas con los nudillos y esperas que te dejen entrar sin saber qué clase de reunión o qué personajes te vas a encontrar al otro lado. Porque aunque en la puerta esté bien clarito eso de chat para hablar de literatura o de fútbol o de amistad o de sexo también llamado erotismo, o de la reproducción del cangrejo de río, lo cierto es como luego pude comprobar en los chats se habla de todo y cada cual va a su bola aunque no se sepa muy bien en qué portería quiere meterla.
Una vez en la antesala te entra el canguelis, te pones a temblar y las teclas comienzan un extraño baile de claqué. Miras y ves un listado de “alias” –ahora comprendes que alias es sinónimo de nick- tan extraños, tan estrambóticos que te recuerdan a los nombres de tus personajes. ¡Y tú que te creías el rey de todo el mundo!.
Observas unas caritas con multiformes y divertidas expresiones. Supones que son esmailis y te preguntas si tendrán que ver con la “escaili” esa de la verdad está ahí fuera. Tú siempre pensando en lo mismo, ermantis. Luego recuerdas que su nombre es Escali o algo así, no tiene porqué haber relación. No obstante no tocas en las caras por si estuvieras equivocado no sea que se produzca una combustión espontánea.
No sabes  cómo se saluda aquí, evidentemente no puedes ir de uno en uno estrechando manos y presentándote. Hola, soy fulanito de tal, alias cual... sí ese de la banda de Al Capone. Das un par de mordiscos al chupete y te decides por cliquear en un nombre de mujer, de princesa celta o druida (ignoras si los druidas tenían princesas pero no te importa demasiado). Piensas que no eres tonto, nunca se sabe qué se va a encontrar uno al otro lado del “alias” pero es más fácil que si alguien quiere travestirse utilice otros  como María o Maruja que un nombre exótico de princesa druídica que huele a bosque y a blanca túnica movida con delicadeza por el viento juguetón, un viento que  premia así tus desvelos dejándote ver unos hermosos muslos de fémina que quitarían el hipo al propio Drácula.
Observas que en el chat se ha armado una gorda al entrar tú porque no hacen sino hablar de pelos en la sopa. Me habrán confundido con el camarero piensas. Luego siguen diciendo cosas raras que parecen ir dirigidas a tu habilidad de cazapalomas. Piensas que  a lo mejor cometiste un error al elegir a la princesa druídica, pero cómo ibas a saber tú que aquello era un baile de todos, supusiste que uno escogía pareja y se ponía a bailar tan campante. Siguen hablando de ti pero ya no les entiendes porque utilizan signos cabalísticos, que si X+Z= doble v al cuadrado, dos puntos, puntos suspensivos, paréntesis... Crees que es la fórmula de una nueva bomba que te van a colocar en el trasero y te pones a bailar claqué en el teclado.
Al cliquear se ha abierto una nueva ventana,  ahora entiendes porqué el enfado de los chatistas, te llevaste a su princesa sin avisar. Te gustaría que la ventana se hubiera abierto al bosque pero se trata solo de una pizarra para escribir. Una mano invisible escribe:
>>Hola, ¿eres hombre?.
Piensas que solo una mujer haría esa pregunta. Un macho de pelo en pecho piropearía primero, dispararía después y preguntaría al final. Si se ha equivocado se largará con viento fresco sin despedirse siquiera. Semejante delicadeza sólo puede nacer de un pecho, mejor de dos pechos, indudablemente del género femenino. El masculino podría empezar así: “Hola tía buena, ¡nos vamos a la cama virtual?. Si al otro lado estuviera el marujo de turno disfrazado de carnaval contestaría: “Larga, macho que quiero cotillear con el género femenino, aquí no pueden saber que detrás de mi máscara llevo barba”.
Uno se imagina cosas así mientras le dices a la princesa druídica que eres muy majo, que escribes y que estás mordiendo el chupete virtual porque aún eres un bebesito. Que ella puede ser tu maestra si quiere. Al acabar de escribir quitas tus dedos del teclado porque estos podrían transmitir tus pensamientos más recónditos y aún no han salido las dos XX ni se ha oído el tachín... de las películas para mayores con reparos.
>>¿Escritor?. Eso mola mucho. ¿Qué edad tienes?...pichón (esa última palabra la pones tú).
Mentir es una estupidez, no tienes billete de avión para viajar al gran bosque druídico y estoy convencido de que nunca lo tendrás, así que dices la verdad sin pestañear. Yo soy uno de los que buscan la verdad que está ahí fuera. Me limito a dar un mordisco al chupete con más fuerza de la necesaria.
>>Eres demasiado mayor para mí. Podrías ser dos veces mi padre.
Es decir, quiere decir su abuelo, ¡qué comedida es!. Creo que exagera un poco porque aunque tuviera menos de doce años no podría ser su abuelo –hice rápidos cálculos con los dedos- ni siquiera siendo el niño más precoz al oeste del Pecos.
>>¿Qué edad tienes tu?...cariño (la última palabra me la dejo en el teclado, escondido entre tecla y tecla).
>>Dieciocho años. Creo que eres un poco mayor para mí...pero nunca se sabe...Espera un minuto.
Y me dejó, así tal cual, con el chupete en la boca y los dedos en la pistolera del teclado. Puede que haya ido al servicio... No, no pensé mal, yo no resulto tan atractivo ni en persona. Me limité a esperar con los dedos en las teclas...y esperé...y esperé...

Continuará...


miércoles, 2 de julio de 2014

CRAZYWORLD VII



-¿Y bien?
-Nada, doctor. No se encontró nada.
-Bien. Pregunte qué ha ocurrido con el vehículo del joven. Que lo remolque una grúa hasta aquí y que un agente de seguridad lo revise a fondo.
-¿Vuelvo a llamarle, doctor?
-No, no me interrumpa. No es urgente. Luego me dirá lo que sea.
-Bien, doctor.
El peludo Sun continuaba escribiendo. Me miraba y escribía, me miraba y escribía… y así sucesivamente.
-Creo que lo mejor será hipnotizarle, a ver si guarda algo de interés en el subconsciente.
-Preferiría que no, doctor.
-¿Le da miedo la hipnosis?
-Ahora me da miedo todo. Si no le importa, antes debería hacerme hablar un rato, tal vez mañana o pasado mañana recuerde lo suficiente para que la hipnosis no sea necesaria.
-Como quiera.
El Dr. Sun acabó de escribir en la historia clínica. Supuse que había anotado mis datos físicos a ojo. La verdad, la altura, el color de mis ojos… Se puso en pie y comenzó a pasear frente al diván. Llegaba a la pared, regresaba, caminaba hasta la otra pared… y así sucesivamente.
-Le someteré a una batería de test. Antes me interesa saber lo que recuerda y lo que no… ¿Qué recuerda del accidente?
-Poco, doctor. Cuando desperté el vehículo tenía forma de acordeón y estaba empotrado en un árbol.
-¿Cuándo despertó?
-No sé si estaba dormido, inconsciente o borracho.
Sun, el peludo Sun, regresó a la mesa y echó una ojeada a un documento.
-No, borracho no. El análisis de sangre nos revela que no existía un gramo de alcohol en su cuerpo. También dice que estaba en ayunas.
-No puedo decirle nada al respecto. No recuerdo absolutamente nada anterior al accidente.-
-Bien.
El doctor regreso a la mesa y echó otro vistazo al documento anterior. Aquel hombre no podría estarse quieto ni un solo momento.
-Lo encontraron desmayado frente a la verja. Antes pudo oprimir el timbre. ¿Recuerda algo de lo sucedido en el quirófano? Cualquier imagen puede ser reveladora. 
-Solo el rostro agraciado de una mujer. Me vino a la cabeza la imagen de una vampira.
-Kathy.-
-Sí, luego me dijeron su nombre.
-Dolores.
-¿Cómo dice?
-Digo que se lo dijo Dolores.
-¿Cómo lo sabe?
-Pura deducción lógica. Aquí todo lo dice Dolores… ¿Algún sueño de esa noche?
-Ninguno. Dormí como un ceporro.
-No me extrañaría. Le dieron algo muy fuerte para dormir. Bien, ya veo que es inútil. Le haré ahora la batería de test. Responda sin titubear. No se lo piense. Es la única forma de asociar su respuesta con algo.
-De acuerdo, doctor.
Sun revolvió entre sus papeles, me miro y preguntó:
-¿Mujer?
-Kathy.
-Ya veo que ha cedido a sus encantos. A todos nos pasa al principio, luego huimos de esos encantos.
-¿Qué quiere decir?
-Nada. Ya lo comprenderá usted mismo.
-¿Muerte?
-Me libré.
-¿Qué quiere decir?
-Me libré de la muerte, no se me ocurre otra cosa.
-¿Coche?
-Acordeón.
-¿Carretera?
-Noche.
Así continuó durante una media hora. Luego se levantó y me puso unos cartelones con manchas de tinta delante de los ojos.
-¿Qué ve aquí?
Se lo dije. Finalmente me hizo un test muy raro.
-Es de mi invención. Lo diseñé para casos de amnesia, aunque sirve muy bien para otras patologías.
Consistía en imaginar una personalidad ficticia para mí y desarrollarla hasta el límite. Sin saber por qué me imaginé como un vampiro que clavaba sus colmillos en el cuello de Kathy.
-¡Mala suerte que ella estuviera de guardia esa noche! Durante días su mente lo distorsionará todo.
-¿Tan peligrosa es?
-¡Ya lo verá, ya…! Sigamos con el test. Dígame qué imagen asocia a esta palabra… Padres.
-Riqueza, mucha riqueza. Me pasan una pensión muy importante. Vivo del cuento.
-Me temo que esa imagen es más un deseo que una realidad. Dígame una ciudad cualquiera. La primera que le venga a la mente.
-¡París!
-¿Por qué París? Está lejos, ¿cree que ha vivido allí?
-Ni idea. Me gusta esa ciudad. Ignoro la razón.
-¿Sabe alguna palabra en francés?
-Je t’aime, mon amour.
-Reincide en una vieja obsesión. Si digo sexo, usted dice…
-Mujer, mujeres, cuerpos desnudos, placer, infinito placer, orgasmo… Lo mejor de la vida.
-Vaya. No parece usted un joven virgen, ingenuo y romántico. Describa me a una mujer cualquiera que le venga a la mente. Que no sea Kathy, por supuesto.
-Bueno. Intentaré no acordarme de Kathy. Rubia.
-Kathy es rubia…
-Lo siento es lo primero que me viene la mente. Vamos a ver. La rubia, alta…
-Kathy es alta.
-Lo siento, doctor, me temo que mi mente está contaminada.
-Mire. Creo que hoy es inútil continuar. Le voy a dar una libreta y un bolígrafo. Escriba a lo largo del día las imágenes que le vengan a la cabeza, asociadas a palabras, busqué en las más inocuas y menos emotivas.
El doctor Sun me tendió una pequeña libreta y un bolígrafo barato. Estaba de muy mal humor, como si yo hubiera puesto poco de mi parte, como si me hubiera negado a colaborar. Se inclinó hacia delante en su sillón y oprimió el botón del intercomunicador con su secretaria.
-Lucy, ¿han traído el coche de este joven?
-Aún no, doctor.
-De las órdenes oportunas hipp tráiganme todo lo que encuentren en el vehículo, equipaje en documentos… Hasta las cáscaras de pipas, si las hubiere. Diga al servicio de seguridad que rastree la zona, por sí lograran encontrar algo, cualquier cosa…¡Ah! Y que rastreen la matrícula en los ordenadores. Mañana a primera hora quiero todo sobre mi mesa.
-Bien, doctor, ¿algo más?
-Dígale a Albert que ya puede llevarse al paciente.
-Ok, doctor. Le recuerdo que está pendiente su entrevista con nuestro director.
-Gracias, Lucy, es usted un encanto.
-Usted sí que es un encanto, doctor. ¿Para cuándo la cena que me ha prometido?
-Está bien. Busque un hueco en mi agenda.
-Lo, haré, doctor. No se librará de mí.
La puerta se abrió y entró Albert, con tan mala cara como una hora antes.
-Llévese a este joven idiota, y traígamelo mañana a la misma hora.-
-Claro doctor.
Albert se dirigió al diván donde yo permanecía tendido y muy cómodo, por cierto. Me tomó en brazos y me dejó caer sobre la silla de ruedas sin consideración alguna.
-Hasta mañana, doctor.-
Chao, Albert y procure no descuartizarme al joven antes de tiempo. Lo quiero entero.
-Sus deseos son órdenes, amado doctor.
-No sea pelota, Albert. Sabe que me repugna ese tipo de conducta.
Albert pateó la silla para descargar su mal humor. Me empujó hacia la puerta de salida, la abrió y volvió a patear la silla. Atravesé la puerta como un cohete y me incrusté contra la pared de enfrente. Una mano amiga evitó que acabara por los suelos. Así conocí a Jimmy “El Pecas”.

martes, 1 de julio de 2014

METRÓPOLIS VIRTUAL I

               

METROPOLIS VIRTUAL



Han pasado los años, mis articulaciones y no son lo que eran. Ahora se resienten, se quejan como viejas bisagras oxidadas. Las rodillas rechinan tanto y tiemblan de tal forma que el sentarme o levantarme de mi viejo sillón se ha convertido en un tormento que cada vez sufro menos porque ya no soporto que me trasladen del lecho de enfermo hasta el viejo cuartito donde hace ya tantos años que casi no me quedan recuerdos de ello instalé mi primer ordenador.

 Ahora parece la cueva de un viejo dinosaurio que no se ha dado cuenta de que la raza humana lleva milenios sobre la corteza de este planeta tras su noble meta de convertir las viejas piedras en microchips. A veces pienso en el exterior como en un mundo de microchips, el cielo está dividido en infinitas particiones pegadas una a otra con estos minúsculos artefactos y el suelo da calambre al ser pisado. En realidad no sé muy bien cómo andan las cosas ahí fuera porque hace años que no salgo de casa. A pesar de todo de vez en cuando no puedo reprimir la nostalgia y pido a mis enfermeros de la Seguridad Social que me trasladen al sillón, frente al ordenador para así poder visitar a mis viejos amigos como Smart 25 o Reye negro o Reina blanca o princesa Almarina o Angel poéticus o Sofía milenaria o Alas de Condor. Todos ellos siguen aún correteando por la Red aunque esta o aquella enfermedad o achaque les impidan hacerlo todos los días. Nos vemos obligados a concertar citas y citas suplentes por si fallamos a las primeras como enamorados encarcelados por verdugos crueles de cuyo humor dependemos para salir un rato a estirar las piernas.

Mi enfemero me ha colocado el cinturón de seguridad que hace algunos años acoplé al sillón por si las moscas. Es una medida de seguridad elemental para que no me caiga como consecuencia de cualquier movimiento imprevisto. Me he colocado las gafas virtuales y le he pedido que se vaya, lo que ha hecho discretamente, cerrando la puerta tras de sí. Sabe que no me gusta nada su presencia cuando hablo con mis viejos amigos.

Con un parpadeo del ojo derecho he encendido el ordenador. Las pantallas ahora ya no son planas sino que tienen forma de huevo de dinosaurio que resplandece al encenderse. En su interior alguien parece haber encendido una hoguera que no acaba de coger fuelle; las llamas suben y bajan buscando el lugar justo en el aire. Dicen que su diseño es imprescindible para que las fagas virtuales funcionen y uno logre sentirse dentro de Metrópolis, la gran ciudad virtual donde miles de millones de humanos habitan, al menos durante unas horas al día.



Inmediatamente bajo por el ascensor a la cochera de mi casa virtual y escojo un mercedes con interior muellemente acolchado y me pongo al volante revestido con cuerdo artificial. En realidad no soy yo quien lo hace sino el muñequito virtual que me representa. Abre la puerta con el mando a distancia y sale al exterior. Hoy he dejado a un lado al anciano marchoso que me representa y he escogido la piel de un Adonis con gafas de sol, gorrita verde y vaqueros agujereados por todas partes. El muñequito conduce con gran pericia mientras no cesa de guiñar el ojo a todo muñequito que aparece en su radio de visión.


En el radiocassette pongo música de los Beattles, una antigualla que me devuelve a mi época de adolescente saltarín, cuando aún no sabía lo que era un ordenador, ¡si seré viejo!. Vivo en una casita baja en las afueras de Metrópolis, rodeada de grandes árboles y con un cesped esponjoso en el que me hundo cada vez que se me ocurre entrar o salir a pie de casa. Soy soltero. He elegido esta vida virtual porque en este mundo nadie tiene tiempo para nada, menos para cuidar retoños.

Las calles de la urbanización están casi vacías, es un día de verano, el sol virtual en lo alto es enorme y parece calentar tanto que mi muñequito empieza a sudar como si lo estuvieran asando a la parrilla. Miro el termómetro del coche que marca cuarenta grados y yo mismo comienzo a sudar bajo el casco virtual. Supongo que con este calor la mayoría de los muñequitos se están echando la siesta como sus dueños. De no ser así las fachadas de sus casas virtuales estarían encendidas con un letrerito verde invitando a pasar y echar un trago con el dueño. La mayoría tienen un inmenso stop rojo en la fachada lo que indica que su dueño está roncando a pierna suelta.

Metrópolis está diseñada de tal forma que nadie siente necesidad de ir al centro o a un punto concreto de su perímetro ya que en todas partes hay los mismos supermercados del sexo o centros multiculturales o lo que sea, porque la realidad es que no falta de nada. Sus habitantes se van distribuyendo al azar y si por casualidad alguna via de comunicación tiene excesivo tráfico a una hora punta se habilita otra inmediatamente. Los vehículos son cambiados de vía por una gigantesca mano artificial que sale del cielo color azul oscuro –dicen que el claro era difícil de conseguir para los diseñadores- como un sorprendente “deus ex machina” un tanto cutre, lo reconozco, pero muy práctico.

Aquella tarde las vias de comunicación estaban muy despejadas por lo que mi cochecito se movía a gran velocidad sin encontrar mas que alguno que otro coche de diseño estrambótico y matrícula extranjera –aquí es lo que se lleva aunque todos vivamos en Metrópolis- que se deslizaba sin prisas como viendo el paisaje. La Red ha avanzado tanto que recordar los viejos tiempos de los “alias”  - tenían que ir de puerta en puerta echando su nombre ficticio con su correspondiente contraseña en los buzones- da la risa. Ahora cada uno tiene su cochecito por modesto que sea, con su correspondiente matrícula “ad libitum” para poder ser identificados, controlados y hasta detenidos por la policía de la Red que ha hecho de Metrópolis un lugar tan seguro que solo viejos chochos como mis amigos y yo nos atrevemos a salir de su seguridad y adentrarnos en las ciudades piratas, los barrios bajos de la Red, que cada día pululan más, lo que no es de extrañar ya que las autoridades de Metrópolis intentan controlar hasta la marca de ropilla interior de los muñequitos. Nosotros no llevamos ropa interior, un escándalo para los muñequitos policías que nos cachean al detenernos por exceso de velocidad o cualquier otro motivo tan nimio como este.

La tecnología está tan avanzada que cualquiera puede fundar su ciudad donde le plazca. Las Vegas virtual es la ciudad del juego, controlada por diferentes mafias que no cesan de pulular en la Red. Uno las puede distinguir fácilmente por sus muñequitos de anchos hombros, sombrero calado sobre los ojos y trajes a la vieja moda de los años cuarenta del siglo XX. La moda retro sigue haciendo estragos y cada vez son más los que buscan en un pasado remoto la pátina de individualidad que todos pierden, incluso los muñequitos más rebeldes, en cuanto se mueven un par de días por Metrópolis.

No existe indicador alguno para llegar a estas ciudades piratas pero los viejos internautas sabemos muy bien dónde encontrarlas. Basta con acercarse por las proximidades para que un muñequito con pinta de vagabundo salga a la carretera moviendo las manos como un muñequito loco. Paras el coche y él te indica una dirección extendiendo la manita roja. No importa que la carretera no esté señalizada, tu metes el coche entre los arbustos de un campo semidesértico y a los pocos metros surge de la nada una amplia carretera, recién asfaltada, que te atrapa con sus luces multicolores y su musiquilla marchosa.

Continuará

lunes, 16 de junio de 2014

EL PROFESOR ALIEN II



EL PROFESOR ALIEN II

El Sr. Buenavista termina su recorrido tomando filiaciones de las personajes de la Torre de Bable. Antes de acercarse al despacho del Sr. Aladro, abogadro, decide tomarse un respiro y sube a la terraza desierta (el día está nublado sobre París.La France). Se deja caer sobre una tumbona sin hacer caso de las cuatro gotas que comienzan a caer en ese momento.
Reflexiona sobre la increíble variedad de personajes y su varipinta condición de todo tipo. Como nos suele suceder en estos casos Buenavista no se mira al espejo por lo que no puede imaginarse la imagen que él da a los ojos de los demás. El más surrealista de todos es sin duda el profesor Alien. ¿Quién es en realidad este tipejo? ¿Se llama realmente así?
Tras varios minutos de intensa meditación sobre el personaje el aguacero descarga sin compasión y se ve obligado a entrar bajo techado. Decide entregar las filiaciones al Sr. Aladro a quien encuentra en su despacho. Los pies sobre la mesa, sin zapatos y sin calcetines, las plumas de hueso golpean una y otra vez sobre el legajo de papeles como si quisiera horadarla. Sin una palabra Buenavista deja la lista sobre el legajo y la pluma de Aladro golpea sobre ella. No dice nada y Buenavista le saca la lengua. Aladro se encoge de hombros y sigue percutiendo.
Ya en el pasillo Buenavista decide entrevistarse con CArl Future. Toma el ascensor, baja hasta el sótano y golpea con los nudillos a la puerta tras la que Future vigila que todo en la Torre de Babel permanezca en calma. Nadie responde así que abre la puerta.
Future teclea en un panel. Las imágenes de los monitores cambian. No se ha apercibido de su llegada. Buenavista se sitúa tras él y observa los monitores. En la escuela espiritualista Brunelli ha vuelto a roncar como un bendito mientras Milarepa no deja de hablar sobre los sueños. Por los pasillos las huestes de Candelaria recogen los aperos de limpieza dispuestos a marcharse una vez han logrado que la Torre parezca un edificio normal. En el hall el doctor Sun acompaña a Amab ilio y su comitiva. Como son tantos tienen que distribuirse en varios ascensores.
Buenavista se cansa de la sucesión de imágenes y decide hacerse notar, carraspea y Future ni caso, tose y lo mismo. Por fin pone su mano en el hombro del hombre y éste vota en el asiento. Saca su revolver y encañona a Bienvista. Al apercibirse de que se trata del economista vuelve el pistolón a su funda.
-Por Dios, Buenavista sea más prudente. Ahora podría muy bien tener un enorme agujero entre las cejas.
-No sea usted bruto, Future. Le bastaría con cerrar la puerta por dentro para no recibir estos sobresaltos.
-Es verdad. Me olvidé. Usted disculpe.
-Bueno, bueno, no pasa nada. Necesito de sus servicios.
-Usted dirá.
-¿Ha oído hablar del profesor Alien?
-Pues no. ¿Quién es?
-Ve. Ni siquiera usted sabe algo de ese tipejo.
-Le cuenta su sobresalto en la biblioteca.
-¿No podría consultar su ordenador y ver qué encuentra?
Future teclea como un desesperado. Al cabo de unos minutos se encoge de hombres.
-Nada. No hay nada sobre ese hombre. ¿Está seguro DE QUE NO SUFRIÓ UN ESPEJISMO, Buenavista?
-Seguro. Puede que haya utilizado otros nombres.
-Pues si no les conoce el ordenador no se les puede inventar.
-¿Y qué hacemos?
-Mire vaya a ver al profesor Alien y obtenga sus huellas dactilares.
-¿Cómo lo hago?
Future bufa.
-¡Leñe! Ofrézcale una bebida en un vaso y luego tome el recipiente con un pañuelo y tráigamelo.
-¿Y si no quiere beber?
-Pues ofrézcale un libro y haga lo mismo.
-Eso sí, seguro que no dice que no a un libro.
Buenavista sale pitando y Future se rasca la cabeza. La torre es la auténtica torre de Babel. Se dice en voz alta.

En la biblioteca todo sigue igual. Sobre la mesa el mismo montón de libros. ¿Pero dónde está Alien? Buenavista no puede verlo. Decide sentarse en la silla. Un terrible alfilerazo le hace votar y cae al suelo sobre la parte anatómica que usa habitualmente para sentarse.
Es entonces cuando puede ver al profesor Alien, sentado donde estuviera unas horas antes. En su mano derecha un enorme alfiler y en su boca una sonrisa desdibujada. ¿Cómo era posible que su presencia le pasara completamente desapercibida? ¿Acaso era un fantasma?

-¿Por aquí otra vez, Buenavista?  ¿Necesita algún dato más?
-No, todo está correcto, profesor Alien. Pensé que tal vez le aptecería comer y beber algo. Puedo acercarme a las cocinas y pedirle a Iñaki algo de comer. Se lo traeré en una bandeja.
-Muy amable, Buenavista, pero no necesita nada. Cuando me abismo en mis libros puedo pasarme varios días sin comer ni beber.

-Curioso. ¿Cómo lo hace?
-No suelo comer mucho habitualmente…
-Disculpe. Pero no me refería a eso. ¿Cómo es capaz de pasar desapercibido? Ni siquiera  puede verlo al entrar. Si no le importa me sentiría más tranquilo si guardara ese maldito alfiler.
-Claro, perdone. Lo llevo siempre conmigo porque es frecuente que alguien intente sentarse en mi silla como si yo no estuviera. En el caso de que se trate de una mujer atractiva no me suele importar, aunque no aguantan mucho sentadas en mis rodillas… por desgracia. Jejé.
Su risa era tan sutil y fantasmal como su rostro, como su cuerpo, como toda su persona. Buenavista. Se estremeció y decidió ponerse en pie. Observó perplejo cómo Alien se guardaba el enorme alfiler en una especie de cartuchera de acero que colgaba de su cuello. No la había visto antes porque el profesor la guardaba bajo la camisa, cuyos botones desabrochó antes con gran pericia.
Buenavista se acercó, sentándose al otro lado de la mesa.
-No ha contestado a mi pregunta.
-¡Oh, claro! Discúlpeme otra vez. La farsa de control de la invisibilidad es la más complicada de las farsas. Solo un auténtico maestro es capaz de hacerse invisible sin necesidad alguna de morir y transformarse en fantasma.
-Sigo sin comprender. ¿Podría ser más preciso?
-Claro. ¿Puede levantarme y traerme los Diálogos de Platón, ahí, justo a mis espaldas Buenavista, no podía creerse su buena suerte. Se levantó sacando el pañuelo doblado del bolso de su chaqueta se hizo con el libro que colocó discretamente al lado del profesor.

-¿No ha oído hablar de la caverna de Platón?
-Pues no, lo mío son las matemáticas, las estadísticas y la economía pura.
Alien se llevó un dedo a la boca, lo remojó bien y se puso a pasar páginas con más velocidad que un experto cajero. Buenavista entretando se frotaba las manos con disimulo. Por fin el profesor encontró lo que buscaba y leyó un párrafo que al dilecto economista le pareció pura literatura.
-En resumen. Platón creía que la realidad solo era un pálido reflejo de las ideas, luminosas y un pálido reflejo de las ideas, luminosas y deslumbrantes, de las que por una especie de clonación paupérrima procedía todo. La base de la invisibilidad está en apagar esa idea primigenia que late en todos nosotros y transformar su observación en una sombra discreta que puedda confundirse con el ambiente.
-No entiendo nada. ¿Cómo podría yo hacerme invisible?
Alien cerró el libro y lo apartó a un lado. Buenavista aprovechó que el profesor consultaba sus notas manuscritas para hacerse con el libro, envolverlo en su pañuelo y esconderlo bajo la chaqueta. Para sujetarlo introdujo la mano en el bolsillo y fue retrocediendo hacia atrás.
-Transfórmese en un mueble. Que los demás lo vean como parte de la decoración. Si se mueve hágalo como un mueble con patas. Estará unos metros más allá de donde estaba antes pero no llamará la atención. No hable sino le preguntan y si le preguntan diga los tópicos habituales. El interlocutor será incapaz luego de recordar si fue usted el que comentó que este verano hace mucho calor o fue el quiosquero habitual o lo oyó en el trabajo o en el ascensor…
Buenavista ya estaba cerca de la puerta de la biblioteca.
-Disculpe, profesor, me llama una urgencia. En otro momento seguiremos.
Buenavista al otro lado de la puerta no pudo controlar la curiosidad morbosa y miró hacia atrás. No pudo ver al Sr. Alien por lo que no tuvo la  seguridad de que el profesor ni le miraba, aunque hubviera apostado fuerte a que el dilecto sabio se había enfrascado de nuevo en sus libros.

Llegó con la lengua fuera y el libro asomando de los pantalones (no importaba porque el Sr. Alien no podía verlo y dudaba que ni siquiera le importara un comino lo que el estuviera haciendo) al reino tenebroso de Carl Future.

Echó mano del picaporte y adelantó un paso, lo que a punto estuvo de costarle un trompazo, porque la puerta estaba ahora cerrada. Llamó golpeando con los puños y luego a patadas. La puerta se abrió y Future asomó su cabeza futurista de pepino transgénico.
-¡Pero hombre! ¿De qué tiene usted miedo con ese pistolón al cinto?
-Fue usted quien me recomendó que cerrara por dentro. ¿Ya no se acuerda?
-Es cierto. Usted disculpe. ¡Uno tiene tantas cosas en la cabeza!
-Pase, pase. ¿Ha conseguido las huellas del presunto delincuente?
-Si, aquí están.

Buenavista le pasó el libro empañuelado y Future se apresuró en llegar al fondo del centro de control, abrió una puerta y Buenavista que lo había seguido, curioso, pudo ver un pequeño laboratorio criminalístico que en nada envidiaría al más moderno CSI televisivo.

Continuará.








viernes, 13 de junio de 2014

LADINO, EL TERRORISTA PSICOLÓGICO I





          EL CIRCO DE SLICTIK PRESENTAAA

          A  LADINO, EL TERRORISTA PSICOLOGICO



         NARRADO POR EL INSPECTOR CLAUSOT
         CON LA AYUDA DE SU AYUDANTE LA PANTERA ROSA.


Los tiempos cambian que es una barbaridad y esto vale tanto para la genética, que pronto nos permitirá mirarnos en el espejo de un rebaño de clónicos, si nuestro bolsillo está bien provisto, como en el terreno de la siempre cambiante y siempre astuta delincuencia. Ladino fue mi primer caso en el tenebroso mundo del terrorismo psicológico internacional. Con este ejemplar inédito e inaudito adquirí tanta experiencia que años más tarde sería nombrado inspector jefe de la brigada de antiterrorismo psicológico de Scotland Yard.

¿Qué quien soy yo? Me presentaré. Inspector Clausot de Scotland Yard a su servicio. Aunque tengo la nacionalidad inglesa y soy policía casi desde la cuna lo cierto es que ya no soy un chaval. Pongamos que tengo casi los cincuenta, unos años más o menos a esta edad no significan nada. No voy a describirme por discreción. En esta profesión la discreción si no lo es todo al menos se necesita en un ochenta por ciento, pongamos por caso, de nuestra actividad. Un policía discreto es un tesoro y la efectividad aumenta al menos un cincuenta por ciento, digamos por decir una cifra, comparado con el policía que aparece todas las semanas en las portadas de alguna revista del corazón.

Si como dice el refrán español uno es más de donde pace que de donde nace Clausot tiene más de apátrida y de errante vagabundo que de cualquier otra cosa. Me he pasado dos tercios de mi vida profesional como asesor de otras policías del inmenso mundo. No en vano hablo sin pensar más de doce idiomas y pensando previamente lo que voy a decir otra docena más de lenguas. Esta y no otra es la razón por la que puedo escribir esta larga historia en español o castellano, la lengua materna de Cervantes, sin necesidad de intérprete o traductor que todo lo manipula por muy honrado que sea. Y esta y no otra es la razón, por mucho que me guste pensar lo contrario, de haber sido elegido como asesor de la policía española en esta nueva forma de terrorismo que nos ha cogido en pañales a todas las fuerzas de seguridad del planeta. Soy consciente de lo extraño que suena este término de terrorismo psicológico pero tendrán que apechugar con él porque dará mucho que hablar en las próximas décadas.

Fui llamado a este maravilloso país inventor de la tortilla de patata y el rioja por correo electrónico urgente y codificado que llegó al mando supremo de Scotland Yard con prioridad uno que es la máxima para cualquier clase de asuntos relacionados con la delincuencia. Y aquí me tienen en su capital Madrid, más concretamente en el Ministerio del Interior. Estoy sentado en un cómodo sillón orejero frente a la mesa de caoba del ministro que está revolviendo en los cajones a la busca del expediente perdido. El señor ministro me recibió muy cordialmente en la puerta y, luego de despedir a los dos colegas que tuvieron el detalle de irme a buscar y traerme bien escoltado en un avión de Iberia, me estrechó la mano con tanta fuerza que el aire se llenó de chispas. Una vez en el interior del amplio y bien provisto despacho cerró la puerta con llave, conectó la alarma contra intrusos y el artilugio distorsionador de escuchas indeseadas y me escanció una buena dosis de bourbon en un vaso de pata de elefante que me puso en la mano con gran ceremonia. A continuación me ofreció un habano de su preciada cajita repujada en plata, puso a mi disposición el sillón orejero y se dispuso sin ceremonias a buscar el dichoso expediente que no acaba de aparecer. Mientras lo hacía me dio un poco de cháchara como hacen las personas bien educadas.

-No es por miedo a que nos escuchen el que haya cerrado la puerta con llave. Este despacho está diseñado a prueba de bombas y cotilleos. Se trata de que ni un solo hilillo de humo llegue a la nariz de mi secretaria o mañana me obligan a dimitir. ¿Ha oído hablar alguna vez de terrorismo psicológico, amigo Clausot?

Me atraganté debido a lo imprevisto de la pregunta. Hacía un año escasamente me obligaron a seguir un cursillo intensivo de contraterrorismo psicológico y gracias a mis desvelos obtuve un diploma en el que se aseguraba que el inspector Clausot era experto en la nueva locura internacional. Lo cierto es que a pesar de que en ningún país existe legislación al respecto tanto los servicios secretos como los servicios de información de la policía y el ejército llevan ya algún tiempo estudiando este curioso fenómeno. Hasta ahora los servicios secretos se han encargado de solucionar a su drástica manera habitual los casos más peligrosos pero ya se están dando los primeros pasos legislativos para sacar adelante una nueva ley que permita enchironar a estos nuevos delincuentes. Unicamente existe un país, Chokhar (un lugar perdido de la mano de Dios y de los hombres y no me pregunten en qué punto del mapamundi se encuentra porque me pondrían en un compromiso)en el que el dictador lleva ya tiempo aplicando la estricta ley que él mismo ha redactado. A todo terrorista psicológico confeso se le corta el pito, el de abajo, eso sí con anestesia, y de esta manera no le quedan más ganas de ir por ahí haciendo el payaso. En realidad este precedente no es nada serio puesto que aprovechando la nueva moda ha aplicado este calificativo a todo opositor al régimen e incluso a un pobre diablo que con arteras artes psicológicas sedujo a una de las múltiples esposas de su harén. Fue detenido inmediatamente y se le cortó el pito tras un proceso sin la menor garantía legal, de risa vamos.

Se empezaba a hablar de poner coto a esta insidiosa forma de terrorismo pero ningún gobierno se atrevía a dar el primer paso y llevar al parlamento un proyecto de ley tan polémico cuando surgió Ladino, un peligroso y muy habilidoso delincuente, lo que terminó con los pocos escrúpulos que quedaban al respecto. Ya se había producido algún escándalo al írsele la mano a los servicios secretos. Ustedes saben muy bien que la opinión pública es muy susceptible siempre a estas ejecuciones sin juicio previo.




Oír al ministro esta expresión y ponerme a temblar como una vara verde todo fue uno. Nunca me gustó reptar en la sombra como una serpiente oscura. Y esta iba a ser mi misión porque el señor ministro por fin encontró el dichoso expediente. No me siento tan transparentemente ético como un cristal recién repasado por una cuadrilla de limpiacristales de primera pero prefiero la delincuencia habitual a los métodos reptilíneos de los servicios secretos. Estaba ya temblando imaginando que el ministro iba a proponerme la caza de Ladino y yo iba a negarme así tal cual estaba, con el puro en la boca y el vaso de bourbon en la mano. En lugar de hacerme la propuesta directamente el muy ladino me tendió el perdido y encontrado expediente. En el mismo encontré una carta debidamente firmada y sellada por el jefe supremo de Scotland Yard en la que se me conminaba a ponerme a las órdenes de la policía española en todo lo que fuere menester previo cordial requerimiento al efecto.

Una vez vista la carta el ministro me tendió una foto que observé atentamente. Se trataba del retrato de un hombre de cuerpo entero vestido impecablemente con un traje caro, corbata de seda, zapatos relucientes, un maletín de piel en su mano derecha y un pirsing o como se diga en su oreja izquierda. Pero  lo que más llamó mi atención no fue el pendiente de las narices -también llevaba otro adminículo en ese apéndice- sino su sonrisa ladina que consiguió apagar mi puro como si de sus anchas napias hubiera salido un viento gélido muy fuerte.

-Este es Juan-Luis Armenteros Rodriguez, alias ladino. Creemos que se trata de un peligroso terrorista psicológico y solicitamos su colaboración para desenmascararle.

Se levantó de su poltrona y muy obsequiosamente reencendió mi puro con su Dupont de oro.

-Es más astuto que un zorro pero tiene una gran debilidad. Le gustan las mujeres más que al viento enredarse en la lencería fina de una dama burguesa tendida al aire libre, la lencería no ella, en el tendedero de su casa de campo. Por ahí precisamente le atraparemos, por los c...

Volví a atragantarme. Tosí violentamente. No me esperaba esta obscenidad en la boca de aquel señor tan peripuesto.

-Para ello necesitaremos la colaboración de su colega y amiga Lady Jane, más conocida como la pantera rosa. Tengo entendido que su atractivo es irresistible y su inteligencia casi superior a la suya, inspector Clausot, y le pido disculpas.

-No se disculpe, querido amigo. Lady Jane es una amiga tan adorable que no me avergüenza reconocer que su inteligencia duplica la mía y su atractivo físico es superior en un diez elevado a la centésima potencia. Estará encantada en colaborar con nosotros aunque confieso que se me eriza el bigote solo de imaginarla masticada por la sonrisa de este canalla.

Le devolví la foto. El estrechó mi mano y me obligó a dejar el puro en el cenicero de cristal de Bohemia para darme un abrazo. Momento que aprovechó para susurrarme en la oreja: "Su amiga ya está en camino. Me he permitido adelantarme a sus intenciones. Usted me disculpará, amigo Clausot".

Continuará.



LIN YI, PROFESOR DE TAICHÍ


                       LI YI, PROFESOR DE TAICHI...A SU MANERA


El Sr. Pestolazzi, dado el nulo éxito de las conferencias de D. Crisanto, mago blanco, decidió contratar por su cuenta a Li Yi, profesor de taichi,a su manera, claro, porque dice seguir un estilo propio, mezcla del Yang, Chen y Wu, más otros movimientos y técnicas inventadas por este chinito, más bien bajito, delgado como un junco, ojos rasgados y tan oblicuos que si el espectador le sostiene demasiado tiempo la mirada acaba por marearse y creer que se está tambaleando. Eterna sonrisa en su boca diminuta, de labios finos, a través de los cuales asoma un diente mal colocado. Es simpático dicharachero, aunque apenas sabe una docena de palabras en español y media en inglés, con las que se ayuda para que su chino resulte aún más incomprensible.  Su vitalidad le obliga a estar dando siempre saltitos, haga lo que haga. Se mueve como una serpiente o permanece quieto en la postura de la grulla el tiempo que sea necesario, hasta que el espectador crea haber sufrido una alucinación y descubra que lo que había imaginado un chino haciendo el espantapájaros ahora más bien le parece un arbolito, un bonsai colocado con discreción en una esquina.

En el salón oriental, al lado del chinoise, da clases gratuitas este chinito que sin gran consumo de energía y con muy poco esfuerzo conseguirá que los clientes del hotel descubran el qi y desbloqueen aquellos canales que tienen taponados desde tiempo inmemorial, causa de la mayoría de sus patologías. Y no solo los clientes del hotel, hasta los propios autores pueden colocarse de pie delante de su ordenador y comenzar la primera clase.

Más bien les aconsejo que se tumben porque comenzaremos con un ejercicio para percibir el qi estando tendido. Además de cómo ejercicio de taichi pueden utilizarlo para desarrollar su capacidad de visualización o cómo desarrollar su fantasía a través de imágenes.

Túmbense en el suelo, sobre la alfombra, separen los brazos de su cuerpo unos centímetros. Eleven las rodillas de modo que la planta de los pies quede pegada al suelo. Coloquen una mano sobre el vientre y otra sobre el pecho, concentrándose en la respiración. A continuación desplacen las manos a los lados con las palmas hacia arriba.  Ahora mantenga los codos apoyados en el suelo y levante las manos para que las palmas queden una frente a la otra, con los dedos apuntando hacia arriba y las muñecas rectas y relajadas. Respire e intente notar cómo el qi circula por sus manos. Notarán frio o calor o cosquilleo. Su consciencia, centrada en las manos, les hará darse cuenta de un montón de sensaciones que antes les pasaban desapercibidas. Conozcan su cuerpo, descubran el qi.

Y con esto acaba hoy su lección el profesor Li Yi. Y para que se hagan una idea de los muchos beneficios que obtendrán de la asistencia a sus clases, escuchen unos breves momentos algo sobre el taichi.



Nacido en china en torno al siglo XIII, era una síntesis de ejercicios de artes marciales y meditación en posición sedente. Su legendario fundador fue Chang San Feng, inspirado por el combate entre una grulla y una serpiente enrollada. Diseñó un evolucionado sistema de autodefensa, no basado en la fuerza bruta sino en la potencia del flujo, la flexibilidad, la maleabilidad y el arraigamiento. Además de sus beneficios como arte marcial, el taichi permite cultivar un flujo saludable de energía vital o "qi".


Y otro día más cosas.